orgullo

El sapo que quería ser estrella

Ilustración: Marshmellomeat

—He visto pasar una víbora con el cuerpo lleno de luces. Parecía una cadena de estrellas y era porque se tragó las luciérnagas del huerto —Así decía el sapo escondido, bajo el rosal, que aquella noche estaba cubierto de bichitos de luz—. Y pensar que si yo me tragara las luciérnagas de este rosal brillaría igual que la víbora. Y me convertiría en estrella. Y todos los que me desprecian por mi fealdad se morirían de envidia al verme tan hermoso. Sí, me voy a comer todas estas luciérnagas doradas.

En ese instante, sopló el viento y sacudió el rosal, derramando una lluvia de luces. El sapo abrió la boca y la primera luciérnaga le pintó de oro la garganta y siguió como una chispa, hasta el fondo de su panza.

—¡Bravo! ¡Ya empiezo a brillar!

Siguió lamiendo, una tras otra, las manchitas de luz que salpicaban el césped, hasta que no quedó ninguna.

—¡Es maravilloso! Ya nadie brilla en el huerto. ¡El único que brilla soy yo!

Y realmente parecía un sapo de cristal, un hermoso sapo verde, relleno de fuego. Loco de orgullo y alegría, se miró en el espejo de agua.

—¡Soy lo más hermoso de la naturaleza! —dijo y se tiró en el estanque.

Los peces se alborotaron y dijeron:

—¡Qué milagro! ¡Cayó una estrella al agua!

—¡Soy una estrella! ¡Soy una estrella! —repetía el sapo, echando chorros de luz por la boca y por los ojos. Una guirnalda de peces multicolores lo observaba, girando a su alrededor.

—¡Qué extraño! ¡La estrella tiene la forma de un sapo!

—Pero es una estrella. —Y continuaba la ronda de peces asombrados.

—Sigan girando, sigan girando, que soy una estrella y ustedes mis satélites —decía el sapo, loco de felicidad.

La noche empezó a desteñirse y el sapo temió que sus reflejos se apagaran con el día descubriendo su verdadera identidad. Por eso se fue nadando hacia arriba, seguido por los peces que le pedían a coro:

—Estrella hermosa, quédate en el agua.

—Ilumina la oscuridad en que vivimos.

—Serás la reina de este mundo submarino.

Pero el sapo llegó a la superficie y dijo:

—Tengo que volver al cielo antes de que salga el sol.

Dio un gran salto y dejó a sus amiguitos con el agua al cuello y la boca abierta de admiración.

Un gallo viejo y pensativo, que aquella noche no podía dormir, vio salir al extraño sapo del estanque. Abrió y cerró los ojos varias veces, lleno de asombro y, por fin, despertó a las gallinas que dormían en el mismo árbol.

—¡Miren, la estrella del amanecer cayó junto al estanque y está rebotando en el suelo! ¡Mírenla!

Todos despertaron de golpe y gritaron:

—¡Vamos a verla de cerca!

Y fueron volando hasta donde estaba el sapo luminoso.

—Tonterías, no es una estrella sino un sapo.

—¿Y por qué brilla tanto?

—Es un sapo que se escapó del infierno.

—No sean supersticiosas. Brilla porque se tragó las luciérnagas del huerto.

—¡Qué horror! ¡Es un sapo muy malo!

—Mató a esos pobres bichitos para robarles su luz.

—Merece un castigo.

—Sí, ¡merece un castigo!

Y decidieron atacarlo a picotazos. Pero apenas recibió los primeros golpes, el sapo dejó asombrado a todo el mundo: empezó a volar.

—¡Era una estrella verdadera y nosotros nos atrevimos a picotearla! —dijeron las gallinas deslumbradas.

—¡Yo todavía tengo su luz en mi pico! —dijo el gallo, dándose importancia.

El sapo no salía de su asombro al verse en el aire. Lo cierto es que las luciérnagas que estaban dentro de él, al sentir los picotazos resolvieron volar para salvarse, pero solo consiguieron levantar al sapo.

—¿Ahora quien dudará de que soy una estrella? ¡Si ya estoy en el cielo!

Y se puso a cantar, queriendo llamar la atención. Pero abrió tanto la boca que las luciérnagas empezaron a escaparse de su panza. Y él seguía cantando, sin darse cuenta de nada. Pero de repente, sintió que se caía. Todas las luciérnagas lo habían abandonado.

