regalo

El conejo que no crecía

Ilustración: Umintsu

Robín era un conejo que no crecía, todos sus hermanos se hacían grandes y fuertes excepto él. Así que un día abandonó su hogar para buscar la felicidad.

Robin era un conejito que vivía con todos sus hermanos en una cómoda madriguera. Tenía una oreja de color pardo y otra negra, y en cuanto al rabito, era blanco por debajo.

Al principio, Robín era igual que sus hermanos, pero, al poco tiempo de su nacimiento, su madre observó que no crecía.

—Esto es muy raro —dijo al padre del conejito. —Todos los demás crecen y engordan, pero Robín sigue tan pequeño como siempre.

Algún tiempo después, sus dos hermanos se convirtieron en conejos adultos, pero Robín seguía siendo pequeño y tenía el carácter infantil. No pensaba más que en jugar, de modo que su madre acabó por sentir gran preocupación.

—Ya eres demasiado viejo para jugar, Robín —le dijo un día—. Mira a tus hermanos; cada uno de ellos tiene una madriguera propia, se ha casado y es padre de numerosos conejitos. Pero tú sigues tan pequeño como pocos días después de nacer.

Robín, por su parte, era desgraciado. Ignoraba la causa de no haber crecido, pero él no podía remediarla. Hizo lo posible por abstenerse de jugar, pero en cuanto abandonó la madriguera no se acordó de su propósito y empezó a perseguirse el rabo.

Unos meses más tarde, los mayores ya no hacían caso de él. En vista de que no había crecido, seguirían considerándolo un pequeñuelo y nada más. A Robín eso le importaba muy poco, pero, en cambio, se ponía muy triste cuando los demás conejos pequeños no le permitían jugar con ellos.

—¿Por qué no puedo jugar con vosotros? —preguntaba. —También me gusta divertirme.

—Sí. Pero eres mucho más viejo que nosotros —le contestaban los demás, en tono desdeñoso. —Es idiota que quieras jugar con los pequeños, cuando ya eres un viejo. Mejor sería que buscases la compañía de nuestros papás.

—No me quieren —contestaba Robín, muy triste. —Nadie me quiere. Me gustaría mucho crecer, pero no puedo.

Sentíase tan desdichado, que decidió abandonar su morada. Así un día se marchó y después de recorrer varios kilómetros llegó a un lindo jardín. Se asomó y vio a una niña sentada y jugando a merendar. Había sentado sus muñecos a su alrededor, en unión de un osito y de un conejo de juguete, sin contar el fantoche, y fingía que les daba de merendar.

—¡Oh, qué juego tan bonito! —pensó Robín—. Me gustaría tomar parte en él. ¡Y cómo acaricia la niña a ese osito! ¡Ojalá hiciese lo mismo conmigo!

En aquel momento, el aya de la niña la llamó y ella entró en la casa, dejando los juguetes donde estaban. Robín se acercó a ellos, y se sentó en medio del círculo.

—Yo también quiero jugar —dijo.

—¡Pero si no puedes! —exclamó la muñeca mayor—. No eres un juguete y solamente nosotros podemos jugar de este modo.

—¿De modo que un conejo vivo no puede jugar? —preguntó Robín.

—¡Claro que no! —contestó el osito.

—¿Y vosotros jugáis siempre sin cesar? ¿Seguís jugando cuando crecéis? —preguntó el conejo.

—Los juguetes nunca crecen—contestó el fantoche —¿No lo sabías? Por esta razón jugamos siempre y eso no nos aburre nunca.

—¡Oh! —exclamó Robín, dando un suspiro—. ¡Ojalá fuese también un juguete! Ahora soy un conejo que no ha crecido y me gustaría mucho saber la manera de convertirme en un conejo de juguete.

—Nunca oí decir que un animal vivo quisiera convertirse en juguete —exclamó la muñeca—. Muchas veces me han hablado de que algunos juguetes quisieran cambiarse en seres vivos, pero lo contrario me parece una estupidez.

—Si te fueses al País de los Juguetes, tal vez te convertirían en lo que deseas —le aconsejó el osito—. Allí hacen cosas maravillosas.

—¡Oh, indicadme el camino, por favor! —rogó Robín.

Los juguetes le dieron las explicaciones necesarias y él, inmediatamente, emprendió la marcha. Anduvo durante todo aquel día y toda la noche y, por fin, llegó a las puertas del País de los Juguetes.

—¿Qué quieres? —le preguntó el portero, dándose cuenta de que era un conejo vivo —Tú no eres ningún juguete.

—No, pero quisiera serlo —contestó Robín.

—Eso es muy extraño —contestó el portero, haciéndose a un lado para permitirle el paso—. Mira, vale más que vayas a ese castillo que se ve desde aquí, pues allí viven los Reyes Magos. Quizá ellos puedan hacer algo en tu obsequio.

Robín se dirigió al castillo y no halló grandes dificultades en presentarse o los tres Reyes Magos. Los saludó respetuosamente, les dio cuento de su deseo y de lo espantoso que era ser conejo y no crecer. Los tres Reyes escucharon con la mayor atención y, mientras hablaba, ellos inclinaban la cabeza en señal de asentimiento.

