promesa

La tortuga cantora

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Ilustración: SethFitts

Cuando los humanos aún comprendían el lenguaje de la naturaleza, vivió, en una remota aldea del centro de África, un gran cazador.

Cierto día, yendo tras las huellas de un león, se alejó más que de costumbre y se adentró en las profundidades de un espeso bosque, en un paraje en el que jamás antes había estado.

Miraba a su alrededor intentando ubicarse, cuando, de pronto, se quedó petrificado al oír una melodiosa voz que cantaba:

—El hombre es quien se obliga a las cosas. No son las cosas las que lo obligan a él.

El sosegado canto, acompañado por las suaves notas de un violín, dejó al cazador tan ensimismado, que se olvidó por completo del león y en su corazón sintió una gran paz.

Cuando la música se terminó, lleno de curiosidad, empezó a buscar entre los arbustos.

Intentaba orientarse por algún ruido, como solía hacer cuando cazaba. Le había parecido que aquella dulce tonada provenía de la derecha y allí se dirigió, para descubrir con asombro, al apartar una mata, que la intérprete era una tortuga gigante, que lo miraba con tranquilidad:

—Te deseo buenos días, cazador.

El hombre no salía de su asombro. Nunca en su vida había presenciado algo tan maravilloso.

Tal fue el efecto que provocó sobre él aquel encuentro que, sin poder resistirse, recorría cada día el largo camino desde su casa hasta el lejano bosque para escuchar la melodía de la criatura mágica.

Tras muchos días y muchos ruegos, consiguió que la tortuga cantora accediera a marcharse con él para vivir juntos en su choza. De este modo, no tendría que desplazarse a diario tan lejos para poder oír su canto.

Sin embargo, la tortuga puso una condición para emprender el camino. Le advirtió que únicamente cantaría para él y que nunca, nunca, bajo ningún concepto, debía pedirle que interpretara su canción en presencia de otros humanos. El cazador estuvo de acuerdo y prometió que respetaría el acuerdo.

Durante una larga temporada vivieron juntos y la tortuga entonaba su canto para él, tal y como le había prometido. Pero llegó un día en el que el cazador, no contento con escuchar a solas la maravillosa canción, empezó a imaginar lo mucho que podría presumir ante el mundo de aquel don mágico que el animal poseía y de los beneficios que aquel arte único le podía reportar.

Decidió, entonces, contar su secreto a una persona, y esa persona se lo contó a otra, y esa otra a otra y a otra más. Hasta que, finalmente, el secreto, que ya no era secreto, llegó a oídos del jefe de la tribu, el cual ordenó al cazador que se presentara ante él para oír, directamente de sus labios, aquella increíble historia.

Él cazador le describió con todo lujo de detalles cómo era la tortuga, cuál era el tono de aquella voz que enamoraba, e incluso se atrevió a tararear la canción que entonaba, pero ni el jefe ni nadie en el pueblo creyeron lo que les contaba. Se burlaban del que, en otro tiempo, había sido el mejor cazador del poblado y que ahora, decían, era solo un loco.

Tanto se mofaron, tanto porfiaron, que el cazador acabó por decir indignado:

—Os demostraré que no estoy loco. Mañana vendré acompañado de la tortuga y vosotros mismos comprobaréis que todo lo que cuento es cierto. Ya veremos quién ríe entonces. Si os he mentido, si no es cierto lo que cuento, me marcharé para siempre de aquí y nunca me volveréis a ver.

—De acuerdo —le contestaron—. Te damos todo el día de mañana, desde la salida hasta la puesta del sol, para demostrarnos que dices la verdad. Si es cierto que tu tortuga canta, podrás pedirnos lo que quieras.

El cazador regresó a su casa, contento del modo en que se habían desarrollado los acontecimientos y feliz, porque les daría una lección a todos por no haber creído sus palabras.

Cuando el primer rayo de sol entró por la ventana de la choza, se levantó y puso rumbo al lugar en el que se celebraban las asambleas del poblado. Junto a él, despacio, caminaba la tortuga.

El pueblo al completo lo esperaba para escuchar el milagro.

El cazador pidió a la tortuga que cantara, pero ella permaneció impávida, mirando hacia delante, como si no hubiera oído nada.

