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El traje nuevo del Emperador

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Ilustración: roweig

Hace muchos años vivió un emperador al que le gustaba tanto estrenar trajes, que gastaba todo el dinero en vestir con la mayor elegancia.

No pasaba revista a las tropas, no iba al teatro, y solo paseaba por sus posesiones cuando tenían que lucir uno de sus trajes nuevos.

Para cada hora del día, tenía una vestimenta distinta y así como se suele decir de un rey que “está en su gabinete”, de él decían:

—Está en su guardarropa.

El Emperador vivía en la ciudad más cosmopolita y bulliciosa del reino. En ella recalaban a diario gentes procedentes de los más diversos lugares.

Un buen día, llegaron dos truhanes que se hacían pasar por tejedores. Afirmaban que eran capaces de tejer el paño más maravilloso de la tierra. No solo los colores y el dibujo eran extraordinarios, sino que la ropa confeccionada con aquella tela poseía la milagrosa virtud de ser invisible para todo aquel que no desempeñaba bien su oficio o para el que era irremediablemente tonto.

«¡Qué ropajes tan estupendos se podrían hacer con ese tejido! —pensó el Emperador—. Si los vistiera, sabría qué cortesanos no merece su cargo. ¡Podría distinguir entre los listos y los tontos! ¡Sí!, quiero que me tejan esa tela de inmediato». Y pagó una desorbitada cantidad de dinero a los dos pícaros para que, cuanto antes, se pusieran manos a la obra.

Los dos hombres montaron un telar y simulaban trabajar en él, aunque lo cierto es que estaba completamente vacío. Pidieron que les llevaran las más finas sedas e hilos del mejor oro, que se apresuraron a guardar a buen recaudo, mientras seguían simulando trabajar hasta bien entrada la noche.

«¡Cómo me gustaría saber si avanzan con mi tejido!», pensó el Emperador. Pero lo tenía preocupado saber que un hombre tonto o inepto para su cargo no podría ver lo que estaban tejiendo. Y aunque no temía por sí mismo, por si las moscas, prefirió enviar primero a otro para comprobar cómo marchaban las cosas, ya que en la ciudad todos conocían la virtud de aquella tela y estaban impacientes por comprobar lo tontos e incapaces que eran los demás. «Enviaré a mi viejo ministro a los telares, es un hombre honrado, tiene talento y desempeña su cargo a la perfección».

El anciano ministro se presentó en el lugar en el que los dos embaucadores estaban trabajando en los telares vacíos . «¡Ay, ay, ay! ¡Vaya situación!» —pensó el ministro para sus adentros, abriendo los ojos como platos— «¡No veo nada!». Pero nada dijo.

Los dos truhanes le rogaron que se acercara y, señalando el telar vacío, le preguntaron si color y dibujo eran de su agrado. El pobre ministro, ojiplático por la sorpresa, seguía sin ver nada, puesto que nada había. «¡Dios mío!, ¿seré tonto? ¡Nunca lo hubiera imaginado! ¡Nadie tiene que saberlo! ¿Y si no sirvo para mi cargo? No me conviene decir que no veo la tela».

—¿Qué?, ¿no decís nada? —preguntó uno de los tejedores.

—¡Oh!, ¡precioso, precioso! —respondió el ministro mirando con sus lentes—. ¡Qué dibujo! ¡Qué colores! Desde luego que le contaré al Emperador cuánto me ha gustado.

—¡Qué alegría! —respondieron los dos tejedores, nombrado los colores y describiendo los dibujos. El anciano prestó mucha atención para poder repetir al Emperador todas las explicaciones; y así lo hizo.

Los dos estafadores pidieron más dinero, más seda y más oro, puesto que lo necesitaban para el tejido. Todo iba a parar a sus bolsillos, pues ni una hebra se empleó en el telar, y ellos continuaban, como antes, trabajando en el telar vacío.

Poco después, el Emperador envió a otro funcionario de su confianza para que inspeccionara la tela y para informarse de si pronto estaría lista. Al segundo le ocurrió lo mismo que al primero; miró y remiró, pero como en el telar no había nada, nada vio.

—Hermosa pieza de tejido, ¿verdad? —preguntaron los dos tramposos, señalando y explicando el precioso dibujo inexistente.

