rey

Los campeones de salto

Ilustración: Hans Tegner

La pulga, el saltamontes y el huesecillo saltarín apostaron una vez a ver quién saltaba más alto, e invitaron a cuantos quisieran presenciar aquel campeonato. Hay que convenir que se trataba de tres grandes saltadores.

—¡Daré mi hija al que salte más alto! —dijo el Rey—, pues sería muy triste que los competidores tuviesen que saltar de balde.

Se presentó primero la pulga. Era bien educada y empezó saludando a diestro y a siniestro, pues por sus venas corría sangre de señorita y estaba acostumbrada a no alternar más que con personas, y esto siempre se nota.

Vino en segundo término el saltamontes. Sin duda era bastante más pesadote que la pulga, pero sus maneras eran también irreprochables; vestía el uniforme verde con el que había nacido. Afirmó, además, que tenía en Egipto una familia de abolengo, y que era muy estimado en el país. Lo habían cazado en el campo y metido en una casa de cartulina de tres pisos, hecha de naipes de color, con las estampas por dentro. Las puertas y ventanas habían sido cortadas en el cuerpo de la dama de corazones.

—Sé cantar tan bien —dijo—, que dieciséis grillos indígenas que vienen cantando desde su infancia —a pesar de lo cual no han logrado aún tener una casa de naipes—, se han pasmado tanto al oírme, que se han vuelto aún más delgados de lo que eran antes.

Como se ve, tanto la pulga como el saltamontes se presentaron en toda forma, dando cuenta de quiénes eran y manifestando que esperaban casarse con la princesa.

El huesecillo saltarín no dijo esta boca es mía; pero se rumoreaba que era de tanto pensar. El perro de la Corte solo tuvo que husmearlo, para atestiguar que venía de buena familia. El viejo consejero, que había recibido tres condecoraciones por su mutismo, aseguró que el huesecillo poseía el don de la profecía; por su dorso podía vaticinarse si el invierno sería suave o riguroso, cosa que no puede leerse en la espalda del que escribe el calendario.

—De momento, yo no digo nada —manifestó el viejo Rey—. Me quedo a ver venir y guardo mi opinión para el instante oportuno.

Había llegado la hora de saltar. La pulga saltó tan alto, que nadie pudo verla, y los demás sostuvieron que no había saltado, lo cual estuvo muy mal.

El saltamontes llegó a la mitad de la altura alcanzada por la pulga, pero como casi dio en la cara del Rey, éste dijo que era un asco.

El huesecillo permaneció largo rato callado, reflexionando; al fin ya pensaban los espectadores que no sabía saltar.

—¡Mientras no se haya mareado! —dijo el perro, volviendo a husmearlo. ¡Rutch!, el hueso pegó un brinco de lado y fue a parar al regazo de la princesa, que estaba sentada en un escabel de oro.

Entonces dijo el Rey:

—El salto más alto es el que alcanza a mi hija, pues ahí está la finura; mas para ello hay que tener cabeza, y el huesecillo ha demostrado que la tiene. A eso llamo yo talento.

Y le fue otorgada la mano de la princesa.

—¡Pero si fui yo quien saltó más alto! —protestó la pulga—. ¡Bah, qué importa! ¡Que se quede con el hueso! Yo salté más alto que los otros, pero en este mundo hay que ser corpulento, además, para que nos vean.

Y se marchó a alistarse en el ejército de un país extranjero, donde perdió la vida, según dicen.

El saltamontes se instaló en el ribazo y se puso a reflexionar sobre las cosas del mundo; y dijo a su vez:

—¡Hay que ser corpulento, hay que ser corpulento!

Luego entonó su triste canción, por la cual conocemos esta historia. Sin embargo, yo no la tengo por segura del todo, aunque la hayan puesto en letras de molde.

FIN

La maceta de albahaca

Ilustración: Clovie31

En un remoto reino, frente al palacio de un anciano rey, vivía una zapatera muy pobre con sus tres hijas.

Las niñas tenían una maceta de albahaca en la ventana y salían a regarla por turnos, un día cada una. Una mañana, el anciano rey, que estaba muy solo y muy aburrido, salió al balcón vio a la más mayor regando la maceta y le dijo:

—Niña, niña, tú que riegas la maceta de albahaca, ¿cuántas hojitas tiene la mata?

La niña, sorprendida de que el rey le hablara y no sabiendo qué contestarle, entró apresuradamente en casa y cerró la ventana.

Al día siguiente, le tocó regar la maceta a la segunda niña. El rey salió al balcón como el día anterior y le dijo:

—Niña, niña, tú que riegas la maceta de albahaca, ¿cuántas hojitas tiene la mata?

La niña sorprendida de que el rey le hablara, pensó que era mejor hacerse la sorda y entró en su casa.

Al tercer día salió la niña menor a regar la maceta y el rey, que ya estaba en el balcón, después de verla le dijo:

—Niña, niña, tú que riegas la maceta de albahaca, ¿cuántas hojitas tiene la mata?

Y la niña, que más que lista era listísima, le contestó:

—Real majestad, rey y señor, usted que está en su balcón, ¿cuántos rayos tiene el sol?

El rey se quedó sorprendido de la contestación de la niña y avergonzado de no poderle contestar, se escondió corriendo en palacio más rojo que un tomate.

Después de pensar y pensar, se le ocurrió un plan. Como la niña era muy pobre, mandaría a una sirvienta que se paseara por la calle, frente la casa de la zapatera, gritando que cambiaba pan por besos y después…

La niña, que nada sospechaba, tan pronto como oyó el pregón de la criada, salió a su encuentro y le dio dos besos a cambio de dos buenas barras de pan.

A la siguiente mañana que le tocó salir a regar la maceta, el rey ya la estaba esperando en el balcón y luego que la vio le dijo:

—Niña, niña, tú que riegas la maceta de albahaca, tú que le diste dos besos a mi criada, ¿cuántas hojitas tiene la mata?

A la niña le dio tanta rabia lo que escuchó, que cerró la ventana de golpe y entró en su casa sin haber regado la maceta de albahaca y decidida a no salir nunca más a regarla.

El viejo rey, que ya estaba acostumbrado a ver a la niña, se puso enfermo por no poder verla. Su médico de cabecera, viendo que no podía curarlo, le aconsejó que mandara llamar a todos los médicos del reino a ver cuál de todos aliviaba su mal.

La niña, que buscaba una ocasión para desquitarse, se disfrazó de médico y se dirigió al palacio montada en su burrito. Al llegar a presencia del rey le dijo:

—Real majestad, rey y señor, si gusta usted curarse de su mal es menester que le bese el culito a mi burro y que mañana, muy de mañana, salga al balcón a recibir los primeros rayos del sol.

El rey, con tal de curarse, hizo lo que le recetaba aquel médico, así que después de besar el culito al burro, se acostó a dormir.

A la mañana siguiente, muy temprano, salió al balcón y la niña, que ya lo estaba esperando regando la maceta, tan pronto lo vio le dijo:

—Real majestad, rey y señor, usted que está en su balcón, usted que besó el culito a mi burro, ¿cuántos rayos tiene el sol?

El rey, dándose cuenta del engaño de la niña, entró en palacio muy enojado y mandó llamar a la zapatera.

Cuando llegó la buena mujer a presencia del rey, este le ordenó:

—Vecina zapatera, quiero que a las tres horas del tercer día me traigas aquí a tus tres hijas. Además, te ordeno que la más pequeña venga bañada, pero no bañada; peinada, pero no peinada; a pie, pero no a pie; y que sepas que en caso de no cumplir mi mandato, os encerraré a todas en prisión.

