paciencia

Tranquila Tragaleguas, la tortuga cabezota

Ilustración: Alejandra Romero

Una hermosa mañana se encontraba la tortuga Tranquila Tragaleguas ante su pequeña y agradable madriguera tomando el sol y comiendo sosegadamente una hoja de llantén.

Por encima de ella, en las ramas de un vetusto olivo, estaba la paloma Sulaica Silvestre, que lustraba su brillante plumaje. En esto llegó volando el palomo Sebulón Silvestre, hizo varias reverencias y exclamó:

—¡Oh!, Sulaica, alegría de mi corazón, ¿te has enterado ya? El Gran Sultán de todos los animales, Leo Vigésimo-Octavo, va a celebrar su boda. Así que vayámonos juntos volando a su guarida, luz de mis ojos.

—¡Oh!, mi dueño y señor —zureó la paloma—, ¿es que estamos invitados?

—No te preocupes, estrella de mi vida —le contestó Sebulón Silvestre volviendo a hacer varias reverencias—, todos los animales, grandes y pequeños, viejos y jóvenes, gordos y delgados, mojados y secos, están invitados; así que nosotros también. Va a ser la fiesta más hermosa que jamás haya habido. Pero tenemos que darnos prisa, pues el camino hasta la guarida del león es muy largo y la fiesta es ya pronto.

Sulaica asintió y las dos palomas se alejaron volando.

Tranquila Tragaleguas, que lo había oído todo, se sumió en una meditación tan profunda que incluso se le olvidó terminar de desayunar.

«Si todos los animales, grandes y pequeños, viejos y jóvenes, gordos y delgados, mojados y secos, están invitados a la boda», se dijo a sí misma, «entonces yo también lo estaré. Así que, ¿por qué no voy a ir yo también a la fiesta más hermosa que jamás haya habido?».

Después de pasarse el día entero y toda la noche siguiente dándole vueltas, su decisión estaba tomada. Apenas se había levantado el sol se puso en marcha, paso a paso, despacito, sí, pero sin parar.

Cuando ya llevaba vagabundeando así casi todo el día, pasó junto a una zarza. Allí vivía la araña Fátima Fabricatelas en el centro de su magnífica tela.

—¡Eh, Tranquila Tragaleguas! —exclamó la araña—, ¿a dónde vas tan aprisa, si puede saberse?

—Buenas tardes, Fátima Fabricatelas —contestó la tortuga, y se detuvo a tomar aliento—. Como sabes, nuestro Gran Sultán, Leo Vigésimo-Octavo, ha invitado a su boda a todos los animales. Y por eso voy yo también allá.

Fátima Fabricatelas cruzó sus largas patas delanteras sobre su cabeza y comenzó a soltar tales risitas que toda su telaraña comenzó a temblar sensiblemente.

—¡Oh!, Tranquila —pudo balbucir al fin—, tú, la más lenta de los lentos…, ¿cómo quieres llegar jamás allá?

—Paso a paso —dijo Tranquila.
—¿Y te has parado a pensar —exclamó Fátima Fabricatelas— que la boda será ya dentro de catorce días?

Tranquila miró llena de confianza sus cortas y robustas patitas y contestó:

—Ya llegaré a tiempo.

—¡Tranquila! —le dijo la araña compasivamente—. ¡Tranquila Tragaleguas! Incluso para mí sería el camino demasiado largo y yo no solo tengo patas más ligeras, sino también el doble de ellas que tú. ¡Sé razonable! ¡Déjalo y vete a casa!

—Lo siento, pero no puede ser —le contestó amablemente la tortuga—; mi decisión está tomada.

—¡No hay peor sordo que el que no quiere oír! —dijo la araña y comenzó, enfadada, a tejer en su tela.

—Es verdad —respondió Tranquila—, así que adiós, Fátima Fabricatelas.

Y con eso se echó a andar lenta y pesadamente. La araña soltó una risita maliciosa y murmuró:

—No vayas a correr demasiado, que si no al final llegarás incluso demasiado pronto.

Pero Tranquila Tragaleguas siguió caminando por campos y pedregueras, por páramos y arboledas, bajo el sol y las estrellas.

Al pasar un día junto a una pequeña laguna hizo un alto para beber.

