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La elección del rey

Ilustración: John Bauer

El rey Helamund debía partir lejos e hizo jurar a sus seis ministros que, durante su ausencia, gobernarían el reino lo mejor posible. Les advirtió, además, de que, en caso de fallecer durante su viaje, protegerían a su pequeña hija, todavía un bebé, y que le guardarían el trono para cuando se hiciera mayor.

Pero el rey todavía no tenía decidido a cuál de ellos nombraría primer ministro. Uno le parecía demasiado viejo, el otro demasiado joven, el tercero demasiado impaciente, el cuarto demasiado lento, el quinto demasiado atrevido y el sexto demasiado cobarde.

Una noche, acostado en la cama, pensaba a quién debía elegir cuando vio asomarse, entre los pliegues de las cortinas de la alcoba, una figura:

—¿Quién eres? —preguntó sorprendido.

—Soy la ninfa del castillo. He vivido aquí durante muchos reinados y siempre he intentado ayudar a la persona que reinaba en los momentos difíciles. Ahora lo haré contigo. Apoya la cabeza en la almohada.

A continuación, la ninfa sopló en el rostro del monarca y él se quedó dormido y empezó a soñar.

Soñaba que ya había partido y que estaba lejos, muy lejos de casa. Pero, a pesar de eso, podía ver lo que ocurría en su reino. Podía ver a sus ministros discutiendo. Solamente uno permanecía tranquilo e intentaba calmar la disputa.

Después, el rey los vio bajar a la cámara del tesoro y llenar sus bolsillos con oro. Solamente uno no rozó siquiera los baúles, sino que por el contrario intentaba impedir que los demás robaran.

A continuación, vio cómo uno de los ministros, al frente de una multitud de guerreros, comunicaba la muerte del rey Helamund, se proclamaba a sí mismo monarca, metía en la cárcel al ministro fiel y encerraba a la pequeña princesa en la torre.

Mientras Helamund soñaba esto, se le llenaba la frente de sudor. Anhelaba abalanzarse sobre aquel traidor. En ese momento, despertó agitando salvajemente los brazos a su alrededor, pero se dio cuenta de que la ninfa estaba todavía a su lado y se calmó, porque comprendió que nada de aquello había sucedido en realidad. Pero al mismo tiempo se asustó. Quizás el sueño era un aviso de lo que podía suceder.

La ninfa afirmó con la cabeza, como si hubiera leído sus pensamientos, y dijo:

—Ya ves el poco valor que tienen a veces promesas y juramentos.

—Si por lo menos supiera quién era el ministro fiel. Pero no pude distinguir su cara. —Se lamentó el rey.

—Tampoco yo lo sé —dijo la ninfa del palacio—. Pero si quieres conocer mejor a tus consejeros, te puedo ayudar. Invítalos mañana a pasear en tu barca por el río, pero tú no vayas. Tú y yo nos encontraremos en el embarcadero que hay en el bosque.

Dicho esto, la ninfa desapareció.

Al día siguiente. el rey siguió el consejo de la ninfa e invitó a sus consejeros a pasear en su barca por el río y él cabalgó solo hasta el embarcadero, donde ya lo esperaba la ninfa del palacio.

La ninfa contempló a Helamund con sus ojos profundos y recitó:

Rey como tú no hubo jamás,

pero con mi magia mendigo serás.

El rey sintió entonces que se transformaba. Su cuerpo perdió esbeltez; sus ricos ropajes quedaron convertidos en harapos, su pelo y su barba se enmarañaron y su mano, en lugar de la espada, empuñó un hacha.

—¿Qué me has hecho? —exclamó Helamund asustado.

—No te asustes —dijo la ninfa—, pronto recuperarás tu aspecto normal.

Y recitó de nuevo:

Casucha pobre y pequeña

emerge de la tierra.

Y del suelo salió una cabaña de madera con el tejado cubierto de musgo.

—Ahora escucha —dijo la ninfa—: tú eres un pobre leñador y esta es tu casa. Dentro de un rato, salvarás a tus consejeros y, a cambio, tendrás ocasión de pedirles algo. Pídeles que te honren con su presencia en la fiesta que darás dentro de tres días a la puesta del sol.

Dicho esto, la ninfa desapareció.

