mentiras

Verdad y Mentira

e9857815b8a58862932f97d3bf367bb3

Ilustración: pesare

Cuentan que una vez, cuando los animales aún hablaban y el sol madrugaba más que ahora, se encontraron en medio de un camino la Verdad y la Mentira, que viajaban por el mundo captando adeptos para sus respectivas causas.

Entablaron una animada discusión sobre si era más conveniente ser sincero o mentiroso y al no ponerse de acuerdo, decidieron seguir juntas su periplo para comprobar cuál de las dos tenía razón.

Antes de emprender la marcha, pactaron que un día una y otro día la otra, se responsabilizarían de buscar alojamiento y sustento y de hablar con la gente que les saliera al paso y que cuando no fuera su turno no intervendrían, escucharan lo que escucharan.

Ya sospecharéis que la Verdad era muy sincera; siempre decía lo que pensaba y nunca jamás mentía. En cambio, la Mentira era justo todo lo contrario, no era en absoluto sincera, mentía y lisonjeaba para obtener provecho de sus aranas o bien para congraciarse con los demás, diciéndoles todo aquello que deseaban escuchar.

Al finalizar la primera jornada de viaje juntas, llegaron a una posada y la Verdad pidió alojamiento. Aclaró que estaban de paso y que solo se quedarían aquella noche. «Poco negocio haré con este par», pensó para sí el posadero. Y se dispuso a darles la peor habitación de todas, afirmando que era la única que le quedaba, a pesar de que en la posada no se alojaban otros viajeros.

La Mentira callaba, según lo acordado, mientras la Verdad, al ver aquella estancia cochambrosa, le fue indicando al posadero todo lo que estaba mal, roto o sucio. El posadero se quedó tan boquiabierto al escuchar tantas verdades juntas, que no acertó a replicar.

La Verdad y la Mentira se encerraron en su habitación y, desde allí, oyeron cómo el dueño de la venta preparaba la cena y, después, se sentaba a comer.

Esperaron en vano a que el hombre las avisara para tomar un bocado, hasta que la Verdad decidió salir y recriminarle al posadero su falta de hospitalidad. El posadero la escuchó ofendido y replicó que no servía cenas a quien lo criticaba, así que las dos viajeras no tuvieron más remedio que irse a dormir muertas de hambre.

Al día siguiente, al reemprender su viaje, la Mentira le dijo a la Verdad:

—Compañera, hoy me toca a mí. Te ruego que, oigas lo que oigas, no hables.

Atardecía cuando llegaron a la siguiente población y decidieron pasar allí la noche. La Mentira se dirigió sin tardanza a casa del alcalde para saludarlo y presentarse:

—Sepa usted, señor alcalde, que viajo de incógnito, con la única compañía de mi ayudante. Soy alguien muy importante, mi poder no tiene límites. Puedo conseguir todo aquello que me proponga. Incluso cosas que nadie creería.

Acto seguido, le pidió al alcalde que convocara a todos los habitantes para poder contar cuáles eran esas habilidades extraordinarias.

Cuando el pueblo al completo estuvo reunido en la plaza mayor, la Mentira pronunció su discurso. Contó que estaba de paso y que, únicamente, podía quedarse aquella noche, ya que gentes de otros pueblos reclamaban su presencia. Afirmó que estaban en presencia de alguien tan poderoso, que incluso podía resucitar a los muertos. No obstante, añadió, como era muy tarde y estaba cansada del largo viaje, se marchaba a descansar. Sin embargo, al día siguiente, a mediodía, y para demostrar lo que afirmaba, resucitaría a todos los difuntos que hubieran fallecido el último año.

Dicho esto, la gente se dispersó y la Mentira y su compañera de viaje se acomodaron en la suntuosa casa en la que eran alojadas las personas distinguidas que visitaban el pueblo.

