premio

El padre comprado

Ilustración: Pintura china tradicional

Hace mucho tiempo, en China, vivía un honrado pescador llamado Wang Hua, siempre servicial y dispuesto a ayudar a la gente necesitada. Un día, se encaminaba a su casa después de haber vendido la pesca en el mercado, cuando llamó su atención un grupo de curiosos parados en la acera que formaban un círculo. Se acercó y vio que en medio de ellos había un anciano que gritaba:

—¡Estoy a la venta! ¿Quién me quiere comprar? Me iré con el que me compre. Cómprame y seré tu padre. Ahora soy pobre, pero cuando me compres, te pagaré. Si me compras ahora, algún día te haré rico y noble.

La gente se reía de él y algunos niños le tiraban piedras. El pescador vio que el viejo estaba harapiento y sucio, pero en su cara enjuta, sus ojitos hundidos chispeaban con inteligencia y miraban curiosos a su alrededor. Por su aspecto, seguramente no había comido en todo el día. Wang Hua sintió compasión por el anciano y, sin vacilar ni un segundo, se dirigió a él y le dijo con una reverencia:

—¡Ven conmigo a casa, anciano! Yo seré tu hijo y tú serás mi padre.

El padre adoptivo lo examinó sonriendo durante unos segundos y, sin decir nada, lo siguió. Mientras, los curiosos seguían riendo y comentaban el asunto, haciendo todo tipo de conjeturas:

—¿Se habrá vuelto loco el pescador?

—Tal vez lo conoce…

—Quizá se cree de verdad que el viejo lo hará rico…

—¿¡Quién, en su sano juicio, querría cargar con semejante vejestorio!?

Al llegar a su casa, el pescador sentó al anciano en el mejor sillón y llamó a su mujer y a sus hijos para que lo conocieran. La familia entera lo recibió con cordialidad. La mujer del pescador llevó enseguida una palangana llena de agua caliente y una muda de ropa. Lo lavó y lo vistió. El mismo pescador lo peinó y le sirvió un té caliente y arroz. Los niños lo miraban con ojos sorprendidos y le preguntaban mil cosas:

—¿De dónde vienes?

—¿Cómo te llamas?

—¿Dónde está tu familia?

Pero el viejo no hizo mención alguna de su vida. Después de la cena, se acostó y concilio el sueño de inmediato.

Al día siguiente, el pescador regresó a casa y llevó el mejor pescado del día para que el anciano se alimentara. Aunque la vida de la familia era bastante austera, eran muy generosos con el viejo desconocido, que se convirtió en padre del pescador, suegro de la mujer y abuelo de los pequeños.

Transcurrieron varios meses, durante los cuales, la bondadosa familia no mostró nunca impaciencia o mezquindad hacia el anciano. Bien al contrario, lo rodearon de cariño y atenciones. Durante todo ese tiempo, el viejo se dejó querer, pero no les reveló nada de su vida.

Cuando la primavera ya llegaba, el abuelo llamó a su hijo adoptivo y a su nuera y les dijo:

—Llevo varios meses con vosotros y no puedo más que estar agradecido y conmovido por la hospitalidad que me habéis otorgado y por lo bien que me habéis tratado. Las personas honestas, generosas y compasivas como vosotros, deben ser recompensada de la mejor manera posible. ¿Recuerdas, hijo mío, lo que yo decía cuando estaba en la calle y tú me recogiste?

—Sí, padre, lo recuerdo.

—Pues no era broma lo que pregonaba. Hoy tengo que marcharme, pero os dejo esto —dijo mientras entregaba a su hijo adoptivo un lienzo de seda lleno de caracteres—. Si algún día venís a buscarme, os haré muy ricos y nobles. Mi historia y mi dirección está escrita en la seda.

Dicho esto, el viejo se despidió cariñosamente de todos y se marchó.

La familia quedó apenada con su marcha y como ninguno de ellos sabía leer, el pescador y su esposa fueron a buscar a un sabio para que descifrara lo que estaba escrito en el lienzo que les había entregado el anciano. El maestro, después de leer detenidamente los caracteres, les dijo:

—Este lienzo, escrito y firmado por el mismísimo Emperador, explica que, hace unos meses, el monarca salió de su palacio, solo y sin escolta, para recorrer el país y conocer personalmente a sus súbditos.

Confundidos por la sorpresa y temblando de emoción, el matrimonio guardó el lienzo con la ilustre firma estampada en él y volvió a su hogar. Los dos habían creído que habían ayudado a un pobre desamparado, pero resultó que habían dado cobijo, nada más y nada menos, que al mismísimo Emperador

Al día siguiente, se dirigieron a palacio para buscar a su padre adoptivo. Cuando llegaron allí, el viejo ya los esperaba y salió a recibirlos con los brazos abiertos, sonriendo amablemente.

Su hijo y su nuera, así como sus nietos, se pusieron de rodillas. Estaban aturdidos por el lujo y la majestuosidad que los rodeaba. Casi no podían reconocer al anciano humilde que había estado viviendo con ellos, ahora vestido con ropajes de seda bordada con hilos de plata y oro.

El Emperador les dio de comer y los alojó en su confortable residencia.

Pasados unos días, la familia se despidió de su padre adoptivo, el cual los obsequió con una hacienda, una casa amplia y varias docenas de caballos. Además, les concedió un título nobiliario.

¡Cierto!, ya sé lo que estás pensando… Es muy raro que un acto de generosidad desinteresado cambie nuestra vida de forma tan radical, pero al menos sucedió una vez en el mundo… Fue en China, hace mucho tiempo.