Al poco, Helamund oyó gritos. Un remolino de viento agitaba tan fuerte la embarcación real, que parecía que el río se la iba a tragar junto a todos los pasajeros.

Sin pensarlo, el rey se lanzó al agua, nadó hasta la barca, que ya estaba medio hundida, se encaramó a ella y, remando, la llevó, hasta la orilla.

Con el miedo reflejándose aún en sus caras, los consejeros dieron las gracias a su salvador e insistieron en recompensarlo por su valentía.

—Dinos qué quieres. Sea lo que sea cumpliremos tu deseo.

Helamund recordó las palabras de la ninfa del castillo.

—Aunque soy un hombre pobre e insignificante, dentro de tres días, a la puesta del sol, celebraré una fiesta para algunos amigos y vecinos aquí, en mi humilde casa, y desearía contar con vuestra presencia.

Los consejeros se rieron.

—¿Puedes pedir lo que sea y solo deseas que asistamos a tu fiesta? —preguntaron.

—Sí, eso es todo —contestó Helamund.

Los consejeros seguían riendo, pero cada uno de ellos le dio la mano y prometió cumplir el compromiso.

Los seis se alejaron. El rey recuperó su aspecto y regresó a palacio.

Durante los dos días siguientes nada pasó, pero a la noche del segundo día, la ninfa de palacio volvió a visitar al rey:

—Rey Helamund, mañana darás una gran fiesta a la que invitarás a la corte entera, incluidos tus seis consejeros.

—Pero ellos se han comprometido con el leñador —-dijo el rey.

—Precisamente por eso —respondió la ninfa antes de volver a desaparecer.

Helamund se quedó pensativo, pero, poco a poco, comprendió qué debía hacer.

A la mañana siguiente, envió las invitaciones para la fiesta, que empezaría a la puesta del sol.

Puntualmente, a esa hora, la sala del palacio estaba abarrotada.

El rey entró y miró a su alrededor buscando a sus consejeros. Y, efectivamente, allí estaban todos saludándolo sumisamente. No habían hecho caso a la invitación del leñador. Pero al contarlos, se dio cuenta de que faltaba uno.

—No veo a Ismaril.

—Majestad, Ismaril ha mandado un mensaje diciendo que no podrá asistir a la fiesta porque se había comprometido anteriormente con otra persona —contestó el gran chambelán.

El rey se estiró y frunció las cejas, como si se hubiera puesto furioso.

—¿Alguien puede decirme quién es esa persona tan sumamente importante para que él prefiera honrarla con su presencia en vez de estar con su rey? —preguntó.

Los cinco consejeros se miraron entre sí, dudando de cómo debían contestar. Sin embargo, como en secreto tenían celos de Ismaril, no podían desaprovechar la ocasión de echar leña al fuego. Se acercaron al rey, hicieron una reverencia todos a la vez, y le contaron lo que les había sucedido y la estúpida promesa que habían hecho al leñador.

Entonces el rey llamó a un par de soldados y les ordenó:

—iBuscad al consejero Ismaril y traedlo aquí inmediatamente!

Los soldados se marcharon y la fiesta comenzó.

No hacía ni una hora de su marcha, cuando regresaron con el consejero, al que habían encontrado errando por el bosque buscando en vano la casita.

Ismaril, con la cabeza alta y sin demostrar temor, cruzó la sala hasta la presencia del rey, que permanecía sentado con la barbilla apoyada en la mano mirándolo detenidamente.

— iAsí que —dijo el rey— desprecias mi fiesta por ir a la de un leñador!

Ismaril lo miró fijamente a los ojos.

—Lo había prometido —dijo.

El rey se quedó callado un instante.

—¿Das más mérito a la invitación de un simple leñador que a una convocatoria mía? —continuó.

—Lo había prometido —insistió el consejero.

El rey levantó la cabeza.

—Quieres decir con esto que una promesa contraída con el más humilde de mis súbditos es más importante para ti que tener mi favor y gracia.

Ismaril también levantó la cabeza.

—Sí, señor —dijo.

Entonces, el rey se puso de pie y preguntó en voz alta a los invitados:

—¿Qué castigo opináis que merece?

Pero los cortesanos solamente murmuraron, susurraron y bajaron la vista.

