papá

Garbancito

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Ilustración: Ethanael

 Este cuento nos lo pidió Marisa Alonso y a ella se lo dedicamos.

Érase una vez que un hombre y una mujer tuvieron un hijo. El niño era tan pequeño, tan pequeño, tan pequeño que parecía un garbanzo y, por eso, decidieron ponerle por nombre Garbancito.

Pasó el tiempo, y a pesar de que Garbancito seguía sin crecer, cada día era más listo. Además, era muy bueno y trabajador y siempre estaba dispuesto a ayudar a sus padres.

Un día, su mamá estaba cocinando y se dio cuenta de que se había quedado sin azafrán:

—iVaya, qué contratiempo! No tengo ni una hebra de azafrán y el guiso no me quedará tan bueno como siempre.

El niño, que no andaba lejos, le respondió enseguida:

—¡No pasa nada! ¡Ahora mismo voy corriendo a comprarlo!

—iNi pensarlo, Garbancito! Eres demasiado pequeño para salir solo a la calle. La gente no te vería y alguien, sin darse cuenta, podría pisarte.

Pero Garbancito insistió:

—Mamá, tú no te preocupes, que Iré cantando todo el rato y aunque la gente no me vea, me oirá. Así que nadie me pisará.

Finalmente, aunque muy preocupada, la mamá de Garbancito accedió. Le dio una moneda y le advirtió:

—Ve directamente a la tienda sin dejar de cantar durante todo el camino. ¡Y ándate con mucho ojo para que nadie te pise!

Garbancito cogió la moneda, que casi abultaba más que él, se la cargó a la espalda y salió de su casa entonando su canción:

¡Pachín, pachín, pachín!

¡A Garbancito no piséis!

¡Pachín, pachín, pachín!

¡Mucho cuidado con lo que hacéis!

Todos los que pasaban junto a él se quedaban admirados, porque como no veían a Garbancito, creían que era la moneda la que cantaba y andaba sola.

Sin parar de cantar, llegó por fin a la tienda y gritó bien fuerte para que lo oyeran:

—iBuenos días! Mi mamá me manda para comprar azafrán.

El tendero miraba sorprendido a su alrededor sin ver a nadie, hasta que se dio cuenta, por fin, de que en el suelo había una moneda y que bajo ella estaba Garbancito. Preparó la bolsita con azafrán y se la dio al niño, que salió de la tienda y de nuevo empezó a cantar:

¡Pachín, pachín, pachín!

¡Mucho cuidado con lo que hacéis!

¡Pachín, pachín, pachín!

¡A Garbancito no piséis!

Cuando lo vio llegar, su mamá respiró aliviada al comprobar que estaba sano y salvo.

Con el azafrán que Garbancito le había comprado, terminó de preparar la comida y cuando ya se disponía a salir con ella para llevársela a su marido, que labraba la tierra en un huerto cercano, su hijito le dijo:

—Mamá, ya has visto que he ido a la tienda y no me ha ocurrido nada. ¿Por qué no me dejas que lleve yo la comida a papá?

—Pero Garbancito, ¿no ves que la cesta es demasiado pesada y no podrás tú solo con ella?

Pero Garbancito, que aunque era pequeño era muy fuerte, cargó la cesta a su espalda y le dijo a su madre:

—¿Lo ves mamá?, puedo con ella. Tú no te preocupes, que iré cantando para que nadie me pise.

Así que la madre se dejó convencer de nuevo y Garbancito se marchó cantando a llevar la comida a su padre:

¡Pachín, pachín, pachín!

¡A Garbancito no piséis!

¡Pachín, pachín, pachín!

¡Mucho cuidado con lo que hacéis!

Estaba a mitad de camino, cuando lo sorprendió un terrible aguacero. La lluvia caía con furia y para que la comida no se mojara, Garbancito se escondió bajo una gran col, decidido a esperar a que amainara la tormenta. Cómodo como estaba y arrullado por el ruido que hacían las gotas de agua sobre la col, Garbancito se quedó dormido.

