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El tesoro perdido

Ilustración: silverwyn

El sol poniente se hundía en los picos de las nevadas montañas, que se tornaban rojos como ascuas de fuego. En las calles de Lhasa, los niños hacían volar cometas de brillantes colores sujetas a hilos espolvoreados con purpurina. Los pequeños corrían y brincaban entrelazándose, mientras reían alborotadamente tratando de cortarse mutuamente los hilos que sujetaban sus cometas. Un pequeño, de unos ocho años, se sentó junto a su tío, un monje vestido con hábitos de color naranja que observaba la cometa del niño elevarse cada vez más alto en el cielo, sostenida por el viento. Volaba tan arriba, que parecía que no se movía. Sin dejar de mirar su cometa, el niño pidió:

—Tío, cuéntame un cuento.

El monje sonrió y empezó su relato:

«Un padre le dijo a su hijo —empezó el monje—: «Voy a morir pronto, hijo mío. Llévate el oro que tengo a tu casa. Es tuyo. Pero no se lo digas a nadie. El dinero no tiene amigos». El padre confiaba en que su hijo, Tathagata, tendría presente su consejo y comprendería cómo suelen funcionar las cosas en el mundo.

Pero Tathagata tenía un gran amigo, de nombre Theravāda. Habían ido juntos a la escuela de niños y al salir del colegio por la tarde, habían jugado a todos los juegos juntos. Theravāda vivía en una la aldea cercana con su mujer y sus dos hijos pequeños.

Un día, Tathagata decidió salir de peregrinaje para visitar el monasterio santo y pensó: “¿Qué haré con el oro? ¿Dónde lo guardaré? Cuando mi padre estaba vivo, me dijo que no me fiara de nadie”. Sin embargo, al pensar en su amigo Theravāda, no pudo admitir que estas palabras debieran aplicarse también a él. No a Theravāda. Así pues, llevó sus dos bolsas de pepitas de oro a casa de su amigo y le dijo:

—Theravāda, amigo, por favor, guárdame este oro mientras esté fuera. Es el oro que mi padre me entregó al morir.

Theravāda dijo:

—Naturalmente, Tathagata, amigo. Guardaré tu oro con mucho cuidado. Cuando vuelvas de tu peregrinaje, aquí lo encontrarás. No tienes por qué preocuparte. Tú  y yo somos buenos amigos.

»Así —continuó el monje—, pasó un año y Tathagata volvió de su viaje. Fue a casa de Theravāda y le pidió a su amigo:

—¿Puedes devolverme mi oro, Theravāda?

—¡Oh, Tathagata, lo siento muchísimo!, ¡Qué desgracia, qué desgracia! ¡Durante tu ausencia, el oro se ha convertido en arena! —contestó Theravāda, mirando a su amigo con cara de estar muy apenado.

Pero Tathagata, mientras su amigo le contaba este singular acontecimiento, no pareció sorprendido. Después de unos minutos de silencio, repuso:

—Está bien, Theravāda, no te preocupes; hiciste todo lo que pudiste para vigilar mi oro. Eres un buen amigo.

Los dos hombres comieron juntos y pareció como si la pérdida del oro hubiera sido olvidada por completo.

Al cabo de un año, Theravāda le dijo a su amigo Tathagata:

—Amigo, quisiera ir de peregrinaje al monasterio santo, ¿podrías cuidar de mis hijos durante mi ausencia?

Tathagata aceptó de buen grado:

—Claro que sí, Theravāda, me gustará cuidar de tus hijos durante unos meses, ya que no tengo familia propia. Les daré buena comida y buena ropa. Serán muy felices en mi casa.

—¡Gracias, Tathagata! —dijo Theravāda, que pensó—: “Aunque ha perdido todo su oro por mi culpa, quiere cuidar de mis hijos. Ciertamente, es muy buena persona y un gran amigo”.

Tathagata se llevó a los niños a su casa y los cuidó muy bien, pero compró dos monitos a los cuales les puso los nombres de los niños. Durante el año que siguió, adiestró a los monos para que cuando él llamase “¡Dharma, ven aquí!”, el mono mayor corriera hacia él, y que cuando llamase “¡Karma, ven aquí!”, el mono más joven acudiera a su llamada. Los monos entendieron muy bien lo que se esperaba de ellos y aprendieron muy rápido.

Cuando Theravāda regresó, fue a ver a sus hijos. Tathagata mostró un triste semblante a su amigo:

—¡Oh, Theravāda, lo siento muchísimo!, ¡Qué desgracia, qué desgracia! ¡Durante tu ausencia, tus hijos se han convertido en monos!

Theravāda no sabía qué pensar y llamó a sus hijos por sus nombres. Al instante, aparecieron los dos monitos y corrieron hacia él. Cogieron de la mano a Theravāda y bailaron a su alrededor como si fuesen chiquillos. Theravāda quedó muy apenado y preguntó a su amigo:

—¡Ay!, Tathagata, ¿qué podemos hacer? ¿Cómo podemos hacer que estos monos se conviertan de nuevo en mis hijos?´

Tathagata pensó durante unos instantes y luego le dijo a su amigo:

—No creo que sea difícil, pero, para conseguir eso, necesitaremos oro.

—¿Cuánto oro bastaría? —preguntó Theravāda.

—Yo creo que, por lo menos, dos bolsas de pepitas de oro.

—Tan pronto como pueda traeré las bolsas de oro —dijo Theravāda, que salió corriendo hacia su casa.

Al cabo de un rato, volvió con las bolsas de Tathagata y se las entregó a su verdadero dueño. Tathagata las tomó y le dijo a Theravāda que esperase mientras él subía al piso de arriba. Pasados unos minutos, volvió a bajar.

