pez

¿Por qué se rio el pez?

Ilustración: clvago

Hace mucho, mucho tiempo una Rani salió a pasear por los jardines de su palacio y al pasar cerca de uno de los estanques un pescado saltó del agua, mostrando su plateado vientre.

—¡Qué pez más hermoso! ¿Será macho o hembra? —se preguntó la Rani.

Al oír aquello, el pescado soltó una ruidosa carcajada y se sumergió de nuevo en las aguas del lago.

La Rani, furiosa porque el pez se había burlado de ella, se encerró en palacio. El Rajá al verla tan enfurecida, le preguntó qué le ocurría.

—¿Estás enferma?

—No, lo que estoy es muy disgustada. He salido a pasear por los jardines y he visto un pez saltar en uno de los estanques y al preguntarme si sería macho o hembra, el pez ha soltado una carcajada.

—¿Que un pez se ha reído? —preguntó asombradísimo el Rajá—. ¡Eso es imposible!

—Yo solo digo lo que he visto con mis propios ojos y escuchado con mis propios oídos.

—Es muy extraño. Haré averiguaciones.

El Rajá le contó al Gran Visir lo que le había ocurrido a su esposa y le ordenó que investigase hasta descubrir la verdad de todo ello. Si no lo conseguía antes de seis meses, sería desterrado para siempre.

El Visir prometió hacerlo, aunque se daba por vencido antes de empezar. Tras cinco meses de intensas investigaciones, no consiguió que nadie le explicara el motivo de la risa del pez, ni los más sabios podían hallar solución a aquel enigma, así que lo preparó todo para su definitiva partida. Le dijo a su hijo que se marchase a recorrer mundo y que no volviera hasta pasado un tiempo, cuando el Rajá hubiera olvidado aquel asunto.

El joven se despidió de su padre un mes antes de que terminase el plazo dado por el soberano; se marchó sin rumbo fijo, confiando en que el destino guiaría sus pasos.

Al cabo de unos días de marcha, se encontró con un anciano campesino que regresaba a su casa y como le pareció una buena persona, le preguntó si podía acompañarlo. El campesino aceptó la propuesta y los dos se pusieron en marcha.

Al cabo de un rato, el joven dijo al viejo:

—Creo que si, de vez en cuando, vamos contando el viaje será más distraído.

«¡Este chico está loco!», pensó el campesino sin contestar.

Poco después, pasaron junto a un campo de trigo, a punto de ser segado, y el hijo del Visir, pensativo, preguntó al campesino:

—¿Estará comido o no ese trigo?

Como no sabía qué contestar, el campesino se limitó a decir que no tenía ni idea.

Pasaron las horas y los dos viajeros llegaron a un espeso bosque. El joven sacó un afilado cuchillo y entregándoselo al campesino, le dijo:

—Amigo, ve y adquiere con esto dos hermosos vehículos, pero no olvides devolvérmelo, pues lo aprecio mucho.

Entre enfadado y divertido, el anciano rechazó el cuchillo, y preguntó a su compañero si estaba loco o trataba de parecerlo, ya que en medio de aquel bosque era imposible comprar nada.

El hijo del Visir hizo como si no oyera las palabras del campesino y continuaron ambos el camino. Al poco rato, entraron en la ciudad al final de la cual vivía el anciano.

Al cruzar el mercado, que se hallaba muy concurrido, todo el mundo miraba a los cansados viajeros, pero nadie fue capaz de ofrecerles agua ni los invitó a descansar.

—¡Qué cementerio más enorme! —exclamó el joven.

«¿Por qué llamará cementerio a un lugar tan lleno de vida?», se preguntó el campesino. «¡Está claro que está loco!», pensó el viejo. «Lo siguiente será llamar agua a la tierra y tierra al agua. O sombra a la luz y luz a la sombra».

Al poco, llegaron a un río que era necesario vadear para llegar a casa del campesino. El anciano se quitó los zapatos y cruzó tambaleándose. El joven, sin quitarse los zapatos, se metió en el agua.

«¡En mi vida había visto a un loco más loco!», se dijo el campesino.

