primavera

La Pequeña Hada y las flores

Ilustración: cathydelanssay

«¡¡¡Qué bien que ya llega la primavera!!!», pensó la Pequeña Hada al despertarse una mañana de abril. El cielo lucía limpio, sin nubes, y un coro de pajaritos ensayaba para el concierto primaveral.

Nuestra amiga asomó la cabeza por la ventana para sentir en su carita los rayos del sol, pero le llamó la atención ver a su vecina, una anciana tortuga, rebuscando con su hocico en la tierra de su jardín de una punta a otra; yendo de un lado a otro sin parar.

Como su curiosidad era grande y la tortuga su amiga, no dudó en salir y preguntarle:

—¡Buenos días, señora Tortuga! ¿Está buscando algo? ¿Qué ha perdido? ¿Puedo ayudarla?

—¡Oh, no!, Pequeña Hada. Es que cada primavera, por estas fechas, las flores llenan los parterres de mi jardín y con ellas hago un pastel ¡Son deliciosas! Pero este año aún no han salido. Es raro, ¿No te parece?

—¡Muy raro, muy raro! —exclamó una vocecilla al otro lado de la verja.

Un cervatillo de cola blanca, que tenía su casa junto a la de la señora Tortuga, había escuchado la conversación y se unió a ella.

—¡Yo también espero con ansia que salgan los tiernos brotes y las dulces flores que tanto me gustan! Pero, a pesar del buen tiempo, no hay ni rastro de ellas.

A la Pequeña Hada le pareció que tanto la tortuga como el cervatillo eran unos tragaldabas impacientes que únicamente pensaban en comer. Solo tenían que esperar a que salieran las flores ¿¡Cómo no iban a salir!?

Transcurrieron varios días en los que la señora Tortuga no dejó de rebuscar en el jardín y el cervatillo no paró de recorrer el bosque en busca de flores.

La Pequeña Hada empezó a preocuparse: «¿Será cierto lo que dicen la tortuga y el cervatillo? ¿De verdad esta primavera no traerá flores?».

En estos pensamientos andaba, cuando, toc. toc, toc, llamaron a la puerta:

—¡Abre, Pequeña Hada!

Al abrir, una nube de abejas, precedida por el señor Búho, entró en tropel en su casa:

—¡Bzzzzzzzzzz! ¡Bzzzzzzzz! ¡Bzzzzzzzz! —zumbaban sin parar.

      El Señor Búho tomó la palabra:

—Verás, Pequeña Hada, venimos a verte porque estas pequeñas amigas tienen un problema muuuuuuy grande. Vinieron a mí en busca de consejo y yo, después de escucharlas, he decidido que si alguien las puede ayudar, eres tú.

—Oh, señor Búho, ¡estoy impaciente por escucharos! ¿Cuál es el problema?

Una de las pequeñas abejas explicó, entre zumbidos y sollozos, que se encontraban hambrientas y desesperadas. Como cada año, esperaban la primavera para recolectar el néctar de las flores con el que alimentar a su reina. También planeaban hacer una gran colmena para ella, en la que nacieran cientos de nuevas abejitas. Pero iban pasando los días y no había ni rastro de flores, ¡ninguna! La abeja reina estaba muy débil y era urgente encontrar alimento.

—¡Puaf! Pues es verdad lo que mis vecinos decían ¡Pobres abejitas! ¿Qué habrá pasado con las flores?

La Pequeña Hada, tan dispuesta como siempre, se comprometió a ayudar a las abejas.

—Dígame, señor Búho, ¿qué razón puede haber para que no hayan nacido flores esta primavera? Las abejas las necesitan para alimentarse.

—¡Oh, sí, Pequeña Hada! —habló el búho—. La falta de flores es muy grave, ¡pero no solo para las abejas! Verás, cuando ellas se posan en una flor y extraen el néctar para fabricar la miel, en sus alitas y en sus patas quedan pegadas partículas del polen, ya sabes, ese polvito amarillo que se nos pega a la nariz cuando las olemos. Después, ese polen lo van repartiendo por todo el campo cuando van de flor en flor. De este modo se fecundan las flores de los árboles, las que después darán la fruta que tanto disfrutamos. Total, ¡que si no hay flores, no habrá fruta!