—Mira, Theravāda, ¡lo hemos conseguido! El oro ha transformado los dos monos en seres humanos. Aquí tienes a tus hijos.

Theravāda estuvo encantado de recobrar a sus hijos, pero miró con enfado a Tathagata. Sin embargo, el ceño fruncido se convirtió en sonrisa y, acto seguido, los dos amigos rompieron a reír”.

Cuando terminó de contar esta historia, el propio monje rompió a reír al ver cómo el hilo de la cometa de su sobrino había sido cortado mientras él escuchaba con atención el relato. Ambos contemplaron la cometa flotar sobre el valle de Lhasa, alejándose hacia los dorados tejados del Potala, el monasterio santo.

FIN

El agua de la vida

Ilustración: Arthur Rackham

Hubo una vez un rey que enfermó gravemente. No había nada que aliviara ni calmara su dolor. Después de mucho deliberar, los sabios decidieron que solo lo podría curar el agua de la vida, tan difícil de encontrar que no se conocía a nadie que lo hubiera logrado. Este rey tenía tres hijos, el mayor de los cuales decidió partir en busca de tan especial medicina. «Sin duda, si logro que mejore, me premiará generosamente», pensaba, pues le importaba más el oro que la salud de su padre.

En su camino encontró a un pequeño hombrecillo que le preguntó cuál era su destino.

—¿Qué ha de importarte eso a ti?, ¡enano! Déjame seguir mi camino.

El duende, ofendido por el maleducado príncipe, utilizó sus poderes para desviarlo hacia una garganta en las montañas que cada vez se estrechaba más, hasta que ni el caballo pudo dar la vuelta, y allí quedó atrapado.

Viendo que su hermano no volvía, el mediano decidió ir en busca de la medicina para su padre. «Toda la recompensa será para mí»,  pensaba ambiciosamente.

No llevaba mucho camino recorrido, cuando el duende se le apareció preguntando a dónde iba:

—¡Qué te importará a ti! Aparta de mi camino, ¡enano!

El duende se hizo a un lado, no sin antes maldecirlo para que acabara en la misma trampa que el mayor, atrapado en un paso de las montañas que cada vez se hizo más estrecho, hasta que caballo y jinete quedaron inmovilizados.

Al pasar los días y no tener noticias, el menor de los hijos del rey decidió ir en busca de sus hermanos y del agua milagrosa para sanar a su padre. Se puso en marcha y no tardó mucho en encontrar al hombrecillo, el cual también le preguntó cuál era su destino:

—Mi padre está muy enfermo, busco el agua de la vida, que es la única cura para él.

—¿Sabes ya a dónde debes dirigirte para encontrarla? —volvió a preguntar el enano.

—Aún no. ¿Tú puedes ayudarme?

—Has resultado ser amable y humilde y, por ello, mereces mi favor. Toma esta varilla y estos dos panes y dirígete hacia el castillo encantado. Toca la cancela tres veces con la vara, y arroja un pan a cada una de las bestias que intentará comerte. Busca entonces la fuente del agua de la vida tan rápido como puedas, pues si dan las doce, y sigues en el interior del castillo, ya nunca más podrás salir —añadió el enanito.

A lomos de su caballo, pasados varios días, llegó el príncipe al castillo encantado. Tocó tres veces la cancela con la vara mágica, amansó a las bestias con los panes y llegó a una estancia donde había una preciosa muchacha que le dijo:

—¡Por fin se ha roto el hechizo! En agradecimiento, me casaré contigo si vuelves dentro de un año.

Contento por el ofrecimiento, el muchacho buscó rápidamente la fuente de la que manaba el agua de la vida. Llenó un frasco con ella y salió del castillo antes de las doce.

Durante el camino de regreso, se encontró de nuevo con el duende, a quien relató su experiencia. Después le preguntó:

—Mis hermanos partieron hace tiempo, y no los he vuelto a ver. ¿No sabrías dónde puedo encontrarlos?

—Están atrapados por la avaricia y el egoísmo, pero tu bondad los hará libres. Vuelve a casa y por el camino los encontrarás. Pero ¡cuídate de ellos!

Tal como había anunciado el duende, el menor encontró a sus dos hermanos antes de llegar al castillo del rey. Los tres fueron a ver a su padre, quien después de tomar el agua de la vida se recuperó por completo. Incluso pareció rejuvenecer. El menor de los hermanos le relató entonces su compromiso con la princesa, y su padre, orgulloso, le dio su bendición y permiso para casarse. Así pues, al acercarse la fecha pactada, el menor de los príncipes se dispuso a partir en busca de su amada.

Ella, que ya lo esperaba ansiosa en el castillo, ordenó extender una carretera de oro para recibir a su amado, desde su palacio hasta el camino y ordenó a los guardianes:

—Dejad pasar a aquel que venga por el centro de la carretera. Cualquier otro será un impostor —advirtió, y se marchó a hacer los preparativos.

Efectivamente, los dos hermanos mayores, envidiosos, habían tramado, por separado, llegar antes que el menor y presentarse a la princesa como sus libertadores:

—Suplantaré a mi hermano y seré yo el que me case con la princesa. —Pensaba cada uno de ellos.

El primero en llegar fue el hermano mayor, que al ver la carretera de oro pensó que la estropearía si la pisaba y, dando un rodeo tomó un camino lateral a la derecha y se presentó a los guardas como el rescatador de la princesa. Mas éstos, obedientes, le negaron el paso.

El hermano mediano llegó después, pero apartó el caballo de la carretera por miedo a estropearla, y tomó el camino de la izquierda hasta los guardias, que tampoco lo dejaron entrar.

