oso

Un elefante ocupa mucho espacio

Ilustración: Euchariss

Que un elefante ocupa mucho espacio lo sabemos todos. Pero que Víctor, un elefante de circo, se decidió una vez a pensar «en elefante», esto es, a tener una idea tan enorme como su cuerpo… ¡ah!… eso algunos no lo saben, y por eso se lo cuento:

Verano. Los domadores dormían en sus carromatos, alineados a un costado de la gran carpa. Los animales velaban desconcertados. No era para menos: cinco minutos antes, el loro había volado de jaula en jaula comunicándoles la inquietante noticia. El elefante había declarado huelga general y proponía que ninguno actuara en la función del día siguiente.

—¿Te has vuelto loco, Víctor? —le preguntó el león, asomando el hocico por entre los barrotes de su jaula—. ¿Cómo te atreves a ordenar algo semejante sin haberme consultado? ¡El rey de los animales soy yo!

La risita del elefante se desparramó como papel picado en la oscuridad de la noche:

—¡Ja! El rey de los animales es el hombre, compañero. Y sobre todo aquí, tan lejos de nuestras selvas…

—¿De qué te quejas, Víctor? —interrumpió un osito, gritando desde su encierro— ¿No son acaso los hombres los que nos dan techo y comida?

—Tú has nacido bajo la lona del circo… —le contestó Víctor dulcemente— La esposa del criador te crio con mamadera… Solamente conoces el país de los hombres y no puedes entender, aún, la alegría de la libertad…

—¿Se puede saber para qué hacemos huelga? —gruñó la foca, coleteando nerviosa de aquí para allá.

—¡Al fin una buena pregunta! —exclamó Víctor, entusiasmado, y ahí nomás les explicó a sus compañeros que ellos eran presos… que trabajaban para que el dueño del circo se llenara los bolsillos de dinero… que eran obligados a ejecutar ridículas pruebas para divertir a la gente… que se los forzaba a imitar a los hombres… que no debían soportar más humillaciones y que patatín y que patatán. (Y que patatín fue el consejo de hacer entender a los hombres que los animales querían volver a ser libres… Y que patatán fue la orden de huelga general…).

—¡Bah! Pamplinas… —se burló el león— ¿Cómo piensas comunicarte con los hombres? ¿Acaso alguno de nosotros habla su idioma?

—Sí —aseguró Víctor—. El loro será nuestro intérprete —Y enroscando la trompa en los barrotes de su jaula, los dobló sin dificultad y salió afuera.

Enseguida, abrió una tras otra las jaulas de sus compañeros. Al rato, todos retozaban en los carromatos. ¡Hasta el león!

Los primeros rayos de sol picaban como abejas zumbadoras sobre las pieles de los animales cuando el dueño del circo se desperezó ante la ventana de su casa rodante. El calor parecía cortar el aire en infinidad de líneas anaranjadas… (los animales nunca supieron si fue por eso que el dueño del circo pidió socorro y después se desmayó, apenas pisó el césped…).

De inmediato, los domadores aparecieron en su auxilio:

—¡Los animales están sueltos! —gritaron a coro, antes de correr en busca de sus látigos.

—¡Pues ahora los usarán para espantarnos las moscas! —les comunicó el loro no bien los domadores los rodearon, dispuestos a encerrarlos nuevamente—. ¡Ya no vamos a trabajar en el circo! ¡Huelga general, decretada por nuestro delegado, el elefante!

—¿Qué disparate es este? ¡A las jaulas!

Y los látigos silbadores ondularon amenazadoramente.

—¡Ustedes a las jaulas! —gruñeron los orangutanes. Y allí mismo se lanzaron sobre ellos y los encerraron. Pataleando furioso, el dueño del circo fue el que más resistencia opuso. Por fin, también él miraba correr el tiempo detrás de los barrotes.

La gente que esa tarde se aglomeró delante de las boleterías las encontró cerradas por grandes carteles que anunciaban:

CIRCO TOMADO POR LOS TRABAJADORES. HUELGA GENERAL DE ANIMALES.

Entretanto, Víctor y sus compañeros trataban de adiestrar a los hombres:

—¡Caminen en cuatro patas y luego salten a través de estos aros de fuego! —¡Mantengan el equilibrio apoyados sobre sus cabezas!

—¡No usen las manos para comer!

—¡Rebuznen!

—¡Maúllen!

—¡Ladren!

—¡Rujan!

—¡BASTA, POR FAVOR, BASTA! —gimió el dueño del circo al concluir su vuelta número doscientos alrededor de la carpa, caminando sobre las manos—. ¡Nos damos por vencidos! ¿Qué quieren?

El loro carraspeó, tosió, tomó unos sorbitos de agua y pronunció entonces el discurso que le había enseñado el elefante:

—Con que esto no, y eso tampoco, y aquello nunca más, y no es justo, y que patatín y que patatán… porque… o nos envían de regreso a nuestras selvas… o inauguramos el primer circo de hombres animalizados, para diversión de todos los gatos y perros del vecindario. He dicho.

Las cámaras de televisión transmitieron un espectáculo insólito aquel fin de semana: en el aeropuerto, cada uno portando su correspondiente pasaje en los dientes (o sujeto en el pico en el caso del loro), todos los animales se ubicaron en orden frente a la puerta de embarque con destino al África.

Claro que el dueño del circo tuvo que contratar dos aviones: en uno viajaron los tigres, el león, los orangutanes, la foca, el osito y el loro. El otro fue totalmente utilizado por Víctor… porque todos sabemos que un elefante ocupa mucho, mucho espacio…

FIN

La invernada de los animales

La invernada de los animales

Un toro que pasaba por un bosque se encontró con un cordero.

—¿Adónde vas, Cordero? —le preguntó.

—Busco un refugio para resguardarme del frío en el invierno que se aproxima —contestó el cordero.

—Pues vamos juntos en su busca.

Continuaron andando los dos y se encontraron con un cerdo.

—¿Adónde vas, Cerdo? —preguntó el toro.

—Busco un refugio para el crudo invierno —contestó el cerdo.

—Pues ven con nosotros.

Siguieron andando los tres y a poco se les acercó un ganso.

—¿Adónde vas, Ganso? —le preguntó el toro.

—Voy buscando un refugio para el invierno —contestó el ganso.

—Pues síguenos.

Y el ganso continuó con ellos.

Anduvieron un ratito y tropezaron con un gallo.

