regalo

Las sandalias de madera mágicas

Ilustración: Thiefoworld

Hace mucho tiempo, en Nagoro, una pequeña aldea del Japón, vivió una joven llamada Dai cuyo hijito cayó gravemente enfermo después de un crudo invierno. Para poder curarlo, la joven se vio en la necesidad de conseguir una gran suma de dinero y no tuvo otro remedio que pedírselo prestado al señor más rico del pueblo. Gracias a este dinero, el pequeño mejoró, pero para poder saldar la deuda, ella tuvo que trabajar incansablemente. Cuando la joven aún no había reunido toda la cantidad que debía, su hijito volvió a enfermar y no solo le fue imposible devolver lo que le había prestado el rico señor, sino que no tuvo otro remedio que ir a pedirle más dinero. Cuando fue a verlo, este, muy enfadado, le dijo:

—¿Qué estás diciendo? ¿Cómo te atreves a pedirme más dinero? Ya te presté antes y no me lo has devuelto. Estoy teniendo demasiada paciencia contigo ¡Ni se te ocurra volver por aquí si no es para saldar tu deuda!

La joven Dai no sabía qué hacer. Estaba tan preocupada por no haber encontrado una solución, que no quería volver a casa sin remediar su problema, así que decidió pasear por el bosque para pensar en qué podía hacer. En eso estaba cuando, de pronto, apareció un misterioso anciano en mitad del camino que se dirigió hacia ella:

—Buenos días —saludó amablemente el anciano a la pobre joven.

Sobresaltada, Dai le respondió:

—Buenos días, discúlpeme, buen hombre, no lo había visto —Y continuó caminando ensimismada en sus pensamientos.

El anciano la siguió y le preguntó con una sonrisa:

—¿Te importa que camine junto a ti? Quiero contarte algo que estoy seguro de que te va a interesar mucho. —Y comenzó a andar junto a ella—. Sé que estás pasando por momentos muy difíciles y quiero ayudarte. Toma estas getas, cálzatelas y tropieza con ellas, ya verás qué sucede.

Extrañada, la chica hizo lo que el anciano le indicaba, se calzó las sandalias de madera y tropezó con ellas. Ante su sorpresa, comenzaron a brotar de la nada monedas y monedas de oro. Entonces el anciano le advirtió:

—Estas sandalias solucionarán tus problemas. Puedes tropezar con ellas tantas veces como quieras, pero ten mucho cuidado, porque si tropiezas demasiadas veces, con cada tropiezo encogerás un poco.

Feliz por tan valioso regalo, Dai se dirigió a su casa, se calzó de nuevo las sandalias y tropezó con ellas. Al instante, empezó a brotar dinero de la nada. Repitió varias veces la misma operación hasta conseguir lo suficiente para poder curar a su hijito y para devolver el préstamo. Pensó en volver a tropezar para conseguir más dinero, pero entonces recordó las palabras del anciano, se quitó las sandalias y las guardó.

A la mañana siguiente, cuando la joven fue a devolver el préstamo, el rico señor quiso saber cómo había podido conseguir tanto dinero en tan poco tiempo y Dai le contó la historia de las sandalias de madera mágicas, que hacían brotar monedas de oro de la nada y le advirtió también que abusar de su poder hacía encoger a quien las calzaba. El señor insistió muchísimo en que se las prestara, a lo que ella accedió.

Muy contento, el rico hombre se puso las sandalias y se dirigió con rapidez a la habitación contigua. Dai empezó a escuchar un incesante ruido de tropiezos tras la puerta, «patapaf, patapaf, patapaf, patapaf», seguido del ruido de las monedas al caer sobre el suelo, «clinc, clinc, clinc, clinc».

Al cabo de un rato, en la estancia contigua reinó el más absoluto silencio. Dai abrió con cautela la puerta y se asomó para comprobar qué sucedía. En el centro de la habitación, una enorme montaña de monedas casi rozaba el techo y, junto a ella, se veían las sandalias de madera mágicas y la ropa del señor de la casa. El rico avaro había tropezado demasiadas veces y de él ya no quedaba ni rastro.

FIN

Cinco estrellas

Ilustración: Camila-E-Saez

Muchas felicidades a los afortunados en el sorteo.

Ya han pasado cinco años desde que Martes de cuento inició su andadura. Han sido cinco años de cuentos, mitología, poesía, fábulas, aventuras… pero sobre todo, cinco años de buenos amigos que habéis acudido fielmente a la cita cada martes y nos habéis apoyado para hacer que este proyecto sea realidad. Por eso, porque los amigos de cinco estrellas lo merecen todo,  queremos celebrar con cinco estrellas nuestro aniversario.