No habían pasado ni cinco minutos, cuando el alcalde se presentó para advertir a la Mentira de que cuando resucitara a los muertos, ni se le ocurriera resucitar a su predecesor, puesto que él hacía solo una semana que había tomado posesión de su nuevo cargo. El motivo estaba claro: si resucitaba al anterior alcalde, perdería su puesto. La Mentira escuchó, pero no dijo ni que sí, ni que no.

Al cabo de un minuto de haberse marchado el alcalde, se presentó ante la Mentira una mujer, que contó que había perdido a su marido hacía once meses. El marido, que en vida había sido el mayor tacaño del que se tenga noticia, le había dejado en herencia una inmensa fortuna, de la que ahora disfrutaba y a la que tendría que renunciar si él regresaba. De nuevo, la Mentira escuchó, pero no dijo ni que sí, ni que no.

Tras la mujer, se presentaron otras personas con la misma súplica: que resucitara a cualquier difunto, menos al suyo. Aunque los motivos eran diversos, el más frecuente era el de las herencias. Dinero, objetos o propiedades que se verían obligados a devolver a sus legítimos dueños en caso de que volvieran a la vida. A todos escuchó la Mentira, pero a nadie le dijo ni que sí, ni que no.

Había ya oscurecido y se acercaba la hora de cenar, pero como cada uno de los que había visitado a la Mentira para pedirle que dejara a su muerto muerto y bien muerto la había intentado sobornar con una gran bandeja repleta de las más exquisitas y delicadas viandas, el problema fue elegir qué comer.

Mientras daban cuenta de aquellos manjares, la Verdad le dijo a la Mentira:

—Te has pasado con tus embustes. ¿Cómo has sido capaz de prometer devolver la vida a un muerto? Todo el mundo sabe que eso es imposible. Y más increíble aún, es que la gente te haya creído.

—Sí, hay cosas que todo el mundo sabe que son imposibles pero que, sin embargo, desean creer. Gracias a eso, hoy nos iremos a comer con la barriga bien llena y dormiremos en una cama mullida.

A mediodía, la plaza mayor estaba abarrotada, llena de curiosos que esperaban el milagro anunciado por la Mentira. Esta empezó su discurso:

—Buenos días,  sin que nadie se ofenda por ello, creo que es mi deber empezar por resucitar a la persona más importante de este pueblo. Es decir, al antiguo alcalde.

El nuevo alcalde se apresuró a responder:

—Mi predecesor dirigió nuestros destinos durante más de sesenta años. Se dedicó en cuerpo y alma al servicio de la comunidad y todos lo apreciamos por ello. Justo es que ahora lo dejemos tranquilo, ya hizo suficiente. Creo que será mejor empezar con otro.

—Ya habéis oído lo que dice el señor alcalde —dijo la Mentira—. La palabra de un alcalde es ley. Por lo tanto, empezaré con otro difunto.

Se dirigió entonces a la mujer que había perdido a su marido hacia casi un año. Sin embargo, ella también rechazó la oferta diciendo que su marido se había pasado la vida trabajando duramente y que él mismo había afirmado en los últimos tiempos que estaba ya cansado.

Acató la Mentira el deseo de la mujer y pasó a otra persona, y luego a otra y a otra, y a otra más, siguiendo el orden de las visitas recibidas la noche anterior. Todos ponían alguna excusa para que no se obrara el milagro en sus difuntos.

Finalmente, dijo:

—Ya lo veis, soy capaz de resucitar a los muertos, pero preferís que no lo haga, así que acataré vuestros deseos y los dejaré descansar en paz.

La gente empezó a dispersarse en dirección a sus casas y cuando la plaza quedó desierta, las dos viajeras se dirigieron a su alojamiento para recoger sus pertenencias antes de marcharse. Al abrir la puerta, casi ni pudieron entrar, tan llena estaba la casa de los regalos de agradecimiento que les había enviado la gente del pueblo.

De nuevo en ruta, la Verdad reflexionó:

—Yo siempre soy sincera y valoro la franqueza por encima de todas las cosas, pero lo cierto es que en el mundo hay muchos mentirosos y de eso, en parte, la culpa es de la propia gente, que prefiere creer cualquier embuste antes que aceptar la verdad. Además, hay personas tan simples que pagan muy caras las mentiras, cuando escuchar las verdades les saldría gratis. ¡Esto no hay quién lo entienda!

