miedo

Historia de uno que hizo un viaje para saber lo que era miedo

Ilustración: nikogeyer

Un labrador tenía dos hijos que lo ayudaban en casa, pero si el padre le pedía al mayor una faena en el exterior al caer la noche, o al oscurecer lo mandaba a un recado cerca del cementerio, el chico siempre decía: «¡Qué miedo!».

Si se reunían de noche para contar cuentos alrededor del fuego, en especial si eran de espectros o fantasmas, todos exclamaban: «¡Qué miedo!».

El hijo menor no podía comprender lo que querían decir: «Siempre hablan de “miedo”, pero yo no sé qué es miedo».

Pasó el tiempo y como el chico crecía sin conocer el miedo, un día, quiso marcharse a buscarlo:

—Padre, quisiera recorrer el mundo para conocer el miedo.

El padre suspiró y le contestó:

—¿Y de qué te servirá conocerlo? Eso no te dará de comer. Es mejor que te quedes aquí.

Tanto insistía el muchacho, que el padre ideó un plan para quitarle a su hijo la idea de la cabeza.

Una tormentosa noche de truenos y rayos, lo mandó al granero a buscar leña. «¡Ahora sabrás lo que es el miedo!», dijo para sí. Salió tras él, y cuando el joven se disponía a regresar con su carga de madera entre los brazos, el padre se interpuso entre él y la puerta, envuelto en una sábana blanca.

—¿Quién eres? —preguntó el joven. Pero el fantasma no contestó ni se movió—. ¡Responde!, o te haré volver por donde has venido.

El padre continuó inmóvil y el joven inquirió por segunda vez:

—¿Quién eres? ¡Habla!, o te arreo con un tronco.

El padre creyó que no cumpliría su amenaza y siguió inmóvil, como si fuese de piedra. El chico preguntó por tercera vez, y como tampoco obtuvo respuesta, dio un salto y empezó a atizar con un grueso tronco al espectro, el cual huyó despavorido gritando. El chico se fue a casa, se acostó y se durmió.

A la mañana siguiente, el padre, con el cuerpo tullido, le dijo al chico:

—Hijo, márchate y aprende qué es el miedo.

—Gracias, padre, así lo haré no os preocupéis por mí.

El muchacho echó a andar por el camino real diciendo: «¿Quién me enseñará lo que es el miedo? ¿Quién me enseñará lo que es el miedo?».

Al poco, se encontró con un hombre que, al oír al joven, le dijo señalando un cementerio:

—Entra ahí dentro, espera a que sea de noche, y sabrás lo que es el miedo.

—Si no es más que eso…, ¡lo haré sin problema!

—Ya veremos. Volveré mañana a verte.

El joven se dirigió al cementerio y, como tenía frío, encendió una hoguera. El aire movía las ramas de los árboles, que chocaban entre sí con seco ruido y el fuego dibujaba fantasmagóricas sombras sobre las piedras. Cualquier otra persona hubiera huido despavorida, pero él se echó junto al fuego y se durmió.

A la mañana siguiente, el hombre acudió puntual a la cita:

—¿Has sentido miedo?

—No, solo he sentido frío.

El joven continuó su camino: «¿Quién me enseñará lo que es el miedo? ¿Quién me enseñará lo que es el miedo?». Por la noche, llegó a una posada, donde decidió pasar la noche. Apenas llegó a la puerta, la posadera se echó a reír al oír su cantinela y le dijo:

—Yo sé de un lugar en el que aprenderás lo que es el miedo, aunque quizá no puedas contarlo…

—No me importa el peligro. Quiero saber qué es el miedo; ese es el motivo de mi viaje.

La posadera le contó que no lejos de allí había un castillo en ruinas, donde podría saber lo que era miedo si pasaba en él tres noches. En el castillo había grandes tesoros ocultos, custodiados por espíritus malignos, suficientes para hacer rico a un pobre. La reina quería recuperarlo y había prometido una gran recompensa a quien superase la prueba y le devolviese el castillo. Hombres y mujeres lo habían intentado, pero nadie lo había conseguido.

A la mañana siguiente, el joven se presentó ante la reina y le pidió permiso para pasar las tres noches en el castillo arruinado. A la reina le pareció un chico guapo e inteligente, así que le dio permiso:

—Si superas la prueba, me casaré contigo. Puedes llevar contigo tres cosas que no tengan vida.

El joven pidió:

—Concédeme llevar leña para hacer lumbre, una silla para sentarme y un saco para transportarlo todo.

La reina le proporcionó lo que había pedido y, al filo de la media noche, entró el joven en el castillo. Encendió en una de las salas un hermoso fuego, puso al lado el saco y se sentó en la silla.

De repente, oyó decir con voz desagarrada en un rincón:

—¡Miauuuuu!, ¡miauuuuuu!, ¡frío tenemos!

—¿Por qué maulláis? si tenéis frío, venid y calentaos.

Apenas hubo dicho esto, dos enormes gatos negros se pusieron a su lado, mirándolo con sus ojos de fuego. Al poco rato, cuando se hubieron calentado, preguntaron:

—¿Quieres jugar con nosotros a las cartas?

—¿Por qué no? —contestó—, pero enseñadme primero las patas. —Los gatos así lo hicieron—. ¡Qué uñas tan largas tenéis!, primero os las cortaré.

