Perro

Los doce primeros

Ilustración: Kitakutikula

Cuando el mundo era nuevo y todavía se comprendía el lenguaje secreto de plantas, nubes y mares, el Emperador de Jade, soberano del cielo y de la tierra, quiso ordenar el tiempo, así que envió emisarios por el mundo para convocar a todos los animales que vivían en él:

—Animales, os he reunido en mi palacio porque he decidido dividir el tiempo en periodos de doce años. He construido un zodíaco y a cada uno de esos doce años le asignaré el nombre de uno de vosotros —Los animales murmuraron emocionados, pero enseguida enmudecieron para seguir escuchando lo que decía el Augusto de Jade—. No obstante, hay dos pequeños problemas. El primero, es que solo doce de vosotros podrán presidir los años de forma cíclica. Y el segundo, es que debo decidir el orden con el que lo haréis. Por tanto, he organizado una carrera, para que sea la llegada a la meta la que resuelva la disposición. El ganador presidirá el primer año, el segundo el segundo… y así, sucesivamente, hasta llegar al decimosegundo, el cual completará el ciclo de doce años y después volveremos a empezar.

Casi todos se apuntaron para participar en la competición, excepto el perezoso y la tortuga, que sabían que lo tenían muy difícil y se rindieron antes de empezar.

Los participantes, en la línea de salida, aguardaron la señal del Emperador de Jade para ponerse en marcha:

—Uno, dos y… ¡tres!

El dragón y el tigre se situaron en cabeza desde el primer momento. No en vano eran los animales más poderosos de toda China. Luchaban el uno contra el otro para obtener el triunfo. El dragón lanzaba su letal fuego para retrasar al tigre, pero este, con sus poderosas patas, evitaba con ágiles saltos las hogueras.

Muy de cerca, los seguía la serpiente, que se aprovechaba del camino que abría el fuego del dragón para deslizarse con más facilidad sin encontrar obstáculos a su paso. Todo le fue bien hasta que el dragón tuvo que retirarse momentáneamente de la carrera reclamado por sus hermanos para resolver un asunto urgente.

El buey, de zancada lenta y pesada, también se valió de la disputa entre dragón y tigre para obtener ventaja y, contra todo pronóstico, logró instalarse en cabeza de carrera, puesto que conservó hasta el último momento, cuando fue adelantado.

Lo que pasó es que, sin él saberlo, transportaba sobre su cuerpo a dos polizones, uno de los cuales aprovechó su esfuerzo para arrebatarle, en el último segundo de carrera, la primera posición.

Los dos animales que viajaban cómodamente a lomos del buey eran un gato y una rata, ambos buenos amigos hasta que pasó lo que pasó… Pero, antes de descubrirlo, deberemos seguir el curso de la competición…

A poca distancia del tigre y del dragón, el conejo saltaba como nunca lo había hecho en su vida, deseoso de alzarse con la victoria.

También un mono y un gallo corrían jadeantes para conseguir inscribir su nombre en el zodíaco chino, hasta que el mono, de repente, detuvo su carrera. Al pasar junto a un espeso bosque decidió que tendría más ventaja si se movía de árbol en árbol, donde su agilidad le haría adelantar muchos puestos.

Al verlo, el gallo, que no tenía ni idea de trepar, pensó por un momento en abandonar la carrera, pero cambió de opinión y decidió que también él explotaría sus habilidades y en lugar de seguir corriendo con sus cortas patitas, empezó a aletear y consiguió, con varios golpes de ala, adelantar de golpe a cuatro de sus competidores: caballo, cabra, cerdo y perro, que quedaron a la zaga. Esta ventaja no le duró demasiado al pobre gallito…

El cerdo, que sudaba a mares, frenó en seco al olfatear unas apetitosas trufas. Se desvió y empezó a escarbar bajo un roble plantado al borde del camino. Enterró su morro en la tierra y no lo levantó hasta acabar con todas. Su decisión le costó llegar el último y si hubiera encontrado una trufa más, hoy ni siquiera estaría en la lista de los doce del zodíaco.