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Verdad y Mentira» con la voz de Angie Bello Albelda

La elección del rey

Ilustración: John Bauer

El rey Helamund debía partir lejos e hizo jurar a sus seis ministros que, durante su ausencia, gobernarían el reino lo mejor posible. Les advirtió, además, de que, en caso de fallecer durante su viaje, protegerían a su pequeña hija, todavía un bebé, y que le guardarían el trono para cuando se hiciera mayor.

Pero el rey todavía no tenía decidido a cuál de ellos nombraría primer ministro. Uno le parecía demasiado viejo, el otro demasiado joven, el tercero demasiado impaciente, el cuarto demasiado lento, el quinto demasiado atrevido y el sexto demasiado cobarde.

Una noche, acostado en la cama, pensaba a quién debía elegir cuando vio asomarse, entre los pliegues de las cortinas de la alcoba, una figura:

—¿Quién eres? —preguntó sorprendido.

—Soy la ninfa del castillo. He vivido aquí durante muchos reinados y siempre he intentado ayudar a la persona que reinaba en los momentos difíciles. Ahora lo haré contigo. Apoya la cabeza en la almohada.

A continuación, la ninfa sopló en el rostro del monarca y él se quedó dormido y empezó a soñar.

Soñaba que ya había partido y que estaba lejos, muy lejos de casa. Pero, a pesar de eso, podía ver lo que ocurría en su reino. Podía ver a sus ministros discutiendo. Solamente uno permanecía tranquilo e intentaba calmar la disputa.

Después, el rey los vio bajar a la cámara del tesoro y llenar sus bolsillos con oro. Solamente uno no rozó siquiera los baúles, sino que por el contrario intentaba impedir que los demás robaran.

A continuación, vio cómo uno de los ministros, al frente de una multitud de guerreros, comunicaba la muerte del rey Helamund, se proclamaba a sí mismo monarca, metía en la cárcel al ministro fiel y encerraba a la pequeña princesa en la torre.

Mientras Helamund soñaba esto, se le llenaba la frente de sudor. Anhelaba abalanzarse sobre aquel traidor. En ese momento, despertó agitando salvajemente los brazos a su alrededor, pero se dio cuenta de que la ninfa estaba todavía a su lado y se calmó, porque comprendió que nada de aquello había sucedido en realidad. Pero al mismo tiempo se asustó. Quizás el sueño era un aviso de lo que podía suceder.

La ninfa afirmó con la cabeza, como si hubiera leído sus pensamientos, y dijo:

—Ya ves el poco valor que tienen a veces promesas y juramentos.

—Si por lo menos supiera quién era el ministro fiel. Pero no pude distinguir su cara. —Se lamentó el rey.

—Tampoco yo lo sé —dijo la ninfa del palacio—. Pero si quieres conocer mejor a tus consejeros, te puedo ayudar. Invítalos mañana a pasear en tu barca por el río, pero tú no vayas. Tú y yo nos encontraremos en el embarcadero que hay en el bosque.

Dicho esto, la ninfa desapareció.

Al día siguiente. el rey siguió el consejo de la ninfa e invitó a sus consejeros a pasear en su barca por el río y él cabalgó solo hasta el embarcadero, donde ya lo esperaba la ninfa del palacio.

La ninfa contempló a Helamund con sus ojos profundos y recitó:

Rey como tú no hubo jamás,

pero con mi magia mendigo serás.

El rey sintió entonces que se transformaba. Su cuerpo perdió esbeltez; sus ricos ropajes quedaron convertidos en harapos, su pelo y su barba se enmarañaron y su mano, en lugar de la espada, empuñó un hacha.

—¿Qué me has hecho? —exclamó Helamund asustado.

—No te asustes —dijo la ninfa—, pronto recuperarás tu aspecto normal.

Y recitó de nuevo:

Casucha pobre y pequeña

emerge de la tierra.

