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El palacio para romper

Ilustración: ThreePoplarTrees

Hace tiempo, la gente de Busto Arsizio estaba preocupada porque los niños lo rompían todo. No hablamos de las suelas de los zapatos, de los pantalones y de las carteras escolares, no. Rompían los cristales jugando a pelota, rompían los platos en la mesa y los vasos en el bar, y si no rompían las paredes, era únicamente porque no disponían de martillos.

Los padres ya no sabían qué hacer ni qué decirles, y se dirigieron al alcalde.

—¿Les pondremos una multa? —propuso el alcalde.

—¡Muchas gracias! —exclamaron los padres—, pero así, los que tendremos que pagar los platos rotos seremos nosotros.

Afortunadamente, por aquellas partes hay muchos peritos. De cada tres personas una es perito, y todos peritan muy bien. Pero el mejor de todos era el perito Gamberoni, un anciano que tenía muchos nietos y, por lo tanto, tenía una gran experiencia en estos asuntos.

Tomó lápiz y papel e hizo el cálculo de los daños que los niños de Busto Arsizio habían causado rompiendo tantas y tan bonitas cosas. ¡El resultado fue espantoso! ¡Milenta tamanta catorce y treinta y tres!

—Con la mitad de esta cantidad —demostró el perito Gamberoni— podemos construir un palacio y obligar a los niños a que lo hagan pedazos; si no se curan con este sistema, no se curarán jamás.

La propuesta fue aceptada y el palacio fue construido en un cuatro y cuatro ocho y dos diez. Tenía siete pisos de altura y noventa y nueve habitaciones; cada habitación estaba llena de muebles y cada mueble atiborrado de objetos y adornos, eso sin contar los espejos y los grifos.

El día de la inauguración se entregó un martillo a cada niño y, a una señal del alcalde, fueron abiertas las puertas del palacio que había que romper.

Lástima que la televisión no llegara a tiempo para retransmitir el espectáculo. Los que lo vieron con sus ojos y lo oyeron con sus oídos aseguran que parecía, ¡Dios nos libre!, el inicio de la tercera guerra mundial. Los niños iban de habitación en habitación como el ejército de Atila y destrozaban a martillazos todo lo que encontraban a su paso. Los golpes se oían en toda Lombardía y en media Suiza. Niños tan altos como la cola de un gato se habían agarrado a armarios tan grandes como guardacostas y los demolieron escrupulosamente hasta que solo quedó un montoncito de virutas.

Los bebés de los parvularios, tan lindos y graciosos con sus delantalitos rosa y celeste, pisoteaban diligentemente los juegos de café reduciéndolos a un finísimo polvo, con el que se empolvaban la nariz.

Al final del primer día no quedó ni un vaso entero.

Al final del segundo día escaseaban las sillas.

El tercer día los niños se dedicaron a las paredes, empezando por el último piso; pero cuando llegaron al cuarto, agotados y cubiertos de polvo, como los soldados de Napoleón en el desierto, se fueron con la música a otra parte. Regresaron a casa tambaleantes, y se acostaron sin cenar.

Se habían desahogado por completo y no encontraban ya ningún placer en romper nada; de repente, se habían vuelto tan delicados y ligeros como las mariposas, y aunque hubiesen jugado al fútbol en un campo de vasos de cristal no hubiesen roto ni uno solo.

El perito Gamberoni hizo más cálculos y demostró que la ciudad de Busto Arsizio se había ahorrado dos remillones y siete centímetros.

El Ayuntamiento dejó libertad a sus ciudadanos para que hiciesen lo que quisieran con lo que todavía quedaba en pie del palacio. Y entonces pudo verse cómo ciertas personas con carteras de cuero y con gafas de lentes bifocales —magistrados, notarios, consejeros delegados— se armaban de un martillo y corrían a demoler una pared o una escalera, golpeando tan entusiasmados que a cada golpe se sentían rejuvenecer.

—Esto es mejor que discutir con alguien —decían alegremente—, es mejor que romper los ceniceros o el mejor juego de vajilla, regalo de tía Mirina…

Y venga martillazos.

En señal de gratitud, la ciudad de Busto Arsizio le impuso al perito Gamberoni una medalla con un agujero de plata.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El palacio para romper» con la voz de Angie Bello Albelda

La barba de Papá Noel

Ilustración: RobbVision

En las lejanas y frías tierras de Laponia se encuentra el taller más increíble del mundo porque en él trabaja y vive Papá Noel. Allí fue donde unos inviernos atrás sucedió esta historia…

En el taller trabajan todo el año elfos, duendes, hadas y sus ayudantes para que en la noche de Navidad todos los niños del mundo reciban un regalo. Fabrican juguetes de madera, muñecas, juegos de construcción, cuentos, instrumentos musicales, lápices de colores, pinturas, libretas, mochilas, plastilinas, coches, cocinitas… y una lista inacabable de regalos que han de estar listos, envueltos en bonitos papeles de colores y preparados para ser llevados en el mágico trineo de Papá Noel.

Así, que llegado el mes de diciembre todos andan muy atareados. Tanto, que hasta el mismísimo Papá Noel se pasea por la fábrica y los almacenes revisando todos los detalles.

En esa labor se encontraba una tarde, la actividad era febril; faltaban solo tres días para Navidad cuando sucedió que a un joven elfo se le derramó un bote enterito de pintura azul y se formó un charco muy grande. Tanta prisa tenía el pobre elfo que no se detuvo a recoger el estropicio y pasó lo peor que podía pasar: Papá Noel, al pasar por allí, resbaló y, ¡zas!, fue a dar con su oronda figura en el suelo. ¡Horror!, su cara, incluida su blanca barba, se tiñeron al instante de un bonito color azul.

Todos los que presenciaron el accidente corrieron a socorrerlo y al verlo con su barba azul se miraron unos a otros boquiabiertos.

—¡Venga, venga! —decía Papá Noel—, ¡aquí no ha pasado nada! Con agua y jabón se limpia la pintura y ¡solucionado!

