Pequeña Hada

La Pequeña Hada y el rey malvado

Ilustración: imaginism

Como todos los años, los habitantes de Isla Imaginada —también nuestra Pequeña Hada— esperaban con ilusión la llegada de la primavera. Veían asomar en los árboles hojitas nuevas y eso significaba que los días se alargarían y podrían olvidar el frío del invierno. Saldrían de sus casas a disfrutar de parques, caminos y jardines, harían barbacoas y organizarían meriendas.

Lo que no se imaginaban era que esa primavera iba a ser muy diferente de las otras. A Isla Imaginada estaban llegando novedades alarmantes…

Del exterior llegaban noticias que decían que un rey muy ambicioso y malvado, el rey Coronavirus, al frente de un ejército de soldados igual de malasombras que él, se estaba apoderando de lejanos países y dejaba a su paso una estela de aburrimiento y fastidio.

Como el rey Coronavirus odiaba la fantasía y los cuentos, en los territorios que conquistaba no quería ni oír hablar de historias mágicas ni de relatos encantadores y prohibía terminantemente que nadie, escribiera, leyera o ni siquiera mirara ilustraciones. Mandaba quemar en una hoguera gigante todos los cuentos que sus soldados hallaban en las casas, que eran registradas una por una.

Los vecinos de la Pequeña Hada, al conocer las noticias, quedaron asombrados y preocupados en igual medida y organizaron una reunión urgente en casa de la hadita.

Todos se preguntaban lo mismo:

—¿Qué pasará si el malvado rey Coronavirus llega a nuestra isla?

El pobre oso Miedoso estaba muy preocupado, era muy grandote pero la valentía no era su mejor cualidad:

—Pequeña Hada , ay, ay, ay, estoy muy asustado ¿Qué vamos a hacer? ay, ay, ay…

—Si, Pequeña Hada. Si desaparecen los cuentos, ¿qué será de nosotros?

Preguntó la tortuga Maripili, que vivía en el jardín de Doña Lupe, la modista encargada de vestir a los protagonistas de los cuentos.

—Queridos vecinos —habló la Pequeña Hada—, estoy tan preocupada como vosotros y creo que lo mejor que podemos hacer es tranquilizarnos. Aún no sabemos si el rey Coronavirus se dirige a nuestra isla. Tenemos que informarnos. Hablaremos con la señora alcaldesa, puede que ella sepa algo más.

Así lo hicieron, fueron en tropel al Ayuntamiento y encontraron a la señora alcaldesa, que era la mamá de Caperucita, reunida con las autoridades y con los personajes más sobresalientes de Isla Imaginada.

Allí estaban la doctora Topo, el boticario Jacinto, un pavo real realmente presumido pero muy estudiado. También doña Jirafa, maestra de escuela, el pájaro Carpintero, el lagarto Genaro, que era el guardia de tráfico y el señor Martín, director de La voz de la Isla, el periódico local, un gran conocedor del mundo y sus alrededores.

—¡Oh!, Pequeña Hada —saludó la señora alcaldesa—, ahora mismo hablábamos de ti. Íbamos a mandar a buscarte, quizás necesitemos de tu ayuda y consejo en estos momentos tan difíciles.

La señora alcaldesa puso al corriente a los vecinos de las últimas noticias recibidas:

—Queridos vecinos, los informes no son nada buenos. Nos llegan noticias de que las huestes del malvado rey Coronavirus ya avanzan hacia nuestra isla. Debemos prepararnos y trazar un plan de resistencia.

—Señora alcaldesa —contestó la Pequeña Hada—, estoy segura de que, entre todos, encontraremos una solución. Pero, de momento, se me ocurre que nadie se mueva de su casa. Si por casualidad el rey Coronavirus mandara una avanzadilla, ha de ver las calles vacías. No puede saber que aquí viven los personajes de todos los cuentos ¡Eso sería fatal!

La señora alcaldesa estuvo de acuerdo y rápidamente se pusieron en marcha.

El lagarto Genaro subió a su coche patrulla para recorrer toda la isla y avisar a los vecinos. Megáfono en mano, leía el bando redactado por el señor Martín que explicaba las medidas a tomar de inmediato:

Queridos vecinos, en nombre de la señora alcaldesa, hago llegar este bando de obligado cumplimiento a todos habitantes de Isla Imaginada.

Ante las serias amenazas de invasión por parte del malvado rey Coronavirus, instamos a toda la población a quedarse en su casa, cueva, guarida o nido hasta nuevo aviso. Solo se permite salir para comprar comida y medicamentos.

Todos en Isla Imaginada se aprovisionaron de alimentos y se resguardaron en sus hogares a buen recaudo, conscientes del peligro que suponía ser conquistados por el rey Coronavirus, alérgico a los cuentos, del que se decía que cuando olía, veía o escuchaba una historia fantástica le subía desde los pies hasta la punta del pelo un picor insoportable, tenía ataques de tos y un dolor de cabeza de campeonato.

La vida en Isla Imaginada cambió.

Los pequeños de la casa no acudían al colegio, pero no por eso dejaron de trabajar. Con la ayuda de sus papás hacían tareas escolares, dibujaban y hacían multitud de trabajos manuales, además de dedicar tiempo a la lectura. Rescataron de los desvanes juegos olvidados y se inventaron otros nuevos.

Las cocinas de Isla Imaginada se llenaron de olores dulces de canela, vainilla y caramelo porque, para entretenerse, la mayoría se puso a cocinar dulces y pasteles.

Naturalmente, el confinamiento era únicamente una medida temporal, había que buscar la manera de que el rey Coronavirus no llegara nunca a Isla Imaginada, y si lo hacía, que saliera corriendo de ella.

Los habitantes de la isla no dejaban de pensar y pensar, y dar vueltas y vueltas a la cabeza para hallar una solución ¡Había que encontrarla!

Nuestra amiga, La Pequeña Hada, hacía lo propio. Ya sabemos que, además de inquieta y curiosa, su mayor satisfacción es ayudar a los demás y en esas cavilaciones estaba:

—A ver, si el rey Coronavirus odia los cuentos quiere decir que su mayor enemigo son los cuentos. Entonces, si el rey Coronavirus es nuestro enemigo, pero su enemigo son los cuentos… ¡los cuentos son nuestros amigos! ¡Ya está! ¡Hemos de utilizar los cuentos para alejarlo para siempre de aquí!

Corre que corre, fue a buscar su teléfono y llamó a la señora alcaldesa para exponerle su idea:

—Pero, Pequeña Hada ¿Cómo vamos a utilizar los cuentos como arma? ¡No entiendo nada!

—Si, Señora Alcaldesa, pondremos a todos los niños y cachorros de Isla Imaginada a inventar nuevos cuentos, porque pudiera ser que el rey Coronavirus estuviera vacunado contra los que ya son famosos. Pueden ser cuentos largos, cortos, tristes, alegres, de animales, del futuro o del pasado. No importa, basta con que sean historias fantásticas. Inundaremos Isla Imaginada de cuentos y eso ahuyentará a ese rey malvado.

La señora alcaldesa estaba estupefacta, no se le hubiera ocurrido esa solución ni en mil años. Pero confiaba en el instinto de la Pequeña Hada, ¡por algo era licenciada en la Academia de Hadas Buenas!

Ipso facto, el viento del norte extendió la noticia por Isla Imaginada y los pequeños habitantes del lugar se pusieron a escribir cuentos.

Unos eran bonitos y otros aburridos, pero, lo más importante, es que todos fueron escritos con mucho empeño. Los más chiquitines, que no sabían escribir, hicieron dibujos muy bonitos para ilustrarlos y las casas se llenaron de miles de páginas fantásticas.

Una brigada, encabezada por el Príncipe Valiente y Juan sin Miedo, fue la encargada de empapelar las calles con los cuentos.

Se ataron cuerdas de balcón a balcón y colgaron los cuentos como una colada multicolor. En las puertas y ventanas de cada casa, clavaron uno o dos, por si acaso, a modo de escudo. Visto desde el aire, el panorama era precioso. ¡No se había visto nunca un país tan engalanado!

