reina

Los niños de madera

Ilustración: Deaf-Machbot

Hace mucho, mucho tiempo, cuando reyes y reinas gobernaban los pueblos, vivieron en una pequeña aldea tres hermanas pastoras. Un día estaban hablando las tres y dijo la mayor:

—Si yo me casara con el rey, tendría una hija y le haría un vestidito con una cáscara de almendra.

Y dijo la segunda hermana:

—Pues si yo me casara con el rey, tendría un hijo y le haría un vestidito con una cáscara de avellana.

Y la pequeña dijo:

—Si yo me casara con el rey, tendría una hija y un hijo mellizos. Los dos serían hermoso, sabios y justos y en sus frentes brillaría una estrella.

Antiguamente, tanto reyes como reinas tenían por costumbre mandar espías por todo su reino para que escucharan tras las puertas lo que decían sus súbditos. Uno de estos espías escuchó lo que las muchachas habían dicho y lo comunicó al rey. Este mandó llamar a la hermana pequeña y le preguntó:

—¿Es cierto lo que me han dicho?, que si nos casáramos tendrías dos niños mellizos hermosos, sabios y justos con una estrella en la frente?

La muchacha respondió:

—Sí, majestad, es cierto.

—¿Te quieres casar conmigo?

—Sí.

Se celebraron las bodas con gran pompa y esplendor.

Poco después de casarse, una terrible guerra asoló la región y el rey tuvo que ir a luchar, la muchacha se quedó sola y triste y pidió a sus dos hermanas que se fueran a vivir con ella a palacio.

Al cabo de nueve meses de haber partido su marido, tuvo un niño y una niña, ambos preciosos y ambos con una estrella en la frente.

Las dos hermanas, muertas de envidia, decidieron mandar una carta al rey en la que le anunciaban que su hermana pequeña lo había engañado y que en lugar de tener dos hijos sabios y justos, con una estrella en la frente, había dado a luz a dos niños de madera y después, a causa de la pena por no haber podido cumplir su promesa, había muerto.

Las dos hermanas metieron a los dos recién nacidos en una caja y tiraron la caja al mar. A la madre la encerraron en una oscura y lúgubre mazmorra en lo más profundo del castillo.

Muy cerca del palacio vivía una viejecita que todas las mañanas se acercaba a la playa a recoger los objetos que las olas arrastraban hasta la orilla. Aquella mañana, como siempre, la viejecita se dirigió a la costa y a poca distancia, flotando en el agua, vio la caja; la abrió con mucho cuidado y descubrió a los dos niños con la estrellita en la frente. La mujer se los llevó a su casa y les puso un sombrerito para que nadie viera las estrellitas.

Pasó el tiempo, los niños crecieron y la anciana les fabricó unos caballitos de madera para que jugaran. Sembró hierba en el jardín de la casa y les dijo a los niños que era para que se alimentaran los caballitos. Desde el balcón de palacio se veía el jardín de la casa de la anciana.

El rey regresó de la guerra y todos los días se asomaba triste al balcón para ver jugar a los niños. Aquellos podían haber sido sus hijitos. Los miraba y le parecía muy extraño que siempre llevaran aquel sombrerito que tapaba su frente.

Un día, los niños jugaban a darles de comer hierba a sus caballitos de madera y al verlo, el rey les gritó desde el balcón:

—Niños tontos, ¿los caballitos de madera comen hierba?

Y los niños le contestaron:

—Rey tonto, ¿las reinas de carne y hueso tienen hijos de madera?

Al escuchar esto, el rey les preguntó:

—¿Por qué decís eso?

—A ti le dijeron que nuestra madre había tenido hijos de madera y que después había muerto, pero no es verdad. Nosotros somos tus hijos de carne y hueso y nuestra madre está viva, encerrada en una oscura mazmorra de palacio.

Al oír aquello, el rey recuperó a sus hijos y rescató a la madre.

En cuanto a las dos hermanas, fueron desterradas para siempre del reino que, desde aquel día, fue el más dichoso del mundo.

FIN

El cofre volador

Ilustración: Anne Anderson

Érase una vez un comerciante tan rico, que habría podido empedrar toda la calle con monedas de plata, y aún casi un callejón por añadidura; pero se guardó de hacerlo, pues el hombre conocía mejores maneras de invertir su dinero, y cuando daba un ochavo era para recibir un escudo. Fue un mercader muy listo… y luego murió.

Su hijo heredó todos sus caudales, y vivía alegremente: todas las noches iba al baile de máscaras, hacía cometas con billetes de banco y arrojaba al agua panecillos untados de mantequilla y lastrados con monedas de oro en vez de piedras. No es extraño, pues, que pronto se terminase el dinero; al fin a nuestro mozo no le quedaron más que cuatro perras gordas, y por todo vestido, unas zapatillas y un viejo batín. Sus amigos lo abandonaron; no podían ya ir juntos por la calle; pero uno de ellos, que era un bonachón, le envió un viejo cofre con este aviso: «¡Embala!». El consejo era bueno, desde luego, pero como nada tenía que embalar, se metió él en el baúl.

Era un cofre curioso, echaba a volar en cuanto se apretaba la cerradura. Y así lo hizo; en un santiamén, el muchacho se vio por los aires metido en el cofre, después de salir por la chimenea, y se elevó hasta las nubes, vuela que te vuela. Cada vez que el fondo del baúl crujía un poco, a nuestro hombre le entraba pánico; si se desprendiesen las tablas, ¡vaya salto! ¡Dios nos ampare!

De este modo llegó a tierra de turcos. Escondió el cofre en el bosque, entre hojarasca seca, y se encaminó a la ciudad; no llamó la atención de nadie, pues todos los turcos vestían batín y pantuflas también. Se encontró con un ama que llevaba un niño:

—Oye, nodriza —preguntó—, ¿qué es aquel castillo tan grande, junto a la ciudad, con ventanas tan altas?

—Allí vive la hija del rey —respondió la mujer—. Se le ha profetizado que cuando se enamore será desgraciada. Por eso no dejan que nadie se le acerque, si no es en presencia del rey y la reina.

—Gracias —dijo el hijo del mercader, y volvió a su bosque. Se metió en el cofre y levantó el vuelo; llegó al tejado del castillo y se introdujo por la ventana en las habitaciones de la princesa.

Estaba ella durmiendo en un sofá; era tan hermosa, que el mozo no pudo reprimirse y le dio un beso. La princesa despertó asustada, pero él le dijo que era el dios de los turcos, llegado por los aires; y esto la tranquilizó.

Se sentaron uno junto al otro, y el mozo se puso a contar historias sobre los ojos de la muchacha. Decía que eran como lagos oscuros y maravillosos, por los que los pensamientos nadaban cual ondinas; luego historias sobre su frente, que comparó con una montaña nevada, llena de magníficos salones y cuadros; y luego le habló de la cigüeña, que trae a los niños pequeños.