—Bueno, si te conviertes en juguete —le dijo el rey Gaspar— ya no tendrás ninguna posibilidad de crecer, porque los juguetes no cambian nunca, como yo sabes. ¿Estás seguro de que no te cansarás de que jueguen contigo y de jugar durante toda tu vida?

—¡Oh, no! —contestó Robín.

—Bueno, pues siéntate en este taburete y te daré un brebaje, que te convertirá en un conejo de juguete —añadió el rey Gaspar—. Luego, el año que viene, cuando llegue el día de los Reyes Magos, te llevaremos al País de los Niños y te dejaremos en los zapatos de alguno.

Robín, muy emocionado, se sentó en el taburete. El rey Gaspar compuso un extraño brebaje, de color azulado, y el conejito lo bebió. Apenas lo había hecho, cuando se sintió muy diferente, aunque su aspecto era el mismo de antes. Habíase convertido en un conejo de juguete.

Cuando llegó el día de los Reyes, estos lo hicieron cargar en un corro en el que había centenares de juguetes y empezaron su inmenso recorrido. Dejaron a Robín en los zapatos de una niña, juntamente con una muñeca y un osito.

—¡Oh! —exclamó la niña a la mañana siguiente—. ¡Qué conejito tan mono! ¡Parece vivo! ¡Cuánto lo querré! Mira, conejito, estoy segura de que serás muy feliz en compañía de mis juguetes.

Y, en efecto, así fue. Ya nadie se burlaba de él, porque no crecía. Jugaba durante el día entero y por las noches la niña lo metía en su propia cama y lo tenía abrazado hasta la mañana siguiente.

Así fue cómo Robín conoció la felicidad.

FIN

Un concierto en la selva

Ilustración: Elliza

Faltaban muy pocos días para el cumpleaños de la señora Jirafa, animal de gran respetabilidad en aquella aldea, y todos los vecinos deseaban obsequiarla con algo extraordinario y digno de la estima que les merecía. Regalarle un ramo de flores era poca cosa, sobre todo teniendo en cuenta que allí no había más que flores silvestres, y de esas podía coger ella cuantas quisiera, porque crecían en la misma puerta de su casa. Regalarle un traje era una tontería en opinión de la Zorra, porque no había sastre en el pueblo que pudiera hacerle otro más bonito que el que usaba a diario, así que esa idea la desecharon por descabellada. El Topo proponía que le regalasen unas gafas, porque, como él estaba cegato, se figuraba que no había nada en el mundo de más valor que unos anteojos, opinión que no compartía el Lince, porque, según él, se veía demasiado para lo que había que ver en este mundo, prueba plena de que, en este mundo, «todo es según el color del cristal con que se mira». El Lince veía mucho y el Topo veía poco, y por eso no podían ponerse de acuerdo en tan importante cuestión. El Mono decía que lo más adecuado para aquellas latitudes donde la época de las lluvias es tremenda, era un buen impermeable, y, en cambio, el Hipopótamo opinaba que el agua no hacía daño a nadie, y buena prueba de ello era su propia familia, que jamás había tenido que recurrir al médico, aunque se pasaban la vida metidos en el agua. El Aguila decía que lo más moderno y mejor era un aeroplano de buenas dimensiones, donde doña Jirafa pudiera remontarse en los aires y acompañarla a ella en sus excursiones aéreas, y, opinando en contra una sesuda Tortuga, que detestaba todo lo que no fuera sumergirse, proponía un submarino, porque, ¿dónde mejor se puede estar y dónde se disfrutan mejores panoramas que en el fondo de las aguas?

—¡Calla, achaparrada! —replicaba el águila—. ¡Vamos, que venir a decirnos que debajo del agua se disfruta de buenos panoramas! Sube, si puedes, conmigo a lo alto de la montaña, remóntate hasta las nubes, y cuando veas la inmensidad de la tierra, podrás hablar de panoramas.

—A ver si regañáis por tan poca cosa —terció un Chimpancé muy sabihondo, por haber viajado bastante—. No seáis tontas y ·dejaos de discusiones. Escuchadme a mí. Cuando yo andaba por los países que se llaman civilizados, aunque, a mi entender, están tan atrasados como nosotros, porque cometen muchas tonterías sus habitantes, tuve ocasión de ver que lo que se hace cuando se quiere obsequiar a una persona, bien sea porque celebre su fiesta onomástica…

—¿Qué ha dicho? —preguntó un Erizo muy papanatas que, como siempre estaba hecho una bola, no se enteraba de nada—. ¿Qué clase de fiestas son esas? Porque, hablando sinceramente, en mi vida la he oído nombrar.

—¡Ya ha metido la pata este pobrecito! —repuso el Chimpancé, en de burla—. ¿Sabes lo que te digo?, pues que te hagas una bola y, cuando hayas rodado por el mundo tanto como yo, sabrás lo que la numismática …

—¿La numismática? ¡Sabihondo estás, Chimpancé! ¡Apostaría a que tú tampoco lo sabes, ¿eh?

—¿Quién hace caso de palabras necias? Sigamos adelante. Pues bien, como iba diciendo, cuando alguien celebra su santo, el bautizo de un hijo, o cualquier otro festejo tan señalado como los mencionados, sus vecinos suelen obsequiarlo con un concierto. Es lo mejor.