«Tonto no soy, -se dijo el hombre-, ¿será entonces que no valgo para mi empleo? ¡Es preciso que nadie se dé cuenta!» Y alabó el tejido que no veía, mostrándose entusiasmado por los preciosos colores y el soberbio dibujo.

—¡Es de verdad maravilloso! —le dijo al Emperador.

Tanto se hablaba en la ciudad de la magnífica tela, que el Emperador quiso verla con sus propios ojos mientras estaba en el telar. En compañía de algunos cortesanos escogidos, entre los que se encontraban los que ya habían ido a ver la tela, fue a visitar a los dos pícaros, los cuales continuaban muy afanosos tejiendo, aunque sin hebras ni hilos.

—¿Verdad que es admirable? —preguntaron los dos honrados dignatarios que ya habían visitado los telares—. Fíjese Vuestra Majestad en estos colores y estos dibujos —Y señalaban el telar vacío, creyendo que los demás veían la tela.

—¿No os parece magnífica la tela, Majestad? —le preguntaron también los dos truhanes señalando hacia el telar vacío— ¿Habéis visto los vivos colores y el magnífico dibujo?

«¡Diablos! —se dijo el Emperador—, ¡no veo nada! ¡Es terrible! ¿Soy tonto o quizá no sirvo para ser emperador? ¡Eso sería espantoso!»

—¡Oh, qué maravilla! —dijo—. Tenéis mi aprobación —Y asentía satisfecho mientras miraba el telar vacío.

Su séquito miraba y remiraba, y nadie sacaba nada en limpio; pero exclamaban como el Emperador: «¡Oh, qué maravilla!»  Y le aconsejaron que estrenase los vestidos confeccionados con aquella tela en el desfile que estaba a punto de celebrarse.

—¡Preciosa! ¡Magnífica! ¡Excelente! —corría de boca en boca. Y todo el mundo parecía extasiado con aquella tela.

El Emperador concedió sendas condecoraciones a los dos truhanes para que las lucieran en el ojal y les otorgó el título de «Tejedores imperiales».

Durante la noche que precedió al desfile, los dos embaucadores estuvieron levantados, con más de dieciséis velas encendidas, para que la gente viese lo atareados que estaban tratando de terminar el traje nuevo del Emperador. Después, fingieron quitar la tela del telar, cortarla con grandes tijeras y coserla con agujas sin hilo y, por último, proclamaron entusiasmados:

—¡Mirad, el traje está listo!

El Emperador en persona, acompañando de sus caballeros principales, acudió al taller. Los dos truhanes, levantando los brazos como si sostuviesen algo, dijeron:

—¡Aquí tenéis los calzones! Esta es la casaca. ¡Y el manto! Prendas tan ligeras, que parecen de telaraña. Podría creerse que uno no lleva nada sobre el cuerpo y esa es, precisamente, su virtud.

—¡Así es! —asintieron todos los cortesanos, aunque no veían nada, porque nada había.

—Majestad, ¿querréis dignaros a despojaros de vuestras vestiduras —pidieron los dos truhanes— para que podamos probaros las nuevas ante el espejo?

Se despojó el Emperador de sus prendas y ellos fingieron vestirlo con sus ropajes nuevos mientras el Monarca todo era hacer poses ante el espejo.

—¡Hay que ver lo bien que le sienta! ¡Le queda estupendamente! —exclamaban todos—. ¡Qué dibujos! ¡Qué colores! ¡Es un traje precioso!

—En la calle ya aguarda el palio bajo el cual irá Vuestra Majestad durante el desfile —anunció el Maestro de Ceremonias.

—¡Estoy listo! —dijo el Emperador—. ¿Verdad que me sienta bien? —Y se volvió una vez más a mirar en el espejo, para que todos creyeran que veía el vestido.

Los ayudas de cámara encargados de sujetar la cola tantearon el suelo e hicieron como si la levantaran, avanzando mientras la sujetaban en el aire; por nada del mundo hubieran confesado que no veían nada.

Así empezó a andar el Emperador, bajo el suntuoso palio, mientras el gentío, desde la calle y las ventanas, exclamaba:

—¡El traje nuevo del Emperador es magnífico! ¡Qué cola tan preciosa! ¡Qué maravilla y qué bien le sienta!

Nadie quería que los demás se diesen cuenta de que nada veía, pues si así fuera, es que era tonto o inútil para su oficio. Ninguno de los trajes del Emperador había tenido tanto éxito.