La pobre zapatera, triste y compungida, se fue a su casa y contó a sus hijas lo que el rey había dispuesto; a las dos mayores toda la fuerza se les fue en protestar y gritar, en cambio, la más pequeña, que más que lista era listísima, dijo:

—No os preocupéis de nada, ya veréis como yo lo arreglo todo.

Y así fue. A las tres horas del tercer día se presentó la zapatera en palacio con sus tres hijas; delante iban las dos mayores y más atrás la chiquita, montada en su burro con un pie en el aire y otro apoyado en el suelo; tiznada de carbón la mitad de su cuerpo y la otra mitad bien lavada; media cabeza enmarañada y la otra bien peinada.

Viendo el rey que se habían acatado todas sus órdenes, no tuvo más remedio que darse por bien servido y le dijo a la niña:

—Has demostrado ser mucho más lista que yo y, por tanto, mereces un premio: puedes llevarte a tu casa lo que más te guste de este palacio.

Después de decir esto, el anciano rey se fue a dormir la siesta. La niña, que no esperaba otra cosa, ¿a que no sabéis qué hizo? Pues, como más que lista era listísima, montó al rey sobre su burro y, con mucho cuidado para no despertarlo, se lo llevó a su casa.

¡Cuál no sería la sorpresa del anciano rey al despertarse y hallarse en una casa pobre y desconocida!

Lo primero que hizo el soberano fue llamar a gritos a sus lacayos, a sus pajes, a la guardia real. Pero en lugar de ellos, apareció la niña y le dijo:

—Real majestad, rey y señor, no hace falta que gritéis tanto. Vos mismo me distéis permiso para llevarme a mi casa lo que más me gustase de palacio y como fuisteis vos lo que más me gustó, por eso estáis en mi casa.

El rey entendió que con aquella niña llevaba siempre las de perder y que era tan inteligente y espabilada, que gobernaría el reino mucho mejor que él, así que se lo dejó en herencia. Y si todavía vive, aquella niña, más que lista, listísima, sigue gobernando hoy en aquel remoto reino.

FIN

Los niños de madera

Ilustración: Deaf-Machbot

Hace mucho, mucho tiempo, cuando reyes y reinas gobernaban los pueblos, vivieron en una pequeña aldea tres hermanas pastoras. Un día estaban hablando las tres y dijo la mayor:

—Si yo me casara con el rey, tendría una hija y le haría un vestidito con una cáscara de almendra.

Y dijo la segunda hermana:

—Pues si yo me casara con el rey, tendría un hijo y le haría un vestidito con una cáscara de avellana.

Y la pequeña dijo:

—Si yo me casara con el rey, tendría una hija y un hijo mellizos. Los dos serían hermoso, sabios y justos y en sus frentes brillaría una estrella.

Antiguamente, tanto reyes como reinas tenían por costumbre mandar espías por todo su reino para que escucharan tras las puertas lo que decían sus súbditos. Uno de estos espías escuchó lo que las muchachas habían dicho y lo comunicó al rey. Este mandó llamar a la hermana pequeña y le preguntó:

—¿Es cierto lo que me han dicho?, que si nos casáramos tendrías dos niños mellizos hermosos, sabios y justos con una estrella en la frente?

La muchacha respondió:

—Sí, majestad, es cierto.

—¿Te quieres casar conmigo?

—Sí.

Se celebraron las bodas con gran pompa y esplendor.

Poco después de casarse, una terrible guerra asoló la región y el rey tuvo que ir a luchar, la muchacha se quedó sola y triste y pidió a sus dos hermanas que se fueran a vivir con ella a palacio.

Al cabo de nueve meses de haber partido su marido, tuvo un niño y una niña, ambos preciosos y ambos con una estrella en la frente.

Las dos hermanas, muertas de envidia, decidieron mandar una carta al rey en la que le anunciaban que su hermana pequeña lo había engañado y que en lugar de tener dos hijos sabios y justos, con una estrella en la frente, había dado a luz a dos niños de madera y después, a causa de la pena por no haber podido cumplir su promesa, había muerto.

Las dos hermanas metieron a los dos recién nacidos en una caja y tiraron la caja al mar. A la madre la encerraron en una oscura y lúgubre mazmorra en lo más profundo del castillo.

Muy cerca del palacio vivía una viejecita que todas las mañanas se acercaba a la playa a recoger los objetos que las olas arrastraban hasta la orilla. Aquella mañana, como siempre, la viejecita se dirigió a la costa y a poca distancia, flotando en el agua, vio la caja; la abrió con mucho cuidado y descubrió a los dos niños con la estrellita en la frente. La mujer se los llevó a su casa y les puso un sombrerito para que nadie viera las estrellitas.

Pasó el tiempo, los niños crecieron y la anciana les fabricó unos caballitos de madera para que jugaran. Sembró hierba en el jardín de la casa y les dijo a los niños que era para que se alimentaran los caballitos. Desde el balcón de palacio se veía el jardín de la casa de la anciana.

El rey regresó de la guerra y todos los días se asomaba triste al balcón para ver jugar a los niños. Aquellos podían haber sido sus hijitos. Los miraba y le parecía muy extraño que siempre llevaran aquel sombrerito que tapaba su frente.

Un día, los niños jugaban a darles de comer hierba a sus caballitos de madera y al verlo, el rey les gritó desde el balcón:

—Niños tontos, ¿los caballitos de madera comen hierba?

Y los niños le contestaron:

—Rey tonto, ¿las reinas de carne y hueso tienen hijos de madera?

Al escuchar esto, el rey les preguntó:

—¿Por qué decís eso?

—A ti le dijeron que nuestra madre había tenido hijos de madera y que después había muerto, pero no es verdad. Nosotros somos tus hijos de carne y hueso y nuestra madre está viva, encerrada en una oscura mazmorra de palacio.

Al oír aquello, el rey recuperó a sus hijos y rescató a la madre.

En cuanto a las dos hermanas, fueron desterradas para siempre del reino que, desde aquel día, fue el más dichoso del mundo.

FIN

El cofre volador

Ilustración: Anne Anderson

Érase una vez un comerciante tan rico, que habría podido empedrar toda la calle con monedas de plata, y aún casi un callejón por añadidura; pero se guardó de hacerlo, pues el hombre conocía mejores maneras de invertir su dinero, y cuando daba un ochavo era para recibir un escudo. Fue un mercader muy listo… y luego murió.

Su hijo heredó todos sus caudales, y vivía alegremente: todas las noches iba al baile de máscaras, hacía cometas con billetes de banco y arrojaba al agua panecillos untados de mantequilla y lastrados con monedas de oro en vez de piedras. No es extraño, pues, que pronto se terminase el dinero; al fin a nuestro mozo no le quedaron más que cuatro perras gordas, y por todo vestido, unas zapatillas y un viejo batín. Sus amigos lo abandonaron; no podían ya ir juntos por la calle; pero uno de ellos, que era un bonachón, le envió un viejo cofre con este aviso: «¡Embala!». El consejo era bueno, desde luego, pero como nada tenía que embalar, se metió él en el baúl.

Era un cofre curioso, echaba a volar en cuanto se apretaba la cerradura. Y así lo hizo; en un santiamén, el muchacho se vio por los aires metido en el cofre, después de salir por la chimenea, y se elevó hasta las nubes, vuela que te vuela. Cada vez que el fondo del baúl crujía un poco, a nuestro hombre le entraba pánico; si se desprendiesen las tablas, ¡vaya salto! ¡Dios nos ampare!

