muerte

El espejo de Matsuyama

Ilustración: Kitagawa Utamaro

Hace mucho, mucho tiempo vivía en un remoto lugar de Japón una joven pareja. Tenían una hija a la que ambos amaban de todo corazón. Los nombres de todos ellos ya cayeron en olvido, pero los que siguen narrando esta triste historia sí recuerdan que todo ocurrió en un lugar llamado Matsuyama.

Cuando la niña era aún muy pequeñita, el padre se vio obligado a ir a la capital del Imperio para arreglar ciertos asuntos. Al ser un lugar tan remoto y el viaje hasta allí tan pesado, ni la madre ni la niña lo acompañaron, así que él se marchó solo. Se despidió de ellas y les prometió que regresaría muy pronto cargado de preciosos regalos.

La joven madre, que nunca había ido más allá de la cercana aldea, no podía desechar cierto temor por el largo viaje que emprendía su marido; pero, al mismo tiempo, se sentía orgullosa de que fuese él, por aquellos contornos, la primera persona en ir a la rica ciudad, donde el rey y los poderosos habitaban, y donde seguro que había de ver muchas maravillas.

Pasado el tiempo, la mujer recibió una carta en la que su marido anunciaba su regreso y no es posible describir la alegría que sintió cuando el viajero volvió a casa sano y salvo. La pequeña, al ver de nuevo a su padre, daba palmadas y sonreía divertida al recibir los juguetes que este le había comprado. Y él no se hartaba de contar las cosas extraordinarias que había visto, durante su visita a la capital.

—Mira —le dijo a su mujer— Fíjate en esto, lo he traído especialmente para ti. Abre la caja y descríbeme lo que ves.

Le entregó entonces una cajita de madera blanca que ella se apresuró a abrir:

—Veo un disco de metal. Por un lado es de plata, con adornos de pájaros y flores, y por el otro, es una superficie brillante y pulida que… —Miró la joven esposa con asombro, porque desde la profundidad de aquel extraño objeto vio que la miraba, con labios entreabiertos y ojos llenos de curiosidad, un rostro que sonreía alegre.

—¿Qué ves? —insistió el marido, encantado con el pasmo de ella y muy ufano de mostrar lo que había aprendido.

—Veo a una mujer muy hermosa, que me mira y que mueve los labios como si hablase, y que lleva, ¡qué extraño!, un vestido exactamente igual que el mío.

—Esa que ves es tu cara —le replicó el marido, muy satisfecho de saber algo que su mujer no sabía—. Esto que tienes en la mano se llama espejo. En la ciudad cada persona tiene uno, por más que nosotros, aquí en el campo, no los hubiéramos visto hasta hoy.

Encantada la mujer con su regalo, se pasó algunos días mirándose a cada momento, Pero después pensó que tan prodigioso objeto era demasiado valioso como para usarlo a diario y lo guardó en su cajita, la cual ocultó con cuidado entre sus más estimados tesoros. Y como desde aquel día nunca volvió a hablar del espejo, el marido se olvidó de él por completo.

Fueron pasando los años y marido y mujer vivían dichosos. El centro de sus vidas era la niña, que iba creciendo y cada día se parecía más a su madre. Pero llegó un día en que sobrevino un tremendo infortunio para la familia hasta entonces tan dichosa. La mujer cayó enferma y aunque la cuidaron con desvelo, empeoró cada vez más, hasta que fue evidente que moriría.

Cuando supo que pronto debería abandonar a su marido y a su hija, se puso muy triste. Llamó a la niña y poniendo en sus manos la cajita de madera blanca que contenía el antiguo regalo, le dijo:

—Querida hija, estoy muy enferma y pronto moriré. Cuando yo ya no esté a tu lado, abre esta caja que te doy y mira cada día el objeto que contiene. Podrás ver mi cara en él y sabrás, así, que no me he marchado del todo y que siempre estaré a tu lado velando por ti.

La niña prometió con lágrimas en los ojos que haría lo que su madre le pedía.

Cuando la madre ya no estuvo a su lado, la niña abría la cajita cada día, sacaba con mucho cuidado el espejo y lo contemplaba largo rato. Allí veía la cara de su perdida madre, que la miraba sonriendo. Ya no estaba pálida y enferma, sino hermosa y joven. A ella le confiaba sus secretos.

