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La Befana

Ilustración: Abigail Larson

En Italia, existe una antigua leyenda sobre una anciana llamada Befana, que la noche del 5 de enero vuela en su escoba, de casa en casa, para entregar sus regalos…

 

Cuentan que cuando los tres Magos de Oriente iban de viaje hacia Belén siguiendo la brillante estrella para llevar sus presentes al niño Jesús, se perdieron en Italia. Un oscuro nubarrón ocultó la luz del astro que los guiaba en su camino y como no sabían adónde dirigirse decidieron parar y preguntar a los que se cruzaban en su camino.

Melchor se dirigió, en primer lugar, a una joven pastora:

—Buenas noches, seguíamos una brillante estrella que nos conduce hacia Belén, pero la hemos perdido de vista y no sabemos qué camino seguir.

—¿Belén dices? Nunca oí hablar de un pueblo llamado así. Y creo que la estrella que seguís se ha apagado, pues yo la estuve mirando mucho rato, pero ahora ya no la veo.

Dieron las gracias a la pastora y siguieron adelante. Al poco, se encontraron con un grupo de viajeros y Gaspar se dirigió a ellos:

—Buenas noches, buena gente, ¿han visto por casualidad una brillante estrella que lucía en el cielo hace un rato? Vamos tras ella para llegar a Belén, pero ha desaparecido.

—La estrella no la he visto, pero Belén está en dirección contraria. No tienen pérdida, es un pueblo entre montañas muy hacia el norte —dijo un viejecito con bastón.

—No, no, marido. Tú te confundes —añadió la señora que había junto a él—. Belén está al sur, junto al río que atraviesa el valle.

—Señores —intervino un tercer viajero—, no hagan caso de lo que dicen estos dos carcamales. Para llegar a Belén deben tomar el próximo desvío a la izquierda.

Otros viajeros se unieron a la discusión y cada uno de ellos les daba una información distinta. Los Reyes, más desorientados aún que al principio, decidieron seguir adelante sin seguir ninguna de las indicaciones.

Aunque los tres Magos fueron preguntando a mucha gente, nadie supo responder.

Ya perdían la esperanza de encontrar el camino para llegar a tiempo a Belén y entregar los presentes al Niño recién nacido cuando, barriendo el porche de una casa, vieron a una anciana decrépita y arrugada. Aquella mujer, a la que llamaban la Befana, daba auténtico miedo. Con sus largos cabellos blancos, su ropa negra y su escobón, parecía una auténtica bruja.

La gente del lugar la temía porque hablaba poco y se pasaba la vida limpiando su casa o recolectando hierbas en los bosques. Los niños, sobre todo, huían de ella, porque decían que su escoba era mágica y podía volar. Aseguraban que, montada en ella, la vieja mujer visitaba lugares misteriosos.

Baltasar, el más valiente de los tres, se acercó, seguido de sus compañeros, para preguntar por el camino y la anciana Befana, que quizá sí que había visitado Belén montada sobre su escoba, le dio las indicaciones precisas para llegar hasta allí.

—Debéis seguir por este camino hasta el mar que hay al sur y al llegar allí, tomad un barco en dirección al país de las arenas eternas. Allí preguntad por el camino que lleva a Belén, no hay pérdida.

Los tres Reyes, agradecidos por la información que habían recibido, la invitaron a que los acompañara a adorar al Niño que acababa de nacer. Le contaron que era un dios y que ellos le llevaban regalos: oro, incienso y mirra, pero ella no quiso oír hablar de abandonar su casa.

—No, gracias, aún me queda mucho por limpiar y no puedo perder más tiempo. ¡Que tengáis buen viaje!

Los Reyes partieron y la vieja Befana se quedó barriendo su casa. Sin embargo, no había pasado mucho rato, cuando se arrepintió de la decisión que había tomado. Al fin y al cabo, no tenía muchas oportunidades de ver recién nacidos ni tampoco de viajar acompañada de Reyes Magos.

La Befana puso comida y algunas de sus pertenencias en un gran saco y salió corriendo tras ellos, pero ya era demasiado tarde. Por más que buscó, no pudo dar con ellos.

Se dirigió entonces hacia Belén, pero al llegar allí, ya no había nadie. Las gentes del lugar le contaron que los Reyes habían regresado cada uno a su hogar y que el recién nacido, con sus padres, hacía poco que se había marchado. Fue entonces cuando la Befana decidió recorrer el mundo para buscar al recién nacido y, en su recorrido, regalaba a todos los pequeños que encontraba las provisiones y los bienes que llevaba en su saco con la esperanza de que alguno de ellos fuese el Niño Dios.

Desde aquel día, cada 5 de enero, al caer la noche, la Befana sobrevuela Italia montada en su escoba y entrega a las niñas y niños que se portan bien un regalo y caramelos. A los que se portan mal, la anciana Befana solo les da un trozo de carbón.

FIN

El tiempo es oro

Ilustración: dizzyclown

En mis viajes por Isla Imaginada me contaron este cuento, que, aunque no sé si sucedió aquí o allá, ni tampoco sé si pasó hace mucho tiempo o justo ayer, os puedo asegurar que ocurrió de verdad. Y eso sí que es bien seguro.

Es la historia de unos padres muy ocupados, que trabajaban muy duramente, durante muchas horas al día, los siete días de la semana, para darle a su única hija la mejor educación, los mejores juguetes, la mejor casa, las mejores actividades extraescolares, la mejor ropa… En fin, que, como todos los padres del mundo, deseaban para su pequeña lo mejor y cualquier esfuerzo por conseguirlo les parecía poco. Tanto era así, que para que a la niña no le faltara de nada casi ni podían verla y no tenían más remedio que dejarla al cuidado de expertas niñeras, que se ocupaban de llevarla al colegio, darle comida sana y equilibrada, acostarla puntualmente a su hora, enseñarle idiomas y tenerla ocupada en todo momento para que no se aburriera. Ellos dos, padre y madre, llegaban todos los días a casa casi al mismo tiempo, cuando ya era de noche; agotados tras una dura jornada laboral llena de reuniones, llamadas telefónicas, páginas y páginas de complicadas estadísticas…   Eran tan competentes en lo que hacían, que no era extraño que cada uno de ellos cobrara cien euros a la hora por sus servicios profesionales; una cantidad que mencionaban a menudo en sus conversaciones, que siempre giraban en torno a lo mismo: sus obligaciones laborales y sus sueldos.

