oveja

El tigre-oveja

Ilustración: kiki doodle

Érase una vez una tigresa embarazada, medio muerta de hambre, que rondaba un gran rebaño de ovejas con la intención de apresar alguna para saciar su apetito. Cuando ya se disponía a saltar sobre una de ellas, no tuvo más remedio que renunciar a ello, porque su precioso cachorro quería llegar al mundo. La madre no logró sobrevivir al parto y el cachorro fue recogido por las ovejas, que se hicieron cargo de él, dándole de mamar y cuidándolo con mucho cariño. El pequeño tigre creció entre las ovejas, y de ellas aprendió a pastar y a balar. Su balido era un poco raro y chocaba al principio, pero las ovejas se acostumbraron pronto a él. Aunque el tigre era una oveja muy distinta de las otras, su carácter era como el de las demás y el rebaño adoraba al tigre-oveja, porque el tigre-oveja era manso y cariñoso. Y así fue discurriendo el tiempo.

Una mañana clara y soleada, el tigre-oveja estaba pastando tranquilamente cuando un gran tigre adulto se acercó hasta el rebaño. Al verlo, todas las ovejas huyeron, excepto el tigre-oveja que, extasiado con el sabor de la fresca hierba, siguió pastando tranquilamente ajeno al peligro que lo acechaba. El tigre contempló la escena sonriendo, ¡nunca había visto nada semejante!, así que se aproximó al cachorro, pero cuando el pequeño levantó la cabeza y vio al enorme animal, comenzó a balar desesperadamente y trató de huir.

—Cálmate, muchacho —lo tranquilizó el tigre—. No voy a hacerte daño. Al fin y al cabo, somos de la misma familia.

—¿De la misma familia? —replicó sorprendido el cachorro—. ¿Pero qué dices? ¡Yo no soy de tu familia! ¡Yo soy una oveja!

El gran tigre, sorprendido por aquella extraña respuesta, le pidió:

—Ven conmigo. Te demostraré que lo que te digo es verdad y que tú te equivocas.

El tigre-oveja lo siguió a prudencial distancia hasta llegar a un claro del bosque, donde había un lago de aguas tranquilas y claras.

—Acércate y mírate en el espejo del agua —le pidió el tigre al cachorro.

El tigre-oveja se miró en el agua y se quedó perplejo al contemplar su imagen. ¡No se parecía en nada a sus hermanas las ovejas!

—Ahora mírame a mí. Aunque yo soy más grande que tú, ¿no crees que nos parecemos?

El pequeño tigre asintió desconcertado.

—Eso es porque tú no eres una oveja, sino un tigre.

El tigre-oveja se puso a balar.

—No bales —lo reprendió el tigre—. Ruge.

Pero el tigre-oveja siguió balando y, en los días siguientes, aunque el tigre trató de persuadirlo de que no era una oveja, siguió pastando con el rebaño. Sin embargo, unas semanas después de su primer encuentro, el tigre le llevó un trozo de carne cruda al cachorro y le conminó a que se lo comiera. En el mismo instante en que el tigre-oveja probó el sabor de la carne cruda, supo a ciencia cierta cuál era su verdadera identidad. Se despidió del rebaño de ovejas y se marchó a la selva para vivir su propia vida: la de un auténtico tigre.

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

Segunda aventura de Florianís

 

Ilustración: M.ª Fe Quesada

Donde se narra el singular episodio de ejemplar desenlace protagonizado por el caballero  Florianís, la vaca, la cabra, la oveja y el majestuoso león.
(conoce más sobre las aventuras de Florianís).

Cierto día en que andaba el caballero Florianís buscando algo para comer, se topó sorpresivamente con una vaca ocupada en la misma tarea.

—¡Ay de mí! —se quejaba la pobre vaca—. Tengo hambre y no encuentro nada para comer.

—Buenos días, vaca —saludó el caballero, no porque anduviera por el mundo saludando a cualquiera, sino porque era una manera de empezar a charlar; nada más.

—Buenos días —respondió la vaca, que era muy atenta, aunque bastante desconfiada—. ¿Con quién tengo el gusto de hablar? —preguntó, porque no era cosa de andar hablando con cualquiera.