Sin embargo, como el joven le era simpático, pensó que sería divertido presentárselo a su esposa y a su hija y le dijo que podía quedarse en su casa todo el tiempo que quisiera.

—Muchas gracias —contestó el hijo del Visir—. Pero antes de aceptar tu invitación, quisiera saber si los cimientos de tu casa son lo bastante fuertes.

El campesino levantó las manos al cielo y entró en su casa riendo a carcajadas.

—He traído a un chico que está loco de remate —­explicó a su mujer y a su hija, que habían salido a recibirlo—. Fijaos cómo estará, que antes de aceptar nuestra hospitalidad me ha preguntado si los cimientos de esta casa son lo bastante sólidos.

—Padre, ese hombre no está loco —dijo la hija, que era una muchacha muy lista— Si te ha preguntado eso ha sido para saber si tu fortuna te permitía tener un huésped sin que eso te cause un perjuicio.

—¡Comprendo! —exclamó asombrado el campesino—. Tal vez puedas ayudarme a descifrar otros enigmas. Al principio de nuestro viaje, me dijo que si contábamos de vez en cuando, el camino sería más divertido.

—Sencillo —contestó la joven—. Lo que tu compañero quería decir es que si os hubieseis contado historias, el camino se habría hecho más llevadero.

— ¡Tienes razón! ¿Puedes descifrar este otro enigma?: al pasar junto a un campo de trigo, me preguntó si el grano estaría ya comido o no.

—¿Y no comprendiste lo que quería decir? Es muy sencillo, si el propietario de aquel campo debía dinero, el producto de la venta del trigo serviría para pagar a los acreedores, lo cual sería lo mismo que si el trigo ya estuviera comido.

—¡Maravilloso! Te voy a contar otro. Atravesando un bosque, me entregó su cuchillo y me encargó que adquiriese dos buenos vehículos, pero advirtiéndome de que le devolviera el cuchillo.

—¿No son dos buenos palos un vehículo excelente cuando caminas? Al darte el cuchillo, te indicó que cortases dos ramas, pero que fueses con cuidado con su cuchillo.

—¡Magnífico! A ver si me aclaras esto también: ¡mi compañero llamó cementerio a la ciudad!

—Padre, esto también es sencillo. He visto que has llegado sediento, cansado y lleno de polvo y eso quiere decir que, aunque hoy es día de mercado, nadie os ha ofrecido ayuda. En una ciudad donde no hay hospitalidad, la gente está peor que muerta. Aunque estaba llena de seres vivos, para vosotros fue peor que un cementerio.

—¡Es verdad! —exclamó el asombrado campesino—. Te voy a contar lo último que hizo. Cuando llegamos al río, en vez de quitarse los zapatos cruzó el agua con ellos.

—Admiro su sabiduría —replicó la joven—. Muchas veces me he preguntado por qué la gente es tan tonta y se quita los zapatos y cruza descalza la corriente. El fondo está lleno de agudos guijarros y a causa del dolor producido al pisar las piedras, he visto que algunos que cruzaban el río caían dentro de él y por no mojarse los zapatos, se mojaban el cuerpo entero. Ese amigo tuyo es un hombre sabio. Me gustaría hablar con él.

—Enviaré a alguien a buscarlo.

Dicho esto, llamaron a un criado y la joven lo envió al visitante con un obsequio, compuesto de una taza de miel, doce pasteles, una jarra llena de leche y el siguiente mensaje:

«Los cimientos son fuertes. La luna está llena; doce meses son un año; el mar rebosa agua».

Por el camino, el criado se comió parte de los dulces que llevaba. Cuando encontró al joven, le dio lo que quedaba del regalo y el mensaje. El hijo del Visir lo aceptó, diciendo:

—Vuelve a casa y dile a tu ama que la luna está menguante, que un año tiene ocho meses y que la marea ha bajado.

El criado volvió junto a su ama para comunicar el extraño mensaje y ella se enfadó mucho al comprender que se había comido parte del regalo.

El hijo del Visir fue recibido en la casa con todas las atenciones y al fin de la magnífica comida que le sirvieron, contó la historia del pescado que se había reído.