Solo vivían por y para trabajar y para ganar más y más dinero, el cual les permitía ofrecer a su hija lo mejor y gastar en ellos lo que se les antojaba… aunque esto último solo lo hacían durante diez días al año, cuando se marchaban de vacaciones, si es que se puede llamar vacaciones a lo que ellos hacían, porque durante esos días seguían trabajando. Decían que eran imprescindibles y que sus respectivas obligaciones les impedían un descanso completo y más prolongado. Ambos anteponían sus empleos a todo lo demás, por lo que era difícil tener vida familiar. Jamás comían juntos y muy raramente se sentaban a disfrutar de una agradable cena en familia. Mucho menos contaban cuentos o reían. ¡No tenían tiempo para eso!  Durante los pocos momentos en los que se tomaban un respiro, miraban sus móviles, contestaban e-mails o leían informes.

Amigos y familiares se comunicaban con ellos mediante mensajes telefónicos y correos electrónicos y ya estaban acostumbrados a verlos, con suerte, una vez al año, coincidiendo con alguna fiesta navideña, a la que la pareja aportaba manjares exquisitos, bebidas carísimas o regalos exclusivos que repartían con generosidad, como si con todo eso quisieran hacerse perdonar las largas ausencias que ya nadie, entre sus seres queridos, notaba…

¿Nadie? Bien, no exactamente… Lina, la pequeña hija de ambos, los añoraba terriblemente. No se acostumbraba a las niñeras que, aunque le daban mucho cariño y la mimaban, no podían sustituir el amor de su padre y de su madre. Y aunque no le faltaba de nada, lo cierto es que no era feliz.

Un día de invierno, faltaba muy poco para la noche de Reyes, los padres de Lina llegaron a casa cuando ya era de noche, como era habitual. Como si de una obligación diaria más se tratara, entraron juntos a dar un beso y a desear buenas noches a su pequeña hija, que casi ya estaba dormida.

—Buenas noches, Lina. ¿Todo bien? ¿Has cenado?

—Mamá, papá… Quiero… Ahora que ya se acerca el día de Reyes … Quiero… un regalo especial…

—¡Claro, Lina! Pídeles lo que quieras, hija.

—Quiero… Necesito… cien euros…

—¡Eso es mucho dinero, Lina! Es lo que ganamos nosotros por una hora de trabajo. ¿Para qué necesitas ese dinero? Mejor será que pienses en otro regalo. ¿No preferirías pedir un ordenador nuevo? ¿Tal vez un vestido? ¿Zapatos? ¿Juguetes?…

—No… Solo quiero cien euros… Nada más…

—¡Pues olvídate! Los Reyes no traen dinero. El dinero cuesta mucho de ganar y no hay que tomarlo a broma.

—De verdad que me hacen mucha falta… —dijo Lina intentado aguantar las lágrimas de desilusión que pugnaban por salir.

—No y no. Tienes siete años y no necesitas dinero. Ve pensando en pedirles otro regalo. ¡Se acabó!

Padre y madre abandonaron la habitación y se fueron a dormir. O lo intentaron… Ambos sentían remordimientos por lo ocurrido. ¿Para qué necesitaría su hija aquel dinero? ¿Y si de verdad era importante para ella?

—¿Duermes?

—No. No paro de darle vueltas a lo que quiere pedir Lina a los Reyes Magos… ¿Para qué querrá cien euros?

—Deberíamos averiguarlo…

Madre y padre se dirigieron a la habitación de Lina.

—¿Lina…?

—Mmmmm…

—Si nos dices para qué quieres ese dinero, quizá pensaremos en la posibilidad de dártelo nosotros, así no tendrás que esperar a que te lo traigan los Reyes Magos…

—No os lo puedo decir antes de tenerlo… Sería muy peligroso… Pero os prometo que en cuanto tenga el dinero en la mano, os lo contaré…

La curiosidad de los padres, al fin, pudo más y, sin esperar, le dieron ellos a Lina lo que pedía.

—No hace falta que pidas dinero a los Reyes Magos. Aquí tienes los cien euros. Y ahora mismo nos dirás para qué los necesitas…

Lina se levantó y sacó del fondo del armario una cajita llena de billetes y monedas.

—¡Pero si tienes ahí un dineral, Lina! ¿Para qué demonios necesitas más!

—Estoy ahorrando desde hace mucho tiempo. Pero ya no podía esperar más. Me faltaban cien euros para llegar a doscientos… Cien y cien, lo que ganáis los dos en una hora, ¿verdad?… ¡Ahora puedo comprar una hora de vuestro tiempo! ¡El sábado nos iremos los tres de paseo! Como no me fío de vosotros, porque siempre decís que iremos a pasear y luego no vamos porque tenéis trabajo, os pago por adelantado, así no tendréis más remedio que guardar esa hora y «trabajar» para mí.

Aquel sábado, los tres se fueron a pasear al parque… Y al sábado siguiente, y al otro, y al otro…

Lina recuperó a sus padres y estos a su hija y una parte muy importante de sus vidas.

Cierto es que es necesario trabajar, pero sin olvidar que hay otras muchas cosas en la vida que también merecen su espacio y su tiempo.

Si esta historia te resulta familiar, no olvides que el final puede ser como el de este cuento u otro muy distinto. En tus manos está escribirlo.

FIN

La barba de Papá Noel

Ilustración: RobbVision

En las lejanas y frías tierras de Laponia se encuentra el taller más increíble del mundo porque en él trabaja y vive Papá Noel. Allí fue donde unos inviernos atrás sucedió esta historia…

En el taller trabajan todo el año elfos, duendes, hadas y sus ayudantes para que en la noche de Navidad todos los niños del mundo reciban un regalo. Fabrican juguetes de madera, muñecas, juegos de construcción, cuentos, instrumentos musicales, lápices de colores, pinturas, libretas, mochilas, plastilinas, coches, cocinitas… y una lista inacabable de regalos que han de estar listos, envueltos en bonitos papeles de colores y preparados para ser llevados en el mágico trineo de Papá Noel.

Así, que llegado el mes de diciembre todos andan muy atareados. Tanto, que hasta el mismísimo Papá Noel se pasea por la fábrica y los almacenes revisando todos los detalles.