Con la ayuda de Etoilez moi, sortearemos el próximo 28 de octubre, entre los amigos de Martes de cuento, el bautizo de 5 estrellas fugaces, a las que podéis poner vuestro nombre o el de la persona que elijáis. El regalo incluye:

  • El certificado de registro de la estrella bautizada del International Celestial Repertory
  • El mapa del cielo para localizar vuestra estrella
  • La ficha de la constelación que hayáis elegido
  • Un poema personalizado

Desde Isla Imaginada os queremos devolver un poquito de la luz con la que ilumináis los martes de cuento y regalaros una estrella; para que vuele hacia otros universos contando historias.

¡Queremos repartir estrellas! Queremos daros las gracias por hacer posible cinco años de cuentos.

Si queréis bautizar una estrella, debéis estar suscritos a los cuentos del martes y debéis dejar vuestro comentario en esta entrada del blog.

La primera persona que comente la entrada, tendrá una estrella asegurada sin sorteo.

¡QUIERO BAUTIZAR UNA ESTRELLA!



— Amparo 

— Paloma

— Juani

— Mercè

— Óscar

— Sonia

— Elvira

 

— Toni

— Rosa

— Ratonet

— Ania e Hiram

— Cristina

— La maleta de la Lili

— Isabel

 

— Noemí

 

— Julián

— María

— Alicia

 

—JorgeG

 

—Nurej

 

— LaLectora

La pajarita de papel

Ilustración: oanalivia

Tato tenía seis años y un caballo de madera.

Un día, su padre le dijo:

 —¿Qué regalo quieres? Dentro de poco es tu cumpleaños.

Tato se quedó callado. No sabía qué pedir.

Entonces, vio un pisapapeles sobre la mesa de su padre. Era una pajarita de plata sobre un pedazo de madera. Y sobre la madera estaba escrito:

Para los que no tienen tiempo de hacer pajaritas.

Al leer aquello, sin saber por qué, el niño sintió pena por su padre y dijo:

—Quiero que me hagas una pajarita de papel.

El padre sonrió:

—Bueno, te haré una pajarita de papel.

El padre de Tato empezó a hacer una pajarita de papel, pero ya no se acordaba. Fue a una librería y compró un libro. Con aquel libro, aprendió a hacer pajaritas de papel.

Al principio le salían mal; pero, después de unas horas, hizo una pajarita de papel maravillosa.

—Ya he terminado, ¿te gusta?

El niño miró la pajarita de papel y dijo:

—Está muy bien hecha, pero no me gusta. La pajarita está muy triste.

Y el padre fue a casa de un sabio y le dijo:

—Esta pajarita de papel está triste; inventa algo para que esté alegre.

El sabio hizo un aparato, se lo colocó a la pajarita debajo de las alas, y la pajarita comenzó a volar.

El padre llevó la pajarita de papel a Tato y la pajarita voló por toda la habitación.

—¿Te gusta ahora? —le preguntó

Y el niño dijo:

 —Vuela muy bien, pero sigue triste. Yo no quiero una pajarita triste.

El padre fue a casa de otro sabio. El otro sabio hizo un aparato con el que la pajarita podía cantar.

La pajarita de papel voló por toda la habitación de Tato. Y, mientras volaba, cantaba una hermosa canción.

Tato dijo:

—Papá, la pajarita de papel está triste; por eso, canta una triste canción. ¡Quiero que mi pajarita sea feliz!

El padre fue a casa de un pintor muy famoso. Y el pintor muy famoso pintó hermosos colores en las alas, en la cola, y en la cabeza de la pajarita de papel.

El niño miró la pajarita de papel pintada de hermosos colores.

—Papá, la pajarita de papel sigue estando triste.

El padre de Tato hizo un largo viaje. Fue a casa del sabio más sabio de todos los sabios. Y el sabio más sabio de todos los sabios, después de examinar a la pajarita, le dijo:

—Está pajarita de papel no necesita volar, no necesita cantar, no necesita hermosos colores, para ser feliz.

Y el padre de Tato le preguntó:

 —Entonces ¿por qué está triste?

Y el sabio más sabio de todos los sabios le contestó:

—Cuando una pajarita de papel está sola, es una pajarita de papel triste.

El padre regresó a casa. Fue al cuarto de Tato y le dijo:

—Ya sé lo que necesita nuestra pajarita para ser feliz.