—¿Un concierto? ¿Y eso qué es? —preguntó un Palomo atontado que estaba escuchando la conversación.

—Un concierto, amigo Palomo —explicó el Chimpancé—, es un conjunto de instrumentos musicales que ejecutan las piezas de su repertorio.

—¡Ah, vamos!—exclamó un Asno, que hasta entonces había permanecido con la boca abierta sin decir esta boca es mía, para que no se riesen de él. Lo que viene a ser una orquesta.

—Precisamente, pero como aquí no disponemos de instrumentos musicales, podríamos organizar un orfeón…

—¡Ah, sí! Un concierto a voces solas. Pues no hay más que hablar. Contad conmigo, que soy un barítono de primera. Vais a verlo —Y sin esperar a que le instasen, lanzó un rebuzno estrepitoso.

—No está mal, no está mal- dijo el Chimpancé—. Aunque me parece que no es así como cantan en los países civilizados.

—Pues si de voces buenas se trata, a mí no me gusta ponerme medallas, como suele decirse, pero aquí tenéis la mía —dijo un Ganso, lanzando un sonoro graznido, a fin de demostrar a su auditorio que podía codearse con el mejor cantante del mundo.

—Me vais a perdonar que me meta en lo que acaso no me importe, hijos míos —terció un sesudo Marabú, que estaba escuchando el conciliábulo—, pero me parece que estáis errados.

—¿Herrados? ¡Ja, ja, ja! —exclamó, riéndose a carcajadas una Hiena rayada que se las daba de chistosa, porque siempre se estaba riendo—. Los herrados son los animales de casco como los caballos, pero a nosotros no hay herrador que nos ponga herraduras.

—Digo que estáis errados —repuso el Marabú— refiriéndome a lo equivocados que vivís. Para dar un concierto de voces solas, lo primero que hace falta son las voces, pero no voces como las vuestras, porque presumir vosotros de voz, es como si presumiera de buen corredor un cangrejo. Para ese concierto que pensáis dar a la señora Jirafa, os aconsejo que reunáis canarios, alondras, ruiseñores, jilgueros y otras aves de las muchas que abundan en nuestra vecindad y que, por poco dinero, porque los artistas no trabajan solo por amor al arte, formarán un coro tan maravilloso, que dejaría patidifuso al músico más exigente. Y aun así, para que resulte bien, será preciso que se encargue de todo un buen director, porque, si no, saldrá todo muy mal.

—Se conoce que este quiere cantar también.

—¿Yo? ¡Dios me libre! —repuso el Marabú—. En mi vida he tenido pretensiones.

—Pues cállate y déjanos que lo organicemos nosotros —insistió el Chimpancé.

Y como les molestaba la presencia de aquel pajarraco que ponía el veto a sus proyectos, se retiraron, y allá, a solas, organizaron lo que se proponían.

Y llegó el cumpleaños de doña Jirafa. La buena señora convidó a una cena a todos sus amigos, y todos comieron esperando con ansia el momento solemne en que la anfitriona había de ver cómo correspondían a sus bondades sus vecinos. El momento no se hizo esperar. Apenas hubieron llenado la panza los que estaban comprometidos a demostrar sus cualidades filarmónicas, se reunieron en el centro de la plaza y comenzaron el concierto vocal más famoso que se ha escuchado en las selvas del mundo viejo y del nuevo.

Dirigía la orquesta el propio Chimpancé, y las voces cantantes las llevaban el asno, el cerdo, el ganso, el perro, siete gatos, catorce cotorras y tres lobos, que aullaban maravillosamente. Los coros los formaban moscardones, chicharras y grillos. En conjunto, no bajaría de un centenar el número de individuos que componían tan extraño coro, el cual atacó los números del programa con un ardor digno de mejor causa.

Al pronto, doña Jirafa y sus convidados, nos referimos a los que no estaban en el secreto del obsequio, creyeron que ocurría algo en la población, que se había producido un levantamiento de ciertos elementos que hacía días demostraban su descontento con los poderes públicos por el exceso de las contribuciones.

Luego supusieron que eran voces de alarma, porque se acercaba algún enemigo terrible, y después opinaron que se había vuelto loca la mitad de la población. Lo que ni por un momento pensaron fue que los cantores querían proporcionarles un rato de solaz a los del festejo.

La revolución que se armó no es para descrita, y los cantores, al ver el fiasco de su fiesta, comenzaron a inculparse mutuamente.

—¡El Asno es el que desafina! —gritaba la Hiena.

—Los que lo hacen mal son los coros —replicaba el Asno—. Esos moscardones no han ensayado bien.

—Lo que lo echa todo a perder, es el aullido de los lobos, que no saben aullar.

—¡Atiza! —exclamaban los ofendidos—. ¿Que no sabemos aullar siendo lobos?

—¡Fuera! ¡Fuera! —gritaba mientras tanto el público.

Y aquello hubiera terminado como un campo de Agramante si el León, con su indiscutible autoridad, no hubiera terciado diciendo:

—Aprended lo que dice el refrán: ¡Zapatero a tus zapatos! ¿No os creíais unos cantores perfectos? ¡Pues entonces no echéis la culpa a nadie de vuestro fracaso! Siempre pasa igual a los que pretenden hacer cosas que están fuera de sus aptitudes.