En esa labor se encontraba una tarde, la actividad era febril; faltaban solo tres días para Navidad cuando sucedió que a un joven elfo se le derramó un bote enterito de pintura azul y se formó un charco muy grande. Tanta prisa tenía el pobre elfo que no se detuvo a recoger el estropicio y pasó lo peor que podía pasar: Papá Noel, al pasar por allí, resbaló y, ¡zas!, fue a dar con su oronda figura en el suelo. ¡Horror!, su cara, incluida su blanca barba, se tiñeron al instante de un bonito color azul.

Todos los que presenciaron el accidente corrieron a socorrerlo y al verlo con su barba azul se miraron unos a otros boquiabiertos.

—¡Venga, venga! —decía Papá Noel—, ¡aquí no ha pasado nada! Con agua y jabón se limpia la pintura y ¡solucionado!

Gnomos y hadas se pusieron inmediatamente a la tarea de limpiar la barba de Papá Noel, pero sabían que no era nada fácil, ya que la pintura derramada era de gran calidad, pues era la que usaban para pintar los juguetes de madera… ¡y nunca se borraba!

Fueron a por toallas, esponjas, jabones, champús, espumas… y consiguieron limpiarle la cara, pero de la barba… ¡nada!, la pintura no se iba. Su barba seguía azul como el cielo.

Papá Noel  estaba perdiendo la paciencia

—¡Dejadme a mí! ¡Ya me quitaré yo esta pintura! Así no puedo presentarme ante los niños del mundo. La barba de Papá Noel siempre ha sido blanca y siempre lo será.

De este modo, resuelto a resolver el problema fue al baño y con un estropajo de los fuertes comenzó a frotar y frotar su barba……pero, ¡ay!, fue mucho peor el remedio que la enfermedad; en el estropajo fueron quedando mechones azules de la magnífica barba de Papá Noel.

—¡Ay!, ¡ay!, ¡ay! ¡Qué gran desgracia! ¡Me quedé sin mi barba!

¡Pobre Papá Noel! Estaba desconsolado

—¡No quedará más remedio que retrasar la Navidad hasta que me crezca de nuevo!

Pero los elfos, duendes y, sobre todo, Mamá Noel no lo iban a permitir. ¡Los niños tenían que recibir sus regalos la noche de Navidad! La solución solo podía ser una: ¡habría que fabricar una nueva barba a toda prisa!

Probaron con espuma de afeitar, pero en cuanto Papá Noel salió al frío exterior se congeló la espuma y hubo que quitársela inmediatamente.

Usaron también nata, pero estaba tan buena, que Papá Noel, que era muy goloso, acabó por comérsela a lametazos.

Una barba de algodón salió volando cuando una ráfaga de viento entró por la puerta.

Intentaron también a hacer una barba con espaguetis, pero unos pajarillos empezaron a picotearla y en un plis-plas se quedó sin ella.

Hasta probaron a hacer una de cartón, pero era muy incómoda y, además, quedaba tan fea que a nadie le gustó.

Desesperados estaban cuando oyeron a Mamá Noel lamentarse:

—¡Ojalá tuviéramos lana! ¡Haríamos con ella una preciosa barba!

¡Esa sí que era una idea estupenda! Todos aplaudieron entusiasmados, menos Papá Noel, que se opuso al instante:

—Eso es imposible; es invierno y las ovejas necesitan su lana para abrigarse ¡No podemos pedirles que se desprendan de ella para hacer mi barba! ¡Se helarían de frío!

Entonces, el pequeño elfo, que había derramado la pintura, fue a dar con la solución:

—Papá Noel, amigos… quizás podríais perdonar mi torpeza si encuentro la manera de reunir la lana suficiente para hacer la barba.

—¡A ver!, ¡habla pues! —lo animó Papá Noel.

—Es verdad que no podemos pedir a las ovejas de nuestro establo que nos cedan toda su lana para hacer la barba, pero sí que podríamos pedir un rizo de lana a cada una de las ovejas del territorio de Laponia ¡Hay decenas de granjas! Y si cada una de ellas nos da un mechón, ¡tendremos más que suficiente para tejer una barba bien bonita!

¡Dicho y hecho! Inmediatamente se pusieron a trabajar. No dudaron en que las buenas gentes de Laponia colaborarían en tan solidaria tarea.

Los duendes secretarios redactaron mensajes en los que explicaban la situación y pedían, por favor, a los granjeros que cortaran un rizo de lana de cada una de sus ovejas.

Ante la imposibilidad de mandar a las palomas mensajeras, que no hubieran resistido los helados vientos del invierno, las encargadas de llevar los mensajes y recoger los rizos de las ovejas fueron una colonia de águilas de cola blanca, magníficas aves capaces de volar a todos los rincones del territorio.

Fueron despegando las águilas con mochilas colgando de sus picos y en el pueblo de Papá Noel todos quedaron expectantes, pero convencidos de que pronto comenzarían a llegar con las mochilas llenas de la lana de las generosas ovejas.

No tuvieron que esperar mucho. Las águilas se dejaron llevar por vientos de cola y rápidamente tornaron con la ansiada lana.

No encontraron ningún pastor que se negara a colaborar en la tarea. Todos adoraban a Papá Noel y estaban orgullosos de que viviera en su país. Además, ¡sus niños también esperaban su visita la noche de Navidad!

Cuando todas las aves regresaron, Mamá Noel se puso a la tarea de tejer la barba nueva de Papá Noel, que se había mantenido mientras tanto refugiado junto al fuego, pues sin su barba se sentía desnudo y friolero.

El trabajo de tejer era delicado y lento: había que lavar la lana, cardarla, hilarla y, por último, tejerla. Así que Mamá Noel trabajó durante todo un día y toda una noche y al amanecer de la víspera de Navidad la barba nueva de Papá Noel estuvo terminada. ¡Había quedado preciosa y además muy calentita!

Esa noche, los habitantes de Laponia vieron pasar volando en su trineo a un orgulloso Papá Noel que lucía una blanquísima barba y contentos se fueron a dormir; sabían que todos habían colaborado para que los regalos llegaran puntuales a sus destinos.

