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El sabio maharajá

Ilustración: HOS73

En la lejana India, en la ciudad de Wirani, vivió un maharajá que gobernaba a sus súbditos con tanto poder como sabiduría. Su pueblo lo temía por lo primero y lo admiraba por lo segundo.

Aquella ciudad era conocida por el profundo pozo que estaba situado en la plaza central del pueblo, el único que había en muchos kilómetros a la redonda, y del cual se abastecían los habitantes de la zona, desde el más rico, al más menesteroso. Desde el mendigo más pobre, hasta el mismísimo rey, todos, sin excepción, bebían y se lavaban con el agua fresca y cristalina que brotaba de lo más profundo de la tierra.

Una calurosa noche de verano, cuando en Wirani todo estaba en calma, una hechicera entró en la ciudad y se dirigió con cautela, para no ser descubierta, hacia el pozo. Sacó de uno de sus bolsillos un pequeño frasco y bajo la luz de la luna llena, vertió siete gotas de un espeso líquido azul en el agua al tiempo que lanzaba su maldición:

Dicho esto, desapareció sin dejar ni el más mínimo rastro. Todavía hoy se ignora adónde se dirigió y tampoco se sabe por qué vertió aquel fluido en el pozo de Wirani, pero el caso es, que, a la mañana siguiente, todos los habitantes del reino bebieron y enloquecieron, tal y como había predicho la misteriosa hechicera. Solo el maharajá y su chambelán se libraron de volverse locos, porque consumieron el agua que aún quedaba en las grandes tinajas del palacio.

Aquel día, en las callejuelas y en el mercado, la gente empezó a comportarse de un modo muy peculiar: unos trepaban a los árboles; otros picoteaban grano como si fuesen gallinas; otros rugían como tigres de Bengala y había muchos que andaban a cuatro patas y ladraban, como si fueran perros.

Cuando a mediodía el gran chambelán fue al pozo para llenar las tinajas, se quedó perplejo ante el extravagante comportamientos de la gente y regresó a toda prisa a palacio a informar al maharajá, el cual quiso salir a ver, con sus propios ojos, lo que le contaba su ayudante.

Juntos se pasearon entre la multitud observando a los habitantes de la ciudad, y estos, a su vez, los observaban a ellos y cuchicheaban:

—¡El rey está loco! Nuestro rey y su gran chambelán han perdido la razón. Se comportan de un modo extraño. No podemos permitir que nos gobierne un loco; debemos destronarlo de inmediato.

Al ver el cariz que tomaban los acontecimientos, el monarca y su criado regresaron presurosos a palacio.

Aquella misma noche, el maharajá ordenó que llenaran con agua fresca, recién traída del pozo, una gran copa de oro y bebió con avidez de ella; después, pasó la copa a su gran chambelán, para que bebiera también.

A la mañana siguiente, en la lejana ciudad de Wirani, hubo un gran regocijo. Los habitantes celebraban gozosos que el rey y el gran chambelán hubieran recobrado la razón.

FIN

El pollito que llegó a rey

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Ilustración: snake-silent

Érase una vez un pollito muy chiquitín, muy chiquitín que vino al mundo siendo ya huérfano, y lo primero que dijo al romper el cascarón fue:

—¡Qué injusticia! ¡Mis papás han tenido que morir de hambre y el rey les debía un grano de maíz!

Estaba muy triste, pero el valeroso pollito se enjugó las lágrimas, descolgó el zurrón de su difunto padre, se puso la bufanda de su difunta madre  y, anda que te anda, se dirigió hacia la capital decidido a cobrar la deuda.

Apenas había andado media docena de pasos, cuando en medio del camino encontró un palo que lo hizo tropezar y caer.

El pollito se levantó se sacudió el polvo y dijo:

—¡Hola, Palo!, he tropezado contigo. No te había visto.

—¿Adónde vas? —le preguntó el palo.

—A la ciudad, a cobrar un crédito de mis difuntos padres —contestó.

—Vamos juntos —dijo el palo.

El pollito cogió el palo y lo metió en el zurrón.

Anda que te anda, topó con un gato que, al verlo, exclamó:

—¡Oh!, un dulce pollito ¡Qué bocado más tierno!

—No valgo la pena —replicó el pollito—,  tengo poca carne.

—¿Adónde vas? —preguntó el gato.

—Voy a cobrar un crédito de mis padres.

—Pues voy contigo —dijo el gato—. Tal vez encuentre por el camino algo bueno para comer.

El pollito cogió al gato y lo metió en el zurrón.

Poco después, encontró a una hiena que le preguntó:

—¿Adónde vas con ese zurrón?

—Voy a ver al rey para cobrar un crédito de mis padres —explicó el pollito.

—Me gustaría conocer la ciudad. ¡Vayamos juntos! —dijo la hiena.

El pollito cogió a la hiena y la metió en el zurrón.

Anda que te anda, topó con un fiero león.

—¿Adónde vas pequeño pollito? —rugió la fiera.

—A cobrar un crédito de mis difuntos padres.