—¡La risa del pez significa que en el palacio hay un hombre disfrazado de mujer que quiere matar al Rajá! —dijo la hija del campesino.

—¡Debemos volver corriendo a mi país y contarle a mi padre eso que me has dicho!

Sin perder ni un instante, el joven partió acompañado de la muchacha y, al llegar a su casa, contaron al Visir el motivo de la misteriosa risa del pez.

El pobre hombre, muerto de miedo, corrió enseguida a las habitaciones del Rajá, a quien repitió lo que le habían dicho.

—¡Eso es imposible! —exclamó el monarca.

—Es la pura verdad. Y para demostraros que no miento, haremos una prueba. Servíos llamar a todas las mujeres de palacio y haced que salten el ancho de esa alfombra. Pronto descubriremos si hay un hombre entre ellas.

Así se hizo y de todas las mujeres, solo una consiguió saltar por encima de la alfombra. Aquella resultó ser un hombre, que al momento fue detenido por los soldados del Rajá y encerrado en prisión.

Y así quedó satisfecha la Rani, contento el Rajá y el Gran Visir con su puesto.

En cuanto a su hijo, al poco tiempo se casó con la inteligente hija del campesino, y dicen las crónicas que fueron el matrimonio más feliz de aquel reino.

FIN

Cómo a la ballena se le formó la garganta

Ilustración: martabeceiro

Me informaron de que hace mucho tiempo, mis queridos niños, vivió una ballena en el mar que comía peces. Comía lubinas y pescadillas, salmones y esturiones, cangrejos y abadejos, a los meros y a sus compañeros, comía jureles y verdeles y hasta a la retorcida y escurridiza anguila en verdad se comía. A todos los peces que en el mar podía encontrar se los zampaba de un solo bocado: ¡así! Hasta que al fin solo quedó en el mar un pececillo. Era un pececillo astuto, que nadaba un poco por detrás de la oreja derecha de la ballena para no correr peligro.

Cuando ya no quedaba pez que comer, la ballena se irguió sobre su cola y dijo:

—¡Tengo hambre!

El astuto pececillo, con su débil y astuta vocecilla, le contestó:

—Noble y generoso cetáceo, ¿has comido hombre alguna vez?

—No —respondió la ballena—. ¿A qué sabe?

—Está rico —dijo el pececito astuto—, aunque es algo correoso.

—Entonces tráeme algunos —dijo la ballena, mientras daba coletazos que levantaban montañas de espuma.

—Con uno en cada comida es suficiente —-dijo el pez astuto—. Si nadas hasta la latitud cincuenta norte y la longitud cuarenta oeste (esa es una coordenada mágica) encontrarás, sentado sobre una balsa, en medio del mar, vistiendo solo unos pantalones de lona azul, unos tirantes (debéis recordar especialmente los tirantes) y una navaja, a un marinero náufrago. Pero es de justicia que te prevenga: es hombre de sagacidad y recursos infinitos.

La ballena nadó y nadó, tan deprisa como pudo, hasta la latitud cincuenta norte y longitud cuarenta oeste, y sobre una balsa, en medio del mar, vistiendo solo unos pantalones de lona azul, unos tirantes (debéis recordar especialmente los tirantes) y una navaja, vio a un marinero solo, náufrago y solitario que, con los dedos de los pies, iba haciendo surcos en el agua. (Su madre le había dado permiso para ir a remar, de otro modo, no lo habría hecho jamás, porque era un hombre de sagacidad y recursos infinitos).

Entonces la ballena abrió su enorme boca más y más, hasta casi tocar con ella la cola, y se tragó al marinero náufrago, y la balsa sobre la que estaba sentado, los pantalones de lona azul, los tirantes (que no debéis olvidar) y la navaja. Se lo tragó todo y lo guardó en su despensa interior, cálida y oscura, luego se relamió los labios: así, y dio tres vueltas sobre la cola.