—¿Adónde vas, Gallo? —le preguntó el toro.

—Busco un refugio para invernar —contestó el gallo.

—Pues todos buscamos lo mismo. Síguenos —repuso el toro.

Y juntos los cinco siguieron el camino, hablando entre sí.

—¿Qué haremos? El invierno está empezando y ya se sienten los primeros fríos. ¿Dónde encontraremos un albergue para todos?

Entonces el toro les propuso:

—Mi parecer es que hay que construir una cabaña, porque si no es seguro que nos helaremos en la primera noche fría. Si trabajamos todos juntos, pronto la veremos hecha.

Pero el cordero repuso:

—Yo tengo un abrigo muy calentito. ¡Mirad qué lana! Podré invernar sin necesidad de cabaña.

El cerdo dijo a su vez:

—A mí el frío no me preocupa; me esconderé entre la tierra y no necesitaré otro refugio.

El ganso dijo:

—Pues yo me sentaré entre las ramas de un abeto, un ala me servirá de cama y la otra de manta, y no habrá frío capaz de molestarme; no necesito, pues, trabajar en la cabaña.

El gallo exclamó:

—¿Acaso no tengo yo también alas para preservarme contra el frío? Podré invernar muy bien al descubierto.

El toro, viendo que no podía contar con la ayuda de sus compañeros y que tendría que trabajar solo, les dijo:

—Pues bien, como queráis; yo me haré una casita bien caliente que me resguardará; pero ya que la hago yo solo, no vengáis luego a pedirme amparo.

Y poniendo en práctica su idea, construyó una cabaña y se estableció en ella.

Pronto llegó el invierno, y cada día que pasaba el frío se hacía más intenso. Entonces el cordero fue a pedir albergue al toro, diciéndole:

—Déjame entrar, amigo Toro, para calentarme un poquito.

—No, Cordero; tú tienes un buen abrigo en tu lana y puedes invernar al descubierto. No me supliques más, porque no te dejaré entrar.

—Pues si no me dejas entrar —contestó el cordero— daré un topetazo con toda mi fuerza y derribaré una viga de tu cabaña y pasarás frío como yo.

El toro reflexionó un rato y se dijo: «Lo dejaré entrar, porque si no será peor para mí».

Y dejó entrar al cordero.

Al poco rato el cerdo, que estaba helado de frío, vino a su vez a pedir albergue al toro.

—Déjame entrar, amigo, tengo frío.

—No. Tú puedes esconderte entre la tierra y de ese modo invernar sin tener frío.

—Pues si no me dejas entrar hozaré con mi hocico el pie de los postes que sostienen tu cabaña y se caerá.

No hubo más remedio que dejar entrar al cerdo. Al fin vinieron el ganso y el gallo a pedir protección.

—Déjanos entrar, buen Toro; tenemos mucho frío.

—No, amigos míos; tenéis cada uno un par de alas que os sirven de cama y de manta para pasar el invierno calentitos.

—Si no me dejas entrar —dijo el ganso— arrancaré todo el musgo que tapa las rendijas de las paredes y ya verás el frío que va a hacer en tu cabaña.

—¿Que no me dejas entrar? —exclamó el gallo—. Pues me subiré sobre la cabaña y con las patas echaré abajo toda la tierra que cubre el techo.

El toro no pudo hacer otra cosa sino dar alojamiento al ganso y al gallo. Se reunieron, pues, los cinco compañeros, y el gallo, cuando se hubo calentado, empezó a cantar sus canciones.

La zorra, al oírlo cantar, se le abrió un apetito enorme y sintió deseos de darse un banquete con carne de gallo; y pensando en el modo de cazarlo se le ocurrió pedir ayuda a sus amigos y se dirigió a ver al oso y al lobo, y les dijo:

—Queridos amigos, he encontrado una cabaña en que hay un excelente botín para los tres. Para ti, Oso, un toro; para ti, Lobo, un cordero, y para mí, un gallo.

—Muy bien, amigo —le contestaron ambos—. No olvidaremos nunca tus buenos servicios; llévanos pronto adonde sea que nos los comeremos.

La zorra los condujo a la cabaña y el oso dijo al lobo:

—Ve tú delante.

Pero este repuso:

—No, tú eres más fuerte que yo. Ve tú delante.

El oso se dejó convencer y se dirigió hacia la entrada de la cabaña; pero apenas había entrado en ella, el toro lo embistió y lo clavó con sus cuernos a la pared; el cordero le dio un fuerte topetazo en el vientre que lo hizo caer al suelo; el cerdo empezó a morderle el pellejo; el ganso le picoteaba los ojos y no lo dejaba defenderse y, mientras tanto, el gallo, sentado en una viga, gritaba como loco:

—¡Dejádmelo a mí! ¡Dejádmelo a mí!

El lobo y la zorra, al oír aquel grito guerrero, se asustaron y echaron a correr. El oso, con gran dificultad, se libró de sus enemigos, y cuando alcanzó al lobo le contó sus desdichas:

—¡Si supieras lo que me ha ocurrido! En mi vida he pasado un susto semejante. Apenas entré en la cabaña se me echó encima una mujer con un gran tenedor y me clavó a la pared; acudió luego una gran muchedumbre, que empezó a darme golpes, pinchazos y hasta picotazos en los ojos; pero el más terrible de todos era uno que estaba sentado en lo más alto y que no dejaba de gritar: «¡Dejádmelo a mí!, ¡Dejádmelo a mí!». Si ese me llega a coger por su cuenta, seguramente o lo cuento.

FIN

El hombre, el oso y el zorro

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Ilustración rusa del siglo XIX para el cuento «El hombre, el oso y el zorro»

Un día que un campesino estaba labrando su campo, se acercó a él un oso y le anunció:

—¡Campesino, te voy a comer!

—¡No me comas! —suplicó el hombre—. Si me perdonas la vida, prometo que trabajaré para ti. Sembraré nabos y los repartiremos entre los dos. Yo me quedaré con las raíces, pero las hojas te las daré a ti.

Al oso le pareció conveniente aquel trato, así que regresó satisfecho al bosque.

Llegó el tiempo de la recolección y el campesino empezó a escarbar la tierra para desenterrar los nabos.

No tardó en aparecer el oso para reclamar su parte.

—¡Hola, campesino! Veo que ha llegado el tiempo de recoger la cosecha. Dame mi parte —exigió el oso.