El padre, después de observar durante un tiempo el comportamiento de su hija y constatar que cada día, sin falta, se miraba al espejo y parecía conversar con él, le preguntó la causa de tan extraña conducta.

La niña contestó:

—Miro todos los días el espejo para ver a mi querida madre y hablar con ella.

Enternecido, el padre no tuvo valor para sacar del error a su hija. No le dijo que aquella imagen que contemplaba en el espejo era su propio reflejo y que, quizá como efecto del amor que sentía, cada vez se parecía más al hermoso rostro de la madre perdida.

FIN

El peral de doña Miseria

Ilustración: cidaq

Doña Miseria era una pobre anciana que vivía de limosnas. Tenía un hijo llamado Ambrosio, que siempre estaba hambriento y que, como su madre, hacía tiempo que recorría el mundo mendigando. A Miseria siempre la seguía un perrito mestizo, delgado y con pulgas, que nunca se despegaba de ella y que dormía a su lado en la pequeña choza en la que habitaba. Junto a la casita crecía un frondoso peral, del que se alimentaba, aunque pocas frutas recogía, pues los chicos del pueblo, en cuanto las peras estaban maduras, se las robaban.

Cierto día llegó a la puerta de su casa un hombre más pobre que ella y, como afuera nevaba y hacía mucho frío, doña Miseria lo acogió en la choza. Compartió con él lo poco que tenía para cenar y le dejó su propio jergón para que pudiera dormir. Por la mañana, al despertarse, le ofreció también un humilde desayuno.

El pobre, agradecido, se dirigió entonces a la anciana y le dijo:

—Miseria, aunque nada material posees, tienes un corazón bueno y noble, así que voy a concederte un deseo pues, aunque parece que soy un miserable, en realidad soy un ángel del cielo.

Miseria no quería nada, pero tanto insistió el ángel, que la anciana, acordándose del peral, le pidió:

—Deseo —dijo— que cuando alguien se encarame al peral, no pueda bajar de él hasta que yo le de permiso.

El deseo le fue concedido al instante y la idea de Miseria fue tan eficaz, que al cabo de poco tiempo, tras copiosos llantos, algún que otro susto y muchos rotos en la ropa de los niños, al peral no volvió a acercarse ni un solo chaval del pueblo.

Fueron pasando los años plácidamente hasta que una mañana de otoño una mujer alta y delgada, vestida con una negra túnica y con una guadaña en la mano, se acercó a la puerta de la choza y empezó a llamar con lúgubre voz a doña Miseria:

—Miseriaaaaa, llegó tu horaaaa. Tienes que venir conmigoooo.

Miseria reconoció al instante a la Muerte, pero así como casi nadie está preparado para recibirla de buen grado, la anciana tampoco pareció estar muy de acuerdo con marcharse con ella:

—¡Vaya, justo ahora que empezaba a disfrutar de la vida! —le dijo—. Estoy dispuesta a acompañarte, pero antes de marcharnos, ¿podrías hacerme el favor de subir al peral y recoger cuatro o cinco peras para el camino? Mientras, yo me preparé para el viaje sin retorno.

La Muerte, sin sospechar nada, se dispuso a recoger las peras, pero como estaban en lo más alto, no tuvo más remedio que encaramarse al árbol. Cuando ya estaba muy arriba, oyó las carcajadas de doña Miseria y su voz cascada que le decía:

—¡Señora Muerte, no me voy contigo! Y tú te quedarás en el peral hasta que a mí me dé la gana.

Y así fue. Miseria quiso que la Muerte se quedara en el árbol —con frío y calor, con sol y con lluvia— durante muchísimos años. Tantos, que en el mundo empezó a sentirse la ausencia de la Muerte. Nadie moría. Ni en las guerras ni por enfermedad ni por vejez ni por accidente nadie desaparecía. Había ancianos que habían cumplido ya quinientos años, y estaban tan aburridos de vivir, que rogaban al cielo que los hiciera desaparecer.

