príncipe

La reina de las abejas

Ilustración: Helen Stratton

Dos príncipes, hijos mayores de un rey, partieron un día en busca de aventuras y se entregaron a una vida disipada y licenciosa, por lo que no volvieron a aparecer por su casa. El tercer hijo, al que llamaban Simplón, se puso en camino, en busca de sus hermanos. Cuando, por fin, los encontró, se burlaron de él.

—¿Cómo pretendes, siendo tan simple, abrirte paso en el mundo cuando nosotros, que somos mucho más inteligentes, aún no lo hemos conseguido?

No obstante, dejaron que los acompañara.

Por el camino, encontraron un nido de hormigas. Los dos mayores querían destruirlo para divertirse viendo cómo los animalitos corrían azorados para poner a salvo los huevos; pero el menor dijo:

—Dejad en paz a las hormigas; no dejaré que las molestéis.

Siguieron andando hasta llegar a la orilla de un lago, en cuyas aguas nadaban muchísimos patos. Los dos hermanos querían cazar unos cuantos para asarlos, pero el menor se opuso:

—Dejad en paz a los patos; no consentiré que los molestéis.

Al fin llegaron a una colmena silvestre, instalada en un árbol, tan repleta de miel, que ésta fluía tronco abajo. Los dos mayores iban a encender fuego al pie del árbol para sofocar los insectos y poderse apoderar de la miel; pero Simplón los detuvo, repitiendo:

—Dejad a las abejas en paz; no toleraré que las queméis.

Al cabo de unas horas, llegaron los tres a un castillo del que decían que estaba encantado. Entraron y lo primero que vieron fue que en las cuadras había muchos caballos de piedra, pero ni un alma viviente. Recorrieron todas las salas sin encontrar a nadie, hasta que se encontraron frente a una puerta cerrada con tres cerrojos, pero que tenía una ventanilla en el centro por la que podía mirarse al interior. Dentro, se veía a un hombrecillo de cabello gris, sentado a una mesa. Lo llamaron una vez y dos, pero no los oyó; a la tercera, se levantó, descorrió los cerrojos y salió de la habitación sin pronunciar una sola palabra y, por señas, les indicó que lo siguieran. Los condujo hacia una mesa ricamente puesta. Una vez hubieron comido y bebido, llevó a cada uno de los tres hermanos a un dormitorio.

A la mañana siguiente, el hombrecillo llamó al mayor y lo condujo hasta una mesa de piedra, en la cual había escritos los tres trabajos que debía cumplir para desencantar el castillo. El primero decía: «En el bosque, entre el musgo, se hallan las mil perlas de la hija del rey. Se han de recoger antes de la puesta del sol, en el bien entendido de que si falta una sola, el que hubiere emprendido la búsqueda quedará convertido en piedra.

El mayor se pasó el día buscando; pero a la hora del ocaso no había reunido más que un centenar de perlas; y le sucedió lo que estaba escrito en la mesa: quedó convertido en piedra.

Al día siguiente, el segundo intentó la aventura, pero no tuvo mayor éxito que el mayor: encontró solamente doscientas perlas, y, a su vez, fue transformado en piedra.

Finalmente, le tocó el turno a Simplón, el cual salió a buscar entre el musgo. ¡Qué difícil se hacía la búsqueda y con qué lentitud se reunían las perlas! Se sentó sobre una piedra y se puso a llorar. De pronto, se presentó la reina de las hormigas a las que había salvado la vida, seguida de cinco mil de sus súbditos y en un abrir y cerrar de ojos tuvieron los animalitos las perlas reunidas en un montón.

Al día siguiente, a Simplón se le encomendó pescar del fondo del lago la llave del dormitorio de la princesa. Al llegar el muchacho a la orilla dispuesto a sumergirse en las negras aguas, los patos que había salvado se acercaron nadando, se sumergieron en las profundidades y, al poco rato, aparecieron con la llave pedida.

A la mañana siguiente, Simplón debía enfrentarse al tercero de los trabajos, el más difícil de todos. De las tres hijas del rey, que estaban dormidas a causa de un encantamiento, debía descubrir cuál era la más joven y hermosa, pero el caso era que las tres se parecían como tres gotas de agua, y entre ellas no se advertía la menor diferencia. De ellas solo se sabía que, justo antes de quedarse dormidas, habían comido diferentes golosinas. La mayor, un terrón de azúcar; la segunda, un poco de jarabe de caramelo, y la menor, una cucharada de miel.

En ese instante, compareció la reina de las abejas, cuyo panal Simplón había salvado del fuego, y exploró la boca de cada una. Después de revolotear sobre las tres princesas, se posó, finalmente, en la boca de la que había comido miel, con lo cual el príncipe pudo reconocer a la verdadera.

El hechizo se desvaneció en ese instante; todos despertaron, y los petrificados recuperaron su forma humana. Simplón se casó con la princesita más joven y bella, y los dos heredaron el trono a la muerte del rey. Los dos hermanos se casaron con las otras dos princesas.

FIN

Las hadas

Ilustración: coda-leia

Había una vez una viuda que tenía dos hijas. La mayor era muy parecida a la madre, tanto en físico como en carácter; de modo que el que conocía a una, conocía a la otra. Ambas eran tan desagradables y orgullosas, que nadie podía vivir en paz con ellas. La menor era una copia de su padre en su dulce temperamento, en su inteligencia y en sus virtudes, y era, además, también parecida en su agraciado aspecto. Y como por naturaleza solemos amar a quien se nos parece, la madre sentía locura por su hija mayor en la misma medida que aborrecía a la pequeña. A esta la hacía trabajar sin descanso y la obligaba a comer en la cocina.

Entre las obligaciones impuestas, la desafortunada niña tenía que ir dos veces al día a buscar agua a una fuente que distaba dos kilómetros de la casa y transportarla en una gran jarra.

Un día, cuando estaba en la fuente, se acercó a ella una pobre mujer y le rogó que le diera de beber.

—Naturalmente, buena señora —contestó la niña.

Puso la jarra bajo el chorro que manaba, la llenó con un poco de agua fresca y, sonriendo, se la ofreció a la señora, sosteniéndole la vasija todo el tiempo, para que pudiera beber más cómodamente.

Una vez hubo saciado su sed, la mujer le dijo:

—Eres lista y cortés; lo tienes todo. Así que te concederé un don especial —porque la anciana era, en realidad, un hada, que tomaba la figura de pobre campesina para probar a las personas—. El don que te concedo hará que con cada palabra que pronuncies salga de tu boca una flor o una joya.

De regreso a casa, la madre reprendió a la niña por haber tardado:

—Perdón, mamá, por haberme retrasado tanto —dijo la pobre muchacha. Y al pronunciar las seis palabras, de su boca salieron dos rosas, dos perlas y dos grandes diamantes.