Sí, eran unas historias muy hermosas, realmente. Luego pidió a la princesa si quería ser su esposa y ella le dio el sí sin vacilar.

—Pero tendréis que volver el sábado —añadió—, pues he invitado a mis padres a tomar el té. Estarán orgullosos de que me case con el dios de los turcos. Pero mira de recordar historias bonitas, que a mis padres les gustan mucho. Mi madre las prefiere edificantes y elevadas y mi padre las quiere divertidas, pues le gusta reírse.

—Bien, no traeré más regalo de boda que mis cuentos —respondió él, y se despidieron; pero antes, la princesa le regaló un sable adornado con monedas de oro. ¡Y bien que le vinieron al mozo!

Se marchó en volandas, se compró una nueva bata y se fue al bosque, donde se puso a componer un cuento. Debía estar listo para el sábado y la cosa no es tan fácil.

Cuando lo tuvo terminado, era ya sábado.

El rey, la reina y toda la corte lo aguardaban para tomar el té en compañía de la princesa. Lo recibieron con gran cortesía.

—¿Vais a contarnos un cuento —preguntó la reina—, uno que tenga profundo sentido y sea instructivo?

—Pero que al mismo tiempo nos haga reír —añadió el rey—.

—De acuerdo —respondió el mozo y comenzó su relato.

Y ahora mucha atención…

«Érase una vez un haz de fósforos que estaban en extremo orgullosos de su alta estirpe; su árbol genealógico, es decir, el gran pino, del que todos eran una astillita, había sido un añoso y corpulento habitante del bosque. Los fósforos se encontraban ahora entre un viejo eslabón y un puchero de hierro no menos viejo, al que hablaban de los tiempos de su infancia.

—¡Sí, cuando nos hallábamos en la rama verde —decían— estábamos realmente en una rama verde! Cada amanecer y cada atardecer teníamos té diamantino: era el rocío; durante todo el día nos daba el sol, cuando no estaba nublado, y los pajarillos nos contaban historias. Nos dábamos cuenta de que éramos ricos, pues los árboles de fronda solo van vestidos en verano; en cambio, nuestra familia lucía su verde ropaje, lo mismo en verano que en invierno. Mas he aquí que se presentó el leñador, la gran revolución, y nuestra familia se dispersó. El tronco fue destinado a palo mayor de un barco de alto bordo, capaz de circunnavegar el mundo si se le antojaba; las demás ramas pasaron a otros lugares y a nosotros nos ha sido asignada la misión de suministrar luz a la baja plebe; por eso, a pesar de ser gente distinguida, hemos venido a parar a esta cocina.

»—Mi destino ha sido muy distinto —dijo el puchero a cuyo lado yacían los fósforos—. Desde el instante en que vine al mundo, todo ha sido estregarme, ponerme al fuego y sacarme de él; yo estoy por lo práctico y, modestia aparte, soy el número uno en la casa. Mi único placer consiste, terminado el servicio de mesa, en estarme en mi sitio, limpio y bruñido, conversando sesudamente con mis compañeros; pero si exceptúo al balde, que de vez en cuando baja al patio, puede decirse que vivimos completamente retirados. Nuestro único mensajero es el cesto de la compra, pero ¡se exalta tanto cuando habla del gobierno y del pueblo!; hace unos días, un viejo puchero de tierra se asustó tanto con lo que dijo, que se cayó al suelo y se rompió en mil pedazos. Yo os digo que este cesto es un revolucionario; y si no, al tiempo.

»—¡Hablas demasiado! —intervino el eslabón, golpeando el pedernal, que soltó una chispa—. ¿No podríamos echar una cana al aire, esta noche?

»—Sí, hablemos —dijeron los fósforos—, y veamos quién es el más noble de todos nosotros.

»—No, no me gusta hablar de mi persona —objetó la olla de barro—. Organicemos una velada. Yo empezaré contando la historia de mi vida y luego los demás harán lo mismo; así no se embrolla uno y resulta más divertido. En las playas del Báltico, donde las hayas que cubren el suelo de Dinamarca…

»—¡Buen principio! —exclamaron los platos—. Sin duda, esta historia nos gustará.

»—…pasé mi juventud en el seno de una familia muy reposada; se limpiaban los muebles, se restregaban los suelos y cada quince días colgaban cortinas nuevas.

»—¡Qué bien se explica! —dijo la escoba de crin—. Diríase que habla un ama de casa; hay un no sé qué de limpio y refinado en sus palabras.

»—Exactamente lo que yo pensaba —asintió el balde, dando un saltito de contento que hizo resonar el suelo.

»La olla siguió contando, y el fin resultó tan agradable como había sido el principio.

»Todos los platos castañetearon de regocijo y la escoba sacó del bote unas hojas de perejil y con ellas coronó a la olla, a sabiendas de que los demás rabiarían. «Si hoy le pongo yo una corona, mañana me pondrá ella otra a mí», pensó.

»—¡Voy a bailar! —exclamó la tenaza y, ¡dicho y hecho! ¡Dios nos ampare, cómo levantaba la pierna! La vieja funda de la silla del rincón estalló al verlo

»—¿Me vais a coronar también a mí? —pregunto la tenaza; y así se hizo.

»—¡Vaya gentuza! —pensaban los fósforos.

»Le tocó, entonces, el turno de cantar a la tetera, pero se excusó alegando que estaba resfriada; solo podía cantar cuando estaba en el fuego; pero todo aquello eran remilgos; no quería hacerlo más que en la mesa, con las señorías.

»Había en la ventana una vieja pluma, con la que solía escribir la sirvienta. Nada de notable podía observarse en ella, aparte de que la sumergían demasiado en el tintero, pero ella se sentía orgullosa de eso.

»—Si la tetera se niega a cantar, que no cante —dijo—. Ahí afuera hay un ruiseñor enjaulado que sabe hacerlo. No es que haya estudiado en el conservatorio, mas por esta noche seremos indulgentes.

»—Me parece muy poco conveniente tener que escuchar a un pájaro forastero —objetó la cafetera, que era una cantora de cocina y hermanastra de la tetera—. ¿Es esto patriotismo? Que juzgue el cesto de la compra.

»—Francamente, me habéis desilusionado —dijo el cesto—. ¡Vaya manera estúpida de pasar una velada! En lugar de ir cada cuál por su lado, ¿no sería mucho mejor hacer las cosas con orden? Cada uno ocuparía su sitio y yo dirigiría el juego. ¡Mejor nos iría!

»—¡Sí, vamos a armar un escándalo! —exclamaron todos.

»En esto, se abrió la puerta y entró la criada. Todos se quedaron quietos, nadie se movió; pero ni un puchero dudaba de sus habilidades y de su distinción. «Si hubiésemos querido —pensaba cada uno—, ¡qué velada más deliciosa habríamos pasado!».