—¡Me voy a estrellar! —gritó el pobre—. Seré un vulgar sapo aplastado, yo que subí como una estrella. ¡Qué pobre final después de tan glorioso vuelo!

FIN

El agujero en el puente

Érase una vez un río, y en cada una de las orillas de este río había un pueblo. Los dos pueblos estaban unidos por un camino que pasaba por un puente. Un buen día en el puente apareció un agujero. El agujero debía arreglarse, en cuanto a esto la opinión pública de ambos pueblos estaba de acuerdo. Sin embargo, surgió una disputa sobre quién debía hacer el arreglo. Ya que cada uno de los pueblos se consideraba más importante que el otro.

El pueblo de la orilla derecha opinaba que el camino conducía sobre todo a él, por lo que el pueblo de la orilla izquierda era quien tenía que arreglar el agujero porque debía estar más interesado en ello.

El pueblo de la orilla izquierda consideraba que él era el destino de cualquier viaje, de modo que el arreglo del puente debía ser de interés para el pueblo de la orilla derecha.

La disputa se prolongaba, así que el agujero seguía allí. Y cuanto más tiempo pasaba, tanto más crecía la mutua antipatía entre ambos pueblos.

Un buen día, un mendigo local cayó al agujero y se rompió una pierna. Los habitantes de ambos pueblos le preguntaron con insistencia si iba de la orilla derecha a la izquierda, o bien de la izquierda a la derecha, ya que de esto dependía cuál de los dos pueblos era responsable del accidente. Pero él no se acordaba porque era muy anciano y tenía mala memoria.

Algún tiempo después, cruzó por el puente un comerciante que viajaba en su carro; una de las ruedas cayó en el agujero y el eje se rompió. Puesto que el viajero estaba de paso entre los dos pueblos —no iba ni del primero al segundo, ni del segundo al primero—, los habitantes de ambos pueblos se mostraron indiferentes ante el accidente.

El comerciante, hecho una furia, bajó del carruaje, preguntó por qué no se arreglaba el agujero, y al enterarse de las razones dijo:

—Quiero comprar este agujero. ¿Quién es su propietario?

Los dos pueblos reclamaron al unísono su derecho al agujero.

—O el uno o el otro. La parte propietaria del agujero tiene que demostrar que lo es.

—Pero ¿cómo? —preguntaron al unísono los representantes de ambas comunidades.

—Es muy sencillo. Solo el propietario del agujero tiene derecho a arreglarlo. Compraré el agujero al pueblo que arregle el puente.

Los habitantes de ambos pueblos se pusieron manos a la obra, mientras el comerciante se fumaba un puro y su cochero cambiaba el eje.

Arreglaron el puente en un santiamén y se presentaron para cobrar el agujero.

—¡¿Qué agujero?! —exclamó sorprendido el viajero—. Yo no veo aquí ningún agujero. Hace tiempo que buscó un agujero para comprar y estoy dispuesto a pagar por él un dineral, pero veo que vosotros no tenéis ningún agujero para vender. ¿Me estáis tomando el pelo o qué?

Subió al carro y se alejó.

Los dos pueblos hicieron las paces. Desde entonces, los habitantes de ambas orillas hacen guardia en buena armonía en el puente y si aparece un viajero, lo detienen y le cobran por cruzar.

FIN

Mediopollo

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Ilustración: Yolanda Cabrera

Había una vez una robusta gallina española que empolló una bonita y numerosa familia. Todos sus pollitos eran graciosos y finos, excepto uno, que resultó ser solo un medio pollo. Tenía un solo ojo, un ala, una pata, media cabeza y medio pico.

—¡Qué atrocidad! —cloqueó mamá gallina—. ¡Mi benjamín es solo un medio pollo! ¡Jamás servirá para nada!

Pero por raro que parezca, Mediopollo estaba muy lejos de ser un inútil; brincaba de un lado para otro sobre su única patita y se mostraba mucho más valiente y audaz que sus hermanos. Pero era también muy orgulloso y difícil de complacer, por lo que mamá gallina no se sintió excesivamente triste, cuando, un día, Mediopollo le dijo:

—Estoy hasta la media cresta de este viejo corral. ¡Me voy a Madrid a ver al rey!

—Solo eres un medio polluelo tonto —lo regañó mamá gallina—. Incluso un gallo hecho y derecho lo pensaría dos veces antes de emprender un viaje como ese.