De este modo llegó a tierra de turcos. Escondió el cofre en el bosque, entre hojarasca seca, y se encaminó a la ciudad; no llamó la atención de nadie, pues todos los turcos vestían batín y pantuflas también. Se encontró con un ama que llevaba un niño:

—Oye, nodriza —preguntó—, ¿qué es aquel castillo tan grande, junto a la ciudad, con ventanas tan altas?

—Allí vive la hija del rey —respondió la mujer—. Se le ha profetizado que cuando se enamore será desgraciada. Por eso no dejan que nadie se le acerque, si no es en presencia del rey y la reina.

—Gracias —dijo el hijo del mercader, y volvió a su bosque. Se metió en el cofre y levantó el vuelo; llegó al tejado del castillo y se introdujo por la ventana en las habitaciones de la princesa.

Estaba ella durmiendo en un sofá; era tan hermosa, que el mozo no pudo reprimirse y le dio un beso. La princesa despertó asustada, pero él le dijo que era el dios de los turcos, llegado por los aires; y esto la tranquilizó.

Se sentaron uno junto al otro, y el mozo se puso a contar historias sobre los ojos de la muchacha. Decía que eran como lagos oscuros y maravillosos, por los que los pensamientos nadaban cual ondinas; luego historias sobre su frente, que comparó con una montaña nevada, llena de magníficos salones y cuadros; y luego le habló de la cigüeña, que trae a los niños pequeños.

Sí, eran unas historias muy hermosas, realmente. Luego pidió a la princesa si quería ser su esposa y ella le dio el sí sin vacilar.

—Pero tendréis que volver el sábado —añadió—, pues he invitado a mis padres a tomar el té. Estarán orgullosos de que me case con el dios de los turcos. Pero mira de recordar historias bonitas, que a mis padres les gustan mucho. Mi madre las prefiere edificantes y elevadas y mi padre las quiere divertidas, pues le gusta reírse.

—Bien, no traeré más regalo de boda que mis cuentos —respondió él, y se despidieron; pero antes, la princesa le regaló un sable adornado con monedas de oro. ¡Y bien que le vinieron al mozo!

Se marchó en volandas, se compró una nueva bata y se fue al bosque, donde se puso a componer un cuento. Debía estar listo para el sábado y la cosa no es tan fácil.

Cuando lo tuvo terminado, era ya sábado.

El rey, la reina y toda la corte lo aguardaban para tomar el té en compañía de la princesa. Lo recibieron con gran cortesía.

—¿Vais a contarnos un cuento —preguntó la reina—, uno que tenga profundo sentido y sea instructivo?

—Pero que al mismo tiempo nos haga reír —añadió el rey—.

—De acuerdo —respondió el mozo y comenzó su relato.

Y ahora mucha atención…

«Érase una vez un haz de fósforos que estaban en extremo orgullosos de su alta estirpe; su árbol genealógico, es decir, el gran pino, del que todos eran una astillita, había sido un añoso y corpulento habitante del bosque. Los fósforos se encontraban ahora entre un viejo eslabón y un puchero de hierro no menos viejo, al que hablaban de los tiempos de su infancia.

—¡Sí, cuando nos hallábamos en la rama verde —decían— estábamos realmente en una rama verde! Cada amanecer y cada atardecer teníamos té diamantino: era el rocío; durante todo el día nos daba el sol, cuando no estaba nublado, y los pajarillos nos contaban historias. Nos dábamos cuenta de que éramos ricos, pues los árboles de fronda solo van vestidos en verano; en cambio, nuestra familia lucía su verde ropaje, lo mismo en verano que en invierno. Mas he aquí que se presentó el leñador, la gran revolución, y nuestra familia se dispersó. El tronco fue destinado a palo mayor de un barco de alto bordo, capaz de circunnavegar el mundo si se le antojaba; las demás ramas pasaron a otros lugares y a nosotros nos ha sido asignada la misión de suministrar luz a la baja plebe; por eso, a pesar de ser gente distinguida, hemos venido a parar a esta cocina.

»—Mi destino ha sido muy distinto —dijo el puchero a cuyo lado yacían los fósforos—. Desde el instante en que vine al mundo, todo ha sido estregarme, ponerme al fuego y sacarme de él; yo estoy por lo práctico y, modestia aparte, soy el número uno en la casa. Mi único placer consiste, terminado el servicio de mesa, en estarme en mi sitio, limpio y bruñido, conversando sesudamente con mis compañeros; pero si exceptúo al balde, que de vez en cuando baja al patio, puede decirse que vivimos completamente retirados. Nuestro único mensajero es el cesto de la compra, pero ¡se exalta tanto cuando habla del gobierno y del pueblo!; hace unos días, un viejo puchero de tierra se asustó tanto con lo que dijo, que se cayó al suelo y se rompió en mil pedazos. Yo os digo que este cesto es un revolucionario; y si no, al tiempo.

»—¡Hablas demasiado! —intervino el eslabón, golpeando el pedernal, que soltó una chispa—. ¿No podríamos echar una cana al aire, esta noche?

»—Sí, hablemos —dijeron los fósforos—, y veamos quién es el más noble de todos nosotros.

»—No, no me gusta hablar de mi persona —objetó la olla de barro—. Organicemos una velada. Yo empezaré contando la historia de mi vida y luego los demás harán lo mismo; así no se embrolla uno y resulta más divertido. En las playas del Báltico, donde las hayas que cubren el suelo de Dinamarca…

»—¡Buen principio! —exclamaron los platos—. Sin duda, esta historia nos gustará.

»—…pasé mi juventud en el seno de una familia muy reposada; se limpiaban los muebles, se restregaban los suelos y cada quince días colgaban cortinas nuevas.

»—¡Qué bien se explica! —dijo la escoba de crin—. Diríase que habla un ama de casa; hay un no sé qué de limpio y refinado en sus palabras.

»—Exactamente lo que yo pensaba —asintió el balde, dando un saltito de contento que hizo resonar el suelo.

»La olla siguió contando, y el fin resultó tan agradable como había sido el principio.

»Todos los platos castañetearon de regocijo y la escoba sacó del bote unas hojas de perejil y con ellas coronó a la olla, a sabiendas de que los demás rabiarían. «Si hoy le pongo yo una corona, mañana me pondrá ella otra a mí», pensó.

»—¡Voy a bailar! —exclamó la tenaza y, ¡dicho y hecho! ¡Dios nos ampare, cómo levantaba la pierna! La vieja funda de la silla del rincón estalló al verlo

»—¿Me vais a coronar también a mí? —pregunto la tenaza; y así se hizo.

»—¡Vaya gentuza! —pensaban los fósforos.

»Le tocó, entonces, el turno de cantar a la tetera, pero se excusó alegando que estaba resfriada; solo podía cantar cuando estaba en el fuego; pero todo aquello eran remilgos; no quería hacerlo más que en la mesa, con las señorías.

»Había en la ventana una vieja pluma, con la que solía escribir la sirvienta. Nada de notable podía observarse en ella, aparte de que la sumergían demasiado en el tintero, pero ella se sentía orgullosa de eso.

»—Si la tetera se niega a cantar, que no cante —dijo—. Ahí afuera hay un ruiseñor enjaulado que sabe hacerlo. No es que haya estudiado en el conservatorio, mas por esta noche seremos indulgentes.

