niña

Un bosque de cuentos

Ilustración: CindysArt

Érase una vez una niña pequeña que importunaba a todo el mundo para que le contara un cuento. Pedía cuentos a su madre, a su abuela, a su tía, a su padre, a su abuelo y hasta a la vecina. A quienquiera que encontrara en su camino, le pedía que le contara un cuento. Pero no todos tenían ganas de contar cuentos, así que solían poner alguna excusa para escapar de aquella pequeña amante de las historias.

Como aquel día no consiguió que nadie le contara un cuento, la niña, muy triste, se encaminó hacia el bosque que se extendía muy cerca de su casa.

En el bosque se encontró con un cuclillo, que posado sobre una rama gritaba:

—¡Cucú! ¡cucú!

—Explícame por qué cantas siempre la misma canción —le dijo la niña.

Entonces el cuclillo le contó su historia.

—Hace mucho, mucho tiempo, un cuclillo volaba con su huevo en el pico y como no sabía dónde colocarlo, lo puso en un nido extraño. De ese huevo salió un pequeño cuclillo, que creció y creció y se hizo más grande que los papás pajaritos que lo alimentaban. El nido se le quedó pronto pequeño al joven cuclillo y, entonces, arrojó fuera a los pequeños pajaritos hermanos que habían crecido junto a él. Sin embargo, el buen espíritu del bosque, el que todo lo ve, le dijo: «Como castigo por lo que has hecho, nunca vivirás en un nido propio. Tus huevos los llevarás en el pico por el aire y los abandonarás en nidos ajenos. Tus hijos no te conocerán, pero siempre te llamarán: ¡Cucú! ¡cucú! Por eso cantamos siempre la misma canción. ¡Cucú!, ¡Cucú! Chilló el pájaro alzando el vuelo.

—¿Esto es un cuento o una historia verdadera? —preguntó la niña.

—¡Cucú! ¡Cucú! —se oyó a lo lejos.

La niña no supo qué pensar y siguió andando hasta penetrar más profundamente en el bosque.

Caminando, caminando llegó hasta un grupo de altos abetos. Bajo sus pies crujía una alfombra de pardas agujas. En lo alto, soplaba el viento entre las frondosas copas de aquellos altivos árboles gigantes. Bajo ellos, en la más profunda oscuridad, se alzaban tres abetos chiquitos, que tenían únicamente una ramita verde.

—¿Por qué tenéis solo una rama verde? —preguntó la pequeña.

Uno de los tres abetos tomó la palabra y dijo:

—Nosotros somos los abetos más jóvenes de este bosque y queríamos elevarnos los tres juntos hacia el sol, pues habíamos oído que era muy hermoso. Nos pusimos nuestros vestidos de fiesta y extendimos los brazos para subir, pero nuestros hermanos mayores nos cerraron el paso. «¡El sol nos pertenece! —nos dijeron—. Nosotros somos más grandes y hermosos que vosotros. ¡No podéis pasar!». Orgullosos, se elevaban cada vez más alto, más alto, hasta llegar al sol. «¡Dejadnos subir a nosotros también! —les rogábamos cada día—. Solo queremos que nos caliente un rayito de sol». Pero ellos nos ocultaban con sus ramas, para que el sol no pudiera encontrarnos. Nuestros vestidos verdes se fueron cayendo a causa de la pena y ya solo nos queda una rama verde, que pronto perderemos también. Cuando eso pase, moriremos.

Entonces preguntó la niña:

—¿Esto es un cuento o una historia verdadera?

Los tres pequeños abetos guardaron silencio, pero dejaron caer algunas agujas de sus ramas y pareció que lloraban.

La pequeña arañó la tierra con cuidado alrededor de los pequeños abetos, desenterró sus raíces y los arrancó de la tierra, uno después de otro. A continuación, los plantó de nuevo en un claro del bosque y los regó con agua del manantial.

Al ver aquellos tres pequeños arbolitos desvalidos, el sol se apiadó de ellos y los acarició con sus cálidos rayos diciendo:

—Mis rayos tejerán para vosotros el más hermoso vestido verde y pronto creceréis fuertes. Yo os vigilaré de la mañana a la noche.

Siguió la niña su camino. El sendero que atravesaba el espeso bosque parecía no tener fin.

De repente, en medio del camino se encontró con una pequeña ardilla asustada.

—¿Qué te ocurre? —preguntó la niña.

Y la ardilla le dijo:

—En un lejano bosque, entre hojas verdes, hay un árbol y sobre él, una casita redonda. En ella, vivía yo con mi mamá y mis cuatro hermanos. Cuando salía a buscar comida, mamá siempre nos advertía: «No salgáis hasta que yo regrese a casa». Mis cuatro hermanos siempre obedecían, pero yo solo miraba al exterior a través de la puerta redonda. Las hojas, el cielo, el viento… Todos me saludaban diciendo: «¡Sal, te contaremos un cuento!». Un día me escapé. Escuché y escuché cuentos, saltando de árbol en árbol, y, sin darme cuenta, me encontré en medio de este bosque sin saber regresar. ¡Estoy perdida y solo quiero ir con mi mamá!

—¿Esto es un cuento o una historia verdadera? —preguntó la niña.

De pronto, la pequeña rompió a llorar y gritó:

—¡Mamááááááá!

Dio media vuelta y desanduvo el camino que había recorrido. Corrió y corrió por el bosque hasta quedarse sin aliento y al llegar a su casa, se lanzó a los brazos de su madre. Le contó su aventura en el bosque y los cuentos que allí había escuchado… ¿O tal vez eran historias verdaderas? La pequeña no lo sabía, pero lo que sí sabía es que lo que allí oyó, lo recordaría durante toda su vida.

FIN

Un susto morrocotudo

Ilustración: GrimVixen

Esta es la historia de una niña pequeña y de un pequeño ratoncito y del susto morrocotudo que se dieron los dos.

La niña pequeña estaba en su cama y leía un cuento a escondidas; la luna llena iluminaba la estancia como una lámpara. En la habitación reinaba un profundo silencio, así que los padres creían que la niña pequeña dormía hacía ya mucho rato y nunca hubieran sabido que seguía despierta a esas horas de no ser por un pequeño ratoncito que, mientras daba su paseo nocturno, topó con la naricilla con una galletita de chocolate.

—¡Hi, hi, hi! —dijo gozoso con su chillona voz el pequeño ratoncillo. Lo que en el lenguaje de los ratones significa: «¡Una galleta de chocolate! ¡Qué suerte la mía!».

La niña pequeña, desde su cama, escuchó con atención y miró a su alrededor, pero como no vio nada, siguió leyendo.

—¡Hi, hi, hi! —gritó de nuevo el pequeño ratoncillo, con lo cual quería decir: «¿Habrá más comida por aquí?».

Y moviendo sus largos bigotes, buscó y rebuscó, dando vueltas por la habitación, arriba y abajo, con sus cortas patitas. De repente, un gran foco iluminó su diminuta figura. Era la luz de la luna, que se colaba por la ventana, y alumbraba, justamente, delante de la cama de la niña pequeña, que en ese justo instante alzó la vista de su libro.

—¡Ahh, ahhh, ahhhh! —gritó con gran espanto al mismo tiempo que soltaba el libro y saltaba, por el lado derecho, fuera de la cama.

El pequeño ratoncillo, al oír aquellos pavoroso gritos, se agarró a la sábana, trepó por la parte izquierda de la cama y, lleno de espanto, se ocultó en el lecho. La chiquilla, entonces, volvió a gritar. Esta vez mucho más fuerte que antes. El pequeño ratoncito, sobresaltado, dio un brinco y, dibujando un amplio círculo en el aire, aterrizó en el suelo y huyó espantado, rozando, al hacerlo, los desnudos pies de la niña. El grito de terror que resonó entonces en la habitación fue tan increíble, que al pobre ratoncillo se le detuvo por un instante el corazón. Desesperado, buscó en la pared el pequeño agujero que conducía a su casa. Mientras, la niña pequeña de un salto subía nuevamente a su cama y se escondía, encogiendo los pies hasta tocarse la barbilla con las rodillas, bajo las sábanas.

