Nubes

El país de las Nubes Grandes

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Vero Tapia, Ruka de colores

Hubo un tiempo en el que siempre llovía. De día y de noche. En invierno y en verano. Con frío y con calor. En cualquier rincón del planeta lluvia, lluvia y más lluvia.

Viento y lluvia; sol y lluvia; nieve y lluvia. Incluso cuando lucía el más brillante arcoíris, sobre él se deslizaban risueñas y juguetonas gotitas que se teñían de colores. Nunca paraba de llover. Llovizna fina o chaparrón abundante; turbión violento o tromba que arrastraba a su paso arboledas enteras. Agua, agua y más agua. Y así, un día; y otro día; y otro más.

Barrigudas nubes cargadas de lluvia eran las dueñas del mundo y ni un palmo de terreno estaba seco, todo mojado. Árboles, praderas y montañas. Valles, caminos y pastizales. Se mirara hacia donde se mirara, todo estaba arriado, todo era un gran charco.

Solo los peces y las ranas eran felices, pero el resto de la animales que poblaba la Tierra estaban ya cansados de vivir en remojo.

El sol lucía aguado, algunas plantas morían por exceso de humedad y entre gota y gota, se oían estornudos, toses y carraspeos, porque como los seres que tenían patas andaban continuamente con los pies empapados, se resfriaban muy a menudo.

Estaban tan hartos, que algunas especies que no querían pasar el resto de sus días caladas hasta los huesos, decidieron reunirse bajo el saliente de una roca para debatir la situación y, después de muchas controversias, acordaron exigir a las nubes que dejaran de mojarlos. Sin embargo, no había manera de ponerse de acuerdo sobre quién se dirigiría al país de las Nubes Grandes, donde también habitan los rayos y los truenos.

Y es que no cualquiera puede emprender tan arriesgado viaje. Pocos son los valientes que osan adentrarse en este lugar en el cual reinan las más terribles tempestades. Donde el sonido de todos los truenos que en la historia han tronado es tan ensordecedor, que no es posible oír otra cosa, ni tan siquiera el rugir de los espantosos vientos huracanados, que corren como locos jugando al escondite. Además, rayos y centellas hablan a tan grandes luces, que la claridad es cegadora. Tanto, que se diría que hasta aquel inhóspito lugar jamás se ha atrevido a llegar una noche.

El león, fue el primero que habló. Sacudió con fuerza su cabeza y salpicando a los que estaban más cerca con el agua que chorreaba de su larga melena rubia, rugió:

—Soy valiente e impongo respeto. Soy fuerte y rápido y no hay nadie que no me tema. Iré yo porque mi voz es la más potente de todas y haré que me escuchen a pesar de los truenos. Exigiré a las nubes que dejen de llovernos encima o de un solo zarpazo las abatiré.

Doña elefanta, muy educada, levantó su trompa para pedir la palabra y barritó:

—Estimados amigos, ni los rugidos ni los zarpazos del león llegarán a las nubes. Lo que nos hace falta es un golpe de efecto inesperado que intimide a esas impertinentes. Yo viajaré discretamente, sin que nadie me vea y cuando llegue, las sorprenderé chapoteando con todas mis fuerzas sobre los charcos del Valle Anegado. Haré tanto ruido, que llegará hasta el cielo, las nubes se espantarán, se encogerán asustadas hasta desaparecer y dejará de llover.

Un milano blanco agitó nervioso las plumas y graznó furioso:

—¡Revuelo! ¡Necesitamos un gran revuelo! ¡Fuera lluvias! ¡Deben reinar los pájaros! Las aves, todas a una, volaremos hacia las nubes y bombardearemos con piedras el centro de cada una de ellas hasta conseguir deshacerlas. Si actuamos con presteza, conseguiremos que deje de llover.

Moscas, mosquitos, zánganos y abejas revoloteaban y batían sus alas. Aplaudían primero a unos, y luego a los otros, mostrándose entusiasmados con cada una de las propuestas.

Conejos, murciélagos y zarigüeyas movían pensativos los bigotes sin decidirse a apoyar ninguna opción. No querían mojarse.

Un oso pardo, que hasta entonces había estado removiéndose inquieto en su asiento, se levantó gruñendo muy irritado:

—¡Tonterías!, ¡todo esto son tonterías y nada más que tonterías! Esta reunión es una completa tontería. Las nubes siempre nos han empapado y siempre nos empaparán. ¡No hay nada que hacer!

Muy cerca del oso, un colibrí que no paraba quieto, metió el ala en el ojo de un caimán, que se asustó y mordió en la pata a un avestruz. El avestruz perdió el equilibrio y empujó a un flamenco, el cual se cayó de bruces en un gran charco y empezó a insultar al avestruz.

Un martín pescador, que sujetaba un pez globo con el ala izquierda, miraba de reojo la escena, moviendo la cabeza con desaprobación:

—Colibrí maleducado, ¡la que has liado! Por no estarte quieto, los metiste en este aprieto.

Todos los presentes empezaron a alborotarse y los murmullos no tardaron en transformarse en acaloradas discusiones. Unos apoyaban al león, otros a los pájaros, otros a la elefanta, y aun había los que acusaron al oso de pesimista y poco colaborador. Hubo incluso quien afeó al colibrí su actitud, aunque otros recriminaron al caimán, diciéndole que tenía poco aguante y que se quejaba por cualquier menudencia.