»—Me parece muy poco conveniente tener que escuchar a un pájaro forastero —objetó la cafetera, que era una cantora de cocina y hermanastra de la tetera—. ¿Es esto patriotismo? Que juzgue el cesto de la compra.

»—Francamente, me habéis desilusionado —dijo el cesto—. ¡Vaya manera estúpida de pasar una velada! En lugar de ir cada cuál por su lado, ¿no sería mucho mejor hacer las cosas con orden? Cada uno ocuparía su sitio y yo dirigiría el juego. ¡Mejor nos iría!

»—¡Sí, vamos a armar un escándalo! —exclamaron todos.

»En esto, se abrió la puerta y entró la criada. Todos se quedaron quietos, nadie se movió; pero ni un puchero dudaba de sus habilidades y de su distinción. «Si hubiésemos querido —pensaba cada uno—, ¡qué velada más deliciosa habríamos pasado!».

»La sirvienta cogió los fósforos y encendió fuego. ¡Cómo chisporroteaban y qué llamas echaban!

»Ahora todos tendrán que percatarse de que somos los primeros —pensaban—. ¡Menudo brillo y menudo resplandor el nuestro!». Y, pensando eso, se consumieron».

—¡Qué cuento tan bonito! —dijo la reina—. Me parece encontrarme en la cocina, entre los fósforos. Sí, te casarás con nuestra hija.

—Desde luego —asintió el rey—. Será tuya el lunes por la mañana —Lo tuteaban ya, considerándolo como de la familia.

Se fijó el día de la boda y en la víspera hubo grandes iluminaciones en la ciudad, se repartieron bollos de pan y rosquillas, los golfillos callejeros se hincharon a gritar «¡Hurra!» y a silbar con los dedos metidos en la boca… ¡Una fiesta magnífica!

«Tendré que hacer algo», pensó el hijo del mercader, y compró cohetes, petardos y qué sé yo cuántas cosas de pirotecnia, las metió en el baúl y emprendió el vuelo.

¡Pim, pam, pum! ¡Vaya estrépito y vaya chisporroteo!

Los turcos, al verlo, pegaban unos saltos tales, que las babuchas les llegaban a las orejas; nunca habían contemplado una traca como aquella.

Ahora sí que estaban convencidos de que era el propio dios de los turcos el que iba a casarse con la princesa.

No bien llegó nuestro mozo al bosque con su baúl, se dijo: «Me llegaré a la ciudad a observar el efecto causado».

Era una curiosidad muy natural.

¡Qué cosas contaba la gente! Cada una de las personas a quienes preguntó había presenciado el espectáculo de una manera distinta, pero todos coincidieron en calificarlo de muy hermoso.

—Yo vi al propio dios de los turcos —afirmó uno—. Sus ojos eran como rutilantes estrellas y la barba parecía agua espumeante.

—Volaba envuelto en un manto de fuego —dijo otro—. Por los pliegues, asomaban unos angelitos preciosos.

Sí, escuchó cosas muy agradables y al día siguiente era la boda.

Regresó al bosque para instalarse en su cofre; pero ¿dónde estaba el cofre? El caso es que se había incendiado. Una chispa de un cohete había prendido fuego en el forro y había reducido el baúl a cenizas. El hijo del mercader ya no podía volar ni volver al palacio de su prometida.

Ella se pasó todo el día en el tejado, aguardándolo; y aún sigue ahí esperando. Mientras, él recorre el mundo contando cuentos, aunque ninguno tan regocijante como el de los fósforos.

FIN

La reina de las abejas

Ilustración: Helen Stratton

Dos príncipes, hijos mayores de un rey, partieron un día en busca de aventuras y se entregaron a una vida disipada y licenciosa, por lo que no volvieron a aparecer por su casa. El tercer hijo, al que llamaban Simplón, se puso en camino, en busca de sus hermanos. Cuando, por fin, los encontró, se burlaron de él.

—¿Cómo pretendes, siendo tan simple, abrirte paso en el mundo cuando nosotros, que somos mucho más inteligentes, aún no lo hemos conseguido?

No obstante, dejaron que los acompañara.

Por el camino, encontraron un nido de hormigas. Los dos mayores querían destruirlo para divertirse viendo cómo los animalitos corrían azorados para poner a salvo los huevos; pero el menor dijo:

—Dejad en paz a las hormigas; no dejaré que las molestéis.

Siguieron andando hasta llegar a la orilla de un lago, en cuyas aguas nadaban muchísimos patos. Los dos hermanos querían cazar unos cuantos para asarlos, pero el menor se opuso:

—Dejad en paz a los patos; no consentiré que los molestéis.

Al fin llegaron a una colmena silvestre, instalada en un árbol, tan repleta de miel, que ésta fluía tronco abajo. Los dos mayores iban a encender fuego al pie del árbol para sofocar los insectos y poderse apoderar de la miel; pero Simplón los detuvo, repitiendo:

—Dejad a las abejas en paz; no toleraré que las queméis.

Al cabo de unas horas, llegaron los tres a un castillo del que decían que estaba encantado. Entraron y lo primero que vieron fue que en las cuadras había muchos caballos de piedra, pero ni un alma viviente. Recorrieron todas las salas sin encontrar a nadie, hasta que se encontraron frente a una puerta cerrada con tres cerrojos, pero que tenía una ventanilla en el centro por la que podía mirarse al interior. Dentro, se veía a un hombrecillo de cabello gris, sentado a una mesa. Lo llamaron una vez y dos, pero no los oyó; a la tercera, se levantó, descorrió los cerrojos y salió de la habitación sin pronunciar una sola palabra y, por señas, les indicó que lo siguieran. Los condujo hacia una mesa ricamente puesta. Una vez hubieron comido y bebido, llevó a cada uno de los tres hermanos a un dormitorio.

A la mañana siguiente, el hombrecillo llamó al mayor y lo condujo hasta una mesa de piedra, en la cual había escritos los tres trabajos que debía cumplir para desencantar el castillo. El primero decía: «En el bosque, entre el musgo, se hallan las mil perlas de la hija del rey. Se han de recoger antes de la puesta del sol, en el bien entendido de que si falta una sola, el que hubiere emprendido la búsqueda quedará convertido en piedra.

El mayor se pasó el día buscando; pero a la hora del ocaso no había reunido más que un centenar de perlas; y le sucedió lo que estaba escrito en la mesa: quedó convertido en piedra.

Al día siguiente, el segundo intentó la aventura, pero no tuvo mayor éxito que el mayor: encontró solamente doscientas perlas, y, a su vez, fue transformado en piedra.

Finalmente, le tocó el turno a Simplón, el cual salió a buscar entre el musgo. ¡Qué difícil se hacía la búsqueda y con qué lentitud se reunían las perlas! Se sentó sobre una piedra y se puso a llorar. De pronto, se presentó la reina de las hormigas a las que había salvado la vida, seguida de cinco mil de sus súbditos y en un abrir y cerrar de ojos tuvieron los animalitos las perlas reunidas en un montón.

Al día siguiente, a Simplón se le encomendó pescar del fondo del lago la llave del dormitorio de la princesa. Al llegar el muchacho a la orilla dispuesto a sumergirse en las negras aguas, los patos que había salvado se acercaron nadando, se sumergieron en las profundidades y, al poco rato, aparecieron con la llave pedida.

