Ratón

El ratoncillo, el pajarito y la salchicha

Ilustración: Louis Rhead

Un ratoncillo, un pajarito y una salchicha hacían vida en común. Llevaban ya mucho tiempo juntos, en buena paz y armonía y congeniaban muy bien. La faena del pajarito era volar todos los días al bosque a buscar leña. El ratón se cuidaba de traer agua y poner la mesa, y la salchicha tenía a su cargo la cocina.

¡Cuando las cosas van demasiado bien, uno se cansa pronto de ellas! Así, ocurrió que un día el pajarito se encontró con otro pájaro, a quien contó y encomió lo bien que vivía. Pero el otro lo trató de tonto, pues dijo que cargaba con el trabajo más duro mientras los demás se quedaban en casita muy descansados. El ratón, en cuanto había encendido el fuego y traído el agua, podía irse a descansar a su cuartito hasta la hora de poner la mesa. La salchicha, no se movía del lado del puchero, vigilando que la comida se cociese bien, y cuando estaba a punto, no tenía más que zambullirse un momento en las patatas o las verduras, y éstas quedaban adobadas, saladas y sazonadas. No bien llegaba el pajarillo con su carga de leña, se sentaban los tres a la mesa y, terminada la comida, dormían como unos benditos hasta la mañana siguiente. Era, en verdad, una vida regalada.

Al otro día el pajarillo, cediendo a las instigaciones de su amigo, declaró que no quería ir más a buscar leña; estaba cansado de hacer de criado de los demás y de portarse como un bobo. Era preciso volver las tornas y organizar de otro modo el gobierno de la casa. De nada sirvieron los ruegos del ratón y de la salchicha; el pájaro se mantuvo en sus trece. Hubo que echarlo, pues, a suertes: la salchicha iría a por leña; el ratón cuidaría de la cocina; y el pájaro, se encargaría del agua.

Veréis lo que sucedió…

La salchicha se marchó a buscar leña; el pajarillo encendió fuego, y el ratón puso el puchero; luego, los dos aguardaron a que la salchicha volviera con la provisión de leña para el día siguiente. Pero tardaba tanto en regresar, que sus dos compañeros empezaron a inquietarse, así que el pajarillo emprendió el vuelo en su busca. No tardó en encontrarse con un perro que, considerando a la salchicha buena presa, la había capturado y asesinado. El pajarillo le echó en cara al perro su mala acción, la cual calificó de «robo descarado», pero el can le replicó que la salchicha llevaba documentos comprometedores, y había tenido que pagarlo con la vida.

El pajarillo volvió a su casa y, con lágrimas en los ojos, le contó al ratoncillo lo que acababa de suceder. Los dos compañeros quedaron muy abatidos; pero convinieron reponerse de tan triste suceso y seguir haciendo vida en común. Así, el pajarillo puso la mesa y se fue a por leña. El ratón, mientras, se puso a guisar la comida y queriendo imitar a la salchicha, se zambulló en el puchero de las verduras para agitarlas y reblandecerlas; pero aún no había llegado al fondo de la olla, cuando se quedó hervido y allí dejó la piel y la vida.

Al volver el pajarillo reclamó su comida, pero se encontró sin cocinero. Malhumorado, dejó la leña en el suelo de cualquier manera, y se puso a llamar y a buscar, pero el cocinero no aparecía. Por su descuido, el fuego alcanzó la leña y la prendió. El pájaro voló raudo a buscar agua para apagar el incendio, pero, con las prisas, el cubo se le cayó al pozo y lo arrastró a él dentro, y, como no pudo salir, ahí murió ahogado.

FIN

Apartamento en alquiler

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Ilustración: Shmuel Katz

En un hermoso valle, entre viñas y huertas, se yergue una torre de cinco plantas. Pero… ¿quién vive en esa torre?

En la primera planta, vive una gallina rechoncha. Se pasa la vida en casa, dando vueltas en la cama. Está tan gorda, que le cuesta andar.

En la segunda planta, vive la señora cucú, todo el día se pasea; visita a sus hijos, que viven en otras casas.