Una y otra vez, el cazador solicitó, ordenó, imploró y suplicó de mil formas distintas que interpretase su canción, pero fueron pasando los minutos, que se convirtieron en horas, sin que la tortuga se moviera. Permanecía muda; con la vista clavada al frente.

Primero avergonzado y después temeroso, el cazador seguía intentando, por todos los medios, convencerla, pero de nada sirvieron ruegos o amenazas. Todo fue en vano.

Con el último rayo de sol, el humillado cazador recogió todas sus pertenencias y se marchó para siempre del poblado. Entre burlas, se alejó río abajo con su canoa y nunca más se volvió a saber de él.

Justo en el momento en que ya solo era un puntito en la lejanía, para sorpresa de los habitantes de la aldea, la tortuga cantó:

Se miraron unos a otros y uno de ellos dijo con voz triste:

—Era verdad. Pero por culpa de la tortuga, que no ha cantado y por nuestra culpa, por no creer lo que decía, se ha tenido que marchar. Ahora nunca lo volveremos a ver.

—Él se lo ha buscado —aclaró la tortuga—. Yo vivía tranquilamente en el bosque, pero insistió tanto, que accedí a venir aquí con él. Solo puse una condición: que guardara mi secreto y que no me pidiera jamás que cantara ante otros. Si hubiera cumplido su palabra, no habría pasado nada.

Dicho esto, la tortuga se puso en marcha y se alejó del pueblo entonando su canción:

—El hombre es quien se obliga a las cosas. No son las cosas las que lo obligan a él.

FIN

La elección del rey

Ilustración: John Bauer

El rey Helamund debía partir lejos e hizo jurar a sus seis ministros que, durante su ausencia, gobernarían el reino lo mejor posible. Les advirtió, además, de que, en caso de fallecer durante su viaje, protegerían a su pequeña hija, todavía un bebé, y que le guardarían el trono para cuando se hiciera mayor.

Pero el rey todavía no tenía decidido a cuál de ellos nombraría primer ministro. Uno le parecía demasiado viejo, el otro demasiado joven, el tercero demasiado impaciente, el cuarto demasiado lento, el quinto demasiado atrevido y el sexto demasiado cobarde.

Una noche, acostado en la cama, pensaba a quién debía elegir cuando vio asomarse, entre los pliegues de las cortinas de la alcoba, una figura:

—¿Quién eres? —preguntó sorprendido.

—Soy la ninfa del castillo. He vivido aquí durante muchos reinados y siempre he intentado ayudar a la persona que reinaba en los momentos difíciles. Ahora lo haré contigo. Apoya la cabeza en la almohada.

A continuación, la ninfa sopló en el rostro del monarca y él se quedó dormido y empezó a soñar.

Soñaba que ya había partido y que estaba lejos, muy lejos de casa. Pero, a pesar de eso, podía ver lo que ocurría en su reino. Podía ver a sus ministros discutiendo. Solamente uno permanecía tranquilo e intentaba calmar la disputa.

Después, el rey los vio bajar a la cámara del tesoro y llenar sus bolsillos con oro. Solamente uno no rozó siquiera los baúles, sino que por el contrario intentaba impedir que los demás robaran.

A continuación, vio cómo uno de los ministros, al frente de una multitud de guerreros, comunicaba la muerte del rey Helamund, se proclamaba a sí mismo monarca, metía en la cárcel al ministro fiel y encerraba a la pequeña princesa en la torre.

Mientras Helamund soñaba esto, se le llenaba la frente de sudor. Anhelaba abalanzarse sobre aquel traidor. En ese momento, despertó agitando salvajemente los brazos a su alrededor, pero se dio cuenta de que la ninfa estaba todavía a su lado y se calmó, porque comprendió que nada de aquello había sucedido en realidad. Pero al mismo tiempo se asustó. Quizás el sueño era un aviso de lo que podía suceder.

La ninfa afirmó con la cabeza, como si hubiera leído sus pensamientos, y dijo:

—Ya ves el poco valor que tienen a veces promesas y juramentos.

—Si por lo menos supiera quién era el ministro fiel. Pero no pude distinguir su cara. —Se lamentó el rey.

—Tampoco yo lo sé —dijo la ninfa del palacio—. Pero si quieres conocer mejor a tus consejeros, te puedo ayudar. Invítalos mañana a pasear en tu barca por el río, pero tú no vayas. Tú y yo nos encontraremos en el embarcadero que hay en el bosque.