La carrera tocaba a su fin. En la línea de llegada aguardaba ya el Emperador de Jade. Solo un caudaloso río separaba a los animales de la meta.

El buey hundió las pezuñas en el barro y buscó un lugar para vadear la corriente. Sobre su lomo la rata y el gato se sujetaban con fuerza.

Ya hemos dicho que ambos animales habían sido buenos amigos hasta entonces, pero se enemistaron para siempre cuando ya estaban a punto de alcanzar la orilla. Fue entonces cuando la rata, para asegurarse la victoria, saltó a tierra dándose impulso con sus patas sobre el lomo del gato. Este perdió el equilibrio y cayó con estrépito al río.

La rata fue la primera en tocar tierra.

El buey quedó segundo.

El tigre sorteó el río de un ágil salto y llegó el tercero.

Llegó el turno del conejo, que brincó de una orilla a otra, seguido del dragón, que cruzó volando la meta el quinto, a escasos centímetros.

Sexta fue la serpiente, que se valió de un tronco que flotaba en el agua para alcanzar la orilla y, desde allí, se arrastró hasta la meta.

El caballo trotó hasta la línea de llegada el séptimo y, después de él, mojados y titiritando, llegaron juntos la cabra, el mono y el gallo, que cruzaron la meta con una diferencia de segundos.

El perro, que hasta llegar el río iba tercero, llegó en undécimo lugar, porque al cruzar las aguas no pudo resistirse y se entretuvo buceando.

Cerró el desfile ganador el cerdo, que al llegar aún masticaba un trocito de trufa.

El gato, magullado y empapado por culpa de la rata, cruzó la meta en decimotercer lugar, por lo que no obtuvo su puesto en el zodíaco chino.

Aquel desgraciado incidente fue el origen del odio que separa a los dos animales y la causa de que, todavía hoy, los mininos quieran vengar la ofensa dando caza a cualquier roedor que se cruce en su camino. También, como consecuencia de aquel penoso suceso, los gatos no quieren acercarse al agua.

El resto de los animales fue llegando después del felino, pero, ninguno consiguió inscribir su nombre entre los vencedores.

Los doce triunfadores rodearon al Emperador de Jade y aguardaron en respetuoso silencio. El Augusto habló así:

—El tiempo ya tiene nombre. A partir de hoy, los años seguirán cíclicamente este orden: el primero llevará el nombre de la rata, la vencedora. El año siguiente será el año del buey. A continuación, llegarán, sucesivamente, los años del tigre, del conejo, del dragón, de la serpiente, del caballo, de la cabra, del mono, del gallo y del perro. Cerrará el ciclo el año del cerdo. Después, volveremos a empezar, de nuevo, con la rata.

De este modo, el Emperador de Jade asignó el nombre que ostentan los años del zodiaco chino.

Y si tú aún no sabes bajo qué signo naciste, haz clic sobre un interrogante…

Ilustración: freepik

FIN

¿De quién es este huevo?

Ilustración: stokrotas

—Uno…, dos …, tres …, cuatro …, cinco …, seis… —contó mamá gallina con alegría—. He contado cuidadosamente todos los huevos. Hay seis en total. Pero ¿por qué este es tan grande? Estos cinco huevos parecen iguales, está claro que son míos, ¡Son tan perfectos! Pero ¿por qué este es tan grande? ¡No creo que sea mío!

Después, la gallina se preguntó: «Si este no es mi huevo, entonces ¿de quién podrá ser? Creo que debo averiguar quién es su verdadera madre». A continuación, puso todos los huevos en una cesta se la colgó del ala derecha con mucho cuidado y salió de su gallinero.

A la primera que encontró fue a la gata. La gallina la saludó amablemente:

—Buenos días, señora gata, en mi nido he encontrado un huevo muy diferente, inusual. Demasiado grande para que sea mío. Es más, ¡estoy segura de que no es mío! ¿Puedes echarle un vistazo y comprobar si es tuyo?