Pero en cuanto el marinero, que era hombre de sagacidad y recursos infinitos, se encontró en la despensa interior, cálida y oscura, de la ballena, pisoteó y saltó, aporreó y taconeó, brincó y danzó, golpeó y retumbó, topó y mordisqueó, saltó y se arrastró, merodeó y aulló, saltó a la pata coja y se cayó y gateó y suspiró y bailó danzas marineras donde no debía, y la ballena se sintió muy mal de verdad (¿habéis olvidado los tirantes?).

Así pues, la ballena preguntó al pez astuto:

—Este hombre es muy correoso y además me está dando hipo. ¿Qué hago?

—Dile que salga —contestó el pez astuto.

Entonces la ballena, habló al marinero náufrago dirigiendo la voz garganta abajo hacia sus entrañas:

—Sal de ahí y compórtate. Tengo hipo.

—¡Nanay! —replicó el marinero—. De eso nada, sino todo lo contrario. Llévame a mi tierra natal, a los blancos acantilados de Albión, y luego me lo pensaré.

Dicho esto, empezó a bailar más que antes.

—Harías bien en llevarlo a casa —le dijo el pez astuto a la ballena—. Ya te advertí de que es hombre de sagacidad y recursos infinitos.

Así que la ballena nadó, nadó y nadó, con las dos aletas y la cola, con toda la fuerza que le permitía el hipo y, al fin, avistó los blancos acantilados de Albión y la tierra natal del marinero. Se lanzó en medio de la playa, abrió, abrió y abrió la boca y dijo:

—Transbordo para Winchester, Ashuelot, Nashua, Keene y estaciones de Fitchburg Road.

En cuanto dijo «Fitch», el marinero salió andando de su boca. Pero mientras la ballena había estado nadando, el marinero, que era, en verdad, una persona de sagacidad y recursos infinitos, había cogido la navaja y había cortado la balsa, convirtiéndola en una reja cuadrada y la había atado firmemente con los tirantes (¡ahora ya sabéis por qué no teníais que olvidaros de los tirantes!) y la arrastró y la empotró con firmeza en la garganta de la ballena y ¡allí la dejó! Entonces le recitó un sloka, que, como seguramente no sabes, te lo escribo a continuación:

Por medio de un enrejado,

tu voracidad he limitado.

Salió, pisó los guijarros de la playa y se fue a casa con su madre, que le había dado permiso para meter las puntas de los pies en el agua y hacer surcos en ella, luego se casó y vivió feliz desde entonces. Lo mismo le sucedió a la ballena. Pero, desde aquel día, el enrejado de la garganta, que no pudo expulsar tosiendo ni tragar, solo le permitió comer peces pequeñísimos, y ese es el motivo por el cual hoy en día las ballenas no comen niños ni niñas, ni hombres ni mujeres.

El pequeño pez astuto, que tenía miedo de que l ballena estuviera enfada con él, fue a esconderse en el barro del fondo del ecuador.

El marinero se llevó a casa la navaja. Cuando salió y se puso a caminar por los guijarros de la playa, llevaba puestos los pantalones de lona azul. Los tirantes, como sabéis, los dejó sujetando la reja. Y este es el fin de esta historia.

FIN

Una orquesta bestial

01_orquesta animales

Ilustración: Sandra Agudo

 

Desde antes de amanecer, Paolo, el pavo, estaba ensayando en su piano una canción muy especial que quería dedicar a Gala, la granjera de la granja en la que vivía. Gala cumplía siete años al día siguiente y ¡siete años no se cumplen todos los días!

Muy de mañana, se había dirigido al río empujando su piano y se había puesto a ensayar:

—Ding, ding, ding, ding, dooooong… Esta última nota no acaba de salir bien —titó Paolo.

Ya empezaba a asomar el sol, cuando pasó cerca del río Gisela, la gallina, que le preguntó a Paolo qué hacía allí:

—Mañana es el cumpleaños de Gala y quiero componer una canción muy especial para regalársela —contestó Paolo.

—¡Qué idea tan genial! —cacareó Gisela— ¡Voy a buscar mi gaita y te ayudaré!

Al cabo de un momento, llegó Gisela con su gaita y los dos empezaron a tocar:

—Ding, ding, ding, ding, dooooong.

