ovejas

Las desventuras de un sordo

Ilustración: maykrender

Había una vez un pastor sordo como una tapia que vivía en la India. Un día, al conducir su rebaño de ovejas hacia la montaña, se cruzó en su camino una serpiente. Al verla, enseguida pensó que aquel día le sucedería algo malo.

Y es que en la India también existen las personas supersticiosas y toparse con una serpiente, un gato negro, una persona viuda o una persona tuerta se considera un signo de mal agüero que anuncia una desgracia. En cambio, cruzarse con una vaca, un elefante, una lagartija o un bebé es signo de buen augurio que anuncia un día feliz.

Así pues, el pastor confirmó al mediodía su mal presentimiento cuando, al abrir el zurrón, se dio cuenta de que se había olvidado la comida en su casa. Justamente aquel día tenía un hambre de lobo. Esperó durante una hora porque, en otras ocasiones, su mujer, al darse cuenta del olvido, había mandado a alguien a llevársela. Pasaron dos horas y al ver que nadie acudía con su fiambrera, decidió ir él mismo a buscarla. Ahora bien, mientras estuviera fuera, ¿quién vigilaría su rebaño?

Miró a su alrededor y, en la pradera de al lado, vio a una cabrera que cuidaba cinco cabras. El pastor no la conocía de nada y no confiaba mucho en aquella mujer de aspecto desaliñado, pero como no vio cerca a nadie más, determinó pedirle que, por favor, vigilara sus ovejas:

—Buenos días, ¿serías tan amable de echarle una ojeada a mi rebaño mientras voy un momento a mi casa a por la comida? Cuando vuelva, te recompensaré por la molestia.

Lo que el pastor no sabía es que la cabera era sorda como una caldera. Pero como él mismo era sordo como el yeso, no oyó lo que la mujer le contestaba:

—¿Acaso me estás reprochando que mis cabras coman de esta hierba? ¿Qué derecho tienes tú sobre ella? ¿Es solo tuya? ¿Te crees que mis cabras se han de morir de hambre para que tus ovejas puedan engordar? ¡Pues no! Yo no me muevo de aquí. ¡Vete a paseo!

Mientras esto decía, señaló sus cabras, señaló las ovejas del pastor y, finalmente, señaló hacia la carretera.

El pastor creyó que la cabrera aceptaba la propuesta y que le indicaba que se marchara tranquilo. Y así lo hizo.

Al llegar a su casa, encontró a su esposa echada en la cama con mucho dolor. Le había sentado mal la cena y le dolía mucho la tripa. El pastor la cuidó y le hizo una tisana y cuando vio que podía dejarla sola sin tener de qué preocuparse, volvió a toda prisa al prado, donde había dejado el rebaño. ¡Quién sabe si aquella cabrera no habría aprovechado su ausencia para robarle alguna oveja!

Pero al llegar, comprobó que todos los corderos, sin faltar ni uno, estaban pastando en el mismo lugar donde los había dejado.

—Me he equivocado al poner en duda la honestidad de esa pobre mujer. Ha vigilado el rebaño como si fuera suyo así que, tal y como le prometí, la obsequiaré con un cordero. Le daré la oveja coja, que está bien gorda. Ella puede comérsela; a mí lo único que hace es molestarme, porque retrasa la marcha del rebaño.

Cargó la oveja a su espalda, y la fue a dejar a los pies de la cabrera mientras decía:

—Has sido muy amable al vigilar mi rebaño. Te estoy muy agradecido y, para recompensarte, te regalo esta oveja.

—¿Cómo? —dijo la cabrera señalando la pata del animal—. ¿Me estás acusando de haberle roto la pata a tu oveja? Que sepas que mientras has estado fuera no me he movido de aquí. ¡Ni siquiera he mirado hacia tu rebaño!

El pastor respondió:

—Sí, es verdad, la oveja es coja. Pero ¿qué importa? Es un animal joven y gordo y puede proporcionarte mucha comida a ti y a tu familia.

—¿Insistes en acusarme? —repuso la cabrera, que se iba enfurecido por momentos—. Cómo quieres que te diga que ni me he acercado a tu rebaño. Mira, ¿sabes qué?, tú y tu oveja os podéis ir a la porra. Y no me obligues a arrearte con mi cayado, ¿me oyes?

