pulga

Los campeones de salto

Ilustración: Hans Tegner

La pulga, el saltamontes y el huesecillo saltarín apostaron una vez a ver quién saltaba más alto, e invitaron a cuantos quisieran presenciar aquel campeonato. Hay que convenir que se trataba de tres grandes saltadores.

—¡Daré mi hija al que salte más alto! —dijo el Rey—, pues sería muy triste que los competidores tuviesen que saltar de balde.

Se presentó primero la pulga. Era bien educada y empezó saludando a diestro y a siniestro, pues por sus venas corría sangre de señorita y estaba acostumbrada a no alternar más que con personas, y esto siempre se nota.

Vino en segundo término el saltamontes. Sin duda era bastante más pesadote que la pulga, pero sus maneras eran también irreprochables; vestía el uniforme verde con el que había nacido. Afirmó, además, que tenía en Egipto una familia de abolengo, y que era muy estimado en el país. Lo habían cazado en el campo y metido en una casa de cartulina de tres pisos, hecha de naipes de color, con las estampas por dentro. Las puertas y ventanas habían sido cortadas en el cuerpo de la dama de corazones.

—Sé cantar tan bien —dijo—, que dieciséis grillos indígenas que vienen cantando desde su infancia —a pesar de lo cual no han logrado aún tener una casa de naipes—, se han pasmado tanto al oírme, que se han vuelto aún más delgados de lo que eran antes.

Como se ve, tanto la pulga como el saltamontes se presentaron en toda forma, dando cuenta de quiénes eran y manifestando que esperaban casarse con la princesa.

El huesecillo saltarín no dijo esta boca es mía; pero se rumoreaba que era de tanto pensar. El perro de la Corte solo tuvo que husmearlo, para atestiguar que venía de buena familia. El viejo consejero, que había recibido tres condecoraciones por su mutismo, aseguró que el huesecillo poseía el don de la profecía; por su dorso podía vaticinarse si el invierno sería suave o riguroso, cosa que no puede leerse en la espalda del que escribe el calendario.

—De momento, yo no digo nada —manifestó el viejo Rey—. Me quedo a ver venir y guardo mi opinión para el instante oportuno.

Había llegado la hora de saltar. La pulga saltó tan alto, que nadie pudo verla, y los demás sostuvieron que no había saltado, lo cual estuvo muy mal.

El saltamontes llegó a la mitad de la altura alcanzada por la pulga, pero como casi dio en la cara del Rey, éste dijo que era un asco.

El huesecillo permaneció largo rato callado, reflexionando; al fin ya pensaban los espectadores que no sabía saltar.

—¡Mientras no se haya mareado! —dijo el perro, volviendo a husmearlo. ¡Rutch!, el hueso pegó un brinco de lado y fue a parar al regazo de la princesa, que estaba sentada en un escabel de oro.

Entonces dijo el Rey:

—El salto más alto es el que alcanza a mi hija, pues ahí está la finura; mas para ello hay que tener cabeza, y el huesecillo ha demostrado que la tiene. A eso llamo yo talento.

Y le fue otorgada la mano de la princesa.

—¡Pero si fui yo quien saltó más alto! —protestó la pulga—. ¡Bah, qué importa! ¡Que se quede con el hueso! Yo salté más alto que los otros, pero en este mundo hay que ser corpulento, además, para que nos vean.

Y se marchó a alistarse en el ejército de un país extranjero, donde perdió la vida, según dicen.

El saltamontes se instaló en el ribazo y se puso a reflexionar sobre las cosas del mundo; y dijo a su vez:

—¡Hay que ser corpulento, hay que ser corpulento!

Luego entonó su triste canción, por la cual conocemos esta historia. Sin embargo, yo no la tengo por segura del todo, aunque la hayan puesto en letras de molde.

FIN

Saltabardales

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Ilustración: monkyx

En una ocasión, la pulga, la langosta y la taba quisieron ver cuál de ellas saltaba más alto, así que invitaron a todo el mundo y a cualquiera que lo deseara a presenciar el espectáculo. Tres auténticas saltabardales que entraron juntas en la sala.

—¡Me casaré con la que salte más alto! —anunció el rey—. ¡Sería muy feo que las tres saltaran para nada!

La pulga fue la primera. Elegante, dio un paso al frente; con finos ademanes, repartía saludos a diestro y siniestro. No en vano por sus venas corría sangre de gran dama, acostumbrada como estaba a tratar únicamente con personas. Y eso se nota.

