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Rita, la escobita

Rita la escobita

Ilustración: Israel Campos

Era Rita una linda escobita que vivía feliz en casa de Ana y Ramón. Cierto es que trabajaba mucho, porque ya se sabe que una casa con tres niños, un perro grandullón y peludo y dos pequeñas gatitas se ensucia muchísimo.

Cada día, muy de mañana, la sacaban para barrer toda la casa de arriba abajo. Pelusas, miguitas, restos de goma de borrar, papelitos y, sobre todo, los pelos de Max, el perro, y los de Lula y Lili, las gatitas.

Cuando no estaba barriendo, Rita vivía en el cuarto de la limpieza junto a sus amigos: la fregona Ona, el plumero Baldomero y los trapos de polvo gemelos Serafín y Agustín, además de multitud de botes y envases con detergentes varios.

Allí habitaba también la lavadora Eleonora, que se creía la reina de la casa porque era la más grande de todos, aunque su vida era la más aburrida, ya que nunca salía del cuartito y, por eso, la pobre se quejaba amargamente:

—¡Hay que ver! ¡Vaya trajín! ¡Todo el día trabajando! ¡Es que no me dejan descansar ni los domingos!

—¡No te quejes tanto, Eleonora! —le contestaban entonces los trapos del polvo—. Míranos a nosotros, ¡con la alergia nos pasamos el día estornudando! Al fin y al cabo, tú estás siempre limpita y hueles muy bien a jabón.

—¡Y mírame a mí! —le decía Ona, la fregona—, cada vez que me escurren, la cabeza me da vueltas y vueltas y acabo mareada como una peonza.

Rita, la escobita, en cambio, no se quejaba nunca. Le gustaba pasear por la casa, aunque se las tuviera que ver con Max y con las gatitas, que solían perseguirla mientras trabajaba, y siempre querían jugar a peleas con ella.

La hora que más le gustaba a Rita era la de la tarde, cuando los niños, Pol, Daniel y Sergio merendaban y después hacían sus tareas escolares. Porque seguro, seguro, que entonces la volvían a sacar para recoger las migas de los bocadillos, los recortes de papel, las virutas de sacar punta a los lápices, la arena que dejaban los zapatos…

También le gustaba la tarde pastelera de los sábados, porque en el suelo de la cocina siempre quedaba harina, azúcar, canela y, en ocasiones, hasta algún huevo juguetón que se escapaba de las manos de los niños e iba a parar al suelo.

Así transcurría la vida de Rita hasta que un día…

Era un jueves por la mañana, cuando un desconocido y ensordecedor ruido dejó a todos los habitantes del cuarto de la limpieza asombrados. Sonaba algo así como ¡¡¡Zuuuuuummmmmm!!!

—Chicas, ¿habéis oído? —preguntó Eleonora a Ona y Rita

—¡Vaya susto más grande! ¿Qué puede ser? —contestaron la fregona y la escobita al unísono.

El ruido no paraba, parecía como si un tornado se hubiera colado por una de las ventanas y anduviera visitando todas las habitaciones de la casa. Incluso pasó como una exhalación ante la puerta del cuarto de la limpieza, dándoles un susto tan monumental, que Serafín y Agustín se pusieron a estornudar, Eleonora hizo un centrifugado rápido y Ona y Rita entrechocaron sus palos asustadas.

Cuando por fin cesó aquel escándalo, se abrió la puerta de cuartito de la limpieza y entró Ramón con un extraño artefacto. Parecía la pieza de un platillo volante. Andaba sobre ruedas, como un patín, pero era más grande. De él salía un tubo largo, ¡como la trompa de un elefante! Y tenía un montón de botones e interruptores.

Le hicieron un hueco junto a la lavadora, que lo miró de reojo, intentando adivinar para qué serviría tan raro aparato y si se iba a quedar para siempre.

Apenas se cerró la puerta del cuarto de la limpieza cuando, muertos de curiosidad, empezaron a hacerle preguntas, todos a la vez:

—Dinos, ¿tú quién eres? ¿Eras tú quién hacía ese espantoso ruido? ¿Cómo te llamas?

—Soy Ninacor, el robot aspirador —les contestó el recién llegado.

—¿Robot aspirador? ¿Y para qué sirves, además de para hacer tanto ruido? —replicaron, porque ninguno de ellos había oído hablar de semejante cosa.

Nicanor les aclaró muy ufano:

—Soy imprescindible en cualquier hogar moderno. Aspiro toda la casa y no dejo ni rastro de polvo ni de sustancia indeseable alguna y, si es necesario, también dejo los suelos como un espejo con mi chorro de vapor.

Rita y Ona se miraron asustaditas mientras Eleonora seguía hablando:

—¡Pero ese trabajo ya lo hacen la escoba y la fregona! ¡Y muy bien, por cierto!

A lo que Nicanor replicó:

—¡Nadie lo duda!, pero hay que modernizarse, yo soy más eficiente, tengo más poder de limpieza y voy más rápido. Me trago todo lo que no debe estar en el suelo y lo guardo en mi tripa. ¡Las escobas y las fregonas pasaron a la historia!

Esa noche fue muy triste para todos, en especial para Rita y Ona que ya se imaginaban abandonadas en un basurero.

Sus compañeros las intentaron animar y consolar:

—¡Ya veréis como no os abandonan! ¡Ana y Ramón son buenas personas!

Pero lo cierto, es que durante los días siguientes ninguna de las dos salió a realizar su tarea por la casa; el robot aspirador las sustituyó. Y aunque eso les causaba gran tristeza, también es cierto que tampoco nadie fue a buscarlas para tirarlas a la basura.

El domingo siguiente, temprano, Ramón sacó a Rita y Ona del cuartito y las dejó en un rincón de la cocina. Desde allí, solo podían ver la mesa de la cocina y, sobre ella, distinguieron unas enormes tijeras, varias madejas de distintas lanas, cintas de colores, cola, pegatinas, cordel…

Nuestras amigas, la fregona y la escoba, estaban muy asustadas, no sabían qué pensaban hacer con ellas y, mientras, esperaban temblando, intentaban imaginar que podría pasarles.

Ramón, que era muy amante de los trabajos manuales y disfrutaba reciclando y dando una nueva vida a los objetos que ya parecían inservibles, cogió a Rita y a Ona y empezó a pegar sobre ellas largas tiras de lana, coloridas cintas y tornasoladas pegatinas, hasta que, ¡por arte de magia!, las dos quedaron convertidas en lindos caballitos.

Con el cordel rojo hizo las riendas, con lana amarilla, azul y lila preciosas crines y los ojos y las bocas con relucientes pegatinas. Adornó sus palos, ya muy viejecitos, con lindas cintas de colores y así de preciosas las llevó al cuarto de los niños.

¡Rita y Ona se habían convertido en juguetes! Estaban muy felices, y los niños, Pol, Daniel y Sergio, encantados con sus nuevos amigos.

Pasaron muchas horas juntos, cabalgando por el pasillo de la casa, jugando a indios y vaqueros, caballeros medievales o guerreros vikingos.

Cuando Nicanor, el aspirador, llevó la noticia al cuarto de la limpieza, los antiguos compañeros de Rita y Ona se alegraron mucho por ellas ¡Ahora vivían en el mejor lugar de la casa! Allí donde toda aventura es posible: ¡la habitación de los niños!

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Rita, la escobita” con la voz de Angie Bello Albelda

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