Una vez terminada la tarea, se encerraron en sus casas a esperar el desembarco del ejército del rey Coronavirus.

El encargado de vigilar el puerto desde el campanario, como si fuera el palo mayor de su barco, fue el Capitán Garfio. No hubo que esperar mucho; al tercer día, dio la voz de alarma y los vientos se encargaron de difundirla por la isla entera.

—¡Vecinos! ¡Alarma! ¡Ya está aquí el enemigo! ¡Que nadie salga de su casa, ni siquiera se asome a las ventanas! ¡Todos escondidos debajo de las camas!

La Pequeña Hada, nerviosa y un poquito asustada agarró muy fuerte su varita mágica, y asomándola por un resquicio de su ventana la agitó recitando el encantamiento:

Estrellas brillantes, luna preciosa

haced que mi varita sea maravillosa.

Que los cuentos ahuyenten al rey malvado,

¡que sea por siempre de aquí desterrado!

De repente, un ruido espantoso se extendió por toda la Isla, decenas de caballos y camellos surgieron de los barcos que habían llegado al puerto y, montados en ellos, jinetes malcarados se acercaban. Al frente de todos ellos, a lomos de un imponente elefante, desembarcó el rey Coronavirus. En el mismo instante en que pisó Isla Imaginada, el malvado monarca comenzó a estornudar:

—¡Achís! ¡Achís! ¡Achís! ¿Qué picor insoportable es este? -¡Agg! ¡Demonios! ¿Qué son tantos papeles de colores por todas partes? ¡Mi cabeza! ¡Me duele! ¡Y me pica todo!

Un general de su ejército, que andaba cerca, contestó:

—Majestad ¡Son miles de cuentos! ¡Han llenado la isla de cuentos! ¡Que astucia tan grande! ¡Pardiez!

Los soldados, que seguían al rey Coronavirus, comenzaron igualmente a estornudar y a quejarse:

—¡Ay! ¡Ay! ¡Me pica todo! ¡Me va a estallar la cabeza!

Y es que la alergia del rey se había contagiado a todo su ejército. Hasta los caballos y camellos comenzaron la estornudar, y cuando lo hizo el elefante sobre el que cabalgaba el rey Coronavirus, el estruendo fue atronador. El rey salió disparado por los aires y aterrizó de culo en la calle. Se puso de pie de un salto y poniendo las manos en sus posaderas, comenzó a correr de vuelta hacia las naves seguido por su ejército, todos rascándose y estornudando sin parar. ¡Vaya espectáculo!

El Capitán Garfio, desde su atalaya, los vio embarcar y, avante toda, contempló como los barcos se alejaban mar adentro.

—¡Vecinos! ¡Salid! ¡Se han marchado! ¡Han huido!

Todos salieron de sus refugios y rompieron en un aplauso conjunto que resonó más allá de la isla. Sabían que nunca más el rey Coronavirus se atrevería a volver por allí.

Nuestra Pequeña Hada bailaba de contento; su idea había unido a todos los pequeños habitantes de Isla Imaginada con un solo fin: escribir y pintar cuentos. Se demostró que la unión hace la fuerza y que no hay que despreciar a los más pequeños, que se comportaron como auténticos héroes, porque ellos son la esperanza y el futuro de la humanidad.

Puede que todos tengamos una pequeña varita guardada para casos especiales como este. Usémosla en la medida que nuestra magia nos lo permita, porque no hay ayuda pequeña cuando se trata de vencer al malvado rey Coronavirus.

FIN

Mario, el Pequeño Marinero, busca amigo

Ilustración: Hermes

El Pequeño Marinero Mario llevaba ya dos años viviendo en Isla Imaginada. En ese tiempo, había surcado con su barquito los mares que rodean la isla muchas veces, pero como le gusta madrugar ninguno de sus amigos, que son perezosillos, había querido acompañarlo.

Eso no le había importado mucho, porque disfrutaba de la brisa marina, se entretenía con los saltos de delfines y ballenas que salían a saludarlo a la superficie y después se echaba una siestecita en cubierta acunado con el movimiento de las olas. Pero ahora tenía en mente ampliar horizontes y realizar un gran viaje…

Había convencido a Simbad el Marino, de que le prestara su barco, que era más grande y seguro, ya que quería llegar más allá del horizonte donde le habían dicho que existían tierras de ensueño. Pero no quería ir solo, así que inició la tarea de buscar un amigo de aventuras. Tenía que gustarle el mar y ser un buen compañero de viaje, de amena conversación y de carácter agradable.

Pensó que era buena idea hacer una prueba a aquellos que quisieran presentarse como voluntarios.

Pidió a su amiga, La Pequeña Hada, que escribiera unas palabras para pegar en el tablón de anuncios, ya que tenía muy buena letra y esta, encantada de ayudar, así lo hizo.

—No te preocupes, amigo Mario, en un pispás lo cuelgo en la plaza para que todo el mundo lo vea —le comentó solícita.

Y así quedó el anuncio:

En apenas dos días, se presentaron varios candidatos, entusiasmados con la idea de realizar un gran viaje.

La primera que se presentó fue la señora Hormiga, Mario pensó que como ocupaba poco espacio sería buena compañera, pero durante el viaje de prueba la perdía constantemente ¡Era tan pequeñita que le daba miedo pisarla en cualquier momento! «La Señora Hormiga no me sirve, seguiré buscando», pensó.

Al día siguiente, salió temprano a navegar con Blancanieves que, muy ilusionada, quería conocer mundo. Pero, ¡ay!, al regresar a puerto, la cara y brazos de la pobre niña eran del color de las gambas que bailan en el fondo del mar. El sol había quemado su piel blanca y delicada. Así que Mario la descartó porque un marinero tiene que llevarse bien con el mar, pero también con el sol.

—Pues habrá que probar otra vez —se dijo.

El siguiente en la lista era el señor Ratón. Se veía muy dispuesto a navegar. «Demasiado nervioso», pensó Mario cuando lo vio llegar agitando su cola y sus orejas sin cesar.

En efecto, era tan nervioso que en todo el día no paró de dar vueltas por el barco, de acá para allá y en varias ocasiones lo pilló royendo las cuerdas que sujetaban las velas.

—Nada, que el ratoncillo no me vale ¡Si me descuido se come hasta las velas! —Mario estaba ya un poquito nervioso— —¡A ver si no voy a encontrar a nadie que pueda venir a navegar conmigo!

Aún le faltaban por probar algunos candidatos.

La gallina Fina fue la siguiente. Muy contenta, subió a la embarcación. Se la veía muy trabajadora, pero también muy parlanchina, se pasó el día entero ¡clo, clo! por aquí ¡clo, clo! por allá, sin parar de cloquear en ningún momento. Desde luego, con ella Mario no se aburriría, pero se lo pensó bien y como al desembarcar tenía un dolor de cabeza de campeonato la tachó también de la lista.

—¡No tengo que desesperar! Aún me quedan voluntarios en la lista.

Así que le llegó el turno al Sastrecillo Valiente

—¡Este seguro que me vale! Siendo tan valiente, no habrá dificultad que se nos resista —pensó el marinero.

Pero, ¡ay!, el valiente sastrecillo no había montado nunca en barco y al ratito de empezar a navegar su cabeza y su tripa se pusieron a dar vueltas cual tiovivo y su cara se fue tornando de color verdoso ¡Se había mareado!

—Pues será imposible hacer el viaje con él —se lamentó Mario.

Al siguiente día, el turno fue para el Señor Pato.

—El señor Pato seguro que no se marea ni come cuerdas ni cloquea todo el día —se dijo Mario esperanzado.

El día empezó muy bien. Al ratito de partir, el pato se echó al agua pues le gustaba mucho nadar y eso fue lo que hizo en todo el día: del agua al barco y del barco al agua.

Nuestro pequeño marinero estaba desconcertado. Si esto era lo que le esperaba en el viaje, de poca ayuda le iba a servir el señor Pato y, para rematar, al final del día el aspecto que presentaba era lamentable. Las plumas se le habían quedado hechas un asco por la sal del agua y los ojos le picaban.