—Titititit, titititi, titittooooooo.

La última nota no acababa de salir bien, pero ellos seguían insistiendo.

Celedonio, el cerdo, que era un poco tímido, hacía un rato que escuchaba detrás de una azalea:

—Quizá, si os ayudo con mi clarinete…—gruñó muy bajito.

—¡Estupendo! —dijeron a coro Paolo y Gisela.

Y los tres empezaron a hacer sonar sus instrumentos:

—Ding, ding, ding, ding, dooooong.

—Titititit, titititi, titittooooooo.

—Tarará, tarará, tararirooooooo.

—¿Pero se puede saber qué es este alboroto? —mugió Vidina, la vaca—. Si no sois capaces de componer una canción, es que sois unos músicos de pacotilla ¡Escuchad mi violín y aprended de mí!

Y empezó a tocar junto a Paolo, Gisela y Celedonio:

—Ding, ding, ding, ding, dooooong.

—Titititit, titititi, titittooooooo.

—Tarará, tarará, tararirooooooo.

—Binnz, binz, bonzzzzzzzzz.

En el río, los peces empezaron a alborotarse y Pantaleón, un anciano pirarucú, y Paulina, una perca muy presumida que siempre llevaba la aleta muy bien peinada, se unieron al grupo de músicos con sus panderetas:

—Ding, ding, ding, ding, dooooong.

—Titititit, titititi, titittooooooo.

—Tarará, tarará, tararirooooooo.

—Binnz, binz, bonzzzzzzzzz.

—Pam, pam, pooommm.

El sol ya estaba muy alto, cuando el resto de los animales de la granja, atraídos por la música, empezaron a llegar con sus instrumentos: Olivia, la oveja, con su oboe; Belinda, la burra, con su batería; y hasta se les sumo Ginés, el gato de Gala, con su guitarra:

—Ding, ding, ding, ding, dooooong.

—Titititit, titititi, titittooooooo.

—Tarará, tarará, tararirooooooo.

—Binnz, binz, bonzzzzzzzzz.

—Pam, pam, pooommm.

—Fiuuuuu, fiuuuuu, foooo.

—Chan, chan, chonnn.

—Rang, rang, rong.

No había forma. Algo fallaba. La última nota seguía saliendo muy mal y nadie sabía porqué:

—Es culpa de Olivia, que no entra a tiempo —maullaba Ginés.

—Es culpa de Vidina, que desentona —rebuznaba Belinda.

—Es culpa de Pantaleón y Paulina, que hacen demasiado ruido —graznaba Paolo.

—¡¡Basta!! ¡¡Silencio!! —ululó Lucía, la lechuza, que desde el principio lo había observado todo desde lo alto de una higuera— El problema es que no hay un director. ¡Necesitáis que alguien dirija vuestra orquesta!

Los animales se quedaron pensativos, ¿quién podía dirigirlos? Después de discutir largamente, decidieron que le propondrían a Dámaso, el gran danés que vigilaba la granja, que fuera el director de la orquesta y Paloma y Paula, dos palomas que estaban entre el público, se fueron volando a buscarlo. No tardó mucho Dámaso en llegar con su batuta, un palito de cedro perfumado y, después de dar unos cuantos ladridos para organizar a los músicos, empezó el concierto:

—Ding, ding, ding, ding —sonaba el piano de Paolo, el pavo.

—Titititit, titititi, titittiiiiii —sonaba la gaita de Gisela, la gallina.

—Tarará, tarará, tarará —sonaba el clarinete de Celedonio, el cerdo.

—Binnz, binz, binz —sonaba el violín de Vidina, la vaca.

—Pam, pam, pam  —sonaban las panderetas de Pantaleón, el pirarucú, y Paulina, la perca.

—Fiuuuuu, fiuuuuu, fiuuuuu —sonaba el oboe de Olivia, la oveja.

-Chan, chan, chan – sonaba la batería de Belinda, la burra.

—Rang, rang, rang —sonaba la guitarra de Ginés, el gato.

Todos juntos, formaban una orquesta bestial y, a la mañana siguiente, Gala tuvo el mejor cumpleaños de toda su vida.