Por fin el pequeño ratoncillo estaba a salvo en su casita y allí, sollozando, se abrazó tembloroso a su madre:

—¡Hi, hi, hi!

—¡Pobrecito mío! —lo consoló mamá ratona—. ¿Qué es lo que te ha asustado así?

—Un gigante con una voz espantosa.

«Este susto lo curará enseguida un pedacito de chocolate», pensó mamá ratona. Y fue a buscarlo a su despensa y se lo puso ante la naricilla a su querido hijito. «¡Sí, esto servirá!». Y así fue en efecto, mientras el ratoncillo roía el chocolate su temblor fue disminuyendo hasta desaparecer por completo.

En la habitación, entretanto, la mamá de la pequeña, que había escuchado los terribles gritos de su hijita y había ido corriendo en su auxilio, acariciaba la cabeza de la niña, sentada junto a ella en la cama:

—¡Pobrecita mía! —la consoló—. ¿Qué es lo que te ha asustado así?

—¡Un animal enorme me atacó! ¡Yo gritaba y gritaba, pero él no dejaba de perseguirme y quería atacarme!

—Ahora ya no podrá hacerte nada, yo estoy a tu lado —le dijo la madre.

Pero sabía muy bien lo que de verdad consolaría a su hijita. Puso la mano en el bolsillo de su bata y sacó de ahí un trocito de chocolate, envuelto en papel plateado. Al ver aquel reflejo, al punto cesaron de fluir las lágrimas y mientras saboreaba aquella golosina, la chiquilla también dejó de temblar.

Los dos pequeños, bajo la atenta mirada de sus mamás, pronto se quedaron dormidos; la niña en su camita, y el ratoncito en su casita. Justo al cerrar los ojitos, el morrocotudo susto quedó olvidado por completo y los dos tuvieron dulces sueños de chocolate.

FIN

El tiempo es oro

Ilustración: dizzyclown

En mis viajes por Isla Imaginada me contaron este cuento, que, aunque no sé si sucedió aquí o allá, ni tampoco sé si pasó hace mucho tiempo o justo ayer, os puedo asegurar que ocurrió de verdad. Y eso sí que es bien seguro.

Es la historia de unos padres muy ocupados, que trabajaban muy duramente, durante muchas horas al día, los siete días de la semana, para darle a su única hija la mejor educación, los mejores juguetes, la mejor casa, las mejores actividades extraescolares, la mejor ropa… En fin, que, como todos los padres del mundo, deseaban para su pequeña lo mejor y cualquier esfuerzo por conseguirlo les parecía poco. Tanto era así, que para que a la niña no le faltara de nada casi ni podían verla y no tenían más remedio que dejarla al cuidado de expertas niñeras, que se ocupaban de llevarla al colegio, darle comida sana y equilibrada, acostarla puntualmente a su hora, enseñarle idiomas y tenerla ocupada en todo momento para que no se aburriera. Ellos dos, padre y madre, llegaban todos los días a casa casi al mismo tiempo, cuando ya era de noche; agotados tras una dura jornada laboral llena de reuniones, llamadas telefónicas, páginas y páginas de complicadas estadísticas…   Eran tan competentes en lo que hacían, que no era extraño que cada uno de ellos cobrara cien euros a la hora por sus servicios profesionales; una cantidad que mencionaban a menudo en sus conversaciones, que siempre giraban en torno a lo mismo: sus obligaciones laborales y sus sueldos.

Solo vivían por y para trabajar y para ganar más y más dinero, el cual les permitía ofrecer a su hija lo mejor y gastar en ellos lo que se les antojaba… aunque esto último solo lo hacían durante diez días al año, cuando se marchaban de vacaciones, si es que se puede llamar vacaciones a lo que ellos hacían, porque durante esos días seguían trabajando. Decían que eran imprescindibles y que sus respectivas obligaciones les impedían un descanso completo y más prolongado. Ambos anteponían sus empleos a todo lo demás, por lo que era difícil tener vida familiar. Jamás comían juntos y muy raramente se sentaban a disfrutar de una agradable cena en familia. Mucho menos contaban cuentos o reían. ¡No tenían tiempo para eso!  Durante los pocos momentos en los que se tomaban un respiro, miraban sus móviles, contestaban e-mails o leían informes.

Amigos y familiares se comunicaban con ellos mediante mensajes telefónicos y correos electrónicos y ya estaban acostumbrados a verlos, con suerte, una vez al año, coincidiendo con alguna fiesta navideña, a la que la pareja aportaba manjares exquisitos, bebidas carísimas o regalos exclusivos que repartían con generosidad, como si con todo eso quisieran hacerse perdonar las largas ausencias que ya nadie, entre sus seres queridos, notaba…

¿Nadie? Bien, no exactamente… Lina, la pequeña hija de ambos, los añoraba terriblemente. No se acostumbraba a las niñeras que, aunque le daban mucho cariño y la mimaban, no podían sustituir el amor de su padre y de su madre. Y aunque no le faltaba de nada, lo cierto es que no era feliz.

Un día de invierno, faltaba muy poco para la noche de Reyes, los padres de Lina llegaron a casa cuando ya era de noche, como era habitual. Como si de una obligación diaria más se tratara, entraron juntos a dar un beso y a desear buenas noches a su pequeña hija, que casi ya estaba dormida.

—Buenas noches, Lina. ¿Todo bien? ¿Has cenado?

—Mamá, papá… Quiero… Ahora que ya se acerca el día de Reyes … Quiero… un regalo especial…

—¡Claro, Lina! Pídeles lo que quieras, hija.

—Quiero… Necesito… cien euros…

—¡Eso es mucho dinero, Lina! Es lo que ganamos nosotros por una hora de trabajo. ¿Para qué necesitas ese dinero? Mejor será que pienses en otro regalo. ¿No preferirías pedir un ordenador nuevo? ¿Tal vez un vestido? ¿Zapatos? ¿Juguetes?…

—No… Solo quiero cien euros… Nada más…

—¡Pues olvídate! Los Reyes no traen dinero. El dinero cuesta mucho de ganar y no hay que tomarlo a broma.

—De verdad que me hacen mucha falta… —dijo Lina intentado aguantar las lágrimas de desilusión que pugnaban por salir.

—No y no. Tienes siete años y no necesitas dinero. Ve pensando en pedirles otro regalo. ¡Se acabó!

Padre y madre abandonaron la habitación y se fueron a dormir. O lo intentaron… Ambos sentían remordimientos por lo ocurrido. ¿Para qué necesitaría su hija aquel dinero? ¿Y si de verdad era importante para ella?

—¿Duermes?

—No. No paro de darle vueltas a lo que quiere pedir Lina a los Reyes Magos… ¿Para qué querrá cien euros?

—Deberíamos averiguarlo…

Madre y padre se dirigieron a la habitación de Lina.

—¿Lina…?

—Mmmmm…

—Si nos dices para qué quieres ese dinero, quizá pensaremos en la posibilidad de dártelo nosotros, así no tendrás que esperar a que te lo traigan los Reyes Magos…

—No os lo puedo decir antes de tenerlo… Sería muy peligroso… Pero os prometo que en cuanto tenga el dinero en la mano, os lo contaré…

La curiosidad de los padres, al fin, pudo más y, sin esperar, le dieron ellos a Lina lo que pedía.

—No hace falta que pidas dinero a los Reyes Magos. Aquí tienes los cien euros. Y ahora mismo nos dirás para qué los necesitas…

Lina se levantó y sacó del fondo del armario una cajita llena de billetes y monedas.

—¡Pero si tienes ahí un dineral, Lina! ¿Para qué demonios necesitas más!

—Estoy ahorrando desde hace mucho tiempo. Pero ya no podía esperar más. Me faltaban cien euros para llegar a doscientos… Cien y cien, lo que ganáis los dos en una hora, ¿verdad?… ¡Ahora puedo comprar una hora de vuestro tiempo! ¡El sábado nos iremos los tres de paseo! Como no me fío de vosotros, porque siempre decís que iremos a pasear y luego no vamos porque tenéis trabajo, os pago por adelantado, así no tendréis más remedio que guardar esa hora y «trabajar» para mí.

Aquel sábado, los tres se fueron a pasear al parque… Y al sábado siguiente, y al otro, y al otro…

Lina recuperó a sus padres y estos a su hija y una parte muy importante de sus vidas.