Muy cerca de allí, pastaba un gran buey que al ver la hermosa col, y sin saber que alguien dormía bajo ella, se acercó y se la comió de un solo bocado y con ella se tragó también al pequeño niño.

Entretanto, el papá de Garbancito, que hacía rato que esperaba hambriento, decidió ir a ver qué ocurría. Al llegar a casa, preguntó a su mujer por su comida y su esposa, muy asustada, le contó que Garbancito había ido a llevársela hacía ya un buen rato. Muy preocupados, salieron a buscar a Garbancito:

—¡Garbancitooooooooo!, ¿dónde estaaaás?

Pero nadie respondió.

Caminaron y caminaron, sin dejar de llamar a su hijito. Buscando y rebuscando por todos los lugares:

—¡Garbancitooooooooo!, ¿dónde estaaaás?

Ya salían del pueblo, camino del huerto, cuando al atravesar el sembrado en el que el gran buey pastaba volvieron a llamar:

—¡Garbancitooooooooo!, ¿dónde estaaaás?

Fue entonces cuando oyeron una voz muy lejana que decía:

¡Estoy como un reeeey,

sin lluvia ni nieve,

en la panza del bueeeey!

Los padres de Garbancito pensaron y pensaron en cómo sacarían a su hijito de la panza del buey, hasta que se les ocurrió hacer cosquillas al animal en el hocico con unas briznas de hierba.

El buey estornudó sonoramente y Garbancito salió disparado por uno de los agujeros de la nariz y, sano y salvo, aterrizó sobre una gran col.

Contento y espabilado, como si nada hubiera pasado, abrazó a sus papás y los tres, felices de estar juntos de nuevo, regresaron a su casa cantando:

¡Pachín, pachín, pachín!

¡Mucho cuidado con lo que hacéis!

¡Pachín, pachín, pachín!

¡A Garbancito no piséis!

FIN

La caracola Paola

Ilustración: nipic.com

Ilustración: nipic.com

La Caracola Paola vivía en la Playa Transparente, llamada así por sus aguas tan, tan limpias. Era todo lo preciosa que puede ser una caracola: blanca, blanquísima por fuera y si la mirabas por dentro, veías el arco iris que formaba el nácar en ella.

Durante el invierno hibernaba al abrigo de una roca grande que la protegía; allí nadie la molestaba, y estaba tranquilita y segura.

Pero, ¡ay!, al llegar el verano, la playa se iba llenando de familias que pasaban el día entre toallas, neveras, bocadillos, flotadores y risas y la pobre Paola, con tanto alboroto y movimiento, era empujada por las olas, ummmmm, a un lado, ummmmm, a otro, dando vueltas y más vueltas por la arena, hasta que acababa con un mareo de campeonato. Pobrecilla, ¡lo pasaba fatal!

Estaba deseando que alguien la rescatara del mundo marino y la llevara a otro lugar con menos movimiento ¡Y es que una caracola que se marea es una cosa muy seria!

Un día, apareció por la Playa Transparente una niña equipada con todos los bártulos para pasar un divertido día. Llevaba cubo, pala y rastrillo para hacer un gran castillo de arena, que era lo que más le gustaba hacer con su papá.

Los dos, empezaron la tarea escarbando un gran agujero en la orilla.

– ¡Hay que cavar hondo Emma! – le decía el papá a la niña.

– ¿Así, papá?

– Sí, así, para hacer el foso y luego empezar a hacer las murallas

Comenzaron a remover la arena con la pala justo allí donde estaba la caracola Paola, que se temió otra vez lo peor:

– ¡Ay, ay ay! ¡Me pasaré otra vez todo el día dando tumbos por la orilla!

Pero esta vez tuvo más suerte, el papá de Emma la vio brillar en la arena y llamó su atención.

–  ¡Mira Emma! ¡Qué caracola tan bonita!

–  ¡Sí, papá! ¡Es preciosa! Tan blanquita.

–  Vamos a guardarla y nos la llevaremos de recuerdo, ¿quieres?

–  ¡Vale, papi!, ¿y podremos hacer algo bonito con ella?