—¿No contestáis? Entonces yo le daré el castigo que en mi opinión se merece —dijo el rey.

Helamund bajó del trono, se acercó a Ismaril y le dio un gran abrazo. A continuación, puso a la princesa en brazos de su consejero.

—Ismaril, en este acto te nombro primer ministro, porque en ti he hallado a alguien que prefiere cumplir una promesa dada antes que obtener gracia y honores. Sé que puedo confiar en ti. Dejo en tus manos mi reino, mi vida y a mi hija, lo más preciado que poseo.

FIN

El rey y el dragón

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Ilustración: Taluns

Refieren las leyendas que, en un lejano país rodeado de altas montañas coronadas de nieve sempiterna, vivió un rey muy, muy sabio al que lo que más le gustaba en el mundo eran los dragones.

Desde muy joven, empezó a recopilar libros que, en cualquier idioma, hablaran sobre ellos; los estudiaba con ahínco, los clasificaba y, con el tiempo, consiguió reunir la más completa y docta colección de obras sobre la materia. Tan magna era, que sabios de todo el planeta hacían cola para poder consultar los innumerables tratados, prontuarios, opúsculos, epítomes, ensayos, compendios y monografías que se alineaban en las largas estanterías de la egregia biblioteca de palacio.

A fuerza de leer, estudiar e investigar, aquel rey se convirtió en el erudito de dragones más destacado que ha existido —e incluso nos atrevemos a afirmar que existirá jamás— sobre la Tierra. Conocía a la perfección la naturaleza y el carácter de esos seres. Podía recitar de carrerilla, al derecho y al revés, los alimentos que preferían y cuáles detestaban; en qué postura dormían; qué tierras habitaban; cómo se rascaban o qué los hacía reír o estornudar… En fin, cualquier hábito, rareza, costumbre o manía que tuviera que ver con los dragones, lo dominaba aquel rey, para el que la «ciencia dragonística» no guardaba secretos.

Tal era el entusiasmo que sentía por los dragones, que publicó un bando en el que ofrecía la mitad de su reino a la persona que le llevara uno vivo. Algo que, sin duda, habría solucionado la vida del afortunado en cuestión y la de todos sus descendientes si hubiera sabido cómo viajar hasta Imaginación, apresar a una de esas criaturas y volver vivo para conducirla a la presencia de aquel extravagante monarca.

Su pasión lo llevó a contratar a los mejores arquitectos para que le construyeran un gran palacio en forma de dragón y en sus paredes colgó cuadros, tapices y esmaltes de dragones firmados por los más afamados artistas del orbe.

También mandó pintar frescos en cada una de las tres mil cuatro habitaciones del castillo, con dragones de todo tipo y en todas las posturas imaginables: dragones llameantes, verdes, de río, de tierra. Dragones azules, dormidos, despiertos, voladores, sibilantes. Dragones de lustrosa piel rosa clarito durmiendo la siesta… En fin, que se mirara hacia donde se mirara, no había rincón en el que no hubiera un dragón.

El escudo real, un lebrel sobre campo de gules, también fue modificado. El can que desde hacía generaciones custodiaba fielmente el apellido familiar, fue confinado al desván de palacio y en su lugar, se colocó un dragón rampante de aspecto imponente y fiero, que arrojaba fuego amarillo por sus fauces.

El anillo del monarca fue fundido y el mejor orfebre de la comarca esculpió la silueta del mismo dragón que exhibía el escudo. Cada vez que el rey sellaba sus cartas, era como si el dragón cobrara vida y escupiera cera roja por aquella bocaza amenazante.

Se confeccionó ropa nueva para todos los nobles de la corte con telas estampadas con dragones. Los uniformes de los sirvientes lucían, asimismo, dragones bordados con hilos de colores y en las cofias y gorros se cosieron alas que asemejaban las del dragón volador de Changchun.

En los amplios jardines que rodeaban el palacio, los setos de los parterres se podaron en forma de dragón. Se instalaron fuentes de dragones esculpidos en piedra que arrojaban agua por sus fauces y se plantaron macizos de flores rojas y verdes, que recordaban los colores de la piel y del fuego de los dragones llameantes de Transnistria. En ese mismo jardín, el jardinero cortaba cada mañana flores de dragonaria, con las que llenaba los jarrones de palacio para que sirvieran de vegetal adorno.