A la mañana siguiente, Simplón debía enfrentarse al tercero de los trabajos, el más difícil de todos. De las tres hijas del rey, que estaban dormidas a causa de un encantamiento, debía descubrir cuál era la más joven y hermosa, pero el caso era que las tres se parecían como tres gotas de agua, y entre ellas no se advertía la menor diferencia. De ellas solo se sabía que, justo antes de quedarse dormidas, habían comido diferentes golosinas. La mayor, un terrón de azúcar; la segunda, un poco de jarabe de caramelo, y la menor, una cucharada de miel.

En ese instante, compareció la reina de las abejas, cuyo panal Simplón había salvado del fuego, y exploró la boca de cada una. Después de revolotear sobre las tres princesas, se posó, finalmente, en la boca de la que había comido miel, con lo cual el príncipe pudo reconocer a la verdadera.

El hechizo se desvaneció en ese instante; todos despertaron, y los petrificados recuperaron su forma humana. Simplón se casó con la princesita más joven y bella, y los dos heredaron el trono a la muerte del rey. Los dos hermanos se casaron con las otras dos princesas.

FIN

Las tres preguntas del rey

Ilustración: RenjuArt

Un día, cierto rey pensó que si conociera la respuesta a estas tres preguntas nunca fallaría en ninguna cuestión:

¿Cuál es el momento más oportuno para hacer cada cosa?

¿Qué cosa se debe hacer en cada momento?

¿Quién es la persona más importante en cada momento?

El rey mandó publicar un edicto para anunciar que cualquiera que pudiera resolver esas tres cuestiones recibiría una cuantiosa recompensa. Muchos fueron los que después de leer el edicto se pusieron en camino hacia el palacio y cada uno llevaba una solución distinta al rey.

En respuesta a la primera pregunta, alguien le aconsejó organizar minuciosamente su tiempo. Se debían programar para cada hora, cada día, cada mes y cada año determinadas tareas y bajo ningún concepto el rey debía desviarse del plan trazado. Solo así podría esperar realizar cada cosa en el momento oportuno.

El siguiente aseguró que era completamente imposible planear nada de antemano y que lo que debía hacer el rey era desechar cualquier distracción inútil y estar bien atento a todo para saber cuál era el momento más oportuno para actuar.

Sin embargo, contradiciendo esto último, alguien insistió en que el monarca, por sí mismo, jamás tendría la previsión y competencia necesarias para decidir cuál era el momento más oportuno para actuar y que lo que necesitaba era establecer un «Consejo de Sabios» y dejarse asesorar por ellos.

Un cuarto afirmó que ciertos asuntos exigen tomar decisiones inmediatas y que es imposible esperar los resultados de una consulta; así que para saber de antemano qué sucederá, lo mejor es rodearse de magos y adivinos.

Las respuestas a la segunda pregunta también fueron variadas. Algunos decían que lo mejor era dedicar el tiempo al estudio de las ciencias, porque ellas indican lo que es mejor hacer en cada momento; otros afirmaban que solo rezando encontraría la inspiración necesaria para saber cómo actuar en cada situación; finalmente, algunos le aconsejaron que, aunque no supiera exactamente cómo actuar, debía estar preparado y rodearse, por si acaso, con un buen ejército.

También para la tercera pregunta hubo variedad de respuestas. Hubo quien dijo que el rey necesitaba depositar toda su confianza en un administrador; otro lo animaba a depositar su confianza en un sacerdote o un monje; otro en un mago o adivino; otro en un médico; en un guerrero; en un maestro; en…

Como el rey no se sintió complacido con ninguna de las respuestas, nadie consiguió la recompensa.

Pasaron los días y el rey seguía obsesionado con las tres preguntas. Decidió entonces consultar con un ermitaño, del que se decía que era un hombre iluminado y una mañana, cuando aún no había salido el sol, se vistió de simple campesino y se dirigió a la alta montaña en la que vivía el sabio a buscar respuestas. Después de una dura subida, halló, por fin, al hombre cavando en el huerto que rodeaba su pequeña cabaña. Al ver al extraño, el ermitaño movió la cabeza en señal de saludo y, sin pronunciar ni una palabra, siguió con su labor.

El rey se aproximó a él:

—Que tengas un feliz día. He venido buscando la respuesta a estas tres preguntas: «¿Cuál es el momento más oportuno para hacer cada cosa? ¿Qué cosa se debe hacer en cada momento? ¿Quién es la persona más importante en cada momento?».

El ermitaño lo escuchó atentamente, pero permaneció en silencio. Posó una mano sobre el hombro del monarca y después continuó cavando. Estaba claro que aquella labor era dura para él, pues se trataba de un hombre muy anciano y empujaba pesadamente la pala cada vez que la introducía en la tierra.

Al notarlo, el rey le propuso:

—Deja que te ayude. Debes estar muy cansado.

El anciano le dio las gracias, le pasó la pala al monarca y se sentó a descansar.

Después de un buen rato de trabajo, el rey paró, se volvió hacia el eremita y repitió sus preguntas. Tampoco respondió esta vez el anciano, se limitó a levantarse y señalando la pala dijo:

—Descansa un rato, yo seguiré.

El rey negó con la cabeza y continuó cavando. Pasaron las horas, y cuando el sol comenzaba a ponerse tras las montañas dejó la pala y habló de nuevo:

—Vine buscando respuestas, pero si no me las puedes dar, dímelo y me marcharé.

En lugar de responder, el eremita levantó la cabeza y dijo:

—¿No oyes a alguien corriendo por allí?

Volvieron ambos la cabeza y vieron que un hombre salía de entre los árboles. Andaba a trompicones, se lamentaba dolorosamente y apretaba con las manos su estómago. Llegó hasta donde ellos estaban y se desplomó inconsciente. Al rasgar sus vestidos vieron que tenía un profundo corte. El rey limpió cuidadosamente la herida y usó su propia camisa para vendarla.

El sol ya se había puesto y el aire de la noche era helado. Llevaron al hombre a la cabaña y lo acostaron. El herido pidió un vaso de agua y el rey corrió hacia el arroyo para llenar un jarro. El hombre bebió, cerró los ojos y se quedó tranquilo.

Por fin, el rey pudo sentarse tras el agotador día vivido y, al hacerlo, se quedó dormido. Cuando despertó, el sol ya lucía sobre las montañas. Miró hacia la cama y vio al herido, que miraba confuso a su alrededor; al ver al rey, bajó los ojos y dijo con un leve suspiro:

—Por favor, perdóname.

—¿Qué has hecho para que deba perdonarte? —se asombró el rey.

—Juré vengarme de ti, porque por culpa de tus impuestos perdí mi granja. Cuando supe que venías solo a la montaña para ver al ermitaño, decidí sorprenderte en el camino de vuelta y darte un escarmiento. Pero como tardabas tanto en bajar, decidí ir en tu busca. En lugar de dar contigo, topé con un enorme oso que me atacó. Por suerte, pude escapar y llegar hasta aquí. Si no te hubiera encontrado, ahora estaría muerto. ¡Yo quería vengarme y tú has curado mis heridas!

El rey no solo lo perdonó sino que le prometió devolverle su propiedad y enviarle a sus propios médicos y servidores para que lo atendieran hasta que estuviera completamente restablecido.

Antes de regresar a palacio, el rey se despidió del ermitaño, este miró al rey y le dijo:

—Ya tienes las respuestas que viniste a buscar.

—¿Cómo? —preguntó el monarca confuso.

