pícaro

La venta de la vaca

Ilustración: hockeychick

En un pequeño pueblo vivían un campesino y una campesina. Lo único que poseía la pareja era su cabaña, una vaca y una cabra. El hombre, que se llamaba Abundio, era muy limitado, tanto, que sus vecinos lo apodaban el Tonto. Pero su esposa, Petronila, era muy inteligente y con frecuencia remediaba las tonterías que hacía su marido.

Una mañana Petronila le dijo a su marido:

—Abundio, hoy hay feria en la aldea y he pensado en vender nuestra vaca. La pobre es muy vieja y da poca leche.

Abundio, después de pensar un rato, le dio la razón a su mujer:

—Petronila, creo que lo mejor será que vendamos la vaca. La pobre es muy vieja y da poca leche.

Se puso el traje de domingo y se fue al establo a recoger la vaca para llevarla al mercado.

—Abundio, atento y no te dejes engañar —le advirtió Petronila.

—Tranquila, mujer. Mucho tiene que madrugar el que me quiera engañar —contestó el tonto campesino, que se creía muy inteligente.

Abundio fue al establo pero, una vez allí, no sabía distinguir claramente cuál era la vaca y cuál era la cabra.

—¡Ya sé! —se dijo para sí después de cavilar largo rato—. Una vaca es más grande que una cabra, así que me llevaré el animal más grande al mercado y problema solucionado.

Dicho esto, desató la vaca y se la llevó.

No había andado mucho Abundio cuando tres jóvenes, que también iban a la feria, le echaron el ojo. Los tres pícaros, al ver al lugareño con la vaca, decidieron engañarlo. Acordaron que uno de ellos se adelantaría para tratar de comprarle el animal. Poco después, el segundo haría lo mismo y, por último, el tercero.

—¡Hola, amigo! —saludó el primero—. ¿Me vendería su cabra? ¿Cuánto vale?

—¿Cabra? —replicó el aldeano atónito—. ¿Cabra, dice? —Y con expresión incrédula, miraba, alternativamente, al comprador y al animal.

—Véndamela, por favor —continuó el joven muy serio—. Le doy seis monedas por ella.

—¿Venderle la cabra? —continuó repitiendo el lugareño, moviendo la cabeza de un lado a otro—. Yo pensaba que llevaba una vaca a la feria.  Y después de mirarla bien, sigo creyendo que es una vaca y no una cabra.

—¡No diga disparates! Lo que lleva a vender es la cabra más flaca que he visto en mi vida. Es mejor que guarde mis monedas. ¡No la quiero! ¡Adiós!

A continuación el segundo joven alcanzó a Abundio.

—Buenos días, buen hombre —le dijo afablemente—. ¡Qué día tan bonito hace! ¿Va usted al mercado? ¡Pero si lleva una cabra! Yo iba a la feria, precisamente, a comprar una cabra. ¿Me vende la suya? Le doy cinco monedas por ella.

El campesino, rascándose una oreja, dijo para sus adentros: «¡Pero qué raro! Este también dice que llevo una cabra. ¿Será posible? El bicho, en todo el camino, no ha abierto el hocico. Si hiciera ruido, podría saber si es la cabra o la vaca. ¡Maldita sea! La próxima vez, antes de salir, preguntaré a mi mujer».

—Pues vale —continuó el pícaro joven—, si no me quiere vender la cabra por cinco monedas, compraré otra en el mercado. Aunque creo que cinco monedas es mucho a cambio de una cabra tan flaca. Adiós.

Finalmente, llegó el tercer joven.

—Feliz día, caballero ¿Querría venderme su cabra?

El pobre campesino ya no sabía qué pensar. Al cabo de un momento de silencio contestó:

—Es la tercera persona que me dice que esto que llevo es una cabra, pero este animal es una vaca.

—¿Cómo dice? Está claro que está ciego o que me toma el pelo —repuso el chico mentiroso— ¡Pero si hasta un niño puede decirle que este animal no es una vaca, sino una cabra. Y por cierto, muy flaca.

—Recuerdo que el animal que estaba atado cerca de la puerta, el que yo traigo aquí, era una vaca. Además, puede ver que este animal tiene la cola larga y las cabras tienen la cola corta —contestó el tonto aldeano.

