nacimiento

¿De quién es este huevo?

Ilustración: stokrotas

—Uno…, dos …, tres …, cuatro …, cinco …, seis… —contó mamá gallina con alegría—. He contado cuidadosamente todos los huevos. Hay seis en total. Pero ¿por qué este es tan grande? Estos cinco huevos parecen iguales, está claro que son míos, ¡Son tan perfectos! Pero ¿por qué este es tan grande? ¡No creo que sea mío!

Después, la gallina se preguntó: «Si este no es mi huevo, entonces ¿de quién podrá ser? Creo que debo averiguar quién es su verdadera madre». A continuación, puso todos los huevos en una cesta se la colgó del ala derecha con mucho cuidado y salió de su gallinero.

A la primera que encontró fue a la gata. La gallina la saludó amablemente:

—Buenos días, señora gata, en mi nido he encontrado un huevo muy diferente, inusual. Demasiado grande para que sea mío. Es más, ¡estoy segura de que no es mío! ¿Puedes echarle un vistazo y comprobar si es tuyo?

La señora gata maulló suavemente:

—Estimada señora gallina, los gatos criamos a nuestros hijos con mucho amor, como tú, pero no ponemos huevos. Las gatas damos a luz a los gatitos. Y ahora discúlpame, mis gatitos ya deben estar llorando de hambre. Los tengo que alimentar con mi leche. Te veo luego, adiós.

Doña gallina siguió adelante. Después de un rato, se topó con la perrita que guardaba la granja. La señora gallina le preguntó:

—Doña perrita, hay un huevo inusual junto a mis huevos. Estoy buscando a la madre de ese huevo raro, ¿podría ser tuyo? Míralo, aquí lo traigo.

—¿Cómo? ¿Mi huevo? ¡No, no! ¡Yo no pongo huevos! Los perros no ponemos huevos. Damos a luz a nuestros cachorros y les damos de comer de nuestra leche. Si el huevo no es tuyo, mío tampoco es. Será mejor que vayas y preguntes a otro animal de la granja —gruñó la señora perrita de mala gana.

—Siento mucho haberte molestado —dijo la gallina en voz baja. Y se alejó a paso rápido.

La señora gallina anduvo y anduvo y llegó al otro extremo de la granja. Allí vio a una cerdita muy gorda acostada sobre un gran charco, justo al borde del camino. Se acercó a ella y le habló así:

—Hola, señora cerdita, querría hacerte una pregunta. Resulta que encontré un huevo diferente entre los míos y quiero devolvérselo a su madre. ¿Podrías mirarlo para comprobar si es tuyo?

La señora cerdita ni siquiera se molestó en mirarlo y tampoco respondió.

La señora gallina insistió:

—Señora cerdita, por favor, hazme caso, mira este huevo y dime si es tuyo.

Esta vez, la cerdita contestó airadamente:

—¡Tú debes de ser tonta! ¿Acaso no sabes que mis lechones, no salieron de un huevo? ¡Yo les di a luz y los alimento con mi leche! Y ahora, ¿dejarás ya de molestarme? —Y volvió a remojarse en el charco.

La señora gallina, desanimada, caminó un poco más y, no muy lejos, se encontró con una vaca que pastaba plácidamente en la pradera. Se dirigió a ella con estas palabras:

—Señora vaca, he encontrado este huevo tan grande que alguien dejó en mi nido y quisiera devolvérselo a su madre. ¿Serías tan amable de comprobar si es tuyo?

Doña vaca observó detenidamente el huevo y luego mugió con calma:

—No es mío señora gallina, las vacas damos a luz a nuestros terneros, no ponemos huevos. Alimentamos a nuestros terneros con leche. Entre los animales que viven en la tierra y tienen cuatro patas sé que los lagartos ponen huevos; tal vez el huevo sea de doña lagarta. Si sigues este camino, la encontrarás tomando el sol sobre una piedra.

Dicho esto, la vaca siguió rumiando y doña gallina reemprendió su camino. De pronto alzó la vista y, muy contenta, descubrió a doña lagarta tomando el sol sobre una piedra y le preguntó:

—Doña lagarta, si no te importa, ¿puedo preguntarte una cosa?

—¿Qué puedo hacer por ti? —preguntó la lagarta.

—Mira estos huevos. Estos cinco son míos, pero este grande no lo es. ¿Por casualidad no será tuyo? ¿No tendrás que darle leche para que rompa el cascarón?

La señora lagarta miró los huevos e inmediatamente respondió:

—Señora gallina, aunque pongo huevos yo no alimento con leche a mis bebés. Y, de todas formas, este huevo no es mío. Los que pongo yo son más pequeños.

—Si no es tuyo, ¿no sabrías de quién puede ser?

—Ni idea. Y ahora, si me disculpas, debo marcharme; parece que está a punto de llover y he de buscar un agujero para cobijarme.

