naturaleza

La construcción (o ¿por qué hay diferentes ecosistemas?)

Ilustración: demonflair

¿Os imagináis a un pingüino viviendo en el desierto? ¿O qué tal un elefante en lo alto de una montaña? ¿Verdad que no? Pues por eso los animales crearon los hábitats donde viven ahora según sus gustos. Todo empezó hace mucho, mucho tiempo, cuando la música no se había inventado y todo olía a nuevo…

Mucho antes de la separación de los continentes, mucho antes de que existieran los restos fósiles, toda la tierra era igual: una amplia pradera con hierbas y plantas y algún que otro árbol aquí y allá. Algún arroyuelo nacía en medio del prado y transcurría en línea recta hasta encontrarse con el mar. En aquella vasta pradera vivían juntos todos los animales.

La convivencia no era nada fácil. Los animales depredados no disponían de buenos lugares para esconderse y protegerse de los predadores y los animales grandes ya estaban cansados de defender a los pequeños. Los pájaros tenían pocos árboles donde anidar y se veían obligados a construir sus nidos en el suelo, con el consiguiente peligro que suponía ser aplastados en cualquier momento.

La situación era cada vez más tensa y complicada para todos.

Los elefantes, hartos de vigilar donde ponían las patas cada vez que daban un paso, decidieron remediar la situación. Empezaron a hacer surcos con sus colmillos para desviar los ríos, arrancaron árboles de un lugar y los plantaron en otro, todos bien juntitos, creando así una masa boscosa bien densa. A tigres, osos, monos, búfalos y lobos les gustó aquello y decidieron irse a vivir con los elefantes.

A algunas serpientes, escorpiones, camellos y dromedarios no les acababa de gustar eso que llamaban selva. En ella veían poco el sol, así que decidieron buscar para vivir un lugar donde no hubiera plantas, o en el que hubiera muy pocas. Lo que hicieron fue ir arrancando del suelo todas la que encontraban a su paso y, poco a poco, crearon los desiertos. A antílopes, oryxs y fénecs les gustó la idea y se mudaron allí.

Tampoco a los leones, los guepardos, las cebras y los ñus, les terminaba de convencer la idea de la selva, pero el desierto era demasiado árido para ellos, ¡necesitaban más hierba!, así que decidieron plantar unos cuántos árboles entre la selva y el desierto. Pidieron ayuda a algunos elefantes, porque querían construir un río para que la hierba creciera frondosa. De este modo, crearon la sabana. Algunos de los elefantes que ayudaron a construirla se quedaron a vivir en ella.

Los osos polares pensaron que en los desiertos hacía demasiado calor, así que se alejaron tanto como pudieron de ellos y, al llegar muy lejos, con su aliento gélido, soplaron sobre ríos, mares y sobre la tierra que los rodeaba y fueron configurando los polos. Los pingüinos y las focas, al ver aquella extensa blancura, pensaron que era lo más bonito que habían visto nunca y se instalaron allí.

Las águilas no estaban en absoluto contentas con todo lo que estaba haciendo el resto de los animales. Ellas querían altura, querían dejar de hacer sus nidos sobre el suelo para no tener que sufrir por sus huevos. Después de pensarlo, buscaron rocas, las fueron acumulando y, piedra tras piedra, consiguieron levantar altas montañas. Cuando estuvieron listas, hicieron sus nidos en ellas. A muflones, marmotas, tejones y zorros les gustaron tanto las montañas, que se instalaron en ellas.

Los patos, junto con los flamencos y otras aves, también querían disponer de su propio ecosistema, pero frágiles como eran, querían que estuviera en un lugar que a sus depredadores les fuera difícil de alcanzar. Por eso fueron allá donde el río entra dentro del mar y plantaron plantas y más plantas y configuraron los deltas y los humedales.

De este modo, los animales fueron cambiando la Tierra según sus preferencias y conformaron el paisaje variado y rico que tenemos hoy.

FIN

El color de los pájaros

Ilustración: Lucky978

Cuando el mundo estaba recién hecho y el tiempo aún no se medía, los pájaros tenían las plumas exactamente iguales; todas eran de color marrón. Las aves se podían diferenciar por su nombre, por la forma de su cuerpo o por su canto. Sin embargo, cuando miraban a su alrededor, veían que en la Tierra lucían hermosos colores por doquier. Los pájaros envidiaban el azul del cielo, el verde de las praderas y del mar, los siete colores del arco iris y las vivas tonalidades de las flores en primavera.