—Soy el caballero Florianís, para servirla, señora. Escuché sus lamentos, y le diré que mi situación es semejante a la suya: tengo hambre y no encuentro nada para comer. Sólo me quedan dos zanahorias y una cebolla, pero no pierdo la esperanza de encontrar algunas verduritas más para hacerme una rica sopa.

—A mí me quedan una papa y dos dientes de ajo —dijo la vaca—. ¿Qué le parece si entre los dos buscamos algo más y después nos ponemos a preparar la sopa? —sugirió, porque si una cualidad tenía esta vaca, era precisamente la de ser muy práctica.

—Cómo no —aceptó encantado el caballero—. Vayamos por aquel camino, tal vez encontremos algo.

Juntos y hambrientos se fueron los dos, mirando a un lado y a otro, recogiendo algunos hongos al pie de los árboles y unas pocas hierbas para agregar a la olla. En eso estaban cuando vieron pasar por allí a una cabra y una oveja llevando una canasta.

—Buenos días, señoras —saludó el caballero Florianís—. ¿Andan de paseo? —preguntó, por preguntar.

Muy apenadas, la oveja y la cabra se pusieron a contar su difícil situación, ya que hacía dos días que no comían y por ese motivo andaban buscando algunas verduritas, con la ilusión de poder prepararse algún plato de comida.

—¡Igual que nosotros! —exclamó Florianís—. ¿Qué les parece si juntamos todo lo que tenemos y preparamos una sopa para los cuatro?

Por supuesto que les pareció bien.

Sin perder tiempo, juntaron unas ramas secas, encendieron el fuego y alistaron la olla para el puchero. Ya estaba el agua a punto de hervir, y muy atareados los cuatro limpiando las verduras y también saboreando de antemano la comida que habrían de compartir, cuando los sorprendió una voz desconocida.

—¿Hay un lugarcito para mí?

La voz era alta y grave; era una voz majestuosa. Todos se dieron vuelta de inmediato y, ¡cómo no sorprenderse!, detrás de un árbol, asomando su monárquica cabeza, un león sonreía bonachonamente.

—No se asusten, amigos —Intentó tranquilizarlos el recién llegado—. Soy un pacífico león muerto de hambre, y como veo que están cocinando, les propongo colaborar con algunos ingredientes, así luego podré participar de la comida.

—Cómo no… señor… león…—dijo tímidamente la cabra—. Bienvenido a… nuestro almuerzo.

El león abrió su mochila y sacó un chorizo, un ramo de perejil y un puñado de porotos. Echó todo en la olla y se sentó, dispuesto a esperar su porción de puchero.

Mientras tanto se pusieron a charlar, sorprendidos los cuatro amigos al ver a un león tan cortés y tan humilde. Pero ya llevaba la charla bastante tiempo, cuando el caballero Florianís decidió interrumpirla para inspeccionar la olla.

—Señores, el almuerzo está listo —anunció—. Por favor, si cada uno me alcanza su plato, procederé a servir.

—¡Ajá! —dijo el león, acercándose a la olla—. Veo que el puchero es abundante. ¿Se puede saber cómo va a repartirlo, estimado caballero?

—Pues en partes iguales —respondió Florianís—. Somos cinco, así que serviré cinco platos bien llenos. Uno para cada uno.

Ya estaban la cabra, la vaca y la oveja esperando que les llenaran el plato, cuando imprevistamente se adelantó el león.

—Un momento, caballero cocinante, detenga el cucharón —gritó con gesto amenazador, olvidándose de la humildad y la cortesía que hasta ahora había tenido—. Ninguno tocará esta olla —prosiguió—. Yo haré el reparto.

—¿Ah, sí? ¿Y se puede saber cómo piensa repartir? —quiso saber Florianís.

—Como corresponde, ni más ni menos. La primera parte será para mí —continuó—, y eso no se discute porque soy el león. La segunda me la merezco porque no existe nadie tan valiente como yo. La tercera también es para mí porque soy el más audaz. La cuarta me la he ganado por derecho natural. Y si alguno intenta tocar la quinta —concluyó—, tendrá que rendirme cuentas de semejante osadía.

Así diciendo y amenazando a todos con sus garras y feroces rugidos, los echó del lugar para poder comer tranquilo el sabroso puchero.