Por si acaso, después de terminado el viaje de Papá Noel de aquella Navidad, la barba de lana fue guardada en un baúl, a buen recaudo, en previsión de que algún otro «accidente» en el futuro pusiera en peligro la majestuosa barba de Papá Noel.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La barba de Papá Noel» con la voz de Angie Bello Albelda

La niña y el manzano

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Ilustración: Reowyn

Esta historia pasó en un tiempo en el que los árboles eran universos y la humanidad aún los respetaba. Un tiempo en el que los hombres se sentaban bajo sus frondosas copas y escuchaban las historias que les contaban.

Pasó en un país en el que los árboles saludaban, agitando sus ramas, a la Luna que se escondía y al Sol que se asomaba. Se desperezaban lavando sus hojas somnolientas en ríos cristalinos y ofrecían sus frutos a todo aquel que tuviera hambre, sin pedir nada a cambio.

En ese tiempo y en ese lugar, vivió un árbol enorme. Era un manzano y su mejor amiga era una niña. Ambos, el árbol y la niña, se querían con locura.

Cada día, sin faltar jamás a su cita, la pequeña visitaba a su amigo y él la mecía en sus ramas, susurrándole al oído cuentos de piratas y ogros; de príncipes y princesas; de brujos, hechiceras y fantasmas.

La niña escuchaba embelesada y con su imaginación volaba hacia lejanos países, en los que vivía fascinantes aventuras.

Trepaba por el tronco del manzano y, acurrucada entre su fronda, se protegía de la lluvia si llovía o del calor del sol cuando abrasaba.

Pero un buen día, la niña no acudió a su cita. Dejó de ir a jugar con el árbol y olvidó sus historias.

Paciente, el manzano aguardó mucho tiempo su regreso, mientras en su tronco la tristeza iba formando arrugas.

Una mañana de primavera, la niña regresó. El árbol la saludó contento moviendo sus ramas:

—Te he echado de menos. ¿Vienes a jugar conmigo?

—No. He crecido. Ya no soy una niña para jugar con árboles. Te vengo a ver porque ahora me gustan otros juegos y necesito dinero para comprarlos.

—Lo siento, pero yo no tengo dinero.

—No, pero tienes manzanas. Si me las das, puedo venderlas y con lo que obtenga por ellas, podré comprar lo que quiero y seré feliz.

—Si vendiendo mis manzanas consigues la felicidad, tómalas, amiga mía.

La muchachada despojó al árbol de todos sus frutos y, sin mirar atrás, se alejó de allí. Vendió las manzanas y, durante un tiempo, fue feliz.

Se olvidó de su amigo y en el tronco del árbol, la tristeza dibujó más arrugas.

Pasaron algunos años, y un cálido día de verano la muchacha regresó junto al manzano. Al verla, el árbol se agitó y sus ramas crujieron de alegría:

—Te he echado mucho de menos. ¿Vienes a jugar conmigo?

—No tengo tiempo para juegos. Soy adulta, he formado una familia y debo trabajar duro para sacarlos adelante. Te vengo a ver porque necesito un lugar en el que vivir con comodidad.

—Lo siento, pero yo no tengo una casa.

—No, pero tienes muchas ramas. Si me das permiso para cortarlas, con ellas construiré mi hogar y seré feliz.

—Si cortando mis ramas consigues la felicidad, tómalas, amiga mía.

La mujer cortó todas las ramas del árbol y se marchó sin dar las gracias. Con ellas construyó una morada para albergar a su familia y, durante un tiempo, fue feliz.

La mujer, como antes, olvidó a su amigo y en la corteza del árbol la tristeza hundió nuevamente sus garras.

Un otoño la mujer regresó junto al árbol y él, al verla, se estremeció hasta las raíces:

—Te he echado mucho de menos. ¿Vienes a jugar conmigo?

—No puedo jugar, estoy envejeciendo y quisiera viajar antes de que sea tarde. Te vengo a ver porque necesito un barco.

—Lo siento, pero yo no tengo un barco.

—No, pero con tu tronco podría construir uno. Si me das permiso para serrarlo, con tu madera construiré una barca para surcar mares y ríos. Así seré feliz.

—Si serrando mi tronco consigues la felicidad, tómalo, amiga mía.

La mujer serró el tronco del viejo manzano y, sin despedirse, se alejó. Con la madera construyó una barca y, durante un tiempo, fue feliz.

Navegando los siete mares olvidó a su amigo y en el tocón del manzano se abrió una honda grieta de tristeza.

Se persiguieron las estaciones; se sucedieron muchas lunas; y un helado día de invierno, una anciana se acercó al lugar donde, tiempo atrás, floreciera el manzano:

—Si vienes a jugar conmigo, lo siento, pero ya no puedo ofrecerte nada, amiga mía. Ya no tengo tronco, ni ramas, ni manzanas.

—Ya soy muy vieja. No podría trepar por tu tronco, ni jugar entre tus ramas, ni morder tus frutos. Estoy muy cansada. Solo necesito un lugar en el que descansar.

—Entonces ven. Aún me quedan mis viejas raíces. Reposa tu cabeza sobre ellas y cierra los ojos, te contaré la historia de una niña y un manzano que un día…

FIN

Un tren para Clara

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Ilustración: Barbara Sobczynska

Clara no se ilusiona con la Navidad. En su casa nunca hay árbol de luces, ni regalos con moños satinados, ni nieve de poliestireno, ni cenas hechas al horno. Nadie en la familia se emociona en estas fechas, tampoco se habla de Santa Claus. El papá de Clara dice que ese viejo no existe, que lo inventaron los gringos para vender más Coca-Cola y que dónde se ha visto un trineo volar. La mamá de Clara cree en el niño Dios, pero el dinero no alcanza para hacer fiesta por alguien que nació hace tanto tiempo.

A Clara le gustan estos días de invierno suave, porque no hay que ir a la escuela y puede jugar todo el día en la calle con sus hermanos y los chicos del barrio, ella es la única niña de la pandilla, aunque eso todavía no le importa a nadie. Es una campeona en bailar el trompo y tiene una enorme colección de canicas que ha ganado en competencia. Lo que más le gusta a Clara es jugar al béisbol y a su mano zurda no se le escapa ni una bola.

Cada año, las monjas de la capital vienen al barrio a repartir juguetes usados. Llegan en una furgoneta que parece sufrir de lo cargada que anda y se estacionan frente a la tienda de Doña Lupe. Con la ayuda de las vecinas, arman unas mesas de plástico y acomodan todos los juguetes que lograron reunir de donaciones de gente compadecida o que, simplemente, necesitaba deshacerse de los trastos que hacían bulto es sus armarios.