Un día, a la Muerte se le ocurrió una solución para solucionar su problema al ver pasar por el camino a un viejecito decrépito que no podía casi ni andar y que no paraba de lamentarse llamando a gritos a la muerte para que se lo llevara. La Muerte lo llamó y después de contarle lo que ocurría, le rogó que la ayudara:

—Ya ves mi estado y ahora ya sabes el motivo de por qué en el mundo no muere nadie. ¡Avisa a las gentes del pueblo y venid a cortar entre todos este maldito peral! Hasta que yo no baje de sus ramas, ni tú ni nadie podrá morir.

No tardaron los vecinos en llegar, armados con hachas y sierras, pero aunque mucho lo intentaron, no lograron hacer ni la más mínima mella en el tronco del viejo árbol. Algunos pensaron en ayudar a bajar ellos mismos a la Muerte, pero todos los que lo intentaron se quedaron atrapados en el peral junto a ella. Entonces empezaron a rogar a la vieja Miseria que se apiadase de todos ellos; de los que tanto sufrían por no morir y de los que estaban colgados del peral, incluida la Muerte. Tanto y tanto insistieron, tanto y tanto lloraron y suplicaron, que, finalmente, doña Miseria cedió, aunque le puso una condición a la Muerte:

—Para que te deje bajar de ahí arriba, Muerte, me has de prometer que nunca, nunca, nunca jamás te acordarás ni de mi hijo Ambrosio ni de mí. Solo podrás llevarnos si te lo pedimos tres veces.

Accedió la Muerte y Doña Miseria dejó bajar a todos del peral. La Muerte, por fin, podía seguir con su tarea. Tenía mucho trabajo pendiente y estuvo muy ocupada durante meses. Todos los que debían haber muerto durante los años que ella estuvo cautiva en el árbol, la vieron llegar aliviados y, de buen grado, se fueron con ella. A todos se llevó la Muerte, menos a la anciana y a su hijo, que aún sigue vivos. Es por eso que todavía hoy en el mundo sigue habiendo miseria y hambre.

FIN

Un bonito sueño

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Ilustración: Claudia Tremblay

Beatriz corrió alegre hacia su madre, llevaba el pelo recogido en dos largas coletas que saltaban al compás de sus movimientos.

—¡Mamá! ¡Mamá!

—Hola, cariño.

—Mamá, mira qué vestido más bonito llevo, es el que me compraste tú.

—Estás muy guapa, hija mía.

—¿Adónde iremos hoy?

—¿Qué te parecería ir a un lugar mágico, donde el sol brilla y el cielo es de un azul claro precioso?

—¡Sí! ¡Vamos mamá!

Beatriz le dio la mano a su madre y juntas avanzaron por un camino cubierto de flores de muchos colores.

Al pasar un río, vieron un bancal de naranjos; los frutos desprendían una suave fragancia que envolvía el aire.

—Mamá, ¿qué sitio es este?

—«El bancal del río». Es del abuelo, pero todos ayudamos para que crezcan las naranjas. Y cuando ya están maduras, las recogemos.

—¿Puedo comerme una?

—¡Claro que sí! Toma.

Beatriz peló la naranja y la mordió. Estaba muy jugosa y el dulce sabor le llenó la boca. Era deliciosa.

Guardaron algunas para el camino y siguieron adelante.

El paisaje se llenó de árboles frutales, de los que pendían limones, manzanas, peras y muchas más frutas de delicioso aspecto.

—Mamá, ¿por qué hay tantos árboles y por qué todo es tan bonito?

—Porque es un lugar mágico. Aquí todo crece libremente y sus habitantes pueden coger todo aquello que deseen, siempre y cuando respeten la naturaleza y no le hagan daño.

—¡Mira mamá!, también hay animalitos. ¿Has visto ese perrito tan bonito que viene hacia nosotras?

—Se llama Pulgarcito; es mi perro. Te gustará jugar con él.

—¿Tú tienes un perro?

—¡Claro!, lo tuve hace tiempo, y ahora nos hemos vuelto a encontrar.

Pulgarcito se acercó retozando, muy contento de verlas. Beatriz lo acarició y los dos se pusieron a jugar. La madre los miraba contenta, sintiéndose dichosa de tenerlos cerca y de disfrutar de aquel momento.

Juntos se dirigieron a un hermoso paraje, en el que había fuentes de aguas cristalinas y en ellas contemplaron cómo nadaban los peces.

