Papá Noel

El abeto coqueto

Ilustración: Paula Ventimiglia

En un lugar lejano, en un tiempo aún más lejano, existió un bosque de abetos muy particulares; eran conocidos como los abetos parlantes ya que cuando el viento se colaba entre sus ramas parecía como si conversaran entre ellos.

Algunos lugareños aseguraban que entendían su lenguaje e incluso afirmaban que mantenían charlas con ellos, aunque eran pocos los vecinos que daban crédito a esas historias; la mayoría los tildaba de chiflados y no les hacía mucho caso. Sin embargo, lo creyeran o no, todos, sin excepción, respetaban y disfrutaban de la belleza de aquellos singulares abetos, sobre todo en invierno, cuando la nieve los cubría y el paisaje que dibujaban era como de cuento.

Era tal la consideración que tenían con los abetos, que al acercarse los fríos días invernales, era costumbre de los vecinos del bosque recoger los árboles nacidos en primavera y guardarlos en casa para que el frío no los dañara. Lo hacían con mucho cuidado de no lastimar sus raíces, acomodándolos en tiestos. Pasados los fríos, los volvían a plantar en su sitio, al abrigo de sus hermanos mayores, que con sus enormes ramas los protegían del calor abrasador del verano.

En una de las casitas cercanas al bosque, vivían las hermanas Mara y Vera. Dos niñas vivarachas que disfrutaban de los días previos a la Navidad con mucha alegría. Esperaban la cena de Nochebuena con ilusión, ya que era costumbre de la familia vestirse con sus mejores ropas, hacerse peinados de fiesta y adornarse con los más bonitos abalorios, que preparaban desde semanas antes. Se paseaban por los caminos buscando piedrecitas, bellotas, castañas, hojas coloridas caídas de los árboles… Recogían todo aquello que pudiera servirles para hacer collares, pulseras o colgantes.

También en la cocina de la casa la actividad era frenética, las dos hermanitas horneaban riquísimas galletas de formas y sabores diferentes y deliciosas rosquillas de anís, con las que luego confeccionaban guirnaldas para adornar la casa, que quedaba impregnada de un aroma dulcísimo.

Ocurrió que en una de esas Navidades el papá de Mara y Vera llevó a casa uno de esos pequeños abetos, un abeto bebé, para que pasara el invierno al calor del hogar. Lo colocaron junto a la chimenea para que estuviera bien calentito.

El pequeño árbol observaba curioso las idas y venidas de las niñas, que ahora pintaban unas piñas de color dorado para hacer un centro de mesa; después ataban cascabeles a una cuerda que colgaban en la puerta; y a continuación trenzaban hojas de hiedra y adornaban con ella la escalera… En fin, mil cosas para que la casa luciera preciosa.

Pero al pequeño abeto, que era muy espabilado y también un poquito envidioso y presumido, no le hacía mucha gracia que todos y todo lucieran galas navideñas y que de él nadie se acordara. Anduvo unos días triste y Mara y Vera se dieron cuenta, porque conocían la naturaleza de los árboles. Hasta les pareció que refunfuñaba, aunque, claro, ¡eso no podía ser! Ellas no creían eso de que los árboles hablaban… ¿O sí?

Medio en broma medio en serio, decidieron preguntar al arbolito:

—¿Por qué estás tan serio, pequeño abeto? ¿No estás a gusto en nuestra casa?

Las niñas quedaron desconcertadas al escuchar susurrar al abeto:

—Estoy un poco triste.

Incrédulas, lo interrogaron de nuevo:

—¿Y cuál es el motivo de tu tristeza? ¿Hemos hecho algo que te ha disgustado?

A lo que el pequeño árbol, para asombro de las hermanas, repuso:

—Bueno, es que os veo tan bonitas a vosotras y a vuestra casa que me da envidia. ¡A mí también me gustaría lucir mejores galas y estar guapo para celebrar la Navidad!

Mara y Vera se miraron confundidas. Ni por asomo se les hubiera ocurrido que un pequeño abeto tuviera sentimientos, así que decidieron ayudarlo.

—¡No te preocupes, amigo! Verás que en un pispás te convertiremos en el abeto más bonito del mundo.

Las hermanitas se pusieron a trabajar de inmediato, rebuscando en los baúles de la abuela. Allí se hicieron con cintas de colores, con las que envolvieron las ramas del pequeño abeto. También hallaron ovillos de lana y tejieron serpentinas, que quedaron muy bonitas colgando del arbolito.

Del vestido de novia de mamá, con su permiso, descosieron los botones de perla y los colgaron de las ramitas, junto a pequeñas estrellas que recortaron de un papel plateado. ¡Quedaba precioso!

—¿Qué tal te sientes, arbolito?  —preguntaron las niñas.

—¡Oh! ¡Muchas gracias, amigas! Estoy muy contento. ¡Ojalá todos mis hermanitos tuvieran la misma suerte que yo y en las casas donde pasan el invierno los pusieran así de guapos!

—¡Pero eso se puede arreglar!  —exclamó Vera.