Después le tocó el turno a la langosta, que aunque era considerablemente más corpulenta tenía muy buenas maneras. Llevaba un impecable uniforme verde, algo innato en ella; además, afirmó que descendía de una antiquísima familia de la tierra de Egipto y aseguró ser altamente apreciada en algunos países. Acababa de trasladarse desde el campo y se había instalado en un castillo de naipes de tres pisos, todos ellos de figuras con el dibujo hacia dentro; tenía puerta y una gran ventana, esta última la habían recortado en el talle de la reina de corazones.

—Canto tan bien —dijo—, que dieciséis grillos autóctonos, que llevan cantando desde que nacieron pero ni aun así tienen castillo de naipes, del disgusto que han tenido al oírme, se han quedado más flacos de lo que ya eran.

Ambas, pulga y langosta, dieron buena cuenta de quiénes eran y de lo mucho que merecían desposarse con un rey.

La taba callaba (precisamente por eso pensaría mucho más); nada decía, ya hablaban bastante las otras. Cuando el perro de palacio se acercó a husmearla, garantizó que aquella taba era de muy buena familia. Y el anciano consejero, que había recibido tres condecoraciones por quedarse calladito, afirmó que sabía con certeza que la taba poseía dotes adivinatorias: si le mirabas la espalda se podía saber si el invierno sería benigno o riguroso, cosa que es imposible de saber aunque observes la espalda del hombre del tiempo.

—Bueno, yo no digo nada —comentó el rey—, pero conste que es porque me reservo mi opinión.

Llegó el momento de efectuar el salto. La pulga brincó tan alto, que nadie alcanzó a verla y muchos sostenían que ni siquiera había saltado, ¡pero eso fue una bajeza!

La langosta no saltó ni la mitad que la pulga, pero le dio al rey en toda la cara y dijo que fue asqueroso.

La taba permaneció largo rato inmóvil, reflexionando. Estuvo tanto rato así que, al final, la creyeron incapaz de saltar.

—Ojalá no esté indispuesta —dijo el perro de palacio acercándose para husmearla de nuevo.

¡Zas! Dio un salto un poco torcido y fue a caer sobre la falda del rey, que se hallaba sentado en su trono de oro.

Entonces el rey habló:

—El salto más alto de todos es el que lleva hasta mi. Ahí estaba la sutileza, pero hacía falta ingenio para caer en ello y la taba ha demostrado tenerlo.

¡Con ella habéis pinchado en hueso!

Y la taba se llevó al rey.

— ¡Pero yo he sido la que ha saltado más alto que nadie! —protestó la pulga—. Aunque, ¿qué más da? Que el rey se quede con esa osamenta. Aunque yo he saltado más alto, está visto que en este mundo hace falta cuerpo para que se fijen en uno.

Y la pulga se enroló en la legión extranjera, donde cuentan que cayó.

La langosta se sentó en una cuneta a meditar cómo estaba el mundo, y repetía: «¡hay qué ver!», y decía también:

—¡Hay que tener cuerpo! ¡Hay que tener cuerpo!

Y, acto seguido, se puso a cantar esta triste historia, que es de donde la sacamos nosotros, aunque bien pudiera ser una mentira, por muy escrita que ahora esté.

FIN

La pulga

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Ilustración: tonysandoval

Las decisiones, cuando se toman sin meditar, acarrean la ruina sin remedio. El que se comporta cual orate, cual sabio se arrepiente. Como le sucedió al rey de Altomonte que por un despropósito de cuádruple suela, hizo una locura que puso en peligro a su propia hija y al reino entero.

*

Ocurrió una vez que al rey de Altomonte, que tenía poco en qué pensar y aún menos que hacer, le picó una pulga, la atrapó con gran destreza, la examinó atentamente y pensó que era tan hermosa y de tan buena planta que era una pena ajusticiarla en el patíbulo de su real uña, así que la encerró en una urna de cristal y la alimentó con sangre de su real dedo.

Se crio la pulga tan oronda, que pasados siete meses tuvo el rey que ir pensando en cambiarla de jaula, porque se había puesto más gorda que una ternera.

Viendo esto el rey y no sabiendo hasta dónde podría crecer el animalito, mandó que la desollaran y que curtieran la piel y una vez con ella en las manos, ordenó publicar el siguiente bando:

Se hace saber, a la gente que habita en este reino,
en cualquier otro o en los de más allá,
que aquel que sepa decir de qué animal es la piel que guarda el rey en palacio,
recibirá la mano de la princesa.

Divulgado que fue el bando por doquier, la gente llegó en manada desde los más recónditos rincones para tratar de dar respuesta a la adivinanza real.