La Pequeña Hada se quedó patidifusa. ¡No pensaba que el asunto fuera tan grave!:

—Señor Búho, es imprescindible encontrar la forma de llenar el campo de flores. Hablaré con el señor Jardinero, una opinión experta nos ayudará.

La Pequeña Hada se encaminó a casa del jardinero, al que encontró examinando con una lupa unos matorrales:

—¡Buenos días, Señor Jardinero! ¿Qué haces?

—Pues ya ves, Pequeña Hada, estoy muy preocupado. Por más que riego y abono las plantas no nacen las flores.

—De eso mismo quería hablarle. Hoy mismo, unas abejas me han explicado lo preocupadas que están también por esta razón ¡Si no hay flores, no tienen comida!

En ese instante, desde el camino llegó un gran alboroto. Un grupo de vecinos parloteaba sin cesar:

—¡Allí está! ¡Allí está! ¡Os dije que iba a ver al jardinero!

El cervatillo, vecino de la Señora Tortuga, encabezaba la comitiva. Lo seguían una iguana y una familia de conejos, todos ellos afectados por la falta de flores. A la cola, iba la pobre tortuga gritando a pleno pulmón:

—¡He, esperadme! ¡Esperadme! ¡Que la he visto yo!, ¡la he visto yo!

El señor Jardinero puso paz en tanto jaleo y les pidió que se explicaran.

El cervatillo tomó la palabra, pues a la tortuga aún le quedaba un buen trecho para llegar a donde estaban todos:

—¡Ya sabemos lo que ha pasado con las flores! Esta mañana, la tortuga salió al bosque, ¿y a que no sabéis a quién se encontró? —No se oía ni una mosca. Todos aguardaban a que el cervatillo continuara— ¡Pues, ni más ni menos, que a la maga Fastidiosa!

—¡Ohhhhhhh! —exclamaron todos.

La Maga Fastidiosa, siempre dispuesta a fastidiar, había estudiado en la misma Academia de Hadas Buenas en la que se diplomó la Pequeña Hada, pero fue expulsada por ser mala estudiante y no utilizar la magia para buenos fines. Entonces, se fue a vivir sola a una casita en la profundidad del bosque y se volvió egoísta y envidiosa. Le daba mucha rabia todo lo que hacía felices a los demás y, de vez en cuando, aparecía para fastidiar a alguien.

En ese momento, llegó la señora Tortuga, agotada de tanto correr, pero deseosa de explicar lo que le había sucedido. Le acercaron una silla y le dieron un vaso de agua. Una vez recuperada les contó:

—Estaba rebuscando flores entre la hierba, cuando escuché una risa burlona detrás de mí. Me giré y allí estaba ella, ¡la maga Fastidiosa!, que soltó una carcajada y me preguntó: «¿Estás buscando flores, vieja tortuga? Ja, ja, ja, ja. Pues que sepas que ni tú ni nadie en Isla Imaginada va a ver una flor esta primavera, ja, ja, ja, ja. Ya estaba harta de tanto abejorro zumbón que no me deja dormir la siesta y de conejos saltando por el campo al amanecer ¡Este año tendréis que ir a otro sitio a buscar flores! Ja, ja, ja, ja, ja». ¡Y eso es todo! Vine a todo correr, ji, ji, ji, es un decir, para explicarte lo que ha pasado. ¡Ay, Pequeña Hada! Tú eres la única que nos puede ayudar con tu buena magia —la pobre tortuga estaba muy angustiada.

De nuevo, hubo un guirigay de voces de todos los allí reunidos: que si hay que tener mal corazón; que si no puede ser que no le gusten las flores; que ¿cómo lo vamos a arreglar?; que qué mala malísima se ha vuelto la maga Fastidiosa…

Hasta que, de nuevo, el jardinero los mandó callar a todos:

—¡¡Silencio!! Dejad hablar a la Pequeña Hada. Dinos, ¿qué podemos hacer?

La Pequeña Hada sabía lo disgustados que se encontraban sus amigos e intentó calmarlos, aunque la solución era harto difícil:

—Mirad, vecinos, por lo que nos cuenta la señora Tortuga, creo que lo qué ha pasado es que la maga Fastidiosa ha lanzado un encantamiento para que las flores no nazcan esta primavera. Lo que hay que hacer es anularlo y las flores brotarán de nuevo.

El jardinero suspiró aliviado:

—Pues vamos ya. ¡No hay que perder tiempo!