—¿Qué es lo que estoy viendo? —dijo la madre llena de asombro—. De tu boca han salido rosas, perlas y diamantes. ¿Cómo has hecho eso, hija mía?

Aquella era la primera vez que la llamaba «hija mía».

La niña le fue contando todo lo que había ocurrido y junto con cada palabra, de su boca, salían flores y joyas.

 —¡Maravilloso! —gritó la madre—, debo enviar a mi hija mayor allí. ¡Mira, hijita, ven a ver lo que sale de la boca de tu hermana cada vez que habla! ¿No te gustaría, querida, recibir un don semejante? Basta con que vayas a la fuente a buscar agua y cuando una pobre campesina te pida que le des de beber, le ofreces la jarra muy gentilmente.

—¡Qué te crees tú eso! —dijo la grosera niña— ¡¿Yo a la fuente?! ¡Ni soñarlo!

—Pues yo te digo que irás —le ordenó la madre—, ¡de inmediato!

La hija mayor tomó de mala gana una jarra de plata que había en la casa y, refunfuñando, tomó el camino para ir a buscar agua.

No había hecho más que llegar a la fuente, cuando del bosque salió una dama magníficamente ataviada que se acercó a ella y le pidió de beber.

La dama era la misma hada que se había presentado ante su hermana, pero ahora venía con la apariencia y vestiduras de una princesa, para comprobar hasta dónde llegaba la maldad de aquella niña.

—¿Te crees que he venido aquí para darte de beber? —dijo altanera la joven— A ver si te has creído que esta jarra de plata es para que la uses tú, majestad. Si tienes sed, ¡amórrate a la fuente!

—No eres muy amable, ni tampoco muy lista —contestó el hada, sin enojarse—. A tu insolencia, sin embargo, le falta algo, así que te concederé un don especial: junto a cada palabra que pronuncies, saldrán de tu boca sapos y culebras.

Tan pronto como la madre la vio regresar, le gritó:

—¿Y bien, hija?

—¿Y bien qué, madre? —contestó la infeliz. Y de su boca salieron dos culebras y dos sapos.

—¡Cielo santo! —exclamó la madre— ¿Qué es esto? ¡Tú hermana es la culpable de todo y me las pagará!  —y corrió para darle un escarmiento.

La hija pequeña, al ver a su madre tan furiosa, se alejó corriendo y fue a buscar refugio en el bosque cercano.

El hijo de los reyes de aquel lugar, que andaba por aquellos parajes, se encontró con ella. Al verla tan triste, le preguntó qué hacía allí y cuál era el motivo de su llanto.

—¡Ay!, he tenido que huir de mi casa porque mi madre estaba muy enojada.

El príncipe, lleno de asombro ante las perlas, diamantes y flores que salían de la boca de la niña con cada una de sus palabras, le rogó que le explicara cómo conseguía  hacer aquello y ella le relató toda la historia.

Mientras escuchaba, el hijo del rey se enamoró de ella y al darse cuenta de que el don de la niña era mucho más valioso que el más valioso tesoro que pudiera encontrar jamás, la llevó al palacio y allí le pidió que se casara con él.

En cuanto a la otra hermana, se hizo cada vez más despreciable y odiosa. Tanto, que su madre terminó por echarla de casa. La infeliz, después de mucho deambular, se refugió en lo más profundo del bosque y en él sigue; sola, sin pronunciar ni una sola palabra.

FIN

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La flor de lililá

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Ilustración: escume

En un tiempo muy lejano, cuando los dragones surcaban los cielos y los herreros confeccionaban pesados trajes de hierro, vivió una reina que contrajo una misteriosa enfermedad que en poco tiempo la dejó completamente ciega.

Intentaron sanar sus ojos magas, hechiceros, brujas y brujos pero nada funcionó. Finalmente, una sabia curandera le comunicó que solo recuperaría la vista si se aplicaba un ungüento preparado con los pétalos de la flor de lililá; el problema era que nadie sabía dónde crecía aquella flor ni qué aspecto tenía.

Deseosa de encontrar el remedio para su terrible mal, la reina reunió a sus tres hijos y les comunicó que aquel de ellos que consiguiera encontrar la flor heredaría el trono.

El primero que partió fue el mayor. Montado en su corcel blanco, se alejó de palacio a galope tendido.

Al cabo de varias horas de viaje, se cruzó con una anciana que le pidió comida:

—Que tengas un buen día, muchacho. ¿Serías tan amable de darme un poco de pan? Me muero de hambre.

—¡Come rayos y centellas y apártate de mi camino, vieja! –gritó el joven malhumorado, mientras espoleaba al caballo.

Y, sin mirar atrás, siguió adelante en busca de la flor de lililá.

Pasaron los días y en el palacio, impacientes al ver que el mayor tardaba tanto en regresar, decidieron que el segundo de los hermanos partiera en busca de la flor. El joven montó en su negro corcel y pronto se perdió de vista en la lejanía.

También él se encontró con la anciana y también él pasó de largo, contestando con rudeza a su ruego, tal y como había hecho su hermano mayor:

—¡Come rayos y centellas y apártate de mi camino, vieja!

Transcurridas unas semanas sin que ninguno de los dos regresara a palacio con la flor de lililá, la más pequeña de los tres decidió probar suerte. Montó en su caballo alazán y dejando tras de sí una nube de polvo, se alejó veloz del castillo.

En el mismo lugar por el que habían pasado anteriormente sus hermanos, se encontró con la misma anciana:

—Joven, tengo hambre, ¿podrías darme un poco de pan?

—¡Naturalmente! Aquí tienes una hogaza entera.

—Muchas gracias, hijita. Dime, ¿qué haces por aquí?

—Busco la flor de lililá. Mi madre se ha quedado ciega y dicen que solo un ungüento preparado con los pétalos de esa flor puede curar sus ojos.

—Yo puedo ayudarte. Toma esta vara de avellano y sigue adelante por este mismo camino hasta que veas una roca negra. Cuando la encuentres, golpéala tres veces con la varita y espera. La piedra se abrirá y en su interior descubrirás el jardín más hermoso que ojos humanos hayan contemplado jamás. En ese jardín crece la flor de lililá. La reconocerás enseguida, porque desprende una fragancia arrebatadora y porque sus pétalos asemejan terciopelo. Pero, ve con cuidado, porque el jardín está custodiado por un fiero dragón. Deberás estar alerta: si el dragón tiene los ojos abiertos, es que duerme; si por el contrario tiene los ojos cerrados, es que está ojo avizor.

La joven princesa agradeció a la anciana su ayuda y se marchó.

No tardó en encontrar la piedra negra, la golpeó con la vara de avellano y todo sucedió tal y como la anciana le había predicho. Comprobó que los ojos del dragón estaban bien abiertos y pasó junto a él sin hacer ruido; se adentró en el jardín, guiada por el perfume de la flor de lililá, la cortó y se la guardó en su talega. Luego, puso rumbo a palacio.