Sobre una hoja de hiedra se encontraba el caracol Bassam Baboso, que examinó a la tortuga con ojos desorbitados.

—¡Buenos días! —dijo Tranquila amablemente.

Transcurrió un buen rato hasta que el caracol se rehizo y pudo contestarle.

—¡Cielos! —balbució muy despacito—, ¡tú sí que corres! Le da a uno vueltas la cabeza solo de mirarte.

—Voy a la boda de nuestro Gran Sultán, Leo Vigésimo-Octavo —le explicó Tranquila.

Esta vez transcurrió aún más tiempo hasta que Bassam pudo reorganizar sus viscosos pensamientos y consiguió balbucear con gran esfuerzo:

—¡Caracoles, qué horror! ¡Si has ido en una dirección completamente equivocada!

Se puso a señalar con sus tentáculos confusamente a su alrededor:

—¡Allínoalládeallíoseaaquí…! ¡Aquínoahíaaláamíacánonorteallíallítúallí…! —y se enredó sin remedio en su difícil explicación.

—No importa —dijo Tranquila—, al menos ahora ya lo sé. ¿Hacia dónde, dijiste, debo ir?

El caracol estaba tan liado que se coló en su casa y no reapareció hasta pasada media hora.

Tranquila esperó pacientemente hasta que Bassam volvió a recuperar el habla.

—¡Cielos! —gimió el caracol—, ¡qué desgracia! Debías haber ido hacia el sur y no hacia el norte. Justo al revés tendrías que haber ido.

—Muchas gracias por la indicación —le contestó Tranquila, y se dio la vuelta poquito a poco en dirección contraria.

—Pero si la fiesta es ya pasado mañana —exclamó lloroso el caracol.

—Ya llegaré a tiempo —dijo Tranquila.

—¡Jamás! —sollozó el caracol, y miró con desconsuelo a la tortuga—. ¡Jamás de los jamases! Bueno, si desde el principio hubieses ido en la dirección correcta, puede. Pero ya está todo perdido. Todo fue inútil. ¡Caracoles, qué horror!

—Puedes sentarte sobre mi caparazón, si quieres venir conmigo —le invitó Tranquila.

Bassam Baboso bajó resignadamente los ojos.

—No vale la pena. Es tarde, demasiado tarde. Nunca llegaríamos.

—Claro que sí —dijo Tranquila—, paso a paso.

—Estoy tan triste —balbució el caracol—, ¡quédate conmigo y consuélame!

—Lo siento, pero no puede ser —dijo Tranquila amablemente—: mi decisión está tomada.

Y con esto volvió a ponerse en marcha, solo que en dirección contraria.

Bassam Baboso se quedó aún mucho tiempo mirándola con los ojos llenitos de lágrimas y haciéndole continuos ademanes de súplica con sus tentáculos.

La tortuga volvió a caminar durante muchos días en la otra dirección por campos y pedregueras, por páramos y arboledas, bajo el sol y las estrellas.

Finalmente se encontró con el lagarto Zacarías Zanguango, que estaba dormitando sobre una piedra soleada. Sus escamas verde esmeralda centelleaban lujosamente.

Al acercarse la tortuga, abrió un ojo, parpadeó y dijo adormilado:

—¡Alto! ¿Identidad? ¿Procedencia? ¿Destino?

—Me llamo Tranquila Tragaleguas —dijo la tortuga—, vengo del vetusto olivo y quiero ir a la guarida del león.

Zacarías Zanguango bostezó:

—Vaya, vaya, ¿y qué se le ha perdido a uno por allí?

—Voy a la boda de nuestro Gran Sultán, Leo Vigésimo-Octavo, pues él ha invitado a todos los animales, así que a mí también —le contestó Tranquila.

Entonces, Zacarías Zanguango, asombrado, abrió también su otro ojo y contempló aliviado a la tortuga.

—¿Y cómo se imagina un vulgar tragapolvo —gangueó al rato— que aún va a llegar allí?

—Paso a paso —dijo Tranquila.

Zacarías Zanguango se apoyó en los codos y tamborileó con los dedos.

—Vaya, vaya, ¿con tanta calma quiere uno ir a una boda que ya habría sido hace una semana?

—¿Es que no ha sido hace una semana? —preguntó Tranquila.

—No —contestó Zacarías Zanguango con desgana.