Dicho esto, la ninfa desapareció.

Al día siguiente. el rey siguió el consejo de la ninfa e invitó a sus consejeros a pasear en su barca por el río y él cabalgó solo hasta el embarcadero, donde ya lo esperaba la ninfa del palacio.

La ninfa contempló a Helamund con sus ojos profundos y recitó:

Rey como tú no hubo jamás,

pero con mi magia mendigo serás.

El rey sintió entonces que se transformaba. Su cuerpo perdió esbeltez; sus ricos ropajes quedaron convertidos en harapos, su pelo y su barba se enmarañaron y su mano, en lugar de la espada, empuñó un hacha.

—¿Qué me has hecho? —exclamó Helamund asustado.

—No te asustes —dijo la ninfa—, pronto recuperarás tu aspecto normal.

Y recitó de nuevo:

Casucha pobre y pequeña

emerge de la tierra.

Y del suelo salió una cabaña de madera con el tejado cubierto de musgo.

—Ahora escucha —dijo la ninfa—: tú eres un pobre leñador y esta es tu casa. Dentro de un rato, salvarás a tus consejeros y, a cambio, tendrás ocasión de pedirles algo. Pídeles que te honren con su presencia en la fiesta que darás dentro de tres días a la puesta del sol.

Dicho esto, la ninfa desapareció.

Al poco, Helamund oyó gritos. Un remolino de viento agitaba tan fuerte la embarcación real, que parecía que el río se la iba a tragar junto a todos los pasajeros.

Sin pensarlo, el rey se lanzó al agua, nadó hasta la barca, que ya estaba medio hundida, se encaramó a ella y, remando, la llevó, hasta la orilla.

Con el miedo reflejándose aún en sus caras, los consejeros dieron las gracias a su salvador e insistieron en recompensarlo por su valentía.

—Dinos qué quieres. Sea lo que sea cumpliremos tu deseo.

Helamund recordó las palabras de la ninfa del castillo.

—Aunque soy un hombre pobre e insignificante, dentro de tres días, a la puesta del sol, celebraré una fiesta para algunos amigos y vecinos aquí, en mi humilde casa, y desearía contar con vuestra presencia.

Los consejeros se rieron.

—¿Puedes pedir lo que sea y solo deseas que asistamos a tu fiesta? —preguntaron.

—Sí, eso es todo —contestó Helamund.

Los consejeros seguían riendo, pero cada uno de ellos le dio la mano y prometió cumplir el compromiso.

Los seis se alejaron. El rey recuperó su aspecto y regresó a palacio.

Durante los dos días siguientes nada pasó, pero a la noche del segundo día, la ninfa de palacio volvió a visitar al rey:

—Rey Helamund, mañana darás una gran fiesta a la que invitarás a la corte entera, incluidos tus seis consejeros.

—Pero ellos se han comprometido con el leñador —-dijo el rey.

—Precisamente por eso —respondió la ninfa antes de volver a desaparecer.

Helamund se quedó pensativo, pero, poco a poco, comprendió qué debía hacer.

A la mañana siguiente, envió las invitaciones para la fiesta, que empezaría a la puesta del sol.

Puntualmente, a esa hora, la sala del palacio estaba abarrotada.

El rey entró y miró a su alrededor buscando a sus consejeros. Y, efectivamente, allí estaban todos saludándolo sumisamente. No habían hecho caso a la invitación del leñador. Pero al contarlos, se dio cuenta de que faltaba uno.

—No veo a Ismaril.

—Majestad, Ismaril ha mandado un mensaje diciendo que no podrá asistir a la fiesta porque se había comprometido anteriormente con otra persona —contestó el gran chambelán.

El rey se estiró y frunció las cejas, como si se hubiera puesto furioso.

—¿Alguien puede decirme quién es esa persona tan sumamente importante para que él prefiera honrarla con su presencia en vez de estar con su rey? —preguntó.

Los cinco consejeros se miraron entre sí, dudando de cómo debían contestar. Sin embargo, como en secreto tenían celos de Ismaril, no podían desaprovechar la ocasión de echar leña al fuego. Se acercaron al rey, hicieron una reverencia todos a la vez, y le contaron lo que les había sucedido y la estúpida promesa que habían hecho al leñador.

Entonces el rey llamó a un par de soldados y les ordenó:

—iBuscad al consejero Ismaril y traedlo aquí inmediatamente!