En el camino de regreso, se encontró a sus hermanos, sentados a la vera del camino, cansados de tanto buscar inútilmente la flor. La hermana pequeña les contó su aventura y los tres, muy contentos, se pusieron en marcha para llevar el remedio a su madre. Sin embargo, los dos mayores pronto comprendieron que sería la pequeña la que se ceñiría la corona y, cegados por la envidia, decidieron deshacerse de ella. Desoyendo sus súplicas, le arrebataron la flor, la encerraron en una profunda cueva, tapiaron la entrada con pesadas rocas y huyeron de allí.

Al llegar al palacio, entregaron la flor de lililá a su madre, contando que la habían encontrado ellos y que, por tanto, les correspondía a cada uno la mitad del reino. Pero la reina, aunque ya restablecida de su misteriosa enfermedad, estaba tan triste por la pérdida de su hija pequeña que se resistía a nombrarlos herederos. Tenía todavía esperanzas de que la princesa regresara.

Entretanto, y por arte de magia, a la entrada de la cueva en la que la princesa estaba cautiva había crecido un cañaveral y un pastor, que había llevado a pastar allí a sus ovejas, cortó una caña para tallar una flauta. Al soplar en ella, del instrumento se escapó esta triste canción:

¡Ay!, pastor, sóplame fuerte,

porque te quiero contar:

mis hermanos me encerraron

por la flor de lililá.

El pastor, sin dejar de tocar la flauta, se dirigió a la ciudad y al pasar frente al palacio, la desconsolada reina, que estaba asomada a la ventana, escuchó aquella extraña melodía y lo llamó. Tomó entre sus manos el mágico instrumento, sopló en él y, al hacerlo, la flauta cantó:

¡Ay!, madre, sóplame fuerte,

porque te quiero contar:

mis hermanos me encerraron

por la flor de lililá.

Sin dar crédito a lo que oía, la reina le pidió al pastor que la condujera sin tardanza al lugar en el que había cortado aquella caña encantada.

Cuando llegaron allí, la misma anciana con la que los hermanos se habían cruzado le contó a la reina la verdad de lo sucedido y apartando la pesada roca que cubría la cueva, le devolvió, sana y salva, a su hija pequeña.

Regresaron madre e hija a palacio y la reina anunció a todos sus súbditos el nombre de su heredera y, acto seguido, desterró para siempre a sus dos hijos mayores.

FIN

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Las tres hilanderas

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Ilustración: Werner Klemke

Hace mucho, mucho tiempo, cuando en cada casa había una rueca para poder confeccionar ropa, vivió una niña a la que no le gustaba hilar. Ya podía repetirle su madre que era una actividad muy útil, que no había forma de que ella se aficionara. Un día, la mujer, cansada de repetirle a su hija siempre lo mismo, perdió la paciencia de tal forma, que empezó a gritarle y la chica se puso a llorar y a lamentarse a pleno pulmón:

—¡Buaaaaaaaaaaaa! ¡Buaaaaaaaaaaaaa! ¡Tú siempre con la ruecaaaaaaaa!

Justo en aquel momento, pasaba cerca de allí la Reina, que al oír los lamentos ordenó detener su carroza, entró en la casa y preguntó a la madre por qué increpaba de aquel modo a su hija, pues sus gritos se oían desde lejos, y cuál era el motivo del llanto de la joven. Avergonzada de su comportamiento, la mujer respondió:

—Majestad, no puedo apartarla de la rueca. Se pasa la vida hilando, pero soy muy pobre y no puedo comprar tanto hilo.

La Reina, con una sonrisa en los labios, contestó:

—¡Estamos de suerte! A mí no hay cosa en el mundo que me guste más que el sonido que hace la rueca al girar ¡Adoro su zumbido! ¿Qué os parece si me llevo a vuestra hija a palacio conmigo? Tengo hilo en abundancia y allí podrá hilar hasta que se canse.

La madre aceptó muy contenta la proposición y la Reina se llevó a la muchacha. Al llegar a palacio, la condujo a la torre más alta, donde había tres grandes habitaciones llenas hasta el techo de hilo de lino de la mejor calidad.

—Aquí estarás tranquila. Puedes hilar tanto como quieras que nadie te molestará. Cuando hayas terminado, y antes de darte más hilo, te casarás con mi hijo mayor. Nada me importa que seas pobre; una joven habilidosa y lista como tú lleva consigo su propia dote.

La muchacha se puso pálida, pero no dijo nada. Miraba la montaña de hilo y pensaba que aquello no había quien lo hilara. Aunque viviera trescientos años y no hiciera otra cosa desde la mañana a la noche, sería imposible acabar aquel trabajo.

Cuando se quedó sola, empezó a dar vueltas por la habitación y así se estuvo tres días, sin mover ni un dedo, mirando aquel montón de hilo y preguntándose qué haría.

Al tercer día, se presentó la Reina y se extrañó de que la muchacha aún no hubiera ni empezado a hilar, pero la joven se excusó diciendo que no había podido hacer nada todavía por la mucha pena que sentía al estar separada de su madre. La soberana se conformó con la excusa, pero le advirtió:

—Mañana, sin falta, tienes que empezar el trabajo.

Nuevamente sola, la muchacha, sin saber qué hacer ni cómo salir de aquel aprieto, se asomó a la ventana y, desde allí, vio a tres mujeres que se acercaban: uno de los pies de la primera era enorme, muy ancho y plano; el labio inferior de la segunda era tan formidable, que le caía sobre la barbilla; y el dedo pulgar de la mano derecha de la tercera parecía un colosal martillo. Las mujeres se detuvieron ante la ventana y al ver a la niña le preguntaron el porqué de su tristeza. Les contó la chiquilla sus cuitas y las mujeres le dijeron que podían ayudarla, pero con un condición:

—Si cuando te cases con el príncipe nos invitas a la boda sin avergonzarte de nosotras, nos llamas delante de todos «queridas primas» y nos sientas junto a ti en la mesa real durante el banquete, hilaremos todo este hilo para ti en un abrir y cerrar de ojos.

—¡Prometido!  —respondió la muchacha—. ¡Entrad y poneos a hilar ahora mismo!

Inmediatamente se pusieron manos a la obra. La primera tiraba de la hebra mientras con el pie giraba la rueda de la rueca; la segunda humedecía el hilo entre sus labios y la tercera lo retorcía con el dedo pulgar. Iban tan deprisa, que el montón de fino hilo que se amontonaba sobre el suelo era cada vez más y más alto. Cuando la chica oía que la Reina se acercaba, escondía a las hilanderas y le enseñaba el hilo ya hilado. La Reina estaba muda de asombro y se deshacía en alabanzas.  No tardó en quedar listo todo el trabajo y las tres hilanderas se despidieron de la muchacha, no sin antes advertirle:

—¡Recuerda tu promesa! De ella depende tu felicidad.