Los cogió por los pies y los metió en el saco. «Ahora que os he visto las uñas— les dijo— ya no tengo ganas de jugar», y los lanzó por una de las ventanas.

No bien se había desecho de ellos, salieron de todos los rincones y rendijas una multitud de gatos negros de ojos de fuego. Eran tantos, que era imposible contarlos. Maullaban horriblemente, y lo rodeaban, intentado arañarlo. El chico los miró con tranquilidad, y, cuando se cansó, hizo ademán de pegarles con su silla, con tanta decisión, que los gatos huyeron despavoridos. Al terminar, atizó el fuego y se sentó a descansar. Comenzaron a cerrarse sus los ojos y tuvo ganas de dormir. Miró a su alrededor y vio en un rincón una hermosa cama. «Me viene muy bien», se dijo. Se echó en ella y se quedó dormido al instante, pero la cama comenzó a andar y a dar vueltas alrededor del cuarto, como si de ella tirasen seis caballos. Con el movimiento, el chico cayó al suelo y allí siguió durmiendo hasta el otro día.

A la mañana siguiente, la reina fue a visitarlo y al verlo tendido en el suelo creyó que el miedo había acabado con él:

—¡Qué lástima! Este me gustaba.

Al oírla, el chico se levantó y le contestó:

—Aún no hay por qué tenerme lástima. Ya ha pasado una noche y las otras dos vendrán y pasarán también.

Llegó la segunda noche. Sonaron las doce en el reloj y ruidos y golpes resonaban en la sala, primero débiles, después estridentes, y finalmente cayó por la chimenea la mitad de un hombre, que se plantó ante él:

—Hola —exclamó—, todavía falta el otro medio.

Entonces comenzó el ruido de nuevo: parecía que tronaba, y se venía el castillo abajo y cayó la otra mitad.

Las dos partes se unieron y un hombre horrible se sentó en su silla.

—La silla es mía —dijo el joven.

El espectro no quería dejarlo sentar, y el chico tuvo que recuperar a la fuerza su asiento. Cuando por fin lo recobró, el fantasma se desvaneció. Acto seguido, el chico se echó y durmió a pierna suelta.

A la mañana siguiente, la reina fue a informarse:

—¿Has pasado miedo?

—No.

Llegó la tercera noche y al sonar las doce aparecieron seis hombres pálidos y delgados que cargaban sobre los hombros un ataúd. Cuando lo dejaron en el suelo, el chico levantó la tapa; había un cadáver dentro:

—¡Uy!, estás helado. Espera, te calentaré un poco.

Lo cogió en brazos y lo acercó a la lumbre. Al poco, el muerto comenzó a moverse, se levantó y le dijo:

—Por haberme despertado, ¡morirás de miedo!

—¿Así me das las gracias? ¡Vuelve a tu caja!

Lo metió dentro de ella y cerró y, al hacerlo, el castillo quedó desencantado.

A la mañana siguiente, volvió la reina:

—¿Ya sabes lo que es el miedo?

—Todavía no.

—Has superado la prueba. Has recuperado mi castillo y los tesoros, así que me casaré contigo.

—Me parece muy bien, pero yo sigo sin saber lo que es el miedo.

Se celebró la boda, y aunque el joven rey, estaba muy contento, no paraba de decir: «¿Quién me enseñará lo que es el miedo? ¿Quién me enseñará lo que es el miedo?».

La reina, harta de oírlo, pensó: «¡Yo te voy a enseñar lo que es el miedo!». Fue al arroyo que corría por el jardín y llenó un cubo entero con agua y peces. Por la noche, cuando el joven rey dormía, la reina colocó el cubo sobre su pecho. Los peces, al saltar, salpicaban gotas heladas sobre el nuevo monarca, el cual se despertó sobresaltado gritando:

—¿Qué pasa? ¡Qué miedo! —y añadió, después—. Mi querida esposa, ¡gracias! Tú me has enseñado, por fin, lo que es el miedo.

FIN

Un susto morrocotudo

Ilustración: GrimVixen

Esta es la historia de una niña pequeña y de un pequeño ratoncito y del susto morrocotudo que se dieron los dos.

La niña pequeña estaba en su cama y leía un cuento a escondidas; la luna llena iluminaba la estancia como una lámpara. En la habitación reinaba un profundo silencio, así que los padres creían que la niña pequeña dormía hacía ya mucho rato y nunca hubieran sabido que seguía despierta a esas horas de no ser por un pequeño ratoncito que, mientras daba su paseo nocturno, topó con la naricilla con una galletita de chocolate.

—¡Hi, hi, hi! —dijo gozoso con su chillona voz el pequeño ratoncillo. Lo que en el lenguaje de los ratones significa: «¡Una galleta de chocolate! ¡Qué suerte la mía!».

La niña pequeña, desde su cama, escuchó con atención y miró a su alrededor, pero como no vio nada, siguió leyendo.

—¡Hi, hi, hi! —gritó de nuevo el pequeño ratoncillo, con lo cual quería decir: «¿Habrá más comida por aquí?».

Y moviendo sus largos bigotes, buscó y rebuscó, dando vueltas por la habitación, arriba y abajo, con sus cortas patitas. De repente, un gran foco iluminó su diminuta figura. Era la luz de la luna, que se colaba por la ventana, y alumbraba, justamente, delante de la cama de la niña pequeña, que en ese justo instante alzó la vista de su libro.