La oveja, la cabra y la vaca, temblando de miedo, se escondieron detrás de unos árboles. El caballero, en cambio, quiso hacer frente a la situación, pero se dio cuenta de que él solo no podía, ni siquiera usando su espada. Entonces corrió hasta los árboles donde estaban refugiadas sus amigas, para tratar de convencerlas de que se unieran a él y lucharan contra el león.

—Es muy fuerte —dijo la oveja—. Nos devorará a los cuatro.

—¡Es feroz! —exclamó la vaca—. Nadie puede contra él.

—Es muy valiente —aseguró la cabra—. No le teme a nada.

—Pero es uno solo —razonó el caballero Florianís— y nosotros somos más.

—¿Y qué podemos hacer? —preguntaron las temerosas.

—Defender nuestra olla y nuestros estómagos —contestó Florianís—. Cada una de ustedes con un palo y yo con mi espada —prosiguió— atacaremos al león.

¡Veremos quién es más fuerte!

De este modo marchó el pequeño ejército con el caballero Florianís a la cabeza. Y espada va y espada viene, y palazos por aquí y por allá, lograron entre todos ahuyentar al león, que escapó muerto de miedo, sin haber probado ni siquiera la parte del puchero que con justicia le hubiera correspondido y que por prepotente perdió.

FIN

La aventura de la oveja y el carnero

sheep_and_wolf_by_art2work

Ilustración: art2work

En cierta finca de cierto reino, vivía un granjero que tenía una oveja y un carnero. El hombre era muy perezoso y durante todo el verano se dedicó a no hacer nada echado bajo un árbol. No segó ni una brizna de hierba para sus animales y al llegar el invierno los pobres bichos no tenían absolutamente nada para comer.

Empezaron a balar con todas sus fuerzas «¡¡¡Beeeeeeeeeeee, beeeeeeeeeeeeee!!!», hasta que el granjero, harto de oírlos, cogió una vara con la intención de pegarles a los dos. Al ver el palo, oveja y carnero se pusieron a dar vueltas a toda velocidad dentro del cercado.

—Vámonos al bosque, hermano. Encontraremos algún almiar y nos podremos alimentar —dijo la oveja al carnero mientras trataban de huir del granjero.

—Tienes razón, ¡vámonos! Peor que aquí no estaremos.

Antes de marcharse, la oveja se apoderó de una escopeta que tenía el dueño de la granja y el carnero se llevó un saco.

Iban caminando juntos por el camino que conducía al bosque cuando, a un lado de la carretera, vieron una cabeza de lobo.

—¡Qué extraño! —exclamó el carnero.

—Recógela, hermano carnero —dijo la oveja—, y guárdala en tu saco.

—¿Y para qué demonios queremos una cabeza de lobo? Ya cuesta bastante andar con este frío sin ella, como para cargarla sin motivo.

—¡Cógela! Si el hambre aprieta podemos cocerla y hacer un guiso con ella.

El carnero la metió dentro del saco, se lo echó al hombro y los dos siguieron anda que te anda hasta que llegaron al bosque.

—¡Qué frío! ¡Estoy aterido! —se quejó el carnero.

Justo acababa de decir esto, cuando vio un resplandor a lo lejos.

—¡Mira! —exclamó señalando el lugar—, aquello parece una hoguera. ¡Acerquémonos!

Y se dirigieron corriendo hacia la fogata, donde se toparon con una manada de lobos que se estaba calentando junto al fuego.

El carnero se llevó un susto de muerte, pero la oveja lo tranquilizó:

—Tú no temas nada y sígueme la corriente —susurró y acto seguido se acercó a los lobos y los saludó:

—¿¡Qué tal, muchachos!? ¿Nos dejaríais usar vuestro fuego?

—¡Hola! ¡Pues claro que sí! Acercaos, acercaos —contestaron a coro los lobos mientras se relamían pensando en el festín que se iban a dar con aquel carnero y aquella oveja caídos del cielo.

Sin embargo, no habían contado con la astucia de la oveja.

—Hermano carnero, ¡acércate! Dame la cabeza de lobo, que haremos un buen caldo con ella. Pero fíjate bien y dame la cabeza de lobo viejo. La del jefe de la manada…

El carnero hizo lo que la oveja le pedía y sacó del saco la cabeza de lobo.

—¡No! ¡Esta no! Quiero la del lobo viejo.