Gnomos y hadas se pusieron inmediatamente a la tarea de limpiar la barba de Papá Noel, pero sabían que no era nada fácil, ya que la pintura derramada era de gran calidad, pues era la que usaban para pintar los juguetes de madera… ¡y nunca se borraba!

Fueron a por toallas, esponjas, jabones, champús, espumas… y consiguieron limpiarle la cara, pero de la barba… ¡nada!, la pintura no se iba. Su barba seguía azul como el cielo.

Papá Noel  estaba perdiendo la paciencia

—¡Dejadme a mí! ¡Ya me quitaré yo esta pintura! Así no puedo presentarme ante los niños del mundo. La barba de Papá Noel siempre ha sido blanca y siempre lo será.

De este modo, resuelto a resolver el problema fue al baño y con un estropajo de los fuertes comenzó a frotar y frotar su barba……pero, ¡ay!, fue mucho peor el remedio que la enfermedad; en el estropajo fueron quedando mechones azules de la magnífica barba de Papá Noel.

—¡Ay!, ¡ay!, ¡ay! ¡Qué gran desgracia! ¡Me quedé sin mi barba!

¡Pobre Papá Noel! Estaba desconsolado

—¡No quedará más remedio que retrasar la Navidad hasta que me crezca de nuevo!

Pero los elfos, duendes y, sobre todo, Mamá Noel no lo iban a permitir. ¡Los niños tenían que recibir sus regalos la noche de Navidad! La solución solo podía ser una: ¡habría que fabricar una nueva barba a toda prisa!

Probaron con espuma de afeitar, pero en cuanto Papá Noel salió al frío exterior se congeló la espuma y hubo que quitársela inmediatamente.

Usaron también nata, pero estaba tan buena, que Papá Noel, que era muy goloso, acabó por comérsela a lametazos.

Una barba de algodón salió volando cuando una ráfaga de viento entró por la puerta.

Intentaron también a hacer una barba con espaguetis, pero unos pajarillos empezaron a picotearla y en un plis-plas se quedó sin ella.

Hasta probaron a hacer una de cartón, pero era muy incómoda y, además, quedaba tan fea que a nadie le gustó.

Desesperados estaban cuando oyeron a Mamá Noel lamentarse:

—¡Ojalá tuviéramos lana! ¡Haríamos con ella una preciosa barba!

¡Esa sí que era una idea estupenda! Todos aplaudieron entusiasmados, menos Papá Noel, que se opuso al instante:

—Eso es imposible; es invierno y las ovejas necesitan su lana para abrigarse ¡No podemos pedirles que se desprendan de ella para hacer mi barba! ¡Se helarían de frío!

Entonces, el pequeño elfo, que había derramado la pintura, fue a dar con la solución:

—Papá Noel, amigos… quizás podríais perdonar mi torpeza si encuentro la manera de reunir la lana suficiente para hacer la barba.

—¡A ver!, ¡habla pues! —lo animó Papá Noel.

—Es verdad que no podemos pedir a las ovejas de nuestro establo que nos cedan toda su lana para hacer la barba, pero sí que podríamos pedir un rizo de lana a cada una de las ovejas del territorio de Laponia ¡Hay decenas de granjas! Y si cada una de ellas nos da un mechón, ¡tendremos más que suficiente para tejer una barba bien bonita!

¡Dicho y hecho! Inmediatamente se pusieron a trabajar. No dudaron en que las buenas gentes de Laponia colaborarían en tan solidaria tarea.

Los duendes secretarios redactaron mensajes en los que explicaban la situación y pedían, por favor, a los granjeros que cortaran un rizo de lana de cada una de sus ovejas.

Ante la imposibilidad de mandar a las palomas mensajeras, que no hubieran resistido los helados vientos del invierno, las encargadas de llevar los mensajes y recoger los rizos de las ovejas fueron una colonia de águilas de cola blanca, magníficas aves capaces de volar a todos los rincones del territorio.

Fueron despegando las águilas con mochilas colgando de sus picos y en el pueblo de Papá Noel todos quedaron expectantes, pero convencidos de que pronto comenzarían a llegar con las mochilas llenas de la lana de las generosas ovejas.

No tuvieron que esperar mucho. Las águilas se dejaron llevar por vientos de cola y rápidamente tornaron con la ansiada lana.

No encontraron ningún pastor que se negara a colaborar en la tarea. Todos adoraban a Papá Noel y estaban orgullosos de que viviera en su país. Además, ¡sus niños también esperaban su visita la noche de Navidad!

Cuando todas las aves regresaron, Mamá Noel se puso a la tarea de tejer la barba nueva de Papá Noel, que se había mantenido mientras tanto refugiado junto al fuego, pues sin su barba se sentía desnudo y friolero.

El trabajo de tejer era delicado y lento: había que lavar la lana, cardarla, hilarla y, por último, tejerla. Así que Mamá Noel trabajó durante todo un día y toda una noche y al amanecer de la víspera de Navidad la barba nueva de Papá Noel estuvo terminada. ¡Había quedado preciosa y además muy calentita!

Esa noche, los habitantes de Laponia vieron pasar volando en su trineo a un orgulloso Papá Noel que lucía una blanquísima barba y contentos se fueron a dormir; sabían que todos habían colaborado para que los regalos llegaran puntuales a sus destinos.

Por si acaso, después de terminado el viaje de Papá Noel de aquella Navidad, la barba de lana fue guardada en un baúl, a buen recaudo, en previsión de que algún otro «accidente» en el futuro pusiera en peligro la majestuosa barba de Papá Noel.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La barba de Papá Noel» con la voz de Angie Bello Albelda

Un tren para Clara

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Ilustración: Barbara Sobczynska

Clara no se ilusiona con la Navidad. En su casa nunca hay árbol de luces, ni regalos con moños satinados, ni nieve de poliestireno, ni cenas hechas al horno. Nadie en la familia se emociona en estas fechas, tampoco se habla de Santa Claus. El papá de Clara dice que ese viejo no existe, que lo inventaron los gringos para vender más Coca-Cola y que dónde se ha visto un trineo volar. La mamá de Clara cree en el niño Dios, pero el dinero no alcanza para hacer fiesta por alguien que nació hace tanto tiempo.