La «Fiesta Anual», que coincidía con el cumpleaños del rey, pasó a denominarse «Gran Festival del Dragón» y en él actuaban famosos tragafuegos, con sus sables y antorchas envueltos en llamas.

Durante los festejos, mucha gente se disfrazaba de dragón y el primer chambelán repartía farolillos entre los asistentes, que formaban una alegre comitiva ardiente hasta el palacio para desearle al rey feliz cumpleaños. El monarca observaba el espectáculo desde el torreón más alto, imaginando que aquella estela de fuego pertenecía a un auténtico dragón —al parecer, este es el origen de las velas que hoy encendemos en las tartas de cumpleaños.

La vida transcurría apacible en aquel lejano reino rodeado de montañas hasta que en una fría noche de invierno el aire se llenó de un penetrante olor de azufre y un ensordecedor ruido despertó al apacible pueblo. Nadie osaba asomarse a la ventana para saber qué ocurría.

En el palacio real, el sueño del soberano se vio interrumpido cuando la cabeza de un enorme monstruo se asomó por una de las ventanas de sus aposentos. La furibunda bestia miró fijamente al adormilado monarca y lanzó sobre él una terrible llamarada. Por fortuna, el rey pudo apartarse antes de que aquel fuego devorador churruscara por completo su peluca.

Al darse cuenta de que no soñaba, el aterrorizado monarca pidió ayuda a gritos:

—¡Auxilio! ¡Socorro! ¡A mí la guardia! ¡Matad a esa bestia! ¡Libradme de este engendro del abismo! —clamaba el rey completamente histérico y fuera de control.

En singular y desigual batalla, los caballeros se batieron con el espeluznante bicho hasta que consiguieron ahuyentarlo.

Nadie sabe el motivo pero, según cuentan, al rey le dejaron de gustar los dragones después de aquella noche.

FIN

La flor de lililá

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Ilustración: escume

En un tiempo muy lejano, cuando los dragones surcaban los cielos y los herreros confeccionaban pesados trajes de hierro, vivió una reina que contrajo una misteriosa enfermedad que en poco tiempo la dejó completamente ciega.

Intentaron sanar sus ojos magas, hechiceros, brujas y brujos pero nada funcionó. Finalmente, una sabia curandera le comunicó que solo recuperaría la vista si se aplicaba un ungüento preparado con los pétalos de la flor de lililá; el problema era que nadie sabía dónde crecía aquella flor ni qué aspecto tenía.

Deseosa de encontrar el remedio para su terrible mal, la reina reunió a sus tres hijos y les comunicó que aquel de ellos que consiguiera encontrar la flor heredaría el trono.

El primero que partió fue el mayor. Montado en su corcel blanco, se alejó de palacio a galope tendido.

Al cabo de varias horas de viaje, se cruzó con una anciana que le pidió comida:

—Que tengas un buen día, muchacho. ¿Serías tan amable de darme un poco de pan? Me muero de hambre.

—¡Come rayos y centellas y apártate de mi camino, vieja! –gritó el joven malhumorado, mientras espoleaba al caballo.

Y, sin mirar atrás, siguió adelante en busca de la flor de lililá.

Pasaron los días y en el palacio, impacientes al ver que el mayor tardaba tanto en regresar, decidieron que el segundo de los hermanos partiera en busca de la flor. El joven montó en su negro corcel y pronto se perdió de vista en la lejanía.

También él se encontró con la anciana y también él pasó de largo, contestando con rudeza a su ruego, tal y como había hecho su hermano mayor:

—¡Come rayos y centellas y apártate de mi camino, vieja!

Transcurridas unas semanas sin que ninguno de los dos regresara a palacio con la flor de lililá, la más pequeña de los tres decidió probar suerte. Montó en su caballo alazán y dejando tras de sí una nube de polvo, se alejó veloz del castillo.

En el mismo lugar por el que habían pasado anteriormente sus hermanos, se encontró con la misma anciana:

—Joven, tengo hambre, ¿podrías darme un poco de pan?

—¡Naturalmente! Aquí tienes una hogaza entera.

—Muchas gracias, hijita. Dime, ¿qué haces por aquí?