Y se puso a hacer muchas, muchas, pajaritas de papel.  Cuando la habitación estuvo llena de pajaritas, Tato grito:

—¡Mira, papá! Nuestra pajarita de papel ya está muy feliz. Es el mejor regalo que me has hecho en toda mi vida.

Entonces, todas las pajaritas de papel, sin necesidad de ningún aparato, volaron y volaron por toda la habitación.

FIN

Cuatro años soñando despiertos

Colgante «La Princesa y el guisante», LaliBlue

El 3 de septiembre Martes de cuento cumple 4 años.

 

Cuatro años de cuentos.

Cuatro años de amigos.

Queremos celebrar a vuestro lado esa fecha tan especial sorteando este colgante de cuento, hecho a mano por LaliBlue, entre todos los amigos de Isla Imaginada.

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Hemos elegido, precisamente, la Princesa del guisante porque creemos que no hay que dormirse nunca, sino que hay que seguir bien despiertos para ofreceros lo mejor. Por eso nos hemos puesto un guisante bajo el colchón, porque queremos compartir más y mejores cosas con todos vosotros.

Tenéis tiempo hasta el sábado 2 de septiembre para dejar vuestro comentario si queréis participar en el sorteo certificado que celebraremos el domingo 3 de septiembre de 2017 a las 16:00 hora española en

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Participantes:

— Cecilia
Óscar
Jerby
Julie
Toni
Eva
Marisa
Aurora
— Paula
— Vicente
— Niniehcat
— Juani
— Edda
Bella
— Èlia
Lili
— Mercè
Huong Cang
Capicuentos
Noemí
Belette Le Pink

El regalo

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Ilustración: Oscar Scotellaro

El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el niño realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que fuera lo más agradable posible. Cuando en la aduana los obligaron a dejar el regalo porque excedía el peso máximo por pocos gramos, al igual que el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban la fiesta y el cariño.

El niño los esperaba en la terminal. Cuando estos llegaron, murmuraban algo contra los oficiales interplanetarios.

—¿Qué haremos?

—Nada, ¿qué podemos hacer?

—¡Qué reglamentos absurdos!

—¡Con tanta ilusión que le hacía el árbol!

La sirena aulló, y los pasajeros se apresuraron hacia el cohete de Marte. La madre y el padre fueron los últimos en entrar. El niño iba entre ellos, pálido y silencioso.

—Ya se me ocurrirá algo —dijo el padre.

—¿Qué…? —preguntó el niño.

Y el cohete despegó y se lanzó hacia arriba, al espacio oscuro.

Lanzó una estela de fuego y dejó atrás la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, para dirigirse a un lugar donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni horas. Los pasajeros durmieron durante el resto del primer «día». Cerca de medianoche, hora terráquea según sus relojes neoyorquinos, el niño despertó y dijo:

—Quiero mirar por el ojo de buey.

Había un único ojo de buey, una “ventana” bastante amplia, de vidrio tremendamente grueso, en la cubierta superior.

—Todavía no —dijo el padre—. Te llevaré más tarde.

—Quiero ver dónde estamos y adónde vamos.

—Quiero que esperes por un motivo —dijo el padre.

El padre había estado despierto, dando vueltas de un lado a otro, pensando en el regalo abandonado, el problema de la fiesta y el árbol perdido con sus velas blancas. Al fin, se había sentado hacía cinco minutos, creyó haber dado con una idea que, si daba resultado, haría que el viaje fuera feliz y maravilloso.

—Hijo —dijo—, dentro de media hora será Navidad.

—¡Oh! —dijo la madre, consternada; había esperado que de algún modo el niño lo olvidaría.

El rostro del pequeño se iluminó; le temblaron los labios.

—Sí, ya lo sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré un árbol? Me lo prometisteis…

—Sí, sí. todo eso y mucho más —dijo el padre.

—Pero… —empezó a decir la madre.

—Sí —dijo el padre—. Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un momento. Vuelvo enseguida.

Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.

—Ya es casi la hora.

—¿Me dejas tu reloj? —preguntó el niño.

El padre le alargó su reloj y el niño lo sostuvo entre los dedos mientras el tiempo que faltaba se extinguía en el fuego, el silencio y el imperceptible movimiento del cohete.

—¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?

—Ven, vamos a verlo —dijo el padre, y tomó al niño de la mano.

Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La madre los seguía.

—No entiendo.

—Ya lo entenderás —dijo el padre—. Hemos llegado.

Se detuvieron frente a una puerta cerrada de una cabina. El padre llamó tres veces y luego dos, empleando un código. La puerta se abrió, llegó luz desde la cabina, y se oyó un murmullo de voces.

—Entra, hijo.

—Está oscuro.