Por último llegó el hermano menor, que ni siquiera notó cuando el caballo comenzó a caminar por la carretera de oro, pues iba tan absorto pensado en la princesa que se podría decir que casi flotaba.

Al llegar a la puerta, le abrieron enseguida, y allí estaba la princesa esperándolo con los brazos abiertos, llena de alegría y reconociéndolo como su salvador.

Los esponsales duraron varios días, y trajeron mucha felicidad a la pareja, que invitó también al padre, el cual vivió muchos años sin enfermar gracias al agua de la vida.

FIN

La gallina de los huevos de oro

Ilustración: gillendil

Érase una vez un campesino tan pobre, tan pobre, tan pobre que ni siquiera poseía una azada y tenía que pedirla prestada a su vecino para poder labrar el trocito de campo que circundaba su choza. Aquel hombre era el más pobre de toda la aldea.

Un día estaba el labrador plantando unos granitos de maíz mientras, con voz lastimera, se lamentaba de su mala suerte cuando se le apareció un pequeño duende, de largas barbas blancas y ojos traviesos, que le dijo:

—Hace rato que oigo tus tristes quejas y como me das mucha pena, haré que tu suerte cambie ahora mismo. Toma, te regalo esta gallina.

—¡Pobre de mí! ¿Y para qué quiero yo una gallina? ¡Soy tan pobre, que no podré alimentarla y se morirá de hambre! Y cuando muera, no podré hacer ni un caldo con ella… ¡Soy tan pobre, que no tengo olla para cocinarla!

—¡Bajo ningún concepto debes matar esta gallina!  Aunque parezca una vulgar ave de corral, aquí donde la ves, es una gallina extraordinaria. Cada mañana, justo al salir el sol, esta gallina cacarea y pone un huevo.

—¡Vaya maravilla! Cacarear y poner huevos… ¡Eso es lo normal en una gallina!

—Cierto. Pero lo que ya no es tan normal es que los huevos puestos sean de oro macizo…

El duendecillo desapareció sin añadir nada más y el incrédulo labrado tomó en sus brazos aquella gallina, que parecía de lo más vulgar con sus plumas y su pico, y se dirigió a su choza.

A la mañana siguiente, tal y como anunciara el duende, cuando el primer rayo de sol asomaba por el horizonte, la gallina abrió sus ojillos, cacareó y, ¡oh, sorpresa! puso un reluciente huevo de oro.

El labrador, contentísimo, recogió aquel valioso huevo que la gallina había puesto, lo envolvió en un paño y se dirigió a la ciudad. Allí lo vendió a un joyero, que le pagó una extraordinaria suma de dinero por él, el cual le aseguró que le compraría todos los que le llevara.

Loco de alegría, gastó todas las ganancias que había obtenido y, sin dinero, pero muy feliz, regresó a su choza.

Al día siguiente se repitió la misma historia: el sol salió, la gallina se despertó y después de atusarse las plumas puso otro huevo de oro. ¡Por fin la fortuna sonreía al pobre labrador!

Fueron pasando los días y la gallina, puntualmente, con la primera luz del alba, ponía un reluciente huevo de oro. El labrador lo recogía, se dirigía a la ciudad y lo vendía. Así que, poco a poco, con el producto de la venta de los huevos, fue convirtiéndose en el más rico de la comarca… pero también se convirtió en el más despilfarrador.

Aquel hombre, que además de ser lelo y poco previsor, porque todo el dinero que ganaba lo derrochaba en lugar de invertir una parte en la granja, tenía también muy poca paciencia, pensó: «¿Por qué tengo que esperar a que cada día la gallina ponga un huevo? Lo mejor que puedo hacer es matarla, abrirle la barriga y sacar todos los huevos de una sola vez».

Y, ni corto ni perezoso, eso hizo, pero para su disgusto, en el interior de la gallina no encontró nada de nada. Ni un solo huevo de oro halló en la panza del animal y aunque intentó coserle la herida a la pobre gallina y resucitarla haciéndole el boca a pico, sus intentos fueron por completo inútiles. La gallina no resucitó.

Fue así como aquel labrador tonto, por culpa de su impaciente avaricia, perdió su mágica gallina, perdió los huevos de oro que esta ponía y con ello, perdió toda su fortuna.

FIN

Rumpelstiltskin

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Ilustración: diegosimone

Érase una vez un molinero muy pobre que un día se topó de frente con el rey, el cual paseaba muy cerca de su molino. A fin de parecer una persona importante, el molinero le contó que tenía una hija capaz de hilar paja y convertirla en oro.

—Ese talento es digno de admirar. Si tú hija es tan hábil como afirmas, llévala mañana a palacio y la pondré a prueba.

Al día siguiente, al llegar la muchacha, el rey la condujo a una habitación llena de paja, le entregó una rueca y un huso y le dijo:

—¡Ponte a trabajar! Tienes tiempo hasta el amanecer, si cuando regrese no has convertido esta paja en oro, morirás.

Después, cerró la puerta con llave tras él y la dejó sola en el interior.

La hija del molinero, sin saber qué hacer, se puso a llorar desconsoladamente. No tenía la menor idea de cómo convertir la paja en oro.

De repente, la puerta se abrió y entró un enano contrahecho que le dijo:

—¡Buenas noches. niña!, ¿por qué lloras?

—Porque tengo que hilar toda esta paja para convertirla en oro y no tengo ni idea de cómo hacerlo.

—¿Qué me das si hilo por ti? —preguntó el enano

—Te daré mi collar —respondió la chica.