El carnero hizo ver que buscaba dentro del saco y después de dar unas cuantas vueltas, le tendió a la oveja la misma cabeza.

—Pero vamos a ver, ¿no me expreso bien? —gritó la oveja al mismo tiempo que golpeaba con fuerza con sus pezuñas en el suelo — ¡Tampoco es esta! Te he dicho que me des la del jefe de la manada; es la que está debajo de todas. ¡Fíjate en lo que haces!

El carnero volvió a revolver dentro del saco y al cabo de un rato, le volvió a tender la única cabeza que había en él.

—¡Te ha costado! Pero, al fin has encontrado la que yo quería —exclamó la oveja.

Mientras tanto, los lobos, al ver todo aquello, permanecían callados y pensaban asustados: «Menuda matanza que han hecho estos dos con los nuestros… ¡Llevan un saco entero de cabezas!»

—Por cierto, hermanos lobos, ¿no tendríais vosotros, por casualidad, un poco de sal para aderezar nuestra cena? —preguntó la oveja con voz inocente.

Los lobos la miraron asustados y con el pretexto de ir a buscar un poco de sal, salieron precipitadamente de allí, atropellándose unos a otros y pensando solo en salvar su pellejo.

Corriendo como iban, se toparon con un oso.

—¿Por qué corréis así, amigos lobos?

—¡Hola, oso! No sabes tú de la que acabamos de librarnos. Hemos escapado de una oveja y de un carnero que llevaban un saco lleno de cabezas de lobo y ahora se preparaban para hacer caldo con la del jefe de la manada. Nos hemos marchado corriendo, no sea que quieran hacer con nosotros lo mismo.

—¡Valientes mastuerzos! —se burló el oso —. La oveja y el carnero se os ofrecen en bandeja para que os los comáis y vosotros salís huyendo. ¡Venid conmigo!

Deshicieron el camino andado y cuando la oveja y el carnero vieron que regresaban, empezaron acorrer de aquí para allá, muy apurados. La oveja trepó a un árbol y se las ingenió para acomodarse en la copa, pero el carnero, por mucho que lo intentó, no pudo trepar tan arriba y quedó colgando, de las patas delanteras, sobre una rama.

Al llegar los lobos y el oso no vieron a ninguno de los dos.

—Lobos, traedme unas cuantas bellotas que intentaré adivinar por dónde se han ido —ordenó el oso.

Así lo hicieron los lobos y el oso, sentado bajo el árbol en el que se escondían la oveja y el carnero, empezó a echar la buenaventura.

Entretanto, el carnero le decía en voz baja a la oveja:

—Me duelen las patas, ¡ya no aguanto más! ¡Me voy a caer!

—¡Aguanta un poco! Si te caes, te comerán y después me comerán a mí.

El carnero aguantó todo lo que pudo pero, al final, se cayó. Mientras caía, al comprender que todo estaba perdido, la oveja disparó la escopeta al aire gritando al mismo tiempo con todas sus fuerzas:

—¡A por él! ¡Agarra al Adivino! ¡Qué no se te escape!

Tal fue el susto del oso, que echó a correr como un loco sin mirar atrás y detrás de él, se marcharon todos los lobos.

Bajó la oveja del árbol y ella y el carnero abandonaron el peligroso bosque. Regresaron a la granja y, si todavía no se han muerto de hambre, aún siguen viviendo en ella sin sobresaltos.

FIN

Una orquesta bestial

01_orquesta animales

Ilustración: Sandra Agudo

 

Desde antes de amanecer, Paolo, el pavo, estaba ensayando en su piano una canción muy especial que quería dedicar a Gala, la granjera de la granja en la que vivía. Gala cumplía siete años al día siguiente y ¡siete años no se cumplen todos los días!

Muy de mañana, se había dirigido al río empujando su piano y se había puesto a ensayar:

—Ding, ding, ding, ding, dooooong… Esta última nota no acaba de salir bien —titó Paolo.

Ya empezaba a asomar el sol, cuando pasó cerca del río Gisela, la gallina, que le preguntó a Paolo qué hacía allí:

—Mañana es el cumpleaños de Gala y quiero componer una canción muy especial para regalársela —contestó Paolo.

—¡Qué idea tan genial! —cacareó Gisela— ¡Voy a buscar mi gaita y te ayudaré!