FIN

Los duendes

Ilustración: George Cruikshank (1792-1878)

Había una vez un zapatero que, sin ninguna culpa por su parte, llegó a ser tan pobre, tan pobre, que, al fin, no le quedó más que el trozo de cuero indispensable para hacer un par de zapatos. Los cortó una noche, pensando coserlos a la mañana siguiente y, como estaba muy cansado, se acostó y se quedó dormido.

Al día siguiente, fue a buscar el trabajo que había preparado la víspera y se encontró hecho el par de zapatos. El pobre hombre no podía creer lo que veían sus ojos. Examinando detenidamente los zapatos, se dio cuenta de que cada puntada ocupaba el lugar preciso. ¡Aquellos zapatos eran una verdadera obra maestra!

Al poco, entró un comprador y tanto le gustó el par, que pagó por él más de lo acostumbrado. Con aquel dinero, el zapatero pudo comprar cuero para hacer dos pares. Los cortó al anochecer, dispuesto a trabajar en ellos al día siguiente, pero no fue preciso, pues al levantarse, allí estaban terminados, y para aquellos zapatos tampoco le faltó un nuevo comprador. Este se los pagó tan espléndidamente, que pudo comprar cuero para cuatro pares. Cortó el material y a primera hora de la mañana siguiente, cuando iba a ponerse a coser, estaban acabados también, y lo mismo sucedió los días siguientes. ¡Era algo, en todos los aspectos, portentoso! Los zapatos que cortaba por la noche aparecían cosidos por la mañana con el mayor primor y perfección y los vendía rápidamente. Corrió la voz y mucha gente fue a comprar aquellos zapatos. Total, que pronto el zapatero pudo empezar a vivir bien e incluso llegó a convertirse en un hombre acomodado.

Una noche, cuando el zapatero se iba a descansar, una vez concluido el trabajo, le dijo a su mujer:

—¿Qué te parece si no nos acostásemos esta noche y procurásemos ver quién nos hace el favor de coser estos zapatos magníficos?¡Ojalá pudiéramos pagárselos algún día!

La mujer estuvo de acuerdo y encendió una vela. Hecho esto, los dos se ocultaron tras una cortina, dispuestos a vigilar. Al sonar la medianoche, vieron entrar en la zapatería a dos duendecillos desnudos, que se sentaron delante de la mesa del zapatero y tomaron el trabajo que estaba allí preparado. Luego, comenzaron a coser, agujerear y clavetear, moviendo sus deditos tan hábil y velozmente, que el zapatero, maravillado, apenas podía seguirlos con la vista. Hasta que concluyeron la tarea y la colocaron sobre la mesa, los pequeños hombrecillos no pararon ni un momento. Después se levantaron de un salto y salieron corriendo a la calle.

Al día siguiente, por la mañana, la mujer del zapatero le dijo a su marido:

—Esos pequeños duendes nos han hecho ricos y debemos demostrarles que somos gente agradecida. Como andan desnuditos por el mundo, deben tener mucho frío. ¿Qué te parece si les cosemos unas camisas, chaquetas, chalecos y pantalones, así como un par de calcetines y un par de guantes de punto para cada uno? Tú, naturalmente, te encargarás de hacerles unos buenos zapatos.

El zapatero accedió con gusto a la proposición de su mujer. Enseguida los dos, muy ilusionados, se pusieron manos a la obra, y no abandonaron su trabajo hasta que lo tuvieron terminado del todo, al anochecer. Entonces se fueron a cenar, y cuando llegó la hora de acostarse dejaron los regalos sobre la mesa en lugar de los zapatos cortados de cada día. Después se colocaron de modo que pudieran observar lo que hacían los duendes. Al sonar las doce, entraron estos dispuestos a ponerse a trabajar, pero, al ver las preciosas prendas de ropa, se quedaron paralizados por la sorpresa. Enseguida se recuperaron y, a toda prisa, se vistieron camisas, chaquetas y pantalones mientras cantaban alegremente:

¡Oh! Qué trajes tan refinados,

con guantes y zapatos combinados.

Ahora somos duendes elegantes,

¡ya no seremos zapateros como antes!

Danzaron y cantaron dando vueltas por la zapatería y, por fin, sin dejar de bailar, salieron a la calle.

El zapatero y su esposa no volvieron a verlos jamás, pero gracias al trabajo de los duendecillos, pudieron vivir felices el resto de sus días.

FIN

El espejo de Matsuyama

Ilustración: Kitagawa Utamaro

Hace mucho, mucho tiempo vivía en un remoto lugar de Japón una joven pareja. Tenían una hija a la que ambos amaban de todo corazón. Los nombres de todos ellos ya cayeron en olvido, pero los que siguen narrando esta triste historia sí recuerdan que todo ocurrió en un lugar llamado Matsuyama.

Cuando la niña era aún muy pequeñita, el padre se vio obligado a ir a la capital del Imperio para arreglar ciertos asuntos. Al ser un lugar tan remoto y el viaje hasta allí tan pesado, ni la madre ni la niña lo acompañaron, así que él se marchó solo. Se despidió de ellas y les prometió que regresaría muy pronto cargado de preciosos regalos.