El enano se guardó el collar en el bolsillo, tomó entre sus manos la rueca y empezó a hilar a toda velocidad «zummmmmmm, zummmmmmmmm, zummmmmm». A sus pies, se iban amontonando bobinas de hilo de oro. Toda la noche estuvo trabajando.

Al salir el sol, llegó el rey y al ver la paja transformada en oro, se quedó atónito y encantado, pero en su avaricioso corazón se despertó el deseo de poseer aún más riquezas, así que condujo a la hija del molinero a una habitación más grande que la primera, llena hasta el techo de paja y le ordenó:

—Si valoras en algo tu vida, convierte este montón de paja en oro. ¡Ponte a trabajar! Tienes tiempo hasta el amanecer, si cuando mañana regrese no has convertido esta paja en oro, morirás.

La muchacha no sabía qué hacer, estaba desesperada, pero, como el día anterior, se abrió la puerta, apareció el diminuto hombrecillo y dijo:

—¿Qué me das si hilo por ti?

—Te daré mi anillo

El enano se guardó el anillo en el bolsillo, tomó entre sus manos la rueca y empezó a hilar a toda velocidad y, otra vez, convirtió toda la paja en brillante oro.

El rey no cabía en sí de gozo, pero su codicia no tenía límite y todavía no estaba satisfecho, así que llevo a la hija del molinero a una habitación aún más grande que las dos anteriores, llena de paja a rebosar y le dijo:

—Si consigues hilar toda esta paja, me casaré contigo.

«Es hija de un molinero, cierto —pensó—, pero no podría encontrar una esposa mejor aunque buscara por todo el mundo».

Al quedarse sola la muchacha, el enano apareció por tercera:

—¿Qué me das si hilo por ti?

—No me queda nada para darte —respondió la chica.

—Entonces tienes que prometerme que, cuando seas reina, me entregarás el primer hijo que tengas.

«Quién sabe qué sucederá antes de que yo llegue a reina y tenga un hijo» —reflexionó la hija del molinero. Y como no tenía otra manera de salir de aquel aprieto, le prometió al enano lo que este le había exigido y el hombrecillo se puso a hilar.

A la mañana siguiente, la hija del molinero se convirtió en reina y no volvió a pensar más en el enano ni en lo que había sucedido.

Justo al cabo de un año, dio a luz a un hermoso niño y cuál no sería su consternación cuando pocos días después, de repente, se abrió la puerta de su habitación y apareció el enano:

—Dame lo que prometiste.

La reina, al recordar su promesa, le ofreció al hombrecillo todas las riquezas de su reino a cambio de su hijo, pero el enano se negó a escucharla:

—¡No! Ni todas las riquezas del mundo son comparables al valor de este niño.

Al oír esto, la reina se puso a llorar de tal modo que el enano, compadeciéndose de ella, le dijo:

—Te daré una oportunidad: tienes tres días para averiguar mi nombre, si lo adivinas, dejaré que te quedes a tu hijo.

El primer día, la reina le dijo al enano los nombres más extraños que ella recordaba, pero ninguno de ellos era el correcto, así que la reina mandó a todos sus mensajeros por el mundo para que trataran de averiguar el nombre del enano.

Al segundo día, cuando el hombrecillo llegó, la reina empezó a recitar todos los nombres exóticos que recordaba: «Gaspar, Melchor, Baltasar…». Pero cada vez que pronunciaba uno, el enano respondía:

—¡No, no! ¡Ese no es mi nombre!

Al tercer día regresaron los mensajeros, pero ninguno había sido capaz de encontrar lo que la reina pedía. Sin embargo, el último que llegó contó lo siguiente:

—Durante mi viaje, paré para descansar en una alta colina rodeada de bosques, allí donde los zorros y las liebres viven; había una casa muy pequeña y ante ella ardía una hoguera. Me escondí para observar y vi cómo el ser más grotesco que imaginar se pueda, danzaba como un loco alrededor del fuego, repitiendo sin cesar la misma cantinela:

Hoy horneo,

mañana cerveza bebo,

y pasado mañana al príncipe me llevo.

A la reina no engaño,

pero jamás sabrá que Rumpelstiltskin me llamo.

Es fácil imaginar el alborozo de la reina al oír la canción.

Al poco rato llegó el enano:

—Veamos, señora reina, ¿ya sabes cuál es mi nombre? Solo te quedan tres oportunidades.

—¿Es Conrado?

—¡No!

—¿Acaso es Gustavo?

—¡No!

—¿Tal vez sea Rumpelstiltskin?

—¡El diablo te lo ha dicho! ¡El diablo te lo ha dicho! —gritó el hombrecillo y golpeó el suelo con tanta rabia, que su pie derecho se hundió hasta la rodilla.

Para poder salir de su propia trampa, se sujetó con ambas manos a su pie izquierdo y tiró y tiró; con tanta fuerza, que se rompió la pierna antes de poder sacarla. Entonces, sin dejar de protestar, se marchó cojeando y nunca jamás se lo volvió a ver.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Rumpelstiltskin» con la voz de Angie Bello Albelda

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La Reina Maga y los Tres Sabios de Oriente

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Ilustración: Marcos Ortega

Cuenta una antiquísima leyenda, que hace más de dos mil años tres Reyes Sabios llegados de Oriente le llevaron presentes a un niño nacido en un pesebre de Belén. Uno le llevó oro, otro incienso y mirra el tercero. Los nombres de estos Reyes eran Melchor, Gaspar y Baltasar.

A los tres les gustó tanto eso de hacer regalos que, desde entonces, viajan a la Tierra la noche del 5 de enero para entregar presentes a todo aquel que cree en ellos y está dormido.