El otro, por supuesto, no oía nada de nada. Solo vio que la cabrera levantaba su cayado como si tuviera intención de pegarle y se puso en guardia.

Por suerte, antes de que las cosas fueran a más, acertó a pasar una amazona por la carretera.

Por suerte, decimos, porque en la India, cuando dos personas se pelean, le piden a una tercera que haga de mediadora.

Pastor y cabrera corrieron hacia la amazona y agarrando las riendas de su caballo, le gritaron al unísono:

—¡Detente! Para, por favor, y dinos quién de los dos tiene la razón.

El pastor decía:

—Yo solo quería regalarle una oveja a esta mujer para pagarle un favor y ella, como única respuesta, me quería pegar.

La cabrera decía:

—¡Este pastor me acusa de haber roto la pata a una de sus ovejas y yo ni siquiera me he acercado a su rebaño!

La amazona exclamaba, a su vez:

—¡Sí! Sí! ¡Lo confieso! ¡El caballo no es mío! Pero prometo que no lo robado. Lo he encontrado abandonado en la carretera y, como tenía mucha prisa, lo he tomado prestado para ganar tiempo. ¡No tenía mala intención! No os enfadéis conmigo, si el caballo es vuestro, os lo devuelvo ahora mismo. ¡Tengo prisa! ¡Me marcho a pie!

Lo cierto es que la amazona era sorda como una campana y no había entendido nada. Los otros dos, en cambio, pensaban que daba la razón a su adversario. Y cada uno la amenazaba con el puño y la sacudía para hacerla cambiar de opinión. Los tres gritaban como patos y hacían un ruido espeluznante.

Por fortuna, un brahmán de larga barba blanca apareció por la carretera. ¡Qué suerte, que llegara un hombre santo como aquel!

Los tres que se peleaban corrieron hacia él, lo saludaron con respeto y empezaron a hablar a la vez de rebaños, ovejas cojas, caballos robados…

—Os comprendo, os comprendo… —empezó el monje. Aunque esto no era exactamente así, porque él mismo era sordo como una baldosa. Y continuó—. Entiendo perfectamente lo que ocurre, pero no insistáis. Está claro que mi esposa os ha enviado para que cambie de opinión y para rogarme que vuelva a casa. Pero no hay vuelta atrás. Después de nuestra pelea de esta mañana, no quiero ver más a esa mujer. Me dirigiré al Ganges para bañarme en sus aguas y una vez me haya purificado, me retiraré a vivir a un templo. Quiero estar solo para siempre. Lo tengo bien decidido, así que no es necesario que me supliquéis más. No pienso volver a casa.

Al ver la serenidad y la calma que desprendía el anciano, los tres se callaron para escuchar lo que decía… Bueno, para escucharlo, exactamente no, pero mientras duró su discurso tuvieron tiempo para reflexionar.

La amazona pensó que el brahmán lo acusaba de ser una ladrona, como así era. Avergonzada, devolvió el caballo al lugar en el que lo había encontrado y se marchó a toda prisa a pie y sin volver la vista atrás.

El pastor también interpretó que el brahmán le afeaba haber regalado una oveja coja a la cabrera, así que decidió volver junto a su rebaño, que ya hacía demasiado rato que pastaba solo.

—Tendré que aceptar que no me dé la razón, pero está claro que en este mundo no haya ni pizca de justicia. Y todo esto me ocurre porque esta mañana me topé con aquella serpiente…

A la cabrera le pasó algo parecido, pensó que el sabio anciano le afeaba su rudo comportamiento y, por lo tanto, volvió junto a sus cabras, refunfuñando. Cuando llegó allí, vio que la oveja coja no se había movido.

—Pues mira, ¡me la llevo! Que se fastidie ese maldito pastor por el follón que ha montado y por haberme puesto de tan mal humor.

El brahmán, por su parte, anduvo hasta el siguiente pueblo, donde fue a saludar a unos amigos, que lo recibieron muy contentos. Lo invitaron a cenar y le prepararon una habitación para dormir. Al día siguiente, habiendo dormido como un rey, estaba fresco y tranquilo como una flor. Reflexionó sobre lo que había pasado con su esposa. Ahora veía las cosas de otro modo. Quizá no fuera ella la única culpable de la pelea… La rabia contra ella se le había pasado y decidió que era mejor no ir al Ganges a bañarse sino a su casa para arreglar las cosas.