Así que fue él mismo quién le dijo a Mario que no estaba preparado para el  viaje.

—¡Madre mía! ¿Y ahora qué voy a hacer? —se lamentaba—. Solo me queda un candidato y aunque no creo que me vaya a ser de utilidad no tengo más remedio que hacerle la prueba.

La candidata de la que hablaba el marinerito no era otra que la señora Vaca. «Pero ¿cómo se va a manejar una vaca en un barco? ¿Y si pesa demasiado y nos hundimos?». Estas cavilaciones mantenían nervioso a Mario y procuraba buscar también las ventajas de tener una vaca a bordo. «No habría problema con las cuerdas, ya que solo come forraje, su piel es gruesa y no se quemará, habla poco y no se tirará al agua cada dos por tres y esperemos que no se maree».

La señora Vaca llegó puntual el día de la prueba y, muy entusiasmada, subió al barco, que se tambaleó un poco, pero aguantó. Y es que el barco de Simbad el marino era sólido y resistente.

Desde el medio, dónde se instaló, llegaba a proa y a popa sin esfuerzo y aunque un poco torpe, era muy voluntariosa y obedecía las órdenes de Mario, que ya se veía cual capitán de barco con gorra y todo, mandando a la tripulación.

Fue el mejor día de todos. La señora Vaca era muy alegre, sabía muchas canciones, pero también le gustaba contemplar el mar y juntos pasaron ratos en silencio que Mario agradeció acordándose de la señora Gallina y su ¡clo, clo! incesante.

Al lado de la señora Vaca nuestro marinero se sentía seguro y en las noches frías en el mar le procuraría un calorcillo agradable. Ya se veía recostado en ella observando las estrellas en las noches claras.

—¡Creo que por fin he encontrado mi compañera ideal!

Mario estaba muy contento. Presentía que el viaje sería una maravillosa experiencia y que la señora Vaca se convertiría en una gran marinera y en una gran amiga.

Algunos vecinos de Isla Imaginada que los vieron llegar a puerto se reían y comentaban:

—¿Dónde se ha visto una vaca marinera?

—Este Mario ha perdido la chaveta ¡Vaya pareja más rara!

Pero a Mario no le importó lo que decían y en pocos días preparó lo necesario para el viaje.

Sabía que la voluntad, las ganas de aprender, la alegría y el compañerismo de la señora Vaca eran mucho más importantes que la habilidad, la belleza, la forma física y el tamaño.

Pasados tres meses, los que estaban en el puerto vieron aparecer en el horizonte el barco de Simbad y esperaron impacientes su llegada al muelle.

La señora Vaca y Mario bajaron a tierra bronceados y contentos. Contaban, a quién quisiera escucharlos, sus aventuras a través de los mares: ballenas enormes como islas, tormentas y huracanes, simpáticos delfines que los acompañaron durante largas jornadas y ¡hasta sirenas vieron! También habían avistado barcos pirata y habían rescatado náufragos, que devolvieron a sus tierras de origen.

Además de todo eso, portaban con ellos esquejes y brotes de plantas desconocidas en la isla que en poco tiempo llenaron los jardines de frutos exóticos y flores exuberantes.

Aquellos que se rieron de la rara pareja de marineros que formaban la señora Vaca y Mario tuvieron que reconocer que se habían equivocado y que no hay que juzgar nunca por las apariencias.

Nuestro Pequeño Marinero cumplió su sueño de realizar un gran viaje, pero lo que no soñó es que encontraría una amiga tan especial ¡Aunque tenía que tener cuidado de que no lo aplastara sin querer!

FIN

La Pequeña Hada y Lala

Ilustración: SteeveeJ

En aquellos días, los vecinos de Isla Imaginada andaban un poco aburridos. Entre ellos comentaban que hacía mucho tiempo que no sucedía nada extraordinario, importante o diferente de la rutina habitual.

También nuestra amiga, la Pequeña Hada, se aburría, así que empleaba sus días en favorecer a sus paisanos con pequeños encantamientos: encontrar un anillo perdido, apaciguar los insistentes rebuznos de un burro con un jarabe milagroso, fabricar polvos mágicos para que los zapatos del cartero fueran más deprisa… En fin, cosas sin importancia.

Hasta que una noche, terribles ráfagas de viento, que azotaban calles y ventanas, tuvieron a todos en vela. ¡Aquello era un torbellino impresionante!

Al día siguiente, muy tempranito, el canguro Horacio salió a desayunar como cada día. En dos saltos, se colocó junto al estanque y ¡¡¡ohhhhhhhhhhhh!!!, tal fue su descubrimiento, que salió pitando, mejor dicho, saltando, a compartirlo con todo el pueblo:

—¡Vecinos! ¡Vecinos!  ¡Todos al estanque! ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Es increíble! ¡Es enorme!

Adormilados, se asomaban a puertas y ventanas:

—Pero, Horacio, ¿qué sucede?

—¿Qué horas son estas?

—¡Con la noche que hemos pasado por culpa del viento!

Horacio seguía con su cantinela y los fue guiando hacia el estanque. La mayoría aún iba en pijama, nadie había querido entretenerse porque la curiosidad era muy grande.

A medida que se acercaban, los vecinos vieron en medio del estanque, allí donde el agua era más profunda, una gran, gran, bola moviéndose arriba y abajo, arriba y abajo, haciendo un ruido como un soplido.

El canguro Horacio miró a sus amigos y les dijo:

—¿Qué me decís? ¿No es extraordinario?

Se miraban unos a otros, cada cual daba su opinión

—Es una piedra gigante.

—Un meteorito ¡Sin duda!

—Un gran bombón.

Tita, la tortuga, que la pobre había sido la última en llegar, dio también su opinión

—¡Nada de eso! ¿No veis que respira? ¡Es un animal! ¡Seguro!

Fue entonces, ante tanto ruido, que la gran bola del estanque se despertó y todos pudieron ver cómo del agua surgía una cabezota, con una gran boca, llena de dientes, grandes colmillos y una lengua enorme, que de un gran rugido, acompañado de un soplido, tumbó a todo el mundo por los suelos. La pobre Tita se quedó panza arriba y necesitó la ayuda de dos asnos para volver a ponerse en pie.

Asombrados quedaron todos al ver, en medio del estanque, a la hipopótama más grande que nunca hubieran imaginado.

La verdad era que la más sorprendida y espantada era ella, que los miraba con cara de susto:

—¿Dónde estoy?

En cuanto habló, volvió a salir de su bocaza un huracán que tiró por los suelos a la mayoría de los presentes. Menos mal que Tita estaba bien cobijada entre las patas de los asnos y, esta vez, se salvó del revolcón.

El canguro Horacio, el descubridor, fue el portavoz de los vecinos:

—Señora hipopótama, estás en Isla Imaginada, el país donde habitan todos los personajes de los cuentos que existen o han de existir. ¿Cómo has llegado hasta aquí y cuál es tu nombre? Pero, por favor, contesta bajito para que no salgamos volando.

La pobre hipopótama, haciendo un esfuerzo para no levantar mucha ventolera, les explicó:

—Soy Lala, me he escapado de un cuento que no me gustaba. Tenía que perseguir a los niños para asustarlos y eso a mí no me gusta nada ¡A mí me gustan los niños! Así que esperé al primer huracán que pasó, pude subirme a él y llegué hasta aquí. Por favor ¡dejad que me quede con vosotros! Prometo que no hago daño a nadie —Y entonces, sin ya poderse aguantar más, empezó a llorar con unos sollozos que emocionaron a los que allí estaban. Suerte que, en previsión de otra avalancha de aire, se habían agarrado a los árboles, echado piedras en los bolsillos y cogido unos a otros para no caer— ¡Ayyyyyyyyyy! ¡Ayyyyyyyy! ¡Buaaaaaaaaa! ¡Buaaaaaa!

Las hojas de los árboles empezaron a temblar y caían como si ya hubiera llegado el otoño; en el estanque se creaban remolinos que sacaron a la superficie a los peces que nadaban en el fondo; y las ranas, molestas, empezaron a croar sin parar.

