paloma

¿Por qué la garza tiene el cuello torcido?

Ilustración: noahjswain

Aunque ahora las garzas tienen el cuello torcido, una vez lo tuvieron tan recto como el de las jirafas, pero…

Cuentan que hace mucho, mucho tiempo, en las lejanas sabanas africanas estaba un día cazando el chacal sin mucho éxito cuando, al levantar la vista, vio sobre un árbol una paloma que cuidaba a sus crías en el nido. El chacal, gritando, le dijo:

—¡Eh, paloma, tengo hambre! Tírame una de tus crías para que me la coma.

—¡No quiero que te comas una de mis crías! —protestó la paloma.

—Como quieras, pero como no hagas lo que te digo, volaré hasta donde estás y en vez de a una, me comeré a todas tus crías, ¡y, de paso, a ti también!

Muerta de miedo, la paloma dejó caer del nido una de sus crías y el chacal se escapó con ella entre sus dientes.

Al día siguiente, el chacal regresó y amenazó a la paloma del mismo modo. La paloma, de nuevo muy asustada, dejó caer otra cría, que corrió la misma suerte que su hermana el día anterior.

Llora que te llora sin consuelo, la paloma no sabía cómo arreglar su problema. Mientras se lamentaba, acertó a pasar por allí una garza, que al verla tan desconsolada le preguntó:

—¿Por qué lloras?

—Lloro por mis pobres bebés —respondió la paloma—. El chacal ya se ha llevado dos y temo que mañana vuelva a por más. Me ha amenazado diciendo que si no le lanzo las crías, volará hasta aquí y las devorará todas y luego me comerá a mí también.

—Realmente eres un pájaro muy bobo —replicó la garza— ¿Cómo quieres que vuele hasta tu nido si no tiene alas? No hagas caso de sus tontas amenazas.

A la mañana siguiente, cuando el chacal fue a buscar su almuerzo, la paloma se negó a darle otra de sus crías:

—No te la daré, no tengo miedo de ti porque no puedes volar hasta mi nido. ¡No tienes alas!

—¡¿Cómo que no?! ¡¿Quién te ha dicho eso?!

—La garza me lo ha dicho.

—Garza entrometida —murmuró el chacal alejándose malhumorado—, me las pagará por tener una lengua más larga que su cuello.

El chacal encontró a la garza cazando ranas en un estanque y acercándose a ella le dijo:

—¡Vaya cuello tan largo y recto que tienes! ¿Cómo te las arreglas para evitar que se te rompa por la mitad cuando sopla el viento?

—Lo bajo un poco —dijo la garza, a la vez que bajaba un poco su cuello.

—Ya… ¿y cuándo el viento sopla más fuerte?

—Pues entonces lo bajo un poco más —respondió la garza, bajando un poco más su largo cuello.

—¿Y qué haces cuando hay un gran vendaval?

—Fácil, lo bajo aún más —dijo el ave bajando la cabeza hasta el borde del agua.

Entonces, el chacal saltó sobre el cuello de la garza y lo agarró entre sus dientes:

—¡Garza entrometida!

¡Crac! Un terrible crujido resonó en la sabana. Y, desde aquel día, la garza tiene el cuello torcido.

FIN

Apartamento en alquiler

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Ilustración: Shmuel Katz

En un hermoso valle, entre viñas y huertas, se yergue una torre de cinco plantas. Pero… ¿quién vive en esa torre?

En la primera planta, vive una gallina rechoncha. Se pasa la vida en casa, dando vueltas en la cama. Está tan gorda, que le cuesta andar.

En la segunda planta, vive la señora cucú, todo el día se pasea; visita a sus hijos, que viven en otras casas.

En la tercera planta, vive una gata negra muy limpia, acicalada. En el cuello luce una cinta.

En la cuarta planta, vive una ardilla que, con parsimonia y alegría, casca nueces todo el día.

Y en la quinta planta, vivía el señor ratón. Pero hace una semana empacó sus pertenencias y se marchó. Nadie sabe adónde. Nadie sabe por qué.