»La sirvienta cogió los fósforos y encendió fuego. ¡Cómo chisporroteaban y qué llamas echaban!

»Ahora todos tendrán que percatarse de que somos los primeros —pensaban—. ¡Menudo brillo y menudo resplandor el nuestro!». Y, pensando eso, se consumieron».

—¡Qué cuento tan bonito! —dijo la reina—. Me parece encontrarme en la cocina, entre los fósforos. Sí, te casarás con nuestra hija.

—Desde luego —asintió el rey—. Será tuya el lunes por la mañana —Lo tuteaban ya, considerándolo como de la familia.

Se fijó el día de la boda y en la víspera hubo grandes iluminaciones en la ciudad, se repartieron bollos de pan y rosquillas, los golfillos callejeros se hincharon a gritar «¡Hurra!» y a silbar con los dedos metidos en la boca… ¡Una fiesta magnífica!

«Tendré que hacer algo», pensó el hijo del mercader, y compró cohetes, petardos y qué sé yo cuántas cosas de pirotecnia, las metió en el baúl y emprendió el vuelo.

¡Pim, pam, pum! ¡Vaya estrépito y vaya chisporroteo!

Los turcos, al verlo, pegaban unos saltos tales, que las babuchas les llegaban a las orejas; nunca habían contemplado una traca como aquella.

Ahora sí que estaban convencidos de que era el propio dios de los turcos el que iba a casarse con la princesa.

No bien llegó nuestro mozo al bosque con su baúl, se dijo: «Me llegaré a la ciudad a observar el efecto causado».

Era una curiosidad muy natural.

¡Qué cosas contaba la gente! Cada una de las personas a quienes preguntó había presenciado el espectáculo de una manera distinta, pero todos coincidieron en calificarlo de muy hermoso.

—Yo vi al propio dios de los turcos —afirmó uno—. Sus ojos eran como rutilantes estrellas y la barba parecía agua espumeante.

—Volaba envuelto en un manto de fuego —dijo otro—. Por los pliegues, asomaban unos angelitos preciosos.

Sí, escuchó cosas muy agradables y al día siguiente era la boda.

Regresó al bosque para instalarse en su cofre; pero ¿dónde estaba el cofre? El caso es que se había incendiado. Una chispa de un cohete había prendido fuego en el forro y había reducido el baúl a cenizas. El hijo del mercader ya no podía volar ni volver al palacio de su prometida.

Ella se pasó todo el día en el tejado, aguardándolo; y aún sigue ahí esperando. Mientras, él recorre el mundo contando cuentos, aunque ninguno tan regocijante como el de los fósforos.

FIN

Reina por un año

Ilustración: Lainpinky131

Una vez una mujer sufrió un naufragio. Todo lo que llevaba con ella se perdió en el mar; y ella misma hubiera perecido ahogada si no se hubiera agarrado con firmeza a una tabla desprendida del barco hundido. Sujeta al trozo de madera logró nadar hasta tierra firme.

Apenas llegó a la orilla, se dio cuenta de que muy cerca había una torre altísima y en lo más alto de ella muchos centinelas hacían guardia. Uno de ellos, señalándola, gritó:

—¡Atención, soldados! Ahí llega nuestra reina. ¡Firmes!

Una multitud, que parecía haber surgido de la nada, corrió a su encuentro mientras gritaba:

—¡Aquí llega nuestra reina!

Aquellas gentes, ante la extrañeza de la recién llegada, recibieron a la náufraga con grandes muestras de respeto y cariño. Colocaron sobre sus hombros un manto púrpura y la condujeron en un palanquín hacia la cercana ciudad. Al llegar a la plaza principal, la dejaron, con mucho cuidado, sobre una gran tarima de madera y la engalanaron con flores mientras el pueblo, al unísono, voceaba:

—¡Viva la reina! ¡Viva la reina!

La llevaron en volandas por las calles y las avenidas de la ciudad en procesión solemne. En la torre, los soldados izaban estandartes y las campanas resonaban con alegres cantos de bienvenida. Hasta en el más remoto rincón del país se celebraba la llegada de la náufraga:

—¡Viva nuestra reina!

Al llegar ante un fastuoso palacio, todo él construido en mármol blanco, se pararon. Una comitiva de cortesanos ya esperaba a la mujer y dos sirvientes, ricamente engalanados, la introdujeron en la imponente construcción y la guiaron hasta el trono real. tallado en marfil, donde la hicieron sentar. Un chambelán le ciño la corona real de oro incrustada con piedras preciosas y le puso el cetro en la mano.

Los nobles se inclinaron ante ella y pronunciaron el juramento de fidelidad.

La mujer, que tan solo un rato antes había naufragado, se sentía muy extrañada con todo aquello y no comprendía nada. No podía creer ni a sus ojos ni a sus oídos. Estaba convencida de que todo lo que experimentaba era solo un sueño o peor aún, que había muerto ahogada.

Sin embargo, al día siguiente, cuando se despertó en el aposento real y las sirvientas la lavaron y la untaron con aceites aromáticos, la vistieron con trajes preciosos y la acompañaron hasta una sala en cuyo centro había una mesa con comidas exquisitas y sirvientes esperando su señal para cumplir el más pequeño de sus deseos, empezó a pensar en su nueva situación y a creer en un milagro.

Al terminar su desayuno, entraron ministros para deliberar con ella asuntos de estado. Altos oficiales le entregaron sus informes. Varios jueces le pidieron que firmara proyectos de ley. Los guardianes de la cámara del tesoro le entregaron las llaves. Ella lo hacía todo lo mejor que sabía, pero, por más vueltas que le daba, no podía entender el enigma. No podía entender por qué los habitantes de aquella isla habían elegido reina a una mujer que no conocían de nada y su corazón no encontraba tranquilidad ante aquellos incomprensibles acontecimientos. Quería encontrar la solución de aquel extraño misterio.

Llamó a una de sus sirvientas, la que le pareció de más confianza y le dijo:

—Explícame qué ocurre. Jamás en mi vida había oído que un país grande nombrara a una persona desconocida y extranjera monarca, ni tampoco que le confiaran todos los bienes y asuntos de la nación.

La sirvienta contestó:

—Mi reina, tengo prohibido revelar el secreto y si lo hiciera, el pueblo consideraría que los he traicionado.

Días más tarde, la reina la volvió a llamar e insistió mucho, diciéndole:

—Te juro que si no me desvelas el misterio ni comeré ni beberé y moriré.