Pero esa leyenda no cuenta cómo es que solo tres reyes pueden entregar en una sola noche todos los paquetes del mundo. Y mucho menos nos dice de dónde sacan el dinero que se necesita para comprar tantísimas cosas.

Tampoco nos cuenta de dónde salió la estrella que los guio hasta su destino o por qué iban los tres montados en camellos exactamente iguales, ni dice por qué les escribimos cartas parecidas a esta:

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Ilustración: nymphaeum

Para aquellos que siempre se han preguntado estas cosas y nunca han obtenido respuestas, hemos escrito este cuento. Para todos los que quieren saber la verdad, contamos esta historia…

Empezaremos diciendo que no fueron tres reyes, sino cuatro. Hay quien afirma que el cuarto se llamaba Artabán y que nunca llegó a su destino porque desapareció misteriosamente. Pero lo cierto es que el cuarto no era un rey, sino una poderosa reina. Y no desapareció, sino que jamás viajó a Belén con los otros tres. De todos, ella era la única maga. Su nombre era Malka y esta es su historia.

Malka vivía en un desierto sin fin de arena de oro, bañado por un océano de aguamarinas, en cuya orilla crecían palmeras de esmeralda de las que pendían cocos de topacio.

Rojos pájaros de rubí cruzaban los cielos de opalina y de las imponentes montañas de zafiro no se divisaban las cumbres.

De día, brillaba en el cielo un sol de diamante. Y por la noche, titilantes estrellas y una pálida luna de platino dejaban caer su polvo plateado sobre campos y ciudades.

Los tesoros de aquel lugar eran tantos, que hubiera sido imposible contarlos y tan valiosos, que hubiera sido imposible guardarlos bajo llave. Así que Malka, para protegerlos de la codicia humana, hizo su reino invisible. Por eso, ni aún ahora, se sabe dónde está situado y solo tenemos noticias de él porque, de vez en cuando, encontramos algún tesoro que desde allí cae a la Tierra.

Una mañana, estaba Malka asomada a la ventana de su palacio de alabastro cuando divisó a tres hombres ricamente ataviados que andaban perdidos en su desierto. Los invitó a su casa y les dio comida y bebida, y ellos le contaron que se habían extraviado mientras iban camino de Belén, adonde se dirigían para conocer a un recién nacido que la gente afirmaba que era especial.

Malka les aconsejó que le llevaran algún regalo al pequeño, puesto que era de muy mala educación ir con las manos vacías a conocer a alguien que acababa de llegar al mundo.

—¡No hemos pensado en eso! —exclamaron compungidos los tres Reyes— Hemos salido tan deprisa, que no hemos comprado nada. ¡¿Qué haremos ahora?!

—No os preocupéis, de todo lo que veis, escoged lo que más os guste para regalárselo a ese niño —dijo la Reina.

—Pues yo, con tu permiso, elijo este precioso recipiente hecho con arena de tu desierto —se adelantó Melchor, el anciano rey de largas barbas y cabellos blancos. Y apuró la bebida de su copa de oro.

—Yo le llevaré esa cajita de la que se escapa niebla blanca, ¡parece mágica! —dijo Gaspar apartando sus rubios cabellos de la cara y mirando embobado las caprichosas formas que dibujaba el humo del incienso en el aire.

—Yo le regalaré esas piedrecitas que huelen tan bien —habló Baltasar aspirando el suave aroma que flotaba en la sala. Y al tomar el vítreo frasco, la dorada mirra que había en su interior pareció aún más dorada entre sus negras manos.

—Tomad también camellos de mi establo, es el mejor animal para cruzar el desierto, iréis mucho más rápido y el viaje será más cómodo —les sugirió Malka.

A la mañana siguiente, montados y con sus regalo en las alforjas, se despidieron de Malka un poco preocupados:

—¿No querrías venir con nosotros, Malka? Tememos desorientarnos de nuevo en este desierto interminable.

—No puedo abandonar mi reino —repuso ella con tristeza—. Si me marcho, se hará visible y la codicia humana lo destruirá por completo. Pero no os preocupéis, que con mi ayuda no os extraviaréis —añadió sonriendo.

Pronunció unas extrañas palabras, trazó complicados símbolos en el aire y, de repente, en su mano derecha apareció una estrella, que lanzó al aire para que guiara a los Reyes hasta Belén.

—¡No olvidéis volver para contarme lo sucedido! —les gritó la Reina mientras los Tres Sabios se alejaban.

Justo al cabo de tres semanas, regresaron precedidos por la estrella.

—¿Y bien, cómo ha ido? —preguntó ansiosa Malka.

—Ha sido un viaje fantástico. La estrella nos indicó el camino y, al llegar, entregamos los regalos. Fue tan divertido ver la cara de sorpresa de aquel niño al verlos, que ninguno de nosotros volverá a ver algo semejante mientras viva. Sería estupendo poder entregar regalos a todo el mundo. Pero eso es imposible…

—Tal vez haya un modo… —repuso Malka.

Y entonces les propuso que se quedaran a vivir allí. Ella les desvelaría los secretos de la magia para que pudieran moverse con tal rapidez, que sería como si estuvieran en mil sitios a la vez. De ese modo, podrían entregar millones de regalos en un momento. Por el dinero no había que preocuparse, sus tesoros servirían para comprarlos.

Ellos aceptaron encantados. Enviaron una carta muy larga a sus familias para explicarles que no regresarían, pero que irían a visitarlos una vez al año. Podían escribirles siempre que quisieran para contarles cómo iban las cosas. Y así lo hicieron sus esposas, sus hijos, sus padres, sus nietos y, después, los nietos de sus nietos… y ahora nosotros.