Los vecinos de la torre han escrito un cartel, han clavado un clavo en la puerta y han colgado el cartel del clavo:

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Y he aquí, que por senderos, caminos y carreteras desfilan hacia la torre nuevos inquilinos.

Primero llega una hormiga, sube a la quinta planta y lee el letrero. Abre la puerta, entra y mira a su alrededor.

Todos los vecinos acuden a recibirla amablemente:

—¿Te gustan las habitaciones?

—Me gustan.

—¿Te gusta la cocina?

—Me gusta.

—¿Te gusta el pasillo?

— Me gusta.

—Entonces… ¡quédate con nosotros, hormiga!

—No, no me quedo.

—¿Por qué?

La hormiga contesta:

—Los vecinos no me gustan. ¿Cómo voy a vivir yo, la hormiga, en la misma casa que una gallina perezosa? Todo el día en la cama dando vueltas, tan gorda y pesada que casi ni puede andar.

La gallina se ofende y la hormiga se marcha.

Se marcha la hormiga; llega una liebre.

Muy veloz sube a la última planta. Lee el cartel, abre la puerta, entra y observa.

Todos los vecinos acuden a recibirla amablemente:

—¿Te gustan las habitaciones?

—Me gustan.

—¿Te gusta la cocina?

— Me gusta

—¿Te gusta el pasillo?

— Me gusta

—Entonces… ¡quédate con nosotros, liebre!

— No, no me quedo.

—¿Por qué?

—Los vecinos no me gustan. ¿Cómo voy a vivir aquí, yo, una madre de veinte lebratos. con una cucú que abandona a sus hijitos? Todos creciendo en nidos desconocidos, todos abandonados, todos desamparados. ¡¿Qué ejemplo daría a los niños?!

La cucú se ofende y la liebre se marcha.

Se marcha la liebre; llega un cerdo.

Lee el letrero: «Apartamento en alquiler», y después de leerlo, sube pesadamente y abre la puerta.

Se queda de pie, observando con sus pequeños ojillos las paredes, el techo y las ventanas.

Todos los vecinos acuden a recibirlo amablemente:

—¿Te gusta el apartamento?

—Me gusta.

—¿Te gusta la cocina?

— Me gusta, ¡a pesar de que no está sucia!

—¿Te gusta el pasillo?

— Me gusta.

—Entonces… ¡quédate con nosotros!

— No, no me quedo.

—¿Por qué?

—No me gustan los vecinos. ¡¿Cómo voy a vivir yo, un cerdo rosado, descendiente de cerdos rosados desde que el mundo es mundo, junto a una gata negra?! Ni me sentiría cómodo, ni sería apropiado para mí.

Gritan los vecinos:

—¡Fuera de aquí! ¡Vete, cerdo! Tampoco sería cómodo ni apropiado para nosotros que te quedaras.

Se marcha el cerdo y llega una ruiseñor.

Canta con voz melodiosa. La ruiseñor sube a la última planta. Lee el letrero, abre la puerta, observa el apartamento, las paredes, el techo…

Todos los vecinos acuden a recibirla amablemente:

—¿Te gustan las habitaciones?

—Me gustan.

—¿Te gusta la cocina?

— Me gusta.

—Entonces… ¡quédate con nosotros!

—No, no me quedo. Los vecinos no me gustan. ¿Cómo voy a vivir con calma y tranquilidad si la ardilla se pasa el día cascando nueces? ¡El ruido se oye desde lejos! ¡Terrible y horrible! Mis oídos están acostumbrados a otros sonidos, únicamente canciones y melodías.

La ardilla se ofende y la ruiseñor se marcha.

Se marcha la ruiseñor y llega una paloma.

Rápidamente, sin demora, sube a la última planta. Lee el letrero, abre la puerta, entra y observa.

—¿Te gustan las habitaciones?

—Las habitaciones… son estrechas.

—¿Te gusta la cocina?

—La cocina me gusta, aunque no es muy amplia.

— ¿Te gusta el pasillo?

—Hay muchas sombras; es un pasillo sombrío.

—Entonces… no te quedas con nosotros.