A Clara le gustan estos días de invierno suave, porque no hay que ir a la escuela y puede jugar todo el día en la calle con sus hermanos y los chicos del barrio, ella es la única niña de la pandilla, aunque eso todavía no le importa a nadie. Es una campeona en bailar el trompo y tiene una enorme colección de canicas que ha ganado en competencia. Lo que más le gusta a Clara es jugar al béisbol y a su mano zurda no se le escapa ni una bola.

Cada año, las monjas de la capital vienen al barrio a repartir juguetes usados. Llegan en una furgoneta que parece sufrir de lo cargada que anda y se estacionan frente a la tienda de Doña Lupe. Con la ayuda de las vecinas, arman unas mesas de plástico y acomodan todos los juguetes que lograron reunir de donaciones de gente compadecida o que, simplemente, necesitaba deshacerse de los trastos que hacían bulto es sus armarios.

Clara y sus amigos detienen el partido de beis y se acercan a ver la exhibición de cientos de juguetes protagonistas de navidades pasadas. Son objetos bien conservados o que con una pequeña reparación vuelven a funcionar. Ella sabe que es mejor no llevar a casa nada que necesite baterías porque tal vez nunca se las compren. También está pendiente de que sus hermanos no acepten pistolas de juguete, ni nada que haga demasiado ruido, de lo contrario Papá lo tirará a la basura.

Mientras las monjas acomodan las cosas, la pandilla de Clara y otros niños y niñas que llegan de las calles aledañas, empiezan a formar una fila larguísima organizada por las vecinas que intentan mantener el orden y calmar el alboroto. Desde su lugar, Clara se pone de puntillas y hace un esfuerzo por encontrar algo interesante en la mesa. Entre tantas cosas revueltas, se fija en un pequeño tren despintado, con un vagón de carga, y ruega para que nadie más quiera llevárselo.

—¡Me pido el muñeco ninja rojo! —anuncia su hermano Toño.

—¡Yo quiero el camión de bomberos! —dice el amigo Luis.

—¡Y yo el cohete blanco! —pide su hermano Mario.

A Clara siempre le cuesta mucho decidirse. Además, las monjas parecen no estar de acuerdo con lo que ella quiere y terminan dándole cosas que no le gustan. No entiende para qué le dicen que elija. Lo que la consuela es que, le toque lo que le toque, siempre podrá jugar con las cosas de sus amigos y hermanos. Solo hay que esperar a que se aburran de sus juguetes, porque los primeros días no los sueltan ni para dormir.

—¿Qué regalo elijes? —pregunta una de las monjas cuando llega el turno de Clara.

—Por favor, quiero esa locomotora negra —responde Clara, apuntando al viejo y polvoriento tren, escondido entre los animales de peluche.

—Pero, eso es más para chicos, ¿no crees? —dice la religiosa, buscando otra cosa de la mesa, sin esperar una respuesta de la niña.

Clara se detiene a pensar un momento. No es la primera vez que le vienen con el cuento de que las niñas no deben jugar con cosas que tengan ruedas, a menos que se trate de cochecitos de bebé. Pero, de verdad, el tren le ha gustado mucho y se imagina que viajaría en él por tierras lejanas, construiría largas rutas y puentes para transportar mercancías y gente, a través de lugares misteriosos. Encontraría personajes extraños con los que aprendería a negociar en lenguas desconocidas. Esa locomotora y su vagón serían su transporte hacia un universo nuevo.

—Verá hermana, yo tengo una sola muñeca, que ustedes me dieron el año pasado, se llama Gertrudis, pero no juego con ella porque la pobre es un poco aburrida y no le gusta salir de casa, tal vez sea porque lleva pegados unos tacones altísimos que no la dejan caminar y mucho menos correr. Además, su ropa parece bastante incomoda. Si usted me regala el tren, yo la subiría al vagón para llevarla de paseo y así Gertrudis conocería el mundo fuera de la caja de zapatos donde vive.

La religiosa sonríe resignada y aunque sigue pensando que el juguete que la niña ha elegido no es muy apropiado, decide dárselo, tal vez por solidaridad con Gertrudis, para que al fin salga de su encierro, o porque piensa que el tren mantendrá a Clara lejos de la calle. Por la pinta desaliñada de la niña, es fácil adivinar que pasa muchas horas fuera corriendo y participando en juegos poco tranquilos, poco femeninos, digamos.

Esa Navidad, mientras el planeta brindaba y comía hasta el amanecer, Clara descubrió que su mente no tiene límites y que gracias a su tren podía ir a donde le diera la gana. Que si bien, le gustaba mucho jugar con sus amigos a la pelota, a las carreras y a trepar a los árboles, también era capaz de pasar muchas horas sola, construyendo historias a bordo de su tren, acompañada por Gertrudis que, aunque siguió usando tacones altos, por lo menos ya no sufrió con sus callos y pudo, al fin, abandonar la caja de cartón.

FIN

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Rita, la escobita

Rita la escobita

Ilustración: Israel Campos

Era Rita una linda escobita que vivía feliz en casa de Ana y Ramón. Cierto es que trabajaba mucho, porque ya se sabe que una casa con tres niños, un perro grandullón y peludo y dos pequeñas gatitas se ensucia muchísimo.

Cada día, muy de mañana, la sacaban para barrer toda la casa de arriba abajo. Pelusas, miguitas, restos de goma de borrar, papelitos y, sobre todo, los pelos de Max, el perro, y los de Lula y Lili, las gatitas.

Cuando no estaba barriendo, Rita vivía en el cuarto de la limpieza junto a sus amigos: la fregona Ona, el plumero Baldomero y los trapos de polvo gemelos Serafín y Agustín, además de multitud de botes y envases con detergentes varios.

Allí habitaba también la lavadora Eleonora, que se creía la reina de la casa porque era la más grande de todos, aunque su vida era la más aburrida, ya que nunca salía del cuartito y, por eso, la pobre se quejaba amargamente:

—¡Hay que ver! ¡Vaya trajín! ¡Todo el día trabajando! ¡Es que no me dejan descansar ni los domingos!