—Solo dice tonterías —contestó el tunante—. Pero, aun así, le ofrezco cuatro monedas por su cabra.

El pobre hombre, que ya dudaba hasta de sí mismo, vendió el animal por cuatro monedas y regresó a su casa. Mientras, los jóvenes siguieron su camino hacia el mercado.

Al llegar a casa, Petronila se indignó mucho cuando Abundio le entregó las cuatro monedas.

—¡Tonto! ¡Más que tonto y sin remedio! —exclamó colérica—. Te llevaste una vaca que vale, al menos, cincuenta monedas.

—Pero ¿qué podía hacer yo? Tres personas, una después de otra, me aseguraron que llevaba una cabra y…

—¿Tres? —interrumpió la mujer—. Seguro que fueron los mismos que pasaron por aquí y me preguntaron por el camino de la aldea. Habrán vendido nuestra vaca en el mercado y ahora lo estarán celebrando en alguna posada. ¡No perdamos tiempo! Ponte un sombrero grande para que no te reconozcan. Vamos a pagar a esos pícaros con la misma moneda.

Al llegar al mercado, visitaron varias fondas y, tal y como lo había sospechado la mujer, encontraron a los tres estafadores celebrando su triunfo en una de ellas.

La mujer habló con el posadero y le refirió, en pocas palabras, lo que le había pasado a su marido:

—Si nos ayuda —dijo la mujer al posadero, —podremos recobrar nuestro dinero. Mi plan es este: yo le pediré bebida y usted nos servirá. A la hora de pagar, me levantaré, revolveré dentro de mi sombrero y, a continuación, usted sacará de su bolsillo estas monedas que yo le doy ahora y dirá, bien alto, que la cuenta está pagada.

En su mesa, los tres pícaros seguían comiendo y bebiendo alegremente sin prestar atención a nada. Pero cuando Petronila se levantó por tercera vez y revolvió en su sombrero, uno de ellos le preguntó al posadero la causa de tan extraña conducta y este, haciéndose el misterioso, respondió:

—¡Es increíble lo de esa mujer! —respondió—. Tiene un sombrero mágico. Muchas veces había oído hablar de ese sombrero, pero esta es la primera vez que veo tal maravilla con mis propios ojos. Esa señora me pide bebida, se la llevo, revuelve su sombrero y, al momento, en mi bolsillo suena el dinero. Al principio no me parecía posible, pero usted mismo es testigo: los hechos son más seguros que las palabras.

El bribón se reunió con sus camaradas y les refirió la conversación.

—Debemos apoderarnos de ese sombrero a cualquier precio —dijeron los tres al unísono.

Fueron a sentarse con la pareja de campesinos y empezaron a hablar:

—Señora, su sombrero es muy bonito y me gustaría comprarlo. ¿Cuánto vale? —dijo el primero.

La mujer lo miró desdeñosamente y repuso:

—No lo vendo. No es un sombrero cualquiera. ¡Posadero! —gritó con voz firme—, ¡más bebida!

Cuando la bebida fue servida, Petronila se levantó, revolvió su sombrero y el posadero sacó al instante dinero de su bolsillo.

Los tres bribones estaban cada vez más pasmados de asombro y tanto importunaron y rogaron a la mujer, que esta acabó por exclamar:

—¡Está bien! No me molesten más. Les vendo el sombrero por cincuenta monedas.

Esta era la suma exacta que habían obtenido por la venta de la vaca. Muy alegres, entregaron el dinero a Petronila, que tan pronto como lo tuvo en el bolsillo se marchó a su casa del brazo de Abundio.

Los tres bribones también se fueron hacia otra fonda para probar el sombrero. Después de haber pedido varias bebidas, llamaron a la dueña para pagarle. El primero se levantó, revolvió el sombrero, y todos esperaron el efecto. Pero no sucedió nada. La dueña, extrañada por tal conducta, les dijo:

—Estoy esperando a que me paguen.

—Solo tiene que meter la mano en su bolsillo. Ahí está su dinero.

La mujer así lo hizo, pero no encontró nada.

—¡Qué raro! —dijo el segundo joven, un poco alarmado—. Dame el sombrero. Probaré yo.