–  Pues claro, haremos algo precioso.

¡Qué contenta estaba nuestra amiga la caracola Paola! ¡Por fin había salido de las olas y ahora estaba tranquila! Sin embargo, un cosquilleo nerviosillo le daba vueltas por la barriguita. Se preguntaba qué harían con ella. Tendría que esperar para resolver el misterio; mientras tanto, disfrutaría de la paz dentro de aquel cubito azul.

Cuando Emma y su papá acabaron el castillo de arena, todos los niños de la playa fueron a felicitarlos. ¡Les había quedado impresionante! Con almenas, foso y murallas y ¡hasta le habían hecho ventanas y puertas!

Cansados, pero muy felices, regresaron a casa pensando en qué harían con la caracola:

 – Podríamos hacer un llavero. – Dijo el papá de Emma.

– ¡Oh , no papá! , ¡yo quiero que sea algo para mí solita!

– ¿Y si la pegamos en la tapa de un libro?

– Noooo, que se puede estropear con el pegamento.

– ¿Y un anillo?

– Noooo, que crezco muy deprisa y pronto me estaría pequeño.

– ¡Ya sé, Emma! ¡Haremos un colgante!

– ¡Síííí, papá! ¡Qué gran idea!

– Lo podrás llevar siempre, porque no creo que el cuello te crezca tanto como el de un hipopótamo ¿verdad?

– Ja, ja, ja, ¡claro que no!

Y se pusieron manos a la obra. El papá de Emma hizo con mucho cuidado un agujerito en la pequeña caracola. Fue como cuando nos ponen una inyección. ¡Pum! ¡Y ya está! Después, buscaron una preciosa cadenita. ¡Quedó tan bonita Paola colgando de ella que valió la pena el pinchacito!

Emma la lució presumida todo aquel verano. Les explicaba a sus amigos cómo habían rescatado de la playa la caracola y cómo su papá se había encargado de hacer para ella el collar más lindo del mundo.

Aunque la que estaba contenta, contenta de verdad, era Paola. Desde el cuello de la pequeña Emma estaba descubriendo un nuevo mundo: los árboles del parque al que iban a jugar; los colores de los dibujos y cuentos de la niña; los edificios que nunca se podían ver desde la playa; el cine… Y, sobre todo, el día que fueron de visita a la granja de los abuelos de Emma, Paola se quedó entusiasmada con tantos animales que no se imaginaba que existieran en tierra firme.

Cuando llegó el día de la vuelta al cole, Emma guardó en su joyero el collar con la caracola y le prometió que, apenas acabara el curso, volvería a colgarla de su cuello para pasar otro verano juntas.

Eso pasó hace más de veinticinco veranos, pero cada año, cuando llega el calor, Emma saca de su joyero el collar del que cuelga Paola, la caracola; aunque ahora es su pequeña hija Ana la que lo luce orgullosa en su cuello.

FIN

La hucha de los deseos

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Ilustración: Lauren Castillo

Pablo estaba en la habitación de juegos, dentro de la tienda de campaña con una linterna encendida y con un libro entre las manos.

Se pasaba horas y horas leyendo. Sus compañeros de clase pensaban que era un bicho raro, pero a él le daba igual.

Hacía unos días que Lucía, la enfermera que cuidaba a su madre, le había regalado El Principito y Pablo estaba encantado descubriendo el libro.

Lucía era la enfermera que su padre había contratado hacía ya un mes, al empezar la primavera, porque su madre había sufrido un accidente.

A Pablo le gustaba Lucía, y se divertía mucho con ella. Conseguía que aquellos extraños días fueran un poco más alegres. Pero le apenaba ver a su madre tan triste, tan rara, tan poco ella. Había perdido la sonrisa mágica que a él tanto le gustaba y casi no tenía fuerzas para nada.

Antes del accidente solían jugar mucho juntos. Su madre inventaba juegos diferentes, divertidos y muy bonitos. Sabía que su madre era especial, y que como ella, no había muchas.