Cada enero, escribimos una carta a los Reyes para contarles qué hemos hecho de bueno y de malo durante el año que hemos dejado atrás y decirles qué es lo que más deseamos para el año que empieza.

Y sabemos que ellos leen nuestras cartas porque el día 6, al despertarnos, encontramos lo que les hemos pedido junto a nuestra cama o en el salón. Algunas de las cosas que nos traen no tienen precio, las otras las compran con los tesoros de la Reina Maga.

Justo antes del amanecer, vuelven al reino de Malka y los cuatro juntos observan cómo abrimos nuestros regalos. Cuando ven nuestras caras de sorpresa y escuchan nuestras risas, recuerdan la aventura que vivieron hace ya tanto tiempo y con eso son felices un año entero.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La Reina Maga y los Tres Sabios de Oriente» con la voz de Angie Bello Albelda

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Aladino y la lámpara maravillosa

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Ilustración: cuson

Érase una vez una viuda muy pobre que tenía un hijo llamado Aladino. Un día, un misterioso extranjero le dijo a Aladino que si lo ayudaba en un sencillo trabajo le daría, a cambio, una moneda de plata y el chico aceptó encantado, ya que pensó que aquel dinero les vendría muy bien a su madre y a él:

—¿Qué tengo que hacer? —preguntó.

—Sígueme —respondió el misterioso extranjero.

Juntos se alejaron de la aldea y se internaron en el bosque al que solía ir Aladino a buscar leña. Al poco, se detuvieron ante la angosta entrada de una profunda cueva que el chico nunca había visto antes.

—¡No recuerdo haber visto jamás esta cueva! —exclamó el joven— ¿Siempre ha estado aquí?

El extranjero no respondió, sino que le ordenó:

—Entra y busca mi vieja lámpara de aceite. Iría yo, pero la entrada es demasiado estrecha para mí.

—¡Voy ahora mismo! —repuso Aladino.

—Una cosa más antes de entrar —Lo detuvo el extranjero—. Solo quiero la lámpara de aceite. Veas lo que veas ahí dentro, no toques nada más, ¿entiendes?

El tono de voz del forastero alarmó a Aladino que, por un instante, estuvo tentando de huir, pero al recordar la moneda de plata que cobraría por trabajo tan sencillo y al pensar que con ella podrían comer una semana entera, no se movió.

—No debo tocar nada —repitió y acto seguido se deslizó a través de la estrecha abertura.

Una vez dentro, Aladino vio una vieja lámpara de aceite que alumbraba con su tenue luz la cueva. Cuál no sería su sorpresa, al descubrir que el suelo de la gruta estaba completamente cubierto de monedas de oro y plata y de piedras preciosas de todos los tamaños y colores.

«Que extraño, —se dijo— si ese extranjero desprecia los tesoros y solo quiere esta vieja lámpara, entonces es que su valor debe de ser incalculable. ¿O quizá es que ese hombre está loco? ¿O tal vez es un brujo?… Loco no parece… así que seguro que es…».

—¡Lánzame la lámpara ahora mismo! —gritó impaciente desde fuera el hechicero.

—Ya estoy saliendo con ella —repuso Aladino mientras comenzaba a deslizarse por la abertura.

—¡No! ¡Primero dame la lámpara! —exigió cerrándole el paso.

—¡No! —gritó Aladino.

—¡Pues peor para ti! —espetó enfurecido el hombre, empujando al muchacho dentro de la cueva y haciendo rodar a continuación una gran roca que bloqueó la entrada.

Pero no advirtió que, al hacerlo, el anillo que llevaba puesto en su dedo índice resbaló y rodó hasta los pies de Aladino, el cual lo recogió y se lo puso.

Una profunda oscuridad invadió la caverna y Aladino sintió miedo. ¿Se quedaría atrapado allí para siempre? Empezó a pensar en la forma de salir y mientras cavilaba, giraba nerviosamente el anillo en su dedo.

De repente, una deslumbrante luz invadió el lóbrego lugar y, en medio de ella, apareció un sonriente genio.

—Soy el Genio del Anillo, ordena y obedeceré.

—Quiero regresar a mi casa –balbuceó Aladino, aturdido ante la aparición.

Apenas lo hubo dicho, Aladino, con el anillo y el candil de aceite, se encontró en su casa refiriendo a su asombrada madre su aventura:

—Sé que no es una moneda de plata, pero al menos nos podremos alumbrar una vez esté limpia —le dijo mostrando la sucia lámpara, que empezó a frotar animoso.

Al hacerlo, de su interior salió un misterioso humo que se trasformó en un genio dos veces más grande que el Genio del Anillo.

—Soy el Genio de la Lámpara, ordena y obedeceré.

—¿Por qué no una deliciosa comida acompañada de un dulce postre?

Inmediatamente, aparecieron fuentes llenas de exquisitos manjares que Aladino y su madre degustaron con placer.

A partir de ese día, el Genio de la Lámpara se encargó de proporcionarles todo lo necesario para vivir y, como nunca pedían mucho, nadie sospechó del tesoro que guardaban.

Pasó el tiempo y, un día, cuando Aladino se dirigía al mercado, vio a la Gran Sultana, que se paseaba en su litera, y quedó perdidamente enamorado de ella. Regresó a su casa y le suplicó a su madre:

—Madre, tienes que ayudarme; la Gran Sultana Badrá’l-Budur me ha mirado a los ojos y me he enamorado de ella. Necesito saber si ella también se ha enamorado de mí.

—Iré a palacio, hijo mío, y hablaré con el Consejo Real.