—Busco la flor de lililá. Mi madre se ha quedado ciega y dicen que solo un ungüento preparado con los pétalos de esa flor puede curar sus ojos.

—Yo puedo ayudarte. Toma esta vara de avellano y sigue adelante por este mismo camino hasta que veas una roca negra. Cuando la encuentres, golpéala tres veces con la varita y espera. La piedra se abrirá y en su interior descubrirás el jardín más hermoso que ojos humanos hayan contemplado jamás. En ese jardín crece la flor de lililá. La reconocerás enseguida, porque desprende una fragancia arrebatadora y porque sus pétalos asemejan terciopelo. Pero, ve con cuidado, porque el jardín está custodiado por un fiero dragón. Deberás estar alerta: si el dragón tiene los ojos abiertos, es que duerme; si por el contrario tiene los ojos cerrados, es que está ojo avizor.

La joven princesa agradeció a la anciana su ayuda y se marchó.

No tardó en encontrar la piedra negra, la golpeó con la vara de avellano y todo sucedió tal y como la anciana le había predicho. Comprobó que los ojos del dragón estaban bien abiertos y pasó junto a él sin hacer ruido; se adentró en el jardín, guiada por el perfume de la flor de lililá, la cortó y se la guardó en su talega. Luego, puso rumbo a palacio.

En el camino de regreso, se encontró a sus hermanos, sentados a la vera del camino, cansados de tanto buscar inútilmente la flor. La hermana pequeña les contó su aventura y los tres, muy contentos, se pusieron en marcha para llevar el remedio a su madre. Sin embargo, los dos mayores pronto comprendieron que sería la pequeña la que se ceñiría la corona y, cegados por la envidia, decidieron deshacerse de ella. Desoyendo sus súplicas, le arrebataron la flor, la encerraron en una profunda cueva, tapiaron la entrada con pesadas rocas y huyeron de allí.

Al llegar al palacio, entregaron la flor de lililá a su madre, contando que la habían encontrado ellos y que, por tanto, les correspondía a cada uno la mitad del reino. Pero la reina, aunque ya restablecida de su misteriosa enfermedad, estaba tan triste por la pérdida de su hija pequeña que se resistía a nombrarlos herederos. Tenía todavía esperanzas de que la princesa regresara.

Entretanto, y por arte de magia, a la entrada de la cueva en la que la princesa estaba cautiva había crecido un cañaveral y un pastor, que había llevado a pastar allí a sus ovejas, cortó una caña para tallar una flauta. Al soplar en ella, del instrumento se escapó esta triste canción:

¡Ay!, pastor, sóplame fuerte,

porque te quiero contar:

mis hermanos me encerraron

por la flor de lililá.

El pastor, sin dejar de tocar la flauta, se dirigió a la ciudad y al pasar frente al palacio, la desconsolada reina, que estaba asomada a la ventana, escuchó aquella extraña melodía y lo llamó. Tomó entre sus manos el mágico instrumento, sopló en él y, al hacerlo, la flauta cantó:

¡Ay!, madre, sóplame fuerte,

porque te quiero contar:

mis hermanos me encerraron

por la flor de lililá.

Sin dar crédito a lo que oía, la reina le pidió al pastor que la condujera sin tardanza al lugar en el que había cortado aquella caña encantada.

Cuando llegaron allí, la misma anciana con la que los hermanos se habían cruzado le contó a la reina la verdad de lo sucedido y apartando la pesada roca que cubría la cueva, le devolvió, sana y salva, a su hija pequeña.

Regresaron madre e hija a palacio y la reina anunció a todos sus súbditos el nombre de su heredera y, acto seguido, desterró para siempre a sus dos hijos mayores.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La flor de lililá» con la voz de Angie Bello Albelda

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Rumpelstiltskin

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Ilustración: diegosimone

Érase una vez un molinero muy pobre que un día se topó de frente con el rey, el cual paseaba muy cerca de su molino. A fin de parecer una persona importante, el molinero le contó que tenía una hija capaz de hilar paja y convertirla en oro.

—Ese talento es digno de admirar. Si tú hija es tan hábil como afirmas, llévala mañana a palacio y la pondré a prueba.