La escandalera era tal, que ya, en toda la isla, no quedaba un alma dormida, y menos aún nuestra amiga la Pequeña Hada, que llegó tarde a la reunión porque se había entretenido, tan presumida era, en peinarse unas bonitas trenzas que en cuanto pisó la calle se le deshicieron debido al huracán creado por el llanto de Lala.

Como la Pequeña Hada era muy querida y respetada, en cuanto llegó empezaron a pedirle opinión y a ponerla al día de la aventura de la pobre hipopótama.

—¿Tú qué opinas Pequeña Hada?

—¿Se puede Lala quedar con nosotros?

—Pero ¿cómo haremos para no vivir en un continuo torbellino en cuanto abra la boca?

La Pequeña Hada se aproximó a la orilla del estanque y habló así:

—Querida Lala, fuiste muy valiente al huir de un cuento que no te hacía feliz. Has venido al sitio adecuado. Aquí nadie te va a obligar a hacer algo que no quieras. Así que puedes estar tranquila. Puedes vivir en este estanque y ya pensaremos en algo para que no nos hagas volar a todos

En ese momento, Lala se sintió tan agradecida y contenta que dejó escapar una gran risotada:

—¡Ja, ja, ja, ja, ja! ¡Gracias, amigos!

¡Y ya estamos! De nuevo un huracán barrió todo el parque. Algunas gallinas huyeron despavoridas, prometiéndose no volver nunca más al estanque porque la fuerza del aire las había dejado sin plumas.

Con tantas emociones, a Lala le entró hambre y salió del agua para tomar un rico desayuno de las frescas hierbas que crecían alrededor.

Los vecinos de Isla Imaginada aprovecharon ese intermedio de paz para parlamentar:

—Hemos de encontrar una solución.

—Tiene que haber una manera para hacer que cesen los torbellinos que salen por su boca.

—¿Y en verano qué? ¡Nuestros niños y cachorros vienen a bañarse aquí! Lala ocupa casi todo el estanque y además los puede asustar, es que ¡es tan grande!

—¡Es muy grande! ¡Ese es el problema!

—La Pequeña Hada nos tiene que ayudar, siempre lo hace.

Así que la Pequeña Hada, que escuchaba pensativa, les dijo:

—Está bien, buscaré una solución. De momento, dejemos a Lala en paz. No nos acerquemos demasiado y os pido un favor: que nadie le haga cosquillas ni le cuente un chiste.

Ahora fueron los vecinos los que rieron de buena gana. Volvieron todos a sus hogares, cerraron bien puertas y ventanas en previsión de nuevas ráfagas de viento y procuraron no salir a la calle para no salir volando y acabar en la Luna.

La Pequeña Hada iba por el camino repasando las palabras del señor Oso: «Es muy grande. Ese es el problema».

Desde luego, su problema era el tamaño, nadie había visto nunca, ni siquiera en los libros, una hipopótama tan enorme. «Si fuera más pequeña, su potencia huracanada se reduciría y podría vivir sin problemas entre nosotros», se dijo la Pequeña Hada.

Todos esos pensamientos dieron doscientas vueltas en su cabecita, donde ya se vislumbraba una solución para el problema de Lala.

Decidida, la Pequeña Hada dio media vuelta y volvió al estanque, con los bolsillos cargados de piedras, ¡por si acaso!, y llamó a la hipopótama:

—¡Lala! ¡Lala!, creo que puedo ayudarte, pero tienes que decirme si te parece bien la solución que se me ocurre. Escúchame y después me contestas ¡pero bajito!

La hipopótama movió la cabeza de arriba abajo para indicarle que estaba de acuerdo y la Pequeña Hada le explicó:

—Estarás de acuerdo en que tu problema, ¡y el nuestro!, es que eres demasiado grande para vivir en este estanque y que tu voz, tan potente, desencadena algunos inconvenientes para nosotros. He pensado que si tu tamaño fuera más pequeño no habría ningún problema y estaríamos contentos de que fueras una nueva vecina. En el Gran Libro de los Conjuros para Hadas Buenas tiene que haber uno que nos sirva. Lo investigaré ¿Estás de acuerdo?

Los ojos de Lala se llenaron de lágrimas y con toda la suavidad que pudo respondió

—¡Oh!, eso sería maravilloso ¿De verdad podrías hacerlo?

—¡Pues claro Lala! ¡No hay nada imposible para la Pequeña Hada!

—Pues confío en ti. ¡Adelante!

Caminando deprisa, llegó a la Gran Biblioteca Hadística y fue directa a la mesa donde se consultaba el Gran Libro de los Conjuros para Hadas Buenas. Era un libro muy gordo y había que tener paciencia para encontrar el encantamiento adecuado. Las horas pasaron volando para la hadita consultando hojas y hojas, capítulos y más capítulos hasta que encontró uno que llamó su atención: «Conjuros para engrandecer y empequeñecer animales».

—¡Ya está! ¡Tiene que ser aquí! ¡Aquí estará la solución para Lala!

Estudió todo el capítulo con mucha atención, porque no podía equivocarse. Si en lugar de empequeñecer a la hipopótama la engrandecía, ¡sería un lío gordísimo!

Trabajó hasta estar segura de tener el conjuro perfecto y se dirigió al estanque donde Lala la esperaba impaciente.

—¡Lala! ¡No digas nada! escucha atentamente. He hallado el encantamiento para hacerte más pequeña, si quieres que siga adelante con él di que sí con la cabeza.

Y eso fue, exactamente, lo que la hipopótama hizo.

Entonces, La Pequeña Hada sacó su varita y haciendo con ella grandes círculos en el aire pronunció las palabras mágicas:

Varita brillante,

varita bonita,

que esta hipopótama

se haga pequeñita,

que su risa sea brisa

y su aliento un suspiro.

¡Mágica varita, yo te lo pido!

Inmediatamente, una cascada de puntitos brillantes escapó de la varita mágica y envolvió a Lala, que con los ojos abiertos como platos esperaba temerosa lo que pudiera pasar. Notó que le empezaban a subir cosquillitas desde las patas hasta las orejas mientras iba viendo cómo, a su alrededor, los árboles, las flores y hasta la Pequeña Hada se iban haciendo más y más grandes.

Pero lo que pasó, en realidad, es que ella se fue haciendo más pequeñita y tuvo que nadar hasta un lugar menos profundo de la laguna, porque ya no tocaba con sus patas el fondo.

La Pequeña Hada estaba entusiasmada, ¡el encantamiento había funcionado! Ahora, la hipopótama Lala era del tamaño de cualquier oveja de las que por allí pastaban.

—¡Hurra! ¡Hurra! ¡Funcionó! ¡Lala di algo! ¡Quiero oír tu voz!

Y Lala, complaciendo a su amiga, lanzó un grito lo más fuerte que pudo y que apenas si movió el flequillo de la Pequeña Hada y algunas hojas de un árbol cercano.

Nuestra Hadita había sacado del apuro a la ahora pequeña hipopótama y a todos los habitantes de Isla Imaginada. En adelante, podrían vivir tranquilos sin necesidad de andar con la preocupación de si iban a salir volando, y en verano podrían ir a refrescarse al estanque, como cada año. ¡Mejor aún!, porque ahora tenían una nueva amiga con quién compartir juegos.

FIN

El Pequeño Marinero y la rosa triste

A nuestro amiguito Mario, el Pequeño Marinero, lo arrojó a la orilla de la playa Grande de Isla Imaginada una gran ola una noche de tormenta. En este último año, Mario se ha convertido en un jovencito intrépido y aventurero. ¡Nada le da miedo! Ha convencido a Popeye, el Marino, para que lo lleve con él a explorar el mundo, mejor dicho, los océanos, y prepara con mucho entusiasmo su primer largo viaje.

Hace unos días, estaba muy atareado haciendo el equipaje cuando llamó a la puerta su vecino el conejito, un chismoso de cuidado que se pasa el día dando vueltas por el barrio para luego llevar las novedades a unos y otros.