FIN

El agua de la vida

Ilustración: Arthur Rackham

Hubo una vez un rey que enfermó gravemente. No había nada que aliviara ni calmara su dolor. Después de mucho deliberar, los sabios decidieron que solo lo podría curar el agua de la vida, tan difícil de encontrar que no se conocía a nadie que lo hubiera logrado. Este rey tenía tres hijos, el mayor de los cuales decidió partir en busca de tan especial medicina. «Sin duda, si logro que mejore, me premiará generosamente», pensaba, pues le importaba más el oro que la salud de su padre.

En su camino encontró a un pequeño hombrecillo que le preguntó cuál era su destino.

—¿Qué ha de importarte eso a ti?, ¡enano! Déjame seguir mi camino.

El duende, ofendido por el maleducado príncipe, utilizó sus poderes para desviarlo hacia una garganta en las montañas que cada vez se estrechaba más, hasta que ni el caballo pudo dar la vuelta, y allí quedó atrapado.

Viendo que su hermano no volvía, el mediano decidió ir en busca de la medicina para su padre. «Toda la recompensa será para mí»,  pensaba ambiciosamente.

No llevaba mucho camino recorrido, cuando el duende se le apareció preguntando a dónde iba:

—¡Qué te importará a ti! Aparta de mi camino, ¡enano!

El duende se hizo a un lado, no sin antes maldecirlo para que acabara en la misma trampa que el mayor, atrapado en un paso de las montañas que cada vez se hizo más estrecho, hasta que caballo y jinete quedaron inmovilizados.

Al pasar los días y no tener noticias, el menor de los hijos del rey decidió ir en busca de sus hermanos y del agua milagrosa para sanar a su padre. Se puso en marcha y no tardó mucho en encontrar al hombrecillo, el cual también le preguntó cuál era su destino:

—Mi padre está muy enfermo, busco el agua de la vida, que es la única cura para él.

—¿Sabes ya a dónde debes dirigirte para encontrarla? —volvió a preguntar el enano.

—Aún no. ¿Tú puedes ayudarme?

—Has resultado ser amable y humilde y, por ello, mereces mi favor. Toma esta varilla y estos dos panes y dirígete hacia el castillo encantado. Toca la cancela tres veces con la vara, y arroja un pan a cada una de las bestias que intentará comerte. Busca entonces la fuente del agua de la vida tan rápido como puedas, pues si dan las doce, y sigues en el interior del castillo, ya nunca más podrás salir —añadió el enanito.

A lomos de su caballo, pasados varios días, llegó el príncipe al castillo encantado. Tocó tres veces la cancela con la vara mágica, amansó a las bestias con los panes y llegó a una estancia donde había una preciosa muchacha que le dijo:

—¡Por fin se ha roto el hechizo! En agradecimiento, me casaré contigo si vuelves dentro de un año.

Contento por el ofrecimiento, el muchacho buscó rápidamente la fuente de la que manaba el agua de la vida. Llenó un frasco con ella y salió del castillo antes de las doce.

Durante el camino de regreso, se encontró de nuevo con el duende, a quien relató su experiencia. Después le preguntó:

—Mis hermanos partieron hace tiempo, y no los he vuelto a ver. ¿No sabrías dónde puedo encontrarlos?

—Están atrapados por la avaricia y el egoísmo, pero tu bondad los hará libres. Vuelve a casa y por el camino los encontrarás. Pero ¡cuídate de ellos!

Tal como había anunciado el duende, el menor encontró a sus dos hermanos antes de llegar al castillo del rey. Los tres fueron a ver a su padre, quien después de tomar el agua de la vida se recuperó por completo. Incluso pareció rejuvenecer. El menor de los hermanos le relató entonces su compromiso con la princesa, y su padre, orgulloso, le dio su bendición y permiso para casarse. Así pues, al acercarse la fecha pactada, el menor de los príncipes se dispuso a partir en busca de su amada.

Ella, que ya lo esperaba ansiosa en el castillo, ordenó extender una carretera de oro para recibir a su amado, desde su palacio hasta el camino y ordenó a los guardianes:

—Dejad pasar a aquel que venga por el centro de la carretera. Cualquier otro será un impostor —advirtió, y se marchó a hacer los preparativos.

Efectivamente, los dos hermanos mayores, envidiosos, habían tramado, por separado, llegar antes que el menor y presentarse a la princesa como sus libertadores:

—Suplantaré a mi hermano y seré yo el que me case con la princesa. —Pensaba cada uno de ellos.

El primero en llegar fue el hermano mayor, que al ver la carretera de oro pensó que la estropearía si la pisaba y, dando un rodeo tomó un camino lateral a la derecha y se presentó a los guardas como el rescatador de la princesa. Mas éstos, obedientes, le negaron el paso.

El hermano mediano llegó después, pero apartó el caballo de la carretera por miedo a estropearla, y tomó el camino de la izquierda hasta los guardias, que tampoco lo dejaron entrar.

Por último llegó el hermano menor, que ni siquiera notó cuando el caballo comenzó a caminar por la carretera de oro, pues iba tan absorto pensado en la princesa que se podría decir que casi flotaba.

Al llegar a la puerta, le abrieron enseguida, y allí estaba la princesa esperándolo con los brazos abiertos, llena de alegría y reconociéndolo como su salvador.

Los esponsales duraron varios días, y trajeron mucha felicidad a la pareja, que invitó también al padre, el cual vivió muchos años sin enfermar gracias al agua de la vida.

FIN