En la tercera planta, vive una gata negra muy limpia, acicalada. En el cuello luce una cinta.

En la cuarta planta, vive una ardilla que, con parsimonia y alegría, casca nueces todo el día.

Y en la quinta planta, vivía el señor ratón. Pero hace una semana empacó sus pertenencias y se marchó. Nadie sabe adónde. Nadie sabe por qué.

Los vecinos de la torre han escrito un cartel, han clavado un clavo en la puerta y han colgado el cartel del clavo:

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Y he aquí, que por senderos, caminos y carreteras desfilan hacia la torre nuevos inquilinos.

Primero llega una hormiga, sube a la quinta planta y lee el letrero. Abre la puerta, entra y mira a su alrededor.

Todos los vecinos acuden a recibirla amablemente:

—¿Te gustan las habitaciones?

—Me gustan.

—¿Te gusta la cocina?

—Me gusta.

—¿Te gusta el pasillo?

— Me gusta.

—Entonces… ¡quédate con nosotros, hormiga!

—No, no me quedo.

—¿Por qué?

La hormiga contesta:

—Los vecinos no me gustan. ¿Cómo voy a vivir yo, la hormiga, en la misma casa que una gallina perezosa? Todo el día en la cama dando vueltas, tan gorda y pesada que casi ni puede andar.

La gallina se ofende y la hormiga se marcha.

Se marcha la hormiga; llega una liebre.

Muy veloz sube a la última planta. Lee el cartel, abre la puerta, entra y observa.

Todos los vecinos acuden a recibirla amablemente:

—¿Te gustan las habitaciones?

—Me gustan.

—¿Te gusta la cocina?

— Me gusta

—¿Te gusta el pasillo?

— Me gusta

—Entonces… ¡quédate con nosotros, liebre!

— No, no me quedo.

—¿Por qué?

—Los vecinos no me gustan. ¿Cómo voy a vivir aquí, yo, una madre de veinte lebratos. con una cucú que abandona a sus hijitos? Todos creciendo en nidos desconocidos, todos abandonados, todos desamparados. ¡¿Qué ejemplo daría a los niños?!

La cucú se ofende y la liebre se marcha.

Se marcha la liebre; llega un cerdo.

Lee el letrero: «Apartamento en alquiler», y después de leerlo, sube pesadamente y abre la puerta.

Se queda de pie, observando con sus pequeños ojillos las paredes, el techo y las ventanas.

Todos los vecinos acuden a recibirlo amablemente:

—¿Te gusta el apartamento?

—Me gusta.

—¿Te gusta la cocina?

— Me gusta, ¡a pesar de que no está sucia!

—¿Te gusta el pasillo?

— Me gusta.

—Entonces… ¡quédate con nosotros!

— No, no me quedo.

—¿Por qué?

—No me gustan los vecinos. ¡¿Cómo voy a vivir yo, un cerdo rosado, descendiente de cerdos rosados desde que el mundo es mundo, junto a una gata negra?! Ni me sentiría cómodo, ni sería apropiado para mí.

Gritan los vecinos:

—¡Fuera de aquí! ¡Vete, cerdo! Tampoco sería cómodo ni apropiado para nosotros que te quedaras.

Se marcha el cerdo y llega una ruiseñor.

Canta con voz melodiosa. La ruiseñor sube a la última planta. Lee el letrero, abre la puerta, observa el apartamento, las paredes, el techo…

Todos los vecinos acuden a recibirla amablemente:

—¿Te gustan las habitaciones?

—Me gustan.

—¿Te gusta la cocina?

— Me gusta.

—Entonces… ¡quédate con nosotros!

—No, no me quedo. Los vecinos no me gustan. ¿Cómo voy a vivir con calma y tranquilidad si la ardilla se pasa el día cascando nueces? ¡El ruido se oye desde lejos! ¡Terrible y horrible! Mis oídos están acostumbrados a otros sonidos, únicamente canciones y melodías.

La ardilla se ofende y la ruiseñor se marcha.

Se marcha la ruiseñor y llega una paloma.