—Gracias por escucharme, doña lagarta. ¡Qué le vaya muy bien!

La señora gallina siguió su camino hasta que dio con una familia de cabras. Las cabritas estaban mamando la leche de mamá cabra y la señora gallina se dirigió a ella:

—Buenos días señora cabra, esta mañana, cuando conté mis huevos, vi que había uno más grande que los demás y comprendí que no era mío, así que desde entonces estoy tratando de averiguar quién es su madre. Ya sé que no es tuyo, porque veo que das de mamar a tus hijitos, así que no debes poner huevos. Pero ¿podrías decirme si sabes de quién es?

La señora cabra miró el huevo, cerró los ojos y reflexionó durante un rato:

—No estoy segura de que este huevo pertenezca a un animal de cuatro patas. Los cocodrilos ponen huevos, pero aquí no hay cocodrilos. Las tortugas también ponen huevos, pero tampoco hay tortugas por aquí. Creo que para descubrir de quién es este huevo, deberías preguntar a las aves.

—Muchas gracias. Seguiré tu consejo.

No muy lejos de allí, la señora gallina se encontró a doña pata. Antes de que la señora gallina tuviera tiempo de abrir el pico, la pata graznó nerviosa y le preguntó a dónde se dirigía.

Doña gallina respondió:

—Hace horas que estoy dando vueltas por la granja intentando buscar a la madre de este huevo. He preguntado a todos los animales de la granja, pero todos me han respondido que dan a luz a sus hijos y los alimentan con leche; no ponen huevos. La señora cabra me sugirió que preguntara a las aves.

—¡Déjame ver ese huevo! —dijo nerviosa la señora pata.

La señora gallina dejó la cesta en el suelo y dijo:

—Es este; es demasiado grande. Alguien debe haberlo dejado en mi nido, por eso estoy dando vueltas para descubrir a quién pertenece. ¡Estoy tan cansada!

—Con tu permiso, veré si es el mío…. ¡Soy tan despistada! ¡No recuerdo dónde dejé mi huevo esta mañana! ¡Llevo todo el día buscándolo!

Doña pata estiró el cuello para mirar dentro de la cesta y, justo entonces, el gran huevo comenzó a eclosionar y asomó un pequeño patito.

Doña gallina miró al patito y dijo emocionada:

—¡Se parece mucho a ti!

Apenas había terminado de decir eso, cuando los otros huevos también comenzaron a eclosionar y de dentro salieron los pollitos.

Tanto la señora gallina como la señora pata estaban contentas. Se felicitaron mutuamente y observaron con alegría como el patito y los pollitos correteaban por todas partes para encontrar comida.

FIN

La Reina Maga y los Tres Sabios de Oriente

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Ilustración: Marcos Ortega

Cuenta una antiquísima leyenda, que hace más de dos mil años tres Reyes Sabios llegados de Oriente le llevaron presentes a un niño nacido en un pesebre de Belén. Uno le llevó oro, otro incienso y mirra el tercero. Los nombres de estos Reyes eran Melchor, Gaspar y Baltasar.

A los tres les gustó tanto eso de hacer regalos que, desde entonces, viajan a la Tierra la noche del 5 de enero para entregar presentes a todo aquel que cree en ellos y está dormido.

Pero esa leyenda no cuenta cómo es que solo tres reyes pueden entregar en una sola noche todos los paquetes del mundo. Y mucho menos nos dice de dónde sacan el dinero que se necesita para comprar tantísimas cosas.

Tampoco nos cuenta de dónde salió la estrella que los guio hasta su destino o por qué iban los tres montados en camellos exactamente iguales, ni dice por qué les escribimos cartas parecidas a esta:

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Ilustración: nymphaeum

Para aquellos que siempre se han preguntado estas cosas y nunca han obtenido respuestas, hemos escrito este cuento. Para todos los que quieren saber la verdad, contamos esta historia…

Empezaremos diciendo que no fueron tres reyes, sino cuatro. Hay quien afirma que el cuarto se llamaba Artabán y que nunca llegó a su destino porque desapareció misteriosamente. Pero lo cierto es que el cuarto no era un rey, sino una poderosa reina. Y no desapareció, sino que jamás viajó a Belén con los otros tres. De todos, ella era la única maga. Su nombre era Malka y esta es su historia.

Malka vivía en un desierto sin fin de arena de oro, bañado por un océano de aguamarinas, en cuya orilla crecían palmeras de esmeralda de las que pendían cocos de topacio.

Rojos pájaros de rubí cruzaban los cielos de opalina y de las imponentes montañas de zafiro no se divisaban las cumbres.

De día, brillaba en el cielo un sol de diamante. Y por la noche, titilantes estrellas y una pálida luna de platino dejaban caer su polvo plateado sobre campos y ciudades.