Como era costumbre llevar un regalo a la Gran Sultana, madre e hijo le pidieron al Genio de la Lámpara un cofre de piedras preciosas y aunque al verlo todos los consejeros reales quedaron impresionado, preguntaron:

—¿Cómo podemos saber si tu hijo está a la altura de Badrá’l-Budur? Queremos que mañana nos envíe cuarenta caballos de pura sangre cargados con cuarenta cofres igual que este, escoltados por cuarenta guerreros.

El Genio de la Lámpara obedeció las órdenes de Aladino y, al instante, aparecieron cuarenta briosos caballos, montados por cuarenta guerreros armados con cimitarras que custodiaban cuarenta cofres rebosantes de piedras preciosas.

—¡Al palacio de la Gran Sultana!- ordenó Aladino.

Al ver el presente, el Consejo Real permitió que Aladino se presentara ante Badrá’l-Budur. Y ella, que también se había enamorado de Aladino, ordenó que se celebrara lo antes posible una fastuosa boda que duró veinte días.

Con la ayuda del genio, Aladino construyó un magnificente palacio y en él vivieron felices hasta que, al cabo de un tiempo, el malvado hechicero volvió a la ciudad disfrazado de mercader.

—¡Compro lámparas viejas!

—¡Aquí! —lo llamó Badrá’l-Budur. Y le entregó el viejo candil de aceite.

Aladino no había contado aún el secreto a su esposa y ahora ya era demasiado tarde. El hechicero frotó la lámpara y dio una orden al genio. En una fracción de segundo, Badrá’l-Budur y el palacio fueron trasladados hasta los lejanos dominios del infame brujo.

Al regresar a su casa, Aladino comprobó que todo lo que amaba había desaparecido. Entonces se acordó del anillo y le dio vueltas en su dedo.

—Soy el Genio del Anillo. Ordena y obedeceré.

—Gran Genio del Anillo, ¿adónde ha ido mi amada esposa? ¿Dónde está nuestro palacio? ¿Dónde la lámpara maravillosa?

—Tu enemigo el brujo se ha llevado el palacio entero; dentro estaba Badrá’l-Budur. También robó la lámpara maravillosa -respondió el genio.

—Tráemelos de regreso inmediatamente —pidió Aladino.

—Lo siento, pero no tengo poder suficiente para eso, aunque puedo llevarte a ti hasta el lugar en el que están.

Poco después, Aladino estaba en el palacio del hechicero y registraba una por una todas las estancias hasta que, al fin, dio con Badrá’l-Budur. Se abrazaron y empezaron a hablar de la forma de acabar con el brujo. Juntos trazaron un plan: Badrá’l-Budur le daría al vil mago un potente narcótico que lo haría dormir durante mil años y así podrían escapar. El Genio del Anillo les proporcionó el brebaje.

Aquella misma noche, Badrá’l-Budur le ofreció la bebida al hechicero, que bebió hasta la última gota e inmediatamente se sumió en un profundo sueño. Recuperaron la lámpara mágica que el perverso brujo escondía en uno de sus bolsillos y la frotaron con fuerza:

—Soy el Genio de la Lámpara, ordenad y obedeceré.

—¡Queremos regresar a casa!

—¡Al instante! —Y el palacio entero, con ellos dentro, se elevó por los aires y flotó, suavemente, hasta el reino de Badrá’l-Budur.

Al verlos llegar, los habitantes del país organizaron una gran fiesta en su honor para festejar su regreso.

Los dos enamorados vivieron felices el resto de sus días y el Genio de la Lámpara, para que nadie olvidara esta historia, la escribió en la llama de la lámpara mágica. Es por eso, que cada vez que alguien enciende un viejo candil de aceite puede ver en su luz las aventuras que vivieron Aladino y la Gran Sultana Badrá’l-Budur.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Aladino y la lámpara maravillosa» con la voz de Angie Bello Albelda

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El tesoro del bosque

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Ilustración: Dianne Dengel

Érase que una vez, en la última casa de una aldea muy pequeña, junto a un espeso bosque de hayas y robles, vivía plácidamente un matrimonio de ancianos. Su jardín lindaba con el de unos vecinos que, sin ser malas personas, tenían el grave defecto de fisgar continuamente lo que hacían y decían los demás. Para colmo de males, como no sabían sujetar la lengua, contaban todo lo que veían y escuchaban al primero con el que se cruzaban, así que en aquel pueblo todo el mundo sabía lo que sucedía en las casas ajenas. Pero es que además, no satisfechos con esto, exageraban de tal modo las cosas, que muchas veces acababan contando sucesos que no eran ciertos.

Un día, mientras los dos ancianos daban su paseo vespertino por el bosque, notaron que sus pies se hundían en el camino y extrañados, decidieron remover la tierra para ver qué era lo que había allí debajo.

Hurgaron durante un rato y hallaron un gran caldero lleno hasta arriba de monedas de oro y plata.

—¡Qué suerte la nuestra! Pero, ¿qué haremos con esto? No podemos llevarlo a casa, porque todo el mundo se enterará, gracias a nuestros vecinos, de que tenemos un tesoro y, al final, nos arrepentiremos hasta de haberlo visto.

Tras largas reflexiones tomaron una determinación. Volvieron a enterrar el tesoro, echaron encima unas cuantas ramas y regresaron al pueblo. Corrieron hacia el mercado y compraron una liebre y un besugo y, acto seguido, se dirigieron de nuevo al bosque y colgaron el besugo en lo más alto de un árbol y colocaron la liebre en una nasa que echaron al río.