—¿Qué se te ha ocurrido, hermana?  —preguntó Mara.

—Pues una idea muy sencilla: invitaremos a merendar a todos los niños del barrio para que vean lo guapo que está nuestro arbolito y les propondremos que hagan lo mismo con los suyos. ¡Seguro que les encanta la idea!

—¡Es una idea estupenda! —Aplaudió Mara entusiasmada.

—¡Es una idea maravillosa! —exclamó el arbolito.

Inmediatamente, se pusieron a escribir las invitaciones para la merienda y las echaron en los buzones de las casas del vecindario:


La tarde siguiente la casa de las niñas se llenó de chiquillería ansiosa de degustar las ricas viandas que todos fueron aportando y que lucían en la mesa del comedor como si de un banquete de reyes se tratara. Había bizcochos de chocolate, calabaza y zanahoria; tartas de queso y hojaldre; rollitos de nata y crema; galletas de varios tipos; nevaditos; y bocadillos variados. Para acompañar el festín, los padres de Mara y Vera habían preparado dos jarras de chocolate bien calentito.

Pero la atracción principal de la fiesta fue, como las niñas querían, el pequeño abeto, que lucía espléndido y elegante con sus originales adornos.

A todos les pareció una idea estupenda adornar los arbolitos que tenían en casa y fue lo que hicieron nada más regresar a ellas.

Aquella Navidad todos participaron de la fiesta y los niños disfrutaron tanto con la tarea, que se propusieron repetir lo mismo cada año y cada año se superaron en originalidad.

La costumbre se fue extendiendo a los pueblos vecinos, porque durante la Navidad se visitaban parientes y amigos y a todos les pareció una bonita forma de hacer cosas juntos. Además, los arbolitos quedaban preciosos y toda la familia se lo pasaba en grande preparando los adornos y compartiendo momentos felices junto a los árboles.

Pasados algunos años, todas las casas del mundo tenían en su salón un pequeño abeto lleno de estrellas y campanillas, luces y bolas de colores y bajo sus ramas, Papá Noel dejaba en la noche de Navidad presentes para todos.

Así es también hoy en día. Gracias a aquel presumido abeto parlante, gozamos de esta bonita tradición navideña. Alrededor del árbol, cantamos villancicos y leemos cuentos de Navidad. Los niños juegan y los mayores conversan. ¡Que no nos falte nunca!

¡Ah! Si queréis oír cómo hablan los abetos, escoged un día en que el viento sople, guardad silencio bajo ellos y podréis escuchar sus susurros, que son como una melodía. Y si veis uno pequeñito acercaros, quizás os quiera desear… ¡FELIZ NAVIDAD!

FIN

La barba de Papá Noel

Ilustración: RobbVision

En las lejanas y frías tierras de Laponia se encuentra el taller más increíble del mundo porque en él trabaja y vive Papá Noel. Allí fue donde unos inviernos atrás sucedió esta historia…

En el taller trabajan todo el año elfos, duendes, hadas y sus ayudantes para que en la noche de Navidad todos los niños del mundo reciban un regalo. Fabrican juguetes de madera, muñecas, juegos de construcción, cuentos, instrumentos musicales, lápices de colores, pinturas, libretas, mochilas, plastilinas, coches, cocinitas… y una lista inacabable de regalos que han de estar listos, envueltos en bonitos papeles de colores y preparados para ser llevados en el mágico trineo de Papá Noel.

Así, que llegado el mes de diciembre todos andan muy atareados. Tanto, que hasta el mismísimo Papá Noel se pasea por la fábrica y los almacenes revisando todos los detalles.

En esa labor se encontraba una tarde, la actividad era febril; faltaban solo tres días para Navidad cuando sucedió que a un joven elfo se le derramó un bote enterito de pintura azul y se formó un charco muy grande. Tanta prisa tenía el pobre elfo que no se detuvo a recoger el estropicio y pasó lo peor que podía pasar: Papá Noel, al pasar por allí, resbaló y, ¡zas!, fue a dar con su oronda figura en el suelo. ¡Horror!, su cara, incluida su blanca barba, se tiñeron al instante de un bonito color azul.

Todos los que presenciaron el accidente corrieron a socorrerlo y al verlo con su barba azul se miraron unos a otros boquiabiertos.

—¡Venga, venga! —decía Papá Noel—, ¡aquí no ha pasado nada! Con agua y jabón se limpia la pintura y ¡solucionado!

Gnomos y hadas se pusieron inmediatamente a la tarea de limpiar la barba de Papá Noel, pero sabían que no era nada fácil, ya que la pintura derramada era de gran calidad, pues era la que usaban para pintar los juguetes de madera… ¡y nunca se borraba!

Fueron a por toallas, esponjas, jabones, champús, espumas… y consiguieron limpiarle la cara, pero de la barba… ¡nada!, la pintura no se iba. Su barba seguía azul como el cielo.

Papá Noel  estaba perdiendo la paciencia

—¡Dejadme a mí! ¡Ya me quitaré yo esta pintura! Así no puedo presentarme ante los niños del mundo. La barba de Papá Noel siempre ha sido blanca y siempre lo será.