La sirvienta, que la apreciaba, le dijo:

—Mi reina, hace siglos que este país tiene por costumbre no elegir soberano a alguien que haya nacido aquí; solo puede reinar un extranjero. Un día determinado del año, esperamos ante la puerta de la ciudad y la primera persona que llega es elegida para reinar doce meses. Al finalizar el plazo, el último día del último mes, la despojamos de sus atuendos reales y la vestimos con la ropa que traía al llegar. Después, la conducimos hasta la costa, la embarcamos y en barco la llevamos a una isla pequeña y muy árida, donde la abandonamos a su suerte.

Al escuchar aquello, la reina se asustó mucho y le preguntó a su sirviente:

—¿Alguno de los reyes anteriores sabía lo que le esperaba?

—No, mi reina —respondió la sirvienta—. Nadie antes se preocupó por el futuro. Pasaron sus días de reinado a lo loco.

La reina le dijo entonces:

—Tú eres inteligente y creo que me aprecias. Dame un consejo ¿Qué debería hacer para salvarme?

—¿Quién soy yo para aconsejar a mi reina? Aunque si quieres escuchar mi parecer, yo te sugeriría que mandaras a esa isla árida algunos sirvientes con sus familias y les ordenaras trabajar la tierra. Deberías decirles que plantaran pasto, hortalizas, árboles frutales… También deberías decirles que llevaran consigo animales domésticos. Deberías mandarles, además, que construyeran una casa para ti. De esta manera, toda la isla y lo que en ella hay será tu propiedad el día que termine tu reinado.

Aquella idea le gustó mucho a la reina y siguió el consejo de su criada. Eligió sirvientes dignos de confianza y, en secreto, los mandó a aquella isla. Allí, siguiendo las órdenes reales, realizaron su trabajo: construyeron casas y caminos, plantaron viñas y trabajaron muy duro hasta convertir la árida isla en un paraíso.

Terminado su año de reinado, llegó el momento de la prueba final. Sus siervos la despojaron de su preciosa vestimenta sin piedad, le arrebataron las llaves que le habían confiado y la vistieron con los harapos viejos con los que había llegado. Por un angosto sendero, la condujeron fuera de la ciudad, hasta llegar al puerto, donde aguardaba una nave de la marina real. La embarcaron y pusieron rumbo hacia la isla abandonada.

Ella miraba el horizonte. Estaba tranquila y sonreía, porque sabía que la esperaba un buen lugar en el que sería feliz. Un lugar que se había ido preparando mientras la fortuna le sonreía y en el cual podría descansar para siempre.

FIN

Las tres princesitas delicadas

Ilustración: Arbetta

En vete a saber tú dónde y en tiempos de no sé quién, vivieron, una vez, una reina y un rey que tenía tres hijas. Las tres eran inteligentes, hermosas, simpáticas, listas… En fin, que tenían todos aquellos dones que la naturaleza suele conceder a las princesas de un cuento. Pero ¡ay!, las tres tenían el mismo problema: eran en extremo delicadas.

La mayor se llamaba Dina y era delicada como una azucena. La segunda llevaba por nombre Nina y era delicada como un clavel. Y la más pequeña, llamada Tina, era tan delicada como una rosa.

Vivían todos felices en su castillo hasta que una mañana de otoño decidieron salir a pasear por los jardines que rodeaban el palacio.

Mientras deambulaban entre los parterres, de un árbol se desprendió una hoja y quiso la mala suerte que aterrizara justo en medio de la cocorota de la princesa Dina, la mayor, la cual, al sentir el golpe, exclamó:

—¡Ay, mi cabecita!

No pudo decir más. Dina cayó al suelo desmayada.

Fue atendida enseguida por los más eminentes médicos de la corte, que le aplicaron hielo y le pusieron una tirita en el enorme chichón que le había salido por culpa de aquella hoja, pero desde entonces, la pobre Dina ya siempre tuvo fuertes jaquecas.

Pasó el tiempo, y hete aquí que, una mañana, Nina, la segunda princesita, se despertó llorando desconsoladamente:

—¡Ay, mi espaldita!

Se quejaba Nina mientras sollozaba e hipaba sin parar.

Al examinar su espalda, las criadas descubrieron en ella un enorme cardenal. Intentaron darle friegas con alcanfor para calmar el dolor, pero cada vez que acercaban la mano, los desgarradores gritos de la princesa retumbaban por todo el palacio.

Acudieron los médicos sin perder ni un segundo y después de estudiar la situación, concluyeron que la culpable del mal que aquejaba a la princesa era una arruga que había en sus sábanas de seda.

Con sumo cuidado, le pusieron emplastos y le vendaron el morado, pero a la pobre Nina, desde aquel día, su espalda no dejó de darle problemas.

Los reyes, abatidos, se lamentaban:

—¡Qué pena más grande! De nuestras tres hijas, dos están muy delicadas, ¿qué podemos hacer para que no le ocurra nada a la tercera?

Después de dar vueltas al problema y después de mucho pensar, los reyes decidieron poner a salvo a la más pequeña de sus hijas, la única que hasta ese día no había sufrido percance alguno.

Resolvieron que lo mejor, para no correr riesgos, sería encerrarla en una urna de cristal. Creyeron que si la mantenían aislada la princesita Tina estaría segura. Así que ordenaron a los mejores arquitectos del reino que construyeran para ella una habitación del vidrio más puro y transparente.

Pasó el tiempo y la princesita vivía al amparo de su refugio transparente alejada de cualquier peligro. Pero un día, al abrir la puerta para darle la comida, se coló dentro una mosca, la cual, al verse encerrada, se puso nerviosa y empezó a volar sin parar alrededor de la princesa, que con la corriente de aire que producían las alas del insecto, se constipó:

—¡Achís, achís, achís!

Los reyes no se han repuesto jamás del disgusto.

Todavía hoy, en aquel reino, se discute sobre cuál de las princesas es la más delicada de las tres, pero siguen sin ponerse de acuerdo.

FIN

Sabias palabras

Ilustración: oasiswinds

Vivió en lejanas tierras una reina muy poderosa y rica que una noche soñó que se le caían todos los dientes. Asustada por lo que había soñado, envío emisarios por todo el reino para que encontraran a un gran sabio que supiera interpretar lo que quería decir aquello.

Después de recorrer pueblos y aldeas, los emisarios dieron con un anciano que sabía interpretar lo sueños y lo condujeron a presencia de la reina. Después de escuchar lo que esta le contó habló de esta manera:

—Gran soberana, ¡qué desgracia más grande! Cada uno de vuestros dientes representa a un miembro de vuestra familia y que se caigan significa que esos parientes van a morir.

—¡Qué insolencia! —gritó fuera de sí la reina— ¿Cómo osas decirme tal cosa? Seguro que te has equivocado. ¡No sirves para nada!

Muy enojada, llamó a sus guardias y ordenó que encerraran al sabio en prisión durante cien días como escarmiento por su atrevimiento.