—¡Me quedo!, Y me quedo de buena gana porque me gustan los vecinos. La gallina es de buena cresta; la cucú, tan preciosa, la gata, tan limpia; y la ardilla, con sus nueces, sabe ser feliz. Yo creo que podemos vivir juntos en buena compañía, en paz y armonía.

La paloma alquiló el apartamento y, día tras día, arrulla en su casa.

Así, en este hermoso valle, entre viñas y huertas, se yergue una torre de cinco plantas. Y en la torre, hasta hoy, viven en paz buenos vecinos.

FIN

Ve a No sé dónde y trae No sé qué

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Ilustración: Tieneke

En un remoto imperio a orillas de un mar azul, vivió un zar que tenía a su servicio a cien arqueros, los cuales salían cada día a cazar para proveer de carne su mesa. De entre todos, Fedot era el mejor, pues siempre acertaba en el blanco.

Una mañana, muy de mañana, Fedot salió de caza. Justo cuando el alba teñía de rojo las mejillas de las nubes, penetró en un bosque espeso y lóbrego. No había avanzado mucho, cuando frente a él vio, en la rama de un abedul, una paloma que zureaba aún con el sueño pegado a sus plumas. Tensó el arco, apuntó y disparó. La paloma, herida en un ala, cayó a tierra. El tirador la recogió y cuando ya estaba a punto de retorcerle el pescuezo y colocarla en su escarcela, oyó que la paloma hablaba:

—¡Déjame vivir, por favor! Te diré lo que has de hacer para ser un hombre afortunado. Llévame a tu casa y en el preciso instante en que veas que el sueño se apodera de mí, arráncame con tu mano derecha el ala herida.

El sorprendido cazador, que jamás había oído hablar a un pájaro, hizo lo que la paloma le decía. La llevó a su casa y no tuvo que esperar mucho a que el ave conciliara el sueño. En el justo instante en que se durmió, el arquero levantó su diestra y arrancó el ala herida. Por arte de magia, la paloma se transformó en la mujer más hermosa que ojos nunca vieran, ni lengua expresara, ni imaginación representara, ni siquiera en sueños. Abrió los ojos y dirigió la palabra al arquero del zar:

—Hola Fedot, soy Milenka. Tú que has tenido talento para cazarme, tenlo también para vivir conmigo.

En un momento estuvieron de acuerdo y se casaron. Fedot siguió cazando para el zar y cada día, antes de salir el sol, se colgaba el arco a la espalda, iba al bosque, atrapaba algunos animales y los llevaba a la cocina real. Sin embargo, a Milenka no le gustaba que cazara, así que un día le dijo:

—Cada día vas al bosque a matar animales y no por eso comemos mejor o vivimos mejor. ¿Qué trabajo es este? Yo, en cambio, tengo un plan que mejorará nuestra existencia: dame cien monedas de oro y lo demás corre de mi cuenta.

Fedot fue a ver a sus compañeros y les pidió a cada uno una moneda, después añadió él una y se apresuró a entregárselas todas a su mujer.

—Con estas monedas compraré seda de varios colores. Tú no te preocupes por nada, échate a dormir que yo me ocuparé de todo.

Cuando Fedot se quedó dormido, Milenka abrió su libro de encantamientos y de él salieron dos jóvenes que le dijeron:

—¿Qué deseas?

—Deseo que tejáis con estas sedas de colores la más admirable alfombra que el mundo haya contemplado y que en ella bordéis todas las ciudades, pueblos, ríos, montes y lagos de este reino.

Los dos jóvenes se pusieron a trabajar y bordaron una alfombra que era la maravilla de las maravillas. Al día siguiente, la mujer entregó la alfombra al marido, diciéndole:

—Lleva la alfombra al mercado y véndela, pero no regatees; toma lo que te ofrezcan por ella.

Fedot se fue al mercado y no tardó en acercarse un comerciante:

—¿Cuál es el precio de esta alfombra?

—No lo sé. Fíjalo tú mismo, ya que entiendes de esto.

El comprador empezó a pensar, pero fue incapaz de fijar un precio para la alfombra y se marchó.