—¡Ehhh! ¡Mario, vecino!, ¿quieres saber qué pasa en el prado del granjero Pepe?

El Pequeño Marinero, un poco enfurruñado con el conejo por haber interrumpido su tarea, contestó:

—Mira, conejito, ahora estoy muy ocupado, vuelve otro rato.

—¡Ohhhh, qué pena! Te quedarás sin saber por qué la rosa no hace más que llorar…

—¿Que la rosa está llorando? ¿Por qué? —A Mario le picó la curiosidad.

La rosa es una preciosa flor que solo vive en los prados de Isla Imaginada, su perfume es único, dulce como una gominola, y sus pétalos suaves como terciopelo.

—¡Si no vienes, no lo sabrás! ¡Vamos! —apremió el conejito.

Mario dejó el equipaje a medio hacer y siguió al conejo.

Faltaba poco para llegar al prado del granjero Pepe, cuando empezaron a oír los tristes lamentos:

—¡Ayyyyyy! ¡Pobre de mí! ¡Nadie me puede ayudar!

La pobre rosa lloraba resignada; las lágrimas caían de sus pétalos como si de rocío se tratara.

Mario y el conejito se acercaron curiosos y, preocupados, se sumaron al círculo que alrededor de la triste rosa habían formado varias familias de hormigas, dos lagartijas, un pato y tres gallinas. En silencio, contemplaban el rosal del que brotaba una única rosa, aún un capullo, del color rojizo del cielo cuando el sol se va a dormir.

—¡Ayyyyyyyyyy! –seguía quejándose la flor.

El Pequeño Marinero se sintió conmovido con su tristeza y le habló así:

—A ver, preciosa rosa, ¿por qué estás tan triste? ¿Cuál es la pena que te aflige?

—Nadie me comprende, marinerito ¡No sabéis la suerte que tenéis todos los que aquí estáis! Nadie me puede ayudar —replicó la rosa.

—Explícate, pues, amiga. Si no compartes con nosotros lo que te apena, seguro que no podremos ayudarte. ¡Cuéntanos!

—Está bien. Veréis, me gusta mucho ser flor. Sé que mi perfume os encanta, que gozáis con mi belleza y, al pasar por mi lado, procuráis no pisarme. Si la tierra está seca, me regáis y cuando el invierno llega y me voy a dormir, esperáis con ansia a que brote de nuevo anunciando la primavera. Pero yo os envidio a vosotros porque sois libres. Vais de un lado a otro cuando queréis. El conejo salta por el prado; el pato se baña en el estanque; las hormigas entran y salen de su hormiguero; las gallinas se pasan el día picoteando de aquí para allá, cacareando; y las lagartijas buscan el sol para calentarse. Sin embargo, yo estoy atada a la tierra. Llueva o haga sol no puedo moverme. No conoceré jamás otras tierras que no sean las que veo a mi alrededor. No puedo ir de visita a otras granjas ni buscar refugio para las tormentas ¿Por qué las flores no tenemos patas? ¡Ayyyyyyyyyyyyy!

Ni los animalitos allí reunidos ni y el Pequeño Marinero supieron qué decirle a la rosa triste. Jamás se les hubiera ocurrido que una flor tan hermosa pudiera ser tan desgraciada y sabían que era muy difícil poder ayudarla.

Mario la comprendía perfectamente, él mismo estaba deseando salir de su país, Isla Imaginada, para conocer otros mundos. No quería rendirse y habló por todos:

—Amiga rosa, ¡te vamos a ayudar! Esta noche consultaremos con la almohada y encontraremos una solución para que no te sientas triste nunca más. ¡Mañana vendremos a verte!

Cuando se hubieron alejado lo suficiente para que la flor no los escuchara, los animalitos, alborotados, replicaron a Mario:

—Pero, Pequeño Marinero, ¡es imposibleeeeee ayudar a la rosa! –se lamentaba el conejito fisgón.

—¡Coc,coc, coc!, las flores no tienen patas ¡Es imposible! –cacareaban las gallinas.

—¡Vaya lío!, ¡vaya lío! —repetían hormigas y lagartijas.

—¡Cuac, cuac! ¿Qué le diremos mañana a la rosa triste? —apostilló el pato.

Pero Mario estaba convencido de que, entre todos, encontrarían el modo de ayudar a la flor.

—No seáis pesimista, procurad poner todo vuestro empeño e inteligencia en encontrar una solución. ¡No podemos consentir que la rosa siga tan triste! Así, que ¡a pensar! Mañana temprano nos reunimos aquí.

La noche fue larga. Poco a poco, cansados de tanto cavilar sin hallar solución, el sueño los fue venciendo a todos… A todos menos a Mario, que seguía dando vueltas, pensando y pensando, hasta que, rendido y con los pies doloridos de tanto andar arriba y abajo, se sentó en su sillón favorito para quitarse sus botas marineras. Al quitarse la izquierda, observó que en la suela había quedado pegado un pequeño terrón de tierra; de él sobresalían, por un extremo, las hojas de una pequeña plantita de hierba y por el otro, las raíces.

—¡Viva, viva!¡Encontré la solución! —El Pequeño Marinero brincaba contento porque ya sabía cómo ayudar a la rosa triste.

A la mañana siguiente, se reunieron como habían convenido. Los animalitos desanimados, porque no habían sido capaces de dar con solución alguna y Mario muy contento, porque tenía un plan.

—Escuchad, ya sé lo que haremos, es muy sencillo: arrancaremos el rosal, que es la casa de la rosa, con mucho cuidado para no dañar las raíces, y lo plantaremos en un recipiente donde quepa suficiente tierra para alimentar a la rosa; yo la regaré cada día para que esté siempre fresca.

—Pero, Mario, la rosa lo que quiere es ver otros paisajes y moverse como si tuviera patas —argumentó el conejito.

—¡Y lo hará! ¡Vaya si lo hará! La llevaré conmigo en mis viajes en el barco de Popeye. ¡Allí dónde yo vaya, irá ella también! ¿Qué os parece?

Los animalitos estuvieron de acuerdo en que era una magnífica idea y corrieron a explicarle a la rosa el plan.

—¡Qué gran idea! ¡Me encantará viajar contigo Pequeño Marinero!, aunque me da miedo que podáis hacerme daño al arrancarme de la tierra —dijo la rosa preocupada.

Entre todos la convencieron de que no sufriría ningún daño y aquella misma mañana empezaron la tarea de buscar un recipiente adecuado, que se convertiría en el nuevo hogar de la rosa. Se les ocurrió ir a ver a la Pequeña Hada, siempre dispuesta a ayudar en lo que fuera, y ella, generosa, les regaló un gran cubo de latón casi nuevo que ellos se encargaron de convertir en una linda casita. Las lagartijas lo pintaron con sus rabitos y las gallinas hicieron agujeritos para el agua sobrante con sus piquitos.

Mientras, las hormigas, el conejo y el pato, con gran cuidado para no dañar las raíces, se atareaban en sacar el rosal de la tierra. Las hormigas excavaron túneles alrededor de la planta y el conejo y el pato sacaron la tierra despacito. Una vez libre, Mario, con mimo, colocó la planta en el cubo que les había regalado la Pequeña Hada, que, pintado de colorines, había quedado precioso.

Cuando el trabajo estuvo terminado, cansados pero contentos, vieron que la rosa lloraba, pero ahora de alegría.

—¡Gracias a todos, amigos, al fin podré ver mundo!

Ahora, el Pequeño Marinero y la rosa son inseparables. Los dos están muy ilusionados y deseando emprender su primer largo viaje. Han decidido que allí adonde vayan, la rosa viajera dejará su simiente para que nazcan nuevas rosas y sean admiradas por su belleza y aroma. Gracias a la generosidad de los animalitos y al ingenio del Pequeño Marinero, en todos los jardines del mundo se podrá contemplar la más hermosa de las flores: la rosa de Isla Imaginada.