El joven revolvió dentro del sombrero, a derecha e izquierda. Pero en balde. Los bolsillos de la posadera seguían tan vacíos como antes.

—¡No sabéis hacerlo! —gritó el tercero con impaciencia— Veréis cómo se debe hacer.

Y diciendo esto, revolvió el sombrero despacio y con cuidado. Pero no tuvo más éxito que sus compañeros.

Al fin, comprendieron que los habían engañado. Su indignación fue tanta, que es mejor no repetir lo que dijeron de Petronila.

Esta, entretanto, había llegado a su casa junto a su marido, que más contento que unas pascuas contaba las cincuenta monedas:

—¿Lo ves, Petronila? Ya te lo dije esta mañana: «Mucho tiene que madrugar el que me quiera engañar».

Su mujer prefirió no decirle nada porque era muy juiciosa y sabía que, muchas veces, el silencio es oro.

FIN

Dos mejor que una

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Ilustración: Madame-Kikue

En un precioso pueblo llamado Vallfogona, vivió, hace ya bastante tiempo, un rector que se hizo famoso en el mundo entero gracias a los muchos libros que escribió.

Sobre el Rector de Vallfogona se cuentan muchas historias, algunas ciertas, otras no tanto. La que os vamos a referir a continuación ocurrió sin lugar a dudas. Y podemos aseguraros que es cierta y muy cierta porque ha llegado hasta nosotros de boca de uno de los testigos de lo que ocurrió aquel día: la mismísima cocinera del señor rector. Quizá la conozcáis, porque ahora elabora magníficas recetas en una de las principales cocinas de Isla Imaginada… Pues bien, esto fue lo que ella nos contó…

El señor rector era un hombre jovial y alegre; siempre estaba de muy buen humor. Su alegría era casi tan grande como su apetito, porque tanto o más que reír, le gustaba comer bien. Su plato preferido, el que siempre estaba dispuesto a degustar fuera para desayunar, comer, cenar, merendar o picar entre horas consistía en un par de perdices guisadas, que acompañaba de un buen trozo de pan, con el que rebañaba la salsa hasta dejar el plato más limpio que recién lavado.

Cuando sabía que había perdices para comer, se sentaba a la mesa, cogía su cuchillo y su tenedor y exclamaba feliz: «¡Y ahora me comeré un buen par!», refiriéndose a las perdices en salsa que la cocinera, la mejor de la comarca, cocinaba para él.

En la parroquia vivía también un monaguillo, que lo ayudaba en las obligaciones de la iglesia, un jovencito muy espabilado, aunque bastante travieso y también muy comilón, con el que había topado un día en un camino. El párroco, que aquel día se trasladaba en burro a un pueblo cercano, refrenó su montura y le preguntó:

—¿De dónde vienes?, ¿Adónde vas? ¿Cómo te llamas? ¿Con quién estás?

A lo que el niño, sin perder ni un segundo, respondió:

—De Tárrega vengo. A Verdú voy. Mi nombre es Pedro. Solo y triste estoy.

Sorprendido por su inteligente y rápida respuesta y al saber que el niño no tenía a nadie en el mundo, el buen rector decidió adoptarlo y enseñarle el oficio de sacristán.

Así vivían felizmente los tres hasta que, cierto día, el rector recibió una carta en la que se le anunciaba que el domingo siguiente el mismísimo obispo en persona visitaría la parroquia de Vallfogona, asistiría a la celebración de la misa y, seguidamente, les haría el grandísimo honor de quedarse a comer.

Imaginad los nervios del pobre rector ante una vista de tamaña importancia. Enseguida dio órdenes a la cocinera para que lo preparara todo a fin de agasajar debidamente a tan egregio personaje.

—Compra cuatro perdices bien hermosas y prepáralas en salsa… ¡Todo debe quedar perfecto! ¡No me falles!

—No se preocupe, señor rector. Todo saldrá a pedir de boca —aseguró la cocinera.

La buena mujer se proveyó de todo lo necesario y el domingo, muy de mañana, se puso manos a la obra.

Poco a poco, el aroma de su guiso se fue extendiendo por todos los rincones y hasta a los ángeles pintados en las paredes de la iglesia se les hacía la boca agua.