—¡No te quejes tanto, Eleonora! —le contestaban entonces los trapos del polvo—. Míranos a nosotros, ¡con la alergia nos pasamos el día estornudando! Al fin y al cabo, tú estás siempre limpita y hueles muy bien a jabón.

—¡Y mírame a mí! —le decía Ona, la fregona—, cada vez que me escurren, la cabeza me da vueltas y vueltas y acabo mareada como una peonza.

Rita, la escobita, en cambio, no se quejaba nunca. Le gustaba pasear por la casa, aunque se las tuviera que ver con Max y con las gatitas, que solían perseguirla mientras trabajaba, y siempre querían jugar a peleas con ella.

La hora que más le gustaba a Rita era la de la tarde, cuando los niños, Pol, Daniel y Sergio merendaban y después hacían sus tareas escolares. Porque seguro, seguro, que entonces la volvían a sacar para recoger las migas de los bocadillos, los recortes de papel, las virutas de sacar punta a los lápices, la arena que dejaban los zapatos…

También le gustaba la tarde pastelera de los sábados, porque en el suelo de la cocina siempre quedaba harina, azúcar, canela y, en ocasiones, hasta algún huevo juguetón que se escapaba de las manos de los niños e iba a parar al suelo.

Así transcurría la vida de Rita hasta que un día…

Era un jueves por la mañana, cuando un desconocido y ensordecedor ruido dejó a todos los habitantes del cuarto de la limpieza asombrados. Sonaba algo así como ¡¡¡Zuuuuuummmmmm!!!

—Chicas, ¿habéis oído? —preguntó Eleonora a Ona y Rita

—¡Vaya susto más grande! ¿Qué puede ser? —contestaron la fregona y la escobita al unísono.

El ruido no paraba, parecía como si un tornado se hubiera colado por una de las ventanas y anduviera visitando todas las habitaciones de la casa. Incluso pasó como una exhalación ante la puerta del cuarto de la limpieza, dándoles un susto tan monumental, que Serafín y Agustín se pusieron a estornudar, Eleonora hizo un centrifugado rápido y Ona y Rita entrechocaron sus palos asustadas.

Cuando por fin cesó aquel escándalo, se abrió la puerta de cuartito de la limpieza y entró Ramón con un extraño artefacto. Parecía la pieza de un platillo volante. Andaba sobre ruedas, como un patín, pero era más grande. De él salía un tubo largo, ¡como la trompa de un elefante! Y tenía un montón de botones e interruptores.

Le hicieron un hueco junto a la lavadora, que lo miró de reojo, intentando adivinar para qué serviría tan raro aparato y si se iba a quedar para siempre.

Apenas se cerró la puerta del cuarto de la limpieza cuando, muertos de curiosidad, empezaron a hacerle preguntas, todos a la vez:

—Dinos, ¿tú quién eres? ¿Eras tú quién hacía ese espantoso ruido? ¿Cómo te llamas?

—Soy Ninacor, el robot aspirador —les contestó el recién llegado.

—¿Robot aspirador? ¿Y para qué sirves, además de para hacer tanto ruido? —replicaron, porque ninguno de ellos había oído hablar de semejante cosa.

Nicanor les aclaró muy ufano:

—Soy imprescindible en cualquier hogar moderno. Aspiro toda la casa y no dejo ni rastro de polvo ni de sustancia indeseable alguna y, si es necesario, también dejo los suelos como un espejo con mi chorro de vapor.

Rita y Ona se miraron asustaditas mientras Eleonora seguía hablando:

—¡Pero ese trabajo ya lo hacen la escoba y la fregona! ¡Y muy bien, por cierto!

A lo que Nicanor replicó:

—¡Nadie lo duda!, pero hay que modernizarse, yo soy más eficiente, tengo más poder de limpieza y voy más rápido. Me trago todo lo que no debe estar en el suelo y lo guardo en mi tripa. ¡Las escobas y las fregonas pasaron a la historia!

Esa noche fue muy triste para todos, en especial para Rita y Ona que ya se imaginaban abandonadas en un basurero.

Sus compañeros las intentaron animar y consolar:

—¡Ya veréis como no os abandonan! ¡Ana y Ramón son buenas personas!

Pero lo cierto, es que durante los días siguientes ninguna de las dos salió a realizar su tarea por la casa; el robot aspirador las sustituyó. Y aunque eso les causaba gran tristeza, también es cierto que tampoco nadie fue a buscarlas para tirarlas a la basura.

El domingo siguiente, temprano, Ramón sacó a Rita y Ona del cuartito y las dejó en un rincón de la cocina. Desde allí, solo podían ver la mesa de la cocina y, sobre ella, distinguieron unas enormes tijeras, varias madejas de distintas lanas, cintas de colores, cola, pegatinas, cordel…

Nuestras amigas, la fregona y la escoba, estaban muy asustadas, no sabían qué pensaban hacer con ellas y, mientras, esperaban temblando, intentaban imaginar que podría pasarles.

Ramón, que era muy amante de los trabajos manuales y disfrutaba reciclando y dando una nueva vida a los objetos que ya parecían inservibles, cogió a Rita y a Ona y empezó a pegar sobre ellas largas tiras de lana, coloridas cintas y tornasoladas pegatinas, hasta que, ¡por arte de magia!, las dos quedaron convertidas en lindos caballitos.

Con el cordel rojo hizo las riendas, con lana amarilla, azul y lila preciosas crines y los ojos y las bocas con relucientes pegatinas. Adornó sus palos, ya muy viejecitos, con lindas cintas de colores y así de preciosas las llevó al cuarto de los niños.

¡Rita y Ona se habían convertido en juguetes! Estaban muy felices, y los niños, Pol, Daniel y Sergio, encantados con sus nuevos amigos.

Pasaron muchas horas juntos, cabalgando por el pasillo de la casa, jugando a indios y vaqueros, caballeros medievales o guerreros vikingos.

Cuando Nicanor, el aspirador, llevó la noticia al cuarto de la limpieza, los antiguos compañeros de Rita y Ona se alegraron mucho por ellas ¡Ahora vivían en el mejor lugar de la casa! Allí donde toda aventura es posible: ¡la habitación de los niños!