Cierto es que es necesario trabajar, pero sin olvidar que hay otras muchas cosas en la vida que también merecen su espacio y su tiempo.

Si esta historia te resulta familiar, no olvides que el final puede ser como el de este cuento u otro muy distinto. En tus manos está escribirlo.

FIN

La niña y el manzano

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Ilustración: Reowyn

Esta historia pasó en un tiempo en el que los árboles eran universos y la humanidad aún los respetaba. Un tiempo en el que los hombres se sentaban bajo sus frondosas copas y escuchaban las historias que les contaban.

Pasó en un país en el que los árboles saludaban, agitando sus ramas, a la Luna que se escondía y al Sol que se asomaba. Se desperezaban lavando sus hojas somnolientas en ríos cristalinos y ofrecían sus frutos a todo aquel que tuviera hambre, sin pedir nada a cambio.

En ese tiempo y en ese lugar, vivió un árbol enorme. Era un manzano y su mejor amiga era una niña. Ambos, el árbol y la niña, se querían con locura.

Cada día, sin faltar jamás a su cita, la pequeña visitaba a su amigo y él la mecía en sus ramas, susurrándole al oído cuentos de piratas y ogros; de príncipes y princesas; de brujos, hechiceras y fantasmas.

La niña escuchaba embelesada y con su imaginación volaba hacia lejanos países, en los que vivía fascinantes aventuras.

Trepaba por el tronco del manzano y, acurrucada entre su fronda, se protegía de la lluvia si llovía o del calor del sol cuando abrasaba.

Pero un buen día, la niña no acudió a su cita. Dejó de ir a jugar con el árbol y olvidó sus historias.

Paciente, el manzano aguardó mucho tiempo su regreso, mientras en su tronco la tristeza iba formando arrugas.

Una mañana de primavera, la niña regresó. El árbol la saludó contento moviendo sus ramas:

—Te he echado de menos. ¿Vienes a jugar conmigo?

—No. He crecido. Ya no soy una niña para jugar con árboles. Te vengo a ver porque ahora me gustan otros juegos y necesito dinero para comprarlos.

—Lo siento, pero yo no tengo dinero.

—No, pero tienes manzanas. Si me las das, puedo venderlas y con lo que obtenga por ellas, podré comprar lo que quiero y seré feliz.

—Si vendiendo mis manzanas consigues la felicidad, tómalas, amiga mía.

La muchachada despojó al árbol de todos sus frutos y, sin mirar atrás, se alejó de allí. Vendió las manzanas y, durante un tiempo, fue feliz.

Se olvidó de su amigo y en el tronco del árbol, la tristeza dibujó más arrugas.

Pasaron algunos años, y un cálido día de verano la muchacha regresó junto al manzano. Al verla, el árbol se agitó y sus ramas crujieron de alegría:

—Te he echado mucho de menos. ¿Vienes a jugar conmigo?

—No tengo tiempo para juegos. Soy adulta, he formado una familia y debo trabajar duro para sacarlos adelante. Te vengo a ver porque necesito un lugar en el que vivir con comodidad.

—Lo siento, pero yo no tengo una casa.

—No, pero tienes muchas ramas. Si me das permiso para cortarlas, con ellas construiré mi hogar y seré feliz.

—Si cortando mis ramas consigues la felicidad, tómalas, amiga mía.

La mujer cortó todas las ramas del árbol y se marchó sin dar las gracias. Con ellas construyó una morada para albergar a su familia y, durante un tiempo, fue feliz.

La mujer, como antes, olvidó a su amigo y en la corteza del árbol la tristeza hundió nuevamente sus garras.

Un otoño la mujer regresó junto al árbol y él, al verla, se estremeció hasta las raíces:

—Te he echado mucho de menos. ¿Vienes a jugar conmigo?

—No puedo jugar, estoy envejeciendo y quisiera viajar antes de que sea tarde. Te vengo a ver porque necesito un barco.

—Lo siento, pero yo no tengo un barco.

—No, pero con tu tronco podría construir uno. Si me das permiso para serrarlo, con tu madera construiré una barca para surcar mares y ríos. Así seré feliz.

—Si serrando mi tronco consigues la felicidad, tómalo, amiga mía.

La mujer serró el tronco del viejo manzano y, sin despedirse, se alejó. Con la madera construyó una barca y, durante un tiempo, fue feliz.

Navegando los siete mares olvidó a su amigo y en el tocón del manzano se abrió una honda grieta de tristeza.

Se persiguieron las estaciones; se sucedieron muchas lunas; y un helado día de invierno, una anciana se acercó al lugar donde, tiempo atrás, floreciera el manzano:

—Si vienes a jugar conmigo, lo siento, pero ya no puedo ofrecerte nada, amiga mía. Ya no tengo tronco, ni ramas, ni manzanas.

—Ya soy muy vieja. No podría trepar por tu tronco, ni jugar entre tus ramas, ni morder tus frutos. Estoy muy cansada. Solo necesito un lugar en el que descansar.

—Entonces ven. Aún me quedan mis viejas raíces. Reposa tu cabeza sobre ellas y cierra los ojos, te contaré la historia de una niña y un manzano que un día…

FIN

Un tesoro bajo el sofá

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No podéis ni imaginar la de cosas maravillosas que se esconden bajo un sofá. Solo hay que ser lo bastante valiente para alargar el brazo y no hacer ascos a lo que podáis encontrar.

Irene tiene una caja llena de tesoros encontrados bajo el sofá: una punta de lápiz de color verde manzana, un encendedor que no funciona, tres tapones de bolígrafo medio roídos y un alfiler.

Hace unos días, también encontró dos pelusas de Miula. Estaban pegadas al trocito de mortadela que se le cayó mientras merendaba. Pero las pelusas no las guardó.

Después de la limpieza del domingo, en casa no se encuentran demasiados tesoros bajo el sofá y, por eso, hoy Irene ha tenido que poner los dos brazos bajo la butaca. Se ha estirado cual larga es y casi se habría colado por el agujero a ras del suelo si su madre no la hubiera enganchado por los pies como quien atrapa una lagartija.

Pero la «lagartija» lleva el puño bien cerrado y una sonrisa de oreja a oreja. «Esta vez he pescado algo grande», piensa, y abre la mano delante de su madre muy orgullosa.

—¿Aún has encontrado porquerías? —le ha dicho mamá—Anda, dame que lo tiro.

Irene ha huido de las «garras todolotiran» de mamá.

—Pero, ¿qué dices? ¡¿Una porquería?! —grita indignada—. Pero, si es el cuadro más chiquito y bonito que he visto en toda mi vida. Una obra de arte en miniatura. ¡Y qué colores! Esto lo tiene que ver papá…

Lo encuentra doblando la colada y bostezando.

—Papá, ¿verdad que esto es un tesoro de un valor que no se puede ni contar?

—Será «de valor incalculable», Irene…—la corrige su padre.

—¡Eso! ¡Un tesoro de valor incalculable! —sonríe ella satisfecha— ¡Si ya sabía yo que tenía razón!

Segura de que Marcos se morirá de envidia, corre a la habitación de su hermano. La puerta está cerrada —para variar— y ella grita para hacerse oír:

—¡Marcos, mira que he encontrado!, ¡soy rica!

—Sí, lo más seguro —contesta su hermano desde dentro.

—¡Te lo prometo! Abre y verás…

Marcos abre la puerta solo a medias y estira la mano. Irene duda, pero, finalmente, le alarga su tesoro de valor incalculable.

—¿Esto? ¡Esto ya no vale para nada, pedazo de chorlito! Ahora hay ordenadores —se burla Marcos y le devuelve su tesoro.

Cabizbaja sale al jardín. Al otro lado de la valla está la vecina, Josefina, que le pellizca cariñosamente la mejilla.

—¿Qué te pasa, Irene, preciosa? Tienes una cara de pescado hervido que asusta.

—Es que Marcos dice que esto no vale para nada —Y le enseña su tesoro de valor incalculable, que ya no tiene ningún valor.

