pan

La lavandera y el panadero avaro

Ilustración: Fuytski

En una pequeña aldea, frente a la panadería del pueblo, vivía María, una joven lavandera muy humilde. Todos en el pueblo la apreciaban porque era muy trabajadora y tenía buen corazón. Se ganaba la vida lavando la ropa de la gente del pueblo y esta, que era tan pobre como ella, le pagaba con huevos y hortalizas.

El panadero, vecino de María, era un hombre codicioso y antipático, que nunca tenía una palabra amable para nadie. Aun así, como horneaba los mejores panes de la comarca, su tienda siempre estaba llena de gente y él era un hombre muy rico.

Cada mañana, cuando María se levantaba al amanecer para lavar la ropa miraba hacia la ventana del panadero, por la que se escapaba el delicioso olor de los panes recién horneados.

—¡Qué bien huele! —decía la lavandera aspirando aquel aroma con los ojos cerrados—. El olor de ese pan, me hace volar a lugares lejanos y maravillosos.

Un día, el panadero escuchó las palabras de María y le dijo furioso:

—¡Pues si vuelas con el olor de mis panes, tendrás que pagar por ello!

María rio.

—¡Vaya ocurrencia, señor panadero! ¿¡Cómo pretende cobrar por un olor!?

—¡Pues claro que cobraré! Cada día me levanto muy de madrugada para mezclar la harina, la levadura, la mantequilla y la sal y amaso y amaso la mezcla hasta que me duelen los brazos. Tú te aprovechas de mi trabajo sin darme nada a cambio. ¡Deberías pagarme diez monedas de oro al año!

Los vecinos, que habían escuchado toda la conversación, se reían y hacían bromas:

—¿Habéis oído lo que pretende el panadero? ¡Quiere que María le pague por oler el pan!

El panadero estaba cada vez más furioso; le parecía que todos estaban en su contra y se burlaban de él. Cerró de un portazo la panadería y se fue, a toda prisa, a ver a la juez del pueblo para exponerle el caso.

A la mañana siguiente, en la plaza mayor del pueblo había un cartel colgado que decía lo siguiente:

Al leer la inapelable orden, María se asustó mucho. ¡Ella no tenía diez monedas de oro! Ni lavando durante un año entero la ropa de todos habitantes de la aldea podría reunir aquella cantidad.

Sin embargo, aquel día, al entregar la ropa limpia a una anciana que vivía a las afueras del pueblo, esta le dijo:

—Toma, María, te doy la única moneda que tengo para que la lleves al juzgado. Son los ahorros de toda mi vida.

María, muy agradecida, le dio las gracias y le prometió devolvérsela lo antes posible.

En cada casa a la que acudió a entregar la ropa, la historia se repitió y, en muy pocas horas, María logró reunir la cantidad que le reclamaba el panadero y aún más.

El día del juicio María se presentó puntual al juzgado. Llevaba las monedas de oro dentro de una bolsa.

El pueblo entero se había dado cita en los tribunales para asistir al juicio entre María y el panadero.

La juez pidió silencio y ordenó al panadero avaro que expusiera su caso.

— Cada día me levanto muy de madrugada para mezclar la harina, la levadura, la mantequilla y la sal y amaso y amaso la mezcla hasta que me duelen los brazos. María se aprovecha de mi trabajo sin darme nada a cambio. ¡Exijo que me pague diez monedas de oro al año!

A continuación, la juez interrogó a María:

—¿Es cierto que cada mañana hueles el pan del panadero?

—Sí, es cierto.

—¿Es cierto que disfrutas con ese olor?

—Sí, es cierto.

—¿Has traído las diez monedas de oro dentro de una bolsa como ordené?

—Sí, señoría. Aunque no creo que sea justo pagar al panadero solo por oler su pan porque…

—Eso lo decidiré yo —interrumpió la juez—. Me retiro ahora a meditar. Dentro de quince minutos emitiré mi veredicto.