Pasó otro comprador y luego otro y otro, hasta que se formó un corrillo de compradores que contemplaba admirado la alfombra sin lograr fijar un precio. Acertó en aquel momento a pasar el mayordomo real y al ver el grupo se acercó:

—¿Qué ocurre aquí? —inquirió.

—No sabemos qué precio poner a esta alfombra —le contestaron.

Entonces, el mayordomo real miró la alfombra y quedó también maravillado.

—¡Escucha, arquero! ¿De dónde has sacado esta alfombra?

—Mi mujer la tejió.

—¿Cuánto pides por ella?

—No sé cuánto vale, ella me encargó que aceptase lo que me ofrecieran sin regatear.

—Entonces te doy 1.000 monedas de oro.

El arquero tomó el dinero y el mayordomo se llevó la alfombra y se presentó ante el zar.

—Majestad, ¿me haríais el honor de mirar esta alfombra que he comprado?

El zar, al ver la alfombra en la que estaba bordado todo su reino, suspiró y dijo:

—¡Qué maravilla! ¿Cuánto quieres por ella?

El mayordomo pidió 10.000 monedas de oro que el zar se apresuró a pagar sin regatear para, acto seguido, colgar la alfombra en una pared del palacio.

«Esto no es nada comparado con el negocio que haré», pensó el mayordomo. Y fue en busca del arquero. Pero cuando entró en su casa y vio a la mujer del cazador, se olvidó por completo de por qué había ido allí y volvió cabizbajo a su casa.

Desde aquel día, no hacía nada a derechas, solo podía pensar en la prodigiosa hermosura de Milenka y tan mal hacía su trabajo, que el propio zar le preguntó:

—¿Te ocurre algo?

—¡Ay! ¡No puedo vivir! He contemplado una belleza como nunca se ha visto ni se verá en este mundo.

Tanto y tanto ponderó la beldad de Milenka, que el mismo zar quiso conocerla y al hacerlo sintió que ya no podría vivir sin tenerla a su lado: «¡Es demasiado hermosa para un pobre arquero! ¡Merece ser reina!» –se dijo.

Volvió a su palacio y ordenó al mayordomo:

—Quiero casarme con esa mujer y su marido es un estorbo. Si tú no me dices cómo deshacerme de él, yo te diré cómo me desharé de ti.

El mayordomo, después de meditar, contestó:

—Ordenad al arquero que vaya a No sé dónde y os traiga No sé qué. No podrá cumplir vuestro encargo jamás.

El zar ordenó a Fedot que se presentara ante él y le habló así:

—Tú, el mejor de mis arqueros, debes ir a No sé dónde y traerme No sé qué. Si no cumples mis deseos, te encerraré para siempre en mis mazmorras.

El arquero regresó a su casa muy triste.

—¿Qué quería el zar? —preguntó Milenka— ¿Ha ocurrido alguna desgracia?

-Me ha mandado que vaya a No sé dónde y le traiga No sé qué. Si no lo hago, me encerrará para siempre en sus mazmorras.

-Es un encargo en verdad muy difícil. Pero tú no te preocupes de nada, échate a dormir que yo me ocuparé de todo.

Cuando Fedot se quedó dormido, la mujer abrió su libro de encantamientos y de él salieron los mismos dos jóvenes que le dijeron:

—¿Qué deseas?

—Deseo que vayáis a No sé dónde y me traigáis No sé qué.

Ambos la miraron compungidos:

—Bien quisiéramos servirte, pero lo que nos pides es imposible.

Al día siguiente, Milenka despertó a Fedot y le dijo:

—Realmente, el encargo del zar es terriblemente difícil de cumplir. Por lo que dicen, se necesitan diez años para ir y otros diez para volver… en total veinte años… y el camino es tan peligroso, que es casi seguro que no podrás cumplir con el encargo y es posible que jamás regreses… pero solo te queda obedecer. Preséntate ante el zar y dile que irás, pero que necesitas oro suficiente para tan largo periplo. Cuando tengas el oro en tu poder, vuelve para despedirte de mí…

FIN