monstruo

El monstruo de las siete cabezas

Ilustración: RacieB

En remotos tiempos, vivían en una gran finca, entre bosques seculares, siete hermanos y una hermana. Un buen día la muchacha se fue a recorrer mundo, marchándose muy lejos de su tierra.

Transcurrió el tiempo y después de vivir muchas aventuras, la muchacha empezó a sentir añoranza. Por fin, un día decidió regresar para visitar a sus hermanos. Compró siete pasteles, uno para cada uno, y siete camisas para llevárselas de regalo. Hizo la maleta, montó sobre su caballo y se puso en camino.

Recorrió muchas leguas y, por fin, llegó a un espeso bosque, en el que vivía el monstruo de las siete cabezas que al ver a la chica le dijo:

—Niña de los siete hermanos, te voy a comer.

Espantada, la joven no supo qué hacer. Empezó por arrojar los pasteles que llevaba a sus hermanos sobre las cabezas del monstruo, pero cada cabeza se tragó uno y el monstruo volvió a decir:

—Niña de los siete hermanos, te voy a comer.

Entonces, la joven le arrojó las siete camisas, pero el monstruo se las tragó también y, al terminar repitió:

—Niña de los siete hermanos, te voy a comer.

En un abrir y cerrar de ojos devoró el caballo. La muchacha al ver cómo desaparecía el animal entre las fauces del monstruo pensó que ella seguiría la misma suerte y, con rapidez, trepó hasta la copa de un alto pino. El monstruo de siete cabezas, al ver que la muchacha había trepado tan alto y que no podía alcanzarla, empezó a roer el tronco del árbol para hacerlo caer. La pobre chica,  más muerta que viva, pensaba en cómo salir de aquel apuro. Mientras daba vueltas, pasó un gorrión volando junto a ella.

—Pequeño gorrión, ¡ayúdame! Vuela y di a mis siete hermanos que el monstruo de las siete cabezas me quiere comer — le rogó la muchacha.

—Pío, pío… Lo siento, pero es primavera y los campos están cubiertos de granos; no tengo tiempo de ayudarte —replicó el pajarito sin detener su vuelo.

Al poco, pasó volando un cuervo.

—Cuervo negro, ¡ayúdame! Vuela y di a mis siete hermanos que el monstruo de las siete cabezas me quiere comer —suplicó la niña de los siete hermanos.

—Cra, cra… No puedo ayudarte, tengo prisa —graznó el cuervo sin detenerse.

Finalmente, la muchacha le pidió a un cuclillo que había cerca que la ayudara. Esta vez, el pajarillo la ayudó. Fue volando hasta casa de los siete hermanos y cantó posado en el alféizar de la ventana del mayor:

Cu, cu… Hermano mayor de siete,

tu hermana está en el pino.

El monstruo de siete cabezas

el tronco roe y pronto se la comerá.

El hermano mayor no hizo caso.

El cuclillo se posó entonces en la ventana del segundo hermano y repitió la canción, pero tampoco este hizo caso. Fue de ventana en ventana, pero ninguno de los siete lo quiso escuchar.

El cuclillo volvió al bosque y le dijo a la joven que sus hermanos no le habían hecho caso. Entonces, la muchacha se quitó el anillo que llevaba y le rogó que se lo llevara a su hermano menor y le dijera que el monstruo de las siete cabezas ya había roído la mitad del árbol.

Raudo y veliz, el cuclillo voló hasta el alféizar de la ventana del hermano más pequeño y se puso a cantar. El muchacho se asomó con intención de echar al pájaro que lo importunaba con su canto. Pero al reconocer el anillo de su hermana, preguntó al cuclillo de dónde lo había sacado. En respuesta, este cantó:

Cu, cu… Hermano menor de siete,

tu hermana está en el pino.

El monstruo de las siete cabezas

el tronco ha roído hasta la mitad

y pronto se la comerá.

Afilad siete espadas,

montad siete caballos,

y a vuestra hermana salvad.

El hermano menor corrió a contarles a los otros lo que acababa de decir el cuclillo y los siete corrieron a afilar las siete espadas y los siete montaron en sus siete caballos. Después, salieron hacia el bosque a galope tendido.

