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La Luna perezosa

Ilustración: Mikyla Meyer

Hace muchos, muchísimos años, el día estaba repartido en dos mitades iguales. Durante doce horas el Sol alumbraba toda la Tierra y las otras doce era la Luna la que iluminaba tenuemente el mundo.

Todo era armonía entre los animales; durante el día, cazaban y se alimentaban, jugaban, cuidaban de sus cachorros y recorrían sus territorios sin miedo a perderse porque la luz del Sol los acompañaba. Durante la noche, se refugiaban en nidos y cuevas y echaban un buen sueñecito, hasta que la Luna se escondía y salía de nuevo el Sol.

Pero ocurrió que un día, al caer la tarde, los animales de bosques y selvas, asombrados, no dejaban de mirar el cielo esperando ver la luz blanca de la Luna que tardaba en salir. Aguardaron durante horas, sin atrever a moverse, pues la oscuridad era total. Tan solo los animales nocturnos, como búhos y lechuzas, podían andar de aquí para allá.

Todos se preguntaban:

—¿Dónde está la Luna? ¿Por qué no se ve?

Pero nadie sabía qué contestar.

Por suerte, al cabo de doce horas de la más completa oscuridad, el Sol volvió a brillar y todos los seres que habitaban la Tierra respiraron aliviados, aunque esperaban impacientes la noche para ver qué pasaría.

Por desgracia, ni esa noche ni las tres siguientes volvieron a ver la Luna.

¡Pobres animales! Estaban desesperados. Pasaban las noches en completa oscuridad resguardados en sus casitas. Si tenían sed, no salían a beber hasta la mañana, pues podían perderse camino al río o a las lagunas. Los cachorros lloraban pues les daba miedo tanta negritud y hasta los animales nocturnos andaban despistados, pues también echaban de menos el brillo de la Luna.

Así que al quinto día, elefantes y leones decidieron enviar pájaros de todos los tamaños y loros pequeños y grandes a recorrer la Tierra para dar aviso de que se iba a celebrar una Asamblea a la que era importantísimo que acudieran representantes de todas las especies animales para discutir qué podían hacer; si es que podían hacer algo, ¡claro está!

Respondieron a la llamada miles de animales y después de discusiones y diversos pareceres se acordó, por mayoría, que lo principal era averiguar dónde se escondía la Luna para preguntarle por qué ya no aparecía por las noches. El problema era: ¿quién podría subir tan alto como para hablar con la Luna?

En un principio, se pensó en las aves, pero se desechó la idea, pues en el momento en que se pararan a preguntar a la Luna podían caer si dejaban de volar.

Descartados también los animales marinos, se pensó en las jirafas, que son los animales más altos de la tierra, pero por mucho que las más grandes estiraron el cuello no llegaron más que a alcanzar alguna nubecilla.

Fue un pequeño grillo quien dio con la solución

—¡Amigos, compañeros! ¡Escuchad! —Así sonó su voz aguda y chirriante y todos callaron para oír lo que tenía que decir—. ¡Creo que ya lo tengo! Puesto que las jirafas solas no alcanzarán nunca la altura suficiente, propongo que hagamos una torre entre todos, unos encima de otros. Yo mismo me ofrezco como voluntario para ser el portavoz y subir a lo más alto para parlamentar con la Luna.

Era una idea loca, pero como a nadie se le ocurría otra alternativa decidieron que por probar no perdían nada. Acordaron que en cuanto el Sol se escondiera se pondrían a la tarea de hacer la torre animal más alta que nunca se hubiera hecho. El lugar elegido fue una playa para que así miles de peces linterna y medusas cristal, además de millones de luciérnagas, iluminaran la gran torre.

Por supuesto, en la base de la torre se afianzaron cuatro elefantes, que con sus patas clavadas en la arena formaban el mejor de los pilares. A sus lomos, se auparon cuatro osos y después siguieron leones, caballos, camellos y jirafas que elevaron considerablemente la altura. A la cabeza de las jirafas treparon cuatro cabras, seguidas de cuatro cigüeñas que llevaron en sus picos a cuatro canguros que, a su vez, transportaban en sus bolsas a cuatro monos, muy acostumbrados a las alturas. Finalmente, llegó trepando nuestro amigo el grillo.

¡La escena era magnífica! Tan inusual era, que la Luna desaparecida, muerta de curiosidad y un tanto aburrida, salió un momento de detrás de la gran nube negra donde se escondía para observar y el grillo, listillo, desde lo alto de la torre, comenzó a vocear:

—¡Ehhhhh! ¡Señora Luna! ¡Señora Luna! ¿Se encuentra usted bien? ¡Mire que aquí abajo estamos todos muy preocupados!

La Luna, con su voz dulce le contestó:

—Estoy perfectamente. Ahora que no tengo que trabajar todas las noches, puedo dormir cuanto se me antoja ¡No sabéis lo cansado que es tener que pasarse la noche brillando!

