pececillo de oro

El pez de oro

Ilustración: Ebineyland

En una lejana isla, llamada Shumshu, vivían un anciano y una anciana. Eran muy pobres, solo poseían una cabaña pequeña y destartalada y una vieja red, con la que todos los días el viejecito iba a pescar para procurarse el sustento de ambos.

Un día, echó su red al mar, y al ir a recogerla le pareció que pesaba

más de lo normal. Se puso muy contento, porque esperaba obtener una buena pesca; pero cuando logró recogerla, comprobó que, a excepción de un diminuto pececillo, la red estaba totalmente vacía.

Al tratar de atrapar la pieza capturada, quedó asombrado al comprobar que se trataba de un pez de oro. Y todavía creció más su asombro al oír que la extraña criatura, con voz humana, le suplicaba:

—Devuélveme al mar y te daré todo lo que me pidas.

El anciano, después de pensar un rato, le contestó:

—No quiero nada, te devuelvo tu libertad.

Y diciendo esto, devolvió al agua el pez de oro.

Al regresar a su cabaña, su mujer le preguntó:

—¿Qué tal la pesca?

—Mal —contestó—. Solo atrapé un insignificante pez de oro. Me suplicó que lo soltara y me prometió que, a cambio, que me daría lo que fuera, me dio tanta lástima, que lo dejé en libertad.

—¡Viejo tonto! ¿Tenías en tus manos una gran fortuna y no lo aprovechaste? —se enfadó la mujer—. Ya que no pescaste nada, le hubieras podido pedir un poco de pan. ¡Algo tendríamos para llenar la tripa! ¿Qué vamos a comer ahora? En casa no queda ni una migaja. ¡Ve y pídele pan a ese pez!

El marido regresó a la orilla del mar en busca del pez de oro:

—¡Pececito, pececito! ¡Ven! ¡Sí quiero algo!

El pez se acercó a la orilla:

—¿Qué quieres?

—Mi mujer se ha enfadado conmigo porque no te he pedido nada y me manda que te pida pan.

—Vete a casa, que el pan no os faltará.

El anciano volvió a casa y preguntó a su mujer:

—¿Tenemos bastante pan?

—Pan hay de sobra, el cajón está lleno —dijo la mujer—; pero no nos vendría nada mal una artesa nueva, porque en la que tenemos ya no podemos lavar la ropa. Ve y pídele al pez de oro que te dé una artesa nueva.

El viejo regresó a la playa otra vez y llamó:

—¡Pececito, pececito! ¡Ven! ¡Sí quiero algo!

El pez se acercó a la orilla:

—¿Qué quieres?

—Mi mujer me manda pedirte una artesa nueva.

—Bien; tendrás una artesa nueva.

De vuelta a su casa, cuando apenas había pisado el umbral, su mujer le salió al paso gritándole:

—¡No entres! Ve en seguida a pedirle al pez de oro que nos regale una cabaña nueva, que esta apenas se tiene en pie.

Se fue el marido a la orilla del mar y gritó:

—¡Pececito, pececito! ¡Ven! ¡Sí quiero algo!

El pez se acercó a la orilla:

—¿Qué quieres?

—Constrúyenos una nueva cabaña.

—Vuelve a tu casa, que vuestros deseos se harán realidad.

Volvió el anciano a casa y vio, con asombro, que en el lugar de la vieja cabaña vieja se levantaba una nueva hecha de roble.

Tal y como su mujer lo vio, le gritó más enfadada que nunca:

—¡Tonto más que tonto! ¡No sabes aprovecharte de la suerte! Has conseguido una cabaña nueva y creerás que has hecho algo importante. Ve otra vez al mar y dile al pez de oro que no quiero ser una campesina; que quiero ser la mujer de un gobernador y que la gente me obedezca y me haga reverencias.

Se dirigió de nuevo el anciano a la orilla del mar y llamó en alta voz:

—¡Pececito, pececito! ¡Ven! ¡Sí quiero algo!

El pez se acercó a la orilla:

—¿Qué quieres?

—Mi mujer, por fuerza, se ha vuelto completamente loca; dice que no quiere ser una campesina; que quiere ser la mujer de un gobernador.

—Ve a casa; yo lo arreglaré todo.

Al volver a su casa, vio que en el sitio de la cabaña se levantaba una magnífica casa de piedra de tres pisos. La servidumbre corría atareada por el patio; en la cocina, los cocineros preparaban la comida, mientras que su mujer sentada en un rico sillón y vestida con un precioso traje de seda, daba órdenes a los criados.

—¿Estás ya contenta, esposa mía? —preguntó el marido.

—¿Yo tu esposa? ¡Yo soy la mujer de un gobernador! —y dirigiéndose a sus servidores ordenó—: Prended a este insolente campesino.

Acudió la servidumbre, agarraron por el cuello al viejo y lo echaron a la calle.

—¡Qué mala es mi mujer! He conseguido para ella todo lo que deseaba y ahora niega que yo sea su marido.

Sin embargo, no se había alejado mucho el anciano, cuando oyó que la vieja lo llamaba de nuevo:

—¡Viejo tonto!, ve y dile al pez de oro que ya no quiero ser la mujer de un gobernador. Lo he pensado mejor y quiero ser zarina.

Se fue el anciano a la orilla del mar y exclamó:

—¡Pececito, pececito! ¡Ven! ¡Sí quiero algo!

El pez se acercó a la orilla:

—¿Qué quieres?

—¡Ay, pobre de mí! Mi mujer se ha vuelto aún más loca que antes; ya no quiere ser la mujer de un gobernador, ¡ahora quiere ser zarina!

—No te preocupes. Regresa a tu casa, que yo me encargo.

Volvió el anciano a su casa, que ahora era un magnífico palacio con un tejado de oro. La mujer, engalanada como correspondía a su rango de zarina, se paseaba por los jardines.

Pero a pesar de toda la magnificencia que la rodeaba, no tardó la anciana en aburrirse y volvió a pedir a su marido que fuera a ver al pez de oro:

—¡Ve, viejo tonto; ve en seguida a la orilla del mar y dile al pez de oro que no quiero ser zarina; quiero ser la diosa de los mares, para que olas y peces me obedezcan!

El buen viejo quiso negarse, pero su mujer lo amenazó con cortarle la cabeza si se atrevía a desobedecerla. Con el corazón oprimido se dirigió el anciano a la orilla del mar, y una vez allí, exclamó:

—¡Pececito, pececito! ¡Ven! ¡Sí quiero algo!

Pero el pez de oro no apareció. El anciano lo llamó por segunda vez, pero tampoco acudió. Lo llamó por tercera vez. De repente, en el mar se levantaron grandes olas y las azules aguas se volvieron negras. Apareció el pez y preguntó:

—¿Qué más quieres?

El anciano contestó:

—Mi mujer me ha amenazado con cortarme la cabeza si no vengo a decirte que ya no quiere ser zarina; ahora quiere ser la diosa del mar, para que olas y peces la obedezcan.

Esta vez, el pez no respondió; se limitó a desaparecer en las profundidades del mar y el desgraciado viejo regresó a su casa.

Para su asombro, el palacio había desaparecido y la que había sido su vieja cabaña volvía a estar en su lugar. En la puerta, su mujer lo aguardaba sentada, vestida con sus pobres ropas remendadas.

Ambos volvieron a su vida de antes y aunque el viejo echaba todos los días su red al mar, nunca volvió a pescar el maravilloso pez de oro.

FIN