Y del suelo salió una cabaña de madera con el tejado cubierto de musgo.

—Ahora escucha —dijo la ninfa—: tú eres un pobre leñador y esta es tu casa. Dentro de un rato, salvarás a tus consejeros y, a cambio, tendrás ocasión de pedirles algo. Pídeles que te honren con su presencia en la fiesta que darás dentro de tres días a la puesta del sol.

Dicho esto, la ninfa desapareció.

Al poco, Helamund oyó gritos. Un remolino de viento agitaba tan fuerte la embarcación real, que parecía que el río se la iba a tragar junto a todos los pasajeros.

Sin pensarlo, el rey se lanzó al agua, nadó hasta la barca, que ya estaba medio hundida, se encaramó a ella y, remando, la llevó, hasta la orilla.

Con el miedo reflejándose aún en sus caras, los consejeros dieron las gracias a su salvador e insistieron en recompensarlo por su valentía.

—Dinos qué quieres. Sea lo que sea cumpliremos tu deseo.

Helamund recordó las palabras de la ninfa del castillo.

—Aunque soy un hombre pobre e insignificante, dentro de tres días, a la puesta del sol, celebraré una fiesta para algunos amigos y vecinos aquí, en mi humilde casa, y desearía contar con vuestra presencia.

Los consejeros se rieron.

—¿Puedes pedir lo que sea y solo deseas que asistamos a tu fiesta? —preguntaron.

—Sí, eso es todo —contestó Helamund.

Los consejeros seguían riendo, pero cada uno de ellos le dio la mano y prometió cumplir el compromiso.

Los seis se alejaron. El rey recuperó su aspecto y regresó a palacio.

Durante los dos días siguientes nada pasó, pero a la noche del segundo día, la ninfa de palacio volvió a visitar al rey:

—Rey Helamund, mañana darás una gran fiesta a la que invitarás a la corte entera, incluidos tus seis consejeros.

—Pero ellos se han comprometido con el leñador —-dijo el rey.

—Precisamente por eso —respondió la ninfa antes de volver a desaparecer.

Helamund se quedó pensativo, pero, poco a poco, comprendió qué debía hacer.

A la mañana siguiente, envió las invitaciones para la fiesta, que empezaría a la puesta del sol.

Puntualmente, a esa hora, la sala del palacio estaba abarrotada.

El rey entró y miró a su alrededor buscando a sus consejeros. Y, efectivamente, allí estaban todos saludándolo sumisamente. No habían hecho caso a la invitación del leñador. Pero al contarlos, se dio cuenta de que faltaba uno.

—No veo a Ismaril.

—Majestad, Ismaril ha mandado un mensaje diciendo que no podrá asistir a la fiesta porque se había comprometido anteriormente con otra persona —contestó el gran chambelán.

El rey se estiró y frunció las cejas, como si se hubiera puesto furioso.

—¿Alguien puede decirme quién es esa persona tan sumamente importante para que él prefiera honrarla con su presencia en vez de estar con su rey? —preguntó.

Los cinco consejeros se miraron entre sí, dudando de cómo debían contestar. Sin embargo, como en secreto tenían celos de Ismaril, no podían desaprovechar la ocasión de echar leña al fuego. Se acercaron al rey, hicieron una reverencia todos a la vez, y le contaron lo que les había sucedido y la estúpida promesa que habían hecho al leñador.

Entonces el rey llamó a un par de soldados y les ordenó:

—iBuscad al consejero Ismaril y traedlo aquí inmediatamente!

Los soldados se marcharon y la fiesta comenzó.

No hacía ni una hora de su marcha, cuando regresaron con el consejero, al que habían encontrado errando por el bosque buscando en vano la casita.

Ismaril, con la cabeza alta y sin demostrar temor, cruzó la sala hasta la presencia del rey, que permanecía sentado con la barbilla apoyada en la mano mirándolo detenidamente.

— iAsí que —dijo el rey— desprecias mi fiesta por ir a la de un leñador!