Hubo quien dijo que era de gato siamés, quien de lince ciego, quien de cocodrilo desdentado y quien de dragón. Algunos dijeron que era de tal bestia y otros de tal otra, pero del primero al último, se quedaban a mil leguas de dar en el clavo.

Finalmente, acudió al palacio un ogro, que era la cosa más contrahecha del mundo. Tanto, que su sola vista causaba escalofríos y dolor de barriga, hacía estremecer y llenaba de pavor al más intrépido de este mundo. Y fue que este ogro, apenas llegó y se puso a dar vueltas en torno a la piel y a olfatearla, dio al punto en el blanco y dijo:

—Esta piel es de la pulga más grande y oronda que ha existido jamás.

El rey, que vio que había dado en el busilis y no podía faltar a la palabra dada, mandó llamar a su hija, la joven Porziella, que parecía toda ella hecha de leche y sangre y le dijo:

—Hija mía, ya conoces el bando promulgado y ya sabes que no puedo retirar mi promesa, porque o eres rey o eres corteza de alcornoque. Así que, aunque el corazón se me parta, la palabra dada hay que mantenerla. ¿Quién hubiera podido imaginar que esta lotería le iba a tocar a un ogro? Y como no cae una hoja sin que el destino lo disponga, tendremos que creer que este matrimonio es obra del destino, así que ten paciencia, y no me contraríes, porque muchas veces ha ocurrido que en un cántaro de piedra se han hallado tesoros y el corazón me dice que, con el tiempo, serás feliz.

Al oír esta decisión, los ojos de Porziella se nublaron, su cara amarilleó, los labios se descolgaron y las piernas temblaron. Por fin, rompiendo a llorar y alzando la voz, dijo a su padre:

—¿Qué mal servicio he prestado para que me impongas este castigo? ¿Qué malos modos he empleado para que me dejes en manos de este mostrenco? ¡Oh, desdichada de mí! ¡Hete aquí acabando como una comadreja en el gaznate de este sapo! ¡Hete aquí presa de un ogro! ¿Este es el amor que demuestras a quien llamas la niña de tus ojos? ¿Así apartas de tu vista a quien es la luz de tu mirada? ¡Oh padre cruel!, tú no puedes haber nacido de carne humana, ¡las orcas marinas te dieron la sangre, las gatas selváticas te amamantaron! Pero ¿por qué miento a los animales del mar y de la tierra? ¡Si todo animal ama a sus crías! ¡Tú eres el único que aborrece y desprecia a su prole, tú eres el único que detesta a su hijita! ¿Por qué debía tocarme precisamente a mí la desventura de vivir este aciago día?…

Y más habría dicho si el rey, echando humo por la cabeza, no la hubiese interrumpido:

—¡Cierra la boca, que despides heces! ¡Chitón, deja de lamentarte, hija mordaz y deslenguada! ¡Lo que yo hago, siempre está bien hecho! ¡No pretendas enseñarle al padre a educar hijos! ¿De cuándo acá osas discutir mi voluntad? Vamos, dale la mano a tu ogro y enfila hacia su casa, que no quiero tenerte ni un instante más ante mi vista.

La pobre Porziella, al verse en semejante trance, con semblante de condenado a muerte, dio la mano al ogro, que la arrastró a un bosque que el Sol aún no había descubierto y en el que los ríos, al avanzar por su oscuridad, tropezaban con las piedras. Un bosque al que no llegaba nunca nadie, a no ser que hubiera perdido su camino.

En este lugar oscuro como una chimenea atascada, estaba la morada del ogro, tapizada toda ella con los huesos de los hombres que se había comido. Imaginad el temblor, el espanto, el miedo y el susto de la pobre muchacha. Tal fue su desasosiego, que casi se queda sin sangre en las venas.

Pero esto no fue para ella sino el comienzo, pues el ogro se fue de caza y regresó cargado de las cosas más asquerosas que imaginar se pueda:

—No te quejes, aquí tienes el condumio, disfrútalo y quiéreme, que aunque el cielo nos caiga encima, nunca te faltará qué comer.

La pobre Porziella, torció la cara hacia el otro lado al ver que le ofrecía sapos, culebras, frutas podridas y exquisiteces semejantes. El ogro que lo vio le dijo:

—¡Esto pasa cuando se dan manjares a los cerdos! Pues tendrás que tener paciencia hasta mañana. Me han invitado a una cacería de jabalíes y te traeré un par de ellos para que comas.