De pronto, entre el gentío se oyó la voz de una niña:

—Papá, ¿no te parece a ti que va desnudo? —preguntó mientras señalaba al Emperador.

—¡Dios bendito!, escuchad la voz de la inocencia —dijo su padre.

Y todo el mundo fue repitiendo por lo bajo lo que acababa de decir la pequeña.

—¡Va desnudo! —gritó al fin todo el pueblo al unísono.

Aquello inquietó al Emperador, pues sospechaba que era cierto, pero pensó: «Habrá que aguantar así hasta el final del desfile».

Y siguió andando como si no oyera nada, con la barbilla muy alta, más altivo si cabe que antes, mientras los chambelanes, avergonzados, continuaban sujetando una cola que no existía.

FIN

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La niña sabia

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Ilustración: YaninSalas

Dos hombres viajaban juntos por el mismo camino. Uno de ellos era pobre y montaba una yegua; el otro era muy rico y montaba un caballo.

Ambos se detuvieron a pasar la noche en la misma posada y dejaron a los dos animales juntos en la cuadra. Mientras todos dormían, la yegua del pobre alumbró un potro y este, después de dar un par de pasos, se fue a acurrucar junto al caballo del rico.

A la mañana siguiente, el rico despertó a todo el mundo con sus gritos:

—¡Levantaos! ¡Mirad! A mi caballo le ha nacido un potro.

El pobre se levantó y al ver lo ocurrido exclamó:

—¡Eso no puede ser! ¿Dónde se ha visto que de un caballo nazca un potro? El potro es de mi yegua.

El rico repuso:

—Si lo hubiese parido tu yegua, estaría a su lado y no junto a mi caballo.

Discutieron largo tiempo sin llegar a un acuerdo y al fin se dirigieron a los Tribunales. El rico sobornaba a los jueces para que le dieran la razón y el pobre solo podía apoyarse en la lógica.

Tanto se enredó aquel pleito, que la cuestión llegó hasta el mismísimo zar, quien mandó llamar a los dos hombres y les propuso cuatro enigmas para poder impartir después justicia:

—¿Qué es lo más fuerte y rápido del mundo?

—¿Qué es lo más ancho y nutritivo?

—¿Qué es lo más blando y suave?

—¿Qué es lo más agradable?

Después les advirtió:

—Tenéis tres días para resolver estas cuestiones. Al cuarto día, venid a darme las respuestas. Después, decidiré quien se ha de quedar el potro.

El rico se acordó de que tenía una vecina con fama de ser muy lista y se dirigió hacia su casa para pedirle consejo. Cuando la mujer vio su cara turbada, le preguntó:

—¿Por qué estás tan preocupado, vecino?

—Porque tengo tres días para resolver cuatro enigmas que me ha planteado el zar.

—Veamos qué enigmas son esos.

—El primero: ¿qué es en el mundo lo más fuerte y rápido?

—¡Vaya tontería! ¡Mi yegua! No hay nada más rápido ni más fuerte en este mundo.

—El segundo: ¿qué es lo más ancho y nutritivo?

—¡Vaya tontería! ¡Mi cerdo! Llevo tiempo dándole de comer y está tan ancho que ya no cabe en la porqueriza. Cuando lo mate, será lo más nutritivo del mundo.

—El tercero: ¿qué es lo más blando y suave?

—¡Vaya tontería! ¡Mi cama! Mi colchón es de plumas y no hay nada en el mundo más blando y suave.

—El cuarto: ¿qué es lo más agradable?

—¡Vaya tontería! Mi nieta Allochka. Es guapa y lista y en el mundo no hay nadie más agradable que ella.

—¡Muchas gracias! Me has sacado de un gran aprieto. Jamás olvidaré este favor.

Entretanto, el hombre pobre llegó a su casa llorando. Su hija, una niña de siete años, salió a recibirlo y al ver a su padre tan desconsolado le preguntó:

—¿Qué te pasa, querido padre? ¿Por qué lloras?

—¡Ay!, hija mía, el zar me ha planteado cuatro enigmas a los que debo dar respuesta en tres días, y yo no sería capaz de resolverlos ni en tres años.

—Dime qué te ha preguntado.

—¿Qué es en el mundo lo más fuerte y rápido?, ¿qué lo más ancho y nutritivo?, ¿qué lo más blando y suave? y ¿qué lo más agradable?