La joven madre, que nunca había ido más allá de la cercana aldea, no podía desechar cierto temor por el largo viaje que emprendía su marido; pero, al mismo tiempo, se sentía orgullosa de que fuese él, por aquellos contornos, la primera persona en ir a la rica ciudad, donde el rey y los poderosos habitaban, y donde seguro que había de ver muchas maravillas.

Pasado el tiempo, la mujer recibió una carta en la que su marido anunciaba su regreso y no es posible describir la alegría que sintió cuando el viajero volvió a casa sano y salvo. La pequeña, al ver de nuevo a su padre, daba palmadas y sonreía divertida al recibir los juguetes que este le había comprado. Y él no se hartaba de contar las cosas extraordinarias que había visto, durante su visita a la capital.

—Mira —le dijo a su mujer— Fíjate en esto, lo he traído especialmente para ti. Abre la caja y descríbeme lo que ves.

Le entregó entonces una cajita de madera blanca que ella se apresuró a abrir:

—Veo un disco de metal. Por un lado es de plata, con adornos de pájaros y flores, y por el otro, es una superficie brillante y pulida que… —Miró la joven esposa con asombro, porque desde la profundidad de aquel extraño objeto vio que la miraba, con labios entreabiertos y ojos llenos de curiosidad, un rostro que sonreía alegre.

—¿Qué ves? —insistió el marido, encantado con el pasmo de ella y muy ufano de mostrar lo que había aprendido.

—Veo a una mujer muy hermosa, que me mira y que mueve los labios como si hablase, y que lleva, ¡qué extraño!, un vestido exactamente igual que el mío.

—Esa que ves es tu cara —le replicó el marido, muy satisfecho de saber algo que su mujer no sabía—. Esto que tienes en la mano se llama espejo. En la ciudad cada persona tiene uno, por más que nosotros, aquí en el campo, no los hubiéramos visto hasta hoy.

Encantada la mujer con su regalo, se pasó algunos días mirándose a cada momento, Pero después pensó que tan prodigioso objeto era demasiado valioso como para usarlo a diario y lo guardó en su cajita, la cual ocultó con cuidado entre sus más estimados tesoros. Y como desde aquel día nunca volvió a hablar del espejo, el marido se olvidó de él por completo.

Fueron pasando los años y marido y mujer vivían dichosos. El centro de sus vidas era la niña, que iba creciendo y cada día se parecía más a su madre. Pero llegó un día en que sobrevino un tremendo infortunio para la familia hasta entonces tan dichosa. La mujer cayó enferma y aunque la cuidaron con desvelo, empeoró cada vez más, hasta que fue evidente que moriría.

Cuando supo que pronto debería abandonar a su marido y a su hija, se puso muy triste. Llamó a la niña y poniendo en sus manos la cajita de madera blanca que contenía el antiguo regalo, le dijo:

—Querida hija, estoy muy enferma y pronto moriré. Cuando yo ya no esté a tu lado, abre esta caja que te doy y mira cada día el objeto que contiene. Podrás ver mi cara en él y sabrás, así, que no me he marchado del todo y que siempre estaré a tu lado velando por ti.

La niña prometió con lágrimas en los ojos que haría lo que su madre le pedía.

Cuando la madre ya no estuvo a su lado, la niña abría la cajita cada día, sacaba con mucho cuidado el espejo y lo contemplaba largo rato. Allí veía la cara de su perdida madre, que la miraba sonriendo. Ya no estaba pálida y enferma, sino hermosa y joven. A ella le confiaba sus secretos.

El padre, después de observar durante un tiempo el comportamiento de su hija y constatar que cada día, sin falta, se miraba al espejo y parecía conversar con él, le preguntó la causa de tan extraña conducta.

La niña contestó:

—Miro todos los días el espejo para ver a mi querida madre y hablar con ella.

Enternecido, el padre no tuvo valor para sacar del error a su hija. No le dijo que aquella imagen que contemplaba en el espejo era su propio reflejo y que, quizá como efecto del amor que sentía, cada vez se parecía más al hermoso rostro de la madre perdida.

FIN

Las sandalias de madera mágicas

Ilustración: Thiefoworld

Hace mucho tiempo, en Nagoro, una pequeña aldea del Japón, vivió una joven llamada Dai cuyo hijito cayó gravemente enfermo después de un crudo invierno. Para poder curarlo, la joven se vio en la necesidad de conseguir una gran suma de dinero y no tuvo otro remedio que pedírselo prestado al señor más rico del pueblo. Gracias a este dinero, el pequeño mejoró, pero para poder saldar la deuda, ella tuvo que trabajar incansablemente. Cuando la joven aún no había reunido toda la cantidad que debía, su hijito volvió a enfermar y no solo le fue imposible devolver lo que le había prestado el rico señor, sino que no tuvo otro remedio que ir a pedirle más dinero. Cuando fue a verlo, este, muy enfadado, le dijo:

—¿Qué estás diciendo? ¿Cómo te atreves a pedirme más dinero? Ya te presté antes y no me lo has devuelto. Estoy teniendo demasiada paciencia contigo ¡Ni se te ocurra volver por aquí si no es para saldar tu deuda!

La joven Dai no sabía qué hacer. Estaba tan preocupada por no haber encontrado una solución, que no quería volver a casa sin remediar su problema, así que decidió pasear por el bosque para pensar en qué podía hacer. En eso estaba cuando, de pronto, apareció un misterioso anciano en mitad del camino que se dirigió hacia ella:

—Buenos días —saludó amablemente el anciano a la pobre joven.