Así que cada uno volvió a lo suyo y bien está lo que bien acaba.

FIN

El pastorcillo mentiroso

Ilustración: Niky-Chan

Érase una vez un joven pastorcillo que se pasaba la mayor parte del tiempo cuidando de su rebaño de ovejas. Muy de mañana, las llevaba a pastar a los campos que rodeaban la pequeña aldea en la que vivía. A diario, cuando el sol empezaba a asomar, hacía lo mismo: se levantaba, metía en su zurrón un trozo de pan y un poco de queso y, seguido de sus ovejas, se dirigía hacia las praderas, donde se pasaba todo el día. Una jornada de otra solo se diferenciaba porque llovía o hacía sol, por lo demás todas trascurrían de igual modo.

A menudo, mientras miraba a los animales pastar, pensaba en las muchas cosas que podría estar haciendo en aquel momento si no fuera porque tenía que trabajar y como el tiempo pasaba muy lento y se aburría mucho, echaba a volar la imaginación para divertirse. Un día, mientras dormitaba debajo de un árbol, se le ocurrió una idea… Pensó que podría pasar un buen rato divirtiéndose a costa de sus vecinos y empezó a gritar:

—¡Qué viene el lobo! ¡Qué viene el lobo!

La gente, sin perder ni un segundo, tomó lo que tenía más a mano para defenderse del animal y acudió corriendo a auxiliar al pobre pastorcito, que seguía pidiendo auxilio a gritos. Al llegar allí, los vecinos descubrieron que todo había sido una pesada broma del pastor, que, al ver reunidos a su alrededor a sus vecinos con cara de susto y armados hasta los dientes, se desternillaba de la risa por el suelo. Los aldeanos, muy enfadados, le afearon su actitud y regresaron a sus quehaceres.

Una vez se hubieron ido, pensó el pastor que aquello había sido muy divertido. ¡No se había reído tanto en toda su vida!, así, que decidió repetir su juego. Cuando vio que la gente ya se había alejado lo suficiente, volvió a gritar:

—¡Qué viene el lobo! ¡Qué viene el lobo!

De nuevo, la gente, al oír su grito de socorro, desanduvo el camino y acudió a toda prisa, pensando que, esta vez, sí que era cierto que lo atacaba el lobo y que, realmente, el pastor necesitaba su ayuda. Pero al llegar donde estaba el chiquillo, se lo encontraron riendo sin parar. más aún que la primera vez, y no paraba de burlarse de que hubieran vuelto otra vez para auxiliarlo. Esta vez, los aldeanos se enfadaron muchísimo y se marcharon muy molestos de la nueva mala pasada del pastor.

Cayó la noche; el pastor recogió su rebaño y se fue a su casa.

A la mañana siguiente, con los primeros rayos de sol, el pastor se dirigió al prado para que sus ovejas comieran. Cada vez que recordaba lo ocurrido el día anterior, le entraba la risa y, en modo alguno, pensaba en la mala pasada que les había hecho a sus vecinos ni en el mal rato que les había hecho pasar. Tan divertido estaba recordando su jugarreta, que no se dio cuenta de que, sigiloso, se acercaba a sus espaldas un gran lobo gris. Al oír crujir una rama, se dio media vuelta y vio al enorme animal. El miedo le recorrió el cuerpo de arriba abajo. El lobo se acercaba más y más, despacio, con las fauces abiertas, medio muerto de hambre, gruñendo… Y cuando ya estaba a pocos pasos del pastor, este empezó a gritar desesperadamente:

—¡Qué viene el lobo! ¡Qué viene el lobo! ¡Me va a comer! ¡Socorro!

Pero, aunque gritó, lloró e imploró sin parar, sus súplicas fueron en vano. Los aldeanos oyeron sus ruegos, pero hicieron caso omiso de ellos, porque no creyeron lo que decía el pastor. Recordaron las mentiras del día anterior y, esta vez, hicieron oídos sordos. Pensaron que ahora tampoco decía era verdad.

¿Y qué es lo que pasó? Pues que el pastor se subió a un árbol para salvarse del ataque y, desde allí, vio impotente cómo la fiera se abalanzaba sobre su rebaño y lo devoraba entero mientras él no dejaba, entre dentellada y dentellada del lobo, de gritar:

—¡Esta vez prometo que es verdad! ¡No os engaño! ¡El lobo está aquí y se está comiendo las ovejas!

