navegar

En el mismo barco

Ilustración: RUYMOON

Un barco lleno de pasajeros zarpó de un lejano puerto y comenzó a navegar por el mar. En él viajaban ancianos y niños, jóvenes y no tan jóvenes, hombres y mujeres, ricos y pobres, negros y blancos, altos y bajos, guapos y feos… En fin, gente de todas las clases, de todos los lugares y de todas las ideologías.

Unos viajaban por trabajo, otros por placer. Algunos huían de su hogar y buscaban nuevos sitios donde ser felices, otros deseaban correr aventuras. Cada uno de ellos tenía un camarote asignado en aquel gran barco que avanzaba por aquel ancho mar, a veces en calma y a veces embravecido, llevando a cada cual a su destino.

De pronto, los pasajeros comenzaron a escuchar fuertes ruidos. Parecía que alguien, con un martillo, golpeaba algo. Los golpes eran cada vez más fuertes y los pasajeros, sorprendidos, se miraban unos a otros:

—¿Qué es ese ruido? ¿De dónde procede? —se preguntaban asustados.

El capitán ordenó a dos marineros que investigaran de inmediato lo que ocurría. Enseguida empezaron a recorrer el barco de arriba a abajo con rapidez; estancia por estancia, camarote a camarote.

Los golpes de martillo continuaban, cada vez eran más intensos. Los pasajeros, intranquilos, recorrían los pasillos, entre curiosos y preocupados por la situación:

—¿Estaremos en peligro? —se preguntaban— ¿Qué es lo que ocurre?

Al fin, los dos marineros llegaron al último camarote, situado en el último subsuelo del barco. ¡Estaban seguros! ¡Los golpes provenían de ese lugar!

—¡Abran inmediatamente! —exigieron al mismo tiempo que golpeaban la puerta del camarote.

Pararon los golpes y la puerta se abrió.

—¿Qué pasa? ¿Qué queréis? —preguntó malhumorado el pasajero de aquel camarote sujetando con una mano el picaporte, y con la otra un enorme martillo.

Los marineros miraron con asombro. Primero al hombre y luego hacia el interior de la habitación. ¡No podían creer lo que veían sus ojos! ¡El suelo de la estancia estaba a punto de romperse!

—Pero, señor, ¡¿qué hace?! ¿No ve que agujereará el suelo y nos hundiremos todos? ¡Suelte ahora mismo ese martillo! —le ordenaron enérgicamente.

—¿Y por qué habría de soltarlo? Este martillo es mío, este es mi camarote y, por tanto, con mi martillo y con mi camarote puedo hacer lo que me dé la gana —respondió el agresivo pasajero.

Al escuchar la discusión, el pasaje empezó a agolparse frente a la puerta del camarote.  Todos tenían algo que decirle al señor. Algunos le rogaban, otros le gritaban, otros intentaban razonar con él… Pero todos, todos querían exactamente lo mismo: que soltara el martillo y dejará de intentar agujerear el suelo del barco.

—Por favor, señor, cálmese y suelte el martillo —pidió alguien amablemente.

—¿Acaso está loco? ¡Deje de dar golpes de una vez! —gritó otro.

—Ya basta, inconsciente. ¡Es usted un irresponsable! —añadió un tercero, muy enojado.

—¡Que alguien lo expulse de este barco! ¡Lo que hace es muy grave! – exigió otro pasajero.

—¡No tienen derecho a hablarme así! —reaccionó con furia el hombre del martillo—. Yo he pagado mi pasaje exactamente como todo el mundo y este es mi camarote. Ni ustedes ni nadie tienen derecho a ordenarme nada porque este espacio es mío. ¿Acaso yo le digo a alguien lo que puede o no puede hacer?

Entonces, se escuchó la suave voz de una niña:

—Pero, señor, ¿no lo entiende? si usted se empeña en hacer un agujero en el suelo de su camarote, el barco entero se llenará de agua y todos nos hundiremos. ¿No entiende que todos navegamos en el mismo barco y lo que uno hace nos afecta a todos?

FIN

El viejo marinero

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Ilustración: pesare

Más cerca de allá que de acá, en un pequeño pueblo a orillas de un inmenso mar azul, vivieron hace tiempo dos hermanos a los que les gustaba mucho navegar y pescar. Un día, decidieron visitar al pescador más experimentado de toda la aldea para pedirle que les enseñara el oficio.

Al llegar a la playa, se acercaron hasta el marinero que, sentado en una silla de mimbre frente a su casita, contemplaba en silencio el vaivén de las olas mientras hacía nudos en una gruesa cuerda que sostenía entre sus callosas manos.