A uno de los juegos solían jugar antes de ir a dormir. Los dos escribían un deseo y lo dejaban bajo la almohada. Su madre siempre le decía que tenían que ser deseos pequeños, para que se hiciesen realidad al día siguiente. Porque cuanto más grande era el deseo, mayor era el tiempo que tardaba en cumplirse.

Pablo no sabía cómo, pero al día siguiente el deseo siempre se realizaba. Cada día era emocionante para él.

Ahora deseaba que todo volviese a ser como antes, o por lo menos, lo más parecido posible. Muchas veces se preguntaba cuánto tiempo duraría todo aquello.

Quería volver a jugar al juego de los deseos. Pero desde el accidente, no había podido, porque el juego ya no funcionaba igual.

Una tarde, cuando el autobús del cole lo dejó en casa, Pablo estaba muy triste. Aquel día, en la escuela, unos niños de su clase le dijeron que su madre se iba a morir. Pablo se entristeció tanto que lloró durante todo el día.

Los niños, en ocasiones, pueden ser muy crueles y, quizá sin darse cuenta, dicen cosas sin saber la importancia que tienen y sin sospechar lo serias que pueden llegar a ser.

Lucía lo esperaba con una sonrisa y ya le había preparado la merienda, pero él llegaba con cara de cerilla y sin ganas de nada. Lucía se sorprendió mucho y le preguntó qué había pasado. Después de contárselo, Pablo añadió:

– Me gustaría que mamá estuviera bien y poder seguir jugando al juego de los deseos, porque pediría que esos niños se fueran de clase, y aunque tardase en cumplirse me daría igual.

– ¿Y qué juego tan chulo es ese?- le preguntó Lucía.

Pablo se lo explicó  y a Lucía se le ocurrió una idea.

– ¡Tú y yo vamos a inventar un juego aún mejor! Vamos a seguir pidiendo deseos, pero ahora lo que vamos a hacer es meter todos los deseos que pidamos en una hucha.

– ¿En una hucha? Pero si las huchas son para ahorrar dinero – interrumpió Pablo.

– El resto de huchas sí, ¡pero la nuestra no! En todas las demás huchas se pone dinero, y al final, todas acaban siendo iguales, porque el dinero no puede dar cosas tan bonitas y especiales como que un deseo se haga realidad. En cambio, la nuestra será mágica y dentro solo habrá deseos, así no se podrán escapar, y cuando tu mamá se ponga buena, podréis hacerlos realidad juntos.

A Pablo le pareció una idea genial. Enseguida cogió la hucha que tenía en su habitación y la decoró con dibujos y recortables, y escribió con letras muy grandes:

“HUCHA DE LOS DESEOS”

No dijo nada a sus padres, y pidió a Lucía que tampoco contara nada, sería una sorpresa, y cuando su madre estuviera mejor, podrían abrirla y hacer que todos los deseos se hicieran realidad. Pero uno detrás de otro, porque todos a la vez serían muchos.

Cada día, antes de dormir metía un nuevo deseo dentro. Lucía siempre le preguntaba, y él siempre decía:

– Estoy pidiendo deseos tan grandes, que cada día pesa más- Y reían juntos sin parar.

– Sigue metiendo deseos y no te rindas, porque aunque sean muy grandes, al final se harán realidad. Está bien tener deseos pequeños que se puedan ir cumpliendo en el día a día, pero cuando más grande es un deseo, mayor es la ilusión por conseguir que se cumpla. Recuerdo que mi abuelo y yo solíamos ir a la playa en agosto a ver las lágrimas de San Lorenzo, una lluvia de estrellas fugaces que durante unas noches hace que parezca que el cielo llore. Mi abuelo pensaba que lloraba de felicidad. Me decía que tenía que pedir deseos y que los deseos que pidiera tenían que ser, como mínimo, tan grandes como yo.

Lucía siempre se emocionaba al recordar los momentos vividos junto a su abuelo. Pablo la escuchaba con mucha atención. Le encantaban sus historias.

La primavera tocaba a su fin y daba paso a un verano verde, azul y soleado. El pequeño Pablo se esforzó mucho por sacar buenas notas para que sus papás estuvieran contentos.