Sobresaltada, Dai le respondió:

—Buenos días, discúlpeme, buen hombre, no lo había visto —Y continuó caminando ensimismada en sus pensamientos.

El anciano la siguió y le preguntó con una sonrisa:

—¿Te importa que camine junto a ti? Quiero contarte algo que estoy seguro de que te va a interesar mucho. —Y comenzó a andar junto a ella—. Sé que estás pasando por momentos muy difíciles y quiero ayudarte. Toma estas getas, cálzatelas y tropieza con ellas, ya verás qué sucede.

Extrañada, la chica hizo lo que el anciano le indicaba, se calzó las sandalias de madera y tropezó con ellas. Ante su sorpresa, comenzaron a brotar de la nada monedas y monedas de oro. Entonces el anciano le advirtió:

—Estas sandalias solucionarán tus problemas. Puedes tropezar con ellas tantas veces como quieras, pero ten mucho cuidado, porque si tropiezas demasiadas veces, con cada tropiezo encogerás un poco.

Feliz por tan valioso regalo, Dai se dirigió a su casa, se calzó de nuevo las sandalias y tropezó con ellas. Al instante, empezó a brotar dinero de la nada. Repitió varias veces la misma operación hasta conseguir lo suficiente para poder curar a su hijito y para devolver el préstamo. Pensó en volver a tropezar para conseguir más dinero, pero entonces recordó las palabras del anciano, se quitó las sandalias y las guardó.

A la mañana siguiente, cuando la joven fue a devolver el préstamo, el rico señor quiso saber cómo había podido conseguir tanto dinero en tan poco tiempo y Dai le contó la historia de las sandalias de madera mágicas, que hacían brotar monedas de oro de la nada y le advirtió también que abusar de su poder hacía encoger a quien las calzaba. El señor insistió muchísimo en que se las prestara, a lo que ella accedió.

Muy contento, el rico hombre se puso las sandalias y se dirigió con rapidez a la habitación contigua. Dai empezó a escuchar un incesante ruido de tropiezos tras la puerta, «patapaf, patapaf, patapaf, patapaf», seguido del ruido de las monedas al caer sobre el suelo, «clinc, clinc, clinc, clinc».

Al cabo de un rato, en la estancia contigua reinó el más absoluto silencio. Dai abrió con cautela la puerta y se asomó para comprobar qué sucedía. En el centro de la habitación, una enorme montaña de monedas casi rozaba el techo y, junto a ella, se veían las sandalias de madera mágicas y la ropa del señor de la casa. El rico avaro había tropezado demasiadas veces y de él ya no quedaba ni rastro.

FIN

La pajarita de papel

Ilustración: skeletonpicnic

Tato tenía seis años y un caballo de madera.

Un día, su padre le dijo:

 —¿Qué regalo quieres? Dentro de poco es tu cumpleaños.

Tato se quedó callado. No sabía qué pedir.

Entonces, vio un pisapapeles sobre la mesa de su padre. Era una pajarita de plata sobre un pedazo de madera. Y sobre la madera estaba escrito:

Para los que no tienen tiempo de hacer pajaritas.

Al leer aquello, sin saber por qué, el niño sintió pena por su padre y dijo:

—Quiero que me hagas una pajarita de papel.

El padre sonrió:

—Bueno, te haré una pajarita de papel.

El padre de Tato empezó a hacer una pajarita de papel, pero ya no se acordaba. Fue a una librería y compró un libro. Con aquel libro, aprendió a hacer pajaritas de papel.

Al principio le salían mal; pero, después de unas horas, hizo una pajarita de papel maravillosa.

—Ya he terminado, ¿te gusta?

El niño miró la pajarita de papel y dijo:

—Está muy bien hecha, pero no me gusta. La pajarita está muy triste.

Y el padre fue a casa de un sabio y le dijo:

—Esta pajarita de papel está triste; inventa algo para que esté alegre.

El sabio hizo un aparato, se lo colocó a la pajarita debajo de las alas, y la pajarita comenzó a volar.

El padre llevó la pajarita de papel a Tato y la pajarita voló por toda la habitación.

—¿Te gusta ahora? —le preguntó

Y el niño dijo:

 —Vuela muy bien, pero sigue triste. Yo no quiero una pajarita triste.

El padre fue a casa de otro sabio. El otro sabio hizo un aparato con el que la pajarita podía cantar.

La pajarita de papel voló por toda la habitación de Tato. Y, mientras volaba, cantaba una hermosa canción.

Tato dijo:

—Papá, la pajarita de papel está triste; por eso, canta una triste canción. ¡Quiero que mi pajarita sea feliz!

El padre fue a casa de un pintor muy famoso. Y el pintor muy famoso pintó hermosos colores en las alas, en la cola, y en la cabeza de la pajarita de papel.

El niño miró la pajarita de papel pintada de hermosos colores.

—Papá, la pajarita de papel sigue estando triste.

El padre de Tato hizo un largo viaje. Fue a casa del sabio más sabio de todos los sabios. Y el sabio más sabio de todos los sabios, después de examinar a la pajarita, le dijo:

—Está pajarita de papel no necesita volar, no necesita cantar, no necesita hermosos colores, para ser feliz.