—Con mucho gusto lo haré. Yo mismo te la llevaré a tu casa —contestó el campesino.

Y cuando ya lo hubo recogido todo, condujo su carro repleto de hojas de nabo hasta el bosque.

El oso quedó muy satisfecho con el que pensó que era un ventajoso reparto.

Al día siguiente, el campesino cargó de nuevo el carro con los nabos y puso rumbo a la ciudad para vender su mercancía.

Por el camino, tropezó con el oso, el cual le preguntó:

—¡Hola, campesino! ¿Adónde vas?

—A la ciudad, a ver si puedo vender estas raíces de nabo —contestó el hombre.

—Muy bien, pero antes de seguir adelante quiero probarlas.

No tuvo más remedio el labrador que darle al oso un nabo para que lo probase.

Apenas el oso se lo hubo comido, gruñó furioso:

—¡Miserable! ¿Pretendías engañarme?¡Las raíces están mucho más buenas que las hojas! Si no quieres que te coma, la próxima vez que siembres me darás a mí las raíces y las hojas te las quedarás tú.

—Bien —respondió el campesino.

En la época de la siembra, el hombre, en lugar de nabos, plantó trigo.

Al llegar el tiempo de la recolección, desgranó las espigas, las molió y con la harina que obtuvo, amasó y coció ricos panes y al oso le dio las raíces del trigo.

Antes de llevarse las raíces, el oso exigió probar el pan y viendo que, de nuevo, el campesino se había burlado de él, gruñó colérico:

—¡Campesino! ¡Estoy más que enfadado contigo! ¡Ni se te ocurra aparecer por el bosque a buscar leña, porque, en cuanto te vea, te daré un zarpazo!

Pasaron lo días sin que el campesino se atreviera a acercarse a los dominios del oso, pero llegó un momento en el que ya no pudo esperar más. La leña le hacía mucha falta, así que fue quemando sus sillas, los toneles y todo lo que encontró en su casa fabricado con madera. Una vez ardió todo, no tuvo más remedio que armarse de valor y dirigirse al bosque.

Entró tan sigilosamente como pudo, pero un zorro que lo oyó, salió a su encuentro.

—¿Por qué te mueves tan despacito? ¿Qué te pasa?

—Vengo a cortar leña, pero tengo miedo de encontrarme con el oso. Está muy enfadado conmigo y amenazó con comerme si me veía por aquí.

—Si me pagas bien, te puedo proteger. Si no me pagas, lo aviso ahora mismo.

El campesino, muy apurado, le dijo al zorro:

—¡No me delates! No soy avaro y si me ayudas, te daré una docena de gallinas.

—De acuerdo. Corta la leña que quieras y, entre tanto, yo daré gritos. Si el oso te pregunta qué es lo que ocurre, dile que hay cazadores en el bosque persiguiendo lobos y osos.

El campesino se puso a cortar leña y, al poco, vio que llegaba el oso a la carrera.

—¡Oye, hombre! ¿Sabes qué ocurre? ¿Qué son esos gritos? –preguntó el animal.

—¡Ah! Eso… Son cazadores persiguiendo lobos y osos.

—¡Por favor, no me descubras! Escóndeme bajo tu carro —suplicó el oso aterrorizado.

El zorro, que lo observaba todo escondido tras unos matorrales, gritó:

—¡Campesino!, ¿has visto un oso por aquí?

—No, yo no he visto nada —respondió el hombre.

—¿Seguro? ¿Qué es eso que escondes bajo tu carro?

—Solo es un tronco de árbol.

—Si fuese un tronco, estaría sobre el carro y atado con una cuerda, no debajo de él.

El oso que oyó esto, suplicó al campesino:

—¡Pronto!, súbeme al carro y átame.

El campesino no se lo hizo repetir. Cargó el oso en el carro, lo ató y cuando ya lo tuvo inmovilizado, lo molió a golpes mientras repetía:

—Vete de este bosque y no vuelvas jamás si no quieres que te entregue a los cazadores.

Cuando el oso, más muerto que vivo, se hubo marchado, apareció el zorro para reclamar sus honorarios:

—Y ahora, págame lo que me debes.

—Con mucho gusto lo haré. Acompáñame a casa y podrás escoger las gallinas que más te gusten.

El campesino en el carro y el zorro corriendo delante emprendieron el camino.

Cuando ya estaban cerca de la granja, el hombre silbó y enseguida acudieron sus perros, que al ver al zorro, se pusieron a perseguirlo.

Muerto de miedo, el animal echó a correr hacia el bosque y, una vez allí, se escondió en su guarida.

Después de recuperar el aliento, empezó a preguntar:

—Ojos míos, ¿qué habéis hecho mientras corría?

—¡Estábamos atentos al camino para que no tropezaras!

—Orejas mías, ¿qué habéis hecho mientras corría?

—¡Escuchábamos por si los perros se acercaban demasiado!

—Pies míos, ¿qué habéis hecho mientras corría?

—¡Correr a todo correr para que no te alcanzaran los perros!

—Y tú, rabo mío, ¿qué has hecho mientras corría?

—Yo —dijo el rabo— como estaba asustado, me metía entre tus piernas para que tropezases conmigo, te cayeses y los perros te mordiesen con sus dientes.

—¡Cobarde! —gritó furioso el zorro—. ¡Ahora vas a recibir tu merecido!

Y sacando el rabo fuera de la cueva, exclamó:

—La culpa ha sido de este rabo traidor. ¡Comedlo, perros!

Los perros agarraron con sus dientes el rabo y tiraron y tiraron de él, hasta conseguir sacar al zorro entero de su cueva y no pararon hasta darle, a dentelladas, un buen escarmiento.

FIN

El oso y la ardilla

Ilustración: Gennady D. Pavlishin

Cuando las montañas de Jinggang eran todavía lomas, cuando al disparar una flecha desde un lado del Jinggang se oía cómo caía al otro lado, en aquel entonces, el oso y la ardilla eran muy amigos.

Vivían juntos en la misma guarida y juntos iban de caza. Todo lo compartían a medias: la ardilla comía de lo que cazaba el oso y el oso comía de lo que encontraba la ardilla. Hacía mucho tiempo que eran amigos y ya se sabe que los envidiosos no soportan que los demás vivan en buena armonía. Así, que hasta que no hacen regañar a los buenos amigos, no paran.