—¡Ahh, ahhh, ahhhh! —gritó con gran espanto al mismo tiempo que soltaba el libro y saltaba, por el lado derecho, fuera de la cama.

El pequeño ratoncillo, al oír aquellos pavoroso gritos, se agarró a la sábana, trepó por la parte izquierda de la cama y, lleno de espanto, se ocultó en el lecho. La chiquilla, entonces, volvió a gritar. Esta vez mucho más fuerte que antes. El pequeño ratoncito, sobresaltado, dio un brinco y, dibujando un amplio círculo en el aire, aterrizó en el suelo y huyó espantado, rozando, al hacerlo, los desnudos pies de la niña. El grito de terror que resonó entonces en la habitación fue tan increíble, que al pobre ratoncillo se le detuvo por un instante el corazón. Desesperado, buscó en la pared el pequeño agujero que conducía a su casa. Mientras, la niña pequeña de un salto subía nuevamente a su cama y se escondía, encogiendo los pies hasta tocarse la barbilla con las rodillas, bajo las sábanas.

Por fin el pequeño ratoncillo estaba a salvo en su casita y allí, sollozando, se abrazó tembloroso a su madre:

—¡Hi, hi, hi!

—¡Pobrecito mío! —lo consoló mamá ratona—. ¿Qué es lo que te ha asustado así?

—Un gigante con una voz espantosa.

«Este susto lo curará enseguida un pedacito de chocolate», pensó mamá ratona. Y fue a buscarlo a su despensa y se lo puso ante la naricilla a su querido hijito. «¡Sí, esto servirá!». Y así fue en efecto, mientras el ratoncillo roía el chocolate su temblor fue disminuyendo hasta desaparecer por completo.

En la habitación, entretanto, la mamá de la pequeña, que había escuchado los terribles gritos de su hijita y había ido corriendo en su auxilio, acariciaba la cabeza de la niña, sentada junto a ella en la cama:

—¡Pobrecita mía! —la consoló—. ¿Qué es lo que te ha asustado así?

—¡Un animal enorme me atacó! ¡Yo gritaba y gritaba, pero él no dejaba de perseguirme y quería atacarme!

—Ahora ya no podrá hacerte nada, yo estoy a tu lado —le dijo la madre.

Pero sabía muy bien lo que de verdad consolaría a su hijita. Puso la mano en el bolsillo de su bata y sacó de ahí un trocito de chocolate, envuelto en papel plateado. Al ver aquel reflejo, al punto cesaron de fluir las lágrimas y mientras saboreaba aquella golosina, la chiquilla también dejó de temblar.

Los dos pequeños, bajo la atenta mirada de sus mamás, pronto se quedaron dormidos; la niña en su camita, y el ratoncito en su casita. Justo al cerrar los ojitos, el morrocotudo susto quedó olvidado por completo y los dos tuvieron dulces sueños de chocolate.

FIN

El ruido que oyó la liebre

Ilustración: Daicelf

Nuestra amiga Marga G. nos descubrió la jataka 322 y nos gustó tanto que, después de editarla, decidimos compartirla con vosotros.

Hace mucho, mucho tiempo, en la India, en un espeso bosque de palmeras y belli, vivía una liebre.

Cierto día, descansaba la liebre bajo una palmera cuando, de pronto, pensó: «¿Y si la tierra se hundiera de repente? ¿Qué sería de mí?».  Justo en ese instante, mientras esa idea tomaba forma en su mente, uno de los frutos del árbol decidió soltarse de la rama en la que estaba y fue a estrellarse contra el suelo, no muy lejos de donde se encontraba la liebre, con un fuerte «¡Plof!».

Sobresaltada por el tremendo ruido, la liebre se levantó de un salto y empezó a gritar mientras huía despavorida del lugar:

—¡La tierra se hunde! ¡La tierra se hunde! —Y sin mirar hacia atrás, emprendió una rauda carrera, ¡pies para qué os quiero!

Una liebre amiga suya, al verla correr como si en ello le fuera la vida, le preguntó atemorizada:

—¿Qué pasa, compañera? —Y comenzó a correr tras ella.

«¡Mejor no preguntes!», jadeó la primera liebre. Esta respuesta asustó aún más a la segunda liebre, que aceleró el paso para pedir más información:

—¡Cuéntame qué sucede!

Sin detener su fuga, la primera liebre respondió entre jadeos:

—¡La tierra se hunde!

Y ambas liebres, espantadas, corrieron juntas.

Su miedo era tan contagioso, que otras compañeras, al verlas, se unieron a la carrera. De tal modo que, en poco tiempo, todas las liebres de aquel bosque estaban huyendo juntas.

Cuando aquella comitiva asustada pasaba cerca de algún animal, este preguntaba curioso:

—¿Por qué corréis? ¿Qué ocurre?

A lo que ellas respondían a coro:

—¡La tierra se hunde!

Y los animales también empezaban a correr, temiendo por sus vidas.

De este modo, a las liebres pronto se unieron manadas de venados, jabalíes, alces, búfalos, bueyes salvajes y rinocerontes, una familia de tigres y algunos elefantes.

Cuando la multitud animal pasó cerca de donde el león reposaba, este se despertó por el ruido, abrió un ojo y quedó muy extrañado al verlos.