Tarde y mal, el pastorcillo se dio cuenta de su mal comportamiento y se arrepintió de su actitud. Desde ese día, nunca más volvió a mentir ni a burlarse de sus semejantes y comprendió que, para divertirse, siempre es mucho mejor reírse con las personas que de las personas.

FIN

Purita boba

Ilustración: Sei00

Vivía una vez, en una pequeña aldea, una muchacha cuyo nombre era Purita, pero a la que todos llamaban Purita boba. Como a ella no le gustaba que la llamaran así, un día, mató la única vaca que tenía e invitó a todos los del pueblo a comer para decirles que no lo hicieran.

Mientras comían, los vecinos se burlaba de ella:

—¿De qué vivirás ahora que has matado la vaca?

Y en lugar de Purita boba, empezaron a llamarla Purita bobaza.

Visto lo visto, Purita cogió la piel de la vaca y se fue a la capital a venderla.

Al llegar a las afueras de la ciudad, como hacía mucho calor, decidió tomar el fresco; se echó al pie de un árbol y se cubrió con la piel.

Mientras echaba la siesta, sucedió que un cuervo, creyendo que era una vaca de verdad, se posó sobre ella y la empezó a picotear. Purita se despertó, atrapó el ave y se la guardó.

Se dirigió al mercado, vendió la piel por siete monedas de oro y tomó el camino de regreso a su pueblo, pero antes de llegar a su casa, oscureció, así que decidió pasar la noche en una fonda cochambrosa, en la cual, para alojarla, le pidieron un dineral.

En la fonda, Purita encargó comida para dos y fue a su habitación a lavarse las manos. Aprovechó entonces para poner tres monedas bajo el felpudo de la puerta principal, y otras cuatro en la escalera que conducía a las habitaciones: dos monedas en el primer escalón y dos en el último.

Hecho esto, bajó al comedor y esperó a que le sirvieran la cena, pero nadie la atendía porque los posaderos creían que esperaba a alguien.

—¿Es que nadie nos va a servir? —preguntó Purita.

—Pero, ¿no esperarás a tu acompañante? —preguntó, a su vez, la dueña de la fonda.

—Mi acompañante es este cuervo.

Los posaderos, intrigados, le preguntaron:

—¿Y a qué se dedica el animal?

—Es adivino —dijo Purita—. Puede adivinar cualquier cosa.

Entonces le pidieron que adivinase algo y Purita, pasando la mano por el cuerpo del cuervo, de la cabeza a la cola, ordenó:

—¡Cuervo, adivina!

Y el cuervo graznó:

—¡Gra!, ¡gra!

—¿Qué es lo que ha dicho? —inquirió intrigada la posadera.

—Ha dicho —contestó Purita— que bajo el felpudo de la puerta principal hay tres monedas de oro.

La posadera fue corriendo, levantó el felpudo y allí, donde el cuervo había dicho, encontró las tres monedas de oro.

Maravillada, volvió y le dijo a Purita:

—Véndeme el cuervo.

Pero Purita, no contestó. Volvió a pasar la mano por encima del cuerpo del cuervo y volvió a pedirle:

—¡Cuervo, adivina!

—¡Gra!, ¡gra! —repitió el cuervo.

—¿Y ahora qué ha dicho? —preguntó de nuevo la posadera— ¿Qué es lo que ha dicho ahora?

—Ha dicho —contestó Purita—, que en la escalera hay cuatro monedas. Dos en el primer escalón y dos más en el último.

Allá que se fue la posadera corriendo, las encontró enseguida y volvió aún más maravillada:

—Me tienes que vender ese cuervo. Te daré por él mil monedas de oro.

Y dicho y hecho, Purita metió las monedas en la bolsa, dejó allí el cuervo y se volvió a su pueblo.

En cuanto llegó al pueblo, avisó a todo el mundo y cuando estuvieron todos reunidos en la plaza mayor, abrió la bolsa y enseñó a sus vecinos las mil monedas de oro.

—Mirad, esto es lo que he obtenido en la capital por la piel de la vaca.

