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El reparto de la caza

Ilustración: harryett

Érase una vez, hace muchos, muchos años, que en un lejano pueblo vivían dos vecinos; el primero de ellos se pasaba de listo y el segundo no llegaba ni a tonto de lo tonto que era. Por este motivo, el listo no perdía ocasión de aprovecharse de la simpleza del tonto.

Un día, los dos vecinos decidieron que, en adelante, saldrían juntos de cacería cada domingo y así lo hicieron durante un tiempo. Después de muchos días de caza, el resultado era siempre el mismo: el listo salía siempre mejor parado en el reparto de las piezas.

El vecino tonto, que aunque muy tonto alguna luz tenía, llegó un momento en el que se dio cuenta de que el otro le tomaba el pelo, ya que siempre regresaba con menos piezas en su zurrón, mientras que su vecino lo llevaba repleto, así que decidió hablar seriamente con su compañero de caza. Discutieron y discutieron y, por fin, convinieron en que, en lo sucesivo, repartirían todo lo que cazaran a medias obtuviera quien obtuviera la pieza.

Ya de acuerdo, salieron el siguiente domingo de caza y se cobraron dos piezas: una perdiz y un mochuelo.

El listo, como siempre, se dio prisa en repartir las presas:

—Bueno, vecino, ya ves que hemos cobrado dos piezas, así que, para hacer las cosas bien, y tal y como dijimos, será una para ti y otra para mí. ¿Estás conforme?

—Claro, ese fue el acuerdo al que llegamos —contestó el tonto.

—Pues toma. Para ti el mochuelo y para mí la perdiz.

El hombre se aguantó con lo que le había tocado y pensó que otro día sería para él la mejor pieza.

Al domingo siguiente volvieron a salir y cazaron, exactamente, lo mismo: una perdiz y un mochuelo.

El listo volvió a repartir:

—Veamos, son dos piezas, así que será una para cada uno…Y para que el reparto sea justo, esta vez lo haremos al revés.

—Me parece estupendo –dijo el tonto. ¿Cómo lo repartiremos hoy?

—Pues muy fácil, vecino, la perdiz para mí y el mochuelo para ti.

El tonto, que era un rato tonto, se quedó pensativo y después de un buen rato le dijo a su vecino:

—Oye, vecino, ¿no te parece un poco raro que, lo hagamos como lo hagamos, siempre me toque a mí el de los ojos grandes?

FIN