María, el panadero y todo el pueblo, reunido en la sala del juzgado, aguardaron pacientes.

Pasado un cuarto de hora, la juez salió y habló así:

—Ya tengo mi veredicto. — dijo—. María, te declaro culpable por oler cada mañana el pan del panadero sin darle nada a cambio. Te condeno a que te acerques hasta él y sacudas la bolsa con las diez monedas de oro en su oído.

María obedeció y todos escucharon el sonido proveniente de la bolsa.

La juez miró al panadero y le preguntó:

 —¿Has oído el sonido de las monedas?

—¡Sí! —respondió el panadero.

—¿Te gusta ese sonido?

—¡Claro! —repitió el panadero.

—Bien —dijo la juez—, pues date por satisfecho. Ya que María se aprovecha de los olores de tu panadería, en adelante tendrá que pagarte con el sonido de sus monedas de oro una vez al año. ¡Caso cerrado!

FIN

Epaminondas

Imagen 2

Ilustración: Inez Hogan

En un pueblecito de Alabama, al sur de los Estados Unidos de América, vivía una mujer muy buena, que tenía un solo hijo al que puso de nombre Epaminondas, en recuerdo del gran general griego:

—Te llamaré Epaminondas y serás tan grande como él.

Cuando el niño se hizo mayorcito, solía visitar a menudo a su tía, una mujer que lo quería muchísimo y que, como vivía alejada del pueblo, esperaba ansiosa la llegada del pequeño, al que siempre obsequiaba con algún regalito al despedirse de él.

Un día, le regaló un trozo de bizcocho recién horneado, muy tierno y doradito, que desprendía un apetitoso aroma de vainilla y azúcar.

—¡Mucho cuidado!, que no se te caiga de las manos, Epaminondas —le dijo la tía.

—No se me caerá, iré con mucho cuidado —respondió él.

Y para asegurarse de no perderlo, apretó firmemente entre sus manitas el trozo de bizcocho. Pero tanto y tanto apretó, que llegó a casa deshecho.

—¿Qué te ha regalado la tía, Epaminondas?

—Un trozo de bizcocho, mamá—respondió el pequeño mostrando las manos.

—¡Un bizcocho! ¡Válgame Dios! —exclamó la madre al ver las migajas—. Pero, ¿qué has hecho con el sentido común que te di al nacer? ¡Así no se llevan los bizcochos! Los bizcochos se llevan como te voy a explicar: primero lo envuelves en un papel fino; luego te quitas el sombrero y te colocas el paquetito en la cabeza y, finalmente, vuelves a ponerte el sombrero. De este modo el paquetito queda bien sujeto entre tu cabeza y el gorro y ya puedes volver tranquilamente a casa. ¿Has comprendido?

—Sí, mamá.

Días después, Epaminondas volvió a visitar a su tía y al marcharse, ella le regaló medio kilo de mantequilla acabada de hacer.

Epaminondas, se dijo a sí mismo, «¿Qué fue lo que dijo mami?… ¡Ah, sí!, ya sé, me dijo: “envuélvelo en papel, ponlo en tu sombrero, ponte el sombrero sobre la cabeza y vuelve a casa”. Voy a hacer lo que me dijo», y envolvió la mantequilla en un papel fino y limpio, se puso el paquetito sobre la cabeza, se encasquetó el sombrero y emprendió el camino de regreso.

Era un día muy caluroso y, muy pronto, la mantequilla empezó a fundirse. Goteó, goteó, goteó, y se metió en sus oídos. Goteó, goteó, goteó, y le entró en los ojos. Goteó, goteó, goteó, y le resbaló por la espalda. Cuando Epaminondas llegó a su casa, parecía una gran tostada, con toda la mantequilla extendida sobre él.

Su madre, al verlo de esa guisa, puso los ojos en blanco, levantó los brazos al cielo y exclamó:

—¡Alma de cántaro!, ¿qué es eso que te chorrea por el cuerpo, Epaminondas?