La señora gata maulló suavemente:

—Estimada señora gallina, los gatos criamos a nuestros hijos con mucho amor, como tú, pero no ponemos huevos. Las gatas damos a luz a los gatitos. Y ahora discúlpame, mis gatitos ya deben estar llorando de hambre. Los tengo que alimentar con mi leche. Te veo luego, adiós.

Doña gallina siguió adelante. Después de un rato, se topó con la perrita que guardaba la granja. La señora gallina le preguntó:

—Doña perrita, hay un huevo inusual junto a mis huevos. Estoy buscando a la madre de ese huevo raro, ¿podría ser tuyo? Míralo, aquí lo traigo.

—¿Cómo? ¿Mi huevo? ¡No, no! ¡Yo no pongo huevos! Los perros no ponemos huevos. Damos a luz a nuestros cachorros y les damos de comer de nuestra leche. Si el huevo no es tuyo, mío tampoco es. Será mejor que vayas y preguntes a otro animal de la granja —gruñó la señora perrita de mala gana.

—Siento mucho haberte molestado —dijo la gallina en voz baja. Y se alejó a paso rápido.

La señora gallina anduvo y anduvo y llegó al otro extremo de la granja. Allí vio a una cerdita muy gorda acostada sobre un gran charco, justo al borde del camino. Se acercó a ella y le habló así:

—Hola, señora cerdita, querría hacerte una pregunta. Resulta que encontré un huevo diferente entre los míos y quiero devolvérselo a su madre. ¿Podrías mirarlo para comprobar si es tuyo?

La señora cerdita ni siquiera se molestó en mirarlo y tampoco respondió.

La señora gallina insistió:

—Señora cerdita, por favor, hazme caso, mira este huevo y dime si es tuyo.

Esta vez, la cerdita contestó airadamente:

—¡Tú debes de ser tonta! ¿Acaso no sabes que mis lechones, no salieron de un huevo? ¡Yo les di a luz y los alimento con mi leche! Y ahora, ¿dejarás ya de molestarme? —Y volvió a remojarse en el charco.

La señora gallina, desanimada, caminó un poco más y, no muy lejos, se encontró con una vaca que pastaba plácidamente en la pradera. Se dirigió a ella con estas palabras:

—Señora vaca, he encontrado este huevo tan grande que alguien dejó en mi nido y quisiera devolvérselo a su madre. ¿Serías tan amable de comprobar si es tuyo?

Doña vaca observó detenidamente el huevo y luego mugió con calma:

—No es mío señora gallina, las vacas damos a luz a nuestros terneros, no ponemos huevos. Alimentamos a nuestros terneros con leche. Entre los animales que viven en la tierra y tienen cuatro patas sé que los lagartos ponen huevos; tal vez el huevo sea de doña lagarta. Si sigues este camino, la encontrarás tomando el sol sobre una piedra.

Dicho esto, la vaca siguió rumiando y doña gallina reemprendió su camino. De pronto alzó la vista y, muy contenta, descubrió a doña lagarta tomando el sol sobre una piedra y le preguntó:

—Doña lagarta, si no te importa, ¿puedo preguntarte una cosa?

—¿Qué puedo hacer por ti? —preguntó la lagarta.

—Mira estos huevos. Estos cinco son míos, pero este grande no lo es. ¿Por casualidad no será tuyo? ¿No tendrás que darle leche para que rompa el cascarón?

La señora lagarta miró los huevos e inmediatamente respondió:

—Señora gallina, aunque pongo huevos yo no alimento con leche a mis bebés. Y, de todas formas, este huevo no es mío. Los que pongo yo son más pequeños.

—Si no es tuyo, ¿no sabrías de quién puede ser?

—Ni idea. Y ahora, si me disculpas, debo marcharme; parece que está a punto de llover y he de buscar un agujero para cobijarme.

—Gracias por escucharme, doña lagarta. ¡Qué le vaya muy bien!