—Ay, señor Jardinero, no pienses que es tan fácil. Para poder anular un encantamiento, el mago que lo ha hecho debe estar presente —respondió la hadita—. Yo elaboraré un conjuro, pero necesito un buen plan para lograr que la Maga Fastidiosa esté cerca en el momento en que yo lo recite. ¡Corred la voz!, que todo el mundo se ponga a pensar la manera de engañar a la maga Fastidiosa.

Dicho esto, los dejó a todos parloteando y se fue con paso rápido a su laboratorio.

Como ya sabemos, para elaborar un conjuro, primero hay que consultar el Gran Libro de los Conjuros para Hadas Buenas y después hay que reunir los ingredientes para elaborarlo. Menos mal que tenía cerca el Supermercado Mundo Mágico, ¡allí encontraba de todo!

Tras horas de estudio y consultas pudo, por fin, realizar el conjuro que salvaría la primavera. Pero lo más difícil era conseguir que la maga Fastidiosa estuviera presente cuando lo recitara. ¡A ver si a alguien se le ocurría una buena idea!

Toc, toc, toc, el hada oyó cómo llamaban a la puerta de su casa:

—¡Abre la puerta! ¡Vamos, abre!

De nuevo, en tropel, aparecieron la tortuga, el búho, el cervatillo, las abejas con su ¡bzzzzzzzzz! ¡bzzzzzzzzzz!, el jardinero, la iguana y los conejos pero ahora, además, se habían unido al grupo un niño y una niña:

—¡Oh! ¡Hansel!, ¡Gretel! ¡Cuánto tiempo sin veros! ¡Me alegro de que estéis aquí! —saludó alegre la Pequeña Hada a sus dos amigos, a los que hacía mucho tiempo que no veía.

—Los hemos traído porque han tenido una idea para engañar a la maga Fastidiosa —dijo el jardinero.

Y es que los animalitos habían llevado el encargo que les hizo la Pequeña Hada a todos los rincones de Isla Imaginada. Discretamente, eso sí, para que la maga no lo advirtiera, se hizo una cadena telefónica y adonde no llegó el teléfono, las palomas mensajeras llevaron el recado. De esta manera, fue como los hermanitos Hansel y Gretel propusieron su idea al jardinero y todos corrieron a contársela a la Pequeña Hada.

Tomó la palabra Gretel:

—Mi hermano y yo vivimos en lo profundo del bosque y somos, por desgracia, vecinos de la maga Fastidiosa. Sabemos de sus costumbres y hemos observado que todos los lunes cocina para toda semana. Pone al fuego una gran olla y cuece un potaje repugnante que apesta todo el bosque. Lo deja hervir, por lo menos, dos horas. A Hansel se le ha ocurrido que si logramos echar en la olla algo para que se duerma, será fácil entrar en su casa y así podrás recitar el sortilegio en su presencia sin que se entere.

—Es muy buena idea, Gretel —dijo la tortuga— Pero ¿cómo lograremos echar el bebedizo en la olla?

—Eso será muy fácil, señora Tortuga —tomó la palabra el señor Búho—, solo hay que echar el brebaje dormilón por la chimenea, pues justo debajo es donde la olla se encuentra ¡Yo mismo puedo hacerlo!

El jardinero se ofreció a recolectar las hierbas que la harían dormir, a saber: valeriana, tila y lavanda. La iguana elaboraría una infusión bien concentrada.

Era sábado, así que quedaron para verse dos días después en la entrada del bosque. Allí esperarían Hansel y Gretel para conducirlos hasta la casa de la maga Fastidiosa.

El lunes acudieron puntuales a la cita. Rogaron a las abejas que se quedaran en la linde del bosque esperando, no fuera a ser que su zumbido advirtiera a la maga, y siguieron a Hansel y Gretel, que los guiaron hasta lo más profundo de la floresta. Aunque, para llegar, les hubiera bastado el desagradable olor que salía de la chimenea de la casa. Nadie quiso averiguar qué demonios habría echado la maga en aquella marmita.

Se escondieron tras un gran roble; el jardinero ató al cuello del búho un frasquito con la infusión que habría de hacer dormir a Fastidiosa y a la que la Pequeña Hada añadió un ingrediente secreto para potenciar el efecto dormilón.