De este modo, resuelto a resolver el problema fue al baño y con un estropajo de los fuertes comenzó a frotar y frotar su barba……pero, ¡ay!, fue mucho peor el remedio que la enfermedad; en el estropajo fueron quedando mechones azules de la magnífica barba de Papá Noel.

—¡Ay!, ¡ay!, ¡ay! ¡Qué gran desgracia! ¡Me quedé sin mi barba!

¡Pobre Papá Noel! Estaba desconsolado

—¡No quedará más remedio que retrasar la Navidad hasta que me crezca de nuevo!

Pero los elfos, duendes y, sobre todo, Mamá Noel no lo iban a permitir. ¡Los niños tenían que recibir sus regalos la noche de Navidad! La solución solo podía ser una: ¡habría que fabricar una nueva barba a toda prisa!

Probaron con espuma de afeitar, pero en cuanto Papá Noel salió al frío exterior se congeló la espuma y hubo que quitársela inmediatamente.

Usaron también nata, pero estaba tan buena, que Papá Noel, que era muy goloso, acabó por comérsela a lametazos.

Una barba de algodón salió volando cuando una ráfaga de viento entró por la puerta.

Intentaron también a hacer una barba con espaguetis, pero unos pajarillos empezaron a picotearla y en un plis-plas se quedó sin ella.

Hasta probaron a hacer una de cartón, pero era muy incómoda y, además, quedaba tan fea que a nadie le gustó.

Desesperados estaban cuando oyeron a Mamá Noel lamentarse:

—¡Ojalá tuviéramos lana! ¡Haríamos con ella una preciosa barba!

¡Esa sí que era una idea estupenda! Todos aplaudieron entusiasmados, menos Papá Noel, que se opuso al instante:

—Eso es imposible; es invierno y las ovejas necesitan su lana para abrigarse ¡No podemos pedirles que se desprendan de ella para hacer mi barba! ¡Se helarían de frío!

Entonces, el pequeño elfo, que había derramado la pintura, fue a dar con la solución:

—Papá Noel, amigos… quizás podríais perdonar mi torpeza si encuentro la manera de reunir la lana suficiente para hacer la barba.

—¡A ver!, ¡habla pues! —lo animó Papá Noel.

—Es verdad que no podemos pedir a las ovejas de nuestro establo que nos cedan toda su lana para hacer la barba, pero sí que podríamos pedir un rizo de lana a cada una de las ovejas del territorio de Laponia ¡Hay decenas de granjas! Y si cada una de ellas nos da un mechón, ¡tendremos más que suficiente para tejer una barba bien bonita!

¡Dicho y hecho! Inmediatamente se pusieron a trabajar. No dudaron en que las buenas gentes de Laponia colaborarían en tan solidaria tarea.

Los duendes secretarios redactaron mensajes en los que explicaban la situación y pedían, por favor, a los granjeros que cortaran un rizo de lana de cada una de sus ovejas.

Ante la imposibilidad de mandar a las palomas mensajeras, que no hubieran resistido los helados vientos del invierno, las encargadas de llevar los mensajes y recoger los rizos de las ovejas fueron una colonia de águilas de cola blanca, magníficas aves capaces de volar a todos los rincones del territorio.

Fueron despegando las águilas con mochilas colgando de sus picos y en el pueblo de Papá Noel todos quedaron expectantes, pero convencidos de que pronto comenzarían a llegar con las mochilas llenas de la lana de las generosas ovejas.

No tuvieron que esperar mucho. Las águilas se dejaron llevar por vientos de cola y rápidamente tornaron con la ansiada lana.

No encontraron ningún pastor que se negara a colaborar en la tarea. Todos adoraban a Papá Noel y estaban orgullosos de que viviera en su país. Además, ¡sus niños también esperaban su visita la noche de Navidad!

Cuando todas las aves regresaron, Mamá Noel se puso a la tarea de tejer la barba nueva de Papá Noel, que se había mantenido mientras tanto refugiado junto al fuego, pues sin su barba se sentía desnudo y friolero.

El trabajo de tejer era delicado y lento: había que lavar la lana, cardarla, hilarla y, por último, tejerla. Así que Mamá Noel trabajó durante todo un día y toda una noche y al amanecer de la víspera de Navidad la barba nueva de Papá Noel estuvo terminada. ¡Había quedado preciosa y además muy calentita!

Esa noche, los habitantes de Laponia vieron pasar volando en su trineo a un orgulloso Papá Noel que lucía una blanquísima barba y contentos se fueron a dormir; sabían que todos habían colaborado para que los regalos llegaran puntuales a sus destinos.

Por si acaso, después de terminado el viaje de Papá Noel de aquella Navidad, la barba de lana fue guardada en un baúl, a buen recaudo, en previsión de que algún otro «accidente» en el futuro pusiera en peligro la majestuosa barba de Papá Noel.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La barba de Papá Noel» con la voz de Angie Bello Albelda