Pues bien, un día salió la ardilla de la guarida para ir a buscar avellanas y se encontró con su vecino el zorro. El zorro agitó su rabo rojo, saludó cortésmente a la ardilla y le preguntó:

—¿Cómo van las cosas, vecina?

Y la ardilla se lo contó.

El zorro escuchó fingiendo mucha atención, pero se moría de envidia por dentro al saber que sus vecinos vivían en tan buena armonía y sin regañar. Y es que él no tenía amistad con nadie porque siempre andaba con astucias y procurando engañar a todo el mundo.

El zorro cruzó las patas sobre el vientre, puso cara de pena y se puso a llorar — a los hipócritas no les cuesta nada llorar— y dijo:

—iAy, pobre!, ¡pobrecita! IQué pena que me das!

—¿Y por qué te doy pena, vecino? —Se asombró la ardilla.

—iPero qué tonta eres! —contestó el zorro—. El oso te trata como a una infeliz, y tú ni te das cuenta.

— ¿Qué es eso de que me trata como a una infeliz? —preguntó la ardilla.

—Pues muy sencillo; cuando el oso caza alguna pieza, ¿quién es el primero que le clava el diente?

—El hermano oso —contestó la ardilla.

—¿Te das cuenta? ¡Se come el mejor bocado! Seguro que llevas un montón de tiempo sin llevarte un buen trozo de carne a la boca y tienes que conformarte con las sobras del oso. A ver si será por eso que no creces…

Agitó el zorro el rabo, se enjugó las lágrimas, sacudió la cabeza y, por último, añadió:

—Bueno, adiós. Ya veo que a ti te gusta esta vida y te conformas con cualquier cosa. En cambio, si yo estuviera en tu lugar, procuraría ser el primero en clavar los dientes a la presa.

Y echó a correr, como si tuviera algo que hacer, borrando sus huellas con el rabo.

Mientras veía cómo se alejaba, la ardilla se puso a pensar: «pues me parece que el vecino tiene razón en lo que dice».

Tan pensativa se quedó la ardilla, que hasta se olvidó de las avellanas. «Parece mentira que sea tan egoísta el oso.  ¡Y yo que siempre he confiado en él como en un hermano mayor!», pensaba.

Al poco tiempo, salieron el oso y la ardilla de caza y, por el camino, encontraron un frambueso cargado de frambuesas. El oso se puso a comer y le dijo a la ardilla que comiera también. Pero la ardilla solo se fijó en que el oso había empezado antes, «O sea, que el zorro tenía razón».

Después, el oso cazó una rata de campo y llamó a la ardilla. Pero la ardilla solo vio que el oso había sido el primero en clavarle las uñas, «Está claro que el zorro me dijo la verdad».

Siguieron andando los dos amigos y pasaron junto a un tronco en el que unas abejas tenían su panal. El oso arrancó el tronco, lo sujetó con una pata, metió el hocico, empezó a lamer y llamó a la ardilla para que también probara la miel, pero la ardilla solo reparó en que era otra vez el oso el que probaba primero el dulce. «Ahora ya no hay duda: el zorro no miente».

Muy enfadada, se dijo la ardilla: «Verás cómo te escarmiento, oso egoísta».

Volvieron a salir de caza otro día.

La ardilla iba montada en la cerviz del oso porque no podía seguir su ritmo con sus patitas tan cortas.

El oso olfateó una presa y le echó la garra a un corzo. Ya iba a clavarle los dientes, cuando la ardilla, de un salto, se plantó entre las orejas del venado para ser ella la primera en morder y llevarse el mejor bocado a ver si así crecía un poco. El oso, del susto, aflojó la garra y el corzo escapó.

Los dos amigos se quedaron en ayunas.

Siguieron su camino.

El oso descubrió una rata de campo, se fue acercando con sigilo y cuando ya casi la tenía, la ardilla vuelta a lo mismo. El oso se llevó otro susto de muerte. Y otra presa que perdieron. El oso estaba ya enfadado, aunque no le dijo nada a la ardilla.

Se cruzaron con un jabato. En otra ocasión, el oso no se habría metido con él, pero es que, del hambre, tenía ya el vientre pegado a las costillas. Furioso, arremetió contra el jabato y lanzó tal rugido que el jabato retrocedió. Retrocedió, retrocedió, hasta que se encontró sin escape, aculado a un árbol. Entonces, el oso se lanzó sobre él con las fauces abiertas y enseñando los dientes, dispuesto a tragárselo de un bocado.

Cuando ya iba a hincarle el diente, la ardilla saltó otra vez, del lomo del oso al lomo del jabato, para ser la primera en morder. Entonces sí que se enfadó el oso. Le plantó la zarpa a la ardilla en el lomo para que aprendiera a no estorbar.

La ardilla dio un respingo y al huir, las cinco uñas del oso la hirieron desde la cabeza hasta el rabo. Aullando de dolor, saltó a un árbol, luego a otro, y a otro más … Y así, de rama en rama, se alejó hasta que el oso la perdió de vista.

Finalmente, el oso cazó al jabato y llamó a la ardilla:

—¡Hermana, hay carne fresca, ven a comer!

Pero la ardilla no se dejó ver.

El oso volvió a su guarida y estuvo esperando a la ardilla mucho tiempo, pero en vano. La ardilla no volvió a aparecer. Vivió mucho tiempo en los árboles, hasta que cicatrizaron los rasguños. Y aunque su lomo se curó por completo, en él le quedaron las marcas de las cinco uñas del oso para toda la vida. Desde entonces, todo el mundo conoce a esta ardilla como ardilla rayada o tamia.

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Ilustración: Gennady D. Pavlishin

 

Ahora, la ardilla rayada no come carne y si ve un oso, huye de él. Cuando alguno ronda por donde está ella, le tira piñas. Y si el oso levanta la cabeza, la ardilla desaparece a toda velocidad.

FIN

La aventura de la oveja y el carnero

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Ilustración: art2work

En cierta finca de cierto reino, vivía un granjero que tenía una oveja y un carnero. El hombre era muy perezoso y durante todo el verano se dedicó a no hacer nada echado bajo un árbol. No segó ni una brizna de hierba para sus animales y al llegar el invierno los pobres bichos no tenían absolutamente nada para comer.

Empezaron a balar con todas sus fuerzas «¡¡¡Beeeeeeeeeeee, beeeeeeeeeeeeee!!!», hasta que el granjero, harto de oírlos, cogió una vara con la intención de pegarles a los dos. Al ver el palo, oveja y carnero se pusieron a dar vueltas a toda velocidad dentro del cercado.

