queso

El queso de Luna

Ilustración: hannelin

En una pequeña granja vivía una niña con sus padres. Su nombre era Luna, pero como era muy chiquita, todos la llamaban Lunita. Cada mañana, cuando el Sol aún no se había despertado, la pequeña, para ayudar al sustento de la familia, montaba sobre su pequeño burrito y se dirigía a la ciudad para vender los ricos quesos que ella misma elaboraba. Como el trayecto era muy largo, se entretenía cantando:

Yo soy Lunita

y vendo quesos,

si compras uno,

te doy un beso.

Niña bonita

dicen que soy,

todos me llaman

por donde voy:

«¡Luna Lunita,

dame un quesito

de esos tan blancos

y redonditos!»

Arre, burrito,

burrito arre,

anda de prisa

que llegas tarde.

Si corres mucho

yo te daré

unos churritos

para el café.

Un día, en el que Luna, iba distraída, cantando alegremente su canción, no se dio cuenta de que en medio del camino había un enorme agujero. El burro tampoco lo vio y metió una de sus patas en el boquete. Lunita, burro y quesos saltaron por los aires y rodaron camino abajo.

Al fin, en una hondonada, consiguieron detenerse. Luna no paraba de llorar al ver aquel terrible desastre. ¡Cuando sus padres se enteraran de lo que había ocurrido, la regañarían mucho por andar tan distraída!

Se apresuró a recoger todos los quesos y a ponerlos nuevamente en los cestos, pero no se dio cuenta de que el queso más grande seguía rodando y rodando sin parar, subiendo y bajando, de una montaña a otra y a otra y a otra… ¡hasta que se topó con el mismísimo arco iris! El blanco queso, de un salto, subió sobre el color rojo y siguió rodando, de color en color, hasta que llegó al cielo, y allí se quedó pegado. Desde entonces, el queso de Luna puede verse cada noche en el cielo.

FIN

El cuervo y la zorra

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Ilustración: khadydemon

A las afueras de una pequeña aldea, en la linde de un espeso bosque, vivía un cuervo cuyo plumaje era más negro que una noche negra y más brillante que el azabache más brillante. Era por eso que era el animal más vanidoso del lugar.

El presumido cuervo atusaba con frecuencia su plumaje junto a un arroyo que discurría cerca del árbol en el cual vivía y acto seguido se asomaba a la cristalina superficie para admirar su imagen reflejada en las límpidas aguas, que asemejaban un gran espejo.

Había construido su nido sobre la copa de un castaño y desde lo alto divisaba los verdes campos, los vastos sembrados, los prados llenos de flores en los que pastaban ovejas y, justo enfrente, una preciosa casita blanca, en la que vivía una pastora que aquel día estaba atareada en la cocina preparando quesos con la ventana abierta de par en par.

El cuervo, que contemplaba desde las alturas el ir y venir de la muchacha, murmuró para sí con un suspiro:

—¡Mmmmmm! ¿¡Qué veo!? ¡Queso de oveja! ¡Se me hace el pico agua!

La pastora, a medida que iba terminando los quesos, los colocaba en el alfeizar de la ventana abierta para que les diera el aire y se mantuvieran bien frescos.

—¡Ay! —volvió a suspirar el cuervo sin quitar los ojos de los quesos— ¡Parecen tan apetitosos! —Y pensó que sería muy fácil apropiarse de uno cuando la pastora volviera a su faena.

En cuanto vio que la muchacha, absorta de nuevo en su quehacer, le daba la espalda, emprendió raudo el vuelo hacia la ventana abierta, tomó el queso con su pico y regresó de nuevo a su árbol dispuesto a saborear el manjar ajeno.

No lejos de allí, una astuta zorra que llevaba varios días sin comer y vigilaba también a la pastora esperando un descuido para llevarse algo de comida, fue testigo, con desesperación, del hurto del cuervo. Y al ver cómo el ave se posaba en el árbol con el preciado tesoro en su pico, pensó: «Si pudiera yo robarle el queso a ese ladrón…» Y se acercó, con paso ligero, al castaño en el que estaba posado el cuervo:

—Muy buenos días tenga usted, Don Cuervo.

El cuervo, sin abrir el pico con el que tenía sujeto el queso, miró hacia abajo y observó indolente desde su elevada posición a la amable y sonriente zorra.

—Perdone mi atrevimiento, pero no he podido resistirme a darle los buenos días –Y continuó adulando al ave con voz melosa—. Se ve usted tan distinguido sobre la rama de este castaño, con su negro plumaje tan elegante y ese porte ilustre… ¡¿Qué digo ilustre?! ¡Egregio! ¡Conspicuo! ¡Majestuoso!

El cuervo, que como ya sabemos era muy engreído, se puso muy contento al escuchar tales elogios, pero siguió muy callado, sin decir ni pío, fingiendo indiferencia, aunque con los ojos parecía que animaba a la raposa a proseguir su discurso.

—Si es lo que yo siempre digo a todo el que me quiera oír: no existe entre todas las aves que pueblan este planeta quien tenga la gallardía, el porte y la belleza de Don Cuervo.

El pájaro, posado en una alta rama, se esponjaba lleno de satisfacción. Y en su fuero interno estaba convencido de que todo cuanto decía aquel animal que tanto lo admiraba a sus pies era cierto. Porque, ¿acaso había otro plumaje más lindo y lustroso que el suyo?