FIN

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El bizcocho mágico de nana Cándida

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Ilustración: Marloser

Hace algunos años, cuando yo era niña, se instaló en el edificio en el que vivíamos una nueva vecina: Cándida, una viejecita de cara dulce y vivarachos ojitos azules. Su cabello, completamente blanco, parecía de algodón de azúcar. Pero lo mejor de ella era su sonrisa, siempre resplandeciente en su cara, tan redonda como un pan de pueblo.

No sabíamos nada de ella pero, poco a poco, se introdujo en nuestras vidas y se nos hizo imprescindible.

Aunque vivía sola, su casa no tardó en convertirse en refugio para todos los niños del vecindario.

Nos ayudaba con los deberes y se encargaba de cuidar a nuestros hermanitos pequeños cuando las mamás estaban atareadas. Hasta se hizo amiga de los señores Vázquez, los ancianitos del primero, que no tenían familia y que así, rodeados de toda la chiquillada, pasaban acompañados las largas tardes de invierno.

Los mayores decían que era un ángel que había caído entre nosotros.

Los martes eran especiales. Todos los niños, ¡y hasta los no tan niños!, los esperábamos con impaciencia.

A la salida de la escuela era obligatoria la visita a casa de nana Cándida, que así era como la llamábamos. ¡Allí nos esperaba el bizcocho más rico que nunca se hubiera horneado en el mundo!

Muy de mañana, el edificio entero se llenaba de un goloso aroma a canela y limón, ¡mmmmmmmmmmm!, que nos hacía esperar la hora de la merienda con ansiedad.

—Nana Cándida ya está haciendo el bizcocho.

—¡¡¡Sííí!!! ¡¡Qué ricooooo!!

Esta era, semana tras semana, la conversación de los niños de la escalera.

Nana Cándida elaboraba su bizcocho con una receta secreta que jamás quiso desvelar; la repartía sobre tres grandes bandejas de horno y, cuando ya estaba lista, la cortaba en pedacitos para que hubiera para todos.

Cuando llegaba, por fin, la hora de degustarlo, la sensación era maravillosa: el azúcar y la canela se fundían en la boca y la masa esponjosa dejaba un delicioso regusto de limón en el paladar.

Eran tardes muy felices para los niños de la comunidad. Desde la llegada de nana Cándida ya no había rencillas, discusiones ni riñas entre nosotros. Parecía como si toda su alegría y paz interior, la que se reflejaba en su rostro, se nos hubiera contagiado a todos.

El tiempo pasaba y nuevos vecinos llegaron con niños pequeños, los cuales también se unieron a la tradición del bizcocho del martes.

Durante aquellos años, nana Cándida jamás se quejó de mal alguno; pero un día, los más mayorcitos advertimos que el color sonrosado de sus mejillas se estaba apagando y que en sus vivos ojitos ya no lucía aquella luz de antaño:

—Nana Cándida, ¿te encuentras bien? ¿Te ocurre algo? —le preguntamos.

Ella sonrió dulcemente:

—Nada, nada, ¡¿pues qué me va a pasar?! Es solo que ya tengo muchos años y estoy un poquito cansada. No os preocupéis.

Y todos seguimos con nuestras rutinas hasta aquel fatídico martes en el que, al abrir la puerta por la mañana, nos dimos cuenta de que el ansiado aroma a bizcocho no llenaba el portal.

Nos extrañó mucho, pero pensamos que nana Cándida tal vez se había quedado un ratito más en la cama y que muy pronto se pondría a preparar su dulce maravilloso.

No fue así. Llegó el mediodía y algunos vecinos, preocupados, llamaron a su puerta, pero ella no respondió.

Alarmados, decidieron llamar al señor Cortés, el cerrajero del barrio. Abrieron la puerta y entraron despacio, sin hacer ruido, como si no quisieran molestar, pero en el fondo de sus corazones nuestros papás intuían lo que habían de encontrar.

Hallaron a nana Cándida en su cama, dormidita para siempre. En su cara se dibujaba toda la ternura y toda la paz del mundo.

Los pequeños la lloramos muchos días, se había ganado nuestros corazones y la echábamos mucho de menos. Solo nos consolaba lo que el señor Anselmo, el vecino del ático que era muy aficionado a la astronomía, nos contó.

Nos dijo que el día que se fue nana Cándida, justo encima de nuestra calle, al caer la noche, había observado con su telescopio cómo se encendía una nueva estrella en el firmamento y que nos fijáramos en que en las noches claras iluminaba directamente nuestras ventanas. Ahí era donde se había mudado el espíritu de nana Cándida y desde allí nos acompañaría ya para siempre.

Y eso hacíamos; mirábamos las estrellas desde la ventana y buscábamos la más brillante.

—¡Esa es!

—¡No, esa de allí!

—¡Sí, sí aquella!

Días después, mi mamá y algunas vecinas decidieron ordenar las cosas de nana Cándida y en su cocina, en un cajón, dieron con un librito antiguo que rezaba en su tapa:

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Era tan antiguo, que la mayoría de páginas estaban borradas por el uso y el tiempo. La única receta que se podía leer entera decía así:a

►♦◄ Bizcocho de canela y limón ►♦◄

  • 175 gr. de harina
  • 6 gr. de levadura
  • 130 gr. de azúcar
  • 100 gr. de mantequilla
  • 2 huevos
  • 50 cl. de leche
  • 1 limón
  • 1 cucharadita pequeña, colmada, de canela en polvo
  • Extracto de vainilla
  • Una pizca de ralladura de bondad
  1. Batir la mantequilla con el azúcar hasta obtener una masa cremosa. Añadir la leche, la piel del limón, el extracto de vainilla y la canela.
  2. Incorporar los huevos montados y, después, ir tamizando lentamente la harina y la levadura.
  3. ¡No olvidar la ralladura de bondad!, que deberá mezclarse bien con la preparación anterior para que todo el que coma un pedazo de bizcocho sienta sus efectos.
  4. Verter la masa en un molde untado con mantequilla e introducirlo en el horno, previamente precalentado, a 180º C durante treinta minutos. Comprobar que esté bien hecho con un palillo, y ¡a disfrutar!
  5. Podéis ver cómo queda el bizcocho de nana Cándida en el blog de Maribel.
a

Mi madre me contó más tarde que todas se quedaron asombradas:

—¡¿Ralladura de bondad?!