—De todas maneras, voy —se obstinó Mediopollo—. Nada gano quedándome en este miserable gallinero contigo y con los demás. Yo soy especial y cuando llegue a Madrid, el rey me dará un corral para mí solo. Cuando esté instalado, tal vez os invite a pasar unos días conmigo.

—Vete, pues —contestó mamá gallina—. Pero no olvides ser amable y educado con todo el mundo y quizá tengas suerte, aunque no seas más que un medio pollo.

—¡Ya veremos! —exclamó Mediopollo y se alejó, dando rápidos brinquitos sin mirar hacia atrás ni una sola vez.

Al poco, llegó a un arroyo, cubierto de hierbas.

—¡Mediopollo, ayúdame, por favor! —suplicó el agua del riachuelo—. Saca estas hierbas que me aprisionan para que pueda correr libremente.

—¿Que te ayude? —contestó enojado Mediopollo—. ¿Crees que no tengo cosa mejor que hacer, que perder mi tiempo sacando hierbas? ¡Voy a Madrid a ver al rey!

Y, renqueando, se alejó.

Encontró, más tarde, una hoguera que alguien había encendido, pero cuyas llamas eran ya tan débiles que no tardarían mucho en extinguirse por completo.

—¡Por favor, ayúdame, Mediopollo! —imploró el fuego de la hoguera—. ¡Lánzame unas ramas o me ahogaré en unos minutos!

—¿Que te ayude? —Se indignó Mediopollo—. ¿Crees que no tengo nada mejor que hacer, que perder mi tiempo lanzándote ramas? ¡Voy a Madrid a ver al rey!

Y dando la espalda a la hoguera siguió su camino.

A la mañana siguiente, pasó junto a un enorme nogal en cuyas ramas se había enredado el viento.

—¡Por favor, ayúdame a desenredarme de estas ramas que me atrapan, Mediopollo! —rugió el viento.

—¿Que te ayude? —gritó furioso Mediopollo—. ¿Crees que no tengo nada mejor que hacer, que perder mi tiempo liberándote? ¡Voy a Madrid a ver al rey!

Continuó dando brincos con su única patita y a primera hora de la noche llegó a Madrid. Sin perder ni un minuto, se dirigió al Palacio Real.

—Esperaré aquí afuera —murmuró para sí—.  Seguro que el rey no tardará en salir a recibirme como merezco.

Pero mientras recorría los jardines esperando, se asomó el cocinero real por la ventana de la cocina y al ver a Mediopollo, exclamó:

—¡Qué casualidad! El rey acaba de pedirme consomé de pollo para la cena.

Bajó corriendo el cocinero, atrapó a Mediopollo por su única ala y lo arrojó a la olla que tenía ya preparada sobre el fuego.

—¡Agua, agua! —suplicó Mediopollo, desesperado—. ¡Apiádate de mí y no me mojes tanto!

—¿Apiadarme, Mediopollo? —contestó el agua—. ¿Por qué, si tú no quisiste ayudarme cuando yo era arroyo que corría por el campo?

Al poco rato, dentro de la olla hacía un terrible calor y Mediopollo gritó:

—¡Fuego, fuego, por favor, no ardas tanto que me quemas con tu calor!

—¿Qué no arda, Mediopollo? —contestó el fuego—. ¿Por qué, si cuando estaba a punto de morir en el bosque me diste la espalda?

De pronto, el cocinero levantó la tapa de la olla y al ver que solo era un medio pollo lo que hervía dentro, exclamó:

—¡Qué barbaridad, un medio pollo! ¡Esto no sirve para el consomé del rey!

Y sacándolo de la olla, lo arrojó por la ventana justo en el momento en que pasaba el viento.

El viento levantó en volandas a Mediopollo. Lo agitó de aquí para allá, y de allá para acá, sobre tejados y azoteas, como si fuera una pluma.

—¡Viento, viento! —suplicó Mediopollo—. ¡Por favor, no me sacudas así!

—¿Qué no te sacuda, Mediopollo? —contestó el viento—. ¿Por qué, si no me ayudaste cuando me enredé en el nogal?

Y con toda su furia, el viento lo elevó hasta un tejado y lo dejó clavado en la punta, donde todavía sigue.

Si vas a Madrid fíjate bien, porque verás a Mediopollo sobre su única pata, con una sola ala, un ojo, media cabeza y medio pico. ¡La veleta más alta de toda la ciudad!

FIN