Inmediatamente, la mujer se apresuró a regresar sola a la cabaña y esperó a que llegara su marido, el cual apareció al poco rato gritando tan fuerte como pudo:

—¡Esposa mía! ¡Esposa mía! ¡Sal a la puerta! ¡Escucha lo que te contaré! ¡Acabo de tener una suerte loca! ¡Somos ricos!

—¿Qué ha pasado? ¡Cuenta, cuenta! —exclamó la mujer con toda la fuerza de su voz, para asegurarse de que sus vecinos no se resistirían a escuchar la conversación—. ¿Cómo es eso de que ahora somos ricos?

—¡He encontrado en el bosque un caldero lleno de monedas de oro y plata! ¡Ven!, te mostraré dónde está. ¡Vamos!

Y ambos se dirigieron al bosque, no sin antes asegurarse de que sus vecinos los seguían subrepticiamente.

El hombre, entonces, empezó a hablar casi a gritos:

—Pues si es raro hallar un tesoro en medio del bosque, más extraño es todavía lo que me contaron el otro día. Por lo que me dijeron, parece que ahora es habitual que en los árboles crezcan peces.

—¿Pero qué estás diciendo? Seguramente oíste mal o te mintieron. ¡Mira que la gente hoy día no hace más que mentir!

—Pues fíjate, mira allá arriba ¿A eso le llamas tú mentir? ¡Convéncete tú misma de que lo que me dijeron es cierto!

Y señaló al árbol del que colgaba el besugo.

—¡Extraordinario! ¡Inaudito! —exclamó la mujer—. ¿Cómo habrá podido trepar ahí ese besugo? ¿Será verdad lo que afirma la gente?

El anciano, parado y con los brazos en jarras, no dejaba de mirar hacia donde estaba el besugo, negando con la cabeza y encogiéndose de hombros, como si no pudiera dar crédito a lo que estaba viendo.

—¡No te quedes ahí parado! Ya que estamos, podemos coger el besugo y asarlo para cenar —dijo la mujer.

Y así lo hicieron. Guardaron el besugo en su bolsa y siguieron andando.

Al poco, llegaron al río, el hombre se detuvo y su esposa le preguntó:

—¿Por qué te paras? ¿Qué ocurre? ¿Qué estás mirando?

—Veo que algo se mueve dentro de la nasa. ¡Quizá haya caído un pez! Voy a ver.

Miró dentro de la cesta y llamó muy excitado a su mujer:

—¡Ven y mira! ¡He pescado una liebre!

—¡Asombroso! ¡Inusitado! ¡Te dijeron la verdad! Sácala enseguida, mañana haremos un buen estofado con ella.

El marido cogió la liebre y puso rumbo al lugar donde estaba el tesoro; lo desenterraron, cargaron con él y con grandes muestras de entusiasmo, regresaron a su casa.

Los dos ancianos, ricos desde aquel día, vivieron alegremente y sin preocuparse por nada durante algún tiempo. Sin embargo, un buen día, sus vecinos, envidiosos de la suerte ajena, acudieron a los tribunales para denunciar el hallazgo.

—Venimos a ponernos en manos de la justicia y a presentar demanda contra nuestros vecinos. Encontraron un tesoro en el bosque que hay detrás de nuestra casa, y en lugar de repartirlo con nosotros, se lo quedaron entero para ellos solos.

El juez envió a su secretario para comprobar la denuncia y al llegar este a casa de los ancianos ordenó:

—En nombre de la Ley, entregadme ahora mismo el tesoro. Queda confiscado hasta que se aclaren los hechos.

Los ancianos se encogieron de hombros con extrañeza y preguntaron:

—¿Qué tesoro?

—Sus vecinos acaban de denunciar ante el juez que ustedes han encontrado un tesoro.

—¿Nosotros?, tal vez nuestros vecinos lo hayan soñado.

—¡No hemos soñado nada! Vimos el caldero lleno de plata y oro con nuestros propios ojos.

—Por favor, señor secretario, ¿puede interrogarlos con detalles? Si puede probar lo que dicen contra nosotros, responderemos con todos nuestros bienes.

—¡Pero que se han pensado! ¡Claro que podemos probarlo! Señor secretario, le diremos cómo sucedió todo. Lo recordamos a la perfección. Los seguimos hasta el bosque y primero paramos porque de un árbol colgaba un besugo…

—¿Un besugo? —interrumpió el secretario—. ¿Se burlan de mí?

—No, señor, decimos la verdad.

—Pero, por favor —dijo el anciano—, ¿quién puede dar crédito a tamaño desatino?

—¡No son desatinos! ¡Es la verdad! Y usted lo sabe muy bien. Y también sabe muy bien que después pescó una liebre con su nasa…

El secretario se alisó la barba e intentó aguantar la risa sin conseguirlo. La anciana, dirigiéndose a sus vecinos, les aconsejó:

—Será mejor que no sigan, ¿o es que acaso no ven como se está riendo de ustedes el señor secretario? Y usted, señor secretario, ¿aún no se ha convencido de que todo lo que están contando no son más que disparates?

—Realmente, aunque en los juzgados se oyen toda clase de historias raras, en la vida nos llegó noticia de que en los árboles crecieran besugos, ni de que en los ríos se pescaran liebres. Así que, como este asunto me parece una insensatez, doy por terminada esta investigación.

Esa vez, fueron los dos ancianos y el secretario los que extendieron la noticia por el pueblo. Todo el mundo se rió tanto de los dos fisgones, que estos optaron por cerrar la boca durante algún tiempo.

Los dos ancianos se trasladaron a una gran mansión de la ciudad y allí siguen, viviendo a cuerpo de rey, disfrutando felices y contentos del tesoro del bosque.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El tesoro del bosque» con la voz de Angie Bello Albelda

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