—Ayer, si no te hubieras compadecido de mí y no me hubiera ayudado a cavar, te habrías marchado y este hombre te hubiera atacado en el camino de vuelta. Entonces habrías lamentado no haberte quedado conmigo. Por lo tanto, el tiempo más importante fue el que pasaste cavando, la persona más importante era yo mismo y el empeño más importante fue ayudarme a mí.
»Más tarde, cuando el herido corrió hacia aquí, el momento más oportuno fue el tiempo que pasaste curando su herida, porque si no lo hubieras curado, habría muerto y habrías perdido la oportunidad de reconciliarte con él. De esta manera, la persona más importante fue él y el objetivo más importante fue cuidarlo.
»El instante presente es el único sobre el que puedes actuar, así que solo hay un momento importante y es «ahora». La persona más importante es siempre la que «ahora» está junto a ti, porque quién sabe si mañana volverás a encontrarla. Y el propósito más importante es hacer que esa persona sea feliz mientras permanece a tu lado. Recuerda siempre esto y no fallarás en ninguna cuestión.

FIN

El reyezuelo

Ilustración: kimsingu

En tiempos remotísimos todos los sonidos y ruidos tenían sentido y significado. Lo tenía el martillo del herrero al golpear el yunque, y el cepillo del carpintero al pulir la madera, y la rueda del molino al ponerse en acción, diciendo con su tableteo: «¡Cuántas vueltas da la vida! ¡Cuántas vueltas da la vida!» Y si el molinero que iba a moler era un ladrón, cuando la ponía en marcha, hablaba muy claramente y empezaba preguntando despacio: «¿Quién viene? ¿Quién viene? —y contestaba más rápido—: ¡El molinero! ¡El molinero! —y, finalmente, añadía a toda velocidad—: ¡Roba que robarás! ¡De un saco, dos sacarás!».

Por aquellos tiempos, incluso las aves tenían su propio lenguaje, que hoy en día, inteligible para todo el mundo, nos suena a gorjeos, chillidos, arrullos o silbidos, y el de ciertos pájaros, a música sin palabras. Pues bien, he aquí que, un día, se les metió a las aves en la cabeza la idea de que necesitaban alguien que mandase y decidieron elegir un rey. Solo una, el avefría, no estuvo de acuerdo: ella siempre había volado libre, y libre quería morir. Revoloteaba de un lado para otro, angustiada, gritando:

—¿Adónde voy, adónde voy?

Finalmente, se retiró a los pantanos solitarios y desiertos, sin dejarse ver de sus semejantes.

Las demás aves decidieron deliberar sobre el asunto, y una hermosa mañana de mayo, salieron de bosques y campos. Se congregaron: el águila, el pinzón, la lechuza, la graja, la alondra, el gorrión… ¡Imposible mencionarlas todas! Incluso acudieron la abubilla y el cucú, su sacristán, llamado así porque siempre se deja oír unos días antes que la abubilla. También compareció un pajarillo muy chiquitín, que todavía no tenía nombre. La gallina que, despistada como siempre, no se había enterado del asunto, se admiró al ver aquella enorme concentración:

—Coc, coc, coc coc, ¿qué pasa ahí? —cacareó asustada—. Pero el gallo la tranquilizó, explicándole el objeto de la asamblea.

Se decidió que sería rey el ave capaz de volar a mayor altura. Una rana de zarzal que contemplaba todo desde una mata, exclamó, en tono de advertencia, al oír aquello:

—Croac, croac. croac, convencida estoy de que esta es una mala solución.

Pero el mirlo le replicó:

—¡Chuik, chuik, chuik! —que significa: «Todo irá bien».

Decidieron efectuar la prueba aquella misma mañana, para que nadie pudiese luego decir: «Yo habría volado más alto; pero llegó la noche y tuve que descender».

Ya de acuerdo, a una señal convenida, se elevó por los aires aquel tropel de aves, levantado una gran polvareda en el campo. Se oyó un estruendoso rumor de aleteos, y pareció como si una nube negra cubriese el cielo.

Las aves pequeñas no tardaron en quedar rezagadas; agotadas sus fuerzas, regresaron a tierra. Las mayores resistieron más, aunque ninguna pudo rivalizar con el águila, la cual subió tan alto, que habría podido dar un picotazo al sol. Al ver que ninguna otra la seguía, pensó: «¿Para qué subir más? Indudablemente, soy la reina,» y empezó a descender. Las demás aves, desde el suelo, la recibieron al grito de:

—¡Tú serás nuestra reina; nadie ha volado a mayor altura que tú!

—¡Excepto yo! —exclamó el pequeñuelo sin nombre, que se había escondido entre las plumas del águila. Y como no se había fatigado, pudo seguir subiendo y subiendo cuando el águila empezó a bajar. Tanto subió, que llegó casi a rozar la luna. Y, una vez allí arriba, recogió sus alas y se dejó caer como un plomo, gritando, con su voz fina y penetrante—: ¡Rey soy yo!, ¡rey soy yo!, ¡rey soy yo!

—¿Tú nuestro rey? —protestaron las aves, airadas—. Has ganado con engaño y astucia.

Y entonces pusieron otra condición: sería rey aquel que fuese capaz de hundirse más profundamente en la tierra. ¡Era digno de ver cómo el ganso restregaba su ancho pecho contra el suelo! ¡Con cuánto vigor abría el gallo un agujero! El pato fue el menos afortunado, pues si bien saltó a un foso, se torció las patas y echó a correr, anadeando, hasta la charca próxima, mientras parpaba:

—¡Cuek, Cuek!, ¡mal negocio!

El pequeño sin nombre buscó un agujero de ratón, se metió en él, y desde el fondo, gritó con su voz fina:

—¡Rey soy yo!, ¡rey soy yo!, ¡rey soy yo!

—¿Tú nuestro rey? —repitieron las aves, más indignadas todavía—. ¿Piensas que van a valerte tus ardides?

Y decidieron retenerlo prisionero en la madriguera, condenándolo a morir allí de hambre. Para ello, encargaron su custodia a la lechuza, con la consigna de no dejar escapar al bribonzuelo, bajo ningún concepto.

Al caer la noche, todas las aves, cansadas del ejercicio de vuelo al que se habían sometido, se retiraron a sus respectivos nidos, solo la lechuza se quedó junto al agujero del ratón, con sus grandes ojos clavados en la entrada. Sin embargo, como también ella estaba cansada, pensó: «Como mis ojos son tan grandes, cerraré uno y velaré con el otro. Ese pajarillo no podrá escapar de la ratonera». Y, así, cerró un ojo, manteniendo el otro clavado en la madriguera. El pajarillo sacaba de vez en cuando la cabeza con el propósito de escapar; pero la lechuza seguía vigilante, y él no tenía más remedio que meterse de nuevo en su escondite. Al cabo de un rato, la lechuza cambió de ojo para descansar el otro, con la idea de usarlos alternativamente hasta que llegase la mañana. Pero una vez lo cerró, se olvidó de abrir el otro y se quedó profundamente dormida. El pequeño pajarito no tardó en darse cuenta de ello y se escapó.

Desde entonces, la lechuza no puede dejarse ver durante el día; porque, si lo hace, todas las demás aves la persiguen y la cosen a picotazos. Por eso, vuela únicamente de noche y también, por eso, odia y persigue a los ratones, a causa de que los agujeros que abren en el suelo le recuerdan su fracaso.

Tampoco el pajarillo se presenta mucho en público, temeroso de perder la cabeza si lo cogen. Se oculta entre los setos y, cuando cree estar muy seguro, todavía suele gritar:

—¡Rey soy yo!, ¡rey soy yo!, ¡rey soy yo!—por lo cual, las demás aves lo llaman, en son de burla, «reyezuelo».