El búho alzó el vuelo y posándose en lo más alto de la casa de la maga Fastidiosa, vertió la tisana por el hueco de la chimenea. ¡El pobre casi se ahoga al respirar el olor insoportable! Después, voló rápido hacia donde aguardaban los demás.

Esperaron agazapados a que la maga se tomara un gran plato de su asqueroso brebaje y se quedara dormida para poder entrar y recitar el conjuro, que anularía el que ella había lanzado para dejar sin flores la primavera.

Uno de los conejitos fue el encargado de acercarse a la casa. Si veía a la maga durmiendo, les haría una señal y podrían acercarse.

Efectivamente, cuando el conejito miró por una ventana se volvió hacia ellos y empezó a hacer aspavientos y a dar saltos ¡Era la señal!

Al entrar, vieron a la maga tirada en el suelo cuan larga era y como ellos eran buena gente, la acostaron en su cama y apagaron el fuego.

¡Había llegado el momento de que la Pequeña Hada pasara a la acción! Empuñó su varita mágica, rogó silencio a los presentes y recitó su encantamiento:

Inmediatamente se oyó un silbido ¡Fuuuuuuuuu!, ¡fuuuuuuuu! Los árboles empezaron a moverse con fuerza.

Según les explicó la Pequeña Hada, era el viento mágico que se llevaba el hechizo de la maga Fastidiosa.

Había sido un día de mucho trajín, estaban cansados y había empezado a anochecer. Se despidieron de Hansel y Gretel, que tanto los habían ayudado, y emprendieron el camino de regreso con la esperanza de ver cumplido el encantamiento. ¡Mañana sería otro día! ¡El día en que empezaría la primavera!

Y exactamente eso fue lo que pasó.

Al amanecer, un zumbido incesante invadió Isla Imaginada. Miles de abejas revoloteaban por los campos llenos de colores y aromas ¡El espectáculo era muy hermoso! Las flores habían brotado todas de golpe y cubrían el suelo de campos y jardines cual alfombra multicolor.

La señora Tortuga ya las recolectaba en su jardín para hacer su pastel y el cervatillo andaba por el bosque dándose un atracón de campanillas silvestres. Tanto es así, que al día siguiente tenía un empacho de campeonato y tuvieron que hacerle una jarra de manzanilla.

Una vez más, la Pequeña Hada había resuelto un gran problema que amenazaba con dejar sin alimento a muchos animales. Y qué decir de todos los que disfrutamos admirando en primavera la belleza de las flores ¡El espectáculo más bonito que nos ofrece la naturaleza!

¡Gracias Pequeña Hada! ¡Bienvenida primavera!

FIN

La niña y el manzano

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Ilustración: Reowyn

Esta historia pasó en un tiempo en el que los árboles eran universos y la humanidad aún los respetaba. Un tiempo en el que los hombres se sentaban bajo sus frondosas copas y escuchaban las historias que les contaban.

Pasó en un país en el que los árboles saludaban, agitando sus ramas, a la Luna que se escondía y al Sol que se asomaba. Se desperezaban lavando sus hojas somnolientas en ríos cristalinos y ofrecían sus frutos a todo aquel que tuviera hambre, sin pedir nada a cambio.

En ese tiempo y en ese lugar, vivió un árbol enorme. Era un manzano y su mejor amiga era una niña. Ambos, el árbol y la niña, se querían con locura.

Cada día, sin faltar jamás a su cita, la pequeña visitaba a su amigo y él la mecía en sus ramas, susurrándole al oído cuentos de piratas y ogros; de príncipes y princesas; de brujos, hechiceras y fantasmas.

La niña escuchaba embelesada y con su imaginación volaba hacia lejanos países, en los que vivía fascinantes aventuras.

Trepaba por el tronco del manzano y, acurrucada entre su fronda, se protegía de la lluvia si llovía o del calor del sol cuando abrasaba.

Pero un buen día, la niña no acudió a su cita. Dejó de ir a jugar con el árbol y olvidó sus historias.

Paciente, el manzano aguardó mucho tiempo su regreso, mientras en su tronco la tristeza iba formando arrugas.

Una mañana de primavera, la niña regresó. El árbol la saludó contento moviendo sus ramas:

—Te he echado de menos. ¿Vienes a jugar conmigo?

—No. He crecido. Ya no soy una niña para jugar con árboles. Te vengo a ver porque ahora me gustan otros juegos y necesito dinero para comprarlos.