Llegaron las vacaciones y Pablo se fue unos días al campo, con sus primos. No quería marcharse de casa, pero todos pensaron que sería lo mejor para él. Por supuesto, lo primero que metió en su macuto, fue la hucha.

Los días en el campo pasaron rápido entre risas, juegos en la casa del árbol, baños en la piscina, guerras de globos y pistolas de agua y meriendas en el porche. Pronto llegó la hora de regresar.

Pablo volvió con ganas de ver a sus padres para contarles todo lo que había hecho y también para contarle a Lucía que ya no cabían más deseos en la hucha, pues estaba llena.

Cuando el pequeño entró por la puerta, no podía creer lo que estaba viendo: ¡¡su mamá estaba en la cocina preparando la merienda!!  Aunque todavía estaba delicada, estaba fuera de peligro y podía empezar a hacer vida normal.

Se abrazaron, lloraron, rieron y se dieron tantos besos que hasta les quedaron marcas en las mejillas.

Pablo abrazó también muy fuerte a su padre y a Lucía, y le dio las gracias una y otra vez por haber cuidado a su mamá y haber conseguido que se recuperara.

Entre risas y emociones, Pablo sacó la hucha para enseñársela a sus padres y decirle a su querida Lucía que estaba llena de deseos.

– Mamá cuando estabas malita, Lucía y yo inventamos un juego parecido al nuestro, pero metiendo los deseos en una hucha. Ahora la hucha está llena y sé que se pueden pedir grandes deseos. Solo tienes que concentrarte en uno y no rendirte hasta conseguirlo.

Su madre lo abrazó tan fuerte como pudo y lloró de emoción durante largo rato.

Al abrir la hucha, en todos y en cada uno de los papelitos se podía leer:

«DESEO QUE MI MAMÁ SE PONGA BUENA»

FIN

Caracolito, el caracol veloz

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Era Caracolito el más pequeño de la gran familia Caracolín, formada por mamá Caracolina y papá Caracolón. Tenía, además de tíos, primos y abuelos, una larga lista de hermanos y hermanas.

Vivían muy felices en una grieta de un gran manzano en la granja de los señores Martínez, donde convivían con pollos, cerdos, vacas, caballos, pavos y demás animales domésticos.

Cuando brillaba el sol y hacía calor, se cobijaban en su árbol y, muy quietecitos, esperaban a que se pusiera para salir en busca de comida. ¡Y es que el calor no les gustaba nada!

Cuando más disfrutaban era después de una buena tormenta. ¡Ahhh!, entonces sí que salían muy contentos, con sus antenitas bien estiradas, para darse una gran comilona.

Les gustaban, sobre todo, las plantas con grandes hojas. ¡Qué ricas! Pero sabían respetar los sembrados del señor Martínez. Espinacas, acelgas y lechugas estaban prohibidas para ellos. Mamá Caracolina los tenía muy bien enseñados:

-No, no. ¡Los sembrados no se comen!

Pero ahí estaba nuestro amigo Caracolito. Nunca estaba conforme con nada y siempre preguntaba y preguntaba, hasta acabar con la paciencia de sus papás:

—¿Por qué somos tan pequeños? ¡Yo quiero crecer!

—¿Por qué andamos tan despacito? ¡Es muy injusto! ¡Siempre llego el último a todos lados!

—¿Por qué no podemos comer acelgas? ¡Tienen una pinta deliciosa!

Su mamá, con mucha paciencia, le explicaba:

—Mira Caracolito, años atrás, el tío abuelo Caracolote no hizo caso de las advertencias y, después de un chaparrón, se deslizó hacia el campo de acelgas y desapareció.

—¡¿¿¿Desapareció???!

—Si, la vaca Mara fue la última que lo vio y aseguró que había salido de la granja corriendo a toda velocidad. ¡Nunca más volvió!

—¡¿¿¿A toda velocidad???!

—Sííííí, ¡y eso es muy peligroso para un caracol! Porque no sabemos que hay más allá de la cerca de la granja, nunca hemos podido ir tan lejos, pero nos llegan rumores de animales extraños, enormes y ruidosos, que corren por caminos de tierra negra.