Al día siguiente, al llegar la muchacha, el rey la condujo a una habitación llena de paja, le entregó una rueca y un huso y le dijo:

—¡Ponte a trabajar! Tienes tiempo hasta el amanecer, si cuando regrese no has convertido esta paja en oro, morirás.

Después, cerró la puerta con llave tras él y la dejó sola en el interior.

La hija del molinero, sin saber qué hacer, se puso a llorar desconsoladamente. No tenía la menor idea de cómo convertir la paja en oro.

De repente, la puerta se abrió y entró un enano contrahecho que le dijo:

—¡Buenas noches. niña!, ¿por qué lloras?

—Porque tengo que hilar toda esta paja para convertirla en oro y no tengo ni idea de cómo hacerlo.

—¿Qué me das si hilo por ti? —preguntó el enano

—Te daré mi collar —respondió la chica.

El enano se guardó el collar en el bolsillo, tomó entre sus manos la rueca y empezó a hilar a toda velocidad «zummmmmmm, zummmmmmmmm, zummmmmm». A sus pies, se iban amontonando bobinas de hilo de oro. Toda la noche estuvo trabajando.

Al salir el sol, llegó el rey y al ver la paja transformada en oro, se quedó atónito y encantado, pero en su avaricioso corazón se despertó el deseo de poseer aún más riquezas, así que condujo a la hija del molinero a una habitación más grande que la primera, llena hasta el techo de paja y le ordenó:

—Si valoras en algo tu vida, convierte este montón de paja en oro. ¡Ponte a trabajar! Tienes tiempo hasta el amanecer, si cuando mañana regrese no has convertido esta paja en oro, morirás.

La muchacha no sabía qué hacer, estaba desesperada, pero, como el día anterior, se abrió la puerta, apareció el diminuto hombrecillo y dijo:

—¿Qué me das si hilo por ti?

—Te daré mi anillo

El enano se guardó el anillo en el bolsillo, tomó entre sus manos la rueca y empezó a hilar a toda velocidad y, otra vez, convirtió toda la paja en brillante oro.

El rey no cabía en sí de gozo, pero su codicia no tenía límite y todavía no estaba satisfecho, así que llevo a la hija del molinero a una habitación aún más grande que las dos anteriores, llena de paja a rebosar y le dijo:

—Si consigues hilar toda esta paja, me casaré contigo.

«Es hija de un molinero, cierto —pensó—, pero no podría encontrar una esposa mejor aunque buscara por todo el mundo».

Al quedarse sola la muchacha, el enano apareció por tercera:

—¿Qué me das si hilo por ti?

—No me queda nada para darte —respondió la chica.

—Entonces tienes que prometerme que, cuando seas reina, me entregarás el primer hijo que tengas.

«Quién sabe qué sucederá antes de que yo llegue a reina y tenga un hijo» —reflexionó la hija del molinero. Y como no tenía otra manera de salir de aquel aprieto, le prometió al enano lo que este le había exigido y el hombrecillo se puso a hilar.

A la mañana siguiente, la hija del molinero se convirtió en reina y no volvió a pensar más en el enano ni en lo que había sucedido.

Justo al cabo de un año, dio a luz a un hermoso niño y cuál no sería su consternación cuando pocos días después, de repente, se abrió la puerta de su habitación y apareció el enano:

—Dame lo que prometiste.

La reina, al recordar su promesa, le ofreció al hombrecillo todas las riquezas de su reino a cambio de su hijo, pero el enano se negó a escucharla:

—¡No! Ni todas las riquezas del mundo son comparables al valor de este niño.

Al oír esto, la reina se puso a llorar de tal modo que el enano, compadeciéndose de ella, le dijo:

—Te daré una oportunidad: tienes tres días para averiguar mi nombre, si lo adivinas, dejaré que te quedes a tu hijo.

El primer día, la reina le dijo al enano los nombres más extraños que ella recordaba, pero ninguno de ellos era el correcto, así que la reina mandó a todos sus mensajeros por el mundo para que trataran de averiguar el nombre del enano.

Al segundo día, cuando el hombrecillo llegó, la reina empezó a recitar todos los nombres exóticos que recordaba: «Gaspar, Melchor, Baltasar…». Pero cada vez que pronunciaba uno, el enano respondía:

—¡No, no! ¡Ese no es mi nombre!