Un día, después de mucho parlamentar sobre el color de su plumaje, los pájaros decidieron formar un comité y pedir una cita con Madre Naturaleza para que solucionara su problema.

Madre Naturaleza, los recibió enseguida, los escuchó atentamente y estuvo de acuerdo en que no les vendría nada mal un poco de color, pero les puso una condición: ella no decidiría los tonos que lucirían los pájaros; deberían ser ellos mismos los que eligieran la tonalidad. Pero, ¡cuidado!, deberían pensar muy bien cuál elegirían, ya que, al ser tantos, debería repartir entre todos la pintura y solo podría pintarlos una vez.

Una vez de acuerdo, el águila, como portavoz de los pájaros, fue la encargada de comunicar la noticia a lo largo y ancho del planeta:

—¡Atención, atención! ¡Pájaros del mundo! Madre Naturaleza cambiará el color de las plumas a todos los pájaros que así lo deseen. Nos espera a todos la próxima semana en su palacio —gritaba el águila mientras sobrevolaba con sus poderosas alas selvas, bosques y valles.

La semana pasó lentamente. Todos los pájaros aguardaban impacientes el día y pensaban, nerviosos, en qué color les convenía más elegir.

La mañana del día señalado fueron volando al palacio de Madre Naturaleza.

La urraca llegó la primera y pidió:

—Creo que debo elegir colores de los cuales no me canse nunca. Algo clásico y elegante, que sirva para cualquier ocasión. Blanco o negro… Como no me decido, combinaré los dos. Quiero un negro azulado, de esos que brillan intensamente cuando les da el sol y un toque de blanco en el pecho y en la punta de las alas.

El siguiente en elegir fue el periquito:

—Yo prefiero algo menos formal. Una mezcla alegre será ideal. Quiero manchas blancas, azules y amarillas por todo el cuerpo.

Los que miraban estuvieron de acuerdo en que aquellos colores lo favorecían mucho.

El siguiente en la fila era el pavo real. Se acercó contoneándose y pidió con voz chillona:

—Como puedes observar, mi cola es especial, así que quiero que resalte. Me iría bien una combinación de colores armónicos, pero que no resulten aburridos. Azul, verde, amarillo, rojo y dorado sería perfecto.

Los demás pájaros se burlaron de él a escondidas. ¡Era tan presumido el pavo real!

El canario se acercó dando saltitos:

—¡Me encanta el sol! ¡Adoro el sol! ¡Quiero ser como el sol! ¡Por favor, pinta todas mis plumas de amarillo!

Después, llegó el turno del loro:

—No quiero pasar desapercibido. Quiero que se me vea bien desde muy lejos. Quiero que me pintes con tooooooooooodosssssssss los colores de tu paleta.

—¡Vaya desperdicio de pintura! —murmuraron algunos, enfadados ante tal atrevimiento y descaro. Pero el loro se alejó atusando sus plumas, más feliz que una perdiz.

Poco a poco, los pájaros fueron desfilando ante Madre Naturaleza. Los colores de su paleta se fueron gastando a medida que las aves elegían sus nuevas tonalidades. Todos lucían orgullosos sus recién estrenadas plumas y ella empezó a recoger sus utensilios de pintura.

De repente, una voz la frenó en seco y le hizo volver la cabeza. Por la puerta del palacio entraba corriendo un pequeño gorrión:

—¡Espera!, ¡espera!, por favor —piaba angustiado—, todavía falto yo. Estaba muy lejos y, como soy tan chiquito, he tardado mucho en llegar. ¡Yo también quiero cambiar de color!

Madre Naturaleza lo miró con tristeza:

—¡Lo siento! Ya no me quedan colores.

—¡Está bien!, no pasa nada —susurró el gorrión tristemente mientras se alejaba cabizbajo—, de todas formas, el color marrón tampoco está tan mal.

—¡Un momento! —gritó Madre Naturaleza—. Mira, he encontrado una pequeña gota de color amarillo en mi paleta. Debió sobrar al pintar al canario.

El gorrión se acercó corriendo muy contento. Madre Naturaleza mojó su pincel en la gota de pintura amarilla, se agachó y con mucho cuidado pintó al pajarito.

Por eso, si os fijáis bien en los gorriones, podréis descubrir una pequeña manchita amarilla; la última gota de color que había quedado en la paleta de Madre Naturaleza después de pintar a todas las aves del mundo.

FIN