La vecina lo mira y, de repente, es ella la que pone ojos de pescado hervido. Y le cuenta no sé qué de un antiguo novio, que siempre le escribía y perfumaba las cartas. Cartas larguísimas llenas de «terroncitos de azúcar», de «miradas de caramelo», de «besos de café con leche», de «caricias de miel»…

Irene, empachada, se marcha a dar una vuelta. ¡Ahora sí que ya no entiende nada! Su tesoro de valor incalculable, que ya no vale para nada, resulta que es más dulce que una piruleta de pastel de chocolate blanco. ¡Ecs!

—¿Qué llevas en la mano, Irene? —pregunta Pedro, el cartero.

—No mucho. Un tesoro de valor incalculable, que ya no vale para nada y que es más dulce que una piruleta de pastel de chocolate blanco.

—¿Me lo dejas ver? —pide curioso Pedro.

Irene abre la mano, ya sin muchas esperanzas. Pedro sonríe. Sonríe tanto, que su boca parece un buzón boquiabierto.

—¡Caramba, Irene! ¡Pero si esto es una varita mágica!, ¡un pozo de los deseos!, ¡la lámpara de Aladino! ¡Qué hallazgo!

Irene lo mira dubitativa, pero Pedro, muy serio, le explica que aquel cuadradito tan pequeño es un teléfono directo que la comunicará con su hada madrina, pero que solo él es capaz de hacerlo funcionar, así que se lo tendrá que dar. Y entonces le pregunta quién es su hada madrina.

—Hombre, hada, hada no sé si es, pero mi madrina es la abuela Mercedes, la que vive en el pueblo —le aclara Irene.

—¡Ah!, ya sé. Vamos bien. Y ahora el deseo. Toma, escribe lo que más te gustaría tener en el mundo en este papel…

Al cabo de cinco días, suena el timbre. Irene sale volando, directa hacia la entrada.

—¡Ya abro yo! ¡Ya abro yo!

—Antes pregunta quién es —dice la madre.

Pero ya es demasiado tarde, Irene ha abierto la puerta y encuentra a la abuela Mercedes plantada en el jardín. De su mano, cuelgan unas riendas y las riendas tiran de un caballo que lleva un gran lazo en la cola.

—¡Es mi deseo, es mi deseo! —grita sin parar Irene mientras brinca.

Miula, mamá, papá y Marcos, al oír sus gritos, se asoman para ver qué ocurre y se encuentran a Irene y a la abuela en el porche, sentadas en el viejo balancín. Además del caballo, la abuela le ha llevado otra sorpresa: una cajita llena a rebosar de sellos de correo.

—¡Oh!, son todos como el tesoro que encontré bajo el sofá—Se maravilla Irene.

—Sí —sonríe la abuela Mercedes— Son tesoros. Y valen tanto como tú los quieras hacer valer.

Y mientras acaricia su cabeza le dice:

—Escríbeme a menudo, linda, y cuéntame todos tus deseos.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Un tesoro bajo el sofá» con la voz de Angie Bello Albelda

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Sabela y la mariposa

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Ilustración: Claudia Tremblay

Sabela pensaba que tenía mucha suerte de vivir en el campo; así podía adentrarse en el bosque y corretear por los prados, hablar con los animales y descubrir duendes bajo las setas o hadas sobre las flores.

Un día, mientras vagaba distraída, una mariposa decidió descansar sobre su hombro. Sabela se quedó muy quieta, para no asustarla; después, giró despacio la cabeza y las dos se observaron con cautela.

—¡Hola, mariposa! —le dijo la niña—, me llamo Sabela y quiero saber si eres feliz como yo.

La mariposa contestó con un «No» triste y rotundo.

—¿Pero por qué? Tus alas son tan bellas que son la envidia de otros insectos voladores.

—No te quiero engañar, pequeña, en realidad, mis alas son transparentes, como las de la mayoría de mis compañeros, pero las adorno con diminutas escamitas de colores. Vamos, acerca tu dedo y acaricia una de ellas.

La niña pasó delicadamente el dedo por la superficie aterciopelada y, al retirarlo, descubrió que estaba cubierto del mismo fino polvo azul que exhibía el ala que había acariciado.

Sabela, no contenta con ello, insistió:

—Pero aunque tus alas estén disfrazadas, tendrías que sentirte feliz; revoloteando entre las flores te lo pasas muy bien.

—No creas, visito tantas flores porque tengo que alimentarme con su néctar, pero acabo agotada con tanto vuelo.

—De acuerdo, pero al menos vuelas en compañía de mariposas amigas. ¡Yo te he visto con una! Las dos dais vueltas en el aire hasta que decidís reposar juntas.

—Llevas razón, pero eso lo hago porque debo elegir pareja y perpetuar nuestra especie, ¡es una gran responsabilidad!, y, aunque después ya no duraré mucho, esta breve etapa de mi existencia como mariposa es la mejor.

—¿Pero es que no has sido siempre mariposa?

—No, ¡mi vida es más larga y difícil de lo que imaginas! Si quieres te la cuento…

—¡Sí, sí!

—Pues bien, nazco de un huevo y, al principio, soy una especie de gusano al que llaman «oruga». Tengo patas gruesas y cortas, unas son verdaderas y otras falsas. Mi cuerpo es tan largo y pesado que si solo tuviera los tres pares verdaderos, me arrastraría por el suelo…

—¡Y podrías ensuciarte!

—Pues bien, me desplazo sobre mis patas y busco la gran cantidad de comida que necesito. Durante este tiempo mi única obligación es crecer y engordar. ¡Me paso el día comiendo! Mastico hojas con unos «dientes» grandes y fuertes llamados «mandíbulas».

—Comer ricas hojas tampoco parece que sea una vida tan terrible…

—No creas. Como mi cuerpo es rico en grasas y proteínas, me convierto en un manjar exquisito para muchos animales y mi vida corre grave peligro, así que me protejo con largos pelos y sustancias irritantes que les resultan muy desagradables. Pero soy una oruga buena y los aviso con mis vivos colores. Aun así, ellos se las saben todas y tienen muchos trucos para alcanzarme.

—¡Pobrecita! Pero no entiendo cómo naciendo gusano eres ahora una preciosa mariposa.

—¡Paciencia! Verás, cuando ya no puedo crecer ni engordar más como oruga, busco un lugar agradable para instalarme y construyo una casita en la que refugiarme durante un tiempo.

—¡¿Sola?! ¡Ahora sí que te aburrirás! Te echarás a dormir, claro.

—Parece que duermo, pero mi actividad es grande. Utilizo todas mis energías para la gran transformación que voy a sufrir.

—¿Y te sigues llamando oruga?

—No, ahora me llaman «crisálida» o «pupa» y mi cuerpo experimenta importantes cambios. Por ejemplo, como en mi refugio no necesito desplazarme ni tampoco corro peligro de servir de bocado a nadie, me voy deshaciendo de mis patas falsas y de mis «armas» defensivas. Los «dientes» de mi boca, esas dos toscas mandíbulas con las que tantas hojas comí, se van a convertir —junto con otras piezas nuevas—, en una fina y larga trompa que se estira y se enrolla en espiral.

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—¡La que utilizas para alcanzar el néctar de las flores!

—¡Muy bien, Sabela! Se llama «espiritrompa» y es mi nuevo aparato bucal. Además, hay otros cambios. Si te fijas, comprobarás que sobre mi cabeza tengo ahora antenas y antes no las tenía.

—¡Es verdad! ¿Para qué sirven?

—En ellas residen sentidos tan importantes como el olfato, el tacto y la orientación; ¡sin mis antenas no podría vivir! Y para que sucedan tantos cambios en mi cuerpo, voy consumiendo las reservas de alimento que acumulé cuando era oruga. Además, cuando abandone mi refugio de crisálida, seré ligera y estilizada y tendré alas para volar, así que también tengo que fabricar unas.

—¡Y haces todo eso sin que nadie se entere, encerrada en tu casita!

—Claro, Sabela, mi niña amiga, si no… ¿cómo conseguir transformarme en mariposa? Cuando mis alas están formadas, mi vida como crisálida finaliza. Entonces, poco a poco y con cuidado, abro las puertas de mi refugio y recupero mi libertad. La luz ciega mis ojos y mis alas, húmedas, están arrugadas y plegadas sobre mi cuerpo. Deberé tener un poco de paciencia, y hacerme con el entorno. Al fin, consigo desplegar mis alas e intento volar. Primero, tímidamente; después, me animo tanto que no paro, ¡me encanta desplazarme por el aire y sentir el viento acariciando mi cara!