Envió de nuevo la reina a sus mensajeros para que localizasen a otro sabio que supiera interpretar sus sueños.

Después de muchos días, los emisarios dieron con una anciana muy sabia que vivía sola en lo alto de una lejana montaña y que sabía interpretar los sueños. Sin pérdida de tiempo la llevaron a presencia de la reina.

La sabia mujer, después de escuchar a la reina, interpretó de este modo su sueño:

—Gran soberana, ¡qué gran felicidad! Vuestro sueño indica que tendréis una vida muy larga. ¡Dichosa vos, que sobreviviréis a todos vuestros parientes!

La cara de la reina resplandeció llena de felicidad al oír estas palabras y, como recompensa, ordenó a uno de sus ministros que le entrega cien monedas de oro a la anciana.

Cuando el ministro le hizo entrega del premio, le comentó admirado:

—Anciana, aquí tienes el pago por tus servicios, aunque no lo comprendo. Tú y el otro sabio habéis interpretado el sueño de la misma forma. A él lo castigó con cien días de prisión y, sin embargo, a ti te premia con cien monedas.

La anciana lo miró sonriente y le respondió así:

—Amigo mío, no solo debes cuidar aquello que dices, sino la forma de decirlo. Comunicarse bien es de sabios. De la forma en la que hablas a tus semejantes puede depender que estalle una guerra o que reine la paz. Siempre debes decir la verdad, no lo dudes, pero cuida cómo la dices. La verdad se asemeja a una piedra preciosa; si la lanzas a la cara de alguien, hiere y duele, pero si la pones en un precioso estuche y la entregas como un regalo será aceptada con agrado y alegría. Recuerda bien mi consejo: si tus palabras no son un regalo, es mejor que no las pronuncies.

FIN

La herencia

Ilustración: Marmaladecookie

En un lejano país vivía una reina que tenía tres hijas y quería elegir a una de ellas como su heredera. Era una decisión terriblemente difícil, porque los tres eran muy inteligentes, muy valientes y todas tenían la misma edad, pues eran trillizas, de modo que no había forma de decidirse.

Entonces preguntó a una gran maga y esta le sugirió que sometiera a las tres a una prueba para decidir cuál de ellas sería la más adecuada para gobernar el reino.

La reina se fue a su casa, reunió a su alrededor a sus tres hijas y les hablo así:

—Queridas hijas, debo emprender un largo viaje. Tal vez me ausente un año, dos o incluso tres… Os entrego a cada una de vosotras una bolsa. Dentro de ella hallareis unas semillas que a mi regreso os reclamaré. Aquella de vosotras tres que mejor las haya protegido, heredará el reino.

Dicho esto, la reina partió de viaje.

La primera hija pensó: «¿Qué haré con estas semillas? Ha dicho que debemos protegerlas». Y se le ocurrió que la mejor forma de hacerlo era encerrarlas en la caja fuerte en la que se guardaban las joyas y los tesoros más valiosos del reino.

La segunda hija pensó: «Si las guardo como ha hecho mi hermana, morirán, y una semilla muerta no sirve de nada; deja de ser una semilla». Y decidió que lo mejor que podía hacer era ir al mercado y vender las semillas. El dinero que obtuvo por ellas, lo guardó en la caja fuerte mientras se decía: «Cuando mi madre la reina regrese, iré al mercado con este dinero, compraré semillas nuevas, las mejores que encuentre, y se las devolveré, y serán incluso mejores que las que ella me ha entregado al partir».

La tercera hija se dirigió a los jardines del palacio y esparció las semillas por todas partes.

Pasaron tres largos años y la madre regresó.

La primera hija abrió la caja fuerte. Todas las semillas estaban muertas, apestaban. Al verlas, la madre le preguntó:

—¿Son éstas las semillas que te di? ¡Eso es imposible! ¡Estas no son mis semillas! Huelen muy mal; están muertas.

La segunda hija tomó el dinero que había guardado, corrió al mercado, compró las mejores semillas que pudo encontrar y regresó para entregarlas a su madre:

—Estas son semillas muy buenas, frescas, con muchas posibilidades… Pero no son las semillas que yo te di. Tu idea ha sido buena, pero no es lo que yo esperaba.

La reina, finalmente, se dirigió a su tercera hija y le preguntó:

—Veamos, ¿tú qué has hecho con las semillas?

La joven llevó a su madre al jardín; en él, cientos de flores crecían lozanas, esparciendo su aroma en el aire. Había flores por todas partes.

—Estas son las semillas que me entregaste. Si me das un poco de tiempo, las reuniré de nuevo y te las devolveré.

La madre, emocionada ante aquel hermoso jardín que su hija había hecho florecer, dijo:

—Tú serás la heredera de mi reino, hija mía. Tú has sabido comprender que plantar las semillas y cuidarlas es el único modo de obtener grandes frutos de ellas.

FIN

La huelga de las hormigas

Hormigas en Huelga

Ilustración: Hermes

Érase una vez, una isla del Pacífico llamada Malpelo, en la que vivían un sinfín de animales. Era un remanso de paz y tranquilidad, en el que todos los habitantes tenían su espacio y no se molestaban los unos a los otros. Cada uno tenía asignadas sus responsabilidades y nadie se saltaba las normas, todos estaban siempre de acuerdo, y de no ser así —cosa que ocurría en contadas ocasiones—, convocaban una Asamblea, debatían, votaban y, finalmente, acataban de buen grado lo que decidía la mayoría.

Así transcurrían placidos los días, pero, hete aquí, que una mañana, cuando los primeros rayos de sol calentaban las piedras de la isla y con su calor empezaban a deshacer las gotas del rocío que durante la noche habían dormido en ellas, que un largo lamento despertó a todos los habitantes de aquel tranquilo paraíso.

El primero en escucharlo fue el cangrejo, que ya andaba atareado buscando su desayuno, pues era muy madrugador.

Después, el sollozo llegó a oídos de la lagartija, que levantó la cabeza para escuchar mejor, y del lagarto punteado, que, muy cerca de ella, intentaba cazar un mosquito. Ambos se miraron preocupados: había que averiguar de dónde procedía aquel extraño gemido que antes, nunca jamás se había escuchado en la isla.

—¿Quién tiene problemas? —preguntó el cangrejo.

—¿Quién necesita ayuda? —inquirió la lagartija.

—¿Quién se lamenta? —remató el lagarto punteado.

Deshecha en llanto, la Reina de las hormigas salió de debajo del musgo, se enjugó las lágrimas y les contó a los tres el porqué de sus quejas.