FIN

El firme soldadito de plomo

01_libros

Ilustración: Jordi Goy

Había una vez veinticinco soldaditos de plomo, todos hermanos, fundidos de un mismo cucharón. Fusil al hombro, mirando de frente. El uniforme, rojo y azul era precioso.

Lo primero que escucharon los soldaditos en cuanto se levantó la tapa de la caja en la que estaban fue:

—¡Soldaditos de plomo!

Lo dijo un niño, mientras daba palmadas de contento. Eran su regalo de cumpleaños. Los sacó de la caja y los alineó sobre la mesa. Todos eran exactamente iguales. Todos excepto uno, que era diferente porque le faltaba una pierna. Había sido fundido el último y no hubo plomo suficiente. Pero aunque solo tenía una pierna, se sostenía tan firme como los demás. Y es precisamente de este soldadito del que queremos contar la historia.

En la mesa donde los alinearon había otros muchos juguetes, y entre ellos destacaba un precioso palacio de papel, por cuyas ventanas se veían las salas interiores. Enfrente, unos arbolitos rodeaban un espejo que semejaba un lago, en el cual nadaban y se reflejaban unos cisnes de cera. Todo era en extremo encantador, pero lo más lindo era una muchacha que estaba ante la puerta abierta del castillo. De papel también ella, llevaba una preciosa falda de tul azul  y alrededor de sus hombros una cinta, también azul, que tenía en el centro una gran estrella de oropel. Como era una bailarina, tenía los brazos extendidos y una pierna levantada, tanto, que el soldadito de plomo, desde donde estaba colocado, no podía verla y creyó que tenía una sola pierna como él.

—He aquí a la compañera que necesito -pensó-. Pero es una aristócrata. Vive en un palacio, y yo en una caja de madera junto a otros veinticuatro soldados; no es lugar para ella. Sin embargo, debo tratar de conocerla.

Y se colocó detrás de una tabaquera que había sobre la mesa, desde donde, sin que nadie lo molestara, podía observar a tan distinguida dama, que se sostenía sobre una sola pierna sin perder el equilibrio.

Por la noche, guardaron los soldaditos de plomo en su caja y los habitantes de la casa se fueron a dormir. Este es el momento en que los juguetes aprovechan para jugar por su cuenta y así lo hicieron también en aquella casa.

El cascanueces empezó a dar volteretas, el yeso pintaba en la pizarra y los soldaditos de plomo alborotaban en su caja, porque también querían jugar, pero no podían levantar la tapa.

Con tanto jaleo, se despertó el canario, y se sumó al alboroto recitando versos.

Los únicos que no se movieron de su sitio fueron el soldadito de plomo que, firme sobre su pierna, miraba embelesado a la bailarina y la bailarina, que se seguía sosteniendo sobre la punta de su pie.

El reloj dio las doce y la tapa de la tabaquera saltó por los aires. En su interior no había tabaco, sino un duendecillo negro. Era una caja sorpresa.

—¡Soldado! —dijo el duende—, ¡deja de mirar a la bailarina!

Pero el soldado se hizo el sordo.

—¡Ya verás mañana! —exclamó el duende.

Cuando los niños se levantaron, pusieron al soldado en la ventana  y fuera por obra del duende o del viento, esta se abrió de repente y el soldadito cayó de cabeza desde el tercer piso. Fue una caída terrible. Quedó clavado entre los adoquines con su bayoneta, cabeza abajo y con su única pierna estirada.

La criada y el niño bajaron enseguida y a pesar de que estuvieron a punto de pisarlo, no lo vieron. Si él hubiera gritado “¡Estoy aquí!”, lo habrían encontrado, pero al soldadito no le pareció apropiado dar gritos yendo de uniforme.

Empezó a llover. Las gotas caían cada vez más seguidas, hasta que se convirtieron en un auténtico aguacero. Cuando aclaró, pasaron por allí dos niños.

—¡Anda! —exclamó uno—. ¡Un soldadito de plomo! ¡Lo haremos navegar!