Los soldados se marcharon y la fiesta comenzó.

No hacía ni una hora de su marcha, cuando regresaron con el consejero, al que habían encontrado errando por el bosque buscando en vano la casita.

Ismaril, con la cabeza alta y sin demostrar temor, cruzó la sala hasta la presencia del rey, que permanecía sentado con la barbilla apoyada en la mano mirándolo detenidamente.

— iAsí que —dijo el rey— desprecias mi fiesta por ir a la de un leñador!

Ismaril lo miró fijamente a los ojos.

—Lo había prometido —dijo.

El rey se quedó callado un instante.

—¿Das más mérito a la invitación de un simple leñador que a una convocatoria mía? —continuó.

—Lo había prometido —insistió el consejero.

El rey levantó la cabeza.

—Quieres decir con esto que una promesa contraída con el más humilde de mis súbditos es más importante para ti que tener mi favor y gracia.

Ismaril también levantó la cabeza.

—Sí, señor —dijo.

Entonces, el rey se puso de pie y preguntó en voz alta a los invitados:

—¿Qué castigo opináis que merece?

Pero los cortesanos solamente murmuraron, susurraron y bajaron la vista.

—¿No contestáis? Entonces yo le daré el castigo que en mi opinión se merece —dijo el rey.

Helamund bajó del trono, se acercó a Ismaril y le dio un gran abrazo. A continuación, puso a la princesa en brazos de su consejero.

—Ismaril, en este acto te nombro primer ministro, porque en ti he hallado a alguien que prefiere cumplir una promesa dada antes que obtener gracia y honores. Sé que puedo confiar en ti. Dejo en tus manos mi reino, mi vida y a mi hija, lo más preciado que poseo.

FIN

Riquete el del copete

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Ilustración: Libou

Cierta reina tuvo un hijo tan feo y deforme que, al verlo, dudó de que fuera humano. Un hada que estaba presente consoló a la madre diciéndole que la inteligencia del pequeño sería aún más grande que su fealdad y, además, le concedió el don de poder convertir en inteligente a la persona a quien más amara.

Y ciertamente, cuando el niño empezó a hablar, era tanta su gracia que todo el mundo deseaba estar cerca de él para escucharlo. Olvidé decir que nació con un mechón en la cabeza, por lo que se lo conocía como Riquete el del copete, ya que era Riquete el apellido familiar.

En el reino vecino, al cabo de siete años, la reina dio a luz a dos hijas gemelas. La primera era preciosa, pero la misma hada que había asistido al nacimiento de Riquete el del copete, advirtió a la reina de que la princesa sería tan estúpida como bella. Esto dolió mucho a la madre, que poco después aún se entristeció más porque su segunda hija era fea como no es posible describir.

—No te aflijas —le dijo el hada— que, aunque no es bella, será tan inteligente que nadie advertirá su fealdad.

—Eso espero. Y dime, ¿no podrías hacer algo para que la mayor fuera menos guapa pero un poco inteligente?

—Nada puedo hacer con su inteligencia, pero sí con su belleza. Le concedo el don de transformar en hermosa a la persona que ame.

Las princesitas fueron creciendo y las perfecciones de ambas aumentaban y en todo el reino solo se hablaba de la belleza de la mayor y de la inteligencia de la pequeña. Pero, ciertamente, sus carencias también aumentaron y tomaron mayores proporciones, pues la fealdad de una era comparable a la estupidez de la otra, que era incapaz de contestar a lo que se le preguntaba o respondía una majadería.

Aunque la belleza es una cualidad muy apreciada, lo cierto es que la inteligencia la aventaja, y eso pasaba con las princesas. Primero, las personas se acercaban a la más guapa, pero después de un rato, se iban a charlar con la inteligente, porque su conversación era amena. Así que la mayor se quedaba sola porque todo el mundo prefería estar con la menor. La guapa, aunque era muy estúpida, entendía lo que ocurría y hubiera dado toda su belleza por tener un poquito del talento de su hermana.

Un día, se marchó al bosque a llorar su pena y mientras así estaba, se le acercó un joven muy feo. No era otro que Riquete el del copete, que se había enamorado de ella contemplando los retratos de la princesa que se encontraban por todas partes y había decidido ir a conocerla en persona. Muy contento al reconocerla, la saludó con respeto y finura y al ver que lloraba, le preguntó:

—¿Cómo es posible que alguien tan guapo pueda estar tan triste?