—Al escucharte, creo que te gusta ser como eres, ¿por qué entonces me has dicho que no eres feliz?

—Mi querida Sabela, estoy triste porque esta fase de mi vida con la que tanto soñé, la que me hace ser una de las más hermosas, gráciles y libres de las criaturas que sobrevuelan los campos, es también la más efímera.

—Mariposa, si quieres sentirte feliz no debes pensar en el mañana, sino en que has conseguido tu sueño. Disfruta de lo que eres ahora y no pienses en el tiempo que te queda por vivir.

Sabela y la mariposa aún permanecieron juntas, pensativas y en silencio, un rato más. Después, la niña siguió con sus juegos campestres mientras la mariposa le dedicaba un revoloteo feliz.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Sabela y la mariposa» con la voz de Angie Bello Albelda

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La niña de los tres maridos

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Ilustración: lestoilesdaz

En la lejana época en la que los caballos hablaban, vivió un padre que tenía una hija a la que nadie ganaba ni en hermosura, ni en inteligencia, pero a la que tampoco ganaba nadie a terca y voluntariosa. Como el hombre la quería tanto, nada de lo que ella hacía o decía le parecía mal, hasta que, un día, se presentaron en su casa tres jóvenes, a cual más guapo, listo y capaz, para pedir la mano de su hija. El padre, después de hablar con cada uno de ellos, dijo que los tres tenían su beneplácito y que, por tanto, tenían permiso para cortejar a la muchacha, que sería la que decidiría con cuál de ellos se habría de casar.

Pasado un tiempo prudencial sin que ella manifestara su predilección, le preguntó el padre a la hija con cuál de los tres se quedaba y ella le contestó que con los tres.

—Pero hijita —dijo el buen hombre—, comprende que lo que dices es inaceptable. No puedes tener tres maridos. Eso es imposible.

—Pues yo los quiero a los tres —contestó la niña sin inmutarse.

El padre volvió a insistir:

—Hija mía, por favor, entra en razón y no me des más quebraderos de cabeza. Te lo vuelvo a preguntar: ¿con cuál de ellos te quieres casar? Alguno habrá que te convenza un poco más.

—Ya te he dicho, papá, que cada uno tiene algo especial que lo hace diferente y, por eso, los quiero a los tres —insistió la niña.

Y no hubo quién pudiera hacerla cambiar de opinión.

El padre empezó a pensar y pensar y a darle vueltas al asunto, que se estaba convirtiendo en un verdadero problema y, a fuerza de mucho cavilar, no halló mejor solución que encargar a los tres pretendientes que se marcharan durante un año entero a recorrer el mundo en busca de un regalo para la niña. Aquel que trajese el mejor y más raro, sería el que se casaría con su hija.

A los tres jóvenes les pareció bien y, sin demora, partieron, no sin antes acordar que una semana antes de cumplirse el plazo establecido, se reunirían para ver qué había encontrado cada uno.

Recorrieron el mundo buscando el obsequio, pero por más vueltas que dieron, ninguno de ellos halló algo que pudiera satisfacer las exigencias del padre. Cuando ya estaba a punto de cumplirse el plazo y aún con las manos vacías, iniciaron el camino de regreso hacia el lugar en el que debían reunirse.

El primero que llegó se sentó a esperar a los otros dos; mientras aguardaba, acertó a pasar por el lugar un viejecito, que se acercó a él y le preguntó si quería comprar un espejito.

Era un espejo de mano como todos los espejos de mano, vulgar y corriente, y el joven le contestó que no, y añadió que para qué querría él semejante espejo.

Entonces el viejecillo le dijo que aunque el espejo podía parecer igual que todos, escondía una virtud, y era que en él se reflejaba la cara de la persona que su dueño deseara ver. El joven lo probó y, al ver que era cierto lo que el viejecillo decía, se lo compró, pagando, sin rechistar, la cantidad que le pidió por él.

El segundo joven estaba a punto de llegar al lugar de la cita, cuando se cruzó con el mismo anciano, el cual le preguntó si deseaba comprarle un frasco de bálsamo.

—¿Bálsamo? ¿Para qué quiero yo un bálsamo? —dijo el joven.

Y el viejecito repuso:

—No joven, no es «un bálsamo», se trata de «el bálsamo», porque tiene la extraña virtud de resucitar a los muertos.

Casualmente, pasaba en aquel momento junto a ellos un cortejo fúnebre y el joven, sin pensárselo dos veces, echó una gota de la misteriosa mixtura en la boca del difunto. Apenas hubo tocado el líquido los labios del finado, este se levantó tan campante, se echó al hombro el ataúd y convidó a sus deudos a merendar a su casa. El joven, visto lo visto, compró al viejecito el milagroso líquido sin regatear.

El tercer pretendiente, entretanto, aún estaba muy lejos del punto de encuentro. Paseaba meditabundo por la orilla del mar, convencido de que los otros dos ya habrían encontrado un buen regalo. Estaba ensimismado en sus pensamientos, cuando vio posarse sobre la arena un gran arcón que las olas habían depositado en la playa. La tapa del arca se abrió y de su interior empezó a salir gente. El último en descender fue el viejecito, que se acercó a él y le propuso que comprara aquella arca.

—¿Y para qué la quiero? —interrogó el joven— Es tan vieja que solo puede utilizarse como leña.

—Te equivocas —dijo el anciano—. Esta arca posee una característica extraordinaria; es capaz de transportar a su dueño y a todos aquellos que lo acompañen a cualquier lugar del mundo en pocos segundos. Si no me crees, pregunta a toda esa gente que venía conmigo, hace solo diez minutos que embarcamos en Pekín.

El joven habló con los pasajeros y descubrió que lo que afirmaba el viejecito era cierto, así que compró el arca, pagando por ella la cantidad solicitada. Después, se metió dentro y pidió ser conducido al punto de encuentro.

Al fin se reunieron los tres, muy satisfechos, en el lugar de la cita.

El primero contó que su presente era un espejo en el que su dueño podía contemplar a la persona que deseara y, para probarlo, pidió ver a la muchacha de la cual estaban los tres enamorados, pero cuál no sería su sorpresa, al ver a la niña muerta y dentro de un ataúd.

El segundo exclamó:

—¡No hay problema! Precisamente, mi obsequio es un bálsamo capaz de resucitar a los muertos. Pero —añadió cariacontecido—, creo que cuando lleguemos ya no quedará nada de ella. ¡El viaje es demasiado largo!

Entonces, el tercero añadió triunfante:

—¡Eso no es un inconveniente! Mi regalo es un arca que nos llevará en un santiamén a casa de nuestra amada.

Y así lo hicieron, entraron juntos en el arca y en un abrir y cerrar de ojos, se plantaron ante la puerta de casa de la niña.

En aquel hogar reinaba la más absoluta tristeza. Todo estaba dispuesto para el entierro y el padre, desconsolado, no se decidía a cerrar el ataúd y dar la orden de enterrar a su hija.

El joven que había comprado el bálsamo se acercó a la niña y vertió en su boca una gota del brebaje. Apenas la muchacha la tuvo sobre sus labios, se levantó rebosante de vida.

Todo el mundo aplaudió y vitoreo al joven pretendiente y, sin dudarlo ni un instante, el padre decidió que aquel sería el que se casaría con su hija. Pero los otros dos protestaron por aquella decisión.

—Debería ser yo el elegido, porque si no hubiese sido por mi espejo, no hubiéramos sabido que había muerto. —dijo el primero.

—Sí, pero no olvidéis que, si no llega a ser por mi arca, ni el espejo ni el bálsamo hubieran servido de nada, puesto que al llegar la hubiésemos encontrado enterrada, así que lo justo es que el elegido sea yo —añadió el otro.

El padre, con gran disgusto, tuvo que reconocer que los tres estaban en lo cierto, así que todo volvía a empezar y tenía que cavilar, de nuevo, cómo solucionar tan gran dilema. Entonces, dirigiéndose a él, dijo la niña:

—¿Lo ves, papá, como los necesito a los tres?