Cantarinas cascadas daban frescura y sofocaban el calor del sol. Los animalitos jugaban mientras Pulgarcito corría de un lado a otro, moviendo el rabo sin parar. Todo el mundo era feliz y sonreía contento y alegre.

Realmente, aquel era un lugar mágico, en el que la dicha y la felicidad envolvían cada instante, llenándolo todo de luz.

Justo aquel día, había una feria y Beatriz montó cuantas veces quiso en los caballitos. Comieron algodón de azúcar y caramelos con sabor a macedonia. Todo era muy divertido. Beatriz no se separaba de su madre y en su cara se dibujaba una permanente sonrisa de felicidad.

—Mamá ¿vendremos más veces aquí?

—Cariño, este lugar no es siempre el mismo. Ya te he dicho que es mágico; por eso cada día es diferente.

—¿Cómo de diferente?

—Eso nunca se sabe. Cada mañana, cuando amanece, todo cambia y aparece un lugar nuevo, lleno de nuevos rincones que has de descubrir.

—No lo entiendo. Explícamelo, mamá, ¡por favor!

—Beatriz, todavía no te lo puedo explicar; pero cuando llegue el momento, tú también lo descubrirás. Aunque eso será dentro de mucho, mucho tiempo. Aún te queda un largo camino que recorrer para llegar aquí.

—Pero es que yo quiero quedarme contigo. Te echo mucho de menos.

—Yo también te hecho mucho de menos, por eso te he traído hasta aquí, para compartir este momento especial y diferente. Y aunque no puedas quedarte, recuerda que sigo a tu lado. No olvides que este camino lo empezamos juntas, pero ahora debes seguir adelante tú sola; yo te acompañaré desde aquí.

—Mamá, dame un beso. ¡Pero corre!, dámelo antes de que suene el despertador.

Su madre se acercó con ternura y, abrazándola, la llenó de besos cálidos y dulces.  Esos besos que jamás se olvidan.

—Te quiero mucho, mamá.

—Yo también te quiero mucho, bonita mía. Pero debes marcharte ya, es hora de despertar. Nos veremos en tu próximo sueño.

El despertador sonó, como cada mañana, pero aquel día, Beatriz se despertó envuelta en una sensación de felicidad.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Un bonito sueño» con la voz de Angie Bello Albelda

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La niña de los tres maridos

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Ilustración: lestoilesdaz

En la lejana época en la que los caballos hablaban, vivió un padre que tenía una hija a la que nadie ganaba ni en hermosura, ni en inteligencia, pero a la que tampoco ganaba nadie a terca y voluntariosa. Como el hombre la quería tanto, nada de lo que ella hacía o decía le parecía mal, hasta que, un día, se presentaron en su casa tres jóvenes, a cual más guapo, listo y capaz, para pedir la mano de su hija. El padre, después de hablar con cada uno de ellos, dijo que los tres tenían su beneplácito y que, por tanto, tenían permiso para cortejar a la muchacha, que sería la que decidiría con cuál de ellos se habría de casar.

Pasado un tiempo prudencial sin que ella manifestara su predilección, le preguntó el padre a la hija con cuál de los tres se quedaba y ella le contestó que con los tres.

—Pero hijita —dijo el buen hombre—, comprende que lo que dices es inaceptable. No puedes tener tres maridos. Eso es imposible.

—Pues yo los quiero a los tres —contestó la niña sin inmutarse.

El padre volvió a insistir:

—Hija mía, por favor, entra en razón y no me des más quebraderos de cabeza. Te lo vuelvo a preguntar: ¿con cuál de ellos te quieres casar? Alguno habrá que te convenza un poco más.

—Ya te he dicho, papá, que cada uno tiene algo especial que lo hace diferente y, por eso, los quiero a los tres —insistió la niña.

Y no hubo quién pudiera hacerla cambiar de opinión.

El padre empezó a pensar y pensar y a darle vueltas al asunto, que se estaba convirtiendo en un verdadero problema y, a fuerza de mucho cavilar, no halló mejor solución que encargar a los tres pretendientes que se marcharan durante un año entero a recorrer el mundo en busca de un regalo para la niña. Aquel que trajese el mejor y más raro, sería el que se casaría con su hija.