El grillo no se achicó:

—Pero, Señora Luna, ¡nosotros la necesitamos! No sabe el caos en que se ha convertido el mundo desde que no sale para darnos su luz. Ningún animal se atreve a salir de noche, algunos lo intentaron y hubo osos que, confundiéndose de guarida, acabaron en la de los leones; conejos que tropezaron con lobos en los caminos; hormigas que equivocaron sus caminos y terminaron en gallineros y abejas en nidos de golondrinas. Le rogamos que, por favor, vuelva a brillar por las noches ¡Porfa, porfa!

La señora Luna escuchaba sorprendida. No sabía que era tan importante para los animales y se sintió un poco culpable por haber sido tan egoísta.

El grillo siguió con su perorata para intentar convencerla:

—Además, Señora Luna, ¡se ve tan bonita allí en el cielo! tan redonda y brillante ¡El mundo ya no es igual sin usted!

Esas palabras tocaron la vanidad de la Luna y remolona respondió:

—Estaaaaá bien, hacedme una propuesta en la que no tenga que trabajar tanto y me lo pensaré.

Toda esta conversación iba siendo transmitida por el grillo a los monos y estos a canguros, cigüeñas, cabras, jirafas, camellos, caballos, leones, osos hasta llegar a los elefantes, que con su gran trompa, haciendo de altavoz, la hacían llegar a todos los que allí esperaban reunidos.

De esta manera, se pusieron todos los animales a pensar en una solución para resolver el problema más grande que nunca hubieran tenido. Después de darle vueltas, los elefantes lanzaron una llamada a los delfines, que nadaban cerca de la orilla, pues tenían fama de ser muy inteligentes:

—¡Arggggggg! Delfines, confiamos en vosotros ¡Dadnos la solución!

Inmediatamente, acudieron a la llamada más de doscientos delfines que tras parlamentar llegaron a un acuerdo y eligieron a un representante, el cual transmitió a la Asamblea lo que habían, entre todos, acordado:

—Nosotros proponemos, ya que el problema es que la Luna está cansada, que no trabaje tanto. Es decir, que tenga algunas noches de descanso cuando lo necesite. Las noches que esté contenta, que brille redonda, como hasta ahora, y cuando necesite descansar, que brille solo la mitad o una cuarta parte. Los animales podemos acostumbrarnos a pasar las noches con menos luz y ella estará más contenta

Con prontitud, la solución fue transmitida por toda la torre de animales hasta llegar al grillo que, con buenas palabras, se la transmitió a la señora Luna. Esta, tras quedarse pensativa un buen rato, habló así:

—¡De acuerdo!, lo haremos como decís. La verdad es que estar toda la noche escondida tras una nube de tormenta tampoco es tan divertido como pensé. Habrá noches en que me esconda del todo; otras me veréis la mitad; y alguna saldré redonda y entera para alumbrar toda la Tierra. ¡Palabra de Luna!

Y para demostrar que decía la verdad, salió de detrás de aquella negra nube y su luz alumbró más que nunca toda la Tierra. Los animales reunidos en la playa, felicitándose unos a otros, estallaron en un clamor de alegría:

—¡Bravo! ¡Hurra! ¡Viva la señora Luna! ¡Qué luz tan bonita!

La torre se deshizo con un estrépito de aullidos, relinchos, graznidos y rugidos, aunque, por fortuna, no hubo que lamentar más que unos cuantos chichones y moratones.

Todos los animales volvieron a sus tareas diarias y a dormir tranquilos. Sabían que la luz de la Luna los acompañaría siempre. Unas noches redonda, otras como un pedazo de queso mordido por un ratón o como raja de sandía. Incluso cuando casi no se viera, aquel que se fijara bien podría distinguir su redonda forma en lo alto.

Y es así como la vemos a partir de entonces. Cuando miréis al cielo y no veáis la Luna es que es una de esas noches en las que ha decidido tomarse un descanso y dormir una buena siesta.

FIN

Perezosos y testarudos

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Había una vez un matrimonio que hubiera vivido felizmente de no ser por la pereza, que atacaba con intermitencia a una y otro. Además, para colmo, los dos eran terriblemente testarudos.

Cuando uno de ellos se sentía con pocas o ningunas ganas de trabajar, el otro se empeñaba en hacer lo mismo que hacia el otro, o menos.

Cierto día, se levantó la mujer con unas tremendas ganas de no hacer absolutamente nada, pero el caso es que aquel día, el marido se había levantado con más hambre que de costumbre y le dijo a su mujer:

—Edelmira, tengo un hambre que me muero, tendrías que cocinar algo sabroso.

—No serán mis manos las que se metan en guisos —respondió ella. Si te apetece, cocina tú.

—¿No pensarás que pasemos sin comer?

—No es mi intención, pero resulta que tú tienes un par de brazos hermosísimos; mucho más fuertes que los míos. ¡Cocina tú!

—¡Edelmira, no me hagas enfadar!

—¡Timoteo, no me pongas nerviosa!

—¡Yo no cocino!

—¡Pues yo tampoco!

—No discutamos.

—De ti depende.