Mientras tanto, el monstruo de siete cabezas, que casi había acabado de roer el tronco del pino, oyó los cascos de los caballos que se acercaban.

—Niña de los siete hermanos, ¿qué escucho?, ¿acaso son tus hermanos a los que oigo venir?  —preguntó.

Pero el cuclillo contestó:

Cu, cu… No son sus hermanos,

son árboles que crujen,

son hojas que caen,

es el viento que sopla,

es el río que corre.

El monstruo de siete cabezas se tranquilizó al oír aquello y siguió royendo el tronco del pino. ¡Ya le faltaba muy poco! Dio un último bocado y el pino se tambaleó. La niña de los siete hermanos seguía fuertemente agarrada en lo más alto de la copa del árbol.

En aquel momento, los siete hermanos aparecieron; se abalanzaron sobre el monstruo de las siete cabezas, desenvainaron las espadas y cada uno le cortó una cabeza al monstruo.

Y así fue cómo la niña de los siete hermanos pudo librarse del terrible monstruo de las siete cabezas.

FIN

La Quarantamaula

Ilustración: Maaot

Cuentan que empezaba y no empezaba la primavera y que ocurrió en aquel lugar, o en cualquier otro; que venía por arriba o por abajo; pero siempre, siempre, lo hacía al caer la noche. Aparecía por los alrededores del pueblo y alguien afirmó que su nombre era Quarantamaula.

Nadie sabía cómo era; nadie la había visto, pero todos hablaron de aquel misterioso ser.

Unos afirmaban que parecía un gato negro y que su sola vista helaba la sangre; otros decían que tenía forma de caracol; otros, que era como un demonio peludo; y había quien aseguraba que era un ser mitad humano, mitad gallina.

Un día, una chica llegó al pueblo corriendo; afirmaba que había oído a la Quarantamaula. La gente, asustada, se escondió en su casa.

La chica, sin embargo, como era muy valiente y no temía nada, se propuso descubrir, de una vez por todas, cómo era aquella fiera de la que todo el mundo hablaba. Así que otro día que andaba por los cañaverales del pantano cercano al pueblo, al oír un extraño ruido, pensó que era la Quarantamaula y se escondió para poder sorprenderla… ¡Pero no vio nada! Regresó al pueblo y advirtió a los vecinos de que debían ir con mucho cuidado si se aceraban al pantano.

Pocos días después, se acercó hasta allí una mujer, que llevaba a pastar a sus ovejas, y mientras estaba sentada cerca de la orilla, oyó un terrible grito. Pensó que era la Quarantamaula, huyó despavorida, sin ni siquiera recoger su ganado, y se encerró en su casa.

No pasó mucho tiempo cuando un hombre, que paseaba por el camino que bordeaba el pantano, oyó un extraño crujido y pensó que la fiera era la causante. Como era un hombre muy anciano y no podía correr para huir de allí, pensó: «Me esconderé tras ese árbol. Quizá pueda ver qué aspecto tiene la Quarantamaula.

Pero no vio nada. Solo una sombra, que corría de un lado a otro haciendo mucho ruido. El terror invadió al anciano y, en cuanto pudo, regresó al pueblo. Del susto, no podía casi ni hablar; con mucha dificultad pudo contar a los del pueblo lo que le había ocurrido durante su paseo. Todos estaban convencidos de que aquella extraña sombra y aquellos misteriosos ruidos los había provocado la Quarantamaula.

Fueron pasando los días; llegó y pasó el caluroso verano; llegó y pasó el otoño, desnudando los árboles de sus hojas; y al llegar el invierno, la gente encendió las chimeneas para calentarse.

Una de aquellas frías y oscuras noches, cuando no se oye nada, cuando perros, gatos y gente buscan el refugio de las casas, la chica valiente decidió salir de su hogar para ir en busca de la fiera y verla con sus propios ojos. Estaba todo oscuro. En la calle no había ni un alma. Las estrellas y la Luna brillaban en el cielo y alumbraban su camino…

De repente, aquella profunda y helada paz se rompió y una voz terrible y profunda gritó en la oscuridad:

—Soy la Quarantamaula, ¡soy la Quarantamaula!