Ismaril lo miró fijamente a los ojos.

—Lo había prometido —dijo.

El rey se quedó callado un instante.

—¿Das más mérito a la invitación de un simple leñador que a una convocatoria mía? —continuó.

—Lo había prometido —insistió el consejero.

El rey levantó la cabeza.

—Quieres decir con esto que una promesa contraída con el más humilde de mis súbditos es más importante para ti que tener mi favor y gracia.

Ismaril también levantó la cabeza.

—Sí, señor —dijo.

Entonces, el rey se puso de pie y preguntó en voz alta a los invitados:

—¿Qué castigo opináis que merece?

Pero los cortesanos solamente murmuraron, susurraron y bajaron la vista.

—¿No contestáis? Entonces yo le daré el castigo que en mi opinión se merece —dijo el rey.

Helamund bajó del trono, se acercó a Ismaril y le dio un gran abrazo. A continuación, puso a la princesa en brazos de su consejero.

—Ismaril, en este acto te nombro primer ministro, porque en ti he hallado a alguien que prefiere cumplir una promesa dada antes que obtener gracia y honores. Sé que puedo confiar en ti. Dejo en tus manos mi reino, mi vida y a mi hija, lo más preciado que poseo.

FIN

Lobo y el Pedro

lobo-y-el-pedrook

Ilustración: Elena Gromaz

Lobo se sentía solo; era triste vagar por los bosques sin nadie con quien hablar o reír, nadie a quien contar lo que le había pasado durante el día. El psicólogo le insistió en que buscara un trabajo y se puso patas a la obra.

Intentó hacer de albañil para tres cerdos que vivían cerca; tres hermanos que resultaron ser unos desconfiados y que no le dejaron ni explicarse; incluso se atrevieron a quemarle el culo en un caldero.

Decepcionado, miró en el periódico y encontró el anuncio de un matrimonio que buscaba niñera para sus cabritas; pero la madre no quiso contratarlo porque, según ella, no daba el perfil. Lobo aceptó la excusa, aunque sabía que se debía a sus prejuicios: los lobos tienen fama de comerse a las crías de cabras y ovejas.

Cuando ya se estaba dando por vencido, se encontró a una niña que cantaba sobre su abuelita, que estaba enferma. Lobo esperó junto a un árbol a que la niña se acercara y cuando llegó hasta él, sonrió abriendo su amplia boca. No solía sonreír, pero le pareció que así demostraría que podía ser amable, tanto como para cuidar de una anciana. La niña, al ver todos aquellos dientes, creyó que se la iba a comer, le dio una patada en la espinilla (con lo que duele eso) y se marchó corriendo.

Triste y cojo, Lobo empezó a preguntarse por qué nadie se le acercaba, si él nunca había hecho nada malo y solo buscaba trabajo.

Estaba a la orilla del río, lamentándose de su mala suerte cuando escuchó a dos liebres hablando.

—Yo no lo he visto, pero dicen que el niño corría calle abajo, gritando: ¡Qué viene el lobo, qué viene el lobo!

—No hagas caso. La semana pasada hizo lo mismo, y la anterior, y la otra. Por lo visto no quiere ir al colegio y ya no sabe qué inventar.

Convencido de que aquel niño tenía algo que ver con que a él no le contratara nadie, decidió hacerle una visita. Se acercó a la entrada del pueblo y esperó tras un muro de pizarra a que el tal Pedro apareciera. Al poco tiempo un niño regordete y pecoso pasó junto a su escondite cantando: «Hoy no iré al colegio, porque el lobo me asaltó, hoy no iré al colegio y mañana tampoco».

Lobo no necesitó más pistas para saber que se trataba del niño que buscaba y lo siguió al interior del bosque. El chico canturreaba sin prestar atención ni a los conejos que huían a su paso, ni a los búhos que giraban la cabeza, molestos por su presencia. Cuando llegó tan lejos que nadie podía verlo, se sentó en las raíces de un avellano y sacó de su zurrón un mendrugo de pan y un trozo de queso. A Lobo se le hacía la boca agua viendo cada lasca de rico queso y cada pedazo de pan que aquel niño insolente, causante de sus desgracias, se metía en la boca.