Hicieron un barquito de papel, embarcaron en él al soldado y lo pusieron en el agua. El barquichuelo fue arrastrado por la corriente, mientras los niños lo seguían batiendo palmas.

¡Qué olas! ¡Qué corriente! Claro, con el diluvio que había caído. El pequeño barquito tropezaba y se tambaleaba continuamente, girando bruscamente, pero el valiente soldadito seguía firme; sin pestañear, mirando siempre al frente, con su arma al hombro.

De pronto, el barquito entró en un lugar oscuro. “¿Adónde iré a parar? — pensaba-. La culpa de todo esto es del duende. ¡Ay!, si al menos en este viaje me acompañara la bailarina. ¡No me importaría esta oscuridad!”

De repente, una rata enorme le gritó:

—¿Pasaporte? ¡A ver el pasaporte!

Pero el soldadito de plomo no respondió y siguió firme, sujetando con más fuerza su fusil.

El barquito siguió su camino y la rata fue tras él, rechinando los dientes y gritando:

—¡Que alguien lo detenga! ¡No ha pagado peaje! ¡No me ha enseñado su pasaporte!

La corriente se volvía cada vez más impetuosa. El soldadito veía ya la luz del sol al final de aquella oscuridad. Entonces, oyó un estruendo que hubiera asustado al más valiente y vio que el arroyo por el que navegaba se precipitaba como una catarata en un gran canal.

Estaba ya tan cerca que era imposible detenerse. El barquito salió disparado, pero el soldadito siguió tan firme como pudo. ¡Nadie podía decir que hubiera pestañeado siquiera!

La barquita giró sobre sí misma con un ruido sordo y empezó a hundirse. Al soldadito ya le llegaba el agua al cuello. La barca se hundía por momentos. El papel se deshacía. El agua cubría la cabeza del soldado…

En aquel momento, se acordó de la linda bailarina y pensó que ya nunca más volvería a ver su rostro. Y le pareció oír una voz que decía:

—¡Adiós, valiente soldado!

El papel se deshizo por completo y el soldado empezó a hundirse; pero en ese mismo instante, se lo tragó un gran pez.

¡Aquello sí que estaba oscuro! Muchísimo más oscuro que en la alcantarilla y, además, ¡era tan estrecho! Sin embargo, el soldadito seguía firme, tendido cuan largo era y sin soltar su fusil.

El pez seguía moviéndose, hasta que, de repente, se quedó inmóvil. De pronto, se hizo una gran claridad, y alguien exclamó:

—¡El soldadito!

El pez había sido pescado, llevado al mercado y vendido; y ahora estaba en la cocina, donde la cocinera lo estaba limpiando. Cogió al soldadito y lo llevó a la sala. Todos querían ver a aquel valiente soldado que había viajado en la barriga de un pez.

Lo pusieron de pie sobre la mesa y —¡qué cosas más extrañas suceden a veces en la vida!— se encontró en el mismo cuarto, con los mismos niños y con los mismos juguetes sobre la mesa.

Ahí estaba el soberbio palacio y la linda bailarina, sosteniéndose sobre la punta del pie y con la otra pierna en el aire. Aquello emocionó tanto al soldadito que a punto estuvo de llorar lágrimas de plomo. Miró a la bailarina y la bailarina lo miró a él, pero no se hablaron.

Uno de los niños, cogió con la punta de los dedos al soldadito y lo tiró a la chimenea sin dar explicaciones. No había duda: el duende de la caja tenía la culpa.

El soldado de plomo sintió un intenso calor, pero no sabía si a causa del fuego o del amor. Había perdido su color, aunque nadie podría decir si a consecuencia de la pena o del viaje.

Miró a la bailarina, y sus miradas se encontraron. Él sintió que se derretía, pero siguió firme, con su fusil al hombro.

La puerta se abrió, y una ráfaga de viento levantó por los aires a la bailarina, que volando fue a caer en la chimenea; junto al soldado, y allí se inflamó con una llamarada y desapareció.

Al día siguiente, cuando la criada barrió las cenizas de la chimenea encontró, muy juntitos, un trocito de plomo en forma de corazón y una estrella de oropel.

FIN