Tan rápido como solo él era capaz de correr, los adelantó y haciendo frente a aquella estampida que se le venía encima, rugió tres veces. Al oír su poderosa voz, los animales frenaron su enloquecida carrera y se detuvieron. Jadeantes se amontonaban, mirando hacia atrás asustados.

El león se acercó y les preguntó:

—¿Qué ocurre?

—¡La tierra se hunde! —respondieron todos a una.

Al conocer la causa de su huida, pensó: «Eso no es posible; la tierra no se hunde. Seguramente los asustó algún ruido extraño que no supieron de dónde procedía. Como sigan corriendo así, se van a matar. ¡Debo salvarlos!».

—¿Quién vio cómo se hundía? —preguntó.

—Los elefantes lo vieron —respondieron algunas voces.

Al preguntar a los elefantes, estos dijeron:

—Los tigres lo vieron.

Los tigres dijeron:

—Los rinocerontes lo vieron.

Los rinocerontes dijeron:

—Los bueyes salvajes lo vieron.

Los bueyes salvajes dijeron:

—Los búfalos lo vieron.

Los búfalos dijeron:

—Los alces lo vieron.

Los alces dijeron:

—Los jabalíes lo vieron.

Los jabalíes dijeron:

—Los ciervos lo vieron.

Los ciervos dijeron:

—Nosotros no lo vimos, pero las liebres lo vieron.

Cuando el león preguntó a las liebres, estas señalaron a una liebre en particular y dijeron:

—Ella lo vio. Fue ella la que nos lo contó a nosotras.

El león, entonces, dirigiéndose a la primera liebre preguntó:

—¿Es cierto que tú has visto cómo se hundía la tierra?

—Sí, señor, yo lo vi —afirmó la liebre.

—¿Dónde estabas cuando lo viste?

—En el bosque, en un palmeral mezclado con belli. Estaba descansando bajo una palmera y pensé: «¿Y si la tierra se hundiera de repente? ¿Qué sería de mí?». Justo en ese momento, oí el ruido atronador que hace la tierra al hundirse y hui.

Con esta explicación, el león creyó comprender lo que había ocurrido realmente, pero como deseaba estar seguro de sus conclusiones para poder demostrar la verdad a los otros animales, habló con calma y propuso:

—¿Qué te parece si vamos tú y yo a ese lugar y comprobamos si de verdad se está hundiendo la tierra? —Y dirigiéndose al resto de los animales añadió—. Vosotros, entretanto, esperad aquí nuestro regreso.

El león montó la liebre sobre su espalda y desanduvo el camino para regresar al lugar donde todo había comenzado.

Al llegar allí le pidió a la liebre:

—Llévame al punto exacto en el estabas cuando se empezó a hundir la tierra.

—¡No me atrevo! —dijo. Después, añadió señalando con la pata—. Fue allí. Allí estaba cuando escuché ese ruido espantoso.

El león se dirigió hacia donde le indicaba y distinguió el lugar en el que la liebre había estado echada sobre la hierba y, muy cerca, vio el fruto maduro que había caído de la palmera. Comprobó, cuidadosamente, que la tierra no se estuviera hundiendo, volvió a montar la liebre sobre su espalda y regresó al lugar donde esperaban los animales para contarles lo ocurrido.

Más tranquilos, fueron regresando a sus hogares y reanudaron sus rutinas. Se habían puesto inútilmente en peligro por dar crédito a rumores infundados en lugar de tratar de averiguar ellos mismos la verdad. Ciertamente, si no hubiera sido por el león, no sabemos dónde, cómo, ni cuándo hubiera acabado aquella loca huida.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El ruido que oyó la liebre» con la voz de Angie Bello Albelda

El granjero valiente  

Ilustración: NicoleNoe

Un día, en la lejana India, un tigre estaba paseando cerca de una pequeña aldea cuando, de pronto, se desencadenó una violenta tormenta de truenos, relámpagos, viento huracanado y lluvia torrencial. Para cobijarse, el tigre se acercó a la pared de una pequeña cabaña.

En el interior de la choza, la viejecita que vivía en ella también estaba muy preocupada por la tormenta, pues en el techo de su casa había un gran agujero y la lluvia se colaba por él.

Como la gotera era tan grande, la anciana corría de un lado a otro, empujando los muebles de aquí para allá para que no se mojaran y poniendo debajo del torrente de agua que caía de la techumbre cacharros y cubos.

El tigre, que tenía apoyada la oreja en la pared, oía todo el jaleo que hacía la mujer en el interior: oía cómo se arrastraban cosas, oía el entrechocar de los cacharros y cubos y oía cómo la anciana se quejaba y se lamentaba, hablando sola:

—¡Oh, es terrible! ¡Esta eterna gotera! ¿No habrá manera de evitarla? ¡Por un ratito parece que se calma, pero enseguida la tengo de nuevo cayendo con toda su fuerza sobre mí! ¡Esto es horrible y terrible!

Entonces se oyeron más ruidos, mientras la mujer exclamaba:

—¡Basta, basta, eterna gotera maldita, me estás matando!

El tigre se quedó muy impresionado por todo lo que oía:

—¿Qué clase de animal será la Eterna Gotera del que jamás antes había oído hablar? —murmuró—. Debe de ser un ser espantoso. Prefiero no cruzarme con él.