—Vámonos al bosque, hermano. Encontraremos algún almiar y nos podremos alimentar —dijo la oveja al carnero mientras trataban de huir del granjero.

—Tienes razón, ¡vámonos! Peor que aquí no estaremos.

Antes de marcharse, la oveja se apoderó de una escopeta que tenía el dueño de la granja y el carnero se llevó un saco.

Iban caminando juntos por el camino que conducía al bosque cuando, a un lado de la carretera, vieron una cabeza de lobo.

—¡Qué extraño! —exclamó el carnero.

—Recógela, hermano carnero —dijo la oveja—, y guárdala en tu saco.

—¿Y para qué demonios queremos una cabeza de lobo? Ya cuesta bastante andar con este frío sin ella, como para cargarla sin motivo.

—¡Cógela! Si el hambre aprieta podemos cocerla y hacer un guiso con ella.

El carnero la metió dentro del saco, se lo echó al hombro y los dos siguieron anda que te anda hasta que llegaron al bosque.

—¡Qué frío! ¡Estoy aterido! —se quejó el carnero.

Justo acababa de decir esto, cuando vio un resplandor a lo lejos.

—¡Mira! —exclamó señalando el lugar—, aquello parece una hoguera. ¡Acerquémonos!

Y se dirigieron corriendo hacia la fogata, donde se toparon con una manada de lobos que se estaba calentando junto al fuego.

El carnero se llevó un susto de muerte, pero la oveja lo tranquilizó:

—Tú no temas nada y sígueme la corriente —susurró y acto seguido se acercó a los lobos y los saludó:

—¿¡Qué tal, muchachos!? ¿Nos dejaríais usar vuestro fuego?

—¡Hola! ¡Pues claro que sí! Acercaos, acercaos —contestaron a coro los lobos mientras se relamían pensando en el festín que se iban a dar con aquel carnero y aquella oveja caídos del cielo.

Sin embargo, no habían contado con la astucia de la oveja.

—Hermano carnero, ¡acércate! Dame la cabeza de lobo, que haremos un buen caldo con ella. Pero fíjate bien y dame la cabeza de lobo viejo. La del jefe de la manada…

El carnero hizo lo que la oveja le pedía y sacó del saco la cabeza de lobo.

—¡No! ¡Esta no! Quiero la del lobo viejo.

El carnero hizo ver que buscaba dentro del saco y después de dar unas cuantas vueltas, le tendió a la oveja la misma cabeza.

—Pero vamos a ver, ¿no me expreso bien? —gritó la oveja al mismo tiempo que golpeaba con fuerza con sus pezuñas en el suelo — ¡Tampoco es esta! Te he dicho que me des la del jefe de la manada; es la que está debajo de todas. ¡Fíjate en lo que haces!

El carnero volvió a revolver dentro del saco y al cabo de un rato, le volvió a tender la única cabeza que había en él.

—¡Te ha costado! Pero, al fin has encontrado la que yo quería —exclamó la oveja.

Mientras tanto, los lobos, al ver todo aquello, permanecían callados y pensaban asustados: «Menuda matanza que han hecho estos dos con los nuestros… ¡Llevan un saco entero de cabezas!»

—Por cierto, hermanos lobos, ¿no tendríais vosotros, por casualidad, un poco de sal para aderezar nuestra cena? —preguntó la oveja con voz inocente.

Los lobos la miraron asustados y con el pretexto de ir a buscar un poco de sal, salieron precipitadamente de allí, atropellándose unos a otros y pensando solo en salvar su pellejo.

Corriendo como iban, se toparon con un oso.

—¿Por qué corréis así, amigos lobos?

—¡Hola, oso! No sabes tú de la que acabamos de librarnos. Hemos escapado de una oveja y de un carnero que llevaban un saco lleno de cabezas de lobo y ahora se preparaban para hacer caldo con la del jefe de la manada. Nos hemos marchado corriendo, no sea que quieran hacer con nosotros lo mismo.

—¡Valientes mastuerzos! —se burló el oso —. La oveja y el carnero se os ofrecen en bandeja para que os los comáis y vosotros salís huyendo. ¡Venid conmigo!

Deshicieron el camino andado y cuando la oveja y el carnero vieron que regresaban, empezaron acorrer de aquí para allá, muy apurados. La oveja trepó a un árbol y se las ingenió para acomodarse en la copa, pero el carnero, por mucho que lo intentó, no pudo trepar tan arriba y quedó colgando, de las patas delanteras, sobre una rama.

Al llegar los lobos y el oso no vieron a ninguno de los dos.

—Lobos, traedme unas cuantas bellotas que intentaré adivinar por dónde se han ido —ordenó el oso.

Así lo hicieron los lobos y el oso, sentado bajo el árbol en el que se escondían la oveja y el carnero, empezó a echar la buenaventura.

Entretanto, el carnero le decía en voz baja a la oveja:

—Me duelen las patas, ¡ya no aguanto más! ¡Me voy a caer!

—¡Aguanta un poco! Si te caes, te comerán y después me comerán a mí.

El carnero aguantó todo lo que pudo pero, al final, se cayó. Mientras caía, al comprender que todo estaba perdido, la oveja disparó la escopeta al aire gritando al mismo tiempo con todas sus fuerzas:

—¡A por él! ¡Agarra al Adivino! ¡Qué no se te escape!

Tal fue el susto del oso, que echó a correr como un loco sin mirar atrás y detrás de él, se marcharon todos los lobos.

Bajó la oveja del árbol y ella y el carnero abandonaron el peligroso bosque. Regresaron a la granja y, si todavía no se han muerto de hambre, aún siguen viviendo en ella sin sobresaltos.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “La aventura de la oveja y el carnero” con la voz de Angie Bello Albelda

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El Bosque Azul

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Ilustración: esyre

Cuentan que todos los animales que están en el mundo entraron por las tres puertas que había en un principio. Por una puerta pasaron los que andan por el agua; por otra, los que vuelan, y por otra, los que viven en la tierra.

Por esta última puerta pasaron, antes que todos, el elefante, el león, el tigre y el oso y la cerraron, para que nadie se colara sin permiso.

Uno de ellos, por turno, era portero. Y los otros animales que iban llegando tenían que explicar qué servicios le darían al mundo. Si no servían para nada, no los dejaban entrar.