Pedro se hartó de comer hasta que solo quedó la costra del queso y nada del pan, cerró los ojos y se puso a dormir. Entonces, Lobo se acercó sigiloso y se recostó a su lado. Sería maravilloso ver su cara cuando despertara y lo viera de cerca. ¿No iba contando por ahí maldades de los lobos? Pues ahora iba a contarlas con razón.

El vuelo de una mariposa despertó a Pedro. Intentó espantarla de un manotazo, pero con tan mala puntería, que el golpe aterrizó en el hocico de Lobo, y este se levantó sobre sus cuatro patas con un gruñido que helaba la sangre.

Durante un rato largo se quedaron los dos allí, uno frente al otro. Pedro rezando para que no se le comiera y Lobo pensando en cómo darle un escarmiento al muchacho sin dañar aún más su reputación.

—Eres un lobo muy grande —dijo Pedro, repuesto del susto—, pero parece que hoy no has comido. Se te marcan las costillas.

Acercó la mano a su zurrón, sacó medio chorizo y se lo ofreció a Lobo.

—Gracias —respondió antes de echarse junto al chico devorando la pieza—. ¿Sabes?, tú eres el culpable de que esté famélico.

—¿Yo? ¿Cómo puede ser?

—Has ido contando mentiras, metiendo miedo a todo el mundo y nadie me da trabajo.

—Lo siento. Yo solo quería librarme de ir al colegio y de sacar a pastar a las ovejas. Además, ya casi nadie me cree.

—¿Y eso?

—No sirve de mucho gritar: ¡Qué viene el lobo! si luego el lobo no aparece.

—Yo puedo ayudarte con eso si, a cambio, me das comida y conversación.

Y, desde entonces, todos los días, a la hora de ir a la escuela, Lobo se cruza en el camino de Pedro, a la vista de todos sus compañeros de clase, y luego huyen juntos al bosque para comer pan, queso y chorizo y contarse sus cosas.

a

Por el bosque se escondía
sin dinero y sin trabajo;
y siempre iba cabizbajo
porque nadie lo quería.
Así pasó noche y día
era afable, tierno, honesto
siempre a los vetos expuesto…
¡Tan solo, tan abatido!
Era un lobo incomprendido
a los humanos expuesto.
Julie Sopetrán

a

FIN

El traje nuevo del Emperador

The_emperor__s_new_clothes_I_by_roweig

Ilustración: roweig

Hace muchos años vivió un emperador al que le gustaba tanto estrenar trajes, que gastaba todo el dinero en vestir con la mayor elegancia.

No pasaba revista a las tropas, no iba al teatro, y solo paseaba por sus posesiones cuando tenían que lucir uno de sus trajes nuevos.

Para cada hora del día, tenía una vestimenta distinta y así como se suele decir de un rey que “está en su gabinete”, de él decían:

—Está en su guardarropa.

El Emperador vivía en la ciudad más cosmopolita y bulliciosa del reino. En ella recalaban a diario gentes procedentes de los más diversos lugares.

Un buen día, llegaron dos truhanes que se hacían pasar por tejedores. Afirmaban que eran capaces de tejer el paño más maravilloso de la tierra. No solo los colores y el dibujo eran extraordinarios, sino que la ropa confeccionada con aquella tela poseía la milagrosa virtud de ser invisible para todo aquel que no desempeñaba bien su oficio o para el que era irremediablemente tonto.

«¡Qué ropajes tan estupendos se podrían hacer con ese tejido! —pensó el Emperador—. Si los vistiera, sabría qué cortesanos no merece su cargo. ¡Podría distinguir entre los listos y los tontos! ¡Sí!, quiero que me tejan esa tela de inmediato». Y pagó una desorbitada cantidad de dinero a los dos pícaros para que, cuanto antes, se pusieran manos a la obra.