Rápidamente, sin demora, sube a la última planta. Lee el letrero, abre la puerta, entra y observa.

—¿Te gustan las habitaciones?

—Las habitaciones… son estrechas.

—¿Te gusta la cocina?

—La cocina me gusta, aunque no es muy amplia.

— ¿Te gusta el pasillo?

—Hay muchas sombras; es un pasillo sombrío.

—Entonces… no te quedas con nosotros.

—¡Me quedo!, Y me quedo de buena gana porque me gustan los vecinos. La gallina es de buena cresta; la cucú, tan preciosa, la gata, tan limpia; y la ardilla, con sus nueces, sabe ser feliz. Yo creo que podemos vivir juntos en buena compañía, en paz y armonía.

La paloma alquiló el apartamento y, día tras día, arrulla en su casa.

Así, en este hermoso valle, entre viñas y huertas, se yergue una torre de cinco plantas. Y en la torre, hasta hoy, viven en paz buenos vecinos.

FIN

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El ratón de campo y el ratón de ciudad

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Ilustración: Audrey Benjaminsen

En un pequeño pueblecito en medio de las montañas, vivieron hace muchísimo tiempo dos amigos que, por cuestiones que ahora no vienen a cuento, tuvieron que separarse, de modo que uno de ellos acabó quedándose a vivir en el campo y el otro se fue a vivir a la capital.

Pasaron muchos años sin verse, hasta que, un día, el ratón de ciudad decidió regresar a su antiguo hogar y hacerle una visita a su viejo amigo del pueblo para demostrarle lo mucho que había triunfado en la vida. Eligió con cuidado las mejores galas de su ropero y se puso en marcha.

Llegó a su antiguo pueblo ataviado con un elegante frac, sombrero de copa y pajarita de seda. Completaba su atuendo un monóculo, que a él le parecía que le daba aspecto de persona importante, a través del cual lo observaba todo con aires de grandeza.

El campesino lo recibió con el sombrero en la mano y haciendo mil reverencias.

—Amigo mío —saludó el elegante ratón con altanería— veo que sigues viviendo tan pobremente como cuando me marche de aquí. Lo digo por tu pantalón ajado y por tu casa tan rústica; en ella no hay comodidades. ¡A mí me sería imposible vivir así! Me gustaría que fueras a visitarme uno de estos días. Será un placer para mí enseñarte mi confortable hogar y hacerte gustar los refinados manjares de mi despensa. ¡A buen seguro que no podrás creer lo que ven tus ojos! ¡Ni te imaginas lo que significa ser rico!

El campesino, mortificado por aquel tono despectivo y petulante, le prometió que al cabo de una semana viajaría a la capital para devolverle la visita.

En efecto, cuando al cabo de siete días llegó a la urbe, se quedó anonadado con todo el bullicio que allí había y cuando vio el palacio en el que habitaba su amigo, no daba crédito a sus ojos: altas almenas que se perdían entre las nubes, más altas que las montañas de su pueblo; jardines interminables, más amplios que los campos de trigo que rodeaban su vivienda; y un continuo ir y venir de gente, que le recordó a sus vecinas, las atareadas hormigas.

El anfitrión lo introdujo por una puerta ricamente decorada y lo guió por salones lujosamente amueblados, interminables pasillos, estancias llenas de espejos, dormitorios decorados con impresionantes camas con dosel y cortinajes de terciopelo…

Al final de su recorrido, llegaron a la gran cocina. El anfitrión abrió la despensa y con tono condescendiente y fatuo dijo:

—¡Sírvete! Come todo lo que gustes: jamón del mejor, quesos de todas clases, frutas exóticas, encurtidos, salazones… —Y, mientras hablaba, iba señalando con orgullo las delicias ordenadas sobre las estanterías.

Pero interrumpió bruscamente su discurso porque la puerta de la despensa se abrió de súbito y apareció la cocinera.

—¡Rápido! ¡Escóndete! —advirtió el dueño de la casa— ¡Detrás de la nevera!