—Eso lo dices porque sí —contestó la princesa, sin añadir nada más.

—La belleza —continuó Riquete el del copete— es un don tan precioso que suple todos los demás, así que no entiendo que estés triste.

—Preferiría ser fea como tú y tener talento, a ser guapa y tonta.

—Una de las señales de tener inteligencia es creer que no se tiene. Y cuanto más tonto te crees, en realidad, más listo eres.

—Pues será así; pero soy muy tonta y por eso lloro.

—Si solo es eso, yo puedo solucionarlo.

—¿Cómo?

—Porque puedo conceder inteligencia a la persona que más ame; y como estoy enamorado de ti, te daré inteligencia si te casas conmigo.

La princesa no supo qué contestar.

—Veo que mi proposición te disgusta; normal, porque soy muy feo, así que puedes pensarlo durante un año antes de decidirte.

La princesa deseaba tanto dejar de ser tonta que aceptó la proposición y en cuanto le dijo a Riquete el del copete que se casaría con él al cabo de un año, se sintió completamente diferente y pudo expresar sus ideas con facilidad y acierto. Empezaron a conversar y Riquete el del copete pensó que le había concedido a la princesa un talento mayor que el que tenía él.

Cuando la princesa volvió al palacio, la corte entera quedó atónita. No sabía cómo explicarse aquel cambio tan repentino y extraordinario, pues tan grande como era antes su necedad, era ahora su sabiduría. Tal era su prudencia, que en los asuntos de estado se empezó a contar con su consejo.

La noticia de su transformación corrió como la pólvora y jóvenes príncipes de todos los reinos le pidieron matrimonio, pero no halló uno que tuviera suficiente talento y aunque habló con todos, con ninguno se comprometió. Necesitaba reflexionar.

Se fue a pasear al mismo bosque donde un año antes había encontrado a Riquete el del copete y mientras estaba sumida en sus pensamientos, oyó un ruido; como de personas moviéndose de un lado a otro y voces que decían:

—Trae la bandeja.

—Abrillanta las copas.

—Enciende el fuego.

La tierra se abrió y, a sus pies, vio una larga escalera que conducía a una cocina inmensa, en la que cocineros, pinches y lacayos preparaban un gran festín. Una larga fila de sirvientes subió fuentes con frutas y flores para colocarlas sobre una larguísima mesa colocada en un claro del bosque.

Asombrada, la princesa les preguntó para quién trabajaban:

—Para el príncipe Riquete el del copete, que mañana se casa.

Recordó, de pronto, su promesa de hacía un año y se quedó petrificada. Aún no se había recuperado, cuando se acercó a ella Riquete el del copete, vestido con sus mejores galas.

—Cumplo mi palabra y tengo la seguridad de que tú vienes a cumplir la tuya.

—Te seré sincera, creo que no podré cumplirla.

—Me sorprendes.

—Lo comprendo y si fueras mala persona estaría en un aprieto, porque las personas no deben faltar a su palabra, pero espero que me entiendas. Prometí casarme contigo cuando era estúpida, pero con la inteligencia que me diste, mi gusto también mejoró, así que si deseabas casarte conmigo, debiste dejarme tonta.

—Prescindiendo de mi fealdad, ¿hay algo en mí que te disguste?

—No, al contrario, el resto es perfecto.

—Entonces, si es así, está bien, porque tienes el poder de hacerme el más guapo de los hombres.

—¿Cómo?

—Quiéreme bastante para desear que lo sea, porque el hada que el día de mi nacimiento me concedió el don de poder convertir en persona inteligente a quien yo amara, te concedió a ti el poder de hacerla hermosa.

—Si es así, exclamó la princesa, deseo de todo corazón que te conviertas en el hombre más guapo del mundo. —Apenas lo hubo dicho, Riquete el del copete se trasformó en un agraciado príncipe.

Al día siguiente, se celebró la boda y los dos vivieron felices durante mucho tiempo.

Dicen que, en realidad, no fueron los dones del hada los que operaron la metamorfosis, sino que fue el cariño de ambos el que los cambió a los dos, porque el amor, cuando es verdadero, tiene el poder de transformar las cosas.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Riquete el del copete» con la voz de Angie Bello Albelda

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