—Es mantequilla, mamá, me la ha dado la tía. —dijo el niño mientras se relamía.

—¿Mantequilla? ¡Válgame Dios! ¿Qué has hecho con el sentido común que te di al nacer? ¡Esa no es manera de llevar la mantequilla! La mantequilla la debes llevar bien apretadita, envuelta en hojas de col y durante el camino de regreso debes pararte en todas las fuentes o en el río para ir mojándola, así se conserva fría y sin deshacerse hasta llegar a casa. ¿Lo entiendes?

—Sí, mamá.

Cuando al día siguiente Epaminondas fue a ver a su tía, esta le regaló un perrito precioso. Epaminondas recordó lo que su madre le había dicho y enseguida cortó hojas de col, lo envolvió bien apretadito y lo fue remojando en el río y en todas las fuentes que encontró a su paso, una vez y otra y otra más, hasta que llegó a su casa.

Al verlo llegar su madre le preguntó:

—¿Qué llevas chorreando en esas hojas de col, Epaminondas?

—Un perrito, mamá.

—¡Un perrito! ¡Válgame Dios! ¿Qué has hecho con el sentido común que te di al nacer? ¡Qué cabeza la tuya, Epaminondas! ¿Acaso no sabes que los perritos no se llevan así? La mejor forma de llevar un perrito es atarle una cuerda en el cuello y tirar del otro extremo, él irá tras de ti durante todo el camino de regreso a casa. Mira cómo lo hago yo, ¿lo ves? Así debes hacerlo. ¿Lo has comprendido, Epaminondas?

—Sí, mamá.

Cuando volvió a visitar a su tía, la mujer le regaló un pan recién sacado del horno, crujiente y dorado. Epaminondas ató una cuerda alrededor del pan, lo puso sobre el suelo y tirando de la cuerda lo llevó hasta su casa, tal y como su madre le había advertido que hiciera.

Al llegar, la buena mujer se quedó mirando aquello que estaba atado al final de la cuerda sin saber qué era y preguntó:

—¿Qué es eso que traes ahí, Epaminondas?

—Un pan recién horneado, crujiente y dorado, que me regaló la tía, mamá.

—¿Un pan? ¡Ay, Epaminondas! ¡Epaminondas! ¡No tienes sentido común! ¡Nunca lo has tenido y nunca lo tendrás! No volverás a ir a casa de la tía. Iré yo.

A la mañana siguiente, la madre se dispuso a ir a casa de la tía, y le dijo a Epaminondas:

—Voy a explicarte una cosa, hijo mío: has visto que acabo de sacar del horno seis pasteles de carne y que los he puesto sobre una tabla delante de la puerta para que se enfríen. Ten mucho cuidado de que no se los coman ni el perro ni el gato. Y tú, si tienes que salir, pasa por encima de ellos con mucho cuidado. ¿Has comprendido?

—Sí, mamá.

La madre se puso su sombrero, se colgó el bolso del hombro y se fue a casa de la tía.

Los seis pasteles, puestos en hilera, se estaban enfriando ante la puerta, y cuando Epaminondas trató de salir, tuvo mucho cuidado de pasar por encima de ellos.

—Uno, dos, tres, cuatro cinco… y ¡seis! —contó al mismo tiempo que pisaba los pasteles— Dijo mamá que pasara por encima de ellos con mucho cuidado.

Y Epaminondas asi lo hizo. Fue poniendo los pies exactamente en el centro de cada uno de los pasteles, hasta que quedaron aplastados por completo.

¿Y sabéis qué ocurrió cuando regresó su mamá?…

Pues que ni ella ni Epaminondas pudieron comerse los pasteles de carne y Epaminondas, al día siguiente, no se pudo sentar… ¡Pobre Epaminondas!

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Epaminondas” con la voz de Angie Bello Albelda

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