FIN

La Pequeña Hada y los sueños

Ilustración: Virginia Carrillo

La Pequeña Hada ya se ha convertido, después de cuatro años de estudios, en un hada titulada. Está muy, muy contenta con su resplandeciente diploma; lo ha puesto en un marco y lo ha colgado en la pared del salón. Ahora ya puede usar su varita mágica para prestar ayuda a quién pueda necesitarla; deshacer enredos y malentendidos —siempre con el fin de hacer el bien—; y procurar felicidad. Pero lo que nunca debe hacer es usar sus poderes contra nadie.

El mismo día que obtuvo su diploma, después de colgarlo y deseosa de ponerse a trabajar, lo primero que hizo fue poner una nota en el tablón de anuncios de la Plaza Mayor de Isla Imaginada, el lugar en el que vive y en el que también habitan todos los personajes de nuestros cuentos.

Decía así:

Se ofrece hada titulada para aquél que lo necesite. encantamientos, hechizos y sortilegios varios.

Firmado: Pequeña Hada, casita lila en el camino del Bosque Pequeño.

¡Listo! ¡Ahora a esperar clientela!

Muy ilusionada en empezar a trabajar, esperó en su casita lila a que alguien respondiera a su oferta.

Transcurrieron dos días sin que ocurriera nada, pero a la tarde del tercer día llamaron a su puerta.

—¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!

—¡Enseguida voy!

La Pequeña Hada iba por el pasillo corriendo, nerviosa, pues no sabía a quién hallaría tras la puerta.

—¡Buenas tardes, señor Gallo y señora Gallina!

Efectivamente, los que habían llamado a su puerta eran don Gallo y doña Gallina, que venían acompañados de un precioso pollito, su hijo. Sus plumitas eran amarillas como los girasoles y su piquito colorado como las rosas rojas, pero la Pequeña Hada se dio cuenta de que los ojitos del pollito estaban tristes y tenían ojeras.

—¡Buenas tardes! ¿Eres tú la Pequeña Hada que ha puesto el anuncio en la Plaza Mayor?

—Sí, señor Gallo, la misma. Encantada de conocerlos, pero, por favor, pasen, pasen y cuéntenme qué los trae a mi casa.

La Pequeña Hada les ofreció bebida y pastelitos de maíz —¡era muy buena anfitriona!—, y le dejó al pollito varios cuentos y entretenimientos para poder charlar tranquilos y, entonces, doña Gallina le contó el problema que hasta ella los había llevado.

—Verás, Pequeña Hada, la ayuda que pedimos es para nuestro pollito Plumitas. Lleva ya varias semanas sin dormir bien. Tiene sueños feos, se despierta piando y asustado, despierta a los demás pollitos, sus hermanos y el gallinero se revoluciona.

También se despiertan los granjeros pensando que es la hora de empezar las labores, y al darse cuenta de que aún no ha salido el sol, quedan desconcertados y les cuesta volver a dormirse. Comprenderás, Pequeña Hada, por qué estamos tan preocupados. Plumitas, en sus sueños, ve un monstruo de color rosa que lo asusta. Nosotros sabemos que es solo un sueño y así se lo decimos, pero no funciona y ya no sabemos qué hacer para consolarlo.

Ilustración: Virginia Carrillo

Don Gallo y yo misma lo abrazamos con nuestras alas y le piamos dulces canciones para que vuelva a dormirse, le contamos cuentos bonitos y todos sus hermanos le desean sueños felices, pero al poco rato de quedarse dormido vuelve a despertarse.

La Pequeña Hada escuchó, muy atenta, sus explicaciones mientras observaba de lejos al pobre Plumitas. ¡Ella solucionaría aquel problema! ¡No consentiría que un animalito tan dulce e inocente sufriera por culpa de los malos sueños!

—Señor Gallo y Señora Gallina, ¡yo los ayudaré! Es un caso de urgencia máxima que ese monstruo rosa desaparezca para siempre. Vuelvan a verme dentro de tres días.

Los papás de Plumitas, muy agradecidos, quedaron en volver al cabo de tres días y la Pequeña Hada besó con ternura al pollito y le dedicó una gran sonrisa que hizo feliz por un momento al pequeñín.

Aquella noche, la Pequeña Hada se puso manos a la obra y se empleó a fondo tratando de encontrar el mejor remedio para los malos sueños de Plumitas. Consultó todos sus libros de encantamientos y hechizos. Repasó el manual de su flamante varita mágica. Estudió al detalle la enciclopedia del mundo de los sueños y hasta telefoneó a la Gran Hada Buena para consultarle qué hacer con los monstruos inoportunos.

Tras tanta agitación, y ya segura de haber hallado la solución, se echó un sueñecito reparador y al despertarse se encaminó al supermercado Mundo Mágico, que es el súper en el que las hadas compran lo necesario para elaborar sus encantamientos. En él venden polvo de estrellas, arena de desiertos de oro, hierbas mágicas y curativas, especias con poderes venidas de mundos lejanos, polen de flores milagrosas e infinidad de piedras y cristalitos de colores, varitas de repuesto, cajitas, estuches y recipientes varios donde guardar las elaboraciones y otros cientos de ingredientes secretos que no se pueden revelar.

Contenta, aunque un poquito nerviosa, tras repasar la compra para comprobar que no se dejaba nada —¡quería que el hechizo saliera bien!—, caminó deprisita para llegar a casa y comenzar a preparar el hechizo que hiciera desaparecer al monstruo rosa.

Pasó todo el día siguiente trabajando, ¡ni siquiera se acordó de comer!, y al caer el sol, dio por terminado el encantamiento con estas palabras mágicas:

Que un hada acompañe cada noche al que duerme

Que sus sueños sean dulces como un pastel

y los monstruos  se alejen para no volver.

Estrellas brillantes, luna redonda

Que este hechizo nunca se rompa.

Ahora solo había que esperar a que diera resultado.

Al día siguiente:

—¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!

Era bien temprano cuando llamaron a la puerta y, efectivamente, eran los señores Gallo y Gallina.

—¡Buenos días! –saludó la Pequeña Hada con una gran sonrisa. ¡Pasen, por favor!

La Señora Gallina habló en primer lugar:

—Dime, Pequeña Hada, que has encontrado la solución al problema de Plumitas. ¡Eres nuestra última esperanza!

La Pequeña Hada les tendió un cofrecillo de madera adornado con cristalitos de colores y espejos que relucían y les explicó lo que debían hacer.

—Cuando Plumitas se vaya a dormir, esparcid en su almohada la purpurina mágica que hallaréis en el cofre.

—¿Y ya está? —preguntó desconfiado don Gallo.

—No os preocupéis, el encantamiento ya está hecho. Cuando Plumitas se duerma, un Hada de los Sueños lo acompañará para que nunca vuelva tener sueños feos.

El Señor Gallo y la Señora Gallina prometieron esparcir cada noche la purpurina en la almohada de Plumitas.

La Señora Gallina, antes de irse, quiso ver la purpurina y al abrir el cofre se quedó con el pico abierto: ¡allí dentro no había nada!

—Pequeña Hada, ¡aquí no hay nada! ¡Este cofre está vacío!

—Ohhhhh —exclamó la hadita— ¡Qué tonta! Me olvidé de advertiros que la purpurina es mágica y, como tal, es invisible. Bastará con que cojáis un pellizco del interior del cofre cada noche y hagáis el gesto de esparcirlo por la almohada. Ya os he dicho que es purpurina mágica. Además, no se agotará jamás; siempre que abráis el cofre, habrá purpurina mágica y podrán heredarlo vuestros hijos y nietos por si algún otro pollito necesitara de su magia.

Así que los señores Gallo y Gallina, confiados de los poderes de la Pequeña Hada, le agradecieron mil veces lo que había hecho por el pollito y quedaron en darle noticias sobre cómo había funcionado la purpurina invisible.

La Pequeña Hada esperaba, impaciente, noticias del gallinero y no hacía otra cosa que dar vueltas por la casa. Tantas vueltas dio, que hasta se mareó y tuvo que sentarse a descansar. Pasadas dos noches llamaron a la puerta:

—¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!

—¡Hola, señora Gallina! ¡Bienvenida!

La mamá de Plumitas apareció en la puerta con una gran cesta y una sonrisa enorme en su pico. Hasta las plumas de sus alas estaban revueltas de tanta agitación como llevaba.