—Vamos allá juntos —dijo el león.

El pollito cogió al rey de la selva y lo metió en el zurrón.

Encontró después a un elefante que estaba hartándose de plátanos.

El elefante le preguntó alegremente:

—¿Adónde vas, chiquitín?

—A cobrar un crédito de mis difuntos padres.

—¡Pues vayamos juntos! —exclamó el paquidermo.

El pollito cogió al elefante y lo metió en el zurrón.

Anda que te anda, encontró a un guerrero, que le preguntó:

—¿Adónde vas con ese zurrón tan pesado?

—Voy a cobrar una deuda.

—¿A casa de quién? —preguntó el guerrero.

—Al palacio del rey —contestó el pollito.

—Pues iremos juntos —dijo el guerrero.

El pollito lo cogió y lo metió en el zurrón.

Por fin, cargado con su zurrón, llegó a la ciudad donde vivía el rey. La gente corrió a anunciar al soberano que el pollito había llegado y que pretendía cobrar el crédito de sus difuntos padres.

—Haced hervir un caldero de agua, que echaremos a ese insolente polluelo dentro y haremos un buen caldo con él, así no tendremos que pagar la deuda.

El hijo del monarca se puso a gritar:

—¡Yo haré el caldo! ¡Yo haré el caldo!

Cuando el pollito vio que se acercaba el príncipe, le dijo al palo:

—¡Palo, ahora es la tuya!

El palo hizo tropezar y caer al hijo del rey, que derramó el agua y quedó escaldado.

La gente de la ciudad dijo entonces:

—Hay que encerrarlo en el gallinero con las gallinas; ellas lo matarán a picotazos.

Pero el pollito sacó al gato del zurrón y le dijo:

—¡Te devuelvo la libertad!

El gato mató a todas las gallinas, cogió la más gorda y se escapó con su botín.

La gente dijo entonces:

—¡Que lo encierren en el establo con las cabras; allí lo pisotearán!

El pollito dijo entonces:

—¡Hiena, ya eres libre!

La hiena mató a todas las cabras, escogió la más gorda y con ella se escapó.

La gente dijo entonces:

—¡Que lo encierren en el establo de las vacas!

Y allí lo metieron, pero el pollito dijo:

—¡León, ahora es la tuya!

El león salió del zurrón y terminó con todas las vacas, escogió la más gorda y la devoró en un abrir y cerrar de ojos.

El pueblo entero estaba furioso y decía:

—¡Este polluelo es un desvergonzado y no quiere morir! ¡Lo encerraremos con los camellos! Ellos acabarán con él.

Lo encerraron allí, pero el pollito dijo:

—Elefante, buen amigo, ¡sálvame la vida! Ahora es la tuya.

Y sacó al paquidermo del zurrón.

El elefante miró desafiante a los camellos y los aplastó, del primero al último.

La gente del pueblo fue a ver al rey y le dijo:

—Aquí en la ciudad no podemos con este polluelo insolente; paguémosle lo que se les debía a sus padres y que se marche. Le daremos caza en el bosque y recuperaremos lo que le hemos dado.

El soberano ordenó abrir su real tesoro y entregarle al pollito el grano de maíz que se le debía.

Y el pollito, feliz y contento, abandonó el pueblo con su grano de maíz.

Cuando vieron que se alejaba camino adelante, montaron en sus caballos, incluido el mismísimo rey, y se lanzaron en pos del pollito. Pero el pollito, que se dio cuenta del peligro, sacó rápidamente al guerrero del zurrón y le pidió:

—¡Guerrero, por favor! ¡Ayúdame! ¡Demuéstrales que eres de armas tomar!

Y el guerrero, antes de lo que se tarda en contarlo, hizo trizas a todos.

El pollito volvió entonces a la ciudad del rey y se quedó con todas las riquezas del palacio y él mismo se proclamó rey de aquel pueblo al que había conseguido vencer con la ayuda de todos sus amigos.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “El pollito que llegó a rey” con la voz de Angie Bello Albelda

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El Flautista de Hamelín

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Ilustración: Otagoth

Esta historia ocurrió hace mucho, muchísimo tiempo, en un pequeño pueblo al norte de Alemania llamado Hamelín, situado en un precioso paraje, muy cerca de las riberas de un ancho y caudaloso río, el Weser.

Los habitantes de Hamelín eran felices y estaban orgullosos de vivir en un lugar tan hermoso y apacible hasta que, un día, una terrible plaga de ratas se adueñó de aquel lugar.

Había tantas y eran tan feroces que plantaban cara a gatos, perros y hasta se atrevían a enfrentarse a las mismísimas personas.

Se colaban en las casas para robar la comida de las despensas y los guisos de las ollas. Roían la ropa de los armarios e incluso, al llegar la noche, se metían en la cama de la gente a dormir. Aparecían en los lugares más insospechados, con el consiguiente susto y disgusto de aquel que tenía la desgracia de toparse con ellas, porque si alguien intentaba echarlas o las molestaba de algún modo, mordían con fiereza.