Desde abajo volvió a sonar, con acento suave y embaucador, la meliflua voz de la astuta zorra:

—Bello es usted, a fe mía, y con el porte más admirable que yo haya podido ver. No sé si su voz estará a la altura de su belleza, pero si es tan melodiosa como deslumbrante es su cuerpo, será imposible encontrar entre las aves que vuelan por el mundo alguna a la que se le pueda igualar en perfección.

Al oír aquel discurso tan dulce y halagüeño, el cuervo quiso demostrar la armonía de su voz y la calidad de su canto, para que la zorra se convenciera de que su gorjeo no quedaba a la zaga de su plumaje. Y, llevado por su vanidad, quiso cantar.

Abrió su negro pico y comenzó a grajear, olvidándose por completo de que, al hacerlo, dejaba caer el queso al suelo. ¡Justo lo que esperaba ansiosa la astuta zorra!

Antes de que el codiciado bocado tocara tierra, se apresuró la raposa a apresar entre sus dientes la suculenta pitanza. Y entre bocado y bocado, le espetó burlonamente a la engañada ave:

—Don Cuervo bobo, ya que os habéis quedado tan hinchado y lleno con mis adulaciones y piropos y no necesitáis otro alimento para saciar vuestra insaciable hambre de alabanzas, podéis ahora hacer la digestión de tanto requiebro que, en tanto, yo me encargaré de hacer la digestión de este delicioso queso de oveja.

El cuervo comprendió, aunque tarde, que no debía haber admitido aquellas falsas alabanzas de la artera zorra. Y escarmentó, de esta forma, para siempre. Desde aquel día, aprendió a apreciar en su justo punto su valía y ya nunca más se dejó seducir por exagerados elogios.

Ahora, cuando en alguna ocasión escucha a algún adulador, huye de él, porque se acuerda de la zorra y sus candongas, que le enseñaron que todos los que halagan a los demás en exceso, sin tener méritos suficientes que lo justifiquen, lo hacen porque esperan lucrarse a costa del que lisonjean.

FIN

El Gran Libro Rojo del Queso

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Ilustración: Yusuke Yonezu

En Roenchistán, el país de los ratones, hay una universidad a la que asisten los roedores más listos del planeta. En ella, dan lecciones eminentes maestros de la nación y del extranjero que enseñan cómo distinguir el olor, el sabor y la textura de todos los quesos que se elaboran en el mundo. Incluso se aprende a diferenciarlos por el ruido que hacen al caer.

Es necesario trabajar mucho y muy duramente para obtener el título de Quesero. Una vez obtenido el diploma, muchos ratones hacen oposiciones para poder entrar a trabajar a las órdenes del Gran Maestro Quesero y, de este modo, intentar conseguir, algún día, leer los secretos del Gran Libro Rojo del Queso en el que está escrita la auténtica y única receta del Queso Sublime, el queso más rico de todo el universo.

La fórmula secreta solo la conoce el Gran Maestro Quesero, que es quien se encarga de prepararla con la ayuda de un equipo de ratones de confianza.

Todo se cuece en la gran cocina, de la que siempre sale un penetrante y exquisito aroma y en la que los ratones se afanan, cada uno con su labor.

La leche llega a través de grandes cañerías, directamente de las ubres de las mejores vacas suizas, escogidas exclusivamente para este menester después de una dura selección.

Las vacas, además de tener un determinado número de manchas negras estratégicamente repartidas por todo el cuerpo, deben saber de memoria las tablas de multiplicar y el nombre de, como mínimo, setenta estrellas. También deben tener muy buena ortografía y una caligrafía impecable; conocer al dedillo en qué época del año florece cada uno de los árboles de Roenchistán y ser diestras en el manejo del teclado del ordenador, ya que no se acepta a las vacas que usan ratón.

La leche que sirve para elaborar el Queso Sublime únicamente puede proceder de estas vacas tan inteligentes, porque si la vaca es tonta, la leche puede agriarse y el queso se echaría a perder irremediablemente, lo que sería un auténtico desastre para los habitantes de Roenchistán.

Una vez que la leche llega a la cocina, cientos de ratones la recogen con cubos de hojalata y, con mucho cuidado, la transportan hacia el centro de la cocina, donde la vierten dentro de una gran olla de cristal para que hierva, a fuego lento, durante dos días enteros.

Pasados los dos días, el Gran Maestro Quesero añade los ingredientes secretos y esta mezcla, una vez bien removida, reposará durante 8 meses, cinco días y diecisiete minutos en una cámara oscura. Transcurrido ese tiempo, el Queso Sublime ya está listo para ser consumido.

Pero antes, ante todos los habitantes de Roenchistán, el Gran Maestro Quesero examina minuciosamente el color y el olor del queso, corta un pequeño pedacito y, en medio del más absoluto silencio, lo deja caer sobre un plato de fina porcelana china, que perteneció al rey Tāng. Si el ruido lo satisface, roe medio gramo de queso.

Todo el mundo aguanta la respiración; si el Gran Maestro Quesero sonríe, los ratones aplauden entusiasmados, esperan el trozo de Queso Sublime que les corresponde y celebran una gran fiesta.

Por el contrario, si el Gran Maestro Quesero se pone muy serio y baja la cabeza, todo el mundo empieza a lamentarse durante tres minutos y medio, pasados los cuales vuelven rápidamente al trabajo para empezar a fabricar otro queso, porque los ratones no se cansan de intentarlo y nunca se dan por vencidos ni se desaniman.

Cada vez que en Roenchistán un Queso Sublime no sale como se esperaba, los ratones se lo regalan a los humanos y es por eso por lo que en el mundo tenemos tantas clases de queso distintas.

FIN