—¡¿Pero eso qué es?!

—¡¡Parece un ingrediente de hadas!!

—¡Esta receta es igualita a la que yo hago! ¡Pero no puede ser!, ¡a mí no me sale tan rico!

Pero más se asombraron cuando en uno de los armarios encontraron un pequeño frasco con una etiqueta que decía:

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Lo abrieron con cuidado; no querían que se derramara ni un solo gramo de un bien tan preciado, y hallaron un polvo blanco y brillante, con reflejos dorados que ninguna se atrevía a probar.

—Yo creo que es simplemente azúcar.

—Pues yo creo que además lleva canela.

—No, no, es alguna especia de oriente que aquí desconocemos.

Al fin, decidieron elaborar entre todas el bizcocho exactamente como ponía la receta y añadirle la ralladura de bondad.

Estaban ansiosas por probarlo, pero se llevaron una gran desilusión. A pesar de seguir al pie de la letra la receta, el bizcocho no salió como el de nana Cándida.

Lo intentaron más de una vez en hornos diferentes, con harinas distintas, con varios moldes… Pero nada. El original era siempre mucho mejor.

Cuando quisieron darse cuenta, habían acabado con el frasquito de ralladura de bondad, así que decidieron darlo por imposible y seguir haciendo los bizcochos como antes, que aunque siendo muy buenos no nos hicieron olvidar el maravilloso de nana Cándida.

Nadie supo nunca qué era en realidad aquel polvo blanco y brillante, con reflejos dorados. Las vecinas aún andan discutiendo: que si azúcar, que si azúcar y canela, que si una especia desconocida en occidente…

Hoy en día, a pesar de que han pasado más de veinte años, durante las noches claras sigo mirando las estrellas. Busco la que más brilla y juraría que a veces he visto caer sobre el alfeizar de mi ventana un polvo blanco y brillante, con reflejos dorados.

FIN

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El Flautista de Hamelín

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Ilustración: Otagoth

Esta historia ocurrió hace mucho, muchísimo tiempo, en un pequeño pueblo al norte de Alemania llamado Hamelín, situado en un precioso paraje, muy cerca de las riberas de un ancho y caudaloso río, el Weser.

Los habitantes de Hamelín eran felices y estaban orgullosos de vivir en un lugar tan hermoso y apacible hasta que, un día, una terrible plaga de ratas se adueñó de aquel lugar.

Había tantas y eran tan feroces que plantaban cara a gatos, perros y hasta se atrevían a enfrentarse a las mismísimas personas.

Se colaban en las casas para robar la comida de las despensas y los guisos de las ollas. Roían la ropa de los armarios e incluso, al llegar la noche, se metían en la cama de la gente a dormir. Aparecían en los lugares más insospechados, con el consiguiente susto y disgusto de aquel que tenía la desgracia de toparse con ellas, porque si alguien intentaba echarlas o las molestaba de algún modo, mordían con fiereza.

La vida en Hamelín se volvió tan insoportable por culpa de los roedores, que los habitantes, hartos de tan incómoda situación, se reunieron en la Plaza Mayor para exigir al Alcalde que buscara una solución para tan terrible problema:

—¡Queremos respuestas! ¡Abajo este Alcalde que no hace nada! ¡Que alguien encuentre un modo de librarnos de esta terrible plaga! ¡No podemos seguir viviendo así!

No había manera de calmar los ánimos de los allí reunidos.

Mientras discutían y gritaban, sin llegar a ningún acuerdo, apareció un extraño. Un hombre enjuto, que vestía pobremente y llevaba una flauta en la mano. El desconocido avanzó y se dirigió a los presentes:

—Disculpen ustedes, sé que tienen un grave problema, pero yo puedo solucionarlo. Estoy dispuesto a librar a este pueblo de todas las ratas con la sola ayuda de mi flauta mágica, pero tengan en cuenta que mi trabajo vale mi peso en oro.

—Si consigues librarnos de esta plaga, te daremos más que eso. ¡Te daremos el doble de tu peso en oro! —aseguró precipitadamente el Alcalde, que veía peligrar su cargo.

El pueblo aplaudió y gritó entusiasmado:

—¡Eso, eso! ¡Si nos libras de las ratas, te daremos el doble de tu peso en oro! ¡Viva nuestro Alcalde! ¡Viva!

—De acuerdo entonces. Vosotros lo habéis dicho, ¡que sea el doble!

Y dicho esto, el Flautista empezó a tocar la flauta y echó a andar al son de la alegre música de su instrumento.

De pronto, en todos los rincones del pueblo, se empezó a oír un extraño runrún que fue creciendo, creciendo y creciendo, hasta convertirse en un terrible estruendo.

Aquel alboroto no era otra cosa que las ratas, que atraídas por la prodigiosa música del Flautista, asomaban por doquier. Ratones chiquitos y ratas enormes, todos empezaron a marchar en pos del Flautista, como si estuvieran hipnotizados, bajo la atenta y asombrada mirada de los habitantes del pueblo.

Sin dejar de tocar su flauta mágica, el forastero arrastró tras de sí a aquel tropel de roedores fuera de la ciudad y lo condujo hasta el río, donde los animales fueron cayendo y ahogándose, uno tras otro, hasta que no quedó ni uno solo.

Cuando los habitantes de Hamelín comprobaron que se habían librado de aquella terrible plaga, echaron al vuelo todas las campanas e hicieron una gran fiesta. Aclamaron al Alcalde y dieron las gracias, efusivamente, al Flautista. Este, entonces, reclamó lo que le habían prometido.

El Alcalde, después de mirarlo de arriba abajo, contestó:

—Lo que pides es exagerado. Al fin y al cabo, el trabajo ha sido muy sencillo y no has empleado mucho tiempo en él. Deberás conformarte con diez monedas de oro como pago y aun así, es mucho.