Al marcharse la cocinera y quedarse de nuevo solos, empezaron a cenar. ¡Y vaya cena!, porque se debe reconocer que en aquella despensa todo era de la mejor calidad, fresco y exquisito. ¡Hasta de aquel trozo de queso que había en un rincón de la despensa se desprendía un olor delicioso!

El ratón de campo acercó su hocico para olisquear aquel manjar y, de pronto, se escuchó un chasquido, ¡clac!, y varios pelos de su bigote quedaron atrapados en una especie de pinza metálica.

—¿Qué es esto? —gritó asustado.

—¡Nada, nada! Tranquilo, no tiene importancia. No te asustes. Es una vieja y anticuada trampa. Solo hace falta ir con cuidado y hacer saltar el resorte. Si tienes un poco de maña, después puedes comerte el queso tranquilamente.

—¡Uy, no! Prefiero mantenerme a distancia. En eso rincón veo un jugoso trozo de tocino que parece muy fresco y sabr…

—¡Nooooooooooooo! ¡Ni te acerques, insensato! Es ley universal que cualquier alimento colocado en una esquina está envenenado. Los humanos están obsesionados con eliminar ratones a toda costa. La cocinera de esta casa también pretende acabar conmigo, pero no tiene nada que hacer. Soy inmune a trampas, venenos ¡incluso al gato…!

—¡¿Pero cómo?! ¡¿Qué también hay un gato?!

—Sí, pero está muy bien alimentado y se pasa el día durmiendo. Sería un milagro que se le ocurriera venir aquí de noche. No te preocupes y sigue cenando. ¿Te apetece un poco de este salmón?

Justo en aquel momento, proveniente de la zona más oscura de la cocina, llegó hasta sus oídos un misterioso ruido que puso los pelos de punta al ratón de campo. Eran pasos muelles, cautelosos como si llegara…

—¡El gatooooooooooo! ¡Ha entrado por la ventana! ¡La habrá dejado abierta la cocinera por descuido! ¡Huyamos! ¡Sígueme! ¡Por aquí, por aquí! —se apresuró el dueño de la casa.

El asustado visitante, precedido del anfitrión, atravesó a toda velocidad salas, corredores y habitaciones hasta que ambos fugitivos se precipitaron, hechos un ovillo, en un hueco que había bajo una escalinata y allí, casi sin resuello, se quedaron escondidos, sin mover ni una pestaña, muy cerca de la puerta principal por la que horas antes había entrado el ratón de campo al palacio.

Permanecieron allí hasta que la cocinera, muy de mañana, abrió las puertas que daban al jardín, entonces se escabulleron y se encaminaron juntos hacia el límite de la ciudad. Al despedirse, el ratón elegante le pidió al ratón campesino que repitiera la visita la semana siguiente, puesto que los acontecimientos les habían impedido celebrar una cena tranquila.

—¡Ni hablar! ¡De eso nada, amigo mío! Cuando quieras que cenemos juntos, ven a mi casa si te apetece. Estás siempre invitado. Comeremos maíz, roeremos pan duro y, con suerte, un poco de tocino o queso pasado, pero al menos haremos la digestión tranquilos y sin sobresaltos. En mi casa no hay ni trampas, ni venenos, ni gatos, ni cocineras.

Aunque esta respuesta molestó un poco al altivo ratón de ciudad, en su fuero interno no tuvo más remedio que reconocer que el sencillo ratón campesino tenía toda la razón del mundo.

FIN

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El viaje de la ratona

The Mice Listen to the Tailor's Lament circa 1902 Helen Beatrix Potter 1866-1943 Presented by Capt. K.W.G. Duke RN 1946 http://www.tate.org.uk/art/work/A01098

Ilustración: Beatrix Potter

Érase una vez una ratona que vivía en una señorial mansión de la China, junto a un arrozal, muy cerca de la Gran Muralla. Era lista y rápida y tenía un pelaje tan lindo, que era la envidia de todos los roedores de aquella región.