Y al oír de nuevo el estrépito producido por el arrastrar de muebles exclamó:

—¡Qué ruido más pavoroso! ¡Debe producirlo el terrible ser llamado Eterna Gotera!

El tigre, muerto de miedo, se quedó temblando apoyado contra la pared, muy preocupado por lo que pasaba, y aguantando la respiración. Solo quería que cesara la lluvia para poder alejarse de allí rápidamente.

Justo en ese momento, apareció caminando por la oscura carretera un granjero que buscaba su burro. El animal había escapado despavorido del establo al oír los primeros truenos.

A la luz de un relámpago, el hombre vio la silueta de un gran animal apoyado contra la pared de la choza de la viejecita y convencido de que se trataba de su burro, corrió hasta el tigre y lo agarró de una oreja:

—¡Animal miserable! —gritaba furioso–. ¡He tenido que salir a buscarte bajo esta lluvia torrencial!

Sin dejar de gritarle improperios arrastraba por el pescuezo al pobre tigre.

—¡Levántate inmediatamente, bicho tonto, no me obligues a enfadarme aún más de lo que ya estoy! —Y al ver que el animal ni se movía, crecía su furia.

Pero es que el tigre estaba atónito. Nunca jamás nadie se había atrevido a tratarlo así y tampoco tenía noticia de que ningún ser vivo hubiera tratado de ese modo a uno de su especie.

Se asustó y comenzó a pensar que aquel ser horripilante que lo maltrataba de aquel modo debía de ser la Eterna Gotera de la que tanto se quejaba la vieja. «No me extraña que la pobre anciana se preocupara tanto», pensó.

Por fin, el tigre se levantó dócilmente y el granjero, que todavía creía que aquel animal era su burro, le dio una palmada en el trasero, montó sobre él, y lo condujo a su casa bajó la lluvia torrencial. Durante el camino fue dándole golpes con los talones para que corriera más y no dejó de dirigirle insultos durante todo el recorrido.

Al llegar a la granja y para impedir que escapara de nuevo, lo ató del pescuezo y de las patas a un gran poste que había frente a la puerta y después, agotado y mojado, se acostó.

A la mañana siguiente, la granjera salió a ordeñar la vaca y no podía dar crédito a lo que veían sus ojos: un tigre atado al poste.

Muy asustada, corrió a despertar a su marido y le dijo:

—¿Pero tú estás loco? ¿Sabes qué animal trajiste anoche durante la tormenta?

—Claro –contestó él, enojándose al recordar lo que había pasado–, ¡ese burro miserable!

—Ven a verlo –le dijo su mujer.

El hombre salió y al ver de qué animal se trataba, empezó a temblar y temió que sus piernas no lo sostuvieran. Se palpó todo el cuerpo para comprobar si tenía alguna herida, pero no encontró ni un rasguño.

La hazaña del granjero se extendió con rapidez por todo el pueblo y todo el mundo acudió a ver al tigre cautivo y a escuchar cómo había sido capturado y domesticado.

La historia corrió de boca en boca y pronto se extendió a otros pueblos, y finalmente, llegó a oídos del Rajá y la Ráni. Ambos quedaron tan admirados al oír aquel relato del hombre que cabalgaba tigres, que les faltó tiempo para ir a conocerlo personalmente.

Al llegar con su séquito a casa del granjero, comprobaron que la historia era cierta. Y todavía quedaron más impresionados al saber que aquel feroz tigre atado al poste, que ahora se comportaba como un dócil gatito, había sido el pavoroso animal que había sembrado el terror por toda la región.

El Rajá y la Ráni quisieron recompensar al granjero por la valentía demostrada y, sin pensarlo dos veces, le otorgaron un título nobiliario, le regalaron vastas tierras, una gran mansión en el campo y riquezas sin fin.

Y todo esto no me lo contaron, que yo lo vi.

FIN

El oni rojo que lloró

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Ilustración: marmoto

Siglos ha, vivió en la falda de una altísima montaña un oni rojo llamado Aka-oni, cuyo feroz aspecto conseguía poner los pelos de punta al más valiente.

Tenía unos dientes largos y afilados que parecían prestos a morder y una piel rojiza que hacía pensar al que lo miraba que estaba a punto de proferir un aterrador alarido, de esos que hielan la sangre y hacen temblar de la cabeza a los pies.

A pesar de su semblante atroz, tenía un corazón bondadoso y tierno y su único deseo era vivir en paz y armonía con los habitantes del pueblo cercano. Pero estos, cada vez que lo veían, aunque fuera de lejos, huían despavoridos gritando:

—¡Socorro! El oni rojo nos quiere comer. ¡Sálvese el que pueda!

Desesperado por esta situación y después de pensar mucho, el oni decidió dibujar unos preciosos carteles, que enganchó por todas partes: en los árboles del camino que conducía al pueblo; en las piedras cercanas al río; en la verja de su casa; y hasta se atrevió a bajar de noche al pueblo para engancharlos en las puertas de las casas y en la del ayuntamiento:

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Pero los habitantes del pueblo no lo creyeron y los arrancaron todos.

Con gran desánimo, al comprobar que sus esfuerzos habían sido completamente inútiles, el oni rompió los carteles que le quedaban.