—Estupendo —dijo Tranquila satisfecha—, pues entonces aún llegaré a tiempo.

—¡Segurísimo que no! Como alto funcionario de la corte del león tengo el gusto de explicar: la boda queda provisionalmente aplazada. Leo Vigésimo-Octavo tuvo que marchar repentinamente a la guerra contra el tigre Sebulón Sableador. Así que puede uno volver de nuevo a casa con toda confianza.

—Lo siento, pero no puede ser —contestó Tranquila Tragaleguas—, mi decisión está tomada.

Y con esto dejó al lagarto tumbado a su izquierda, y siguió caminando lenta y pesadamente.

Zacarías Zanguango, sin embargo, se quedó absorto mirando hacia adelante, murmurando una y otra vez:

—Uno se pregunta realmente si… desde luego, uno se pregunta realmente si…

La tortuga volvió a caminar durante muchos días por campos y pedregueras, por páramos y arboledas, bajo el sol y las estrellas.

Al atravesar un desierto pedregoso, se encontró con un grupo de cuervos que estaban acurrucados sobre un árbol seco y que parecían sumidos en sombrías reflexiones. Tranquila Tragaleguas se detuvo para preguntar por el camino.

—¡Hachís! —graznó uno de los cuervos antes de que ella hubiese dicho nada.

—¡Salud! —exclamó Tranquila amablemente.

—No he estornudado —gruñó malhumorado el cuervo—, solo me he presentado. Soy el sabio Hachís Halef Habacuc.

—¡Oh, perdón! —dijo ella—, yo me llamo Tranquila Tragaleguas y solo soy una tortuga normal y corriente. ¿Puedes, por favor, decirme sabio Habacuc, si por aquí se va a la guarida de nuestro Gran Sultán, Leo Vigésimo-Octavo? Es que estoy invitada a su boda.

Los cuervos se lanzaron unos a otros significativas miradas y soltaron unas tosecillas.

—Bien podría decírtelo —explicó Habacuc y se rascó la cabeza con la garra—, pero ya no te serviría de nada. Pues el dónde está ahora nuestro Gran Sultán no podemos alcanzarlo ni siquiera nosotros los sabios. Y tú, pobre e ignorante animal que se arrastra, ¿cómo podrías encontrarlo nunca con tus pocas luces?

—Paso a paso —dijo Tranquila.

Los cuervos volvieron a intercambiar significativas miradas y soltaron unas tosecillas.

—¡Oh, ciega criatura! —graznó solemnemente Habacuc—, aquello de lo que hablas, hace tiempo que pasó. Y el pasado nadie puede recuperarlo.

—Ya llegaré a tiempo —dijo Tranquila llena de confianza.

—¡Imposible! —le contestó Habacuc con voz sepulcral—, ¿no ves que estamos de luto? Hace pocos días hemos enterrado a nuestro Gran Sultán, Leo Vigésimo-Octavo. Fue herido tan gravemente en la lucha contra el tigre Sebulón Sableador, que murió sin remedio.

—Ah —dijo tranquila—, pues de veras que lo siento.

—Así que vuelve a casa —le aconsejó Habacuc—, o quédate aquí y llora con nosotros.

—Lo siento, pero no puede ser —contestó Tranquila amablemente—; mi decisión está tomada.

Y con eso volvió a ponerse en camino.

Los cuervos se quedaron mirándola con reproche, luego juntaron sus cabezas y graznaron:

—¡Qué persona más obstinadas! Quiere ir realmente a la boda de alguien que hace tiempo que ha muerto.

Tranquila Tragaleguas volvió a caminar lenta y pesadamente durante muchos días por campos y pedregueras, por páramos y arboledas, bajo el sol y las estrellas.

Y por último llegó a un bosque lleno de árboles en flor. En el centro del bosque había un gran prado cuajadito de flores. Y en ese prado estaban reunidos muchos animales, grandes y pequeños, viejos y jóvenes, gordos y delgados, mojados y secos, todos muy contentos y en alegre espera.

—Ah, por favor —preguntó Tranquila Tragaleguas a un pequeño tití que brincaba junto a ella y tocaba las palmas—, ¿por dónde se va a la guarida de nuestro Gran Sultán?