Y con semejante batahola, no había manera de ponerse de acuerdo y seguía lloviendo y lloviendo. Y el flamenco se mojaba cada vez más y gritaba cada vez más. Y el león rugía, y la elefanta barritaba, y el caimán se quejaba, y las moscas aplaudían, y el oso gruñía y el inquieto colibrí no paraba de aletear…

De pronto, en medio de toda aquella algarabía, se elevó una dulce voz y se hizo el silencio más absoluto bajo el saliente de la roca. Incluso la cellisca pareció amainar.

—Iré yo.

Todos los ojos buscaron al que había hablado.

—Iré yo —repitió un niño muy pequeño—, escalaré la montaña más alta y espantaré a las tempestades con estas palabras:

Nube que remoja

cuando se le antoja.

Trueno retumbante,

de muy mal talante.

Centellas y rayos

que causan estragos.

Con este conjuro

que ahora murmuro,

a todos anulo.

¡Fuera sin demora!

¡Antes de una hora!

Todos estuvieron de acuerdo en que él era el único capaz de detener las tormentas.

Sin perder ni un segundo, el pequeño viajó hacia la lejana montaña de Rubí, la más alta del país de las Nubes Grandes; escaló hasta su cima, entonó la prodigiosa fórmula mágica y, al instante, lluvia, truenos y rayos cesaron.

Desde aquel día, las tormentas tienen miedo de los niños, porque son los únicos que pueden pronunciar, en el tono exacto de voz, el conjuro capaz de deshacerlas. Por eso, cuando vienen a la Tierra, hacen tanto ruido, para intentar asustarlos, porque saben que si se encuentran con un niño o con una niña que pronuncie el hechizo, deberán regresar a toda prisa al país de las Nubes Grandes.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El país de la Nubes Grandes» con la voz de Angie Bello Albelda

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Abrigos de nubes

01_abrigoHace mucho, muchísimo tiempo, hubo una vez en la que el mundo era todo de hielo.

Aquellos fueron días muy, muy fríos. En el cielo, densas nubes ocultaban el sol y en la tierra, miraras hacia donde miraras, un espeso manto blanco lo cubría todo. Los habitantes del planeta estaban tristes porque no entendían lo que ocurría y la gente permanecía día tras día en las cavernas para guarecerse del intenso frío. Apenas podían comer y la tierra se iba quedando sin habitantes.

En esa época, el ser humano aún hablaba con los animales y con las plantas y fue, precisamente, gracias al maravilloso don de entender a la naturaleza que la raza humana se salvó de perecer congelada y pudo perdurar.

Esta es la historia de lo que ocurrió.

En una escarpada región montañosa vivía una tribu de humanos que compartía una profunda y oscura cueva con una familia de osos pardos. Personas y osos unían sus fuerzas para conseguir sobrevivir.

Los humanos sabían hacer fuego, así que su labor era mantener la cueva limpia y caliente mientras que los osos, con sus poderosas zarpas, se encargaban de escarbar el hielo en busca de líquenes y plantas comestibles y pescaban peces bajo la superficie del lago helado cercano a la cueva.

Los dos grupos convivían en paz y armonía, pero las provisiones cada vez escaseaban más y los osos apenas tenían suficiente para ellos, por lo que poco podían ofrecer a los humanos y estos, acuciados por el hambre, decidieron enviar a un explorador hacia los valles para ver si en aquella zona la comida era más abundante.

Pasaron los días y el explorador no volvió.

Entonces decidieron enviar a otro; y luego a otro; y a otro; y a otro más. Pero ninguno de ellos regresó a la cueva.

Como los humanos no sabían qué hacer, decidieron consultar a Jum, la osa más sabia de la región. Después de reflexionar durante largo rato, Jum concluyó que el problema era que hacía demasiado frío para los humanos y que tan solo lograrían llegar al valle si se abrigaban bien. Pero los humanos no tenían pelo como los osos, así que estaban en un grave aprieto: o se morían de hambre dentro de la cueva o se morían de frío en el exterior. Parecía que su dilema no tenía solución.

La sabia osa pensó y pensó y, finalmente, halló la solución: tejería ropa de abrigo para que los humanos pudieran guarecerse del frío; y la tejería de nubes, el mejor material de la tierra para soportar la lluvia, la nieve y el granizo, ya que las nubes solo se deshacen cuando brilla el sol.

Jum se puso manos a la obra y, en poco tiempo, confeccionó un abrigo para cada uno de los miembros de la tribu. A medida que iba tejiendo abrigos de nube, los humanos se los iban poniendo y se marchaban hacia el valle hasta que, al final, ya no quedó nadie en la cueva.

Jum había tejido tantos abrigos que casi no quedaban nubes en el cielo y el sol, tímidamente, asomó y la nieve comenzó a deshacerse.

En el valle, los humanos encontraron alimentos en abundancia y decidieron quedarse a vivir allí.

Transcurrió el tiempo, el sol volvió a resplandecer con toda su intensidad y, poco a poco, los abrigos de nubes se fueron haciendo jirones hasta que, un día, desaparecieron por completo.

A partir de entonces, las nubes fueron solo nubes y los hombres olvidaron el lenguaje de la naturaleza. Olvidaron también su amistad con los osos y olvidaron, que una vez, cuando el mundo era todo de hielo, les habían salvado la vida.

FIN