Las hormigas obreras de Malpelo se habían declarado en huelga porque no querían seguir transportando hacia el nido las semillas. El camino que llevaba hacia el hormiguero estaba lleno de obstáculos. Piedras, ramas caídas y algún que otro socavón, eran para ellas obstáculos casi insalvables que requerían un gran esfuerzo. Así, que se habían movilizado y, todas a una, habían decidido manifestar su disconformidad. Pintaron pancartas sobre hojas de helecho, en las que reivindicaban una mejora del camino o el cambio de ubicación del hormiguero, algo que la reina desestimó de inmediato, ya que estaba en el mismo lugar desde hacía generaciones.

Cangrejo, lagartija y lagarto, escucharon atentamente lo que contaba la Reina de las hormigas y decidieron que, siendo un asunto de tan extrema gravedad, no quedaba otro remedio que tratarlo en Asamblea Extraordinaria.

Convocaron a las aves marinas, que acudieron puntualmente con el alcatraz de Nazca en cabeza, custodiado, a derecha e izquierda, por el intrépido piquero enmascarado y el valiente piquero patirrojo.

La tiñosa negra y la gaviota reidora viajaron a lomos de la fragata real que, para no perderse, siguió la estela de la gaviota tijereta, que más que volar cortaba el aire.

Convocaron también a los peces de colores de los arrecifes coralinos, al tiburón martillo para que pusiera orden y al tiburón ballena, que delegó su voto en las tortugas marinas por miedo a quedar varado en las aguas someras cercanas a la isla.

Tampoco asistió el monstruo de Malpelo, que prefirió no aparecer, decisión que aplaudieron de forma entusiasta los delfines, ya que siempre provocaba altercados con su manía de morderles la cola.

Una vez reunidos todos los animales, cada una de las partes expuso sus razones.

La Reina de las hormigas hacía valer su rango y advertía que todas morirían de hambre si no le hacían caso y recogían semillas. También insistía en defender la ancestral ubicación del hormiguero.

Las hormigas obreras, que ganaban con creces por numero a la reina, mantenían sus quejas y volvían a manifestar, una y otra vez, lo penoso y arduo de su esfuerzo y la necesidad de mejoraras en el camino o el cambio de ubicación del nido.

Todo el mundo escuchó los argumentos, y como en todos los casos difíciles, con gran disparidad de opiniones, los animales decidieron que había que deliberar.

Los más ancianos de la isla de Malpelo se encerraron en una ostra gigante para intentar resolver el enfrentamiento. Sería complicado hallar el equilibrio y dar con una propuesta que fuera aceptada por ambas partes. Aquello no era tarea fácil. Finalmente, tras discutir durante horas, encontraron una solución.

Como cambiar el hormiguero de lugar hubiera sido muy complicado, no había otro remedio que mejorar el camino si querían mantener la paz en la isla; todos deberían colaborar para desbrozarlo y hacer más fácil para las hormigas el transporte de semillas hacia el nido.

Estuvieron de acuerdo en echar una mano, si bien, en este caso, echaron un pico las aves, una pata las arañas y demás insectos, sus colas los reptiles y cada uno colaboró como pudo en la limpieza de la vía.

En pocas semanas, el sendero quedo tan plano, que parecía una autopista y las hormigas pudieron transitar por ella sin tropiezos.

Ahora estaban felices, porque podían transportar en un santiamén las semillas al nido y aún les quedaba tiempo para descansar y divertirse. Y la Reina también estaba satisfecha, el nido seguía en el lugar de siempre y las provisiones para el invierno estaban aseguradas.

Gracias a la colaboración de todos, la calma y la tranquilidad volvieron a la Isla de Malpelo, y por lo que yo sé —y eso que ya han pasado muchos años—, el camino que limpiaron entre todos sigue igual de limpio, porque las brigadas de control que se formaron entonces, se encargan de impedir que la maleza invada de nuevo el sendero.

FIN

Las tres hilanderas

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Ilustración: Werner Klemke

Hace mucho, mucho tiempo, cuando en cada casa había una rueca para poder confeccionar ropa, vivió una niña a la que no le gustaba hilar. Ya podía repetirle su madre que era una actividad muy útil, que no había forma de que ella se aficionara. Un día, la mujer, cansada de repetirle a su hija siempre lo mismo, perdió la paciencia de tal forma, que empezó a gritarle y la chica se puso a llorar y a lamentarse a pleno pulmón:

—¡Buaaaaaaaaaaaa! ¡Buaaaaaaaaaaaaa! ¡Tú siempre con la ruecaaaaaaaa!

Justo en aquel momento, pasaba cerca de allí la Reina, que al oír los lamentos ordenó detener su carroza, entró en la casa y preguntó a la madre por qué increpaba de aquel modo a su hija, pues sus gritos se oían desde lejos, y cuál era el motivo del llanto de la joven. Avergonzada de su comportamiento, la mujer respondió:

—Majestad, no puedo apartarla de la rueca. Se pasa la vida hilando, pero soy muy pobre y no puedo comprar tanto hilo.

La Reina, con una sonrisa en los labios, contestó:

—¡Estamos de suerte! A mí no hay cosa en el mundo que me guste más que el sonido que hace la rueca al girar ¡Adoro su zumbido! ¿Qué os parece si me llevo a vuestra hija a palacio conmigo? Tengo hilo en abundancia y allí podrá hilar hasta que se canse.

La madre aceptó muy contenta la proposición y la Reina se llevó a la muchacha. Al llegar a palacio, la condujo a la torre más alta, donde había tres grandes habitaciones llenas hasta el techo de hilo de lino de la mejor calidad.

—Aquí estarás tranquila. Puedes hilar tanto como quieras que nadie te molestará. Cuando hayas terminado, y antes de darte más hilo, te casarás con mi hijo mayor. Nada me importa que seas pobre; una joven habilidosa y lista como tú lleva consigo su propia dote.

La muchacha se puso pálida, pero no dijo nada. Miraba la montaña de hilo y pensaba que aquello no había quien lo hilara. Aunque viviera trescientos años y no hiciera otra cosa desde la mañana a la noche, sería imposible acabar aquel trabajo.

Cuando se quedó sola, empezó a dar vueltas por la habitación y así se estuvo tres días, sin mover ni un dedo, mirando aquel montón de hilo y preguntándose qué haría.

Al tercer día, se presentó la Reina y se extrañó de que la muchacha aún no hubiera ni empezado a hilar, pero la joven se excusó diciendo que no había podido hacer nada todavía por la mucha pena que sentía al estar separada de su madre. La soberana se conformó con la excusa, pero le advirtió:

—Mañana, sin falta, tienes que empezar el trabajo.