La vida en Hamelín se volvió tan insoportable por culpa de los roedores, que los habitantes, hartos de tan incómoda situación, se reunieron en la Plaza Mayor para exigir al Alcalde que buscara una solución para tan terrible problema:

—¡Queremos respuestas! ¡Abajo este Alcalde que no hace nada! ¡Que alguien encuentre un modo de librarnos de esta terrible plaga! ¡No podemos seguir viviendo así!

No había manera de calmar los ánimos de los allí reunidos.

Mientras discutían y gritaban, sin llegar a ningún acuerdo, apareció un extraño. Un hombre enjuto, que vestía pobremente y llevaba una flauta en la mano. El desconocido avanzó y se dirigió a los presentes:

—Disculpen ustedes, sé que tienen un grave problema, pero yo puedo solucionarlo. Estoy dispuesto a librar a este pueblo de todas las ratas con la sola ayuda de mi flauta mágica, pero tengan en cuenta que mi trabajo vale mi peso en oro.

—Si consigues librarnos de esta plaga, te daremos más que eso. ¡Te daremos el doble de tu peso en oro! —aseguró precipitadamente el Alcalde, que veía peligrar su cargo.

El pueblo aplaudió y gritó entusiasmado:

—¡Eso, eso! ¡Si nos libras de las ratas, te daremos el doble de tu peso en oro! ¡Viva nuestro Alcalde! ¡Viva!

—De acuerdo entonces. Vosotros lo habéis dicho, ¡que sea el doble!

Y dicho esto, el Flautista empezó a tocar la flauta y echó a andar al son de la alegre música de su instrumento.

De pronto, en todos los rincones del pueblo, se empezó a oír un extraño runrún que fue creciendo, creciendo y creciendo, hasta convertirse en un terrible estruendo.

Aquel alboroto no era otra cosa que las ratas, que atraídas por la prodigiosa música del Flautista, asomaban por doquier. Ratones chiquitos y ratas enormes, todos empezaron a marchar en pos del Flautista, como si estuvieran hipnotizados, bajo la atenta y asombrada mirada de los habitantes del pueblo.

Sin dejar de tocar su flauta mágica, el forastero arrastró tras de sí a aquel tropel de roedores fuera de la ciudad y lo condujo hasta el río, donde los animales fueron cayendo y ahogándose, uno tras otro, hasta que no quedó ni uno solo.

Cuando los habitantes de Hamelín comprobaron que se habían librado de aquella terrible plaga, echaron al vuelo todas las campanas e hicieron una gran fiesta. Aclamaron al Alcalde y dieron las gracias, efusivamente, al Flautista. Este, entonces, reclamó lo que le habían prometido.

El Alcalde, después de mirarlo de arriba abajo, contestó:

—Lo que pides es exagerado. Al fin y al cabo, el trabajo ha sido muy sencillo y no has empleado mucho tiempo en él. Deberás conformarte con diez monedas de oro como pago y aun así, es mucho.

El pueblo entero asintió y aplaudió:

—¡Es verdad, ha sido muy fácil! ¡Viva el Alcalde! ¡Cualquiera puede tocar la flauta! ¡Qué sabio es nuestro Alcalde! ¡El Alcalde siempre tiene razón! ¡Lo que pide el Flautista es exagerado!

El Flautista insistió:

—Llegamos a un acuerdo. Yo he cumplido mi parte; cumplid vosotros la vuestra.

Un murmullo de rechazo se elevó de la multitud, y el Alcalde volvió a negarse a pagar lo acordado.

El Flautista advirtió:

—No quiero enfadarme. Yo he cumplido mi parte; cumplid vosotros la vuestra.

La gente, gritó enfurecida:

—¿Cómo te atreves a amenazarnos? ¡Márchate de aquí! ¿Qué te has creído? ¡No malgastaremos nuestro dinero en un vago que toca la flauta y que viste como un pordiosero! ¡Fuera! ¡Largo! ¡Vete!

—¡Os arrepentiréis! —dijo. Y dándoles la espalda, se alejó.

Aún no había dado cuatro pasos, cuando una música jamás escuchada antes sobre la Tierra, escapó de su flauta mágica y se fue extendiendo, como si de una gran mancha de aceite se tratara.

Un sordo rumor, que crecía y crecía, lo invadió todo. Eran los pequeños pies en movimiento de todos los niños del pueblo, que con gran alboroto, batiendo palmas y riendo, iban formando una larga cola que seguía al Flautista.

La gente mayor enmudeció de asombro, pero por más que intentaron hacer algo, fue imposible. Era como si una invisible fuerza los retuviera. Se quedaron petrificados, sin poder dar ni un paso, y sin poder gritar para impedir que los niños siguieran al Flautista.

Vieron cómo se alejaba aquella extraña comitiva hacia las montañas; vieron cómo estas se abrían al son de la fascinante música; y vieron cómo se cerraban de nuevo, tragándose al Flautista y a todos los niños de Hamelín para siempre.

FIN