Al tercer día regresaron los mensajeros, pero ninguno había sido capaz de encontrar lo que la reina pedía. Sin embargo, el último que llegó contó lo siguiente:

—Durante mi viaje, paré para descansar en una alta colina rodeada de bosques, allí donde los zorros y las liebres viven; había una casa muy pequeña y ante ella ardía una hoguera. Me escondí para observar y vi cómo el ser más grotesco que imaginar se pueda, danzaba como un loco alrededor del fuego, repitiendo sin cesar la misma cantinela:

Hoy horneo,

mañana cerveza bebo,

y pasado mañana al príncipe me llevo.

A la reina no engaño,

pero jamás sabrá que Rumpelstiltskin me llamo.

Es fácil imaginar el alborozo de la reina al oír la canción.

Al poco rato llegó el enano:

—Veamos, señora reina, ¿ya sabes cuál es mi nombre? Solo te quedan tres oportunidades.

—¿Es Conrado?

—¡No!

—¿Acaso es Gustavo?

—¡No!

—¿Tal vez sea Rumpelstiltskin?

—¡El diablo te lo ha dicho! ¡El diablo te lo ha dicho! —gritó el hombrecillo y golpeó el suelo con tanta rabia, que su pie derecho se hundió hasta la rodilla.

Para poder salir de su propia trampa, se sujetó con ambas manos a su pie izquierdo y tiró y tiró; con tanta fuerza, que se rompió la pierna antes de poder sacarla. Entonces, sin dejar de protestar, se marchó cojeando y nunca jamás se lo volvió a ver.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Rumpelstiltskin” con la voz de Angie Bello Albelda

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La pulga

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Ilustración: tonysandoval

Las decisiones, cuando se toman sin meditar, acarrean la ruina sin remedio. El que se comporta cual orate, cual sabio se arrepiente. Como le sucedió al rey de Altomonte que por un despropósito de cuádruple suela, hizo una locura que puso en peligro a su propia hija y al reino entero.

*

Ocurrió una vez que al rey de Altomonte, que tenía poco en qué pensar y aún menos que hacer, le picó una pulga, la atrapó con gran destreza, la examinó atentamente y pensó que era tan hermosa y de tan buena planta que era una pena ajusticiarla en el patíbulo de su real uña, así que la encerró en una urna de cristal y la alimentó con sangre de su real dedo.

Se crio la pulga tan oronda, que pasados siete meses tuvo el rey que ir pensando en cambiarla de jaula, porque se había puesto más gorda que una ternera.

Viendo esto el rey y no sabiendo hasta dónde podría crecer el animalito, mandó que la desollaran y que curtieran la piel y una vez con ella en las manos, ordenó publicar el siguiente bando:

Se hace saber, a la gente que habita en este reino,
en cualquier otro o en los de más allá,
que aquel que sepa decir de qué animal es la piel que guarda el rey en palacio,
recibirá la mano de la princesa.

Divulgado que fue el bando por doquier, la gente llegó en manada desde los más recónditos rincones para tratar de dar respuesta a la adivinanza real.

Hubo quien dijo que era de gato siamés, quien de lince ciego, quien de cocodrilo desdentado y quien de dragón. Algunos dijeron que era de tal bestia y otros de tal otra, pero del primero al último, se quedaban a mil leguas de dar en el clavo.

Finalmente, acudió al palacio un ogro, que era la cosa más contrahecha del mundo. Tanto, que su sola vista causaba escalofríos y dolor de barriga, hacía estremecer y llenaba de pavor al más intrépido de este mundo. Y fue que este ogro, apenas llegó y se puso a dar vueltas en torno a la piel y a olfatearla, dio al punto en el blanco y dijo:

—Esta piel es de la pulga más grande y oronda que ha existido jamás.

El rey, que vio que había dado en el busilis y no podía faltar a la palabra dada, mandó llamar a su hija, la joven Porziella, que parecía toda ella hecha de leche y sangre y le dijo:

—Hija mía, ya conoces el bando promulgado y ya sabes que no puedo retirar mi promesa, porque o eres rey o eres corteza de alcornoque. Así que, aunque el corazón se me parta, la palabra dada hay que mantenerla. ¿Quién hubiera podido imaginar que esta lotería le iba a tocar a un ogro? Y como no cae una hoja sin que el destino lo disponga, tendremos que creer que este matrimonio es obra del destino, así que ten paciencia, y no me contraríes, porque muchas veces ha ocurrido que en un cántaro de piedra se han hallado tesoros y el corazón me dice que, con el tiempo, serás feliz.