Clara y sus amigos detienen el partido de beis y se acercan a ver la exhibición de cientos de juguetes protagonistas de navidades pasadas. Son objetos bien conservados o que con una pequeña reparación vuelven a funcionar. Ella sabe que es mejor no llevar a casa nada que necesite baterías porque tal vez nunca se las compren. También está pendiente de que sus hermanos no acepten pistolas de juguete, ni nada que haga demasiado ruido, de lo contrario Papá lo tirará a la basura.

Mientras las monjas acomodan las cosas, la pandilla de Clara y otros niños y niñas que llegan de las calles aledañas, empiezan a formar una fila larguísima organizada por las vecinas que intentan mantener el orden y calmar el alboroto. Desde su lugar, Clara se pone de puntillas y hace un esfuerzo por encontrar algo interesante en la mesa. Entre tantas cosas revueltas, se fija en un pequeño tren despintado, con un vagón de carga, y ruega para que nadie más quiera llevárselo.

—¡Me pido el muñeco ninja rojo! —anuncia su hermano Toño.

—¡Yo quiero el camión de bomberos! —dice el amigo Luis.

—¡Y yo el cohete blanco! —pide su hermano Mario.

A Clara siempre le cuesta mucho decidirse. Además, las monjas parecen no estar de acuerdo con lo que ella quiere y terminan dándole cosas que no le gustan. No entiende para qué le dicen que elija. Lo que la consuela es que, le toque lo que le toque, siempre podrá jugar con las cosas de sus amigos y hermanos. Solo hay que esperar a que se aburran de sus juguetes, porque los primeros días no los sueltan ni para dormir.

—¿Qué regalo elijes? —pregunta una de las monjas cuando llega el turno de Clara.

—Por favor, quiero esa locomotora negra —responde Clara, apuntando al viejo y polvoriento tren, escondido entre los animales de peluche.

—Pero, eso es más para chicos, ¿no crees? —dice la religiosa, buscando otra cosa de la mesa, sin esperar una respuesta de la niña.

Clara se detiene a pensar un momento. No es la primera vez que le vienen con el cuento de que las niñas no deben jugar con cosas que tengan ruedas, a menos que se trate de cochecitos de bebé. Pero, de verdad, el tren le ha gustado mucho y se imagina que viajaría en él por tierras lejanas, construiría largas rutas y puentes para transportar mercancías y gente, a través de lugares misteriosos. Encontraría personajes extraños con los que aprendería a negociar en lenguas desconocidas. Esa locomotora y su vagón serían su transporte hacia un universo nuevo.

—Verá hermana, yo tengo una sola muñeca, que ustedes me dieron el año pasado, se llama Gertrudis, pero no juego con ella porque la pobre es un poco aburrida y no le gusta salir de casa, tal vez sea porque lleva pegados unos tacones altísimos que no la dejan caminar y mucho menos correr. Además, su ropa parece bastante incomoda. Si usted me regala el tren, yo la subiría al vagón para llevarla de paseo y así Gertrudis conocería el mundo fuera de la caja de zapatos donde vive.

La religiosa sonríe resignada y aunque sigue pensando que el juguete que la niña ha elegido no es muy apropiado, decide dárselo, tal vez por solidaridad con Gertrudis, para que al fin salga de su encierro, o porque piensa que el tren mantendrá a Clara lejos de la calle. Por la pinta desaliñada de la niña, es fácil adivinar que pasa muchas horas fuera corriendo y participando en juegos poco tranquilos, poco femeninos, digamos.

Esa Navidad, mientras el planeta brindaba y comía hasta el amanecer, Clara descubrió que su mente no tiene límites y que gracias a su tren podía ir a donde le diera la gana. Que si bien, le gustaba mucho jugar con sus amigos a la pelota, a las carreras y a trepar a los árboles, también era capaz de pasar muchas horas sola, construyendo historias a bordo de su tren, acompañada por Gertrudis que, aunque siguió usando tacones altos, por lo menos ya no sufrió con sus callos y pudo, al fin, abandonar la caja de cartón.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Un tren para Clara» con la voz de Angie Bello Albelda

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La niña de los tres maridos

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Ilustración: lestoilesdaz

En la lejana época en la que los caballos hablaban, vivió un padre que tenía una hija a la que nadie ganaba ni en hermosura, ni en inteligencia, pero a la que tampoco ganaba nadie a terca y voluntariosa. Como el hombre la quería tanto, nada de lo que ella hacía o decía le parecía mal, hasta que, un día, se presentaron en su casa tres jóvenes, a cual más guapo, listo y capaz, para pedir la mano de su hija. El padre, después de hablar con cada uno de ellos, dijo que los tres tenían su beneplácito y que, por tanto, tenían permiso para cortejar a la muchacha, que sería la que decidiría con cuál de ellos se habría de casar.

Pasado un tiempo prudencial sin que ella manifestara su predilección, le preguntó el padre a la hija con cuál de los tres se quedaba y ella le contestó que con los tres.

—Pero hijita —dijo el buen hombre—, comprende que lo que dices es inaceptable. No puedes tener tres maridos. Eso es imposible.

—Pues yo los quiero a los tres —contestó la niña sin inmutarse.

El padre volvió a insistir:

—Hija mía, por favor, entra en razón y no me des más quebraderos de cabeza. Te lo vuelvo a preguntar: ¿con cuál de ellos te quieres casar? Alguno habrá que te convenza un poco más.

—Ya te he dicho, papá, que cada uno tiene algo especial que lo hace diferente y, por eso, los quiero a los tres —insistió la niña.

Y no hubo quién pudiera hacerla cambiar de opinión.

El padre empezó a pensar y pensar y a darle vueltas al asunto, que se estaba convirtiendo en un verdadero problema y, a fuerza de mucho cavilar, no halló mejor solución que encargar a los tres pretendientes que se marcharan durante un año entero a recorrer el mundo en busca de un regalo para la niña. Aquel que trajese el mejor y más raro, sería el que se casaría con su hija.

A los tres jóvenes les pareció bien y, sin demora, partieron, no sin antes acordar que una semana antes de cumplirse el plazo establecido, se reunirían para ver qué había encontrado cada uno.

