oreja delatora

La oreja delatora

another_big_hand_by_tobiee

Ilustración: tobiee

Era un leñador muy pobre que todos los días salía al monte a cortar leña. Un día, clavó el hacha en un viejo tronco y de pronto, del interior del aquel árbol, salió un gigante que le dijo:

—¿Qué haces? Este árbol es mi casa, ¿cómo te atreves a cortarlo?

El leñador, asustado, respondió:

—Yo no sabía que esta era tu casa. Por favor, señor Gigante, no me hagas daño.

—Está bien —dijo el gigante—, tal vez no te haga nada. Pero antes de decidirme, dime, ¿cuántos hijos tienes?

—Tengo dos hijas. Vengo al bosque para cortar leña y poder darles de comer. Mi esposa es costurera y con la costura y la leña apenas ganamos para sostenernos todos.

—Está bien, te perdono la vida y te regalo una bolsa llena de monedas de oro si me traes a tu hija mayor para que sea mi sirvienta. Piénsalo, y mañana vuelve aquí con tu hija o con la bolsa de oro. ¡No intentes engañarme porque te encontraré y te comeré!

El leñador cogió la bolsa y al llegar a su casa contó lo que le había sucedido.

La hija mayor se avino al trato y, al día siguiente, su padre la acompañó hasta el árbol que había intentado talar. En el árbol había una gran puerta y tras ella una larga escalinata que descendía bajo tierra, al final de la cual se encontraba la casa del gigante.

Al llegar abajo, el gigante, que ya la estaba esperando, le dijo:

—Si me obedeces en todo, algún día serás dueña y señora de todo lo que tengo. Y lo primero que debes hacer es comerte esta oreja cruda —le dijo—. Ahora me tengo que ir. Si al volver no te la has comido, te mataré.

—¡Qué asco! —pensó la muchacha al ver que era una oreja humana y cuando el gigante se marchó, tiró la oreja al pozo.

Al volver, el gigante le preguntó:

—¿Ya te has comido la oreja?

—Sí, enterita y cruda; tal y como me has dicho.

—Veamos si es verdad. ¡Oreja! ¡Orejita!

—¿Qué quieres? —contestó la oreja

—¿Dónde estás, oreja?

—Aquí, en el pozo.

—¿No decías que te la habías comido? ¡Ahora verás!

El gigante la encerró en un cuarto y le cortó la cabeza.

Al día siguiente, el gigante fue a buscar al leñador, que estaba cortando leña en el bosque, y le dijo:

—Te daré otra bolsa de oro si me traes a tu hija pequeña. La otra dice que no puede estar sin ella.

El padre, aunque muy triste, fue a buscar a Marieta, que así se llamaba su hija pequeña y le dijo:

—Tu hermana te añora.

—¡Y yo también a ella!

Los dos se dirigieron al árbol donde vivía el gigante, que ya los esperaba. Cuando llegaron a la casa, el gigante le dijo a la niña:

—Tu hermana ha tenido que ausentarse, pero si tú me obedeces en todo hasta que ella regrese, algún día serás dueña y señora de todas mis riquezas. Y lo primero que has de hacer es comerte esta oreja cruda. Ahora me tengo que ir, y si al volver no te la has comido, te mataré.

Marieta, al no ver a su hermana, tuvo miedo, pero disimuló y contestó:

—Muy bien, después me la comeré.

Al marcharse el gigante, decidió esconder la oreja entre sus ropas. La puso en su cinturón y se lo ciñó bien fuerte, para que no se le cayera.

Cuando volvió el gigante preguntó:

—¿Ya te has comido la oreja?

—Sí, estaba muy rica.

—Veamos si es verdad. ¡Oreja! ¡Orejita!

—¿Qué quieres? —contestó la oreja

—¿Dónde estás, oreja?

—En la barriga de Marieta.

Al oír esto, el gigante se puso muy contento:

—Ya eres la dueña de todo lo que tengo. Aquí tienes mis llaves. Solo tienes prohibido abrir esa puerta —le dijo señalando el cuarto donde la hermana de Marieta había perdido la cabeza.

Al día siguiente, cuando se marchó el gigante, La niña se preguntó: «¿Por qué no podré abrir ese cuarto?». Y su curiosidad pudo más que su temor.

Cuando abrió, vio que un gran charco de sangre cubría el suelo de la estancia y se asustó tanto, que se le cayó la llave y se manchó.

Se agachó para recogerla y al levantarse, vio que había muchos cuerpos y junto a cada uno de ellos había una cabeza cortada. Entre todos ellos, reconoció con tristeza el de su hermana mayor. También vio una mesa en la que había una botella que contenía un extraño líquido verde, brillante y espeso. En la etiqueta se leía:

Pegamento extrafuerte de cabezas.
Aplicar una sola gota.

.

De pronto, oyó que el gigante empezaba a bajar las escaleras y salió corriendo de allí. Intentó limpiar la llave, pero no hubo forma de quitar la mancha. El gigante seguía acercándose, así que a Marieta se le ocurrió pincharse en un dedo con un alfiler y frotar con su sangre la llave que abría el cuarto prohibido justo en el momento que entraba el gigante y preguntaba:

—¿Ya has visto toda la casa?

—Sí.

—¿Entraste en el cuarto prohibido?

—No

—¡Enséñame la llave!

Al ver la llave manchada, se enfureció:

—¿Y esta mancha?

Marieta, mostrándole el dedo, le dijo:

—Me pinché en un dedo y me salió sangre.

El gigante quedó satisfecho con la explicación y le otorgó su total confianza.

Al día siguiente, el gigante salió de nuevo; dijo que se marchaba de viaje y que tardaría tres días en volver.

Marieta, tras asegurarse de que el gigante no mentía y que de verdad se marchaba porque ahora ya confiaba en ella, volvió corriendo al cuarto prohibido, cogió la botella, echó una gota del líquido prodigioso en la cabeza de su hermana y la unió a su cuerpo y ella, por arte de magia, despertó como si nada hubiera pasado y las dos se abrazaron muy contentas.

A continuación, entre las dos, fueron uniendo los cuerpos y las cabezas del resto de la gente que allí había y todos volvieron a la vida.

Estaban tan furiosos por lo que les había hecho el gigante, que esperaron escondidos a que regresara y entre todos acabaron con él.

Acto seguido, Marieta, que tenía todas las llaves, abrió la puerta donde el gigante guardaba su ingente tesoro y lo repartió.

Cargados con las inmensas riquezas, cada uno regresó a su hogar y, desde aquel día, ninguno de ellos volvió a tener nunca más preocupaciones.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La oreja delatora» con la voz de Angie Bello Albelda

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