—¡No te preocupes padre! Cuando te presentes ante el zar respóndele lo siguiente: “Lo más fuerte y rápido es el viento cuando sopla con toda su furia. Lo más amplio y nutritivo, es la tierra, que alimenta a todos los que nacen y viven sobre ella. Lo más suave, la mano que acaricia y que al acostarnos ponemos debajo de la cabeza como si fuera la más blanda almohada. Y ¿qué otra cosa conoce el hombre más agradable que los sueños?”

Pasado el plazo, los dos hombres se presentaron ante el zar. El monarca, después de haberlos escuchado, le preguntó al pobre:

—¿Has resuelto tú solo los enigmas o alguien te ha ayudado?

El pobre contestó:

—Majestad, fue mi hija de siete años la que me dio las respuestas.

—Puesto que tu hija es tan sabia, ve y dale este hilo de seda para que me teja una colcha para mañana.

El campesino tomó el hilo de seda y volvió a su casa más desesperado que antes.

—¡Qué desgracia! —le dijo a la niña—. El zar ordena que tejas con este hilo una colcha para él.

—No te preocupes —contestó ella.

Rompió una escoba, cogió una astilla y dándosela a su padre le dijo:

—Ve a palacio y dile al zar que con esta astilla ordene a su carpintero hacer un telar para que yo pueda tejer su colcha.

El campesino le entregó la astilla al zar y repitió lo que su hija le había dicho. Este, después de escuchar la respuesta, le dijo al campesino:

—Ya que tu hija es tan sabia, dale estos ciento cincuenta huevos para que los empolle y me traiga mañana ciento cincuenta pollos.

El campesino volvió a su casa muy apurado.

—¡Oh hijita!, hemos salido de las brasas para caer en el fuego.

—No estés triste, padre.

Guardó los huevos en la despensa y envió a su padre de vuelta al palacio:

—Dile al zar que para alimentar a los pollitos necesitaré grano. Que ordene labrar el campo, sembrar trigo, recogerlo y trillarlo para que mañana puedan comer cuando rompan el cascarón.

El padre le repitió al zar las palabras de su hija.

—Puesto que tu hija es tan sabia, dile que se presente ante mí. Pero no quiero que venga ni a pie ni a caballo, ni desnuda ni vestida; ni sin regalo, ni con él.

«Esta vez, mi hija no podrá resolver tantas dificultades. ¡Estamos perdidos!», pensó el pobre hombre. Y se dirigió a su casa para contarle a la pequeña lo ocurrido.

—No te apures, padre. Ve al mercado y compra una liebre y una codorniz vivas.

Al día siguiente, la niña se desnudó y se envolvió el cuerpo en una red de pescador, se sentó a lomos de la liebre y con la codorniz en la mano se dirigió al palacio del zar.

Al verla, el zar salió a su encuentro:

—Gran señor, aquí tienes mi regalo.

Al alargar la mano para coger la codorniz, el ave emprendió el vuelo.

—De acuerdo, lo has hecho todo según lo había ordenado. Y ahora contesta una última pregunta para que pueda dictar sentencia: tú y tu padre sois muy pobres, ¿con qué os alimentáis?

—Como no tiene caña de pescar, mi padre atrapa con las manos los peces que nadan en la arena, me los trae a casa y yo cocina sopa con ellos.

—¡Pero mira que eres tonta, niña! ¿De verdad te crees eso? ¡Es imposible que los peces naden en la arena! Los peces solo viven en el agua.

—¿Y tú te crees mucho más listo que yo? ¿Dónde has visto que un caballo pueda dar a luz a un potro?

Avergonzado, el zar contestó:

—Tienes toda la razón.

Y sin más dilación, entregó el potro al hombre pobre.

FIN

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Ricitos de oro y los tres osos

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Ilustración: AlyssaTallent

 Este cuento lo dedicamos a una Pequeña Emperatriz poblada por duendes.

Hace mucho, mucho tiempo, en lo más profundo de un espeso bosque habitaba una familia de osos compuesta por mamá osa, papá oso, y el pequeño osito.

Los tres vivían felices y contentos, lejos de los humanos, en una preciosa cabaña de madera, en la que tenían todas las comodidades que un oso pueda desear.