Recorrieron el mundo buscando el obsequio, pero por más vueltas que dieron, ninguno de ellos halló algo que pudiera satisfacer las exigencias del padre. Cuando ya estaba a punto de cumplirse el plazo y aún con las manos vacías, iniciaron el camino de regreso hacia el lugar en el que debían reunirse.

El primero que llegó se sentó a esperar a los otros dos; mientras aguardaba, acertó a pasar por el lugar un viejecito, que se acercó a él y le preguntó si quería comprar un espejito.

Era un espejo de mano como todos los espejos de mano, vulgar y corriente, y el joven le contestó que no, y añadió que para qué querría él semejante espejo.

Entonces el viejecillo le dijo que aunque el espejo podía parecer igual que todos, escondía una virtud, y era que en él se reflejaba la cara de la persona que su dueño deseara ver. El joven lo probó y, al ver que era cierto lo que el viejecillo decía, se lo compró, pagando, sin rechistar, la cantidad que le pidió por él.

El segundo joven estaba a punto de llegar al lugar de la cita, cuando se cruzó con el mismo anciano, el cual le preguntó si deseaba comprarle un frasco de bálsamo.

—¿Bálsamo? ¿Para qué quiero yo un bálsamo? —dijo el joven.

Y el viejecito repuso:

—No joven, no es «un bálsamo», se trata de «el bálsamo», porque tiene la extraña virtud de resucitar a los muertos.

Casualmente, pasaba en aquel momento junto a ellos un cortejo fúnebre y el joven, sin pensárselo dos veces, echó una gota de la misteriosa mixtura en la boca del difunto. Apenas hubo tocado el líquido los labios del finado, este se levantó tan campante, se echó al hombro el ataúd y convidó a sus deudos a merendar a su casa. El joven, visto lo visto, compró al viejecito el milagroso líquido sin regatear.

El tercer pretendiente, entretanto, aún estaba muy lejos del punto de encuentro. Paseaba meditabundo por la orilla del mar, convencido de que los otros dos ya habrían encontrado un buen regalo. Estaba ensimismado en sus pensamientos, cuando vio posarse sobre la arena un gran arcón que las olas habían depositado en la playa. La tapa del arca se abrió y de su interior empezó a salir gente. El último en descender fue el viejecito, que se acercó a él y le propuso que comprara aquella arca.

—¿Y para qué la quiero? —interrogó el joven— Es tan vieja que solo puede utilizarse como leña.

—Te equivocas —dijo el anciano—. Esta arca posee una característica extraordinaria; es capaz de transportar a su dueño y a todos aquellos que lo acompañen a cualquier lugar del mundo en pocos segundos. Si no me crees, pregunta a toda esa gente que venía conmigo, hace solo diez minutos que embarcamos en Pekín.

El joven habló con los pasajeros y descubrió que lo que afirmaba el viejecito era cierto, así que compró el arca, pagando por ella la cantidad solicitada. Después, se metió dentro y pidió ser conducido al punto de encuentro.

Al fin se reunieron los tres, muy satisfechos, en el lugar de la cita.

El primero contó que su presente era un espejo en el que su dueño podía contemplar a la persona que deseara y, para probarlo, pidió ver a la muchacha de la cual estaban los tres enamorados, pero cuál no sería su sorpresa, al ver a la niña muerta y dentro de un ataúd.

El segundo exclamó:

—¡No hay problema! Precisamente, mi obsequio es un bálsamo capaz de resucitar a los muertos. Pero —añadió cariacontecido—, creo que cuando lleguemos ya no quedará nada de ella. ¡El viaje es demasiado largo!

Entonces, el tercero añadió triunfante:

—¡Eso no es un inconveniente! Mi regalo es un arca que nos llevará en un santiamén a casa de nuestra amada.

Y así lo hicieron, entraron juntos en el arca y en un abrir y cerrar de ojos, se plantaron ante la puerta de casa de la niña.

En aquel hogar reinaba la más absoluta tristeza. Todo estaba dispuesto para el entierro y el padre, desconsolado, no se decidía a cerrar el ataúd y dar la orden de enterrar a su hija.

El joven que había comprado el bálsamo se acercó a la niña y vertió en su boca una gota del brebaje. Apenas la muchacha la tuvo sobre sus labios, se levantó rebosante de vida.

Todo el mundo aplaudió y vitoreo al joven pretendiente y, sin dudarlo ni un instante, el padre decidió que aquel sería el que se casaría con su hija. Pero los otros dos protestaron por aquella decisión.

—Debería ser yo el elegido, porque si no hubiese sido por mi espejo, no hubiéramos sabido que había muerto. —dijo el primero.

—Sí, pero no olvidéis que, si no llega a ser por mi arca, ni el espejo ni el bálsamo hubieran servido de nada, puesto que al llegar la hubiésemos encontrado enterrada, así que lo justo es que el elegido sea yo —añadió el otro.

El padre, con gran disgusto, tuvo que reconocer que los tres estaban en lo cierto, así que todo volvía a empezar y tenía que cavilar, de nuevo, cómo solucionar tan gran dilema. Entonces, dirigiéndose a él, dijo la niña:

—¿Lo ves, papá, como los necesito a los tres?

FIN

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La Reina Maga y los Tres Sabios de Oriente

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Ilustración: Marcos Ortega

Cuenta una antiquísima leyenda, que hace más de dos mil años tres Reyes Sabios llegados de Oriente le llevaron presentes a un niño nacido en un pesebre de Belén. Uno le llevó oro, otro incienso y mirra el tercero. Los nombres de estos Reyes eran Melchor, Gaspar y Baltasar.

A los tres les gustó tanto eso de hacer regalos que, desde entonces, viajan a la Tierra la noche del 5 de enero para entregar presentes a todo aquel que cree en ellos y está dormido.

Pero esa leyenda no cuenta cómo es que solo tres reyes pueden entregar en una sola noche todos los paquetes del mundo. Y mucho menos nos dice de dónde sacan el dinero que se necesita para comprar tantísimas cosas.