Cuando la Reina vio que el trabajo había finalizado, fijó sin demora la fecha de la boda. El novio no cabía en sí de gozo, pues se casaría con una muchacha hábil, inteligente y, además, muy guapa. Feliz y contento por su matrimonio, le preguntó a la muchacha si deseaba algo especial.

—Deseo solo una cosa…—dijo la muchacha—. Tengo tres primas hilanderas a las que debo grandes favores y no quiero olvidarme de ellas en ese día tan feliz. Con tu permiso, quisiera invitarlas a la boda y para el banquete, desearía que se sentaran junto a nosotros, en nuestra mesa.

Tanto la Reina como su hijo respondieron al unísono:

—¡Naturalmente que las invitaremos! Tu familia es ahora nuestra familia.

Llegó el día de la boda y, muy puntuales, se presentaron las tres mujeres elegantemente ataviadas. La novia salió a la puerta a recibirlas:

—¡Bienvenidas, mis queridas primas!

—¡Uf! ¡Vaya con las primas hilanderas! –susurró el príncipe al verlas.

Y, dirigiéndose a la primera, la del enorme pie plano, inquirió:

—Perdona, querida prima, ¿cómo es qué tienes el pie tan grande?

—De tanto girar el torno —contestó—. De tanto girar el torno.

El príncipe, entonces, preguntó a la segunda:

—Y a ti, querida prima, ¿cómo es que te cuelga tanto el labio?

—De tanto humedecer la hebra. De tanto humedecer la hebra.

Finalmente, mirando a la tercera, dijo:

—Y tú querida prima, ¿cómo es que tienes el pulgar como un martillo?

—De tanto torcer el hilo. De tanto torcer el hilo.

Muy asustado, el hijo de la Reina exclamó:

—En adelante, mi querida esposa jamás se volverá a acercar a una rueca.

Y con esta decisión puso fin a la pesadilla del hilado y aquella niña fue feliz para siempre.

FIN

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Verdezuela (Rapunzel)

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Ilustración: sousakuteki

Hace mucho tiempo vivió un matrimonio que deseaba, sobre todas las cosas, tener un hijo. Pasaba el tiempo y ya parecía que jamás se cumpliría su deseo cuando, con alegría, la mujer supo que estaba embarazada.

Una tarde de mucho calor, se asomó la futura madre a la ventana para tomar el fresco y observó el hermoso jardín que había frente a su casa, cercado por un tapia altísima, todo lleno de plantas y flores preciosas. Nadie osaba entrar en él, porque pertenecía a una bruja muy poderosa llamada Gothel, a la que todo el mundo temía.

La mujer se fijó en un parterre del jardín en el que crecían olorosas plantas de verdezuela y, al verlas, le entraron unas irresistibles ganas de saborear un plato de aquella verde hortaliza.

A partir de ese momento, el deseo de comer verdezuelas se hizo cada vez más y más intenso y como no podía satisfacer su apetencia, empezó a languidecer, su rostro palideció y en pocos días estaba tan desmejorada, que su marido le preguntó:

—¿Qué te ocurre, querida esposa?

—¡Ay! —suspiró—, si no logro comer las verdezuelas que crecen en el jardín de la bruja, creo que moriré.

El buen hombre, asustado, se prometió a sí mismo: «Cueste lo que cueste, conseguiré verdezuelas».

Al anochecer, trepó por la alta pared que lo separaba del jardín prohibido de la bruja, cortó con premura un puñado de verdezuelas y se lo llevó a su esposa. Ella, de inmediato, se preparó una ensalada con ellas y se la comió con avidez. Le gustaron tanto, que al día siguiente, al despertarse, su deseo era aún mayor, por lo que le rogó a su marido que consiguiera más.

El marido volvió a esperar a que anocheciera y, de nuevo, trepó con sigilo la tapia del jardín prohibido, pero al llegar al otro lado, se encontró cara a cara con la bruja, que ya lo esperaba:

—¿Cómo te atreves a entrar en mi jardín? ¿Has vuelto para robarme más verdezuelas? ¡Te castigaré por tu temeridad!

– ¡Perdóname! No es robo, es necesidad. Mi esposa está embarazada y al ver tus verdezuelas le han entrado unas irresistibles ganas de comerlas.

Al oír aquello, la bruja se apaciguó:

–Si es cierto eso que dices, puedes llevarle a tu mujer todas las verdezuelas que quieras pero, a cambio, tendréis que entregarme a vuestro bebé en cuanto nazca. Prometo que le irá bien conmigo y que lo cuidaré como si fuera su verdadera madre.

Asustado como estaba, el hombre dijo que sí a todo sin pensar.

Pasado un tiempo, en el mismo momento en el que la mujer daba a luz, se presentó la bruja a reclamar al recién nacido. Era una niña. La bruja se la llevó consigo y le puso por nombre Verdezuela.

Era la niña más preciosa del mundo y para que nadie lo supiera, al cumplir los doce años, la bruja la encerró en una torre de oro que se alzaba en medio de un bosque. La torre no tenía puerta ni escalera, pero sí una ventana en lo alto, por la que entraba la bruja. Para subir, se colocaba bajo la ventana y gritaba:

¡Verdezuela!, ¡Verdezuela!,

¡Lánzame la cabellera!

Entonces, la muchacha, que tenía el pelo rubio como el oro, ataba su larga trenza a uno de los hierros de la ventana y la dejaba caer al vacío. Cuando llegaba al suelo, veinte metros más abajo, la bruja trepaba por ella.

Pasaron unos años y, un día, el hijo del rey pasó muy ceca de la torre y al oír la dulce voz de Verdezuela entonando una canción, refrenó su caballo para escucharla.

Tanto le gustó lo que oía, que intentó entrar en la torre. Buscó en vano una puerta para hacerlo hasta que la oscuridad de la noche lo obligó a regresar a palacio. Desde ese día, volvía a diario al mismo lugar para escuchar aquellos cantos que le habían robado el corazón.

Una tarde, que sentado bajo un árbol disfrutaba de la dulce melodía, vio cómo se acercaba la bruja y oyó que decía:

¡Verdezuela!, ¡Verdezuela!,

¡lánzame la cabellera!

Al marcharse la bruja, el príncipe la imitó, pero sin resultado alguno, ya que Verdezuela, al oír aquella voz desconocida, no hizo lo que le pedía. No obstante, el joven no cejó en su empeño; cada tarde volvía y bajo la ventana hablaba con Verdezuela y se fueron contando quiénes eran y qué les gustaba. Le contó que desde la primera vez que escuchó su canto, deseó conocerla. Un buen día, Verdezuela dejó que subiera hasta lo alto de la torre.