—¡Ohhhhhh!, ¡Pequeña Hada!, ¡has salvado a nuestro pollito! Desde que esparcimos la purpurina mágica en su almohada, descansa toda la noche como un lirón y tenemos que despertarlo a la salida del sol porque duerme profundamente. ¡Está mucho más contento y todo el gallinero también!

Aquí te traigo una cesta de huevos para que hagas magdalenas. ¡He oído que te salen muy ricas!

Si en alguna ocasión necesitas la ayuda de una familia de gallinas, no dudes en mandar aviso a la granja. Además, hablaremos de tu buena magia para que en Isla Imaginada todos te conozcan.

La Pequeña Hada no podía estar más contenta, ¡había superado con éxito su primer encargo! Y, lo mejor de todo, era que había podido ayudar a un animalito a perder el miedo a los sueños.

Los sueños siempre deben ser bonitos y, si no es así, también nosotros podemos comprar un pequeño cofre y recitar las palabras mágicas mientras esparcimos sobre nuestra almohada purpurina invisible. ¡Así, un Hada de los Sueños velará mientras dormimos!

FIN

La Pequeña Hada y las magdalenas flotantes

Ilustración: nicolas-gouny-art

La Pequeña Hada estaba muy contenta, había terminado su tercer año en la Academia de Hadas Buenas y le habían entregado una nueva varita mágica.

Por supuesto que no había terminado sus estudios, así que, aunque su varita no tenía un poder infinito, sí podía efectuar pequeños encantamientos con ella, siempre y cuando fueran para aliviar tristezas y penares; mejorar la vida de algún ser; facilitar entuertos o causar divertimentos inocentes.

Era tan bonita, que no se cansaba de mirarla. Estaba coronada por una estrella y cuando el sol la tocaba, despedía miles de resplandecientes rayos de colores, como si estuviera hecha de diminutos espejos.

Así iba nuestra amiguita, saltando de alegría y feliz, dibujando figuras en el aire con su varita, como si fuera una imaginaria batuta. Dirigiendo una orquesta de mariposas, pajarillos y abejas en una brillante sinfonía inventada.

Tanta emoción había llegado hasta su tripa, que empezaba a reclamar la merienda. Por lo que nada más llegar a casa, se puso manos a la obra y en un plis plas tenía una bandeja de magdalenas dorándose en el horno:

—¡Mmmm! ¡Estoy deseando que se enfríen para comérmelas todas! —se decía relamiéndose al pensar en lo ricas que estarían con esa costra azucarada por encima, cuando, «toc, toc, toc», una llamada en su puerta la interrumpió:

—Hada, soy Osito, ¡abre!

—Hola Osito, ¿qué haces por aquí?

—Mamá, papá y yo perseguíamos a Ricitos de Oro, que se ha comido toda nuestra sopa, cuando me ha traído hasta aquí un aroma delicioso.

—Es de las magdalenas que se están horneando. Si te esperas, te regalaré una.

—Sí, muchas gracias, Pequeña Hada, ¡tengo tanta hambre! ¿Y podrías también regalarme una para mamá y otra para papá?

—¡Por supuesto!

La Pequeña Hada era generosa y como Osito había sido muchas veces su compañero de juegos, estaba encantada de compartir con él sus magdalenas.

De pronto, les llegó desde la calle un pequeño alboroto; un elefante y una vaca porfiaban.

—¡Te digo que es pastel!, vaca ignorante.

—¡Y yo te digo que es bizcocho!, elefante tragón.

—¿Crees que tu nariz chata puede competir con mi trompa?

—¡Pues claro!, porque en tu larga trompa el olor se pierde.

La Pequeña Hada y Osito se miraban asombrados ante tan absurda discusión.

—A ver, a ver, ¿por qué discutís? —preguntó La Pequeña Hada.

—Venimos siguiendo el rastro de un aroma dulce y delicioso, pero no nos ponemos de acuerdo en si es pastel de limón o bizcocho de chocolate. En lo que sí estamos de acuerdo es en que proviene de tu cocina. ¿Puedes decirnos qué estás cocinando y así saldremos de dudas?

De este modo hablaron el elefante y la vaca, y se quedaron aguardando la respuesta.

—Pues ya podéis dejar de reñir porque ninguno de los dos ha acertado ¡Son magdalenas! —dijo la Pequeña Hada.

—¡Ohhhhhh! —exclamaron al unísono los dos animales— ¡Magdalenas! ¿Nos dejarás probar una? —rogaron.

La Pequeña Hada no podía negarse.

—¡Claro!, en cuanto salgan del horno.

La vaca le pidió también una para su ternerito y el elefante otra para una leona desdentada, a la que el dulce le encantaba.

El barullo atrajo a más vecinos, que también querían magdalenas para ellos mismos, para sus hermanos, vecinos, compañeros… Y a todos, la Pequeña Hada dijo que sí. ¿Qué otra cosa podía hacer? Les pidió que regresaran al cabo de una hora y se encerró en su cocina.

—¡Menudo lío! ¡No hay magdalenas para todos! ¿Qué haré? ¡No tengo tiempo de hornear más! Y, para colmo, se me ha terminado la harina. Tengo que pensar en algo rápido…

En estas cavilaciones andaba, cuando vio sobre la mesa de la cocina su varita nueva y decidió que era la ocasión perfecta para estrenarla. Inventaría un encantamiento y multiplicaría las magdalenas para que todos sus amigos tuvieran la suya ¡Qué magnífica idea!

Sin perder ni un instante, empuñó la varita y, al mismo tiempo que pronunciaba las palabras mágicas, dio unos golpecitos con ella en la puerta del horno:

¡Magdalín, magdalán!,
pocas magdalenas en el horno hay.
Varita, me has de ayudar y por cien multiplicar.
Una, dos y tres, ¡magdalenas por doquier!
¡Que todos puedan comer!

Se quedó mirando el horno esperando a que el hechizo surtiera efecto.

Pasaron dos minutos y nada.

Impaciente, pensó que no había pronunciado las palabras mágicas con suficiente fuerza y entonación, así que repitió el encantamiento con voz más grave y potente y golpeó de nuevo la puerta del horno con su varita:

¡Magdalín, magdalán!,
pocas magdalenas en el horno hay.
Varita, me has de ayudar y por cien multiplicar.
Una, dos y tres, ¡magdalenas por doquier!
¡Que todos puedan comer!

¡No pasaba nada! Habían trascurrido tres minutos más y empezaba a desesperarse, cuando se oyó un extraño ruido. Era como si mil pompas de jabón explotaran una tras otra, ¡plaf! ¡plaf! ¡plaf!

¡Zooooommmm!, la puerta del horno salió disparada y de su interior empezaron a salir magdalenas ¡Cientos de magdalenas! Flotaban por la cocina y escapaban por la ventana, como si de una bandada de parajillos se tratara.

La Pequeña Hada, del susto, se cayó al suelo y al instante las magdalenas la rodearon. ¡Vaya si había funcionado la varita!

Se abrió paso como pudo entre los apetitosos proyectiles y salió a la calle, donde cientos de magdalenas flotaban por el aire, como si la tierra hubiera perdido su gravedad.

Los habitantes de Isla Imaginada se afanaban tras ellas intentando atraparlas. Unos con cazamariposas, otros con capazos o cestas y los más, con las manos. Llenaban bolsillos y sombreros y el elefante tragón corrió a buscar una sábana de su cama —de tamaño elefante, claro— para recoger más magdalenas que nadie.

La calle era una fiesta. Todos reían, corrían y saltaban, tropezando unos con otros intentaban alcanzar el esponjoso dulce, pero a nadie le preocupaba, porque desde la ventana de la casita de la Pequeña Hada seguían saliendo más y más magdalenas ¡Habría rica merienda para todos durante muchos días!

Poquito a poco, el hechizo se deshizo y la Pequeña Hada fue felicitada por sus vecinos, que empezaban a marcharse a sus casas:

—¡Que idea tan bonita has tenido, hadita! —le dijo El Patito Feo.