Un día de primavera, estaba toda la familia sentada alrededor de la mesa y a punto de comer una rica y humeante sopa, cuando al llevarse la cuchara a los labios papá oso exclamó:

—¡Ay! ¡Me he quemado!…

—Como la sopa está muy caliente, ¿qué os parece si nos acercamos al río a recoger moras para el postre? —propuso mamá osa.

—¡Sí, sí! ¡Vayamos a buscar moras! —aplaudió entusiasmado el pequeño osito.

Los tres salieron de la cabaña y se dirigieron al río.

No lejos de allí, una niña muy traviesa, a la que todos llamaban Ricitos de oro porque tenía el pelo ensortijado y muy rubio, correteaba en busca de mariposas. Tan entusiasmada estaba persiguiendo a una de brillantes alas rojas que, sin darse cuenta, se internó en la espesura y fue a parar al claro donde estaba la cabaña de los tres osos.

Como Ricitos de oro era muy curiosa, se acercó sigilosamente hasta la casa, miró a través de una de las ventanas y al no ver a nadie, se dirigió a la entrada y empujó la puerta con suavidad. Los osos jamás cierran sus puertas con llave, así que la puerta se abrió y Ricitos de oro, olvidándose de la buena educación, entró sin haber sido invitada.

En el amplio salón, un alegre fuego danzaba en la chimenea y, sobre la amplia mesa de caoba se veían tres platos: uno grande, uno mediano y uno pequeño.

Ricitos de oro se acercó al plato más grande y probó la sopa:

—¡Ay! ¡Quema mucho!

Luego probó la sopa del plato mediano:

—¡Puaj! ¡Está demasiado fría!

Finalmente, probó la del plato más pequeño:

—Mmmmmmmmmmm, ¡está deliciosa!

La encontró tan rica que no dejó ni una gota en el plato.

Al terminar de comer, Ricitos de oro siguió curioseando.

Frente al hogar, vio tres sillas alineadas y se sentó en la más grande:

—¡Demasiado ancha!

Luego se sentó en la mediana:

—¡Demasiado alta!

Después, se sentó en la más pequeña:

—¡Qué cómoda es esta!

Acababa de sentarse cuando, ¡paf!, la silla se rompió en mil pedazos. Ricitos de oro se llevó un susto de muerte, pero no escarmentó y sin detenerse a recoger lo que había roto, siguió fisgando.

Al cabo de un rato, a Ricitos de oro le entró mucho sueño y decidió buscar un lugar confortable en el que poder dormir.

Subió las escaleras y entró en una gran habitación. En ella había tres camas, una junto a otra, cubiertas con preciosas colchas de colores.

Se acostó en la cama más grande:

—¡Demasiado dura!

Luego se acostó en la mediana:

—¡Demasiado blanda!

Cuando se acostó en la más pequeña exclamó:

—¡Esta es perfecta!

Y se quedó dormida como un lirón.

Al poco, regresó la familia de osos, muy contenta y cargada con moras para el postre.

Cuando los tres iban a sentarse a comer, papá oso gruñó enfadado:

—¡Alguien ha comido de mi sopa!

Mamá osa gruñó enfadada:

—¡Alguien ha comido también de mi sopa!

El pequeño osito se quejó:

—¡Alguien ha comido de mi sopa y se la ha terminado!

Los tres osos no sabían qué pensar. Se miraban unos a otros muy extrañados, hasta que mama osa propuso:

—Sentémonos junto al fuego a ver si se nos ocurre algo, porque todo esto es muy misterioso.

Y se dirigieron hacia las tres sillas que se alineaban junto a la chimenea:

—¡Alguien se ha sentado en mi silla! —gruñó  papá oso.

—¡Alguien se ha sentado también en la mía! —gruñó mamá osa.

—Alguien se ha sentado en la mía y la ha roto! —se lamentó el pequeño osito.

Y empezaron a buscar al intruso por toda la casa.

Al entrar en la habitación papá oso gruñó furioso:

—¡Alguien se ha acostado en mi cama!

Mamá osa gruñó furiosa:

—¡Alguien se ha acostado también en la mía!

Llorando, el pequeño osito gruñó tristemente:

—¡Pues alguien está ahora mismo durmiendo en mi cama!

La familia miraba a Ricitos de oro, que en ese preciso instante abrió los ojos y al ver a tres osos que la observaban con severidad, saltó por la ventana abierta de la habitación y no paró de correr hasta llegar a su casa.