Durante meses, se vieron a diario y se fueron enamorando hasta que ambos sintieron el deseo de estar juntos para siempre, aunque sabía Verdezuela que aquello era imposible:

—Me gustaría estar a tu lado, pero no sé cómo bajar de aquí, quizá podrías traerme cada vez que vinieras una hebra de seda para tejer una escalera.

Y así lo hicieron, el príncipe la visitaba de noche para no toparse con la bruja, que iba de día, y le entregaba una hebra de seda.

Pasó mucho tiempo sin que la bruja sospechara nada, pero un día Verdezuela le dijo:

—Dime, mamá Gothel, ¿cómo es qué tú tardas tanto en subir?

—¡¿Pero qué oigo!? ¿Con quién me comparas? ¿Quién más sube por tu pelo para saber que yo tardo mucho?  Creía que había conseguido aislarte del mundo, pero me has engañado.

Llena de cólera, asió el precioso pelo de Rapunzel, dio dos vueltas alrededor de su mano izquierda, tomó unas tijeras con la derecha y cortó las hermosas trenzas, que quedaron tiradas sobre el suelo. Después, condujo a Verdezuela a un desierto, y allí la abandonó.

La malvada bruja regresó a la torre, ató las trenzas a la reja de la ventana y espero a que se hiciera de noche.

Al llegar, el príncipe pronunció las palabras de costumbre:

¡Verdezuela!, ¡Verdezuela!,

¡lánzame la cabellera!

La hechicera dejó caer los cabellos hasta el pie de la torre y cuando el príncipe llegó arriba, en lugar de encontrar a Rapunzel, se topó con la bruja.

– ¡Ajá! —gritó burlonamente mamá Gothel— ¿Venías a ver a tu amada? Pues tu avecilla hermosa ya no canta en el nido. ¡Se la ha comido el gato y nunca más la verás!

El hijo del rey estaba fuera de sí de dolor y al retroceder desesperado, tropezó y cayó al vacío desde lo alto de la torre. Si bien no murió a causa de la caída, aterrizó sobre unas espinas que le pincharon los ojos y perdió la vista.

Y así vagó por el bosque, cegado y desesperado por la pérdida de su amada, hasta que pasado un tiempo llegó, por casualidad, al desierto en el que la bruja había abandonado a la joven tiempo atrás. Oyó un canto que le era conocido y enseguida supo que era su querida Verdezuela.

Lleno de emoción, llamó a la muchacha que, al reconocerlo, lo abrazó llorando de emoción. Dos lágrimas cayeron en los ojos del príncipe, que recuperó la vista al instante. Juntos se dirigieron al reino del príncipe, donde fueron recibidos con alegría, y allí vivieron durante mucho tiempo, felices y contentos.

FIN

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La princesa y el guisante

Érase una vez un Príncipe que quería casarse con una Princesa, pero tenía que ser una princesa de verdad. Recorrió el mundo entero en su busca, pero allá adonde se dirigiera, todas las que encontraba tenían algún «pero». Cierto es que se topó con muchas princesas, ¡a montones! Altas y bajas. Listas y tontas. Feas y guapas. Simpáticas y antipáticas. De hecho encontró princesas para dar y tomar. Mas nunca lograba tener la completa seguridad de que fueran auténticas aristócratas, ya que siempre encontraba alguna cosilla que le parecía sospechosa.

Al fin, un poco decepcionado a causa de su infructuosa búsqueda, regresó a su casa triste y cabizbajo, pues había partido con la esperanza de hallar una auténtica princesa que algún día reinara junto a él.

Ya hacía más de un mes que el príncipe había regresado a casa, cuando una noche estalló una terrible tormenta. Rayos y truenos se sucedían sin interrupción, el viento huracanado aullaba como un lobo y una lluvia torrencial azotaba sin piedad los cristales de las ventanas, ¡era terrible!; hacía un tiempo espantoso. De pronto, alguien llamó a la puerta del palacio y el anciano Rey acudió a abrir.

Parada ante la puerta había una muchacha; pero ¡cielos!, ¡Tenía una facha horrible! Empapada y con los vestidos chorreando. ¡Cómo se había quedado por culpa de aquella lluvia y el mal tiempo! El agua que caía sobre ella se metía dentro de sus zapatos; le entraba por la punta y le salía por el talón. Pero aun así, ella no dejaba de afirmar que era una auténtica princesa y que había perdido a su séquito en medio de aquella tempestad.

«Pronto lo sabremos», pensó para sí la anciana Reina y sin pronunciar ni una sola palabra, se dirigió al dormitorio de los invitados, puso un guisante en la cama y amontonó encima veinte colchones, y encima de estos, puso otros tantos edredones.

Acto seguido, condujeron allí a la recién llegada y le dijeron que en esa cama debía dormir.

Al día siguiente, cuando la princesa se levantó, le preguntaron qué tal había dormido.

—¡Oh, mal! ¡Muy mal!  —exclamó—. Casi no he podido pegar ojo en toda la noche. ¡A saber qué habría en esa cama! ¡Pase la noche acostada sobre algo tan duro, que me he levantado esta mañana llena de cardenales! ¡Ha sido algo ciertamente espantoso!

Así fue cómo supieron que se trataba de una princesa de verdad, porque a pesar de dormir sobre veinte colchones y otros tantos edredones, su sangre era tan azul que había notado el bulto del guisante en su espalda. Nadie, a no ser que se trate de una princesa de las de verdad, puede ser tan sensible.

El príncipe, entonces, le pidió matrimonio, pues ahora ya estaba completamente convencido de que aquella joven era una auténtica princesa.

El guisante fue traslado al Museo Real, donde aún sigue, si es que nadie se lo ha llevado.

Como habréis podido comprobar al leerla, ¡esta sí que es una historia verdadera!

FIN

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La princesa Monina y el príncipe Desir

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Ilustración: Fabulandia

Había una vez un rey que quería casarse con la princesa más hermosa del mundo, pero era como si la princesa no lo viera porque, por mucho que lo intentaba, nunca le hacía ni el más mínimo caso.

Desesperado, fue a consultar a una bruja que vivía en una gruta en medio de un espeso bosque. Después de reflexionar un rato, la bruja le dijo al joven monarca:

—La princesa a la que amas está bajo un terrible encantamiento, por eso no te hace caso. Para liberarla y poder casarte con ella, debes pisarle la cola a su gato Miñón.

El joven, agradecido por el consejo, se dispuso a hacer lo que la bruja le había indicado y cada día se paseaba ante el palacio de la princesa para poder encontrar al gato, que era muy escurridizo. Un día lo sorprendió dormido en el umbral de la puerta principal y, después de acercarse con mucho sigilo, logró pisarle la cola.

En aquel mismo instante, el gatito se convirtió en un terrible gigante que gritó furioso:

—¡Has destruido mi encantamiento! Ahora podrás casarte con tu princesa, pero me vengaré. Vuestro primer hijo tendrá una nariz enorme y no lo advertirá. Solo conseguirá ser feliz cuando se dé cuenta de su defecto.