—¡Pero si ya estás ante ella! —exclamó el monito (que dicho sea de paso se llamaba Yussuf Yomerrasco, pero esto ya no tiene aquí importancia)—. ¡Ahí enfrente está la entrada!

—¿Y es esta, quizá —preguntó discretamente Tranquila Tragaleguas—, la boda de nuestro Gran Sultán, Leo Vigésimo-Octavo?

—¡Qué va! —exclamó el monito—. ¡Realmente debes venir de muy lejos! ¡Sí, hoy celebra su boda, como todo el mundo sabe, nuestro nuevo Gran Sultán, Leo Vigésimo-Noveno!

En este momento apareció a la entrada de la guarida un magnífico y joven león con una majestuosa melena que brillaba como el sol. Y junto a él estaba una hermosa y joven leona.

Y todos los animales gritaron: «¡Viva!» y «¡Vivan los novios!», y luego se bailó y se jugó y se comió en abundancia y se cantó hasta altas horas de la madrugada. Y las luciérnagas alumbraron y los ruiseñores y los grillos se encargaron de la música. En una palabra, fue realmente la fiesta más hermosa que jamás haya habido.

Y entre los invitados estaba Tranquila Tragaleguas, un poco soñolienta, eso sí, pero muy feliz, y manifestó:

—Ya lo dije yo siempre, que llegaría a tiempo.

FIN

La prueba

Ilustración: IZOLYZM

Eran grandes amigos desde la infancia. Uno de ellos era mandarín y se le había ofrecido un destacado cargo oficial. Un poco preocupado por la responsabilidad que tendría que asumir en breve, el mandarín se reunió con su amigo de la infancia y lo puso al corriente de la situación. El amigo le aconsejó:

—Lo que te recomiendo es que siempre seas paciente. Es muy importante. No lo olvides, ejercítate sin descanso en la paciencia.

—Sí, seré paciente. No dejaré de ejercitarme en la paciencia — aseguró el mandarín.

Los dos amigos empezaron a saborear un delicioso té. El amigo que había ido a ver al mandarín le dijo:

—Sé siempre paciente. No dejes de ser paciente; suceda lo que suceda.

El mandarín asintió con la cabeza.

Unos minutos después, el amigo dijo:

—No lo olvides: adiéstrate en la paciencia, sobre todo.

—Lo haré, lo haré —repuso el mandarín.

Cuando iban a despedirse, el amigo añadió:

—No lo olvides, tienes que ser muy paciente.

Entonces el mandarín, soliviantado, exclamó:

—¿¡Me tomas por un estúpido!? Ya lo has repetido varias veces y yo lo he oído perfectamente bien. ¡Deja de una vez de advertirme sobre lo mismo!

El amigo, sonriendo, manifestó:

—Me gusta ver cómo te ejercitas en la paciencia.

El mandarín se sintió ridiculizado, pero agradecido por el sabio consejo.

—Es muy difícil ser paciente — dijo el amigo, abrazándolo con todo cariño—. Más de lo que parece.

El mandarín no olvidó jamás la lección de su amigo de la infancia y desempeñó perfectamente su cargo. La paciencia le permitió desarrollar la ecuanimidad, la ecuanimidad, sabiduría, y la sabiduría, amor.

FIN

El arte de la caligrafía

Ilustración: Leaping-Froggs

Xian Zhi era hijo del famoso calígrafo Yi Zhi. Cuando su padre trabajaba en el estudio, el pequeño solía contemplar cómo trazaba los complicados ideogramas sobre el papel de arroz. Con sus pinceles, chorreando tinta, el artista plasmaba espíritu y personalidad en los papeles. Poco a poco, el hijo también adquirió el hábito de escribir. A los pocos meses progresó tanto que los amigos y vecinos empezaron a alabarlo sin cesar:

—¡Qué maravilla! ¡Escribes tan bien como tu padre!

El pequeño, engreído, no cabía en sí de gozo creyéndose ya un experimentado calígrafo. Cierto día escribió una docena de caracteres y se los mostró a su padre, esperando de él un gran elogio. Después de examinarlo atentamente, el famoso calígrafo, que se había dado cuenta de la vanidad de su hijo, no hizo ningún comentario de lo que había escrito el pequeño. Cogió su pincel y agregó un pequeño trazo en uno de los ideogramas, y lo convirtió en un carácter totalmente distinto. Después le dijo:

—Ve y enséñaselo a tu madre, a ver qué opina. El muchacho fue a buscar a su madre, esperando de ella un juicio más alentador.