El pueblo entero asintió y aplaudió:

—¡Es verdad, ha sido muy fácil! ¡Viva el Alcalde! ¡Cualquiera puede tocar la flauta! ¡Qué sabio es nuestro Alcalde! ¡El Alcalde siempre tiene razón! ¡Lo que pide el Flautista es exagerado!

El Flautista insistió:

—Llegamos a un acuerdo. Yo he cumplido mi parte; cumplid vosotros la vuestra.

Un murmullo de rechazo se elevó de la multitud, y el Alcalde volvió a negarse a pagar lo acordado.

El Flautista advirtió:

—No quiero enfadarme. Yo he cumplido mi parte; cumplid vosotros la vuestra.

La gente, gritó enfurecida:

—¿Cómo te atreves a amenazarnos? ¡Márchate de aquí! ¿Qué te has creído? ¡No malgastaremos nuestro dinero en un vago que toca la flauta y que viste como un pordiosero! ¡Fuera! ¡Largo! ¡Vete!

—¡Os arrepentiréis! —dijo. Y dándoles la espalda, se alejó.

Aún no había dado cuatro pasos, cuando una música jamás escuchada antes sobre la Tierra, escapó de su flauta mágica y se fue extendiendo, como si de una gran mancha de aceite se tratara.

Un sordo rumor, que crecía y crecía, lo invadió todo. Eran los pequeños pies en movimiento de todos los niños del pueblo, que con gran alboroto, batiendo palmas y riendo, iban formando una larga cola que seguía al Flautista.

La gente mayor enmudeció de asombro, pero por más que intentaron hacer algo, fue imposible. Era como si una invisible fuerza los retuviera. Se quedaron petrificados, sin poder dar ni un paso, y sin poder gritar para impedir que los niños siguieran al Flautista.

Vieron cómo se alejaba aquella extraña comitiva hacia las montañas; vieron cómo estas se abrían al son de la fascinante música; y vieron cómo se cerraban de nuevo, tragándose al Flautista y a todos los niños de Hamelín para siempre.

FIN

La máquina del tiempo

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Ilustración: Emma Pumarola

  Este cuento y esta ilustración han sido posibles gracias a: 

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Aunque hasta ahora había sido uno de los secretos mejor guardados del mundo, lo que estaban a punto de descubrir Marieta y Luigi iba a cambiar por completo el curso de la historia.

Aquella tarde, Tobías, su papá, los había llevado al hospital porque Anita, la madre de los niños, estaba ingresada. La habían operado y aún tardaría un tiempo en regresar a casa. Le regalaron una caja de galletas para la merienda, un libro y un cactus.

Después de merendar, Anita les dio permiso para salir al jardín que rodeaba el hospital.

—Pero no os alejéis mucho. Que os podamos ver desde la ventana— les advirtió.

Lo más divertido de ir al hospital era que los dejaban pasear solos por el enorme jardín vallado.

—Luigi, hoy imaginaremos que… -De pronto, Marieta se quedó muda.

Acababa de ver como unos niños entraban sigilosamente en uno de los pabellones de la derecha y quiso saber qué tramaban.

—Ven Luigi, quizá nos dejen jugar con ellos. A lo mejor están celebrando una fiesta…

Se dirigieron hacia el pabellón y vieron, a través de una de las ventanas, que aquellos niños vestían pijamas.

—¡Qué raro! —se extrañó Luigi—, si es la hora de la merienda… Como no sea una fiesta de disfraces…

—Puede ser… —añadió Marieta—.  Mira a esa niña del pañuelo en la cabeza: es una pirata. Y aquel de allí, el que lleva esos tubos que le salen de la nariz… ¡ese es un buzo! Y ese otro, el que arrastra ese palo con una botella arriba, pues va disfrazado de robot, y el de las gafas…, mmmm, ¡ese no sé!

-¡Pues ese es un sabio!

Sin atreverse a entrar, siguieron observando a través de la ventana.

Dentro del pabellón, el grupo de niños amontonaba los más diversos objetos sobre una mesa: pulseras, lápices, bolsos, un par de bufandas, monedas y billetes, llaveros… Hablaban entre ellos, y aunque Luigi y Marieta no podían oír lo que decían, señalaban las cosas que había en la mesa y parecía, por sus gestos, que guardaban un gran secreto.

De repente, como si notara que alguien los estaba espiando, la niña que llevaba el pañuelo en la cabeza, miró hacia la ventana y sorprendió a Marieta y a Luigi, que se quedaron petrificados donde estaban, sin saber qué hacer.

La puerta del pabellón se abrió y el niño de las gafas los invitó a pasar:

—¡Adelante!, que no os vamos a morder…

—¿Por qué vais en pijama?, ¿estáis celebrando una fiesta de disfraces?

—No, no es una fiesta. Estamos en el hospital porque estamos enfermos; por eso llevamos pijama. Y vosotros, ¿qué hacéis aquí?

—Hemos venido a darle la merienda a mamá. La han operado. ¿Y a vosotros qué os pasa? ¿Qué enfermedad tenéis? —preguntó curiosa Marieta

—Tenemos cáncer.

—Yo he tenido muchas veces anginas o dolor de barriga, pero nunca he tenido cáncer. ¿Duele? —interrogó Luigi.

—A veces.

—¿Y a qué jugáis? —quiso saber Marieta.

—No jugamos, estamos construyendo una máquina del tiempo. Nuestros padres, los médicos y los enfermeros nos dicen siempre que en el futuro el cáncer se curará tan rápido como un resfriado, pero nosotros no queremos esperar tanto. Queremos viajar en el tiempo para poder curarnos ya. Si esperamos mucho, el cole habrá terminado y no podremos pasar de curso con nuestro amigos.

—¡Una máquina del tiempo! ¡Suena divertido! ¿Nos dejáis construirla con vosotros?

—¡Claro! Para construirla, necesitamos pulseras, bolsos, lápices, dinero para comprar cosas… ¡todo lo que se os ocurra! Cada día venimos aquí, pero siempre falta alguna pieza, así que no hay forma de ponerla en marcha. Cuando vengáis, podéis traernos algo. Aunque sea pequeño. En una máquina tan complicada como esta, nunca se sabe qué funcionará. ¡Hasta el tornillito más pequeño es importante!