Poco tiempo después, el rey se casó con su amada princesa y al cabo de un año les nació el primer hijo, que hubiera sido muy guapo de no ser por su nariz, que parecía el espolón de un navío.

El niño, al que llamaron Desir, era sano y fuerte. Enseguida demostró tener una gran inteligencia y un corazón noble. A medida que crecía, todas sus cualidades se acrecentaban y, con ellas, crecía también su nariz.

Los que rodeaban al joven príncipe afirmaban que todos los grandes hombres de la historia habían destacado por sus descomunales apéndices nasales y que, por tanto, era una señal muy positiva que el joven príncipe lo tuviera también.

Para acompañar al heredero de la corte, se eligieron personas de nariz muy grande, aunque ninguna lo era tanto como la del príncipe, así que el joven heredero fue creciendo orgulloso de tener tan gran narizota.

Al cumplir veinte años y tener que elegir una esposa, sus padres le mostraron los retratos de las princesas casaderas de las cortes cercanas. De entre todas ellas, Desir se enamoró perdidamente de Monina, una joven con extraordinarias cualidades y de belleza inigualable, pero con una naricita tan diminuta, que casi no se le veía de lo pequeñísima que era. Por ese motivo, el príncipe dudó de que Monina pudiera enamorarse de él, ya que sus narices eran muy diferentes.

Todos los que rodeaban al príncipe se apresuraron a afirmar que las narices grandes quedaban muy bien a los hombres, pero que a las mujeres les convenían las narices pequeñas. Desir, de nuevo convencido por lo que le decían los que estaban a su alrededor, mandó a sus embajadores al reino vecino para pedir la mano de la princesa Monina, la cual aceptó encantada el matrimonio, puesto que había oído hablar muy bien de Desir.

Se fijó el día de la boda y el futuro novio partió, montado en su caballo y con una gran escolta, hacia el palacio de su novia. Esta lo recibió muy contenta en el jardín donde, pocas horas después, debía celebrarse el matrimonio. Pero cuando Desir se estaba acercando a ella, un gigante la raptó y en un instante desaparecieron ambos sin dejar ni el más mínimo rastro.

Desesperado, el príncipe decidió recorrer todas las tierras conocidas y desconocidas en busca de su amada. Despidió a toda su corte y montado en su blanco corcel empezó a recorrer todos los caminos del mundo. Preguntaba a todo aquel que se encontraba, pero nadie sabía darle noticias, ni del gigante, ni de la princesa.

Una noche, Desir se extravió en un espeso bosque. Avanzaba a tientas, entre las negras tinieblas, por tortuosos senderos. Llevaba horas perdido hasta que, a eso de la medianoche, divisó a lo lejos una lucecita. Dirigió hacia allí su caballo y al poco rato se encontró delante de una cueva. Penetró en su interior y observó que estaba ricamente amueblada.

En el centro de la caverna había un trono y sobre él estaba sentada una vieja que, por lo menos, debía de tener ciento veinte años. Su naricilla era tan diminuta que sobre ella no se sostenían los anteojos y tuvo que sujetarlos con ambas manos para poder distinguir bien a Desir que, en ese justo instante, también la descubrió a ella. Al verse, los dos exclamaron a la vez:

—¡Menuda nariz!

Desir rompió el incómodo silencio:

—Tú eres una mujer y una nariz pequeña es adecuada para ti, aunque la tuya es realmente minúscula. Pero no alcanzo a comprender el motivo de tu extrañeza al ver una nariz grande en el rostro de un hombre.

—¿Y a ti quién te ha dicho eso? Cierto es que las narices grandes, para hombre o para mujer, confieren personalidad al rostro, pero es que la tuya no es grande, ¡la tuya es descomunal!

Desir, que estaba convencido de la belleza de sus napias, pensó que la anciana desvariaba a causa de su avanzada edad, y que por ese motivo hablaba con tan poco respeto de su regia persona. Muy ofendido por aquellas críticas, se marchó para seguir buscando a su amada, sin hacer caso a lo que la vieja bruja intentó decirle después.

Tras tres interminables años vagando por los más recónditos rincones y escuchando los más variados comentarios acerca de su nariz, se encontró un día ante un palacio de cristal.

A través de los gruesos muros transparentes, descubrió a su adorada princesa que, al verlo y reconocerlo, corrió a su encuentro.

Monina acercó su rostro al muro y Desir quiso hacer lo propio para darle un beso, aunque fuera a través del frío vidrio. Pero por mucho que lo intentó, sus esfuerzos fueron vanos: su gran nariz se lo impedía.

Contrariado por aquel contratiempo, exclamó:

—¡Qué nariz tan grande que tengo! Realmente, mi nariz es fea y descomunal.

No había terminado de pronunciar estas palabras, cuando el cristal que lo separaba de su amada se hizo trizas.

Apareció entonces la bruja del bosque y le dijo:

—Aquí tienes a tu futura esposa. Podías haberla encontrado muchísimo antes, pero era necesario que advirtieras que tu nariz es imperfecta. Los elogios que te prodigaron inmerecidamente durante toda tu vida te impidieron, hasta este momento, darte cuenta de la realidad. Ahora que ya sabes que no eres perfecto, podrás casarte, por fin, con Monina.

FIN

Un cuentecito

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Ilustración: Skottie Young

 

Me venía yo acordando

que sabía un cuentecito

no sé si era de ogros

o más bien de animalitos.

Creo que era de un conejo…

¡Noooo!, que era del gallo Perico,

que si mal no lo recuerdo,

se casó con una oca

o se marchó de improviso.

Tal vez la protagonista,

fuera la rana Julieta,

que sufría mucho, mucho

por no cantar opereta.

Estaba también el príncipe

más feo que nunca hubiera;

los niños traviesos;

el árbol gigante que daba pena.

La ballena Elena;

la brujita Lucía…

todos dando vueltas

por esta cabeza mía.

¡Ay, mi madre!,

¡no me acuerdo de lo que contar quería!

Si alguien tiene algún remedio

para este mal que me aqueja,

por favor, que me lo diga,

¡así acabaré este cuento

y podré dormir tranquila!

FIN

Blancanieves

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Ilustración: Charlie Bowater

Cierto día de invierno, una reina, sentada junto a una ventana cuyo marco era de ébano, cosía. En un momento de distracción se clavó la aguja en el dedo índice y tres gotas de sangre cayeron sobre la nieve que cubría el alfeizar.

Al ver la roja sangre que destacaba sobre el blanco de la nieve, la reina pensó: «Quisiera tener una hija de tez tan blanca como la nieve, de mejillas tan rojas como la sangre y con el pelo tan negro como el ébano de esta ventana».

Poco tiempo después, la reina tuvo una hija tal cual la había deseado: con la piel blanca como la nieve, las mejillas rojas como la sangre y los cabellos negros como el ébano. La llamaron Blancanieves.