Así estaba, bajo una higuera, turbado y cariacontecido rasgando los papeles, cuando apareció su amigo Ao-oni, un oni azul que vivía en la cima de la montaña y que, como él, tenía un corazón tan grande que no le cabía en el pecho, aunque, igualmente, con un aspecto tan fiero y aterrador como el del oni rojo.

—Hola, Aka-oni, ¿qué rompes?

—¡Ay!, Ao-oni, había escrito estos carteles para que los aldeanos los leyeran y supieran que no soy un oni malvado. Quería que se llevaran bien conmigo y que no huyeran cada vez que me ven, pero ellos no me creen. Los han arrancado todos.

—Mmmmm. ¡Déjame que piense! Veamos… Mmmmmm  ¡Ya lo tengo! ¡Vamos al pueblo!

—¿Al pueblo?, ¿para qué? Todo es inútil. No podemos hacer nada. Los aldeanos están ciegos. Están convencidos de que todos los oni somos malos y no hay forma de que entren en razón. En cuanto te vean, huirán y no te dejarán ni hablar.

—Precisamente. Eso es lo que quiero. Quiero que huyan, que se asusten muchísimo. Quiero demostrarles que tú eres bueno, que no deben temerte, que el único malo soy yo.

—No comprendo qué…

—El plan es el siguiente: iré al pueblo y fingiré que soy el oni más terrible de la Tierra. Aterrorizaré a todo el mundo y cuando esté a punto de comerme a alguien, apareces tú y nos peleamos. Salvas a los vecinos de mi ataque y me obligas a huir. Solo tienes que pegarme y echarme del pueblo.

—Ao-oni, yo no puedo pegarte, ¡tú eres mi amigo!

—Pues claro que somos amigos, pero debes representar tu papel y darme una gran paliza delante de todos. Cuando vean que los defiendes, tus vecinos te querrán.

Y así lo hicieron. El oni azul, gruñendo y con ademanes fieros, se dirigió al pueblo y fingió que atacaba a los aldeanos. Cuando ya estaba a punto de atrapar a uno, apareció el oni rojo y se enfrentó a él:

—¡Deja en paz a ese hombre! —¡Plaf!, ¡pam!— Fuera de aquí, oni malvado. —¡Pumba!, ¡pumba!— ¡No molestes a mis vecinos! —¡Plof!, ¡patapam!— ¡Vete y no vuelvas jamás! —gritaba el oni rojo mientras arreaba de lo lindo al oni azul y lo perseguía por todo el pueblo.

—¡Ay, ay, ay!, ya me marcho, pero no me pegues más, por favor —gemía el oni azul—. ¡Ay, ay, ay!, prometo no regresar nunca a este pueblo mientras tú lo protejas.

Y el oni rojo ahuyentó fuera del pueblo al oni azul ante la mirada agradecida de todos los vecinos del pueblo que, desde aquel día, perdieron el miedo a Aka-oni y empezaron a visitarlo con frecuencia.

Hombres, mujeres y niños iban a su casa para charlar con él y él los recibía con una taza de té y galletas caseras, que se comían mientras contaban cuentos y reían. El oni era completamente feliz, se llevaba bien con todos sus vecinos y estos lo querían muchísimo.

Pasó el tiempo y, una mañana, el oni rojo miró hacía la cima de la montaña y, de pronto, se acordó de su amigo el oni azul. «¿Qué habrá sido de mi amigo Ao-oni?, hace mucho tiempo que no lo veo por aquí. Ya no viene a visitarme. Gracias a él, ahora soy muy feliz, pero nunca le di las gracias por el favor que me hizo. Debo ir a verlo ahora mismo». Y Aka-oni, el oni rojo, se puso en camino.

Trepa, que trepa, que trepa, escaló la alta montaña y se encaminó a casa del oni azul, pero cuando llegó allí, descubrió que aquel lugar estaba completamente desierto. Una espesa maleza cubría el jardín otrora lleno de preciosas flores. Todas las puertas y ventanas estaban cerradas a cal y canto.

Se acercó a la puerta principal y allí, clavado sobre la puerta principal, descubrió un sobre en el que, con pulcra caligrafía, estaba escrito: «Para mi amigo Aka-oni».

El oni rojo rasgó el sobre y leyó la carta:

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A medida que leía la carta, los ojos del oni rojo se iban llenando de lágrimas y, sin poder evitarlo, rompió a llorar desconsoladamente al recordar la desinteresada amistad del oni azul.

FIN

El Hada del sueño

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Ilustración: Puig Deulofeu

Pau no podía dormir. Cerraba los ojos y le parecía ver figuras amenazadoras entre las sombras que Fúsoc, el Dragón de la Oscuridad, tejía a su alrededor para que se durmiera.

Goum, el Dragón del Miedo, rondaba también por su habitación y el pequeño no podía pegar ojo sin sentir que su aliento escarchado le helaba con vehemencia el corazón.

Ya había llamado a su madre dos veces y cuando acudió la última vez, no parecía muy contenta. Ella no comprendía que los dragones de Nataú jugaban a asustarlo en la oscuridad, a atemorizarlo y que lo hacían temblar bajo la manta que usaba como escudo contra el miedo.

Joan, su hermano mayor, lo oyó lloriquear desde su habitación y se acercó a hurtadillas para saber qué le sucedía.

—No pasa nada, Pau…, —le dijo con ternura—  soy yo…., ¿qué te ocurre?

—Los dragones… me dan miedo…

Joan lo miró un instante y sonrió comprensivo.