Después se quedó dormido y ella se puso a lloriquear junto a la ventana, como una niña a la que le han robado la merienda, quejándose a voz en grito:

—¡Ayyyy!, ¡qué hambre! Estoy en manos de un demonio del infierno y llevo una vida miserable, ¡buaaaaaaaaa!, y eso que hija soy de rey; y eso que he vivido a manos llenas; y eso que he conocido la abundancia; y eso…

En eso, pasó por delante de la casa una viejecita que al oír sus quejas le dijo:

—Ánimo, muchachita, deja de quejarte, que yo estoy aquí para ayudarte en lo que se tercie. Atiéndeme, soy madre de siete hijos como siete soles y cada uno tiene una virtud. Mase, pega el oído al suelo y oye todo lo que pasa en cien millas a la redonda; Nardo escupe y forma un mar de jabón; Cola tira un clavo y surge un campo de navajas afiladas; Micco lanza un palillo y crece un bosque enmarañado; Petrullo arroja una gota de agua y fluye un río bravo; Ascadeo lanza una piedra y erige una torre inexpugnable, y Ceccone dispara tan bien con la ballesta, que desde diez millas de distancia atina a una gallina en el ojo derecho. Pues bien, con su ayuda, haré lo que esté en mis manos para arrancarte de las garras de este ogro. Esta noche no puede ser porque vivo un poco lejos, pero mañana por la mañana te libraremos de tus sufrimientos.

Efectivamente, apenas los pájaros se pusieron a gritar «¡Viva el Sol!», cuando llegó la vieja con sus siete hijos a casa del ogro y con Porziella en medio de ellos, se encaminaron hacia la ciudad.

No se habían alejado ni una milla cuando Mase, pegando el oído al suelo, gritó:

—¡Alerta, que viene el ogro! Acaba de volver a su casa y al no encontrar a Porziella, se ha lanzado en nuestra persecución.

Al oír esto, Nardo escupió y formó un mar de jabón. El ogro, al ver tamaña jabonada, no tuvo más remedio que regresar a su casa y coger un saco de serrín y no sin enorme esfuerzo, salvó el primer obstáculo.

Mase pegó otra vez el oído al suelo y dijo:

—iVuelve!

Cola arrojó un clavo e hizo brotar un campo de navajas. Pero el ogro, viendo que otra vez se le cerraba el paso, volvió a casa corriendo, se puso una armadura y salvó el obstáculo.

Pegando una vez más el oído al suelo, Mase gritó:

—¡El ogro se nos echa encima!

Y Micco hizo surgir un bosque terrible, muy difícil de atravesar. Pero el ogro, no bien llegó a la barrera, echó el bosque abajo de cuatro machetazos.

Mase, volvió a gritar:

—El ogro nos pisa los talones.

Al oír esto, Petrullo bebió un sorbo de agua y, nada más escupirla, empezó a correr un caudaloso río. El ogro, al ver este nuevo obstáculo, cruzó a nado hasta la otra orilla.

Mase oyó de nuevo las pisadas y dijo:

—El ogro se aproxima con tan grandes zancadas que mejor ni lo cuento.

—No temáis —dijo Ascadeo— que ahora me ocupo yo de ese bicharraco.

Y lanzó una piedra de la que surgió una torre en la que se recluyeron todos. Mas el ogro, que al llegar vio que se habían puesto a salvo, fue a su casa, cogió una escalera, se la echó a la espalda y volvió corriendo.

Mase oyó desde lejos los pasos del ogro y dijo:

—¡Se acabó!, el ogro vuelve con furia inmensa. ¡Tengo el corazón en un puño y ya veo nuestra ruina!

—¡Qué cagueta eres!  —respondió Ceccone, el más joven –  ¡Aún estoy yo! Espera un poco y verás volar mis saetas.

Mientras así hablaban, el ogro apoyó la escalera y empezó a trepar; pero Ceccone, apuntó y lo hizo caer al suelo cuan largo era. Después, bajó por la escalera y con el propio machete del ogro, le cortó el cuello como si fuese requesón.

Rebosantes de alegría, se marcharon a la ciudad y el rey, feliz por haber recuperado a su hija y cien veces arrepentido de haberla entregado a un ogro, abdicó y se auto exilió en Pernambuco.

Porziella, ya reina, nombró consejera a la viejecita y a sus siete hijos guardaespaldas. Gobernó durante mucho tiempo, siempre con prudencia, pues nunca olvidó que la ventolera de su padre fue causa del terrible peligro que corrió, por ser un rey caprichoso que buscó leche de gallinas y sesos de mosquito.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La pulga» con la voz de Angie Bello Albelda

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