La señora gallina siguió su camino hasta que dio con una familia de cabras. Las cabritas estaban mamando la leche de mamá cabra y la señora gallina se dirigió a ella:

—Buenos días señora cabra, esta mañana, cuando conté mis huevos, vi que había uno más grande que los demás y comprendí que no era mío, así que desde entonces estoy tratando de averiguar quién es su madre. Ya sé que no es tuyo, porque veo que das de mamar a tus hijitos, así que no debes poner huevos. Pero ¿podrías decirme si sabes de quién es?

La señora cabra miró el huevo, cerró los ojos y reflexionó durante un rato:

—No estoy segura de que este huevo pertenezca a un animal de cuatro patas. Los cocodrilos ponen huevos, pero aquí no hay cocodrilos. Las tortugas también ponen huevos, pero tampoco hay tortugas por aquí. Creo que para descubrir de quién es este huevo, deberías preguntar a las aves.

—Muchas gracias. Seguiré tu consejo.

No muy lejos de allí, la señora gallina se encontró a doña pata. Antes de que la señora gallina tuviera tiempo de abrir el pico, la pata graznó nerviosa y le preguntó a dónde se dirigía.

Doña gallina respondió:

—Hace horas que estoy dando vueltas por la granja intentando buscar a la madre de este huevo. He preguntado a todos los animales de la granja, pero todos me han respondido que dan a luz a sus hijos y los alimentan con leche; no ponen huevos. La señora cabra me sugirió que preguntara a las aves.

—¡Déjame ver ese huevo! —dijo nerviosa la señora pata.

La señora gallina dejó la cesta en el suelo y dijo:

—Es este; es demasiado grande. Alguien debe haberlo dejado en mi nido, por eso estoy dando vueltas para descubrir a quién pertenece. ¡Estoy tan cansada!

—Con tu permiso, veré si es el mío…. ¡Soy tan despistada! ¡No recuerdo dónde dejé mi huevo esta mañana! ¡Llevo todo el día buscándolo!

Doña pata estiró el cuello para mirar dentro de la cesta y, justo entonces, el gran huevo comenzó a eclosionar y asomó un pequeño patito.

Doña gallina miró al patito y dijo emocionada:

—¡Se parece mucho a ti!

Apenas había terminado de decir eso, cuando los otros huevos también comenzaron a eclosionar y de dentro salieron los pollitos.

Tanto la señora gallina como la señora pata estaban contentas. Se felicitaron mutuamente y observaron con alegría como el patito y los pollitos correteaban por todas partes para encontrar comida.

FIN

¡No me jorobes!

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Ilustración: stefanogesh

Al principio del mundo, cuando todo era joven y nuevo y los animales empezaban a repartirse los trabajos para ayudar al hombre, había un dromedario muy holgazán, habitante del desierto Bramante, en el que siempre bramaba el viento, que se negaba a trabajar. Se pasaba el día tendido en la arena, tomando el sol y masticando palitos. Cada vez que alguien le dirigía la palabra, contestaba invariablemente:

—¡No me jorobes!

Solo contestaba eso, «¡No me jorobes!». Nada más. Después, seguía durmiendo o masticando ramitas, sin hacer caso de nada ni de nadie.

Un lunes por la mañana llegó hasta el desierto en el que habitaba el dromedario un caballo. Llevaba una silla de montar y un freno en la boca.

—Dromedario, dromedario ya tengo trabajo. Ven a trotar conmigo.

—¡No me jorobes!

El caballo se alejó de allí y fue a contarle al hombre lo que le había dicho el dromedario.

Después, recibió la visita de un perro con un palo en la boca que le dijo:

—Dromedario, dromedario ven a atrapar cosas con la boca para devolvérselas al hombre.

—¡No me jorobes!

El perro se marchó y fue a contarle al hombre lo que había dicho el dromedario.

Tras el perro, llegó un buey con su yugo al cuello:

—Dromedario, dromedario ven conmigo a arar los campos.

—¡No me jorobes!

El buey se marchó y le contó al hombre lo que había dicho el dromedario.