—Lo siento, pero yo no tengo dinero.

—No, pero tienes manzanas. Si me las das, puedo venderlas y con lo que obtenga por ellas, podré comprar lo que quiero y seré feliz.

—Si vendiendo mis manzanas consigues la felicidad, tómalas, amiga mía.

La muchachada despojó al árbol de todos sus frutos y, sin mirar atrás, se alejó de allí. Vendió las manzanas y, durante un tiempo, fue feliz.

Se olvidó de su amigo y en el tronco del árbol, la tristeza dibujó más arrugas.

Pasaron algunos años, y un cálido día de verano la muchacha regresó junto al manzano. Al verla, el árbol se agitó y sus ramas crujieron de alegría:

—Te he echado mucho de menos. ¿Vienes a jugar conmigo?

—No tengo tiempo para juegos. Soy adulta, he formado una familia y debo trabajar duro para sacarlos adelante. Te vengo a ver porque necesito un lugar en el que vivir con comodidad.

—Lo siento, pero yo no tengo una casa.

—No, pero tienes muchas ramas. Si me das permiso para cortarlas, con ellas construiré mi hogar y seré feliz.

—Si cortando mis ramas consigues la felicidad, tómalas, amiga mía.

La mujer cortó todas las ramas del árbol y se marchó sin dar las gracias. Con ellas construyó una morada para albergar a su familia y, durante un tiempo, fue feliz.

La mujer, como antes, olvidó a su amigo y en la corteza del árbol la tristeza hundió nuevamente sus garras.

Un otoño la mujer regresó junto al árbol y él, al verla, se estremeció hasta las raíces:

—Te he echado mucho de menos. ¿Vienes a jugar conmigo?

—No puedo jugar, estoy envejeciendo y quisiera viajar antes de que sea tarde. Te vengo a ver porque necesito un barco.

—Lo siento, pero yo no tengo un barco.

—No, pero con tu tronco podría construir uno. Si me das permiso para serrarlo, con tu madera construiré una barca para surcar mares y ríos. Así seré feliz.

—Si serrando mi tronco consigues la felicidad, tómalo, amiga mía.

La mujer serró el tronco del viejo manzano y, sin despedirse, se alejó. Con la madera construyó una barca y, durante un tiempo, fue feliz.

Navegando los siete mares olvidó a su amigo y en el tocón del manzano se abrió una honda grieta de tristeza.

Se persiguieron las estaciones; se sucedieron muchas lunas; y un helado día de invierno, una anciana se acercó al lugar donde, tiempo atrás, floreciera el manzano:

—Si vienes a jugar conmigo, lo siento, pero ya no puedo ofrecerte nada, amiga mía. Ya no tengo tronco, ni ramas, ni manzanas.

—Ya soy muy vieja. No podría trepar por tu tronco, ni jugar entre tus ramas, ni morder tus frutos. Estoy muy cansada. Solo necesito un lugar en el que descansar.

—Entonces ven. Aún me quedan mis viejas raíces. Reposa tu cabeza sobre ellas y cierra los ojos, te contaré la historia de una niña y un manzano que un día…

FIN

¿Quién pinta el mundo?

Ilustración: Deevad

 Este cuento lo dedicamos a todos nuestros amigos ilustradores, pintores, dibujantes, diseñadores… que llenan nuestros cuentos y nuestra vida de color.  ¡Gracias por vuestras creaciones!

 

En el principio, cuando los antiguos dioses empezaron a inventarse la Tierra, y el mundo era oscuro y sin colores, he aquí que cuatro divinidades hermanas, hijas del Tiempo, llamadas Primavera, Verano, Otoño e Invierno, pensaron que sería fantástico dar color a las cosas.

Se pusieron manos a la obra y empezaron, las cuatro a la vez, a pintar todo lo que había a su alrededor, cada cual con su paleta.

Primavera era dulce y tierna y con sus suaves tonos pastel, pintaba florecillas silvestres multicolor aquí y allá, esparcidas en las verdes praderas y pajaritos rojos, lila y amarillos que piaban sobre perezosos árboles cargados de fruta. Cuando Primavera andaba, esparcía en el aire un dulce perfume a vainilla y con sus movimientos pausados, era como si flotara sobre las aguas.