Ya podéis imaginar que esta historia no hizo más que avivar el deseo del pequeño caracol de averiguar cuál era el misterio del campo de acelgas. Así, que decidió que en cuanto cayera el siguiente aguacero, se encaminaría hacia el sembrado y se daría un gran banquete.

—La historia del tío abuelo Caracolote es una paparrucha. ¡Seguro! —pensaba él.

¡Dicho y hecho! Al cabo de dos días amaneció lloviendo. Caracolito se puso muy contento y, en cuanto salió el sol, se encaminó hacia el campo de acelgas. Pasó la verja por debajo y, ¡ñam, ñam, ñam!, se llenó la tripa de las hojas más tiernas que encontró.

—¡Caray! ¡Qué ricas! —Se relamía encantado—. Son dulces y muy frescas.¡¡¡Deliciosas!!!

Cuando ya estaba casi fuera del sembrado, contento y hartito, empezó a sentir como si un ventilador se hubiera puesto a funcionar dentro de su concha y lo empujara.

Empezó a correr deprisa. Y cada vez más deprisa, ¡¡¡Uhhhhhhhhhh!!!, sin poder parar.

Iba tan rápido, que recorrió la granja en un periquete y, sin darse cuenta, ya estaba fuera de la cerca. ¡Nunca había estado ahí!

Una pareja de conejitos que lo vio pasar se quedó estupefacta. ¡Un caracol veloz! ¡Imposible! Y, ¡claro!, corrió a contarlo a todo el mundo.

Caracolito estaba muy asustado, su carrera seguía imparable y, a lo lejos, pudo ver el camino de tierra negra del que le había hablado mamá Caracolina.

¿Sería cierta, la historia del tío abuelo Caracolote? Ahora sí que tenía miedo, y más cuando escuchó un ruido que iba haciéndose más y más fuerte a medida que se acercaba un animal muy extraño; ¡era grandísimo y con las patas redondas! Era enorme, más que las vacas, y con un color brillante que él nunca había visto en un animal. ¡¡¡Si no lograba parar antes de llegar al camino de tierra negra, lo aplastaría!!!

Menos mal que empezó a sentir que su velocidad disminuía. Se iba frenando poco a poco, hasta que consiguió volver a caminar como debe hacerlo un caracol: ¡despacito!

Cuando por fin se detuvo, el monstruoso animal de patas redondas pasó rugiendo a un palmo de él y casi se desmaya del susto.

¡Pobre Caracolito! Estaba muy arrepentido de haber desobedecido a sus papás. Fuera de la cerca, el mundo era muy peligroso para los caracoles.

Lo que no se explicaba era por qué las acelgas causaban ese efecto a los pobres caracoles.

Pues veréis, el señor Martínez abonaba regularmente los sembrados para que, además de ricas y sabrosas, sus espinacas, acelgas y lechugas crecieran rápidamente. Pero el abono tenía un efecto secundario y era que aceleraba también la velocidad con la que caminaban los caracoles. ¡Menos mal que duraba muy poquito!

Mamá Caracolina, advertida por los conejos, envió al rescate de Caracolito a Marcus, el perro pastor de la granja, que recogió al agotado caracol y lo llevó en su lomo hasta su casa en el manzano.

Una vez allí, pidió mil perdones a sus papás y explicó a su familia su terrible experiencia para que a nadie más se le ocurriera volver a comer acelgas.

Así, todos estuvieron de acuerdo en que hay que hacer caso de las advertencias de nuestros mayores porque, como ellos nos repiten, es por nuestro bien.

FIN

Un nuevo universo

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Ilustración: Patricia Metola

Este extraño caso comenzó una mañana en la cocina. Papá ya me había dado los besos del desayuno y cuando se los iba a dar a mamá, me di cuenta de que comía demasiado, porque su barriga se estaba empezando a hinchar como si fuera un globo.