Muchos fueron los que quisieron casarse con ella, pero a todos rechazó, a pesar de que, entre sus pretendientes, un ratoncito muy trabajador y honrado, que vivía en el hueco de una piedra, le había robado el corazón. Sin embargo, la ratona se resistía a comprometerse con él, porque pensaba que merecía un marido mejor.

Después de mucho cavilar, un buen día, decidió que se marcharía a recorrer el mundo para encontrar al ser más poderoso de la Tierra y que con él, y solo con él, se casaría.

Emprendió el camino, y aún no había avanzado ni veinte pasos, cuando al mirar a su alrededor y contemplar los grandes arrozales que daban de comer a tantas personas y a tantos animales, la ratona pensó que, sin duda, alguien con el poder de saciar el hambre a los demás debía de ser el ser más poderoso del mundo. Así que, sin pensarlo dos veces, se acercó a un hermoso tallo de arroz y le dijo:

—Buenos días, arroz. Quiero casarme contigo porque eres el ser más poderoso que conozco; puedes alimentar o matar de hambre si quieres.

—Ya quisiera yo ser el más poderoso —dijo el tallo de arroz—, pero no tengo más remedio que reconocer que el Sol tiene más poder, porque yo no puedo madurar sin él.

La ratona no se dignó a mirarlo una segunda vez y emprendió una veloz carrera hacia la montaña del Este, donde el Sol habita. Cuando llegó allí, trepó hasta lo más alto y después tomó el camino cian del arcoíris hasta llegar muy cerca del Sol.

—Buenos días, Sol.

—¿Qué necesitas de mí? —preguntó el orgulloso Sol al ver a la ratona.

—Vengo a pedirte que te cases conmigo. El arroz me ha dicho que eres el ser más poderoso del mundo.

—Jajaja —rio resplandeciente el astro— Me gusta oír lo que me dices y, por eso, hoy brillaré con más intensidad, pero aunque me encantaría casarme contigo, debo reconocer que hay alguien más poderoso que yo: la nube, que al cubrirme no me deja brillar.

—¡Vaya! —dijo decepcionada la ratona— Entonces no me interesas.

Le dio la espalda y se deslizó arcoíris abajo sin ni siquiera decir adiós. El Sol la vio alejarse y riéndose agitó sus rayos a modo de despedida.

La ratona siguió entonces el camino rojo del arcoíris, que la llevó hasta la Cueva del Algodón, donde se fabrican todas las nubes.

Al llegar allí, eligió la nube más grande y blanca y habló con ella.

—Eres la más hermosa de todas y contigo me quiero casar. El Sol me ha dicho que no hay nadie más poderoso que tú.

—Pues siento que hayas viajado hasta tan lejos, pero el Sol se ha equivocado -suspiró la nube.

—¿Cómo que se ha equivocado?

—Yo no soy la más poderosa del mundo, porque más poderoso que yo es el viento. Cuando él sopla, me arrastra hacia donde quiere y yo no me puedo resistir.

—Pues si hay alguien aún más poderoso, tú no me interesas —dijo la ratona y sin añadir nada más, emprendió el camino en pos del viento.

Viajó durante días y días, preguntando a todo aquel que se encontraba si había visto al viento, pero nadie sabía decirle dónde vivía. Por fin, una hoja de árbol le contó que lo encontraría durmiendo en la Garganta Ventosa, pero que se cuidara cuando despertara, porque su soplido era muy peligroso:

—Harás bien en sujetarte al saliente de una roca o volarás muy lejos.

La ratona se puso en camino y después de un largo viaje, encontró al viento dormido, se agarró a una roca y lo despertó:

—¡Viento, necesito hablar contigo!

—Qué quieresssssss —sopló enfadado el viento— ¿Por qué me despiertasssssssss?

—Quiero que te cases conmigo. La nube me ha dicho que eres el más poderoso de la Tierra.

—¡Qué más quisiera! Hay paredes construidas por el hombre que son mucho más fuertes que yo y que, por mucho que lo intento, no consigo derribar. Sin ir más lejos, ahí tienes la Gran Muralla China; ¡ve a verla a ella!