—Te llevaré de la mano. Entra, mamá.

Entraron en el cuarto y la puerta se cerró; el cuarto estaba, en verdad, muy oscuro. Ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, el ojo de buey, una ventana de metro y medio de alto por dos de ancho, por la cual podían ver el espacio.

El niño se quedó sin aliento.

Detrás, el padre y la madre contemplaron mudos el espectáculo, y entonces, en la oscuridad del cuarto, varias personas se pusieron a cantar.

—Feliz Navidad, hijo —dijo el padre.

Resonaron los viejos y familiares villancicos; el niño avanzó lentamente y aplastó la nariz contra el frío vidrio del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, simplemente mirando el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El regalo» con la voz de Angie Bello Albelda

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364 nocumpleaños y un cumpleaños…

¡Felicidades Eva!

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 El regalo de Martes de cuento es para ti.

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Ilustración: Sir John Tenniel

El martes 3 de septiembre de 2013 este blog echó a andar de la mano de “Caperucita Roja”. El próximo jueves hará dos años y durante este tiempo hemos ido creciendo, en todos los sentidos, a vuestro lado compartiendo un montón de cuentos, poesías, entradas de la Imaginopedia, premios… ¡pero si hasta hemos compartido un duende!

Aunque, sin duda, lo mejor de todo este tiempo transcurrido entre lecturas, habéis sido vosotros…

Vosotros, que día tras día nos habéis acompañado…

Vosotros, que nos habéis dedicado tiempo, comentarios, risas, abrazos, besos, ánimos, alegría…

Vosotros, que nos hacéis seguir adelante…

Para vosotros, extraordinarios compañeros de cuentos, por hacer posible este segundo aniversario, sortearemos este regalo…

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Si queréis participar, dejad vuestro comentario en esta entrada.

Queremos que todo sea transparente y por eso organizaremos un sorteo certificado abierto a todos que se celebrará el domingo 6-9-2015, a las 16:00 (hora española), entre todos los que comentéis en esta entrada desde hoy y hasta las 23:59 (hora española) del sábado 5-9-2015.

¡Mucha suerte a todos!

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Toni – La Llar del Pagès

Paseante – Paseando por la vida

Eva – El blog de una empleada doméstica

Gema – Emociones encadenadas

Bella – bell@espíritu

Flor – Como Flor Profusa

María – Te miro me miras… Nos miramos

Lottar1 – La luna escarlata

Oscar – Historias tras tu DNI

Julie – El tiempo habitado

Henar – Pensando en la oscuridad

Amalaidea – Amalaidea

Gisela – Dtradicio

Jerby – Jerby

Pat –  Mundo nuevo en la Tierra

Ana Claudia – ACME Psicología, Literatura y Arte

Sensi – El Diario de Sensi

Nini

Natalia – Los talleres de Natalia

Juani

Maribel – Picoteando ideas

Amigos cuenteros – Rincón de Cuentos-Talamanca

Aceituno – El Fotonauta

Rosa Ave Fénix

Margarita – Margarita Alcázar – Ensoñaciones

Mireia

María – Trópico de Cáncer

Verónica – En humor Arte

Tintero y pincel

Carmen – Catacricatacrac

Mirari – Wendieland

 

El último regalo de la Luna

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Ilustración: Emma Pumarola

Este cuento y esta ilustración han sido posibles gracias a: 

MWh

Cuentan, que cuando el mundo fue creado, en el firmamento alumbraban el Sol y la Luna, que salían juntos y se escondían a la vez.

Afirman, que la Luna era más brillante que el Sol y siempre lucía redonda; pero que al aparecer los primeros humanos sobre la Tierra, las cosas empezaron a cambiar.

Sucedía, que cuando el Sol y la Luna se marchaban al otro lado del planeta, la mitad de la Tierra se quedaba en tinieblas y los habitantes de la parte oscura, aterrorizados y en completo silencio, casi ni se atrevían a respirar. Se escondían, temblando, en profundas cuevas y no se movían de allí hasta que la luz regresaba de nuevo.

Cuando supo lo que ocurría, la Luna se apiadó de ellos y le propuso al Sol:

—¿Qué te parece si enviamos un poco de nuestro resplandor a la humanidad para que pueda ver lo que tiene a su alrededor mientras nosotros no estamos?

—¡Ni pensarlo! —respondió el Sol—. Dar mi claridad significaría apagarme un poco y no estoy dispuesto a perder ni una pizca de mi brillo.

—¡No te apagarías! Tan solo darías un poco de tu luz. Como yo soy más brillante, pondría más y tú apenas notarías la diferencia.