Tanto se asustó Ricitos de oro que, desde aquel día, no volvió a entrar en casa de nadie sin ser invitada y muchísimo menos se atrevió a tocar aquello que no era suyo sin antes pedir permiso.

FIN

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La moneda de la felicidad

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Ilustración: Ralf Heynen

Mientras tomaba el desayuno, poco sospechaba Águeda que aquella mañana, al ir al colegio, las cosas no iban a ser como siempre.

Cuando salió de su casa y empezó a andar hacia la escuela, algo llamó su atención: a pocos pasos de donde se encontraba, una moneda dorada relucía sobre la acera.

Se acercó con cautela, miró a derecha e izquierda. Hacia delante y hacia atrás. No había nadie cerca. La moneda parecía no tener dueño. Se agachó, la recogió del suelo y la puso en la palma de su mano para observarla bien.

¡Casi se muere del susto al comprobar que la moneda parecía tener vida y le hablaba!:

—Hola, Águeda, soy la moneda de la felicidad.

—¡Aaaaaaaaaaaaaaah! ¡Pero si hablas! ¿Cómo sabes mi nombre? —le preguntó Águeda a la moneda.

—Porque las monedas de la felicidad somos mágicas.

—¿Y qué tengo que hacer para ser feliz?

—Eso yo no puedo decírtelo, es algo que deberás descubrir tú misma.

Y una vez la moneda hubo dicho esto, se quedó callada y no hubo forma de que respondiera a ninguna de las preguntas que le hizo Águeda.

Justo iba a reemprender el camino hacia la escuela, cuando su madre, que salía de casa camino del trabajo, le dijo sorprendida:

—Águeda, ¡llegarás tarde! ¿Qué haces aquí todavía?

—Mmmmmmmmmmmmm… ¡Se me ha desabrochado el zapato, mamá!, pero ya me marcho —mintió Águeda, por miedo a que le quitara la moneda dorada.

Tan pronto la mentira salió de su boca, Águeda se sintió muy triste por haber engañado a su madre.

Reemprendió el camino hacia la escuela cerrando bien la mano en la que llevaba su preciado tesoro y pensando en cómo podría conseguir la felicidad.

“Si la moneda es de oro –se decía- puedo venderla y obtener mucho dinero a cambio. Con todo lo que consiga, me compraré lo que quiera y seré feliz. Aunque tal vez sea mejor que la guarde, porque si es mágica seguro que se multiplica y, entonces, en lugar de una moneda tendré un gran tesoro y podré comprar más cosas. ¡Compraré todo lo que se me antoje! ¡Y seré la más feliz del mundo!…”

Y pensando, pensando, llegó al colegio muy preocupada, porque no sabía qué hacer con la moneda de la felicidad y porque tenía mucho miedo de perderla o de que se la robaran.

En la escuela, le contó su secreto a su mejor amiga, Laurita, que le dijo:

—¡Déjame ver la moneda!

-¡Mira!

—¡Qué bonita!, ¿me la dejas un rato?

—¡No! ¡Ni pensarlo! ¡Esta moneda es solo mía!

Laurita, muy ofendida, ya no quiso ser amiga de Águeda, así que Águeda se quedó sola y aún más triste que cuando le había mentido a su madre.

Durante la clase no hizo más que mirar la moneda a hurtadillas, así que no aprendió nada y la profesora la riñó. Su tristeza aumentó más si cabe, porque Águeda era muy buena estudiante y solía sacar muy buenas notas.

Después de la escuela, cuando regresaba a su casa cabizbaja y abatida por todo lo que le había ocurrido aquel día, vio a un músico callejero que con los ojos cerrados y una gran sonrisa estaba tocando su viejo violín. Se acercó y se puso a escuchar la dulce melodía. Tan preciosa era la música que Águeda, al oírla, se sintió de repente transportada a otro mundo. Cuando el músico terminó de tocar, pasó su sombrero entre los espectadores y como Águeda no llevaba nada más que su moneda dorada, decidió regalársela al músico.

Justo en el momento en el que la moneda caía en la gorra gris, Águeda sintió que la dicha más completa la embargaba y se sintió alegre; tan alegre como nunca antes se había sentido y, de pronto, comprendió que la verdadera felicidad es tan sencilla, simple y pequeña que no hace falta una moneda dorada para conseguirla.

FIN