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El conejo que no crecía

Ilustración: Umintsu

Robín era un conejo que no crecía, todos sus hermanos se hacían grandes y fuertes excepto él. Así que un día abandonó su hogar para buscar la felicidad.

Robin era un conejito que vivía con todos sus hermanos en una cómoda madriguera. Tenía una oreja de color pardo y otra negra, y en cuanto al rabito, era blanco por debajo.

Al principio, Robín era igual que sus hermanos, pero, al poco tiempo de su nacimiento, su madre observó que no crecía.

—Esto es muy raro —dijo al padre del conejito. —Todos los demás crecen y engordan, pero Robín sigue tan pequeño como siempre.

Algún tiempo después, sus dos hermanos se convirtieron en conejos adultos, pero Robín seguía siendo pequeño y tenía el carácter infantil. No pensaba más que en jugar, de modo que su madre acabó por sentir gran preocupación.

—Ya eres demasiado viejo para jugar, Robín —le dijo un día—. Mira a tus hermanos; cada uno de ellos tiene una madriguera propia, se ha casado y es padre de numerosos conejitos. Pero tú sigues tan pequeño como pocos días después de nacer.

Robín, por su parte, era desgraciado. Ignoraba la causa de no haber crecido, pero él no podía remediarla. Hizo lo posible por abstenerse de jugar, pero en cuanto abandonó la madriguera no se acordó de su propósito y empezó a perseguirse el rabo.

Unos meses más tarde, los mayores ya no hacían caso de él. En vista de que no había crecido, seguirían considerándolo un pequeñuelo y nada más. A Robín eso le importaba muy poco, pero, en cambio, se ponía muy triste cuando los demás conejos pequeños no le permitían jugar con ellos.

—¿Por qué no puedo jugar con vosotros? —preguntaba. —También me gusta divertirme.

—Sí. Pero eres mucho más viejo que nosotros —le contestaban los demás, en tono desdeñoso. —Es idiota que quieras jugar con los pequeños, cuando ya eres un viejo. Mejor sería que buscases la compañía de nuestros papás.

—No me quieren —contestaba Robín, muy triste. —Nadie me quiere. Me gustaría mucho crecer, pero no puedo.

Sentíase tan desdichado, que decidió abandonar su morada. Así un día se marchó y después de recorrer varios kilómetros llegó a un lindo jardín. Se asomó y vio a una niña sentada y jugando a merendar. Había sentado sus muñecos a su alrededor, en unión de un osito y de un conejo de juguete, sin contar el fantoche, y fingía que les daba de merendar.

—¡Oh, qué juego tan bonito! —pensó Robín—. Me gustaría tomar parte en él. ¡Y cómo acaricia la niña a ese osito! ¡Ojalá hiciese lo mismo conmigo!

En aquel momento, el aya de la niña la llamó y ella entró en la casa, dejando los juguetes donde estaban. Robín se acercó a ellos, y se sentó en medio del círculo.

—Yo también quiero jugar —dijo.

—¡Pero si no puedes! —exclamó la muñeca mayor—. No eres un juguete y solamente nosotros podemos jugar de este modo.

—¿De modo que un conejo vivo no puede jugar? —preguntó Robín.

—¡Claro que no! —contestó el osito.

—¿Y vosotros jugáis siempre sin cesar? ¿Seguís jugando cuando crecéis? —preguntó el conejo.

—Los juguetes nunca crecen—contestó el fantoche —¿No lo sabías? Por esta razón jugamos siempre y eso no nos aburre nunca.

—¡Oh! —exclamó Robín, dando un suspiro—. ¡Ojalá fuese también un juguete! Ahora soy un conejo que no ha crecido y me gustaría mucho saber la manera de convertirme en un conejo de juguete.

—Nunca oí decir que un animal vivo quisiera convertirse en juguete —exclamó la muñeca—. Muchas veces me han hablado de que algunos juguetes quisieran cambiarse en seres vivos, pero lo contrario me parece una estupidez.

—Si te fueses al País de los Juguetes, tal vez te convertirían en lo que deseas —le aconsejó el osito—. Allí hacen cosas maravillosas.

—¡Oh, indicadme el camino, por favor! —rogó Robín.

Los juguetes le dieron las explicaciones necesarias y él, inmediatamente, emprendió la marcha. Anduvo durante todo aquel día y toda la noche y, por fin, llegó a las puertas del País de los Juguetes.

—¿Qué quieres? —le preguntó el portero, dándose cuenta de que era un conejo vivo —Tú no eres ningún juguete.

—No, pero quisiera serlo —contestó Robín.

—Eso es muy extraño —contestó el portero, haciéndose a un lado para permitirle el paso—. Mira, vale más que vayas a ese castillo que se ve desde aquí, pues allí viven los Reyes Magos. Quizá ellos puedan hacer algo en tu obsequio.

Robín se dirigió al castillo y no halló grandes dificultades en presentarse o los tres Reyes Magos. Los saludó respetuosamente, les dio cuento de su deseo y de lo espantoso que era ser conejo y no crecer. Los tres Reyes escucharon con la mayor atención y, mientras hablaba, ellos inclinaban la cabeza en señal de asentimiento.

—Bueno, si te conviertes en juguete —le dijo el rey Gaspar— ya no tendrás ninguna posibilidad de crecer, porque los juguetes no cambian nunca, como yo sabes. ¿Estás seguro de que no te cansarás de que jueguen contigo y de jugar durante toda tu vida?

—¡Oh, no! —contestó Robín.

—Bueno, pues siéntate en este taburete y te daré un brebaje, que te convertirá en un conejo de juguete —añadió el rey Gaspar—. Luego, el año que viene, cuando llegue el día de los Reyes Magos, te llevaremos al País de los Niños y te dejaremos en los zapatos de alguno.

Robín, muy emocionado, se sentó en el taburete. El rey Gaspar compuso un extraño brebaje, de color azulado, y el conejito lo bebió. Apenas lo había hecho, cuando se sintió muy diferente, aunque su aspecto era el mismo de antes. Habíase convertido en un conejo de juguete.

Cuando llegó el día de los Reyes, estos lo hicieron cargar en un corro en el que había centenares de juguetes y empezaron su inmenso recorrido. Dejaron a Robín en los zapatos de una niña, juntamente con una muñeca y un osito.

—¡Oh! —exclamó la niña a la mañana siguiente—. ¡Qué conejito tan mono! ¡Parece vivo! ¡Cuánto lo querré! Mira, conejito, estoy segura de que serás muy feliz en compañía de mis juguetes.

Y, en efecto, así fue. Ya nadie se burlaba de él, porque no crecía. Jugaba durante el día entero y por las noches la niña lo metía en su propia cama y lo tenía abrazado hasta la mañana siguiente.

Así fue cómo Robín conoció la felicidad.

FIN