Los dos hombres montaron un telar y simulaban trabajar en él, aunque lo cierto es que estaba completamente vacío. Pidieron que les llevaran las más finas sedas e hilos del mejor oro, que se apresuraron a guardar a buen recaudo, mientras seguían simulando trabajar hasta bien entrada la noche.

«¡Cómo me gustaría saber si avanzan con mi tejido!», pensó el Emperador. Pero lo tenía preocupado saber que un hombre tonto o inepto para su cargo no podría ver lo que estaban tejiendo. Y aunque no temía por sí mismo, por si las moscas, prefirió enviar primero a otro para comprobar cómo marchaban las cosas, ya que en la ciudad todos conocían la virtud de aquella tela y estaban impacientes por comprobar lo tontos e incapaces que eran los demás. «Enviaré a mi viejo ministro a los telares, es un hombre honrado, tiene talento y desempeña su cargo a la perfección».

El anciano ministro se presentó en el lugar en el que los dos embaucadores estaban trabajando en los telares vacíos . «¡Ay, ay, ay! ¡Vaya situación!» —pensó el ministro para sus adentros, abriendo los ojos como platos— «¡No veo nada!». Pero nada dijo.

Los dos truhanes le rogaron que se acercara y, señalando el telar vacío, le preguntaron si color y dibujo eran de su agrado. El pobre ministro, ojiplático por la sorpresa, seguía sin ver nada, puesto que nada había. «¡Dios mío!, ¿seré tonto? ¡Nunca lo hubiera imaginado! ¡Nadie tiene que saberlo! ¿Y si no sirvo para mi cargo? No me conviene decir que no veo la tela».

—¿Qué?, ¿no decís nada? —preguntó uno de los tejedores.

—¡Oh!, ¡precioso, precioso! —respondió el ministro mirando con sus lentes—. ¡Qué dibujo! ¡Qué colores! Desde luego que le contaré al Emperador cuánto me ha gustado.

—¡Qué alegría! —respondieron los dos tejedores, nombrado los colores y describiendo los dibujos. El anciano prestó mucha atención para poder repetir al Emperador todas las explicaciones; y así lo hizo.

Los dos estafadores pidieron más dinero, más seda y más oro, puesto que lo necesitaban para el tejido. Todo iba a parar a sus bolsillos, pues ni una hebra se empleó en el telar, y ellos continuaban, como antes, trabajando en el telar vacío.

Poco después, el Emperador envió a otro funcionario de su confianza para que inspeccionara la tela y para informarse de si pronto estaría lista. Al segundo le ocurrió lo mismo que al primero; miró y remiró, pero como en el telar no había nada, nada vio.

—Hermosa pieza de tejido, ¿verdad? —preguntaron los dos tramposos, señalando y explicando el precioso dibujo inexistente.

«Tonto no soy, -se dijo el hombre-, ¿será entonces que no valgo para mi empleo? ¡Es preciso que nadie se dé cuenta!» Y alabó el tejido que no veía, mostrándose entusiasmado por los preciosos colores y el soberbio dibujo.

—¡Es de verdad maravilloso! —le dijo al Emperador.

Tanto se hablaba en la ciudad de la magnífica tela, que el Emperador quiso verla con sus propios ojos mientras estaba en el telar. En compañía de algunos cortesanos escogidos, entre los que se encontraban los que ya habían ido a ver la tela, fue a visitar a los dos pícaros, los cuales continuaban muy afanosos tejiendo, aunque sin hebras ni hilos.

—¿Verdad que es admirable? —preguntaron los dos honrados dignatarios que ya habían visitado los telares—. Fíjese Vuestra Majestad en estos colores y estos dibujos —Y señalaban el telar vacío, creyendo que los demás veían la tela.

—¿No os parece magnífica la tela, Majestad? —le preguntaron también los dos truhanes señalando hacia el telar vacío— ¿Habéis visto los vivos colores y el magnífico dibujo?

«¡Diablos! —se dijo el Emperador—, ¡no veo nada! ¡Es terrible! ¿Soy tonto o quizá no sirvo para ser emperador? ¡Eso sería espantoso!»