Verano tenía un carácter alegre y ruidoso y enseguida hacía un montón de amigos. En su paleta abundaban los colores ardientes e intensos y tan pronto usaba el amarillo chillón para pintar la arena y el sol, como el azul claro y límpido para los cielos diurnos. Al moverse, desprendía olor a agua fresca, y era como si tras de sí arrastrará todos los mares, los ríos y las fuentes de la Tierra.

Otoño era, de las cuatro divinidades, la más melancólica, así que le encantaba poner un aire tristón a todo lo que pintaba. En su paleta solo había colores ocre, castaños y rojizos y para acordarse de que debía estar siempre triste, prendía entre su pelo las hojas que arrancaba de los árboles. Por eso, al caminar, desprendía un tenue olorcillo a moho que no era en absoluto desagradable. Su mejor amigo era el viento, que siempre remolineaba a su lado.

Invierno era taciturno y fue el único de los cuatro que no estuvo de acuerdo en que un mundo de colores sería mejor. Él prefería el blanco y el negro y esos eran los colores que ponía en su paleta. Aquellos que lo rodeaban, decían de él que era antipático y frío, pero los que se preocupaban por conocerlo a fondo, descubrían que podía ser fantástico. A él no le gustaba demasiado moverse, así que solía sentarse en un rincón, muy quieto, y observaba lo que hacían sus hermanos. Si en su quietud alguien lo molestaba en exceso, gritaba y se enfurruñaba y de su boca saltaban blancas gotitas de helada saliva que se esparcían por doquier, salpicándolo todo. A causa de su agrio carácter, no tenía muchas amistades.

Pasó el tiempo, y la convivencia entre los hermanos se fue haciendo cada vez más difícil. Llegaba Primavera y pintaba tiernas hojitas verdes sobre un árbol, cuando a Verano ya le faltaba tiempo para pintar abejas cerca, «Para dar más color y alegría» —decía riendo—. Invierno, molesto con el zumbido de las abejas y con las risas, pegaba uno de sus gritos y todo quedaba blanco. A Otoño, sobresaltado, le faltaba tiempo para arrancar las hojas del árbol y prenderlas en su pelo.

Continuamente ocurría lo mismo.

Los animales y las plantas empezaron a murmurar y a quejarse de los cuatro hermanos. Era realmente incómodo tener que ir cambiando de ropa varias veces al día y preocuparse por lo que comerían o por lo que vestirían.

Los osos polares amanecían en un paisaje helado pintado por Invierno, a media mañana comían la miel que había esparcido Primavera, por la tarde los calentaba un sol de justicia pintado por Verano y por la noche, el viento que iba de la mano de Otoño, enredaba el pelo de sus abrigos blancos.

Las manzanas no sabían si ponerse la piel verde, roja o amarilla así que los manzanos optaron por especializarse, hablaron entre ellos y cada uno eligió un color y un nombre.

La situación empeoraba. La Tierra empezaba a estar ya harta de que sus colores combinaran tan mal y de no saber qué ropa ponerse, por lo que decidió convocar una reunión urgente, a la que asistieron los cuatro hermanos.

Las conversaciones duraron doce largos meses pero, ¡por fin!, después de tensas negociaciones, y algún que otro grito de Invierno, llegaron a un acuerdo: se separarían e irían a vivir a lugares distintos y cada tres meses se trasladarían para poder ir a visitar a los amigos que tenían en todos los lugares del planeta.

Allí donde estuvieran, vivirían solos y durante un trimestre serían los únicos encargados de pintar el mundo.

Invierno, a causa de su carácter adusto, consiguió que le asignaran una vivienda permanente tanto en el Polo Sur como en el Polo Norte y Verano, que tenía muchísimos amigos a los que no podía estar mucho tiempo sin ver, consiguió también casa en el ecuador terrestre y un par de apartamentos en desiertos y playas.

Desde entonces, las estaciones se suceden ordenadamente y solo coinciden con sus hermanos durante unos días, cuando recogen sus pinturas y hacen las maletas para irse a otro lugar.

La Tierra ha conseguido combinar perfectamente su vestuario según el hermano que la pinta y animales y plantas han regularizado sus ciclos.

Con su acuerdo, consiguieron dar al mundo colores tan preciosos que los artistas más afamados de todos los tiempos, antes de pintar, consultan con ellos para conseguir plasmarlos exactamente igual en sus obras.

Si miras las ilustraciones de «Martes de cuento», verás como muchos lo han conseguido…

FIN