—Te diré lo que se me ha ocurrido.

—Seguro que la manera de no hacer nada…

—Y también la forma de no discutir…

—Eso me interesa… ¡Dime!

—Ya que no tienes ganas de cocinar…

—Ni tú tampoco…

—De acuerdo… Ya que no tenemos ninguno de los dos ganas de cocinar…

—Así mejor.

—…y para no enzarzarnos en discusiones inútiles, ¿qué te parece si acordamos que el primero que hable sea el que cocine?… ¿Qué contestas?… ¿De acuerdo?…

En vano esperó el marido respuesta de su esposa que, aunque muy perezosa y testaruda, no tenía ni un pelo de tonta y enseguida comprendió que si contestaba le tocaría a ella cocinar.

Pasaron horas y horas y ninguno de los dos abría la boca. Ni comieron ni cenaron, tal vez por miedo a que, si despegaban los labios, se les pudiera escapar alguna palabra. Se acostaron poco después de anochecer con el estómago vacío, dándose la espalda y se durmieron en silencio.

A la mañana siguiente, cuando se despertaron, se miraron disimuladamente de reojo. El marido tenía la cara seria. A la mujer le faltaba poco para romper a reír; pero ninguno de los dos dijo nada.

Sonaron en la iglesia del pueblo las doce campanadas de mediodía y el matrimonio seguía en la cama, sin haber abierto la boca, como no fuese para bostezar, pues tenían un hambre espantosa.

Llegó la noche y no hubo modificación alguna en su actitud, excepto que bostezaban aún más que antes.

Los vecinos, asombrados de no haber visto en dos días a ninguno de los dos, ni haberse abierto en la casa puerta ni ventana alguna en ese tiempo, temieron que una desgracia irreparable fuera la causa de aquel incomprensible silencio. No tardaron en congregarse frente a la casa, pero medrosos de obrar por su cuenta, fueron a ver al alcalde para contarle lo que sospechaban.

Marchando el propio alcalde en cabeza, se dirigieron, sin perder ni un segundo y en tropel, a casa de Timoteo y Edelmira y llamaron al timbre con insistencia, pero nadie contestó, ni tampoco se oía ni el menor ruido en el interior.

Empezaron a mirarse los unos a los otros, temerosos e inquietos, e insistieron en las llamadas, pero con el mismo resultado negativo. El alcalde propuso entonces que se derribara la puerta.

Entraron con extrema precaución; las piernas les temblaban a muchos de los allí presentes y por temblar, temblaba hasta la vara del alcalde, que más que vara parecía la batuta de un director de orquesta, yendo como iba de uno a otro lado.

Por fin llegaron al dormitorio de Timoteo y Edelmira, los cuales ni se movían ni daban la menor señal de vida. Tenían los ojos cerrados y las caras pálidas y desencajadas. Nada extraño, puesto que habían pasado horas sin comer ni beber.

El alcalde, alzando la vara, tartamudeó:

—¡Timoteo! ¡Edelmira! ¡Os ordeno que respondáis al Alcalde!

Ni una palabra. Ni el menor movimiento.

Entonces, la primera autoridad del pueblo se quitó respetuosamente el sombrero, adoptó un aire compungido y anunció a los vecinos presentes:

—Me temo, estimados convecinos, que nuestros estimados Edelmira y Timoteo han muerto. Por tanto, por el poder que me confiere mi autoridad, ordeno que los enterremos ahora mismo.

Seis de los allí presentes, fornidos lugareños, cargaron con los cuerpos inertes de la infeliz pareja y los condujeron hacia el cementerio y al llegar allí los depositaron sobre el suelo de tierra, de costado y frente a frente.

Nadie advirtió que el marido y la mujer abrieron los ojos y se miraron enfurruñados. Hubo un instante en que pareció que Timoteo, desfallecido, iba a decir una palabra; pero no quiso darse por vencido, así que cerró de nuevo los ojos y apretó los labios.

Edelmira bostezó, con riesgo de ser vista por los improvisados sepultureros que, abierta ya la fosa, se aproximaban a recogerla para echarla dentro.

Estaba ya colocada en la hoya la mujer, cuando fueron en busca del cuerpo del marido.

De pronto, un grito de horror se escapó de la garganta de todos los presentes y acto seguido, con el alcalde a la cabeza, echaron a correr en todas direcciones como alma que lleva el diablo.

Y es que el pobre Timoteo comprendió que estaba a punto de no volver a contemplar la luz del sol, y ante la horrorosa perspectiva de ser enterrado vivo, dio su brazo a torcer, abrió los ojos desmesuradamente, para demostrar que no estaba muerto, y gritó a viva voz:

—¡No me enterréis! ¡No estoy muerto! ¡Socorro! ¡Socorro!

No le costó poco trabajo convencer a todos de no era un fantasma y de que no había motivo para asustarse.

Pero el colmo de la sorpresa fue ver a Edelmira asomando por la abertura de la fosa mientras exclamaba triunfante:

—¡Cocinarás tú!

FIN