Y el padre de Tato le preguntó:

 —Entonces ¿por qué está triste?

Y el sabio más sabio de todos los sabios le contestó:

—Cuando una pajarita de papel está sola, es una pajarita de papel triste.

El padre regresó a casa. Fue al cuarto de Tato y le dijo:

—Ya sé lo que necesita nuestra pajarita para ser feliz.

Y se puso a hacer muchas, muchas, pajaritas de papel.  Cuando la habitación estuvo llena de pajaritas, Tato grito:

—¡Mira, papá! Nuestra pajarita de papel ya está muy feliz. Es el mejor regalo que me has hecho en toda mi vida.

Entonces, todas las pajaritas de papel, sin necesidad de ningún aparato, volaron y volaron por toda la habitación.

FIN

El regalo

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Ilustración: Oscar Scotellaro

El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el niño realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que fuera lo más agradable posible. Cuando en la aduana los obligaron a dejar el regalo porque excedía el peso máximo por pocos gramos, al igual que el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban la fiesta y el cariño.

El niño los esperaba en la terminal. Cuando estos llegaron, murmuraban algo contra los oficiales interplanetarios.

—¿Qué haremos?

—Nada, ¿qué podemos hacer?

—¡Qué reglamentos absurdos!

—¡Con tanta ilusión que le hacía el árbol!

La sirena aulló, y los pasajeros se apresuraron hacia el cohete de Marte. La madre y el padre fueron los últimos en entrar. El niño iba entre ellos, pálido y silencioso.

—Ya se me ocurrirá algo —dijo el padre.

—¿Qué…? —preguntó el niño.

Y el cohete despegó y se lanzó hacia arriba, al espacio oscuro.

Lanzó una estela de fuego y dejó atrás la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, para dirigirse a un lugar donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni horas. Los pasajeros durmieron durante el resto del primer «día». Cerca de medianoche, hora terráquea según sus relojes neoyorquinos, el niño despertó y dijo:

—Quiero mirar por el ojo de buey.

Había un único ojo de buey, una “ventana” bastante amplia, de vidrio tremendamente grueso, en la cubierta superior.

—Todavía no —dijo el padre—. Te llevaré más tarde.

—Quiero ver dónde estamos y adónde vamos.

—Quiero que esperes por un motivo —dijo el padre.

El padre había estado despierto, dando vueltas de un lado a otro, pensando en el regalo abandonado, el problema de la fiesta y el árbol perdido con sus velas blancas. Al fin, se había sentado hacía cinco minutos, creyó haber dado con una idea que, si daba resultado, haría que el viaje fuera feliz y maravilloso.

—Hijo —dijo—, dentro de media hora será Navidad.

—¡Oh! —dijo la madre, consternada; había esperado que de algún modo el niño lo olvidaría.

El rostro del pequeño se iluminó; le temblaron los labios.

—Sí, ya lo sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré un árbol? Me lo prometisteis…

—Sí, sí. todo eso y mucho más —dijo el padre.

—Pero… —empezó a decir la madre.

—Sí —dijo el padre—. Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un momento. Vuelvo enseguida.

Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.

—Ya es casi la hora.

—¿Me dejas tu reloj? —preguntó el niño.

El padre le alargó su reloj y el niño lo sostuvo entre los dedos mientras el tiempo que faltaba se extinguía en el fuego, el silencio y el imperceptible movimiento del cohete.

—¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?

—Ven, vamos a verlo —dijo el padre, y tomó al niño de la mano.

Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La madre los seguía.

—No entiendo.

—Ya lo entenderás —dijo el padre—. Hemos llegado.

Se detuvieron frente a una puerta cerrada de una cabina. El padre llamó tres veces y luego dos, empleando un código. La puerta se abrió, llegó luz desde la cabina, y se oyó un murmullo de voces.

—Entra, hijo.

—Está oscuro.

—Te llevaré de la mano. Entra, mamá.

Entraron en el cuarto y la puerta se cerró; el cuarto estaba, en verdad, muy oscuro. Ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, el ojo de buey, una ventana de metro y medio de alto por dos de ancho, por la cual podían ver el espacio.

El niño se quedó sin aliento.

Detrás, el padre y la madre contemplaron mudos el espectáculo, y entonces, en la oscuridad del cuarto, varias personas se pusieron a cantar.

—Feliz Navidad, hijo —dijo el padre.

Resonaron los viejos y familiares villancicos; el niño avanzó lentamente y aplastó la nariz contra el frío vidrio del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, simplemente mirando el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas.

FIN

El último regalo de la Luna

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Ilustración: Emma Pumarola

Este cuento y esta ilustración han sido posibles gracias a: 

MWh

Cuentan, que cuando el mundo fue creado, en el firmamento alumbraban el Sol y la Luna, que salían juntos y se escondían a la vez.

Afirman, que la Luna era más brillante que el Sol y siempre lucía redonda; pero que al aparecer los primeros humanos sobre la Tierra, las cosas empezaron a cambiar.