Aceptaron enseguida al mono, porque quería ser portero. Y también entraron muchos otros animales, después de explicar cada uno qué sabía hacer.

Los más chiquitos, como el piojo, la pulga y el mosquito se colaron en este mundo de contrabando, escondidos en el pelaje de animales más grandes.

Cuando ya fueron muchos, buscaron un lugar donde reunirse a conversar y eligieron el Bosque Azul.

Allí discutían todos los temas que les interesaban, y lo que decidían era ley para todos.

Un día llegó a la puerta de los animales terrestres uno que tenía cuatro patas escamosas, una cola larga con plumas blancas y negras, pico chato y ojos grandes. En la barriga tenia plumas y en el lomo un caparazón.

Este animal tan raro golpeó la puerta y esperó a que le abrieran.

El elefante preguntó:

—¿Tu nombre?

—Muliñandupelicascaripluma.

—¿Cómo? No entiendo. Escríbelo, por favor.

—No sé escribir.

—Ah… ¿y quieres entrar en el mundo?

—Para eso vine.

—¿Sabes que aquí todos trabajan y que es necesario servir de alguna forma?

—Si tú lo dices, así será.

—Veo que no tienes trompa. ¿Cómo haces para comer?

—Como puedo.

—¿Y qué es lo que comes?

—Lo que venga.

El elefante consideró que el caso era demasiado complicado y llamó al león, al que todos habían elegido presidente de la asamblea de los animales.

El león preguntó:

—¿Qué servicios nos prestarás?

—Los que me toquen.

Al león también le pareció complicado el asunto, así que llamó al mono, quien ya había conseguido que el león lo nombrara su secretario para las reuniones en el Bosque Azul.

Vino el mono, miró a ese bicho tan raro y le preguntó:

—¿Comes bananas?

—Si es algo bueno…

—¿Te gustan los cocos?

—Dame uno para probarlo.

—¿Sabes abrirlos?

—Dámelos abiertos.

—¡Este quiere engañarnos! —exclamó el mono.

El león rugió y el extraño animal que quería entrar dijo, asustado:

—Los servicios que prestaré serán muy grandes. Para alimentarme libraré al mundo del animal más inútil.

—Por ahí deberías haber empezado —dijo el león—. Vamos a estudiar tu caso. Quédate afuera y espera nuestra decisión.

A la noche, los animales se reunieron en el Bosque Azul.

El mono se puso los lentes y leyó:

—Vamos hablar del Muli…. ñandú… peli… cascari… pluma.

En seguida se oyeron risas y silbidos.

Pidió la palabra el tigre y dijo:

—Yo no puedo creer que exista un animal con semejante nombre. Me parece que se burla de nosotros.

—¡Silencio! —rugió el león—. Que el secretario vuelva a leer el nombre del candidato.

Así lo hizo el mono y esta vez nadie se atrevió a chistar.

El hipopótamo pidió entonces la palabra y dijo:

—Propongo que se acorte ese nombre.

—Yo le sacaría eso de “pluma” —opinó el lobo—. No sirve más que para confundir.

—Yo pido que se le saque lo de “cáscara” —dijo el zorro.

—Y yo, “dupeli” —agregó el tigre.

Entonces dijo el león:

—Que el secretario lea el nombre final.

Y leyó el mono:

—Muliñán.

—Suena bien —dijo el hipopótamo—. Mu-li-ñán…Mu-li-ñán

—Ahora —continuó el león— hay que resolver si se le permite o no la entrada. Él asegura librará al mundo del animal más inútil, pues se alimentará de él.

—Pido la palabra —intervino el búho—. Para entrar en el mundo todos demostramos nuestra utilidad. El Muliñán tiene que explicarse. ¡Aquí todos servimos para algo!

—Puede haber habido algún error —observó el cóndor—. El señor búho, por ejemplo, todavía no se sabe para qué sirve.

—Sirvo —respondió el búho— para comer muchos bicharracos que hacen daño. Yo no ataco, como algunos, a las aves más hermosas y más buenas.

—Pido la palabra —rebuznó el burro—. Propongo que se lo destine a reemplazarnos en nuestros trabajos. ¿Por qué tenemos que cargar cosas pesadas?…

—Quisiera saber —preguntó la martineta— cuáles serían entonces los servicios que prestaría el burro.

—Me dedicaría a la música. Creo que mis rebuznos son una prueba de talento para el arte.

El león pidió silencio, y le dio la palabra al oso hormiguero, que dijo:

—¡Dejemos al burro y sus rebuznos y pensemos en el Muliñán!

El león concedió la palabra al elefante, que dijo:

—Voto por dejar entrar al Muliñán. Propongo que se dedique a perseguir y comer a los ratones.

—¡Qué disparate! —dijo el búho—. El elefante olvida que ya existimos los encargados de comernos a los ratones.

—Propongo —dijo el lobo— que nos vayamos a dormir y que, con más calma, mañana por la noche terminemos de considerar esta cuestión.

A la noche siguiente, al empezar la asamblea, el tigre exclamó:

—¡Señor presidente! La asamblea se ha reunido nada más que para resolver si entra o no el Muliñán.

—¡Señor presidente! —añadió el leopardo con tono llorón—. ¡Me preocupa la situación de ese animal que quiere entrar! Hablamos y hablamos sin resolver nada. ¡Se va a morir de hambre!

Y la pantera lloraba a lágrimas viva, mientras decía:

—¡Pobrecito Muliñán!… ¡Esperando tanto tiempo!… ¡Y no se decide nada!

El benteveo pidió la palabra:

—Estoy conforme con que el Muliñán entre y se alimente de lo más inútil del mundo. Yo creo que lo más inútil es lo más feo, y lo más feo es el murciélago.

—El murciélago, señores —mugió el búfalo— es un animal muy útil. Durante las noches, caza sin descanso una cantidad de bichitos odiosos que luego molestan durante el día. Yo propongo que el Muliñán se alimente de tábanos.

—Si seguimos así —interrumpió el zorro—, nunca llegaremos a una solución.

El búfalo no ha calculado los millares de tábanos diarios que necesitaría el Muliñán para alimentarse.

El elefante se acercó al presidente y le habló al oído. Cuando se retiró, el león dijo:

—El elefante ha venido a anunciarme que Muliñán nos pide una respuesta.

Hubo un instante de silencio, y luego una batahola de bufidos, cacareos y silbidos.