—¡Pies, ¿para qué os quiero? —gritó la muchacha.

Y corriendo y gritando, puso sobre aviso a la gente del pueblo, que cerraron las puertas a cal y canto, muertos de miedo.

A la mañana siguiente, poquito a poco, los vecinos empezaron a asomar la nariz con precaución. Hablaban unos con otros. Decían que la habían oído. Unos afirmaban que parecía un gato negro y que su sola vista helaba la sangre; otros decían que tenía forma de caracol; otros, que era como un demonio peludo; y había quien aseguraba que era un ser mitad humano, mitad gallina.

Y aunque la verdad era que nadie había podido verla, todos estaban aterrorizados.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La Quarantamaula» con la voz de Angie Bello Albelda

Una Navidad monstruosa

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Pues sí, los monstruos existen, aunque hay gente que siempre se empeña en negarlo. Los hay de todo tipo: altos, bajos, mudos, charlatanes, oscuros, de vivos colores, buenos, malos, pesados, discretos… Donde viven personas, viven monstruos. Hay gente que solo tiene uno y hay quien tiene una verdadera colección de monstruos a su alrededor. Hay quien idolatra a sus monstruos y hay quien los detesta. Todo depende del monstruo y de su dueño.

El de nuestra historia es el monstruo de Pecas y se llama Fiver. Fi-, porque adora las fiestas y -ver, porque es verde.

Fiver acompaña a Pecas desde que nació y ahora que Pecas ya ha cumplido 10 años siguen asistiendo juntos a todas las celebraciones.

Al principio, Pecas le tenía miedo, porque apareció de repente, cuando en su primer cumpleaños sus padres encendieron la vela del pastel pero, poco a poco, se fue acostumbrando a su presencia y ahora, cuando hay celebraciones, Pecas siempre lo invita.

De todas las fiestas, las que más le gustan a Fiver son las de Navidad, porque siempre hay mucho ruido en la ciudad, la gente está contenta, hay regalos y porque, además, Pecas invita a algunos de los primos de Fiver: el monstruo de las Cosas que Haré, el monstruo de las Ilusiones Futuras, el monstruo de los Regalos Inútiles y el monstruo de Ponme un Poco Más, que a Fiver no le cae muy bien, porque no para de comer y siempre habla con la boca llena. Todos juntos pasan las vacaciones en casa de Pecas. Alguna vez, también pasan las navidades con ellos el monstruo de Me Duele la Barriga y el monstruo de Todo Mío, invitados de Quejica, el hermano pequeño de Pecas, que llora por cualquier cosa y es muy pesado. Tanto como sus monstruos, que siempre se quejan de todo.

Este año, sin embargo, Fiver está muy preocupado porque se acercan las fiestas y no ha recibido todavía la invitación. Así que ha decidido ir a visitar a Pecas, aunque hoy no haya ninguna celebración.

—¿Tú por aquí Fiver? ¡Pero si hoy no celebramos nada!

—Hola, Pecas, ya lo sé. He venido porque estoy un poco preocupado. ¿Hay algún problema? Ya estamos a 17 de diciembre y aún no he recibido tu invitación para las fiestas de Navidad.

—¿Cómo que no la has recibido? ¡Pero si te la envié a principios de mes!

Los dos, muy extrañados, deciden investigar lo que ha ocurrido y descubren que Odio que los Demás se Diviertan, el monstruo peludo y antipático de don Paulino, el vecino de abajo, ha interceptado todas las invitaciones. Así, que Pecas y Fiver se han tenido que colar sigilosamente en casa de don Paulino y recuperarlas todas. Después, les han pegado un sello urgente en el sobre y las han echado al buzón de los monstruos. Como el correo de los monstruos es muy rápido y eficaz, todas las invitaciones llegarán a tiempo y los monstruos navideños podrán asistir, como cada año, a la fiesta de Pecas.

Y tú, ¿ya has enviado las invitaciones a todos tus monstruos navideños?

FIN