FIN

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La suerte dormida

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Ilustración: Sabin Boykinov

Érase una vez, un muchacho tímido y tranquilo llamado Kenjo que trabajaba solo la tierra en su pequeña propiedad.

Burama, su vecino, era dueño de una gran extensión de terreno y lo ayudaban varios jornaleros.

Al llegar las primeras lluvias, Burama y sus empleados terminaron de sembrar el mijo en dos o tres días. Después, se sentaron a mirar cómo trabajaba Kenjo y a criticar lo lento que era.

Cuando Kenjo terminó de sembrar no se sentó, sino que se puso inmediatamente a deshierbar. Fue entonces cuando los de la finca vecina se dieron cuenta de su error, su granja estaba infestada por una terrible plaga de malas hierbas, así que cuando llegó la época de la cosecha, Kenjo recogió cien sacos de mijo mientras que Burama tuvo que conformarse con la mitad.

Al año siguiente, Burama y sus empleados decidieron trabajar más duramente, pero el resultado fue el mismo. No importaba qué nuevas estrategias intentaran, Kenjo siempre obtenía mejores cosechas. El rico hacendado decidió entonces consultar a un brujo.

El brujo lanzó unas conchas sobre su esterilla. Repitió la operación tres veces y en cada ocasión estudió largamente la disposición en la que caían. Tras un prolongado silencio, al fin habló:

—Hace muchos años que soy brujo y jamás antes fui testigo de una distribución semejante. Cada vez es la misma. Tú quieres saber por qué no puedes ganar a tu vecino, pero las conchas dicen que sí puedes. Aunque también dicen que tu suerte está dormida sobre una alta montaña, en el Este, y que hasta que no emprendas el viaje hacia esa lejana colina y la despiertes no hay nada que hacer.

Burama contó a sus jornaleros lo que había ocurrido y les dijo:

—Mañana partiré en busca de mi suerte. En mi ausencia, cuidad bien de mis tierras.

A la mañana siguiente, emprendió el viaje y anduvo durante un día y medio sin descansar. Al final del segundo día, se encontró con un caníbal que quería comérselo.

—¡No me comas! —suplicó— Vivo en una granja que linda con la de mi vecino Kenjo. Al final de cada cosecha él recolecta más mijo que yo y el hechicero de mi aldea dijo que esto no cambiará porque mi suerte está durmiendo en el Este. Ahora me dirijo a despertarla, por favor, déjame continuar mi camino.

El caníbal estuvo pensando un momento y después dijo:

—He estado en la selva durante muchos años y me he encontrado con montones de cosas extrañas, pero jamás había oído una historia tan extraordinaria. Te dejo marchar con una condición: si encuentras a tu suerte, pregúntale por qué nunca me harto, ni aunque me coma una vaca entera. Vuelve por este camino para darme la respuesta.

Burama le prometió al caníbal que volvería por el mismo camino.

Viajó durante unos días más, hasta que encontró una pequeña cabaña en medio del bosque. Entró y fue recibido por una mujer muy, muy vieja, la cual lo invitó a pasar la noche en su casa. Después de cenar, la anciana le preguntó a Burama por el motivo de su viaje y Burama le relató su historia.

Al terminar, la mujer le dijo:

—Tengo ciento veinte años. He viajado por todo el mundo buscando las historias y la sabiduría de todas las tierras, pero nunca había oído algo así. No estoy diciendo que sea imposible, cualquier cosa puede ser posible hoy día… Si encuentras a tu suerte y puedes despertarla, pregúntale por qué ningún cultivo crece en mis tierras. Cada año intento sembrar verduras, pero nunca crecen. Pregunta a tu suerte qué debo hacer.

Burama le prometió a la anciana que así lo haría y a la mañana siguiente reanudó su camino.

Después de viajar durante tres días más, fue a parar a una gran tierra administrada por un poderoso gobernador. El gobernador había oído hablar de alguien que buscaba su suerte y quiso conocerlo.

—No hace falta que me cuentes tu historia porque ya la sé. He querido verte porque quiero que le preguntes a tu suerte por qué la gente de estas tierras no es feliz desde que yo soy el gobernador. Haz esto por mí y regresa para darme la respuesta. Te recompensaré.

Burama le prometió que haría la pregunta y continuó su camino hacia el Este.

Al cabo de tres días, divisó una alta montaña y decidió subir hasta la cima. Mientras ascendía, vio a una niña dormida. «Esa debe de ser mi suerte —Pensó—. La despertaré»:

—¡Despierta holgazana! —gritó Burama— Por tu culpa las cosas no van como debieran.

La niña se desperezó:

—Es cierto —dijo—, pero ahora ya puedes volver a tu casa porque estoy despierta y todo cambiará.

—Bien, pero antes tengo que hacerte tres preguntas. La primera se refiere a un gobernador que vive cerca de aquí. Su gente no es feliz y quiere saber por qué.

La niña sonrió y dijo:

—Dile a ese «Gobernador» que sabes que es una mujer disfrazada y que hasta que no se muestre tal y como es y revele su secreto, su pueblo no será feliz.

—De acuerdo. Ahora la segunda pregunta. Esta es sobre una mujer vieja que vive en medio del bosque. Nada da fruto en su tierra. ¿Por qué?

—Dile a esa mujer que haga un agujero y saque de su tierra el oro y los diamantes que una vez enterró allí. Después podrá plantar todo lo que desee.

La niña se levantó dispuesta a marcharse, pero Burama la detuvo:

—¡Espera! Tienes que contestarme la última pregunta. Conocí a un caníbal que nunca se harta, ¿qué debe hacer para curarse?

La niña se giró y contestó:

—No creo que comprendas este mensaje: evita a ese caníbal, pero si vuelves a verlo, dile que se coma al hombre más necio del mundo y se curará.

Dicho esto, la niña desapareció entre unos matorrales y Burama emprendió el camino de regreso.

Después de viajar tres días llegó al palacio del gobernador. Se acercó a “él” y le dijo:

—He encontrado a mi suerte y me ha dicho que guardas un secreto: eres una mujer. Hasta que no digas la verdad, tu pueblo será infeliz.

Las lágrimas resbalaron por las mejillas del «Gobernador».

—Eres el único que conoce mi secreto. La historia de cómo llegué a mandar en esta rica tierra es muy larga, si te quedas a mi lado y te casas conmigo, te la contaré.

Burama la saludó con la cabeza mientras se marchaba:

—¡No, no! Yo tengo que regresar y demostrar que soy mejor granjero que mi vecino. ¡Cuéntale a otro tu secreto!

Unos días más tarde, llegó a la casa de la mujer vieja y le dijo que debía cavar y sacar del suelo las barras de oro y los diamantes que había escondido allí y que impedían que crecieran las plantas.

La anciana le dijo a Burama:

—¡Es verdad! Ahora lo recuerdo… ¡Prometí dárselos a quién me ayudara a cavar! Si tú lo haces, todos mis tesoros serán tuyos.

—No, no —dijo Burama—. Lo siento, tengo que marcharme y demostrar que soy mejor granjero que mi vecino. ¡Ya encontrarás a otro que quiera cavar!

Y Burama se marchó a su casa, dejando atrás montañas de oro y diamantes.

Cuando ya estaba cerca de su granja, encontró al caníbal y le contó todo lo que le había sucedido durante el viaje.

-¿Y qué me dices de mi problema? —peguntó el caníbal—, ¿le has preguntado a tu suerte sobre mí?

—Sí. Me dijo que debes comerte al hombre más necio del mundo y sanarás.

El caníbal pensó un instante y, acto seguido, se comió a Burama y su trastorno se curó instantáneamente.

A la mañana siguiente, Kenjo se levantó muy temprano para ir a buscar leña y en un claro del bosque vio una camisa sobre la hierba. Se acercó y la miró atentamente. Sin ninguna duda, era la camisa de su vecino Burama. Mientras la examinaba, vio a una niña que dormía bajo un árbol y la despertó:

—¿Has visto por aquí al hombre que ha perdido esta camisa?