A los tres jóvenes les pareció bien y, sin demora, partieron, no sin antes acordar que una semana antes de cumplirse el plazo establecido, se reunirían para ver qué había encontrado cada uno.

Recorrieron el mundo buscando el obsequio, pero por más vueltas que dieron, ninguno de ellos halló algo que pudiera satisfacer las exigencias del padre. Cuando ya estaba a punto de cumplirse el plazo y aún con las manos vacías, iniciaron el camino de regreso hacia el lugar en el que debían reunirse.

El primero que llegó se sentó a esperar a los otros dos; mientras aguardaba, acertó a pasar por el lugar un viejecito, que se acercó a él y le preguntó si quería comprar un espejito.

Era un espejo de mano como todos los espejos de mano, vulgar y corriente, y el joven le contestó que no, y añadió que para qué querría él semejante espejo.

Entonces el viejecillo le dijo que aunque el espejo podía parecer igual que todos, escondía una virtud, y era que en él se reflejaba la cara de la persona que su dueño deseara ver. El joven lo probó y, al ver que era cierto lo que el viejecillo decía, se lo compró, pagando, sin rechistar, la cantidad que le pidió por él.

El segundo joven estaba a punto de llegar al lugar de la cita, cuando se cruzó con el mismo anciano, el cual le preguntó si deseaba comprarle un frasco de bálsamo.

—¿Bálsamo? ¿Para qué quiero yo un bálsamo? —dijo el joven.

Y el viejecito repuso:

—No joven, no es «un bálsamo», se trata de «el bálsamo», porque tiene la extraña virtud de resucitar a los muertos.

Casualmente, pasaba en aquel momento junto a ellos un cortejo fúnebre y el joven, sin pensárselo dos veces, echó una gota de la misteriosa mixtura en la boca del difunto. Apenas hubo tocado el líquido los labios del finado, este se levantó tan campante, se echó al hombro el ataúd y convidó a sus deudos a merendar a su casa. El joven, visto lo visto, compró al viejecito el milagroso líquido sin regatear.

El tercer pretendiente, entretanto, aún estaba muy lejos del punto de encuentro. Paseaba meditabundo por la orilla del mar, convencido de que los otros dos ya habrían encontrado un buen regalo. Estaba ensimismado en sus pensamientos, cuando vio posarse sobre la arena un gran arcón que las olas habían depositado en la playa. La tapa del arca se abrió y de su interior empezó a salir gente. El último en descender fue el viejecito, que se acercó a él y le propuso que comprara aquella arca.

—¿Y para qué la quiero? —interrogó el joven— Es tan vieja que solo puede utilizarse como leña.

—Te equivocas —dijo el anciano—. Esta arca posee una característica extraordinaria; es capaz de transportar a su dueño y a todos aquellos que lo acompañen a cualquier lugar del mundo en pocos segundos. Si no me crees, pregunta a toda esa gente que venía conmigo, hace solo diez minutos que embarcamos en Pekín.

El joven habló con los pasajeros y descubrió que lo que afirmaba el viejecito era cierto, así que compró el arca, pagando por ella la cantidad solicitada. Después, se metió dentro y pidió ser conducido al punto de encuentro.

Al fin se reunieron los tres, muy satisfechos, en el lugar de la cita.

El primero contó que su presente era un espejo en el que su dueño podía contemplar a la persona que deseara y, para probarlo, pidió ver a la muchacha de la cual estaban los tres enamorados, pero cuál no sería su sorpresa, al ver a la niña muerta y dentro de un ataúd.

El segundo exclamó:

—¡No hay problema! Precisamente, mi obsequio es un bálsamo capaz de resucitar a los muertos. Pero —añadió cariacontecido—, creo que cuando lleguemos ya no quedará nada de ella. ¡El viaje es demasiado largo!

Entonces, el tercero añadió triunfante:

—¡Eso no es un inconveniente! Mi regalo es un arca que nos llevará en un santiamén a casa de nuestra amada.

Y así lo hicieron, entraron juntos en el arca y en un abrir y cerrar de ojos, se plantaron ante la puerta de casa de la niña.