—Mamá, ¡mira lo que he escrito! ¿Verdad que mi estilo es como el de papá? ¿¡A que sí!?

Aunque la señora no era calígrafa de profesión, entendía a la perfección la técnica de ese arte y sus juicios al respecto solían ser muy acertados. Miro detenidamente la obra de su hijo y le dijo:

—Realmente has progresado bastante, pero aún te falta mucho para conseguir el brío y la perfección de la caligrafía de papá. En este carácter que has escrito, solo este pequeño trazo —dijo mientras señalaba con el dedo justo donde el padre acababa de dejar su marca con el pincel—, se parece mucho a su estilo; lo demás no tiene nada que ver.

Avergonzado, el niño volvió junto a su padre y le preguntó:

—Después de tantos días de práctica, ¿por qué aún no he podido dominar el secreto de tu arte?

—Es muy sencillo, hijo, ¿ves aquellas tinajas que hay en el patio? Cuando empecé a aprender la caligrafía, me dijeron que tenía que llenar de agua las dieciocho tinajas. Y el día que se agotara hasta la última gota haciendo tinta y usándola para los ejercicios, sería un buen calígrafo. Así lo hice, por eso escribo mejor.

Sin que el padre tuviera que añadir ni una palabra más, el niño entendió perfectamente. Corrió hacia el patio y durante toda la mañana estuvo llenando incansablemente de agua las enormes tinajas, fabricó tinta y se puso a practicar día y noche.

Pasaron veinte años y cuando hubo agotado la última gota de agua, su dominio de la caligrafía china era tal, que fue consagrado como el más grande de los maestros de los pinceles de toda la historia de China.

FIN

El clavo

Ilustración: shanyar

Un mercader había realizado buenos negocios en la feria. Había vendido todas sus mercancías y regresaba con la bolsa bien repleta de oro y plata. Como quería estar en casa antes de que anocheciera, metió el dinero en su valija, la ató en la parte de atrás de su silla de montar y se puso en camino, cabalgando sobre su caballo.

A mediodía se detuvo a descansar en una ciudad y dejó el caballo en el establo. Ya se disponía a continuar su ruta, cuando el mozo de la posada, al devolverle el caballo, le dijo:

—Señor, en el casco izquierdo de detrás falta un clavo en la herradura. Descansad diez minutos más, que yo llevaré el caballo al herrero para que ponga un clavo nuevo.

—No importa —respondió el comerciante—. La herradura aguantará bien sin ese clavo las seis horas que me quedan de viaje. Tengo prisa. Quiero llegar a casa antes de que anochezca.

Por la tarde, el comerciante paró en otra posada; tras otro descanso y tras pedirle al posadero que le diera pienso al animal, este le dijo:

—Señor, vuestro caballo ha perdido la herradura del casco izquierdo de atrás. ¿Queréis que lo lleve al herrero? Le pondrá una nueva herradura en media hora.

—No, déjalo —respondió el mercader—. El animal aguantará sin herradura el par de horas que quedan hasta casa. Llevo mucha prisa. Se hace tarde y quiero llegar a casa antes de que se ponga el sol.

Y continuó su camino.

Mas, al poco rato, el caballo empezó a cojear, luego a tropezar continuamente y, por fin, se cayó y se rompió una pata. El comerciante no tuvo más remedio que abandonarlo en medio del camino, cargar con la valija y recorrer a pie el resto del trayecto. Llegó a su casa cansado, sin caballo y de muy mal humor.

—Quería llegar a casa antes de que anocheciera y ya es noche cerrada… ¡Y de esto ha tenido la culpa un maldito clavo!

Si quieres llegar pronto a tu destino, apresúrate, pero con calma.

FIN

La gallina de los huevos de oro

Ilustración: gillendil

Érase una vez un campesino tan pobre, tan pobre, tan pobre que ni siquiera poseía una azada y tenía que pedirla prestada a su vecino para poder labrar el trocito de campo que circundaba su choza. Aquel hombre era el más pobre de toda la aldea.