—No te preocupes por esa camisa, tienes mucho que hacer. Debes emprender un viaje hacia el Este. Dentro de tres días encontrarás una pequeña cabaña donde vive una mujer vieja, pregúntale si quiere que caves su tierra para que sus plantas puedan crecer. Acto seguido, ve a la tierra de un gran gobernador, y dile que conoces su secreto, que sabes que es una mujer. Y sobre todo, recuerda una cosa: si durante tu viaje te toparas con un caníbal, ¡no hables con él!

Kenjo siguió las instrucciones al pie de la letra y si todavía vive, es inmensamente rico y feliz junto a la Gobernadora.

FIN

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La oreja delatora

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Ilustración: tobiee

Era un leñador muy pobre que todos los días salía al monte a cortar leña. Un día, clavó el hacha en un viejo tronco y de pronto, del interior del aquel árbol, salió un gigante que le dijo:

—¿Qué haces? Este árbol es mi casa, ¿cómo te atreves a cortarlo?

El leñador, asustado, respondió:

—Yo no sabía que esta era tu casa. Por favor, señor Gigante, no me hagas daño.

—Está bien —dijo el gigante—, tal vez no te haga nada. Pero antes de decidirme, dime, ¿cuántos hijos tienes?

—Tengo dos hijas. Vengo al bosque para cortar leña y poder darles de comer. Mi esposa es costurera y con la costura y la leña apenas ganamos para sostenernos todos.

—Está bien, te perdono la vida y te regalo una bolsa llena de monedas de oro si me traes a tu hija mayor para que sea mi sirvienta. Piénsalo, y mañana vuelve aquí con tu hija o con la bolsa de oro. ¡No intentes engañarme porque te encontraré y te comeré!

El leñador cogió la bolsa y al llegar a su casa contó lo que le había sucedido.

La hija mayor se avino al trato y, al día siguiente, su padre la acompañó hasta el árbol que había intentado talar. En el árbol había una gran puerta y tras ella una larga escalinata que descendía bajo tierra, al final de la cual se encontraba la casa del gigante.

Al llegar abajo, el gigante, que ya la estaba esperando, le dijo:

—Si me obedeces en todo, algún día serás dueña y señora de todo lo que tengo. Y lo primero que debes hacer es comerte esta oreja cruda —le dijo—. Ahora me tengo que ir. Si al volver no te la has comido, te mataré.

—¡Qué asco! —pensó la muchacha al ver que era una oreja humana y cuando el gigante se marchó, tiró la oreja al pozo.

Al volver, el gigante le preguntó:

—¿Ya te has comido la oreja?

—Sí, enterita y cruda; tal y como me has dicho.

—Veamos si es verdad. ¡Oreja! ¡Orejita!

—¿Qué quieres? —contestó la oreja

—¿Dónde estás, oreja?

—Aquí, en el pozo.

—¿No decías que te la habías comido? ¡Ahora verás!

El gigante la encerró en un cuarto y le cortó la cabeza.

Al día siguiente, el gigante fue a buscar al leñador, que estaba cortando leña en el bosque, y le dijo:

—Te daré otra bolsa de oro si me traes a tu hija pequeña. La otra dice que no puede estar sin ella.

El padre, aunque muy triste, fue a buscar a Marieta, que así se llamaba su hija pequeña y le dijo:

—Tu hermana te añora.

—¡Y yo también a ella!

Los dos se dirigieron al árbol donde vivía el gigante, que ya los esperaba. Cuando llegaron a la casa, el gigante le dijo a la niña:

—Tu hermana ha tenido que ausentarse, pero si tú me obedeces en todo hasta que ella regrese, algún día serás dueña y señora de todas mis riquezas. Y lo primero que has de hacer es comerte esta oreja cruda. Ahora me tengo que ir, y si al volver no te la has comido, te mataré.

Marieta, al no ver a su hermana, tuvo miedo, pero disimuló y contestó:

—Muy bien, después me la comeré.

Al marcharse el gigante, decidió esconder la oreja entre sus ropas. La puso en su cinturón y se lo ciñó bien fuerte, para que no se le cayera.

Cuando volvió el gigante preguntó:

—¿Ya te has comido la oreja?

—Sí, estaba muy rica.

—Veamos si es verdad. ¡Oreja! ¡Orejita!

—¿Qué quieres? —contestó la oreja

—¿Dónde estás, oreja?

—En la barriga de Marieta.

Al oír esto, el gigante se puso muy contento:

—Ya eres la dueña de todo lo que tengo. Aquí tienes mis llaves. Solo tienes prohibido abrir esa puerta —le dijo señalando el cuarto donde la hermana de Marieta había perdido la cabeza.

Al día siguiente, cuando se marchó el gigante, La niña se preguntó: «¿Por qué no podré abrir ese cuarto?». Y su curiosidad pudo más que su temor.

Cuando abrió, vio que un gran charco de sangre cubría el suelo de la estancia y se asustó tanto, que se le cayó la llave y se manchó.

Se agachó para recogerla y al levantarse, vio que había muchos cuerpos y junto a cada uno de ellos había una cabeza cortada. Entre todos ellos, reconoció con tristeza el de su hermana mayor. También vio una mesa en la que había una botella que contenía un extraño líquido verde, brillante y espeso. En la etiqueta se leía:

Pegamento extrafuerte de cabezas.
Aplicar una sola gota.

.

De pronto, oyó que el gigante empezaba a bajar las escaleras y salió corriendo de allí. Intentó limpiar la llave, pero no hubo forma de quitar la mancha. El gigante seguía acercándose, así que a Marieta se le ocurrió pincharse en un dedo con un alfiler y frotar con su sangre la llave que abría el cuarto prohibido justo en el momento que entraba el gigante y preguntaba:

—¿Ya has visto toda la casa?

—Sí.

—¿Entraste en el cuarto prohibido?

—No

—¡Enséñame la llave!

Al ver la llave manchada, se enfureció:

—¿Y esta mancha?

Marieta, mostrándole el dedo, le dijo:

—Me pinché en un dedo y me salió sangre.

El gigante quedó satisfecho con la explicación y le otorgó su total confianza.

Al día siguiente, el gigante salió de nuevo; dijo que se marchaba de viaje y que tardaría tres días en volver.

Marieta, tras asegurarse de que el gigante no mentía y que de verdad se marchaba porque ahora ya confiaba en ella, volvió corriendo al cuarto prohibido, cogió la botella, echó una gota del líquido prodigioso en la cabeza de su hermana y la unió a su cuerpo y ella, por arte de magia, despertó como si nada hubiera pasado y las dos se abrazaron muy contentas.

A continuación, entre las dos, fueron uniendo los cuerpos y las cabezas del resto de la gente que allí había y todos volvieron a la vida.

Estaban tan furiosos por lo que les había hecho el gigante, que esperaron escondidos a que regresara y entre todos acabaron con él.

Acto seguido, Marieta, que tenía todas las llaves, abrió la puerta donde el gigante guardaba su ingente tesoro y lo repartió.

Cargados con las inmensas riquezas, cada uno regresó a su hogar y, desde aquel día, ninguno de ellos volvió a tener nunca más preocupaciones.

FIN

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El traje nuevo del Emperador

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Ilustración: roweig

Hace muchos años vivió un emperador al que le gustaba tanto estrenar trajes, que gastaba todo el dinero en vestir con la mayor elegancia.

No pasaba revista a las tropas, no iba al teatro, y solo paseaba por sus posesiones cuando tenían que lucir uno de sus trajes nuevos.

Para cada hora del día, tenía una vestimenta distinta y así como se suele decir de un rey que “está en su gabinete”, de él decían:

—Está en su guardarropa.

El Emperador vivía en la ciudad más cosmopolita y bulliciosa del reino. En ella recalaban a diario gentes procedentes de los más diversos lugares.

Un buen día, llegaron dos truhanes que se hacían pasar por tejedores. Afirmaban que eran capaces de tejer el paño más maravilloso de la tierra. No solo los colores y el dibujo eran extraordinarios, sino que la ropa confeccionada con aquella tela poseía la milagrosa virtud de ser invisible para todo aquel que no desempeñaba bien su oficio o para el que era irremediablemente tonto.