—Son Goum y Fúsoc que juegan contigo… —Lo tranquilizó— ¿Sabes qué hago yo cuando tengo miedo de ellos?

—No…

—Pronuncio bien bajito el nombre del Hada del sueño para que venga en mi ayuda.

—¡¿El Hada del sueño?!

—Sí… ¿Acaso no la conoces?

Joan se sentó cerca de su hermanito y empezó a contarle todo lo que sabía de aquella hada maravillosa que ayudaba a los niños a ahuyentar el miedo de sus corazones.

—El Hada del sueño es muy pequeña; tanto, que ni Fúsoc ni Goum la ven pasar ante ellos cuando un niño pronuncia su nombre en secreto. Es una criatura mágica como los dragones, pero es aún más difícil verla que a ellos. Puede oír cómo la llaman en silencio por lejos que se encuentre y tiene especial habilidad para ahuyentar cualquier miedo que pueda asustar a un niño por la noche. Cuando escucha que la llaman, el Hada del sueño se acerca de puntillas hasta el borde de la almohada y allí comienza a chisporrotear con su luz dulce, para alejar la oscuridad que Fúsoc teje como una telaraña invencible. Produce lucecitas que se ven, incluso, al cerrar los ojos y dibuja infinidad de colores y formas caprichosas que solazan el corazón asustado de los niños de los miedos que Goum les inspira cruelmente. ¿Y sabes qué hace para conseguir tantos colores?… Baila incansablemente, como si oyera una música maravillosa, y con cada giro de su baile, estallan multitud de chispas multicolor que son como dardos que se clavan en la dura piel de Goum. Lo hacen sentir tan incómodo, que siempre tiene que acabar huyendo de la habitación… Eso sí, ¡se marcha muy enojado!
Cuando ya ha conseguido echar a Goum, el Hada del sueño entona una dulce canción que relata alguna antigua historia del viejo país de Nataú y deja que Fúsoc se quede cerca, ya que sabe que el Dragón de la Oscuridad es inofensivo cuando lo ha abandonado su cruel compañero Goum. A Fúsoc le gustan mucho las canciones del Hada del sueño y las escucha embelesado mientras el niño al que acompañan se duerme despacito. Los cuentos que cuenta el Hada del sueño se convierten en sueños maravillosos para soñar y tienen el poder de mantener las puertas de la magia de Nataú bien abiertas a todos los niños que tienen la suerte de soñarlos.

—¿Y yo puedo gritar su nombre? —preguntó Pau con los ojos muy abiertos.

—No tienes que gritar su nombre, Pau, solo tienes que susurrarlo muy bajito. Tan bajito, que Goum no lo pueda oír jamás, porque si él te oyera, todo el poder del Hada se esfumaría y ella ya no podría ayudarte.

Entonces, Joan se acercó mucho a su hermano y le susurró al oído el nombre secreto del Hada del sueño, para que él también lo pudiera pronunciar cuando tuviera miedo.

—Recuerda. Debes pronunciarlo muy flojito, casi como si lo pensaras. Ahora que ella ya sabe que la necesitamos, si cierras los ojos vendrá enseguida para hacerte compañía y hará que se marche el feo Goum para que tengas unos sueños bien bonitos. Buenas noches, Pau.

—Buenas noches, Joan.

Esa noche, el Hada del sueño hizo compañía a Pau y lo ayudó a dormir tranquilo y contento. La suave magia de Nataú llenaba todos los rincones de la oscura habitación, en la que ya solo quedaba espacio para los sueños.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “El Hada del sueño” con la voz de Angie Bello Albelda

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El paraguas que tenía miedo de abrirse

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Ilustración: TummyMountain

Agustín era un paraguas como otro cualquiera. No era de color llamativo, ni tenía dibujos. Era pequeño, transparente y el único detalle original en él era su mango de color rojo escarlata del que estaba tremendamente orgulloso.

El diminuto paraguas era muy tímido. El día que Alberto lo estrenó lo lanzó por los aires para comprobar si volaba; desgraciadamente una ráfaga de viento lo arrastró con violencia y, al estrellarse contra el suelo, se le rompió una varilla.
Nadie lo arregló y quedó abandonado en el fondo del paragüero. A Alberto ya no le gustaba porque, aunque aún servía, no quería que lo viesen con un paraguas roto, no fueran a reírse de él.

Mientras tanto, la vida seguía. En el paragüero todos alardeaban de sus colores o del material del que estaban hechos. Pero a Agustín le espantaba tener que abrirse y mostrarse tal y como era. Y desde su cobijo miraba por la ventana deseando que no lloviera.

Hasta que un día de primavera sucedió lo que él tanto temía. Marta, la mamá de Alberto, le dijo que cogiera el paraguas porque parecía que iba a llover. El niño obedeció a regañadientes respondiendo:

-¡Jooo! No sé por qué tengo que cargar con el paraguas, si está roto y no sirve para nada.

Agustín escuchó las palabras con tristeza y escondió su vergüenza entre las varillas. Allí se sentía seguro y protegido de las burlas y desdenes. De camino al colegio no cayó ni una gota así que Alberto no tuvo que usar el paraguas, y Agustín se sintió aliviado. Pero a la vuelta, mientras Alberto regresaba a casa con sus amigos, comenzó a llover a mares.