Un día estaba el labrador plantando unos granitos de maíz mientras, con voz lastimera, se lamentaba de su mala suerte cuando se le apareció un pequeño duende, de largas barbas blancas y ojos traviesos, que le dijo:

—Hace rato que oigo tus tristes quejas y como me das mucha pena, haré que tu suerte cambie ahora mismo. Toma, te regalo esta gallina.

—¡Pobre de mí! ¿Y para qué quiero yo una gallina? ¡Soy tan pobre, que no podré alimentarla y se morirá de hambre! Y cuando muera, no podré hacer ni un caldo con ella… ¡Soy tan pobre, que no tengo olla para cocinarla!

—¡Bajo ningún concepto debes matar esta gallina!  Aunque parezca una vulgar ave de corral, aquí donde la ves, es una gallina extraordinaria. Cada mañana, justo al salir el sol, esta gallina cacarea y pone un huevo.

—¡Vaya maravilla! Cacarear y poner huevos… ¡Eso es lo normal en una gallina!

—Cierto. Pero lo que ya no es tan normal es que los huevos puestos sean de oro macizo…

El duendecillo desapareció sin añadir nada más y el incrédulo labrado tomó en sus brazos aquella gallina, que parecía de lo más vulgar con sus plumas y su pico, y se dirigió a su choza.

A la mañana siguiente, tal y como anunciara el duende, cuando el primer rayo de sol asomaba por el horizonte, la gallina abrió sus ojillos, cacareó y, ¡oh, sorpresa! puso un reluciente huevo de oro.

El labrador, contentísimo, recogió aquel valioso huevo que la gallina había puesto, lo envolvió en un paño y se dirigió a la ciudad. Allí lo vendió a un joyero, que le pagó una extraordinaria suma de dinero por él, el cual le aseguró que le compraría todos los que le llevara.

Loco de alegría, gastó todas las ganancias que había obtenido y, sin dinero, pero muy feliz, regresó a su choza.

Al día siguiente se repitió la misma historia: el sol salió, la gallina se despertó y después de atusarse las plumas puso otro huevo de oro. ¡Por fin la fortuna sonreía al pobre labrador!

Fueron pasando los días y la gallina, puntualmente, con la primera luz del alba, ponía un reluciente huevo de oro. El labrador lo recogía, se dirigía a la ciudad y lo vendía. Así que, poco a poco, con el producto de la venta de los huevos, fue convirtiéndose en el más rico de la comarca… pero también se convirtió en el más despilfarrador.

Aquel hombre, que además de ser lelo y poco previsor, porque todo el dinero que ganaba lo derrochaba en lugar de invertir una parte en la granja, tenía también muy poca paciencia, pensó: «¿Por qué tengo que esperar a que cada día la gallina ponga un huevo? Lo mejor que puedo hacer es matarla, abrirle la barriga y sacar todos los huevos de una sola vez».

Y, ni corto ni perezoso, eso hizo, pero para su disgusto, en el interior de la gallina no encontró nada de nada. Ni un solo huevo de oro halló en la panza del animal y aunque intentó coserle la herida a la pobre gallina y resucitarla haciéndole el boca a pico, sus intentos fueron por completo inútiles. La gallina no resucitó.

Fue así como aquel labrador tonto, por culpa de su impaciente avaricia, perdió su mágica gallina, perdió los huevos de oro que esta ponía y con ello, perdió toda su fortuna.

FIN

El viejo marinero

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Ilustración: pesare

Más cerca de allá que de acá, en un pequeño pueblo a orillas de un inmenso mar azul, vivieron hace tiempo dos hermanos a los que les gustaba mucho navegar y pescar. Un día, decidieron visitar al pescador más experimentado de toda la aldea para pedirle que les enseñara el oficio.

Al llegar a la playa, se acercaron hasta el marinero que, sentado en una silla de mimbre frente a su casita, contemplaba en silencio el vaivén de las olas mientras hacía nudos en una gruesa cuerda que sostenía entre sus callosas manos.

—Muy buenos días, señor —saludaron al unísono los dos hermanos.

—Muy buenos días ¿Qué tal estáis? ¿Qué os trae por aquí? —les preguntó sonriente el anciano.

—Estamos muy bien, gracias —respondieron ambos.