—Pido la palabra —gritó el pavo—. ¡Nuestra situación es intolerable, nos rellenan y nos comen! ¡Propongo que el Muliñán sirva para eso: que lo engorden, y lo metan en el horno y se lo coman en Navidad!

Sus palabras provocaron fuertes carcajadas.

La nutria opinó:

—Nunca oí una pavada más grande que la que acaba de decir el pavo. ¡Hasta el lirón se ha despertado con tanta risa!

La comadreja pidió la palabra y dijo:

—Propongo que aceptemos al Muliñán, con la condición de que coma lo más inútil, que son las víboras y las serpientes.

—¡Qué disparate! —exclamó la perdiz—. Víboras y serpientes se alimentan de ratas y ratones que devoran las cosechas.

—Los más inútiles —señaló el cóndor— son los buitres y los caranchos, esas desagradables aves de rapiña.

—¡Apoyado! —exclamó el águila.

—Sin embargo —replicó el ciervo—, limpian el campo al alimentarse de los animales muertos.

—¡Los inútiles son ellos! —afirmó el carancho, mirando al cóndor y al águila con desprecio.

—Los inútiles —chilló la ardilla— son los peces. Imposible comerlos… ¡No sirven para nada!

—¡Y qué sabes tú sobre peces! —le contestó la gaviota.

—¡Señores —dijo el lobo—, no perdamos tanto tiempo. Lo único inútil es lo que está debajo de la tierra.

—¡Que el Muliñán se alimente de lombrices!

—¡Que salga la lombriz! ¡Que hable y se defienda! —ordenó el león.

Ante la sorpresa de todos, la humilde lombriz se asomó a la superficie de la tierra y dijo:

—¿Ustedes dicen que yo no sirvo para nada? Si estoy aquí es porque soy necesaria, quizá más que ningún otro de los animales.

Las risas, cacareos, chillidos y rebuznos obligaron a la lombriz a suspender su discurso.

Cuando se callaron continuó:

—Debería darles vergüenza: ¡Todos ustedes viven gracias a nosotras!

—Vamos, vamos —replicó el lobo—. ¡Hay que hablar claro!

—¡Silencio! –rugió el león.

Todos callaron y la lombriz continuó:

—Si la tierra no está en buenas condiciones, no pueden existir los vegetales, y tampoco los animales. ¿Y quiénes son las encargadas de trabajar la tierra para que sea fértil? Somos nosotras las que renovamos la tierra trabajando día y noche. Excavamos, ventilamos y purificamos. Sin nosotras, el suelo sería reseco y duro. Por eso somos tan numerosas, para que en la tierra exista vida.

—Recibimos una lección de quien está tan abajo, tan abajo que ni sabía yo que existía —dijo el cóndor.

—¡Con todo mi poder, yo sería incapaz de realizar la tarea de la lombriz! —exclamó el león.

—¡Un aplauso, señores, por estas palabras! Los más pequeños también somos importantes —zumbó el mosquito.

—¡Alto ahí! —gritó el mono secretario—. Ese no tiene derecho a opinar. ¡Es de los que se colaron!

Pero el mosquito, al oír las primeras palabras del mono, ya se había escapado.

—¡Lo que dijo la lombriz —añadió el cascarudo— debe servir para que se nos tenga más consideración a los humildes y no seamos pisoteados por los grandes.

—Ya ven —agregó la golondrina— que todos los seres son de alguna utilidad. Los mosquitos se colaron en el mundo, pero nosotras nos alimentamos de ellos durante el día y los murciélagos los comen de noche.

—Es muy útil que alguien se coma los mosquitos y los tábanos —dijo la cebra.

—Este desorden es intolerable —exclamó el tigre.

—¡Señores! Lo mejor será que votemos por sí o por no. ¡Que el secretario junte los votos! —decidió el león.

Así lo hizo el mono secretario, pero era tan grande la batahola, que era imposible saber qué opinaba la mayoría. Algunos, muy astutos, habían votado dos veces. Otros, como los murciélagos, hacían ruidos que nadie entendía.

Ante la confusión, el león resolvió darle tiempo al Muliñán para que pensara en qué podría ser útil y de qué se alimentaría.

Dicen que, cada tanto, los animales vuelven a reunirse en el Bosque Azul. Pero todavía no pudieron tomar una decisión sobre el Muliñán. Por eso, ese raro animal aún no ha entrado en el mundo.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El Bosque Azul» con la voz de Angie Bello Albelda

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Ricitos de oro y los tres osos

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Ilustración: AlyssaTallent

 Este cuento lo dedicamos a una Pequeña Emperatriz poblada por duendes.

Hace mucho, mucho tiempo, en lo más profundo de un espeso bosque habitaba una familia de osos compuesta por mamá osa, papá oso, y el pequeño osito.

Los tres vivían felices y contentos, lejos de los humanos, en una preciosa cabaña de madera, en la que tenían todas las comodidades que un oso pueda desear.

Un día de primavera, estaba toda la familia sentada alrededor de la mesa y a punto de comer una rica y humeante sopa, cuando al llevarse la cuchara a los labios papá oso exclamó:

—¡Ay! ¡Me he quemado!…

—Como la sopa está muy caliente, ¿qué os parece si nos acercamos al río a recoger moras para el postre? —propuso mamá osa.

—¡Sí, sí! ¡Vayamos a buscar moras! —aplaudió entusiasmado el pequeño osito.

Los tres salieron de la cabaña y se dirigieron al río.

No lejos de allí, una niña muy traviesa, a la que todos llamaban Ricitos de oro porque tenía el pelo ensortijado y muy rubio, correteaba en busca de mariposas. Tan entusiasmada estaba persiguiendo a una de brillantes alas rojas que, sin darse cuenta, se internó en la espesura y fue a parar al claro donde estaba la cabaña de los tres osos.

Como Ricitos de oro era muy curiosa, se acercó sigilosamente hasta la casa, miró a través de una de las ventanas y al no ver a nadie, se dirigió a la entrada y empujó la puerta con suavidad. Los osos jamás cierran sus puertas con llave, así que la puerta se abrió y Ricitos de oro, olvidándose de la buena educación, entró sin haber sido invitada.

En el amplio salón, un alegre fuego danzaba en la chimenea y, sobre la amplia mesa de caoba se veían tres platos: uno grande, uno mediano y uno pequeño.