Tampoco nos cuenta de dónde salió la estrella que los guio hasta su destino o por qué iban los tres montados en camellos exactamente iguales, ni dice por qué les escribimos cartas parecidas a esta:

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Ilustración: nymphaeum

Para aquellos que siempre se han preguntado estas cosas y nunca han obtenido respuestas, hemos escrito este cuento. Para todos los que quieren saber la verdad, contamos esta historia…

Empezaremos diciendo que no fueron tres reyes, sino cuatro. Hay quien afirma que el cuarto se llamaba Artabán y que nunca llegó a su destino porque desapareció misteriosamente. Pero lo cierto es que el cuarto no era un rey, sino una poderosa reina. Y no desapareció, sino que jamás viajó a Belén con los otros tres. De todos, ella era la única maga. Su nombre era Malka y esta es su historia.

Malka vivía en un desierto sin fin de arena de oro, bañado por un océano de aguamarinas, en cuya orilla crecían palmeras de esmeralda de las que pendían cocos de topacio.

Rojos pájaros de rubí cruzaban los cielos de opalina y de las imponentes montañas de zafiro no se divisaban las cumbres.

De día, brillaba en el cielo un sol de diamante. Y por la noche, titilantes estrellas y una pálida luna de platino dejaban caer su polvo plateado sobre campos y ciudades.

Los tesoros de aquel lugar eran tantos, que hubiera sido imposible contarlos y tan valiosos, que hubiera sido imposible guardarlos bajo llave. Así que Malka, para protegerlos de la codicia humana, hizo su reino invisible. Por eso, ni aún ahora, se sabe dónde está situado y solo tenemos noticias de él porque, de vez en cuando, encontramos algún tesoro que desde allí cae a la Tierra.

Una mañana, estaba Malka asomada a la ventana de su palacio de alabastro cuando divisó a tres hombres ricamente ataviados que andaban perdidos en su desierto. Los invitó a su casa y les dio comida y bebida, y ellos le contaron que se habían extraviado mientras iban camino de Belén, adonde se dirigían para conocer a un recién nacido que la gente afirmaba que era especial.

Malka les aconsejó que le llevaran algún regalo al pequeño, puesto que era de muy mala educación ir con las manos vacías a conocer a alguien que acababa de llegar al mundo.

—¡No hemos pensado en eso! —exclamaron compungidos los tres Reyes— Hemos salido tan deprisa, que no hemos comprado nada. ¡¿Qué haremos ahora?!

—No os preocupéis, de todo lo que veis, escoged lo que más os guste para regalárselo a ese niño —dijo la Reina.

—Pues yo, con tu permiso, elijo este precioso recipiente hecho con arena de tu desierto —se adelantó Melchor, el anciano rey de largas barbas y cabellos blancos. Y apuró la bebida de su copa de oro.

—Yo le llevaré esa cajita de la que se escapa niebla blanca, ¡parece mágica! —dijo Gaspar apartando sus rubios cabellos de la cara y mirando embobado las caprichosas formas que dibujaba el humo del incienso en el aire.

—Yo le regalaré esas piedrecitas que huelen tan bien —habló Baltasar aspirando el suave aroma que flotaba en la sala. Y al tomar el vítreo frasco, la dorada mirra que había en su interior pareció aún más dorada entre sus negras manos.

—Tomad también camellos de mi establo, es el mejor animal para cruzar el desierto, iréis mucho más rápido y el viaje será más cómodo —les sugirió Malka.

A la mañana siguiente, montados y con sus regalo en las alforjas, se despidieron de Malka un poco preocupados:

—¿No querrías venir con nosotros, Malka? Tememos desorientarnos de nuevo en este desierto interminable.

—No puedo abandonar mi reino —repuso ella con tristeza—. Si me marcho, se hará visible y la codicia humana lo destruirá por completo. Pero no os preocupéis, que con mi ayuda no os extraviaréis —añadió sonriendo.

Pronunció unas extrañas palabras, trazó complicados símbolos en el aire y, de repente, en su mano derecha apareció una estrella, que lanzó al aire para que guiara a los Reyes hasta Belén.

—¡No olvidéis volver para contarme lo sucedido! —les gritó la Reina mientras los Tres Sabios se alejaban.

Justo al cabo de tres semanas, regresaron precedidos por la estrella.

—¿Y bien, cómo ha ido? —preguntó ansiosa Malka.

—Ha sido un viaje fantástico. La estrella nos indicó el camino y, al llegar, entregamos los regalos. Fue tan divertido ver la cara de sorpresa de aquel niño al verlos, que ninguno de nosotros volverá a ver algo semejante mientras viva. Sería estupendo poder entregar regalos a todo el mundo. Pero eso es imposible…

—Tal vez haya un modo… —repuso Malka.

Y entonces les propuso que se quedaran a vivir allí. Ella les desvelaría los secretos de la magia para que pudieran moverse con tal rapidez, que sería como si estuvieran en mil sitios a la vez. De ese modo, podrían entregar millones de regalos en un momento. Por el dinero no había que preocuparse, sus tesoros servirían para comprarlos.

Ellos aceptaron encantados. Enviaron una carta muy larga a sus familias para explicarles que no regresarían, pero que irían a visitarlos una vez al año. Podían escribirles siempre que quisieran para contarles cómo iban las cosas. Y así lo hicieron sus esposas, sus hijos, sus padres, sus nietos y, después, los nietos de sus nietos… y ahora nosotros.

Cada enero, escribimos una carta a los Reyes para contarles qué hemos hecho de bueno y de malo durante el año que hemos dejado atrás y decirles qué es lo que más deseamos para el año que empieza.

Y sabemos que ellos leen nuestras cartas porque el día 6, al despertarnos, encontramos lo que les hemos pedido junto a nuestra cama o en el salón. Algunas de las cosas que nos traen no tienen precio, las otras las compran con los tesoros de la Reina Maga.

Justo antes del amanecer, vuelven al reino de Malka y los cuatro juntos observan cómo abrimos nuestros regalos. Cuando ven nuestras caras de sorpresa y escuchan nuestras risas, recuerdan la aventura que vivieron hace ya tanto tiempo y con eso son felices un año entero.

FIN

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La comida real

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Ilustración: Emma Pumarola

 Este cuento y esta ilustración han sido posibles gracias a: 

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Para los hermanos Sentido, asesores reales en varios mundos, que responden a los nombres de Oído, Olfato, Vista, Tacto y Gusto, cada vez es más complicado encontrar un lugar en la Tierra en el que celebrar la gran comida que disfrutan los Reyes Magos al terminar su reparto.