Los tesoros de aquel lugar eran tantos, que hubiera sido imposible contarlos y tan valiosos, que hubiera sido imposible guardarlos bajo llave. Así que Malka, para protegerlos de la codicia humana, hizo su reino invisible. Por eso, ni aún ahora, se sabe dónde está situado y solo tenemos noticias de él porque, de vez en cuando, encontramos algún tesoro que desde allí cae a la Tierra.

Una mañana, estaba Malka asomada a la ventana de su palacio de alabastro cuando divisó a tres hombres ricamente ataviados que andaban perdidos en su desierto. Los invitó a su casa y les dio comida y bebida, y ellos le contaron que se habían extraviado mientras iban camino de Belén, adonde se dirigían para conocer a un recién nacido que la gente afirmaba que era especial.

Malka les aconsejó que le llevaran algún regalo al pequeño, puesto que era de muy mala educación ir con las manos vacías a conocer a alguien que acababa de llegar al mundo.

—¡No hemos pensado en eso! —exclamaron compungidos los tres Reyes— Hemos salido tan deprisa, que no hemos comprado nada. ¡¿Qué haremos ahora?!

—No os preocupéis, de todo lo que veis, escoged lo que más os guste para regalárselo a ese niño —dijo la Reina.

—Pues yo, con tu permiso, elijo este precioso recipiente hecho con arena de tu desierto —se adelantó Melchor, el anciano rey de largas barbas y cabellos blancos. Y apuró la bebida de su copa de oro.

—Yo le llevaré esa cajita de la que se escapa niebla blanca, ¡parece mágica! —dijo Gaspar apartando sus rubios cabellos de la cara y mirando embobado las caprichosas formas que dibujaba el humo del incienso en el aire.

—Yo le regalaré esas piedrecitas que huelen tan bien —habló Baltasar aspirando el suave aroma que flotaba en la sala. Y al tomar el vítreo frasco, la dorada mirra que había en su interior pareció aún más dorada entre sus negras manos.

—Tomad también camellos de mi establo, es el mejor animal para cruzar el desierto, iréis mucho más rápido y el viaje será más cómodo —les sugirió Malka.

A la mañana siguiente, montados y con sus regalo en las alforjas, se despidieron de Malka un poco preocupados:

—¿No querrías venir con nosotros, Malka? Tememos desorientarnos de nuevo en este desierto interminable.

—No puedo abandonar mi reino —repuso ella con tristeza—. Si me marcho, se hará visible y la codicia humana lo destruirá por completo. Pero no os preocupéis, que con mi ayuda no os extraviaréis —añadió sonriendo.

Pronunció unas extrañas palabras, trazó complicados símbolos en el aire y, de repente, en su mano derecha apareció una estrella, que lanzó al aire para que guiara a los Reyes hasta Belén.

—¡No olvidéis volver para contarme lo sucedido! —les gritó la Reina mientras los Tres Sabios se alejaban.

Justo al cabo de tres semanas, regresaron precedidos por la estrella.

—¿Y bien, cómo ha ido? —preguntó ansiosa Malka.

—Ha sido un viaje fantástico. La estrella nos indicó el camino y, al llegar, entregamos los regalos. Fue tan divertido ver la cara de sorpresa de aquel niño al verlos, que ninguno de nosotros volverá a ver algo semejante mientras viva. Sería estupendo poder entregar regalos a todo el mundo. Pero eso es imposible…

—Tal vez haya un modo… —repuso Malka.

Y entonces les propuso que se quedaran a vivir allí. Ella les desvelaría los secretos de la magia para que pudieran moverse con tal rapidez, que sería como si estuvieran en mil sitios a la vez. De ese modo, podrían entregar millones de regalos en un momento. Por el dinero no había que preocuparse, sus tesoros servirían para comprarlos.

Ellos aceptaron encantados. Enviaron una carta muy larga a sus familias para explicarles que no regresarían, pero que irían a visitarlos una vez al año. Podían escribirles siempre que quisieran para contarles cómo iban las cosas. Y así lo hicieron sus esposas, sus hijos, sus padres, sus nietos y, después, los nietos de sus nietos… y ahora nosotros.

Cada enero, escribimos una carta a los Reyes para contarles qué hemos hecho de bueno y de malo durante el año que hemos dejado atrás y decirles qué es lo que más deseamos para el año que empieza.

Y sabemos que ellos leen nuestras cartas porque el día 6, al despertarnos, encontramos lo que les hemos pedido junto a nuestra cama o en el salón. Algunas de las cosas que nos traen no tienen precio, las otras las compran con los tesoros de la Reina Maga.

Justo antes del amanecer, vuelven al reino de Malka y los cuatro juntos observan cómo abrimos nuestros regalos. Cuando ven nuestras caras de sorpresa y escuchan nuestras risas, recuerdan la aventura que vivieron hace ya tanto tiempo y con eso son felices un año entero.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La Reina Maga y los Tres Sabios de Oriente» con la voz de Angie Bello Albelda

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