Y la ratona, empujada por un soplo del viento, regresó volando a su hogar y aterrizó sobre la Gran Muralla China. Al notar sus patitas sobre sus piedras, la Gran Muralla gritó presa de pánico:

—¡Socorro, un ratón! ¡Fuera! ¡Fuera! —Y enseguida añadió— ¿Qué es lo que quieres de mí? ¡No me hagas daño!

—No quiero hacerte daño, solo quiero casarme contigo, porque me ha dicho el viento que nada hay en este mundo más poderoso que tú.

—¡¿Yo lo más poderoso del mundo?! —dijo con extrañeza la Gran Muralla— ¡Qué más quisiera! Hubo un tiempo en el que recorría la China de parte a parte, pero me fui derrumbando poco a poco, porque el ratón que vive en mis cimientos es más poderoso que yo. Roe y roe las piedras con las que estoy hecha, y con sus dientes, poco a poco, me va desmenuzando y llegará un día que ya nada quedará de mí. ¡Él es más poderoso que yo! ¡Cásate con él!

Y así lo hizo la ratona que, después de tantas aventuras y viajes, acabó casándose con el trabajador y honrado ratón del que estaba enamorada en secreto, el mismo que había construido su casa en el agujero de una piedra; de una piedra de la Gran Muralla China.

FIN

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Señor Sapo y señor Ratón

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Ilustración: marciojlima

Érase una vez un sapo que estaba tranquilamente en su charca croando bajo la luz de la luna, cuando se le acercó su nuevo vecino, un ratón que acababa de trasladarse a una lujosa madriguera cercana, y le dijo:

—¡Buenas noches, señor Sapo! ¡Ya está bien de dar la lata! ¡No puedo pegar ojo! ¿Por qué no se va usted con la música a otra parte!

El señor Sapo dejó de cantar y observó largamente al ratón en silencio con sus ojillos saltones. Luego replicó:

—Siempre he croado en esta charca, señor Ratón. ¿No será que tiene usted envidia porque es incapaz de cantar tan melodiosamente como yo?

—¿Melodiosamente? ¡Ja!  Afortunadamente no soy capaz de cantar tan mal como usted pero, a cambio, puedo correr y saltar a la perfección y hacer muy bien otras muchas cosas que usted es incapaz de hacer porque es demasiado torpe y vulgar —repuso el ratón desdeñosamente.

Y dicho esto, sin esperar respuesta, le dio la espalda al señor Sapo y regresó a su gran casa con la cabeza muy alta y con una sonrisa de oreja a oreja.

El señor Sapo, dolido, quería vengarse del desprecio del señor Ratón y estuvo reflexionando largo rato hasta que, al fin, se le ocurrió una idea.

Se dirigió a la entrada de la casa del señor Ratón y empezó de nuevo a cantar. Esta vez croaba aún más fuerte que antes y desentonando aún más.

El señor Ratón, fuera de sí, salió dispuesto a hacer callar a tortazos al sapo cantante que perturbaba su descanso, pero este lo contuvo diciendo:

—Querido vecino, a golpes no se arregla nada, ¿qué le parece si solucionamos esto con una carrera?

A punto estuvo de desternillarse de risa el señor Ratón al oír la propuesta del sapo.

Pero el señor Sapo, golpeándose el pecho, exclamó:

—¡No se ría tanto! ¿Qué apostamos a que corro yo más por debajo de la tierra que usted por encima?

—Me apuesto lo que quiera. Es más, tan seguro estoy que me apuesto mi confortable madriguera contra su inmunda charca. Si gano yo, usted se larga con viento fresco bien lejos, a croar a otro lugar y me deja tranquilo. Si gana usted, puede tomar posesión de mi mansión y seré yo el que me marcharé a dar la vuelta al mundo.

—¡De acuerdo! —respondió el señor Sapo.

—Quedamos así entonces. Empezaremos la carrera cuando salga el sol.

El señor Sapo regresó a su charca y gritó:

—¡Señora Sapo, ven, por favor, tengo que hablar contigo!

La señora Sapo acudió para ver qué quería su marido.

—Señora Sapo —le dijo—, he desafiado a correr al señor Ratón.