—Hemos venido a verlo—continuó el hermano mayor— porque dicen en el pueblo que usted es un gran capitán, el más experimentado de toda la comarca y que su embarcación es la mejor. Como a mi hermano y a mí nos gusta mucho el mar y queremos dedicarnos a la pesca, habíamos pensado que quizá usted pudiera enseñarnos el oficio. Quisiéramos navegar a su lado para aprender a echar las redes y a gobernar la embarcación. ¡Es lo que más deseamos en el mundo! ¡Subir a su barca y surcar las aguas!

—Me parece muy bien, pero poco a poco. Cada cosa a su tiempo —respondió el viejo—. En este momento estoy muy atareado, quizás, en cuanto termine de preparar todas las cosas, pueda llevarme a uno de vosotros conmigo. Pero solo me llevaré a uno: el que yo crea que tiene más deseos de navegar. Entretanto, podéis ayudarme. Aquí tenéis estas cuerdas, mientras esperáis a que yo apareje la barca, terminad vosotros de anudarlas. Las necesitaremos cuando embarquemos.

El marinero enseñó a los dos hermanos cómo debían hacer los nudos y se alejó para disponer la embarcación.

Cuando el anciano ya solo era un puntito sobre la arena, el mayor de los pequeños dejó la cuerda, se levantó de la arena, corrió hacia la orilla y miró hacia el azul horizonte.

—¡Es precioso el mar! —dijo emocionado—. Las olas llegan hasta la playa y mojan la punta de mis dedos. Es como si estuvieran vivas, llenas de espuma blanca. Parece que quieran jugar conmigo, se levantan como para darme un susto, pero luego me acarician con mucha suavidad. ¡Acércate y lo verás!

—Ahora no puedo — contestó el hermano menor —Este nudo está casi listo.

—¿No oyes? ¡Es como si el agua te llamará! ¡Ven a escucharla!

—¡No puedo! Este nudo no me sale.

—Mmmmm, y este olor a sal que te hace cosquillas en la nariz. ¡Te estás perdiendo toda esta belleza! ¡Deja de hacer nudos y acércate!

—Ahora no, ya casi lo tengo…

—¡Ohhhhh! —gritó de nuevo el hermano mayor—, ¡desde aquí veo la barca! Flota sobre el agua. Se mece como si fuera una bailarina. Sube y baja y su perfil se recorta sobre el cielo celeste. En mi vida he visto algo tan precioso. ¡Ven a verlo!

—¡No puedo! —respondió el hermano—. Estoy terminando otro nudo.

—Tengo muchas ganas de navegar. Será maravilloso estar en la barca —afirmó entusiasmado el primer niño—. Yo soy el mayor y estoy seguro de que el marinero me llevará a mí con él ¡Me gusta tanto el mar! ¡Tengo tantas ganas de navegar y pescar! No quiero perder el tiempo aprendiendo a hacer nudos ¡ya sé hacerlos! Tú, en cambio, ni siquiera te has movido de la arena. Ni siquiera has levantado la vista para mirar el agua.

Al poco, regresó el pescador.

—Hola, muchachos —saludó—. La barca ya está preparada. ¿Qué habéis hecho mientras esperabais?

—Yo he contemplado el mar —dijo el mayor de los niños—. ¡Es precioso! Me he mojado los pies con el vaivén de las olas. Después, he admirado cómo la barca se mecía sobre el agua. ¡Tengo tantas ganas de subirme en ella y surcar las aguas! ¿Tardaremos mucho? ¡Ya estoy preparado!

—Yo solo he hecho nudos… —susurró el segundo hermano, bajando los ojos un poco avergonzado.

El marinero los observó a los dos un buen rato en silencio y, al fin, habló.

—Tú vendrás conmigo —dijo el hombre tendiendo su bronceada mano al más pequeño —. Embarcarás junto a mí. Te enseñaré a gobernar la barca y a pescar. Surcaremos las olas y te contaré todos los secretos de este oficio. Desplegaremos las velas y descubriremos nuevos puertos…

—¡Pero eso no es justo! ¡Yo soy el mayor! —gritó el otro—. ¡Yo sé mucho más que él! ¡Tengo más fuerza! ¡Tengo muchas ganas! ¡A mí me gusta más el mar!

—Es posible —respondió el viejo marinero—, pero antes de poder navegar, hay que aprender a hacer bien los nudos.

FIN