—¡Otro día puedes hacer pastel de chocolate! —le pidieron Hansel y Gretel.

—No, no, ¡fresas con nata! —le rogó una Princesa encantada.

—¿Os imagináis miles de fresas envueltas en nubes de nata? ¡Mmmmmm! —Se relamió Osito.

Todos tenían la tripa llena, los cestos y bolsillos repletos y, lo mejor de todo, habían pasado una tarde estupenda disfrutado juntos, que era lo que más les gustaba.

Cuando todos se fueron, la Pequeña Hada se quedó pensativa. Sabía que algo en su encantamiento no había salido bien. Volvió a coger su varita y mirándola fijamente le preguntó:

—Dime, varita maravillosa, ¿qué hice mal? ¿Qué pasó?

—Yo te diré lo que pasó, Pequeña Hada —La interrumpió la Gran Hada Buena, que había presenciado en silencio todo el espectáculo—. Debes aprender a ser paciente. La varita es mágica, pero necesita tiempo para que el encantamiento se produzca. Cinco minutos son suficientes, pero tú no has sabido esperar y con cada golpe de tu varita, el hechizo ha comenzado de nuevo, así que se ha multiplicado cientos de veces.

—¡Vaya! Siento muchísimo todo este embrollo de magdalenas flotando ¡Estoy muy arrepentida! –Trató de disculparse.

—Bueno, no ha sido tan grave. Gracias a ti hemos pasado un rato memorable. Se hablará durante mucho tiempo de la tarde en la que flotaron las magdalenas, Y además, ¡qué caramba!, ha sido tan divertido… Aunque te daré un consejo: cuando cocines, cierra la ventana, no me gustaría que escaparan por ella fideos, garbanzos o calabacines.

Y sonriendo, la Gran Hada Buena enfiló camino adelante con un gran cesto repleto de magdalenas colgando de su brazo.

Más tranquila, la Pequeña Hada guardó la varita en un cajón. Pero se cuidó mucho, ¡muchísimo!, de no golpearla para evitar un nuevo tropiezo…  ¡Al menos de momento!

FIN

La Pequeña Hada y la lluvia de colores

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Ilustración: nicolas-gouny-art

Ya sabéis que en Isla Imaginada habitan todos los seres que han vivido, viven o vivirán las aventuras fascinantes que nos cuentan los cuentos. Pero antes de ser personajes principales, deben prepararse y formarse muy bien para que la historia en el que habitan sea tan bonita, que ningún niño del mundo se canse jamás de leerla o de escuchar cómo se la cuentan sus mayores una y mil veces.

En estas se encontraba nuestra protagonista, una Pequeña Hada que había llegado a la Isla Imaginada hacía dos años.

Acababa de terminar su segundo curso en la Academia de Hadas Buenas con excelentes notas y ¡hasta se había ganado con honores su varita mágica!, si bien solo podía realizar pequeños encantamientos con ella, porque aún le quedaban muchas cosas por aprender. Podía, por ejemplo, hacer que una araña tejiera un jersey para un gusanito friolero. O bien convertir una castaña en una casita nueva para un caracol que hubiera perdido la suya.

Aunque también se metía en líos tremendos, como cuando convirtió toooooda la comida de Isla Imaginada en fruta y durante una semana no hubo otra cosa para comer que no fueran manzanas, peras, sandías, naranjas, mangos, piñas…

La Pequeña Hada esperaba impaciente los días de vacaciones para correr, saltar y jugar por los parques y bosques de Isla Imaginada, que son los más bonitos del mundo de la fantasía. Pero, justo al acabar las clases, en el cielo de Isla Imaginada se había instalado una familia de nubarrones oscuros, que llevaban en sus panzas miles y miles de litros de agua. Les habían gustado tanto los preciosos campos de la isla, que habían decidido regarlos para que dieran buenas cosechas.

Así, que tras tres días encerrada en casita, nuestra Pequeña Hada ya estaba cansada de tanta humedad. Tras el cristal de la ventana observaba aburrida el paisaje requetemojado cuando, de pronto, el sol se desperezó y dejó que asomara entre las nubes un rayo de su brillante luz y, entonces, un precioso arcoíris se dibujó en el cielo.

—¡¡¡Ooooooohhhhhhh!!! ¡¡¡Qué bonito!!!

La Pequeña Hada se dijo:

—Es una pena que mi varita mágica de segundo curso no tenga poder para ordenar que pare de llover. Si al menos la lluvia fuera de colores, todo sería más divertido…

De pronto, abrió mucho los ojos y exclamó entusiasmada:

—¡Claro! ¡Vaya idea más buena! Sería maravilloso que el agua que cae del cielo fuera roja, verde, azul, naranja… ¡Que divertido! ¡Ahora mismo voy por mi varita y mis libros de consulta!

Y, ni corta ni perezosa, se puso a buscar un encantamiento colorido y acuático en el Gran Libro de los Conjuros para Hadas Buenas.

—¡Vamos a ver! Conjuros para bichos, para gnomos, para princesas, conjuros para árboles, para bebés, musicales, conjuros matemáticos… —murmuraba a medida que pasaba las hojas— ¡Uffff!, esto es más complicado de lo que pensaba.

Pero como era voluntariosa y obstinada, siguió buscando:

—Conjuros para enfermedades, de amor, para ogros, para lluvia… ¡Aquí!, ¡aquí debe estar lo que busco!

Emocionada, abrió el libro en el capítulo de los conjuros para lluvia y repasó todos los que allí se nombraban:

—Lluvia de garbanzos, lluvia calentita, lluvia que no moja, lluvia cantarina, lluvia de sopa, lluvia invisible, lluvia de colores… ¡Lluvia de colores! ¡Por fin! Manos a la obra. Mejor dicho, ¡varita a la obra!

La Pequeña Hada abrió la puerta y corrió hacia el jardín, dirigió su varita al cielo y en voz muy, muy alta empezó a recitar el encantamiento:

¡Chincharabón! ¡Chincharabín!

¡Colores del arcoíris, venid a mí!

¡Vestid la lluvia aburrida de rojo, verde y añil!

¡Chincharabín! ¡Chicharabón!

¡Varita haz lo que ordeno hasta que acabe el chaparrón!

De inmediato empezaron a caer del cielo ráfagas de lluvia de todos los colores. ¡Era un espectáculo fantástico!

Charcos multicolor alfombraron los campos, como pequeños lunares en un vestido veraniego. Cataratas azules caían de los canalones de los tejados. Las calles de los pueblos se convirtieron en ríos verdes, amarillos y fucsia y dejaron a los vecinos boquiabiertos y asombrados. Todos salieron a la calle, sin importarles que la colorida lluvia los calara.

La capita mojada de Caperucita Roja se tornó lila, los Pitufos, empapados, eran ahora de color naranja y la melena de Rapunzel de un brillante color morado. El león, rey de la selva, corrió a guarecerse en su cueva cuando su melena se tiñó de rosa ¡No le pareció un color apropiado para un fiero león!

¡Toda Isla Imaginada estallaba en colores, convirtiéndose en el escenario perfecto del cuento más bonito jamás contado!

Y tanto lo disfrutaron sus habitantes, que los abrumados reyes, condesas, alcaldes y presidentas de los diferentes reinos, ciudades y territorios no tuvieron más remedio que proclamar festivos los días siguientes, porque nadie quería perderse el espectáculo maravilloso del mundo pintado de todos los colores imaginados.

Así pasaron tres días más, hasta que las nubes se fueron vaciando y emigraron al mar para volver a llenar sus panzas de agua y seguir su lluviosa ruta.

Fueron los días más divertidos que se habían vivido en la Isla Imaginada en mucho tiempo.

Nadie se molestó en investigar de quién había sido la idea de convertir la lluvia en agua de colores, y es que los personajes de los cuentos viven en el mundo de la Fantasía y no se extrañan de nada, solo disfrutaron del espectáculo. Y, por supuesto, la que más disfrutó fue La Pequeña Hada. Su corazoncito brincaba de alegría al ver a sus vecinos y amigos tan contentos.

FIN