¡Uy! ¡Perdón! Se me ha olvidado presentarme. Me llamo Patricia, mi mamá se llama Laura y mi papá Gabriel. El mes que viene cumplo 6 años, tengo los ojos y el pelo marrones y mis mejores amigos son Carlos, mi vecino de abajo que es un poco más bajito que yo, Elsa, que va a mi clase y pinta muy bien y Muelas, mi hámster, que se pasa el día comiendo pipas, dando vueltas en su rueda azul y mordiendo todo lo que tiene cerca.

Ahora que ya me conocéis, os sigo contando este extraño caso, por si alguna vez os pasa algo parecido.

Pues como os decía, mamá estaba de pie, tomándose sus cereales y papá se acercó para darle los besos del desayuno. Estaba a punto de dárselos, cuando mamá empezó a rascarse la tripa. Justo en ese momento, vi que su barriga no estaba como siempre. Había crecido.

– Mamá, si sigues comiendo tantos cereales no podrás abrocharte los pantalones. Te estás poniendo muy gorda.

– Patricia, cariño, la barriga de mamá no está así por culpa de los cereales. Lo que le ocurre a mamá es que le está creciendo un universo dentro.

Verás, cada persona, al venir al mundo, trae un universo con ella. Dentro de cada uno de nosotros hay estrellas, que podemos hacer brillar para iluminar a los que están cerca y hacerlos felices. También tenemos planetas, en los que podemos ir plantando sabiduría, paciencia, compasión, respeto…y regarlos con mucho amor para que nunca dejen de crecer. Hay en nosotros espacios infinitos, para navegar con nuestra imaginación. Lunas y soles, que brillan en nuestra cara cuando nos ponemos tristes o alegres. Cometas, para agarrarnos a su cola y llegar tan lejos como queramos llegar. Constelaciones, galaxias… ¡Ya ves la de cosas que hay en nosotros! Y para crear todas esas cosas tan maravillosas, se necesita tiempo.

¡Ah!, y, además de todo eso, venimos cargados con polvo de estrellas. Ese polvo estelar que danza en nuestro interior se llama espermatozoides en los hombres y óvulos en las mujeres. Cuando el polvo estelar de un hombre se funde con el polvo estelar de una mujer, hay una explosión y se crea un nuevo universo que va creciendo, poco a poco. Tarda nueve meses en estar completamente listo y a medida que crece, crece la barriga.

–   ¿Y por qué entró ahí adentro?

–  Porque todos los universos empiezan con abrazos. Un hombre y una mujer que se quieren, se abrazan tan fuerte, tan fuerte, tan fuerte y tanto, tanto, tanto que, por un momento, es como si sus cuerpos fueran solo uno y solo tuvieran un corazón latiendo muy deprisa.  En ese abrazo, el pene del hombre entra en la vagina de la mujer y, cuando está dentro, deja escapar polvo de estrellas en forma de esperma. A veces no pasa nada, y el polvo de estrellas del hombre solo hace cosquillas agradables al deshacerse y ya está. Pero otras veces, un poco de ese polvo de estrellas es tan especial, que necesita todavía más abrazos, así que va a un lugar llamado útero, donde vive el polvo de estrellas de la mujer y, cuando llega allí, los dos se abrazan y estallan en luz y de esa luz nace un nuevo universo. Después de unos meses, cuando ese nuevo universo ya está terminado, sale al exterior en forma de bebé.

Mamá, papá, tú, los abuelos, los tíos… todos somos universos nacidos de un abrazo y ahora, en mamá hay otro pequeño universo que, dentro de poco, estará listo para formar parte de nuestra familia.

 

Y así fue como descubrí el misterio que escondía la barriga de mamá y supe que, dentro de poco, tendré a alguien con quién jugar, a quien querer y a quién enseñar a hablar, a comer, a leer y a saltar. ¡Voy a tener un hermanito!

Ahora ya lo sabéis. Si una mañana, mientras tomáis el desayuno, notáis de repente que vuestra mamá tiene más barriga de lo normal, sospechad que no es porque come mucho, sino porque ahí dentro está creciendo un nuevo universo.

FIN