Sucedía, que cuando el Sol y la Luna se marchaban al otro lado del planeta, la mitad de la Tierra se quedaba en tinieblas y los habitantes de la parte oscura, aterrorizados y en completo silencio, casi ni se atrevían a respirar. Se escondían, temblando, en profundas cuevas y no se movían de allí hasta que la luz regresaba de nuevo.

Cuando supo lo que ocurría, la Luna se apiadó de ellos y le propuso al Sol:

—¿Qué te parece si enviamos un poco de nuestro resplandor a la humanidad para que pueda ver lo que tiene a su alrededor mientras nosotros no estamos?

—¡Ni pensarlo! —respondió el Sol—. Dar mi claridad significaría apagarme un poco y no estoy dispuesto a perder ni una pizca de mi brillo.

—¡No te apagarías! Tan solo darías un poco de tu luz. Como yo soy más brillante, pondría más y tú apenas notarías la diferencia.

—¡No, no y mil veces no! ¡No regalaré ni una pizca de mi luminosidad!

Ante la negativa del Sol, la Luna decidió mandar ella sola algunos de sus rayos a la Tierra para iluminar la penumbra y, al hacerlo, se apagó un poco.

Al llegar a la Tierra, los haces de luz de la Luna se desperdigaron y buscaron un lugar en el que poder brillar. Algunos se fundieron con oscuérnagas, que desde entonces se conocen como luciérnagas. Otros se enredaron en las alas de las hadas nocturnas, las que vuelan justo después del crepúsculo. Y unos pocos se marcharon a los pantanos o a los cementerios; a esos los conocemos como fuegos fatuos.

Pero aunque el regalo lunar había ayudado un poco, la parte oscura del mundo seguía estando muy oscura y los habitantes del planeta empezaron a llamar noche a las horas en las que el Sol y la Luna no estaban y día a las horas en las que la brillante luz de los dos astros alumbraba con todo su esplendor.

Al comprobar la Luna que a pesar de su regalo todo seguía inmerso en las sombras, decidió desprenderse de un poco más de claridad y, esta vez, envió sus rayos hacia el espacio. Aquella luz se fue quedando enganchada en trozos de piedra que vagaban por el negro vacío y así fue como se formaron las estrellas. Gracias a ellas, al mirar al cielo durante la noche, podemos orientarnos para no perdernos, porque es como si diminutos faros nos guiaran a través de las tinieblas.

Con este regalo, la Luna se apagó un poquito más y las cosas mejoraron algo en la Tierra, pero hacía falta más iluminación durante las horas nocturnas.

La Luna volvió a pedir ayuda al Sol:

—Sol, ya he dado mucha de mi luz y me estoy apagando. Por favor, ¿podrías ayudarme a iluminar un poco la noche?

Y el Sol contestó de nuevo:

—¡No, no y mil veces no! ¡No regalaré ni una pizca de mi luminosidad!

La Luna, entonces, le pidió ayuda al relámpago:

—Relámpago, por favor, ¿podrías ayudarme a iluminar un poco las sombras?

—Me gustaría ayudarte, Luna, pero ya sabes que mi fulgor solo dura un segundo y…¡Aunque se me ocurre una idea! Caeré sobre un árbol y dejaré allí prendida parte de mi claridad, así durará un poco más.

Y eso hizo. Se desplomó con fuerza sobre una vieja encina, cuya madera se incendió rápidamente, irradiando luz y calor a los hombres que estaban más cerca, los cuales, asombrados, se acercaron, se apropiaron de aquella nueva fuente de energía, la repartieron por toda la Tierra y la llamaron fuego.

Pero tampoco el fuego fue capaz de alumbrar lo suficiente las penumbras, además de que era difícil y peligroso de transportar. Por eso la Luna, ya con muy poca luz, decidió mudarse. Se despidió del sol y se fue a vivir a la noche para poder iluminar las tinieblas.

Desde aquel día, con el poco brillo que le quedaba, empezó a lucir durante las horas nocturnas, junto a las luciérnagas, las hadas, los fuegos fatuos, las estrellas y el fuego. Pero ni todos juntos a la vez podían vencer por completo la penumbra.

La Luna, en un último acto de generosidad, decidió entregar aún más luz y solo se guardó un poquito para ella. Tan poco, tan poco que ya ni siquiera podía brillar entera todas las noches.

A este último regalo de la Luna los humanos lo llamaron electricidad.

Con la electricidad, podemos ver durante la noche como si fuera de día, podemos viajar, leer o movernos por cualquier lugar y a cualquier hora, sin temor a la oscuridad.

Por eso, siempre que contempléis el cielo nocturno, acordaos de la generosidad de la Luna y tened muy presente que cada vez que encendéis una luz o a vuestro alrededor la noche se ilumina, es gracias a ella. ¡No malgastéis su precioso regalo!

Esta historia nos la contó, el Gran Guardián de los Rayos de Luna, que se encarga de repartir en la Tierra la electricidad a todos aquellos que se la piden y de explicarles cómo deben usarla para no malgastarla. Por él, hemos sabido por qué la Luna sale de noche y también por qué algunas veces luce brillante, otras no está entera y otras está apagada.

Tened siempre presente que la energía es un don muy valioso que no debemos derrochar. Informaos muy bien de cómo conservar ese preciado presente para no desperdiciar ni uno solo de los rayos que nos regaló la Luna…

 …preguntad cómo hacerlo a…

MWh

FIN