—Muy buenos días, señor —saludaron al unísono los dos hermanos.

—Muy buenos días ¿Qué tal estáis? ¿Qué os trae por aquí? —les preguntó sonriente el anciano.

—Estamos muy bien, gracias —respondieron ambos.

—Hemos venido a verlo—continuó el hermano mayor— porque dicen en el pueblo que usted es un gran capitán, el más experimentado de toda la comarca y que su embarcación es la mejor. Como a mi hermano y a mí nos gusta mucho el mar y queremos dedicarnos a la pesca, habíamos pensado que quizá usted pudiera enseñarnos el oficio. Quisiéramos navegar a su lado para aprender a echar las redes y a gobernar la embarcación. ¡Es lo que más deseamos en el mundo! ¡Subir a su barca y surcar las aguas!

—Me parece muy bien, pero poco a poco. Cada cosa a su tiempo —respondió el viejo—. En este momento estoy muy atareado, quizás, en cuanto termine de preparar todas las cosas, pueda llevarme a uno de vosotros conmigo. Pero solo me llevaré a uno: el que yo crea que tiene más deseos de navegar. Entretanto, podéis ayudarme. Aquí tenéis estas cuerdas, mientras esperáis a que yo apareje la barca, terminad vosotros de anudarlas. Las necesitaremos cuando embarquemos.

El marinero enseñó a los dos hermanos cómo debían hacer los nudos y se alejó para disponer la embarcación.

Cuando el anciano ya solo era un puntito sobre la arena, el mayor de los pequeños dejó la cuerda, se levantó de la arena, corrió hacia la orilla y miró hacia el azul horizonte.

—¡Es precioso el mar! —dijo emocionado—. Las olas llegan hasta la playa y mojan la punta de mis dedos. Es como si estuvieran vivas, llenas de espuma blanca. Parece que quieran jugar conmigo, se levantan como para darme un susto, pero luego me acarician con mucha suavidad. ¡Acércate y lo verás!

—Ahora no puedo — contestó el hermano menor —Este nudo está casi listo.

—¿No oyes? ¡Es como si el agua te llamará! ¡Ven a escucharla!

—¡No puedo! Este nudo no me sale.

—Mmmmm, y este olor a sal que te hace cosquillas en la nariz. ¡Te estás perdiendo toda esta belleza! ¡Deja de hacer nudos y acércate!

—Ahora no, ya casi lo tengo…

—¡Ohhhhh! —gritó de nuevo el hermano mayor—, ¡desde aquí veo la barca! Flota sobre el agua. Se mece como si fuera una bailarina. Sube y baja y su perfil se recorta sobre el cielo celeste. En mi vida he visto algo tan precioso. ¡Ven a verlo!

—¡No puedo! —respondió el hermano—. Estoy terminando otro nudo.

—Tengo muchas ganas de navegar. Será maravilloso estar en la barca —afirmó entusiasmado el primer niño—. Yo soy el mayor y estoy seguro de que el marinero me llevará a mí con él ¡Me gusta tanto el mar! ¡Tengo tantas ganas de navegar y pescar! No quiero perder el tiempo aprendiendo a hacer nudos ¡ya sé hacerlos! Tú, en cambio, ni siquiera te has movido de la arena. Ni siquiera has levantado la vista para mirar el agua.

Al poco, regresó el pescador.

—Hola, muchachos —saludó—. La barca ya está preparada. ¿Qué habéis hecho mientras esperabais?

—Yo he contemplado el mar —dijo el mayor de los niños—. ¡Es precioso! Me he mojado los pies con el vaivén de las olas. Después, he admirado cómo la barca se mecía sobre el agua. ¡Tengo tantas ganas de subirme en ella y surcar las aguas! ¿Tardaremos mucho? ¡Ya estoy preparado!

—Yo solo he hecho nudos… —susurró el segundo hermano, bajando los ojos un poco avergonzado.

El marinero los observó a los dos un buen rato en silencio y, al fin, habló.

—Tú vendrás conmigo —dijo el hombre tendiendo su bronceada mano al más pequeño —. Embarcarás junto a mí. Te enseñaré a gobernar la barca y a pescar. Surcaremos las olas y te contaré todos los secretos de este oficio. Desplegaremos las velas y descubriremos nuevos puertos…

—¡Pero eso no es justo! ¡Yo soy el mayor! —gritó el otro—. ¡Yo sé mucho más que él! ¡Tengo más fuerza! ¡Tengo muchas ganas! ¡A mí me gusta más el mar!

—Es posible —respondió el viejo marinero—, pero antes de poder navegar, hay que aprender a hacer bien los nudos.

FIN