En esa reunión anual, además de comer y reponer fuerzas después de su agotadora jornada de trabajo, sus Majestades hablan de cómo les ha ido el día y planifican, con todo lujo de detalles, las tareas del año que tienen por delante, para que al llegar de nuevo el 6 de enero todo salga a la perfección. No pueden permitirse ni el más mínimo desliz, ya que en una sola noche se debe efectuar la entrega y cualquier error de cálculo supone un desastre difícilmente reparable.

La misión de los hermanos Sentido es buscar un lugar especial de reunión para Melchor, Gaspar y Baltasar, a los que es casi imposible sorprender, porque en sus más de 2.000 años de profesión han visto, oído, olido, tocado y gustado todo aquello que se puede ver, oír, oler, tocar o gustar. Así que, como podéis imaginar, es muy difícil impresionarlos con algo.

Por eso, cada uno de septiembre, los cinco hermanos se ponen en marcha y recorren juntos el mundo.

Este año, sin embargo, después de discutirlo largamente, decidieron tomar distintos caminos para ampliar la cada vez más complicada búsqueda.

Olfato se fue a Asia, porque había oído que allí, el aroma de la cúrcuma, el cardamomo, la cayena, el cilantro y la canela cosquillea en la nariz cuando el aire esparce en los coloridos mercados de especias su dulce y suave perfume.

Siete días después de su partida, propuso a sus hermanos celebrar la reunión en Estambul, contemplando el mar de Mármara.

La propuesta se rechazó, porque en 1453 ya se celebró allí la comida.

Oído puso rumbo a Oceanía, donde hay quien dice que, si se escucha con atención, se oye hablar al silencio, que se refugia a menudo en aquellas vacías inmensidades para poder meditar.

Volvió al cabo de un mes convencido de que el punto idóneo de reunión era el desierto Pintado de Australia, que en inmemoriales tiempos sirvió de paleta para ensayar combinaciones de colores a las cuatro estaciones cuando aún vivían juntas.

La propuesta se desestimó, porque se esperan vientos racheados a principios de enero en aquella zona y es un poco molesto encontrar arena en la comida.

Tacto tomó la dirección de África, para poder acariciar la piel de los animales en libertad, porque cuentan, los que la han tocado, que es la más suave del mundo, muy distinta a la de los animales cautivos, cuya piel se vuelve rugosa a causa de la pena.

Al volver a finales de octubre, propuso a sus hermanos ir a Tanzania, a la inmensa sabana del Serengeti, donde los animales corren sin barreras.

Se desechó la propuesta a causa de que en enero, precisamente, comienzan las grandes migraciones en la región de Ndutu y se prevé que más de un millón de ñus, trescientas cincuenta mil gacelas y unas cincuenta mil cebras se reúnan allí para emprender su periplo anual.

Vista se marchó hacia América, donde selvas, cordilleras, pampas, mares, ciudades y desiertos desprenden una luz tan especial que, mires hacia donde mires, te explota en mil colores dentro de la retina.

A mediados de noviembre regresó con su propuesta: irían a Guatemala, al lago Atitlán, que en idioma náhuatl significa «en el agua».

La idea quedó inmediatamente descartada, porque Melchor sufre de reuma y en el agua lo pasaría fatal.

Gusto, el último de los hermanos Sentido, optó por explorar Europa.

No se ha sabido nada de él hasta hace dos días, cuando sus hermanos, muy nerviosos, reclamaron su presencia con urgencia.

Regresó de su viaje muy feliz, rebosante de salud. Propuso ir a Capmany, un precioso pueblecito al sur del viejo continente donde, según dijo, todo es maravilloso. Allí lo habían tratado tan bien, ¡que se había olvidado por completo de su misión!

Emocionado, Gusto relataba a sus hermanos:

—¡Ay, hermanos!… Después de recorrer Europa entera, después de degustar las más exclusivas exquisiteces, descubrí un restaurante tan, tan, pero tan especial que decidí quedarme a vivir en él. ¡Y no me equivoqué! Allí he visto, olido, saboreado y tocado cosas que vosotros no creeríais. Juntas, viandas y trufas, me contaron que…

—¡¡¿¿Trufas??!! —exclamaron a la vez Oído, Olfato, Vista y Tacto.

Porque a los hermanos Sentido, si hay una cosa en el mundo capaz de volverlos locos es, precisamente, una trufa, el hongo mágico cuyo cuento empieza, justo, donde acaban otros.

«Érase una vez una trufa que se enamoró de un árbol y abrazada a sus raíces esperó paciente, a oscuras y en silencio, el momento preciso para entregar al mundo el fruto de ese amor».

Y es que cada año, en los espesos bosques de castaños, nogales, encinas y robles se viven fascinantes aventuras bajo la tierra. Algunas las conocemos porque, al llegar enero, quieren ser contadas y entonces desprenden un suave aroma que solo el fino olfato de jabalíes y perros puede percibir. Las trufas, cargadas de cuentos, son desenterradas y en ese momento hay que ir con muchísimo cuidado, porque solo un experto, con delicadeza, ternura y mimo, puede desprenderlos, muy despacio y sin dañarlos, de entre la tierra adherida en la rugosa superficie de las trufas. Si no se hace correctamente, finales o principios de esos cuentos pueden perderse irremediablemente.

Después, las historias desprendidas de las trufas deben mezclase cuidadosamente con los más deliciosos manjares para que juntos compongan relatos llenos de sabores, colores, olores y texturas que, al comerlos, estallan en el paladar. ¡Y no cualquiera puede hacer esto!

Pero precisamente, en Capmany, Gusto descubrió a uno de los mejores artistas desprende cuentos del mundo. Se llama Toni, y los hermanos Sentido decidieron que este año fuera él el encargado de cocinar la comida real.

Ha preparado un banquete muy, muy especial a base de trufas y, ¡por fin!, después de muchos siglos, los cinco hermanos han conseguido sorprender a los tres Magos de Oriente, que a estas horas aún siguen allí, saboreando historias.

Y aunque hoy el restaurante de Toni está reservado para Melchor, Gaspar, Baltasar, todos sus ayudantes y, naturalmente, para los cinco hermanos Sentido, podéis encargarle mesa para otro día y disfrutar de todo lo que nos cuentan sus platos.

Porque nosotros, que sabemos mucho de cuentos, os aseguramos que viviréis una experiencia…

 

¡…mágica en…!

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FIN