«¡Qué ropajes tan estupendos se podrían hacer con ese tejido! —pensó el Emperador—. Si los vistiera, sabría qué cortesanos no merece su cargo. ¡Podría distinguir entre los listos y los tontos! ¡Sí!, quiero que me tejan esa tela de inmediato». Y pagó una desorbitada cantidad de dinero a los dos pícaros para que, cuanto antes, se pusieran manos a la obra.

Los dos hombres montaron un telar y simulaban trabajar en él, aunque lo cierto es que estaba completamente vacío. Pidieron que les llevaran las más finas sedas e hilos del mejor oro, que se apresuraron a guardar a buen recaudo, mientras seguían simulando trabajar hasta bien entrada la noche.

«¡Cómo me gustaría saber si avanzan con mi tejido!», pensó el Emperador. Pero lo tenía preocupado saber que un hombre tonto o inepto para su cargo no podría ver lo que estaban tejiendo. Y aunque no temía por sí mismo, por si las moscas, prefirió enviar primero a otro para comprobar cómo marchaban las cosas, ya que en la ciudad todos conocían la virtud de aquella tela y estaban impacientes por comprobar lo tontos e incapaces que eran los demás. «Enviaré a mi viejo ministro a los telares, es un hombre honrado, tiene talento y desempeña su cargo a la perfección».

El anciano ministro se presentó en el lugar en el que los dos embaucadores estaban trabajando en los telares vacíos . «¡Ay, ay, ay! ¡Vaya situación!» —pensó el ministro para sus adentros, abriendo los ojos como platos— «¡No veo nada!». Pero nada dijo.

Los dos truhanes le rogaron que se acercara y, señalando el telar vacío, le preguntaron si color y dibujo eran de su agrado. El pobre ministro, ojiplático por la sorpresa, seguía sin ver nada, puesto que nada había. «¡Dios mío!, ¿seré tonto? ¡Nunca lo hubiera imaginado! ¡Nadie tiene que saberlo! ¿Y si no sirvo para mi cargo? No me conviene decir que no veo la tela».

—¿Qué?, ¿no decís nada? —preguntó uno de los tejedores.

—¡Oh!, ¡precioso, precioso! —respondió el ministro mirando con sus lentes—. ¡Qué dibujo! ¡Qué colores! Desde luego que le contaré al Emperador cuánto me ha gustado.

—¡Qué alegría! —respondieron los dos tejedores, nombrado los colores y describiendo los dibujos. El anciano prestó mucha atención para poder repetir al Emperador todas las explicaciones; y así lo hizo.

Los dos estafadores pidieron más dinero, más seda y más oro, puesto que lo necesitaban para el tejido. Todo iba a parar a sus bolsillos, pues ni una hebra se empleó en el telar, y ellos continuaban, como antes, trabajando en el telar vacío.

Poco después, el Emperador envió a otro funcionario de su confianza para que inspeccionara la tela y para informarse de si pronto estaría lista. Al segundo le ocurrió lo mismo que al primero; miró y remiró, pero como en el telar no había nada, nada vio.

—Hermosa pieza de tejido, ¿verdad? —preguntaron los dos tramposos, señalando y explicando el precioso dibujo inexistente.

«Tonto no soy, -se dijo el hombre-, ¿será entonces que no valgo para mi empleo? ¡Es preciso que nadie se dé cuenta!» Y alabó el tejido que no veía, mostrándose entusiasmado por los preciosos colores y el soberbio dibujo.

—¡Es de verdad maravilloso! —le dijo al Emperador.

Tanto se hablaba en la ciudad de la magnífica tela, que el Emperador quiso verla con sus propios ojos mientras estaba en el telar. En compañía de algunos cortesanos escogidos, entre los que se encontraban los que ya habían ido a ver la tela, fue a visitar a los dos pícaros, los cuales continuaban muy afanosos tejiendo, aunque sin hebras ni hilos.

—¿Verdad que es admirable? —preguntaron los dos honrados dignatarios que ya habían visitado los telares—. Fíjese Vuestra Majestad en estos colores y estos dibujos —Y señalaban el telar vacío, creyendo que los demás veían la tela.

—¿No os parece magnífica la tela, Majestad? —le preguntaron también los dos truhanes señalando hacia el telar vacío— ¿Habéis visto los vivos colores y el magnífico dibujo?

«¡Diablos! —se dijo el Emperador—, ¡no veo nada! ¡Es terrible! ¿Soy tonto o quizá no sirvo para ser emperador? ¡Eso sería espantoso!»

—¡Oh, qué maravilla! —dijo—. Tenéis mi aprobación —Y asentía satisfecho mientras miraba el telar vacío.

Su séquito miraba y remiraba, y nadie sacaba nada en limpio; pero exclamaban como el Emperador: «¡Oh, qué maravilla!»  Y le aconsejaron que estrenase los vestidos confeccionados con aquella tela en el desfile que estaba a punto de celebrarse.

—¡Preciosa! ¡Magnífica! ¡Excelente! —corría de boca en boca. Y todo el mundo parecía extasiado con aquella tela.

El Emperador concedió sendas condecoraciones a los dos truhanes para que las lucieran en el ojal y les otorgó el título de «Tejedores imperiales».

Durante la noche que precedió al desfile, los dos embaucadores estuvieron levantados, con más de dieciséis velas encendidas, para que la gente viese lo atareados que estaban tratando de terminar el traje nuevo del Emperador. Después, fingieron quitar la tela del telar, cortarla con grandes tijeras y coserla con agujas sin hilo y, por último, proclamaron entusiasmados:

—¡Mirad, el traje está listo!

El Emperador en persona, acompañando de sus caballeros principales, acudió al taller. Los dos truhanes, levantando los brazos como si sostuviesen algo, dijeron:

—¡Aquí tenéis los calzones! Esta es la casaca. ¡Y el manto! Prendas tan ligeras, que parecen de telaraña. Podría creerse que uno no lleva nada sobre el cuerpo y esa es, precisamente, su virtud.

—¡Así es! —asintieron todos los cortesanos, aunque no veían nada, porque nada había.

—Majestad, ¿querréis dignaros a despojaros de vuestras vestiduras —pidieron los dos truhanes— para que podamos probaros las nuevas ante el espejo?

Se despojó el Emperador de sus prendas y ellos fingieron vestirlo con sus ropajes nuevos mientras el Monarca todo era hacer poses ante el espejo.

—¡Hay que ver lo bien que le sienta! ¡Le queda estupendamente! —exclamaban todos—. ¡Qué dibujos! ¡Qué colores! ¡Es un traje precioso!

—En la calle ya aguarda el palio bajo el cual irá Vuestra Majestad durante el desfile —anunció el Maestro de Ceremonias.

—¡Estoy listo! —dijo el Emperador—. ¿Verdad que me sienta bien? —Y se volvió una vez más a mirar en el espejo, para que todos creyeran que veía el vestido.

Los ayudas de cámara encargados de sujetar la cola tantearon el suelo e hicieron como si la levantaran, avanzando mientras la sujetaban en el aire; por nada del mundo hubieran confesado que no veían nada.

Así empezó a andar el Emperador, bajo el suntuoso palio, mientras el gentío, desde la calle y las ventanas, exclamaba:

—¡El traje nuevo del Emperador es magnífico! ¡Qué cola tan preciosa! ¡Qué maravilla y qué bien le sienta!

Nadie quería que los demás se diesen cuenta de que nada veía, pues si así fuera, es que era tonto o inútil para su oficio. Ninguno de los trajes del Emperador había tenido tanto éxito.

De pronto, entre el gentío se oyó la voz de una niña:

—Papá, ¿no te parece a ti que va desnudo? —preguntó mientras señalaba al Emperador.

—¡Dios bendito!, escuchad la voz de la inocencia —dijo su padre.

Y todo el mundo fue repitiendo por lo bajo lo que acababa de decir la pequeña.

—¡Va desnudo! —gritó al fin todo el pueblo al unísono.

Aquello inquietó al Emperador, pues sospechaba que era cierto, pero pensó: «Habrá que aguantar así hasta el final del desfile».

Y siguió andando como si no oyera nada, con la barbilla muy alta, más altivo si cabe que antes, mientras los chambelanes, avergonzados, continuaban sujetando una cola que no existía.

FIN

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