Aquella misma noche, el hombre convocó al caballo, al perro y al buey y les comunicó lo siguiente:

—¡Ay!, amigos míos, lo siento muchísimo, pero está visto que ese jorobador del desierto Bramante no sirve para nada, de lo contrario, ya estaría aquí colaborando con nosotros. Es terriblemente perezoso y no puedo hacer otra cosa que dejarlo en paz; pero entended que alguien tendrá que hacer su trabajo, así, que lo repartiré entre vosotros tres para compensar. A partir de mañana, tendréis que trabajar el doble.

Aquello enfureció mucho al trío, que celebraron enseguida, al borde del desierto, una larga reunión, un panchayat. un powwow y una indaba.

El dromedario, que merodeaba por allí cerca masticando hierbajos, se acercó con parsimonia hasta donde estaban y dijo indolente:

—¡No me jorobes!

Y dicho esto, se marchó por donde había venido.

Así estaban las cosas, cuando apareció un genio rodando en una nube de polvo (los genios del desierto se trasladan de este modo) y se detuvo ante los tres que celebraban la tediosa conferencia.

—Genio del desierto, ¿te parece justo que en un mundo tan nuevo habite un ocioso?

—¡Claro que no! —respondió el genio.

—Pues bien —prosiguió el caballo—, que sepas que en medio de tu desierto vive alguien de largas patas y cuello largo que desde el lunes no ha hecho nada de nada. Ni siquiera quiere trotar.

—¡Fiuuuuuuuu! —Silbó el genio a modo de respuesta—. Seguro que te refieres al dromedario. ¿Y él qué dice?

—Dice «¡No me jorobes!» —contestó el perro— Y tampoco quiere recoger un palo y llevarlo de vuelta al hombre.

—¿Dice alguna otra cosa?

—Solo «¡No me jorobes!», y tampoco quiere arar —añadió el buey.

—Bien —afirmó el genio—, esperad un minuto y veréis cómo lo jorobo yo a él.

El genio, en su polvoriento transporte, se fue a buscar al dromedario y le dijo:

—Larguirucho y haragán amigo, ¿es cierto que te niegas a entrar en el reparto de tareas de este mundo nuevo?

—¡No me jorobes! —respondió el dromedario.

El genio se sentó frente a él con la barbilla apoyada en su mano y empezó a pensar en un poderoso encantamiento. Mientras tanto, el dromedario admiraba su estilizado reflejo en un charco de agua.

Por fin, habló el genio:

—Desde el lunes no trabajas y, por tu culpa, hay tres que han de repartirse tu trabajo.

—¡No me jorobes! —exclamó el dromedario.

—Yo, de ti, no volvería a decir eso —le advirtió el genio— y me pondría a trabajar ahora mismo.

Y entonces, el dromedario repitió:

—¡No me jorobes!

Nada más pronunciarlo, su recta espalda, de la que estaba tan orgulloso, se hinchó y se hinchó, hasta que se formó sobre ella una enorme joroba.

—¿Te das cuenta? —dijo el genio— Tú mismo te has jorobado por haragán. Hoy es jueves, y desde el lunes, cuando se empezaron a repartir los trabajos, tú has estado ocioso. Ahora vas a tener que hacer algo.

—¡No me jorobes!, ¿cómo pretendes que haga algo con esta joroba en la espalda? —replicó el dromedario.

—Esa joroba tiene un propósito: con ella podrás vivir tres días sin comer ni beber, los mismos días que no has trabajado. No podrás decir que no he hecho nada por ti. ¡Joróbate! Y ahora únete al trío y cumple con tu parte.

Desde aquel día y hasta hoy, el dromedario, cargado con su joroba —aunque es mejor decir «giba», para no herir sus sentimientos—, trabaja, aunque nunca ha podido recuperar los tres días que perdió al principio del mundo ni tampoco, según cuentan caballo, perro y buey, ha aprendido a comportarse.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «De cómo al dromedario le salió su joroba».

Una orquesta bestial

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Ilustración: Sandra Agudo

 

Desde antes de amanecer, Paolo, el pavo, estaba ensayando en su piano una canción muy especial que quería dedicar a Gala, la granjera de la granja en la que vivía. Gala cumplía siete años al día siguiente y ¡siete años no se cumplen todos los días!