—¿¿¡¡Al señor Ratón…!!?? Pero, pero…

—Si señora, al mismísimo señor Ratón. Pero tú tranquila, que tengo un buen plan. Mañana al amanecer correremos la carrera, yo ganaré y nos podremos quedar con su casa y croar toda la noche si nos apetece. Haremos esto: tú irás, al otro lado de la colina y te meterás en un agujero, cuando oigas llegar al señor Ratón, sacas la cabeza y gritas: “¡Ya estoy aquí!” No dejes de hacer esto hasta que yo vaya a buscarte.

Poco antes del amanecer, la señora Sapo se puso en movimiento para seguir el plan y el señor Sapo se dirigió a casa del señor Ratón, hizo un agujero junto a la puerta y cuando hubo terminado se tendió junto a él a dormir.

Al salir el sol, salió el señor Ratón frotándose los ojos y al ver al señor Sapo que estaba roncando sonoramente junto a su puerta lo despertó:

—¡Arriba, holgazán! ¿Empezamos a correr o ya se ha arrepentido?

—¡Nada de eso! ¡Cuando usted guste!

Se colocaron uno junto al otro y al tercer ¡croac! del señor Sapo emprendieron la carrera. El señor Ratón empezó a correr a tal velocidad que parecía que volaba y sus patitas casi ni rozaban el suelo. El señor Sapo se metió tranquilamente en el agujero que había hecho.

Estaba ya llegando el señor Ratón a la cima de la colina, cuando la señora Sapo lo oyó y sacó su cabeza por el agujero:

—¡Ya estoy aquí!

El señor Ratón se quedó asombrado, pero no sospechó el engaño, pues los ratones son muy despistados. Aunque también es cierto que no hay nada que se parezca tanto a un señor Sapo como una señora Sapo.

—¡Esto parece cosa de magia! —murmuró el señor Ratón— ¡Veamos si puede volver a hacerlo!

Y corriendo aún más si cabe, emprendió el camino de regreso diciendo:

—¡Sígame si puede!

Cuando estaba a punto de llegar a su casa, el señor Sapo asomó, la cabeza y dijo:

—¡Ya estoy aquí!

El señor Ratón estuvo a punto de enloquecer de rabia.

—¡Descansemos cinco minutos y después correremos otra vez! —murmuró casi sin aliento.

—Como usted quiera, estimado amigo —respondió el señor Sapo con tono indolente.

Y se puso a croar con una malévola sonrisita en la boca.

Al cabo de un rato de descanso, el airado ratón le dijo al señor Sapo:

—¿Preparado?

—Sí, sí. Empiece usted a correr cuando guste. Total, llegaré yo antes.

La carrera del señor Ratón solo era comparable a la de la liebre contra la tortuga. Corría tan veloz, que ni su color se adivinaba.

Le faltaban apenas dos pasos para llegar a la meta cuando la señora Sapo, sacando la cabeza de su agujero, gritó:

—¿¡¡Pero qué ha estado haciendo por el camino!!? ¡Hace rato que estoy esperando!

Sin parar siquiera, el ratón dio la vuelta para regresar al punto de partida a una velocidad vertiginosa, pero cuando aún le faltaban cuatro o cinco pasos, llegó hasta él el croar del señor Sapo, que al verlo le dijo:

—¡Por fin! Estaba ya tan aburrido de esperar, que me he puesto a cantar para pasar el rato.

Cubierto de sudor, con el rabo entre las piernas, jadeando y fatigado, el señor Ratón se dio media vuelta y, sin decir nada, se marchó a dar la vuelta al mundo.

El señor Sapo fue a buscar a la señora Sapo y ambos tomaron posesión de la mansión del ratón, junto a la gran charca.