—¡Oh, qué maravilla! —dijo—. Tenéis mi aprobación —Y asentía satisfecho mientras miraba el telar vacío.

Su séquito miraba y remiraba, y nadie sacaba nada en limpio; pero exclamaban como el Emperador: «¡Oh, qué maravilla!»  Y le aconsejaron que estrenase los vestidos confeccionados con aquella tela en el desfile que estaba a punto de celebrarse.

—¡Preciosa! ¡Magnífica! ¡Excelente! —corría de boca en boca. Y todo el mundo parecía extasiado con aquella tela.

El Emperador concedió sendas condecoraciones a los dos truhanes para que las lucieran en el ojal y les otorgó el título de «Tejedores imperiales».

Durante la noche que precedió al desfile, los dos embaucadores estuvieron levantados, con más de dieciséis velas encendidas, para que la gente viese lo atareados que estaban tratando de terminar el traje nuevo del Emperador. Después, fingieron quitar la tela del telar, cortarla con grandes tijeras y coserla con agujas sin hilo y, por último, proclamaron entusiasmados:

—¡Mirad, el traje está listo!

El Emperador en persona, acompañando de sus caballeros principales, acudió al taller. Los dos truhanes, levantando los brazos como si sostuviesen algo, dijeron:

—¡Aquí tenéis los calzones! Esta es la casaca. ¡Y el manto! Prendas tan ligeras, que parecen de telaraña. Podría creerse que uno no lleva nada sobre el cuerpo y esa es, precisamente, su virtud.

—¡Así es! —asintieron todos los cortesanos, aunque no veían nada, porque nada había.

—Majestad, ¿querréis dignaros a despojaros de vuestras vestiduras —pidieron los dos truhanes— para que podamos probaros las nuevas ante el espejo?

Se despojó el Emperador de sus prendas y ellos fingieron vestirlo con sus ropajes nuevos mientras el Monarca todo era hacer poses ante el espejo.

—¡Hay que ver lo bien que le sienta! ¡Le queda estupendamente! —exclamaban todos—. ¡Qué dibujos! ¡Qué colores! ¡Es un traje precioso!

—En la calle ya aguarda el palio bajo el cual irá Vuestra Majestad durante el desfile —anunció el Maestro de Ceremonias.

—¡Estoy listo! —dijo el Emperador—. ¿Verdad que me sienta bien? —Y se volvió una vez más a mirar en el espejo, para que todos creyeran que veía el vestido.

Los ayudas de cámara encargados de sujetar la cola tantearon el suelo e hicieron como si la levantaran, avanzando mientras la sujetaban en el aire; por nada del mundo hubieran confesado que no veían nada.

Así empezó a andar el Emperador, bajo el suntuoso palio, mientras el gentío, desde la calle y las ventanas, exclamaba:

—¡El traje nuevo del Emperador es magnífico! ¡Qué cola tan preciosa! ¡Qué maravilla y qué bien le sienta!

Nadie quería que los demás se diesen cuenta de que nada veía, pues si así fuera, es que era tonto o inútil para su oficio. Ninguno de los trajes del Emperador había tenido tanto éxito.

De pronto, entre el gentío se oyó la voz de una niña:

—Papá, ¿no te parece a ti que va desnudo? —preguntó mientras señalaba al Emperador.

—¡Dios bendito!, escuchad la voz de la inocencia —dijo su padre.

Y todo el mundo fue repitiendo por lo bajo lo que acababa de decir la pequeña.

—¡Va desnudo! —gritó al fin todo el pueblo al unísono.

Aquello inquietó al Emperador, pues sospechaba que era cierto, pero pensó: «Habrá que aguantar así hasta el final del desfile».

Y siguió andando como si no oyera nada, con la barbilla muy alta, más altivo si cabe que antes, mientras los chambelanes, avergonzados, continuaban sujetando una cola que no existía.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El traje nuevo del Emperador» con la voz de Angie Bello Albelda

logoAngie