—¡No, no y mil veces no! ¡No regalaré ni una pizca de mi luminosidad!

Ante la negativa del Sol, la Luna decidió mandar ella sola algunos de sus rayos a la Tierra para iluminar la penumbra y, al hacerlo, se apagó un poco.

Al llegar a la Tierra, los haces de luz de la Luna se desperdigaron y buscaron un lugar en el que poder brillar. Algunos se fundieron con oscuérnagas, que desde entonces se conocen como luciérnagas. Otros se enredaron en las alas de las hadas nocturnas, las que vuelan justo después del crepúsculo. Y unos pocos se marcharon a los pantanos o a los cementerios; a esos los conocemos como fuegos fatuos.

Pero aunque el regalo lunar había ayudado un poco, la parte oscura del mundo seguía estando muy oscura y los habitantes del planeta empezaron a llamar noche a las horas en las que el Sol y la Luna no estaban y día a las horas en las que la brillante luz de los dos astros alumbraba con todo su esplendor.

Al comprobar la Luna que a pesar de su regalo todo seguía inmerso en las sombras, decidió desprenderse de un poco más de claridad y, esta vez, envió sus rayos hacia el espacio. Aquella luz se fue quedando enganchada en trozos de piedra que vagaban por el negro vacío y así fue como se formaron las estrellas. Gracias a ellas, al mirar al cielo durante la noche, podemos orientarnos para no perdernos, porque es como si diminutos faros nos guiaran a través de las tinieblas.

Con este regalo, la Luna se apagó un poquito más y las cosas mejoraron algo en la Tierra, pero hacía falta más iluminación durante las horas nocturnas.

La Luna volvió a pedir ayuda al Sol:

—Sol, ya he dado mucha de mi luz y me estoy apagando. Por favor, ¿podrías ayudarme a iluminar un poco la noche?

Y el Sol contestó de nuevo:

—¡No, no y mil veces no! ¡No regalaré ni una pizca de mi luminosidad!

La Luna, entonces, le pidió ayuda al relámpago:

—Relámpago, por favor, ¿podrías ayudarme a iluminar un poco las sombras?

—Me gustaría ayudarte, Luna, pero ya sabes que mi fulgor solo dura un segundo y…¡Aunque se me ocurre una idea! Caeré sobre un árbol y dejaré allí prendida parte de mi claridad, así durará un poco más.

Y eso hizo. Se desplomó con fuerza sobre una vieja encina, cuya madera se incendió rápidamente, irradiando luz y calor a los hombres que estaban más cerca, los cuales, asombrados, se acercaron, se apropiaron de aquella nueva fuente de energía, la repartieron por toda la Tierra y la llamaron fuego.

Pero tampoco el fuego fue capaz de alumbrar lo suficiente las penumbras, además de que era difícil y peligroso de transportar. Por eso la Luna, ya con muy poca luz, decidió mudarse. Se despidió del sol y se fue a vivir a la noche para poder iluminar las tinieblas.

Desde aquel día, con el poco brillo que le quedaba, empezó a lucir durante las horas nocturnas, junto a las luciérnagas, las hadas, los fuegos fatuos, las estrellas y el fuego. Pero ni todos juntos a la vez podían vencer por completo la penumbra.

La Luna, en un último acto de generosidad, decidió entregar aún más luz y solo se guardó un poquito para ella. Tan poco, tan poco que ya ni siquiera podía brillar entera todas las noches.

A este último regalo de la Luna los humanos lo llamaron electricidad.

Con la electricidad, podemos ver durante la noche como si fuera de día, podemos viajar, leer o movernos por cualquier lugar y a cualquier hora, sin temor a la oscuridad.

Por eso, siempre que contempléis el cielo nocturno, acordaos de la generosidad de la Luna y tened muy presente que cada vez que encendéis una luz o a vuestro alrededor la noche se ilumina, es gracias a ella. ¡No malgastéis su precioso regalo!

Esta historia nos la contó, el Gran Guardián de los Rayos de Luna, que se encarga de repartir en la Tierra la electricidad a todos aquellos que se la piden y de explicarles cómo deben usarla para no malgastarla. Por él, hemos sabido por qué la Luna sale de noche y también por qué algunas veces luce brillante, otras no está entera y otras está apagada.

Tened siempre presente que la energía es un don muy valioso que no debemos derrochar. Informaos muy bien de cómo conservar ese preciado presente para no desperdiciar ni uno solo de los rayos que nos regaló la Luna…

 …preguntad cómo hacerlo a…

MWh

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El último regalo de la Luna» con la voz de Angie Bello Albelda

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