Muy de mañana, se había dirigido al río empujando su piano y se había puesto a ensayar:

—Ding, ding, ding, ding, dooooong… Esta última nota no acaba de salir bien —titó Paolo.

Ya empezaba a asomar el sol, cuando pasó cerca del río Gisela, la gallina, que le preguntó a Paolo qué hacía allí:

—Mañana es el cumpleaños de Gala y quiero componer una canción muy especial para regalársela —contestó Paolo.

—¡Qué idea tan genial! —cacareó Gisela— ¡Voy a buscar mi gaita y te ayudaré!

Al cabo de un momento, llegó Gisela con su gaita y los dos empezaron a tocar:

—Ding, ding, ding, ding, dooooong.

—Titititit, titititi, titittooooooo.

La última nota no acababa de salir bien, pero ellos seguían insistiendo.

Celedonio, el cerdo, que era un poco tímido, hacía un rato que escuchaba detrás de una azalea:

—Quizá, si os ayudo con mi clarinete…—gruñó muy bajito.

—¡Estupendo! —dijeron a coro Paolo y Gisela.

Y los tres empezaron a hacer sonar sus instrumentos:

—Ding, ding, ding, ding, dooooong.

—Titititit, titititi, titittooooooo.

—Tarará, tarará, tararirooooooo.

—¿Pero se puede saber qué es este alboroto? —mugió Vidina, la vaca—. Si no sois capaces de componer una canción, es que sois unos músicos de pacotilla ¡Escuchad mi violín y aprended de mí!

Y empezó a tocar junto a Paolo, Gisela y Celedonio:

—Ding, ding, ding, ding, dooooong.

—Titititit, titititi, titittooooooo.

—Tarará, tarará, tararirooooooo.

—Binnz, binz, bonzzzzzzzzz.

En el río, los peces empezaron a alborotarse y Pantaleón, un anciano pirarucú, y Paulina, una perca muy presumida que siempre llevaba la aleta muy bien peinada, se unieron al grupo de músicos con sus panderetas:

—Ding, ding, ding, ding, dooooong.

—Titititit, titititi, titittooooooo.

—Tarará, tarará, tararirooooooo.

—Binnz, binz, bonzzzzzzzzz.

—Pam, pam, pooommm.

El sol ya estaba muy alto, cuando el resto de los animales de la granja, atraídos por la música, empezaron a llegar con sus instrumentos: Olivia, la oveja, con su oboe; Belinda, la burra, con su batería; y hasta se les sumo Ginés, el gato de Gala, con su guitarra:

—Ding, ding, ding, ding, dooooong.

—Titititit, titititi, titittooooooo.

—Tarará, tarará, tararirooooooo.

—Binnz, binz, bonzzzzzzzzz.

—Pam, pam, pooommm.

—Fiuuuuu, fiuuuuu, foooo.

—Chan, chan, chonnn.

—Rang, rang, rong.

No había forma. Algo fallaba. La última nota seguía saliendo muy mal y nadie sabía porqué:

—Es culpa de Olivia, que no entra a tiempo —maullaba Ginés.

—Es culpa de Vidina, que desentona —rebuznaba Belinda.

—Es culpa de Pantaleón y Paulina, que hacen demasiado ruido —graznaba Paolo.

—¡¡Basta!! ¡¡Silencio!! —ululó Lucía, la lechuza, que desde el principio lo había observado todo desde lo alto de una higuera— El problema es que no hay un director. ¡Necesitáis que alguien dirija vuestra orquesta!

Los animales se quedaron pensativos, ¿quién podía dirigirlos? Después de discutir largamente, decidieron que le propondrían a Dámaso, el gran danés que vigilaba la granja, que fuera el director de la orquesta y Paloma y Paula, dos palomas que estaban entre el público, se fueron volando a buscarlo. No tardó mucho Dámaso en llegar con su batuta, un palito de cedro perfumado y, después de dar unos cuantos ladridos para organizar a los músicos, empezó el concierto:

—Ding, ding, ding, ding —sonaba el piano de Paolo, el pavo.