En aquel hogar reinaba la más absoluta tristeza. Todo estaba dispuesto para el entierro y el padre, desconsolado, no se decidía a cerrar el ataúd y dar la orden de enterrar a su hija.

El joven que había comprado el bálsamo se acercó a la niña y vertió en su boca una gota del brebaje. Apenas la muchacha la tuvo sobre sus labios, se levantó rebosante de vida.

Todo el mundo aplaudió y vitoreo al joven pretendiente y, sin dudarlo ni un instante, el padre decidió que aquel sería el que se casaría con su hija. Pero los otros dos protestaron por aquella decisión.

—Debería ser yo el elegido, porque si no hubiese sido por mi espejo, no hubiéramos sabido que había muerto. —dijo el primero.

—Sí, pero no olvidéis que, si no llega a ser por mi arca, ni el espejo ni el bálsamo hubieran servido de nada, puesto que al llegar la hubiésemos encontrado enterrada, así que lo justo es que el elegido sea yo —añadió el otro.

El padre, con gran disgusto, tuvo que reconocer que los tres estaban en lo cierto, así que todo volvía a empezar y tenía que cavilar, de nuevo, cómo solucionar tan gran dilema. Entonces, dirigiéndose a él, dijo la niña:

—¿Lo ves, papá, como los necesito a los tres?

FIN

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Tres tristes tortugas

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Ilustración: faboarts

Por si no lo sabías, las tortugas viven doscientos años y aunque parezca una eternidad, eso no es vivir para siempre, porque un día mueren.

Todos los seres de la tierra que respiramos llega un día en el que gastamos toda la vida que trajimos al nacer y entonces desaparecemos.

Es como si en nuestro interior, una pila repleta de energía, como la que les ponemos a los muñecos para que funcionen, se terminara. Cuando ocurre eso, tanto los muñecos como nosotros nos quedamos inmóviles. La diferencia es que a los muñecos les podemos cambiar la pila para que sigan funcionando, pero a los seres vivos no, porque no existe pila de recambio. Así que cuando la pila se agota, desaparecemos.

Sí, incluso las tortugas. Sí, incluso nosotros. Yo, que te cuento este cuento desapareceré. Y tú, que me estás escuchando, también. Todos. Absolutamente todos, sin excepción, morimos.

Morir es una palabra que a mucha gente no le gusta y por eso evita pronunciarla. Aunque en realidad, nadie sabe a ciencia cierta qué significa.

Morirse no es como ir a la Luna o a la selva, que aunque están muy lejos hay quien ha vuelto para contar lo que allí ha visto. No, los que se mueren no regresan, así que nadie sabe adónde van. Y es aquí donde empieza este gran misterio sin solución que tres tristes tortugas intentaron una vez resolver.

Estas tres tortugas eran miembros de una misma familia: padre, madre e hija. Vivían felices y contentas en la ladera de una montaña que siempre estaba verde y sus días trascurrían en apacible armonía. Se levantaban muy temprano y salían juntas en busca de las hojas más jugosas para desayunar, que tiernas y apetitosas, todavía húmedas de rocío, encontraban en los pastizales.

Cada martes, sin excepción, después de tomar su desayuno, cruzaban en fila india el pequeño arroyo que había detrás de su casa. Atravesaban la corriente por un camino hecho con piedras que conducía a la otra orilla y, desde allí, se dirigían hacia un bosquecillo cercano en el que vivían los abuelos tortuga.

Las tres tortugas pasaban el día contando a los abuelos todo lo que habían hecho durante la semana, tomaban el sol y mascaban las amapolas que la abuela había preparado, con esmero, especialmente para ellos.

Cuando el sol estaba a punto de ponerse, emprendían el camino de regreso para no atravesar el río de noche. El abuelo siempre les decía que era muy peligroso y cada martes les repetía la misma historia, la de aquella tortuga temeraria que fue arrastrada por las aguas.

Transcurrió mucho tiempo sin que nada alterara la plácida vida de las tortugas, hasta que un martes, al llegar a casa de los abuelos, las amapolas de la abuela no los estaban esperando y tampoco oyeron los consejos del abuelo.

Puedes leer el resto del cuento en nuestro libro.
Adquiérelo en la tienda de Isla Imaginada.

 

FIN