Nuevamente sola, la muchacha, sin saber qué hacer ni cómo salir de aquel aprieto, se asomó a la ventana y, desde allí, vio a tres mujeres que se acercaban: uno de los pies de la primera era enorme, muy ancho y plano; el labio inferior de la segunda era tan formidable, que le caía sobre la barbilla; y el dedo pulgar de la mano derecha de la tercera parecía un colosal martillo. Las mujeres se detuvieron ante la ventana y al ver a la niña le preguntaron el porqué de su tristeza. Les contó la chiquilla sus cuitas y las mujeres le dijeron que podían ayudarla, pero con un condición:

—Si cuando te cases con el príncipe nos invitas a la boda sin avergonzarte de nosotras, nos llamas delante de todos «queridas primas» y nos sientas junto a ti en la mesa real durante el banquete, hilaremos todo este hilo para ti en un abrir y cerrar de ojos.

—¡Prometido!  —respondió la muchacha—. ¡Entrad y poneos a hilar ahora mismo!

Inmediatamente se pusieron manos a la obra. La primera tiraba de la hebra mientras con el pie giraba la rueda de la rueca; la segunda humedecía el hilo entre sus labios y la tercera lo retorcía con el dedo pulgar. Iban tan deprisa, que el montón de fino hilo que se amontonaba sobre el suelo era cada vez más y más alto. Cuando la chica oía que la Reina se acercaba, escondía a las hilanderas y le enseñaba el hilo ya hilado. La Reina estaba muda de asombro y se deshacía en alabanzas.  No tardó en quedar listo todo el trabajo y las tres hilanderas se despidieron de la muchacha, no sin antes advertirle:

—¡Recuerda tu promesa! De ella depende tu felicidad.

Cuando la Reina vio que el trabajo había finalizado, fijó sin demora la fecha de la boda. El novio no cabía en sí de gozo, pues se casaría con una muchacha hábil, inteligente y, además, muy guapa. Feliz y contento por su matrimonio, le preguntó a la muchacha si deseaba algo especial.

—Deseo solo una cosa…—dijo la muchacha—. Tengo tres primas hilanderas a las que debo grandes favores y no quiero olvidarme de ellas en ese día tan feliz. Con tu permiso, quisiera invitarlas a la boda y para el banquete, desearía que se sentaran junto a nosotros, en nuestra mesa.

Tanto la Reina como su hijo respondieron al unísono:

—¡Naturalmente que las invitaremos! Tu familia es ahora nuestra familia.

Llegó el día de la boda y, muy puntuales, se presentaron las tres mujeres elegantemente ataviadas. La novia salió a la puerta a recibirlas:

—¡Bienvenidas, mis queridas primas!

—¡Uf! ¡Vaya con las primas hilanderas! –susurró el príncipe al verlas.

Y, dirigiéndose a la primera, la del enorme pie plano, inquirió:

—Perdona, querida prima, ¿cómo es qué tienes el pie tan grande?

—De tanto girar el torno —contestó—. De tanto girar el torno.

El príncipe, entonces, preguntó a la segunda:

—Y a ti, querida prima, ¿cómo es que te cuelga tanto el labio?

—De tanto humedecer la hebra. De tanto humedecer la hebra.

Finalmente, mirando a la tercera, dijo:

—Y tú querida prima, ¿cómo es que tienes el pulgar como un martillo?

—De tanto torcer el hilo. De tanto torcer el hilo.

Muy asustado, el hijo de la Reina exclamó:

—En adelante, mi querida esposa jamás se volverá a acercar a una rueca.

Y con esta decisión puso fin a la pesadilla del hilado y aquella niña fue feliz para siempre.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Las tres hilanderas» con la voz de Angie Bello Albelda

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La princesa y el guisante

Érase una vez un Príncipe que quería casarse con una Princesa, pero tenía que ser una princesa de verdad. Recorrió el mundo entero en su busca, pero allá adonde se dirigiera, todas las que encontraba tenían algún «pero». Cierto es que se topó con muchas princesas, ¡a montones! Altas y bajas. Listas y tontas. Feas y guapas. Simpáticas y antipáticas. De hecho encontró princesas para dar y tomar. Mas nunca lograba tener la completa seguridad de que fueran auténticas aristócratas, ya que siempre encontraba alguna cosilla que le parecía sospechosa.

Al fin, un poco decepcionado a causa de su infructuosa búsqueda, regresó a su casa triste y cabizbajo, pues había partido con la esperanza de hallar una auténtica princesa que algún día reinara junto a él.

Ya hacía más de un mes que el príncipe había regresado a casa, cuando una noche estalló una terrible tormenta. Rayos y truenos se sucedían sin interrupción, el viento huracanado aullaba como un lobo y una lluvia torrencial azotaba sin piedad los cristales de las ventanas, ¡era terrible!; hacía un tiempo espantoso. De pronto, alguien llamó a la puerta del palacio y el anciano Rey acudió a abrir.

Parada ante la puerta había una muchacha; pero ¡cielos!, ¡Tenía una facha horrible! Empapada y con los vestidos chorreando. ¡Cómo se había quedado por culpa de aquella lluvia y el mal tiempo! El agua que caía sobre ella se metía dentro de sus zapatos; le entraba por la punta y le salía por el talón. Pero aun así, ella no dejaba de afirmar que era una auténtica princesa y que había perdido a su séquito en medio de aquella tempestad.

«Pronto lo sabremos», pensó para sí la anciana Reina y sin pronunciar ni una sola palabra, se dirigió al dormitorio de los invitados, puso un guisante en la cama y amontonó encima veinte colchones, y encima de estos, puso otros tantos edredones.

Acto seguido, condujeron allí a la recién llegada y le dijeron que en esa cama debía dormir.

Al día siguiente, cuando la princesa se levantó, le preguntaron qué tal había dormido.

—¡Oh, mal! ¡Muy mal!  —exclamó—. Casi no he podido pegar ojo en toda la noche. ¡A saber qué habría en esa cama! ¡Pase la noche acostada sobre algo tan duro, que me he levantado esta mañana llena de cardenales! ¡Ha sido algo ciertamente espantoso!

Así fue cómo supieron que se trataba de una princesa de verdad, porque a pesar de dormir sobre veinte colchones y otros tantos edredones, su sangre era tan azul que había notado el bulto del guisante en su espalda. Nadie, a no ser que se trate de una princesa de las de verdad, puede ser tan sensible.

El príncipe, entonces, le pidió matrimonio, pues ahora ya estaba completamente convencido de que aquella joven era una auténtica princesa.

El guisante fue traslado al Museo Real, donde aún sigue, si es que nadie se lo ha llevado.

Como habréis podido comprobar al leerla, ¡esta sí que es una historia verdadera!

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La princesa y el guisante» con la voz de Angie Bello Albelda

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La Bella Durmiente

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Ilustración: Fabulandia

Este cuento nos lo pidió Amparo y a ella se lo dedicamos.

Había una vez un rey y una reina que estaban muy tristes porque no tenían hijos. Por fin, después de mucho tiempo, la reina dio a luz a una niña.