Al cabo de un momento, llegó Gisela con su gaita y los dos empezaron a tocar:

—Ding, ding, ding, ding, dooooong.

—Titititit, titititi, titittooooooo.

La última nota no acababa de salir bien, pero ellos seguían insistiendo.

Celedonio, el cerdo, que era un poco tímido, hacía un rato que escuchaba detrás de una azalea:

—Quizá, si os ayudo con mi clarinete…—gruñó muy bajito.

—¡Estupendo! —dijeron a coro Paolo y Gisela.

Y los tres empezaron a hacer sonar sus instrumentos:

—Ding, ding, ding, ding, dooooong.

—Titititit, titititi, titittooooooo.

—Tarará, tarará, tararirooooooo.

—¿Pero se puede saber qué es este alboroto? —mugió Vidina, la vaca—. Si no sois capaces de componer una canción, es que sois unos músicos de pacotilla ¡Escuchad mi violín y aprended de mí!

Y empezó a tocar junto a Paolo, Gisela y Celedonio:

—Ding, ding, ding, ding, dooooong.

—Titititit, titititi, titittooooooo.

—Tarará, tarará, tararirooooooo.

—Binnz, binz, bonzzzzzzzzz.

En el río, los peces empezaron a alborotarse y Pantaleón, un anciano pirarucú, y Paulina, una perca muy presumida que siempre llevaba la aleta muy bien peinada, se unieron al grupo de músicos con sus panderetas:

—Ding, ding, ding, ding, dooooong.

—Titititit, titititi, titittooooooo.

—Tarará, tarará, tararirooooooo.

—Binnz, binz, bonzzzzzzzzz.

—Pam, pam, pooommm.

El sol ya estaba muy alto, cuando el resto de los animales de la granja, atraídos por la música, empezaron a llegar con sus instrumentos: Olivia, la oveja, con su oboe; Belinda, la burra, con su batería; y hasta se les sumo Ginés, el gato de Gala, con su guitarra:

—Ding, ding, ding, ding, dooooong.

—Titititit, titititi, titittooooooo.

—Tarará, tarará, tararirooooooo.

—Binnz, binz, bonzzzzzzzzz.

—Pam, pam, pooommm.

—Fiuuuuu, fiuuuuu, foooo.

—Chan, chan, chonnn.

—Rang, rang, rong.

No había forma. Algo fallaba. La última nota seguía saliendo muy mal y nadie sabía porqué:

—Es culpa de Olivia, que no entra a tiempo —maullaba Ginés.

—Es culpa de Vidina, que desentona —rebuznaba Belinda.

—Es culpa de Pantaleón y Paulina, que hacen demasiado ruido —graznaba Paolo.

—¡¡Basta!! ¡¡Silencio!! —ululó Lucía, la lechuza, que desde el principio lo había observado todo desde lo alto de una higuera— El problema es que no hay un director. ¡Necesitáis que alguien dirija vuestra orquesta!

Los animales se quedaron pensativos, ¿quién podía dirigirlos? Después de discutir largamente, decidieron que le propondrían a Dámaso, el gran danés que vigilaba la granja, que fuera el director de la orquesta y Paloma y Paula, dos palomas que estaban entre el público, se fueron volando a buscarlo. No tardó mucho Dámaso en llegar con su batuta, un palito de cedro perfumado y, después de dar unos cuantos ladridos para organizar a los músicos, empezó el concierto:

—Ding, ding, ding, ding —sonaba el piano de Paolo, el pavo.

—Titititit, titititi, titittiiiiii —sonaba la gaita de Gisela, la gallina.

—Tarará, tarará, tarará —sonaba el clarinete de Celedonio, el cerdo.

—Binnz, binz, binz —sonaba el violín de Vidina, la vaca.

—Pam, pam, pam  —sonaban las panderetas de Pantaleón, el pirarucú, y Paulina, la perca.

—Fiuuuuu, fiuuuuu, fiuuuuu —sonaba el oboe de Olivia, la oveja.

-Chan, chan, chan – sonaba la batería de Belinda, la burra.

—Rang, rang, rang —sonaba la guitarra de Ginés, el gato.

Todos juntos, formaban una orquesta bestial y, a la mañana siguiente, Gala tuvo el mejor cumpleaños de toda su vida.

FIN