Ya cerca del mediodía, puntual a su cita, llegó el obispo y se dirigió a la Iglesia. El monaguillo debía recibirlo, pero antes, sin poder resistir aquel olorcillo que parecía que lo llamaba desde la cocina, hizo una visita a la cocinera:

—Cierto que las tuyas son las mejores perdices en salsa del mundo… pero hoy… hoy no sé yo si te habrán quedado tan bien como siempre… huelen bien… pero…  no sé…

—¡¿Qué me dices?!  —se alarmó la cocinera.

—Tranquila, las probaré ahora mismo a ver qué tal saben…

—¡Sí, por favor! ¡Pruébalas!

Dicho y hecho. El monaguillo probó un poco de una de las perdices y mojó pan en la salsa. Y luego probó otro poco y otro poco… Y, en un momento de descuido de la cocinera, se zampó las cuatro enteras. ¡En el plato quedaron únicamente los huesos!

—Pero, ¿qué es lo que has hecho? ¡Tunante! ¡Glotón! ¡Zampabollos! —se lamentaba la cocinera—  Te he dicho que las probaras, no que acabaras con ellas. ¡Si me descuido te comes hasta los huesos! ¡Qué disgusto!

—¡Lo siento! ¡Lo siento de verdad! Pero es que estaban tan deliciosas…

—¿Qué hago yo ahora? ¿Qué dirá el señor rector? Esta mañana ha visto cómo las preparaba…

La cara del monaguillo se iluminó de repente:

—¡No te preocupes! Yo lo he estropeado y yo lo arreglaré. ¡Déjalo de mi cuenta!

Y se marchó corriendo a reunirse con el obispo, que ya lo esperaba en la sacristía.

—Buenos días, Excelencia Reverendísima —saludó educadamente el monaguillo—. Es un honor su visita, espero que transcurra plácidamente y que no tengamos problemas…

—¿Problemas? ¿Por qué habríamos de tener problemas?

—Bueno… Me gustaría advertirlo, para que no se extrañe si ocurre, de que todo y que el señor rector es una excelente persona y un hombre bueno e inteligente, a veces… a veces le dan unos ataques… extraños… y, entonces, tenemos problemas…

—¿Ataques extraños?, ¿qué quieres decir? —preguntó intrigado el obispo— ¿Qué le pasa? ¿Qué hace?

—Normalmente no hace nada, pero, en ocasiones, se obsesiona un poco y no para hasta que consigue cortarles las orejas a sus invitados…

—¿Cómo? ¿¡Las orejas de sus invitados?!

—¡Pero usted no sufra!, porque se nota cuando le da el ataque. Si usted ve que coge el cuchillo y el tenedor y grita muy fuerte: «¡Y ahora me comeré un buen par!», le aconsejo que se proteja las orejas y que empiece a correr sin detenerse.

El obispo estuvo durante toda la misa observando al rector y al ver que se comportaba normalmente, se fue tranquilizando.

Al acabar la ceremonia, se dirigieron juntos, rector y obispo, hablando jovialmente hacia el comedor, donde la mesa ya estaba puesta. Tomaron asiento, uno frente al otro al otro y fue entonces, cuando cogiendo el tenedor y el cuchillo el rector exclamó:

—¡Y ahora me comeré un buen par!

Al oír aquello, el obispo saltó de su silla, se tapó las orejas y empezó a correr como alma que lleva el diablo.

Justo en el mismo momento, el monaguillo entró en el comedor exclamando:

—¡Señor rector! ¡Señor rector! ¡El obispo ha robado las perdices!

—Pero, ¿qué me estas contando? ¡Que me las devuelva ahora mismo!

Y aún con el cuchillo y el tenedor en sus manos, salió en persecución del fugitivo gritando:

—¡Señor obispo! ¡Señor obispo! ¡No huya! ¡Vuelva aquí!, ¡al menos deme una!

A lo que el obispo, sin parar de correr, respondió aterrorizado:

—¡¡Ni una ni ninguna!! ¡¡Ni una ni ninguna!!

Y esta es la verdadera historia de cómo el monaguillo y la cocinera se libraron aquel día de una buena reprimenda.

FIN