Como era costumbre en tan lejana época, para celebrar el nacimiento de la heredera, fueron invitadas todas las hadas del reino para que pudieran otorgar sus dones a la pequeña princesa, pero se olvidaron de invitar a una de ellas; un hada malvada de la que no se tenían noticias desde hacía muchísimo tiempo, porque vivía encerrada en su lejano castillo.

No se sabe de qué modo, la noticia del nacimiento de la princesa llegó a oídos de la malvada hada, pero el caso es que acudió a la fiesta sin haber sido invitada.

Al terminar la comida, una a una, las hadas pasaron ante la cuna de la recién nacida y, tocando su frente con sus varitas mágicas, le fueron otorgando sus dones:

—Serás la más inteligente.

—Serás la más alegre.

—Serás la más hermosa.

—Serás la más constante.

—Serás la más paciente.

— …

Al llegar su turno, el hada malvada se situó frente a la cuna de la pequeña y, al mismo tiempo que apoyaba su varita mágica en la frente de la princesita, pronunció con rabia su espantoso conjuro:

—¡El día que cumplas dieciséis años, te pincharás con un huso y morirás!

El hada más joven, al oír tan terrible maleficio, realizó un encantamiento para mitigar el funesto destino de la pequeña:

—El día de tu decimosexto cumpleaños, te pincharás con un huso, pero no morirás, sino que permanecerás dormida durante cien años, hasta que un beso de amor te despierte de tu profundo sueño.

Inmediatamente, los reyes enviaron mensajeros por todo lo largo y ancho del reino con la orden de quemar todos los husos que hubiera en él para evitar que el maleficio pudiera cumplirse.

Fueron pasando los años y en la princesita iban aumentando los dones que le habían otorgado las hadas el día de su nacimiento. Y, por fin, llegó el día en el que cumplía dieciséis años.

Mientras se paseaba por el inmenso palacio pensando en la fiesta que debía celebrarse en su honor aquella noche, la princesa se desorientó y, sin darse cuenta, fue a parar a una zona del castillo que todos creían que estaba deshabitada.

Al entrar en una de las estancias, encontró a una vieja sirvienta que desconocía la prohibición del rey y estaba hilando. La princesa, que no había visto jamás un huso, sintió curiosidad y le preguntó a la anciana mujer:

—¿Qué haces buena mujer?

—Estoy hilando.

—¿Me dejarías probar?

—No es fácil hilar, hija mía, -respondió la sirvienta – pero, si quieres, puedo enseñarte.

La princesa, muy contenta, aceptó el ofrecimiento sin sospechar que, al hacerlo, la maldición del hada malvada estaba a punto de cumplirse.

Justo al tomar el huso entre sus manos, se pinchó en el dedo índice y antes de que la diminuta gota de sangre que brotó de su dedo llegara al suelo, la princesita se desvaneció y allí se quedó, como si estuviera muerta.

Los mejores médicos, las más afamadas brujas y los más competentes magos y hechiceras fueron llamados a consulta. Lo probaron absolutamente todo, sin embargo, nadie fue capaz de vencer el terrible maleficio. El hada más joven, al enterarse de lo ocurrido, corrió también hacia palacio y al encontrarse a toda la corte llorando, rodeando la cama en la que yacía inmóvil la princesa, les dijo:

—No lloréis, que cien años dormirá, pero luego despertará.

Pero los reyes no tenían consuelo posible y se lamentaban diciendo:

—¡Ay! ¡Qué triste día! Todos deberíamos dormir cien años. No queremos seguir despiertos si la princesita duerme.

El hada, al oír la queja de los reyes, quiso cumplir su deseo y decidió que mediante un encantamiento dejaría dormida a toda la corte, para que al cabo de cien años, al despertar, la princesa lo encontrara todo tal y como estaba aquel día. Movió su varita mágica y en ese mismo instante, todos los habitantes del castillo cerraron los ojos. Y, para que nadie pudiera alterar su sueño, hizo crecer una espesa hiedra por las paredes del castillo hasta dejarlo completamente oculto de la vista de todos.

—Dormid tranquilos. Dentro de cien años regresaré.

En el castillo todo dormía. Los relojes no hacían tic tac; los soldados roncaban sobre sus lanzas; el fuego estaba petrificado en las chimeneas; en la cocina, el agua detuvo su hervor y los cocineros, que preparaban la fiesta de cumpleaños de la princesa, dejaron de pelar patatas y de batir huevos para los pasteles; los perros enmudecieron su ladrido. Todo quedó inmóvil. El tiempo se detuvo en palacio.

En el exterior se sucedían los años y alrededor del castillo crecía un frondoso bosque que formaba una verde barrera, cada vez más impenetrable, que impedía el paso. Los habitantes del reino se fueron olvidando del castillo dormido y de su historia.

Pasado un siglo, un príncipe que paseaba cerca del bosque vio a lo lejos, entre los árboles, un extraño destello, que no era otra cosa que el sol de la mañana reflejado en el vidrio de una de las ventanas del palacio. Para descubrir qué era y de dónde procedía aquel fulgor, se abrió paso con su espada por entre la espesura de plantas que rodeaba el castillo.

Paso a paso, fue avanzando. Estaba ya a punto de desistir y dar la vuelta, cuando descubrió, al cortar unas altas ramas, el puente levadizo de un enorme palacio. Con mucha precaución, entró en el castillo y cuál no sería su asombro al descubrir que todos los habitantes de aquel lugar estaban durmiendo, tendidos cuan largos eran, en las escaleras, en los pasillos y en el patio.

—¡Hola! ¿Hay alguien despierto? – gritó el príncipe sin obtener respuesta.

Fue vagando de estancia en estancia, cada vez más extrañado, y no tardó en llegar a la habitación donde yacía la princesa dormida.

Al verla, su corazón dio un vuelco dentro de su pecho y se quedó contemplando largo rato y en arrobado silencio aquel rostro dormido, sereno y bello; mientras sentía cómo nacía el amor que tanto había esperado. Emocionado, se acercó a la princesa dormida y besó, delicadamente, su mejilla.

Al contacto del beso, la princesa despertó de su largo sueño, abrió los ojos, miró al príncipe y le dijo sonriendo:

—Te he esperado mucho tiempo ¡Por fin has llegado!

El encantamiento se había roto.

Justo en aquel instante todo el castillo despertó. La corte entera abrió los ojos y, mirándose muy sorprendidos los unos a otros, se preguntaban qué había sucedido.

El hada joven, que presenciaba la escena, les contó lo que había pasado y les dijo que habían dormido durante cien años.

Locos de alegría, siguieron haciendo lo que estaban haciendo justo antes de quedarse dormidos y aquella misma noche celebraron la gran fiesta de cumpleaños de la princesa.

Poco tiempo después, el castillo, hasta entonces dormido e inmerso en el silencio, se llenó de cantos, de música y de alegres risas para celebrar la boda del príncipe y la princesa.

FIN