-¡Corred, corred! Que nos empapamos- les gritó Alberto a Theo y a Martín que no tenían con qué protegerse.

-Abre tu paraguas y metámonos debajo- dijo Martín. -Alberto intentó abrirlo, pero le fue imposible-.

-¡Qué es para hoy Alberto! -Soltó Theo mientras se cubría la cabeza con su mochila.

-¡Ya voy! ¿Por qué en vez de tanto quejaros no me ayudáis? -sentenció Alberto-. Entre todos intentaron abrir el dichoso paraguas, pero no hubo forma.

-¡Vaya porra! Dijo Alberto -ya me acuerdo, el paraguas tenía una varilla rota y debe de haberse quedado atascada. No vale para nada – y diciendo esto, lo arrojó a la papelera.

Los tres niños salieron corriendo y se resguardaron de la lluvia esperando a que la tormenta pasara.

Mientras tanto, el pobre paraguas se lamentaba de su triste suerte pensando en qué iba a ser de él. Pero entonces, alguien se le acercó y le preguntó:

-¿Por qué lloras tanto amigo? ¿Qué es eso tan malo que te ha sucedido?

Agustín vio que era una mariquita quien le hablaba y le contestó:

– Nunca he valido gran cosa y todo por esta varilla rota. Por eso me han tirado.

– ¡Acéptate como eres y muestra lo mejor de ti! Verás como la vida te vuelve a sonreír. A mí me falta un ala y sigo haciendo mi trabajo, me como el pulgón del rosal y si no fuera por mí las rosas morirían.

El paraguas pensaba en lo que la mariquita le había dicho, cuando sonó un gran estruendo.

– Menos mal que estamos aquí protegidos – dijo el bichito. -No me gustaría ser uno de esos niños que están cruzando el puente, ¡con lo peligroso que es!

Al asomarse, Agustín vio como Alberto y sus amigos avanzaban por el puente de hierro. La tormenta cada vez era más virulenta y el cielo parecía que se iba a caer sobre sus cabezas.

-¡Me voy! Alberto está en peligro y debo avisarlo- le dijo Agustín a su nueva amiga. Finalmente el pequeño paraguas encontró entre las varillas, en lo más profundo de su corazón, su valor. Se abrió de golpe, y aprovechando una fuerte ráfaga de aire, Agustín se elevó por los aires.

Los niños, al ver venir un paraguas volando, comenzaron a perseguirlo puente abajo. Justo cuando abandonaron el puente, y Martín estaba a punto de atrapar el paraguas, un gélido y frío rayo cayó sobre el pobre Agustín, que quedó totalmente roto y resquebrajado, ante la triste mirada de los pequeños.

Quizás penséis que este fue el final de Agustín, pero no fue así. Alberto sintió tanta bondad en aquel momento hacia su paraguas que lo cogió y se lo llevó a casa. Su padre conocía a un artesano que pudo arreglarlo y dejarlo casi como nuevo. Hubo gente que al conocer la historia opinaba que hubiera sido mejor tirarlo o comprarse uno nuevo, pero Alberto siempre respondía:

-¿Por qué desprenderse de algo valioso sólo porque aparentemente esté deteriorado?

Y así fue como tanto Alberto como Agustín aprendieron una bonita lección: que el valor de las cosas, tanto y más en el caso de las personas, no se mide por el aspecto físico sino por el amor, la bondad y la generosidad que todos llevamos dentro y podemos en algún momento regalar.

FIN

Barni, la rana, aprende a nadar

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Barni, la rana, vivía en una granja junto a sus amigos: una vaca, un cerdo y seis gallinas. A Barni le encantaba vivir en la granja.

Barni, la rana, sabía saltar muy alto. Sabía saltar sobre el depósito de agua del jardín, e incluso más arriba, para atrapar una jugosa y sabrosa mosca. Pero aún saltaba más alto cuando el cerdito intentaba darle un beso.

Barni, la rana, sabía cantar muy bien. Cantaba como una sirena…¡de bomberos! o como una alarma. Su canto asustaba hasta a los perros más valientes.

Pero Barni era una rana rara. No era como las demás ranas. A ella no le gustaba la lluvia. No se acercaba al estanque ni al lago. ¡No sabía nadar!

Cuando empezaba a llover, Barni, la rana, buscaba siempre un lugar para esconderse.

Una vez que llovía mucho, intentó refugiarse en un desagüe. Pero el chorro de agua de la cañería, la arrastró hasta un estanque que estaba fuera de la granja. Cayó en el interior del estanque y se hundió como una piedra. Se quedó allí abajo sola y asustada. Tenía miedo de ahogarse.

De repente, vio una gran mosca arriba, sobre la superficie del agua. Sin pensarlo mucho saltó, la atrapó y se la tragó.

Entonces sintió que flotaba dentro del agua. Empezó a dar patadas con los pies y descubrió que nadaba muy bien.

Nadó al lado de un sapo y le dijo que estaba muy contenta.

Nadó al lado de pequeños pececillos y les dijo «¡Hola!».

Le preguntó a una vieja rana que por qué no se ahogaba. «Porque las ranas no se ahogan», le dijo, «Nadan en el agua».

Barni, la rana, se sentó sobre la hoja de un lirio. La lluvia empezó a caer desde el cielo. Pero Barni, la rana, estaba contenta.

FIN