Días después del nacimiento de la niña, la buena reina murió.

Al año siguiente, el rey se casó de nuevo para que a Blancanieves no le faltase el cariño de una madre.

La nueva reina era muy guapa, pero tan vanidosa que no podía soportar la idea de que hubiese en el mundo una mujer más hermosa que ella. Y como poseía un espejo mágico que respondía a cualquier pregunta, cada mañana le preguntaba:

Espejito, espejito tú que nunca yerras:

¿quién es la más bella de toda la tierra?

Y el espejo respondía:

No existe doncella

que igualarte pueda.

¡Tú eres la más bella!

Entonces la reina se alegraba muchísimo porque sabía que el espejo jamás mentía.

Entretanto, Blancanieves crecía y cada día era más hermosa.

Un día, al preguntarle la reina al espejo:

Espejito, espejito tú que nunca yerras:

¿quién es la más bella de toda la tierra?

el espejo respondió:

¡Ay, reina mía! sin duda eres bella,

pero Blancanieves parece una estrella.

La reina se encolerizó y en su corazón, desde aquel día, creció un odio feroz hacia Blancanieves.

Un día, llamó a uno de los cazadores de palacio y le ordenó:

—Llévate a la princesa al bosque, mátala y tráeme su corazón. Así estaré segura de que has obedecido mi orden.

El cazador se llevó a Blancanieves al bosque y desenvainó su cuchillo. Cuando iba a matarla, según le había ordenado la reina, la niña le suplicó:

—Cazador, no me mates —Y señalando hacia el espeso bosque, agregó—. Me internaré en la fronda para siempre y jamás regresaré al palacio. La reina creerá que he muerto y no podrá castigarte por tu desobediencia.

El cazador meditó la propuesta y al final dijo:

—¡Vete, Blancanieves! ¡Huye lejos!

Después, vio un lobo cerca de allí y se dijo: «Mataré al lobo y llevaré su corazón a la reina para que crea que es el de Blancanieves».

Al caer la noche, Blancanieves sintió miedo. Las ramas de los árboles parecían brazos que querían atraparla pero ella, a pesar del cansancio que sentía, siguió avanzando. Aún seguía huyendo cuando se hizo de día. Por fin, al atardecer, divisó en un claro del bosque una cabaña pequeña. Muy pequeña.

Estaba tan agotada que decidió entrar a descansar, «solo un ratito» —se dijo—, «Y tal vez pueda beber agua y saciar mi sed».

Dentro de la casa todo estaba en orden y limpio. Arrimadas a la pared había siete pequeñas camas y en el centro de la estancia, la mesa estaba preparada para la cena: siete platitos, siete pequeños cubiertos, siete copitas y siete servilletas pulcramente dobladas.

Blancanieves estaba hambrienta; probó la comida de uno de los platitos, luego se sirvió algo de otro, de manera que tomó un poquito de cada plato y bebió un sorbo de cada copa.

Decidió esperar a los dueños de la casa, pero estaba tan cansada que intentó acostarse en una de las camitas. Las fue probando una a una, pero todas eran tan pequeñas que no se sentía cómoda en ninguna. Finalmente, se acostó en la que parecía más grande y enseguida se quedó dormida.

Era ya noche cerrada cuando regresaron los dueños de la casa. Eran siete enanitos que trabajaban durante todo el día en el interior de la montaña extrayendo oro y piedras preciosas.

Al entrar en la casa, a la luz de sus siete linternas, se dieron cuenta de que allí pasaba algo extraño:

—¿Quién ha rondado por nuestra casita?

—¿Quién arrugó nuestro mantelito bordado?

—¿Quién se ha sentado en mi silla de sándalo?

—¿Quién ha movido de aquí mi cuchillo de plata?

—¿Quién ha comido en mi plato de jade?

—¿Quién se ha atrevido con mi panecillo?

—¿Quién ha bebido de las copas de cristal?

Los enanos dirigieron entonces los haces de luz de sus linternas hacia las paredes y vieron que las sábanas de las camas estaban arrugadas. Al alumbrar la última cama lanzaron un grito de sorpresa:

—¡Oh, que hermosa niña! –exclamaron.

—¡Qué piel tan blanca!

—¡Qué cabellos tan negros!

—¡Qué mejillas tan rojas!

—¿Cómo habrá llegado hasta aquí?

—¿Quién será?

—Pobrecita, tiene el vestido hecho jirones.

—¡Silencio! ¡Que no se despierte! Parece muy cansada.

Cuando se despertó a la mañana siguiente, Blancanieves se llevó un gran susto. ¿Quiénes eran aquellos hombrecillos barbudos que la miraban? Entonces, los enanos, le preguntaron amablemente:

—¿Cómo te llamas bella niña? ¿Cómo has llegado hasta aquí?

Blancanieves les contó su historia.

—¿Te gustaría quedarte a vivir con nosotros? Aquí estarás segura y nadie podrá hacerte daño.

—¡Sí! Muchas gracias.

Así que, desde aquel día, se repartieron los quehaceres y mientras ellos bajaban a la mina ella se ocupaba de la casa.

—Estarás sola todo el día  —le decían los enanos al salir al alba—. Cierra bien la puerta y no abras a nadie.

Mientras tanto, la reina, vivía tranquila en el palacio creyendo que el corazón que le había llevado el cazador era el de Blancanieves.

Pasó un tiempo antes de que una mañana, al levantarse, le preguntará a su espejo:

Espejito, espejito tú que nunca yerras:

¿quién es la más bella de toda la tierra?

El espejo respondió:

¡Ay, reina mía! sin duda eres bella,

pero Blancanieves parece una estrella.

—¡¿Pero no estaba muerta Blancanieves?!

No, amada reina, vive y es muy bella,

y hay siete enanos que velan por ella.

La reina, furiosa al comprender el engaño del cazador, se puso a pensar en qué hacer para librarse para siempre de Blancanieves.

Como tenía tratos con hechiceros y magos, pidió a uno de ellos que la transformase en una viejecita vendedora de baratijas y que le indicase el camino para llegar a casa de los siete enanitos. Al llegar allí, la reina gritó:

—¡Cintas de seda de todos los colores! ¿Quién quiere comprar cintas de seda?

Blancanieves se asomó a la ventana y la invitó a entrar. La falsa vendedora la convenció de que una cinta roja le quedaría muy bien en su vestido y la ayudó a atársela en la cintura. Pero la malvada reina la apretó tanto y tanto que la niña se quedó sin respiración y cayó al suelo sin sentido. Creyéndola muerta, la reina exclamó:

—¡Ahora ya no tengo rival! ¡Soy la más bella!  —se rio la reina, y se alejó de la cabaña a grandes pasos.