Y aunque aquella noche los dos, muy felices, croaron a coro sin parar, siempre es…

Mejor no apostar

Vivía en una laguna
tranquilamente aquel sapo;
tan apacible y tan guapo
vestidito de aceituna.
Cantaba bajo la luna…
Hasta que llegó un ratón
muy altivo y corretón…
Hicieron una propuesta
y el sapo ganó la apuesta
con sabia imaginación.
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Colaboró la sapita
esposa del señor sapo;
y la trampa fue un sopapo
de astucia jamás escrita.
El ratón se debilita
y el sapo le solicita
que repita, que repita
su corre-vuela aventura…
Nadie vence a la postura
que un acuerdo facilita.

FIN

El Gran Libro Rojo del Queso

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Ilustración: Yusuke Yonezu

En Roenchistán, el país de los ratones, hay una universidad a la que asisten los roedores más listos del planeta. En ella, dan lecciones eminentes maestros de la nación y del extranjero que enseñan cómo distinguir el olor, el sabor y la textura de todos los quesos que se elaboran en el mundo. Incluso se aprende a diferenciarlos por el ruido que hacen al caer.

Es necesario trabajar mucho y muy duramente para obtener el título de Quesero. Una vez obtenido el diploma, muchos ratones hacen oposiciones para poder entrar a trabajar a las órdenes del Gran Maestro Quesero y, de este modo, intentar conseguir, algún día, leer los secretos del Gran Libro Rojo del Queso en el que está escrita la auténtica y única receta del Queso Sublime, el queso más rico de todo el universo.

La fórmula secreta solo la conoce el Gran Maestro Quesero, que es quien se encarga de prepararla con la ayuda de un equipo de ratones de confianza.

Todo se cuece en la gran cocina, de la que siempre sale un penetrante y exquisito aroma y en la que los ratones se afanan, cada uno con su labor.

La leche llega a través de grandes cañerías, directamente de las ubres de las mejores vacas suizas, escogidas exclusivamente para este menester después de una dura selección.

Las vacas, además de tener un determinado número de manchas negras estratégicamente repartidas por todo el cuerpo, deben saber de memoria las tablas de multiplicar y el nombre de, como mínimo, setenta estrellas. También deben tener muy buena ortografía y una caligrafía impecable; conocer al dedillo en qué época del año florece cada uno de los árboles de Roenchistán y ser diestras en el manejo del teclado del ordenador, ya que no se acepta a las vacas que usan ratón.

La leche que sirve para elaborar el Queso Sublime únicamente puede proceder de estas vacas tan inteligentes, porque si la vaca es tonta, la leche puede agriarse y el queso se echaría a perder irremediablemente, lo que sería un auténtico desastre para los habitantes de Roenchistán.

Una vez que la leche llega a la cocina, cientos de ratones la recogen con cubos de hojalata y, con mucho cuidado, la transportan hacia el centro de la cocina, donde la vierten dentro de una gran olla de cristal para que hierva, a fuego lento, durante dos días enteros.

Pasados los dos días, el Gran Maestro Quesero añade los ingredientes secretos y esta mezcla, una vez bien removida, reposará durante 8 meses, cinco días y diecisiete minutos en una cámara oscura. Transcurrido ese tiempo, el Queso Sublime ya está listo para ser consumido.

Pero antes, ante todos los habitantes de Roenchistán, el Gran Maestro Quesero examina minuciosamente el color y el olor del queso, corta un pequeño pedacito y, en medio del más absoluto silencio, lo deja caer sobre un plato de fina porcelana china, que perteneció al rey Tāng. Si el ruido lo satisface, roe medio gramo de queso.

Todo el mundo aguanta la respiración; si el Gran Maestro Quesero sonríe, los ratones aplauden entusiasmados, esperan el trozo de Queso Sublime que les corresponde y celebran una gran fiesta.

Por el contrario, si el Gran Maestro Quesero se pone muy serio y baja la cabeza, todo el mundo empieza a lamentarse durante tres minutos y medio, pasados los cuales vuelven rápidamente al trabajo para empezar a fabricar otro queso, porque los ratones no se cansan de intentarlo y nunca se dan por vencidos ni se desaniman.

Cada vez que en Roenchistán un Queso Sublime no sale como se esperaba, los ratones se lo regalan a los humanos y es por eso por lo que en el mundo tenemos tantas clases de queso distintas.

FIN