Pero ningún ave se sintió más contenta que la alondra de que no se eligiera rey, pues así no tenía que obedecer a nadie. En cuanto el sol aparece en el horizonte, se eleva en los aires y canta:

—¡Qué bonito! ¡Qué bonito! ¡Qué bonito!

FIN

La campesina y los tres consejeros del rey

Ilustración: cosmococo

El sol se ponía y una vieja campesina terminaba sus labores agrícolas diarias. En la distancia oyó el eco de unos cantos que llegaban desde las montañas. Se giró en dirección al lugar del que provenía el sonido y vio una gran comitiva de gente a caballo que salía del bosque y se dirigía, por la carretera, hacia la ciudad. Era el rey y sus caballeros, que volvían de caza. El monarca cabalgaba el primero y lo seguían, a poca distancia, los grandes del reino y los ministros, luciendo sus mejores galas. Cerraba aquel séquito la banda real, que tocaba sus instrumentos y cantaba canciones.

El espectáculo era magnífico. En cuanto la anciana vio a los caballeros con sus relucientes ropajes y escudos, no pudo despegar los ojos de ellos. Mientras miraba embelesada, observó cómo el rey detenía la marcha de su cortejo con una señal de su mano y, campo a través, se dirigía, seguido de tres de sus consejeros, hasta donde ella estaba. La vieja campesina sacudió el polvo de su ropa lo mejor que pudo, se atusó el pelo con los dedos y esperó, humilde y expectante, la llegada del rey.

El rey se acercó a la campesina y después de saludarla amablemente le dijo:

—Buena mujer, ¿te levantaste temprano para llevar a cabo tus tareas?

La anciana respondió:

–Así es; me levanté pronto para cultivar mis campos y estos me dieron abundantes frutos.

El rey le preguntó entonces:

—Sin embargo, no veo esos frutos que mencionas… Dime, ¿cuánto tiempo hace que ese huerto en flor se secó y la cima de las montañas se cubrió de nieve?

—Veinte años hace ya, majestad —contestó la campesina con tristeza.

El rey, haciendo con su cabeza una señal de comprensión, le preguntó a continuación:

—¿Y durante todo ese tiempo han estado fluyendo caudalosos ríos desde el fondo de la montaña?

—Y siguen fluyendo, majestad. Fluyen y fluyen, desde entonces, sin parar.

—Hasta ahora, todo bien —dijo el rey—. Pero dime, ¿serás capaz de esquilar tres gansos tontos cuando lleguen del oeste?

—Seré capaz, sabio monarca, seré capaz. Lo prometo —contestó sin demora la viejecita.

El rey dio por finalizada la conversación, pero antes de marcharse, le regaló a la anciana un cinturón de oro y partió, junto a sus tres consejeros, para unirse de nuevo al séquito real, que lo aguardaba en el camino. Entre la nube de polvo que levantaban los caballos al galopar, la mujer los perdió de vista en el horizonte, camino de palacio.

Al llegar a su destino, el rey, los consejeros y el resto de la corte celebraron un gran banquete. Al terminar, el rey pidió a los consejeros que lo habían acompañado a ver a la campesina que le explicaran el significado de las preguntas que le había hecho a la anciana y qué querían decir las respuestas que esta le había dado.

Los consejeros pensaron y pensaron durante horas, tratando de desentrañar los acertijos, pero ninguna de las explicaciones fue del agrado del rey. Por último, el soberano les concedió treinta días para que encontraran las respuestas correctas y advirtió a los tres de que en caso de que fracasaran, elegiría nuevos consejeros para reemplazarlos.

Durante veintiocho noches los consejeros meditaron y discutieron, pero fueron incapaces de descifrar los enigmas. Vencidos, decidieron ir a ver a la anciana campesina para que los ayudara.

La mujer los recibió en el umbral de su cabaña, con una reverencia los invitó a pasar, pero se negó a aclarar el misterio que encerraban las preguntas formuladas por el monarca y las respuestas que ella le había dado. Por más que los consejeros rogaron, suplicaron y, finalmente, amenazaron, no consiguieron una respuesta de la campesina. Solo cuando pusieron sobre la mesa cien monedas de oro cada uno, la anciana dio su brazo a torcer. Se guardó el dinero en el bolsillo, y dijo que les revelaría el misterio que tanto los preocupaba.

—La primera pregunta del rey se refería a mi familia y mi respuesta fue que me casé joven y tuve hijos, pero que pasado el tiempo me quedé sola. Después el rey me preguntó cuánto tiempo hacía de eso y desde cuándo peinaba yo canas, a lo que yo respondí que hace ya veinte años que la soledad y la pena cubrió de nieve mi cabeza. Finalmente, el rey quiso saber si he llorado mucho y yo le dije que desde entonces no he dejado de llorar. Por último, con los tres gansos tontos del oeste el rey aludía a vosotros y vaticinó que vendríais a pagarme para que resolviera el significado de la conversación que mantuvimos él y yo. Y tal y como le prometí, ¡os he esquilado!

FIN

El país de la geometría

Ilustración: Rosita-Fresita

Había una vez un amplio país blanco de papel. El Rey de este país era el Compás. ¿Por qué no?

El Compás. Aquí viene caminando con sus dos patitas flacas: una pincha y la otra no.

Jo, jo, jo, jo, jo, una pincha y la otra no.

El Rey Compás vivía en un gran palacio de cartulina en forma de icosaedro, con dieciocho ventanitas. Cualquiera de nosotros estaría contento en un palacio así, pero el Rey Compás no. Estaba siempre triste y preocupado.

Porque para ser feliz y rey completo le faltaba encontrar a la famosa Flor Redonda.

Jo jo jo jo jo, sin la Flor Redonda no.

El Rey Compás tenía un poderoso ejército de Rombos, una guardia de vistosos Triángulos, un escuadrón policial de forzudos Trapecios, un sindicato de elegantes Líneas Rectas, pero… le faltaba lo principal: ser dueño de la famosa Flor Redonda.

El Rey había plantado dos Verticales Paralelas en el patio, que le servían de atalaya. Las Paralelas crecían, crecían, crecían…

Muchas veces el Rey trepaba a ellas para otear el horizonte y ver si alguien le traía la Flor, pero no.

Había mandado cientos de expediciones en su búsqueda y nadie había podido encontrarla.

Un día el Capitán de los Rombos le preguntó:

—¿Y para qué sirve esa flor, señor Rey?

—¡Tonto, retonto! —tronó el Rey—. ¡Solamente los tontos retontos preguntan para qué sirve una flor! El Capitán Rombo, con miedo de que el Rey lo pinchara, salió despacito y de perfil por el marco de la puerta.

Otro día el Comandante de los Triángulos le preguntó:

—Hemos recorrido todos los ángulos de la comarca sin encontrarla, señor Rey. Casi creemos que no existe. ¿Puedo preguntarle para qué sirve esa flor?

—¡Tonto, retonto! —tronó el Rey—. ¡Solamente los tontos retontos preguntan para qué sirve una flor! El Comandante de los Triángulos, temeroso de que el Rey lo pinchara, salió despacito y de perfil por una de las dieciocho ventanas del palacio.

Otra tarde la Secretaria del sindicato de Líneas Rectas se presentó ante el Rey y tuvo la imprudencia de decirle:

—¿No le gustaría conseguir otra cosa más útil, señor Rey? Porque al fin y al cabo, ¿para qué sirve una flor?