Por la noche, cuando llegaron los enanitos, encontraron la puerta abierta y a Blancanieves en el suelo y al advertir que la cinta roja no la dejaba respirar, cortaron el lazo. Al recobrar el aliento, Blancanieves contó lo que había ocurrido.

—Ten por seguro que la vieja vendedora era la reina disfrazada. ¡Te hemos dicho mil veces que no abras la puerta a nadie si estás sola!

Al mismo tiempo, la reina, de vuelta en el palacio corría a preguntar a su espejo:

Espejito, espejito tú que nunca yerras:

¿quién es la más bella de toda la tierra?

Y el espejo respondió:

En este palacio nadie te iguala,

tú eres la más bella.

Pero en todo el mundo Blancanieves gana,

la más bella es ella.

Al oír la respuesta, la reina se puso verde de rabia.

—Debo pensar en algo que no falle… ¡Ya lo tengo!, ¡un peine envenenado!. Conseguiré ser la más hermosa de la tierra.

Transformada en una viejecita pobre, la malvada reina golpeó en la puerta de los enanos:

—No necesito nada, buena mujer, y no puedo abrir la puerta.

—No hace falta que entre, bella niña, solo quiero mostrarte este hermoso peine.

A Blancanieves le gustó tanto el peine, que no solo aceptó el regalo, sino que abrió la puerta para que la anciana la peinara. En cuanto los dientes se clavaron en su cabeza, la niña cayó al suelo sin sentido y la reina, convencida de que aquella vez sí estaba muerta, se apresuró a volver al palacio.

Por suerte, los enanos regresaron pronto aquel día y apenas vieron la puerta abierta y a Blancanieves en el suelo, sospecharon otro maleficio de la reina. Arrancaron el peine que la bruja había clavado en la cabeza de la niña y esta se repuso enseguida.

Al oír el relato de lo sucedido, los enanos insistieron en que la puerta no debía abrirse por nada del mundo. Un día u otro la malvada reina podía volver a intentarlo de nuevo.

Entretanto, la reina en palacio consultaba al espejo:

Espejito, espejito tú que nunca yerras:

¿quién es la más bella de toda la tierra?

Y el espejo respondió de nuevo:

En este palacio nadie te iguala,

tú eres la más bella.

Pero en todo el mundo Blancanieves gana,

la más bella es ella.

Fuera de sí, al comprobar que había fracasado de nuevo, la reina juró que se saldría con la suya aun a riesgo de su propia vida. Entró en su habitación secreta y preparó un poderoso veneno. Cogió una manzana y emponzoñó solo la parte más roja; la otra mitad podía comerse sin peligro y disfrazada de campesina, la malvada reina se internó de nuevo en el bosque.

Cuando Blancanieves la vio no la reconoció, pero no quiso abrir la puerta porque los enanitos se lo habían prohibido terminantemente.

—Es una lástima que no puedas ver mis hermosas manzanas —dijo la falsa vendedora—. Bueno, no importa, descansaré un rato aquí afuera antes de seguir mi camino.

Cortó en dos partes la manzana y se puso a comer la mitad buena.

—¿No quieres probarla? —dijo ofreciendo la mitad envenenada a la niña—, verás que sabor más dulce tiene.

Blancanieves tomó la manzana a través de la ventana abierta y al darle el primer bocado se desplomó. La reina murmuró satisfecha:

—¡Blanca como la nieve, roja como la sangre, negra como el ébano! ¡Adiós lindos colores! Esta vez tus amigos no podrán salvarte.

Se apresuró para llegar deprisa a palacio y allí preguntó a su espejo:

Espejito, espejito tú que nunca yerras:

¿quién es la más bella de toda la tierra?

Y el espejo, esta vez, contestó como en otro tiempo:

En todo este reino no existe doncella

que igualarte pueda.

¡Tú eres la más bella!

Cuando los enanitos regresaron aquella noche hallaron a Blancanieves tendida y yerta. Trataron de reanimarla y buscaron entre el pelo y en la ropa algún objeto que pudiera ser la causa de su estado, pero no encontraron nada.

Colocaron su cuerpo sobre una cama y la lloraron durante tres días, pasados los cuales hablaron de enterrarla, pero uno de los enanitos no quiso ni oír hablar del tema:

—¡No podemos sepultarla en la tierra negra! Aunque está rígida y no se mueve parece viva, ¡sus mejillas aún están rojas!

Construyeron un ataúd de cristal para ella y lo colocaron en una alta roca y allí, por turno, los siete enanos la velaban día y noche.

Pasaron muchos meses y Blancanieves parecía dormida en su caja de cristal: la tez blanca como la nieve, las mejillas rojas como la sangre y el pelo negro como el ébano.

Cierto día, acertó a pasar por allí un príncipe con su séquito y, al ver a la niña, se quedó prendado de ella. Los enanos comprendieron que el príncipe ya no podría vivir sin contemplarla y, atendiendo sus ruegos, accedieron a que se llevara la caja a su palacio.

El príncipe ordenó a cuatro hombres de su séquito que bajaran la caja de la cima rocosa. A pesar del cuidado que pusieron, al descender por el estrecho sendero tropezaron y las paredes de la caja de cristal se hicieron trizas.

A consecuencia del golpe, la manzana que tenía Blancanieves atravesada en la garganta saltó y la niña, abriendo los ojos, preguntó sorprendida:

—¿Dónde estoy? ¿Quiénes sois vosotros? ¿A dónde me lleváis?

Loco de alegría el príncipe saltó del caballo y se arrodilló ante Blancanieves:

—Estás entre amigos. Si tú quieres, te llevaré al palacio de mi padre, el rey, y si me aceptas serás mi esposa.

—Acepto, a condición de que pueda venir siempre que quiera a visitar a mis amigos los siete enanitos del bosque.

Las bodas se celebraron con gran esplendor y a la fiesta fueron invitados los monarcas de los reinos vecinos y, naturalmente, el padre y la madrastra de Blancanieves también fueron invitados, aunque ignoraban quién era la novia.

Mientras la reina se preparaba para el gran baile preguntó, como era su costumbre, al espejito:

Espejito, espejito tú que nunca yerras:

¿quién es la más bella de toda la tierra?

Y esta vez el espejo contestó:

En todo este reino tú eres la más bella,

pero la joven princesa del reino vecino

es como una estrella.

Llena de envidia, la reina estuvo tentada de no asistir al enlace, pero su curiosidad pudo más. Al llegar al palacio del reino vecino y ver que la novia era Blancanieves, quedó aterrada, muda y sin aliento y, al comprender que sus malas artes quedarían al descubierto, intentó huir.

Fue detenida y su infame proceder castigado. El rey la encerró en prisión y ordenó que no fuera liberada hasta que su falta fuera totalmente olvidada por todos los habitantes del reino.

La reina malvada vivió durante mucho tiempo encarcelada y solo Blancanieves iba a verla, de vez en cuando, para llevarle un poco de consuelo.

FIN