—Marietaaaaaaaaaaaaaa, Luigiiiiiiiiiiiiiiii —las voces de Anita y Tobías llegaron desde el jardín.

—¡Son mamá y papá! ¡Nos tenemos que marchar! Volveremos luego con cosas para construir la máquina. ¡¡Adiós!!

En el jardín, los padres de los dos niños buscaban a sus hijos con cara de preocupación. Al verlos, Anita los riñó aliviada:

—¿¡No os hemos dicho millones de veces que no os alejéis!? ¡Estábamos muy preocupados! ¡Pensábamos que os habíamos perdido para siempre! ¿Dónde os habíais metido?

—Allí —dijeron al unísono señalando el pabellón—. Estamos construyendo una máquina del tiempo y necesitamos…

—Muy bien —los interrumpió Tobías—, pero ahora ¡a casa!, que todavía tenéis que hacer los deberes o no pasaréis de curso. Ya construiréis esa máquina mañana…

 …pero mañana es AHORA y el tornillito más pequeño cuenta.

Construir la máquina del tiempo solo será posible con TU AYUDA. Colabora un poco, POR FAVOR…

…mira todo lo que puedes hacer. ES IMPORTANTE…

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FIN

Si quieres, también puedes escuchar “La máquina del tiempo” con la voz de Angie Bello Albelda

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El ave que hechizaba con su canto

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Ilustración: CaymArtworks

A un poblado protegido por altas montañas, llegó un día una extraña ave multicolor. Desde entonces, el poblado ya jamás pudo vivir en paz.

Lo que los habitantes sembraban durante el día, desaparecía por la noche. El número de ovejas, cabras y gallinas disminuía sin cesar. Y llegó incluso el día en que a plena luz del sol, mientras la gente estaba trabajando en los campos, el ave entraba en los graneros donde se almacenaba el grano para el invierno y lo robaba.

Los aldeanos, desolados, ya no sabían qué hacer. La tristeza se apoderó de todo el pueblo y solo se oían llantos y lamentos.

Habían intentado dar caza al ave, pero ni el más valiente guerrero había conseguido atraparla. Era demasiado veloz para ellos. Apenas podían distinguir una sombra, solo oían el batir de sus alas cuando se posaba en la espesa copa de un gran mpingo que le servía de refugio.

El jefe de la aldea estaba desesperado y ya no sabía qué hacer. Hasta que un día, después de que el ave diezmara los rebaños y acabara con las reservas invernales, ordenó que todos los ancianos de la tribu, como si de un solo hombre se tratara, cogieran sus armas para atacar al pájaro:

—Talad el árbol en el que se esconde —les dijo.

Con hachas y cuchillos, los ancianos se acercaron hasta el árbol y empezaron a golpearlo para derribarlo, hundiendo las afiladas hojas en su tronco.

Al sentir en su carne las primeras heridas, el árbol se estremeció y en lo más alto de su copa, de entre las espesas ramas, emergió la cabeza de la misteriosa ave. Cantaba una dulce canción, que hablaba del hermoso pasado. Un tiempo perdido que jamás había de regresar.

Tan hermoso era su canto, que ablandó el corazón de los ancianos. Consiguió que, uno tras otro, soltaran sus armas y cayeran de rodillas, con lágrimas en los ojos, para escuchar aquella dulce canción cargada de añoranza y nostalgia. Entre ellos se decían:

—Es imposible que esta ave tan dulce haya causado tanto mal.

Cuando el sol se ocultó, regresaron a la aldea andando despacio, como sonámbulos y le dijeron al jefe de la tribu que, por nada del mundo, le harían daño al ave.

El jefe, ante la negativa de los ancianos, decidió recurrir a los jóvenes para acabar con el pájaro:

—Que sean ellos los que destruyan su poder.

A la mañana siguiente, los muchachos tomaron hachas y machetes y se dirigieron hacia el árbol. Con el vigor y la fuerza de su juventud, hundieron las cortantes hojas en la carne del mpingo. Pero tal y como había ocurrido el día anterior, entre las enmarañadas hojas de la copa, apareció la cabeza del pájaro multicolor. De nuevo, una melodía de extraordinaria belleza resonó en los cerros. Los jóvenes escuchaban extasiados aquella canción que hablaba a sus almas de amor, valentía y hazañas heroicas y, mirándose unos a otros, se dijeron:

—Esta ave dulcísima no puede ser malvada.

Hachas y machetes cayeron de sus manos y se arrodillaron a escuchar el canto del pájaro hasta que se ocultó el sol. Volvieron a la aldea y le dijeron al jefe de la tribu que por nada del mundo harían daño al ave misteriosa.

Ante este nuevo fracaso, el jefe montó en cólera.

—Ya solo quedan los niños. Ellos son los únicos capaces de distinguir la verdad de la mentira, porque oyen y ven con el corazón. Mañana iré con ellos y acabaremos con el pájaro.

Al día siguiente, se encaminaron juntos hacia el árbol. En cuanto los niños asestaron los primeros golpes, el ave, deslumbrante de hermosura, apareció en lo alto de la copa, pero ellos no miraron hacia arriba, siguieron con la vista puesta en sus hachas y golpeando el tronco, sin prestar atención a los lisonjeros cantos del pájaro.

Finalmente, el árbol se partió y con un fuerte chasquido cayó pesadamente al suelo, arrastrando consigo a la misteriosa ave, que murió aplastada por las ramas del mpingo.

Todo el pueblo acudió para ver lo que los niños habían conseguido con sus pequeños bracitos.

Aquella noche, el jefe organizó en el pueblo una gran fiesta en honor de los pequeños, para recompensarlos por haber salvado a toda la aldea de aquel extraño pájaro:

—Vosotros sois los únicos que sabéis distinguir la verdad de la mentira. Vosotros seréis para siempre los ojos y los oídos de la tribu.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “El ave que hechizaba con su canto” con la voz de Angie Bello Albelda

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