—Titititit, titititi, titittiiiiii —sonaba la gaita de Gisela, la gallina.

—Tarará, tarará, tarará —sonaba el clarinete de Celedonio, el cerdo.

—Binnz, binz, binz —sonaba el violín de Vidina, la vaca.

—Pam, pam, pam  —sonaban las panderetas de Pantaleón, el pirarucú, y Paulina, la perca.

—Fiuuuuu, fiuuuuu, fiuuuuu —sonaba el oboe de Olivia, la oveja.

-Chan, chan, chan – sonaba la batería de Belinda, la burra.

—Rang, rang, rang —sonaba la guitarra de Ginés, el gato.

Todos juntos, formaban una orquesta bestial y, a la mañana siguiente, Gala tuvo el mejor cumpleaños de toda su vida.

FIN

Waldo y la bolita de mazapán

01Waldo

Ilustración: Hans Wilhelm

Era un precioso día de verano y Waldo no quería seguir sentado en casa, así que puso sus bolitas de mazapán preferidas dentro de la mochila y se dirigió a la montaña.

Para poder ver mejor el panorama, Waldo trepó a un alto pino, se sentó y se puso a contemplar el paisaje.

Este ascenso me ha dado hambre –se dijo y metió la mano en la mochila. Pero una bolita de mazapán le resbaló entre los dedos y se cayó.

—¡Ay! —se lamentó Waldo—, mi apetitosa bolita de mazapán, ¡tengo que recuperarla!

La bolita de mazapán cayó en la cabeza de Ricky, la ardilla.

—¡Ey! —dijo Ricky— cuando vio lo que la había asustado— ¡Una estrella fugaz! ¡La quiero! —y saltando del árbol se fue tras ella.

La bolita de mazapán despertó de sus sueños a Ula, la lechuza.

—¡Uh-uh-uh! —dijo— ¡Una perla del cielo! ¡Soy rica! —Y salió volando tras ella.

Ahora, la bolita de mazapán cayó, directamente, sobre la cabeza de Boby, el oso, que dormía bajo el árbol:

—¡Buuuu! —gritó— ¡Qué impertinencia! ¿Quién me ha despertado? ¡Es un botón de pantalón!, ¡y es grande! —dijo Boby— ¡Lo quiero! —Y se puso a correr detrás de la bolita de mazapán.

La bolita de mazapán empezó a rodar por la montaña y rebotó en la cabeza de Misha, el mapache.

—¡Oh! ¡Qué manzana tan bonita! —Se sorprendió Misha— ¡La quiero probar! —Y corrió a toda prisa tras la bolita de mazapán. Pero no era nada fácil atraparla.

La bolita despertó a Benny, el conejo.

—¡Una pelota para jugar! —dijo— ¡Esto es lo mío! y empezó a brincar tras la bolita a grandes saltos.

La bolita de mazapán siguió rodando y saltando, hasta que aterrizó sobre la cabeza de la gata Mina, que saltó enfadada.

—¡Un ratón!, ¡Un ratón! ¡Espera, que te vas a enterar! —Y empezó a perseguirlo.

Todos corrían tras la bolita de mazapán y decían:

—¡Mi estrella!

—¡Mi perla!

—¡Mi botón de pantalón!

—¡Mi manzana!

—¡Mi pelota!

—¡Un ratón, un ratón!

Pero la bolita de mazapán seguía rodando delante de ellos.

—¡Te pillé! —dijo Waldo al mismo tiempo que daba un salto gigante para atraparla.

Extendió la mano para coger la bolita de mazapán, pero la bolita resbaló de nuevo entre sus dedos y rodó, ¡adiós bolita!, metiéndose en un agujero que había en la pared.

—¡Ooooooooh! —gritaron a la vez decepcionados todos los que iban tras ella. Y, seguidamente, oyeron como alguien se relamía.

Era Frida, la ratoncita. Ella sí que sabía apreciar una sabrosa bolita de mazapán, así que… ¡se la comió entera!

FIN