Ricitos de oro se acercó al plato más grande y probó la sopa:

—¡Ay! ¡Quema mucho!

Luego probó la sopa del plato mediano:

—¡Puaj! ¡Está demasiado fría!

Finalmente, probó la del plato más pequeño:

—Mmmmmmmmmmm, ¡está deliciosa!

La encontró tan rica que no dejó ni una gota en el plato.

Al terminar de comer, Ricitos de oro siguió curioseando.

Frente al hogar, vio tres sillas alineadas y se sentó en la más grande:

—¡Demasiado ancha!

Luego se sentó en la mediana:

—¡Demasiado alta!

Después, se sentó en la más pequeña:

—¡Qué cómoda es esta!

Acababa de sentarse cuando, ¡paf!, la silla se rompió en mil pedazos. Ricitos de oro se llevó un susto de muerte, pero no escarmentó y sin detenerse a recoger lo que había roto, siguió fisgando.

Al cabo de un rato, a Ricitos de oro le entró mucho sueño y decidió buscar un lugar confortable en el que poder dormir.

Subió las escaleras y entró en una gran habitación. En ella había tres camas, una junto a otra, cubiertas con preciosas colchas de colores.

Se acostó en la cama más grande:

—¡Demasiado dura!

Luego se acostó en la mediana:

—¡Demasiado blanda!

Cuando se acostó en la más pequeña exclamó:

—¡Esta es perfecta!

Y se quedó dormida como un lirón.

Al poco, regresó la familia de osos, muy contenta y cargada con moras para el postre.

Cuando los tres iban a sentarse a comer, papá oso gruñó enfadado:

—¡Alguien ha comido de mi sopa!

Mamá osa gruñó enfadada:

—¡Alguien ha comido también de mi sopa!

El pequeño osito se quejó:

—¡Alguien ha comido de mi sopa y se la ha terminado!

Los tres osos no sabían qué pensar. Se miraban unos a otros muy extrañados, hasta que mama osa propuso:

—Sentémonos junto al fuego a ver si se nos ocurre algo, porque todo esto es muy misterioso.

Y se dirigieron hacia las tres sillas que se alineaban junto a la chimenea:

—¡Alguien se ha sentado en mi silla! —gruñó  papá oso.

—¡Alguien se ha sentado también en la mía! —gruñó mamá osa.

—Alguien se ha sentado en la mía y la ha roto! —se lamentó el pequeño osito.

Y empezaron a buscar al intruso por toda la casa.

Al entrar en la habitación papá oso gruñó furioso:

—¡Alguien se ha acostado en mi cama!

Mamá osa gruñó furiosa:

—¡Alguien se ha acostado también en la mía!

Llorando, el pequeño osito gruñó tristemente:

—¡Pues alguien está ahora mismo durmiendo en mi cama!

La familia miraba a Ricitos de oro, que en ese preciso instante abrió los ojos y al ver a tres osos que la observaban con severidad, saltó por la ventana abierta de la habitación y no paró de correr hasta llegar a su casa.

Tanto se asustó Ricitos de oro que, desde aquel día, no volvió a entrar en casa de nadie sin ser invitada y muchísimo menos se atrevió a tocar aquello que no era suyo sin antes pedir permiso.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Ricitos de oro y los tres osos” con la voz de Angie Bello Albelda

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Waldo y la bolita de mazapán

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Ilustración: Hans Wilhelm

Era un precioso día de verano y Waldo no quería seguir sentado en casa, así que puso sus bolitas de mazapán preferidas dentro de la mochila y se dirigió a la montaña.

Para poder ver mejor el panorama, Waldo trepó a un alto pino, se sentó y se puso a contemplar el paisaje.

Este ascenso me ha dado hambre –se dijo y metió la mano en la mochila. Pero una bolita de mazapán le resbaló entre los dedos y se cayó.

—¡Ay! —se lamentó Waldo—, mi apetitosa bolita de mazapán, ¡tengo que recuperarla!

La bolita de mazapán cayó en la cabeza de Ricky, la ardilla.

—¡Ey! —dijo Ricky— cuando vio lo que la había asustado— ¡Una estrella fugaz! ¡La quiero! —y saltando del árbol se fue tras ella.

La bolita de mazapán despertó de sus sueños a Ula, la lechuza.

—¡Uh-uh-uh! —dijo— ¡Una perla del cielo! ¡Soy rica! —Y salió volando tras ella.

Ahora, la bolita de mazapán cayó, directamente, sobre la cabeza de Boby, el oso, que dormía bajo el árbol:

—¡Buuuu! —gritó— ¡Qué impertinencia! ¿Quién me ha despertado? ¡Es un botón de pantalón!, ¡y es grande! —dijo Boby— ¡Lo quiero! —Y se puso a correr detrás de la bolita de mazapán.

La bolita de mazapán empezó a rodar por la montaña y rebotó en la cabeza de Misha, el mapache.

—¡Oh! ¡Qué manzana tan bonita! —Se sorprendió Misha— ¡La quiero probar! —Y corrió a toda prisa tras la bolita de mazapán. Pero no era nada fácil atraparla.

La bolita despertó a Benny, el conejo.

—¡Una pelota para jugar! —dijo— ¡Esto es lo mío! y empezó a brincar tras la bolita a grandes saltos.

La bolita de mazapán siguió rodando y saltando, hasta que aterrizó sobre la cabeza de la gata Mina, que saltó enfadada.

—¡Un ratón!, ¡Un ratón! ¡Espera, que te vas a enterar! —Y empezó a perseguirlo.

Todos corrían tras la bolita de mazapán y decían:

—¡Mi estrella!

—¡Mi perla!

—¡Mi botón de pantalón!

—¡Mi manzana!

—¡Mi pelota!

—¡Un ratón, un ratón!

Pero la bolita de mazapán seguía rodando delante de ellos.

—¡Te pillé! —dijo Waldo al mismo tiempo que daba un salto gigante para atraparla.

Extendió la mano para coger la bolita de mazapán, pero la bolita resbaló de nuevo entre sus dedos y rodó, ¡adiós bolita!, metiéndose en un agujero que había en la pared.

—¡Ooooooooh! —gritaron a la vez decepcionados todos los que iban tras ella. Y, seguidamente, oyeron como alguien se relamía.

Era Frida, la ratoncita. Ella sí que sabía apreciar una sabrosa bolita de mazapán, así que… ¡se la comió entera!

FIN