—¡Tonta, retonta! —tronó el Rey—. ¡Solamente las tontas retontas preguntan para qué sirve una flor! La pobre señorita Línea, temerosa de que el Rey la pinchara, se escurrió por un agujerito del piso.

Poco después llegaron los Trapecios, maltrechos y melancólicos después de una larga expedición.

—¿Y? ¿Encontraron a la Flor Redonda? —les preguntó el Rey, impaciente.

—Ni rastros, Majestad.

—¿Y qué diablos encontraron?

—Cubitos de hielo, tres dados, una regla y una cajita.

—¡Harrrto! ¡Estoy harrrto de ángulos y rectas y puntos! ¡Sois todos unos cuadrados! (Este insulto ofendió mucho a los Trapecios). ¡Estoy harrrto y amarrrgado! ¡Quiero encontrar a la famosa Flor Redonda!

Y todos tuvieron que corear la canción que ya era el himno de la comarca:

Sin la flor redonda no. Jo jo jo jo jo.

Los súbditos del Rey, para distraerlo, decidieron organizar un partido de fútbol. Las tribunas estaban llenas de Puntos alborotados. Los Rombos desafiaban a los Triángulos.

En fin, ganaron los Triángulos por 1 a 0 (mérito singular si se tiene en cuenta que la pelota era un cubo). El Capitán de los Rombos fue a llorar su derrota en un rincón.

El Comandante de los Triángulos, cansado y victorioso, se acercó al Rey:

—¿Y? ¿Le gustó el partido, Majestad?

—¡Bah, bah!… —dijo el Rey, distraído, siempre con su idea fija—. No perdamos tiempo con partidos; mañana salimos todos de expedición.

—¿Mañana? Pero estamos muy cansados, señor Rey. El partido duró siete horas; usted no sabe cómo cansa jugar con una pelota en forma de cubo.

—Tonto, retonto, mañana partimos.

A la mañana tempranito el Rey pasó revista a sus tropas. Había decidido salir él mismo a la cabeza de la expedición. Rombos, Cuadrados, Triángulos, Trapecios y Líneas Rectas formaban fila, muertos de sueño y escoltados por unos cuantos Puntos enrolados como voluntarios.

Allá se van todos, en busca de la famosa, misteriosa y caprichosa Flor Redonda.

La expedición del Rey Compás atravesó páginas y cuadernos desolados, ríos de tinta china, espesas selvas de viruta de lápiz, cordilleras de gomas de borrar, buscando, siempre buscando a la dichosa flor.

Registraron todos los ángulos, todos los rincones, todos los vericuetos, bajo el viento, la lluvia, el granizo y la resolana.

—Me doy por vencido —dijo por fin el Rey—. Quizás ustedes tenían razón y la dichosa Flor Redonda no exista. Quizá no eran tan retontos como yo pensaba. Volvamos a casita.

Cuando volvieron, el Rey se encerró en su cuarto, espantosamente triste y amargado.

Al rato entró la señora Línea a llevarle la sopita de tiza y se preocupó mucho al verlo tan triste.

—Señor Rey —le dijo para consolarlo—, ¿no sabe usted que siempre es mejor cantar y bailar que amargarse?

Cuando la señorita Línea se hubo deslizado por debajo de la puerta, el Rey, que no era sordo a los consejos, dijo:

—Y bueno, probemos: la la la la… —Y cantó y bailó un poquito.

Bailando, bailando, bailando, descubrió sorprendido que había dibujado una hermosa Flor Redonda sobre el piso de su cuarto.

Y siguió bailando hasta dibujar flores y más flores redondas que pronto se convirtieron en un jardín.

Jo, jo, jo, jo, jo, y la Flor la dibujó.

FIN

El rey que no quería bañarse

Ilustración: pesare

Las esponjas suelen contar historias muy interesantes, el único problema es que lo cuentan en voz muy baja y para oírlas hay que lavarse muy bien las orejas. Una esponja me contó una vez lo siguiente…

En una época lejana las guerras duraban mucho, un rey se iba a la guerra y tardaba treinta años en volver, cansado y sudado de cabalgar, y con la espada tinta en chinchulín enemigo.

Algo así le sucedió al rey Vigildo. Se fue a la guerra una mañana y volvió veinte años más tarde, protestando porque le dolía todo el cuerpo.

Naturalmente lo primero que hizo su esposa, la reina Inés, fue prepararle una bañera con agua caliente. Pero cuando llegó el momento de sumergirse en la bañera, el rey se negó.

—No me baño —dijo—¡No me baño, no me baño y no me baño!

La reina, los príncipes, la parentela real y la corte entera quedaron estupefactos.

—¿Qué pasa majestad? —preguntó el viejo chambelán— ¿Acaso el agua está demasiado caliente? ¿El jabón demasiado frío? ¿La bañera demasiado profunda?

—No, no y no —contestó el rey— pero yo no me baño nada.

Por muchos esfuerzos que hicieron para convencerlo, no hubo caso.

Con todo respeto trataron de meterlo en la bañera entre cuatro, pero tanto gritó y tanto escándalo formó para escapar, que al final lo soltaron.

La reina Inés consiguió cambiarle las medias, —¡las medias que habían batallado con él veinte años!— pero nada más.

Su hermana, la duquesa Flora le decía:

—¿Qué te pasa Vigildo? ¿Temes oxidarte o despintarte o encogerte o arrugarte..?

Así pasaron días interminables. Hasta que el rey se atrevió a confesar.

—¡Extraño las armas, los soldados, las fortalezas, las batallas! Después de tantos años de guerra, ¿qué voy a hacer yo sumergido como un besugo en una bañera de agua tibia? Además de aburrirme, me sentiría ridículo.

Y terminó diciendo en tono dramático: ¿Qué soy yo, acaso un rey guerrero o un poroto en remojo?

Pensándolo bien el rey Vigildo tenía razón. ¿Pero cómo solucionarlo? Razonaron bastante, hasta que al viejo chambelán se le ocurrió una idea. Mandó hacer un ejército de soldados del tamaño de un dedo pulgar, cada uno con su escudo, su lanza, su caballo, y pintaron los uniformes del mismo color que el de los soldados del rey. También construyeron una pequeña fortaleza con puente levadizo y con cocodrilos del tamaño de un carretel, para poner en el foso del castillo. Fabricaron tambores y clarines en miniatura. Y barcos de guerra que navegaban empujados a mano o soplidos.

Todo esto lo metieron en la bañera del rey, junto con algunos dragones de jabón.

Vigildo quedó fascinado. ¡Era justo lo que necesitaba!

Ligero como una foca, se zambulló en el agua. Alineó a sus soldados, y ahí nomás inició un zafarrancho de salpicaduras y combate. Según su costumbre daba órdenes y contraordenes. Hacía sonar la corneta y gritaba:

—¡Avanzad mis valientes! Glub, glub. ¡No reculéis cobardes! ¡Por el flanco izquierdo! ¡Por la popa…!- Y cosas así.

La esponja me contó que después no había forma de sacarlo del agua.

También que esa costumbre quedó para siempre. Es por eso que, todavía hoy, cuando los chicos se van a bañar, llevan sus soldados, sus perros, sus osos, sus tambores, sus cascos, sus armas, sus caballos, sus patos y sus patas de rana.

Y si no hacen eso, cuénteme lo aburrido que es bañarse.

FIN