Al ver aquello, todos los vecinos mataron sus vacas y se fueron a vender las pieles a la ciudad. Pero resultó, que después de haberlas vendido, apenas si obtuvieron dinero suficiente para pagarse el viaje de vuelta, y volvieron muy enfadados al pueblo diciendo que iban a escarmentar a Purita boba.

Cuando llegaron al pueblo, se dirigieron directamente a casa de la muchacha y la destrozaron entera de arriba abajo.

Al día siguiente, Purita reunió los escombros de su casa, los metió en un saco y se fue a la capital a venderlos.

Llegó muy cansada y quiso desayunar, pero el dueño del establecimiento no quería dejarla pasar con el saco:

—Deja que lo entre, contiene cosas muy valiosas que llevo a vender al mercado. —le dijo Purita.

—¡Aquí no quiero sacos! Lo puedes dejar en el patio, con los cerdos, pero te cobraré por dejarlo ahí.

Purita aceptó y mientras tomaba su desayuno, la piara de cerdos se comió todo lo que contenía el saco.

Al ver lo ocurrido, Purita le dijo al tendero que los cerdos se habían comido lo que contenía el saco y que era muy valioso. Empezaron a discutir y ya se disponía Purita a llamar al juez, cuando el tendero le ofreció dos mil monedas de oro que ella se avino a aceptar y con ellas en la bolsa se volvió al pueblo.

Llegado que hubo al pueblo, tocó las campanas para congregar a todo el mundo y así que estuvieron todos, abrió su bolsa, mostró el oro y contó que aquel era el beneficio de vender los escombros de su casa en la capital.

Los vecinos se apresuraron entonces a destrozar sus casas, cargaron los escombros en sacos y se fueron a la ciudad a venderlos. Allí estuvieron mucho rato pregonando su mercancía, hasta que unos guardias los detuvieron y les dieron una buena paliza por estafadores.

Volvieron al pueblo jurando vengarse de Purita boba, pero ella se había escondido para que no la encontraran. Entonces, los vecinos quemaron su casa.

Purita boba recogió las cenizas y anunció que se iba a venderlas a la capital. Mezcló con las cenizas las joyas que el fuego no había quemado y cuando llegó a la ciudad se sentó en un banco.

Al poco rato, pasó un señor que le preguntó:

—Chica, ¿qué llevas en ese saco?

Y Purita boba le contó que llevaba sus joyas entre la ceniza para que no se le estropearan. El señor pensó que Purita era boba y le ofreció por el saco cinco mil monedas de oro que Purita aceptó.

De regreso al pueblo, mostró sus ganancias y contó a sus vecinos que aquello era lo que le habían dado por las cenizas.

Los vecinos quemaron sus casas y corrieron a la capital para vender las cenizas y como no vendieron nada, regresaron decididos a escarmentar a Purita de una vez por todas.

La cogieron y la metieron en un saco con la intención de tirarla al río, pero como antes tenían otras cosas que hacer, ataron el saco a un árbol, cerca de la orilla, con la idea de volver más tarde y acabar la faena.

Cuando oyó que se alejaban, Purita boba empezó a gritar:

—¡Que no me caso con él! ¡Aunque sea un príncipe, yo no me caso con él!

Acertó a pasar por allí una pastora con su rebaño y al oír las voces de Purita, le dijo que la liberaría a condición de casarse ella con el príncipe, pero que si no aceptaba, se quedaría dentro del saco. Purita aceptó y cambiaron de lugar: la pastora se metió en el saco y Purita se marchó con las ovejas.

Volvieron los vecinos y echaron el saco al río, sin sospechar que no era Purita la que estaba dentro.

Al volver al pueblo, se encontraron con Purita, que pastaba las ovejas, y le dijeron:

—¡Pero, bueno! ¿A ti no te hemos echado al río? ¿De dónde vienes, entonces, con las ovejas?

Y les respondió Purita boba:

—Es que el río está lleno de ellas. Y si más hondo me echáis, más ovejas hubiera encontrado.

Los vecinos corrieron hacia el río y empezaron a tirarse de cabeza y cada vez que uno gorgoteaba, porque tragaba agua, los demás preguntaban a Purita:

—¿Qué dice? ¿Qué dice?

Y Purita les contestaba:

—Que os tiréis, que os tiréis, que hay muchas ovejas.

Y todavía están en el río buscando ovejas, mientras Purita lleva cada mañana su rebaño a pastar.

FIN