Al oír esta decisión, los ojos de Porziella se nublaron, su cara amarilleó, los labios se descolgaron y las piernas temblaron. Por fin, rompiendo a llorar y alzando la voz, dijo a su padre:

—¿Qué mal servicio he prestado para que me impongas este castigo? ¿Qué malos modos he empleado para que me dejes en manos de este mostrenco? ¡Oh, desdichada de mí! ¡Hete aquí acabando como una comadreja en el gaznate de este sapo! ¡Hete aquí presa de un ogro! ¿Este es el amor que demuestras a quien llamas la niña de tus ojos? ¿Así apartas de tu vista a quien es la luz de tu mirada? ¡Oh padre cruel!, tú no puedes haber nacido de carne humana, ¡las orcas marinas te dieron la sangre, las gatas selváticas te amamantaron! Pero ¿por qué miento a los animales del mar y de la tierra? ¡Si todo animal ama a sus crías! ¡Tú eres el único que aborrece y desprecia a su prole, tú eres el único que detesta a su hijita! ¿Por qué debía tocarme precisamente a mí la desventura de vivir este aciago día?…

Y más habría dicho si el rey, echando humo por la cabeza, no la hubiese interrumpido:

—¡Cierra la boca, que despides heces! ¡Chitón, deja de lamentarte, hija mordaz y deslenguada! ¡Lo que yo hago, siempre está bien hecho! ¡No pretendas enseñarle al padre a educar hijos! ¿De cuándo acá osas discutir mi voluntad? Vamos, dale la mano a tu ogro y enfila hacia su casa, que no quiero tenerte ni un instante más ante mi vista.

La pobre Porziella, al verse en semejante trance, con semblante de condenado a muerte, dio la mano al ogro, que la arrastró a un bosque que el Sol aún no había descubierto y en el que los ríos, al avanzar por su oscuridad, tropezaban con las piedras. Un bosque al que no llegaba nunca nadie, a no ser que hubiera perdido su camino.

En este lugar oscuro como una chimenea atascada, estaba la morada del ogro, tapizada toda ella con los huesos de los hombres que se había comido. Imaginad el temblor, el espanto, el miedo y el susto de la pobre muchacha. Tal fue su desasosiego, que casi se queda sin sangre en las venas.

Pero esto no fue para ella sino el comienzo, pues el ogro se fue de caza y regresó cargado de las cosas más asquerosas que imaginar se pueda:

—No te quejes, aquí tienes el condumio, disfrútalo y quiéreme, que aunque el cielo nos caiga encima, nunca te faltará qué comer.

La pobre Porziella, torció la cara hacia el otro lado al ver que le ofrecía sapos, culebras, frutas podridas y exquisiteces semejantes. El ogro que lo vio le dijo:

—¡Esto pasa cuando se dan manjares a los cerdos! Pues tendrás que tener paciencia hasta mañana. Me han invitado a una cacería de jabalíes y te traeré un par de ellos para que comas.

Después se quedó dormido y ella se puso a lloriquear junto a la ventana, como una niña a la que le han robado la merienda, quejándose a voz en grito:

—¡Ayyyy!, ¡qué hambre! Estoy en manos de un demonio del infierno y llevo una vida miserable, ¡buaaaaaaaaa!, y eso que hija soy de rey; y eso que he vivido a manos llenas; y eso que he conocido la abundancia; y eso…

En eso, pasó por delante de la casa una viejecita que al oír sus quejas le dijo:

—Ánimo, muchachita, deja de quejarte, que yo estoy aquí para ayudarte en lo que se tercie. Atiéndeme, soy madre de siete hijos como siete soles y cada uno tiene una virtud. Mase, pega el oído al suelo y oye todo lo que pasa en cien millas a la redonda; Nardo escupe y forma un mar de jabón; Cola tira un clavo y surge un campo de navajas afiladas; Micco lanza un palillo y crece un bosque enmarañado; Petrullo arroja una gota de agua y fluye un río bravo; Ascadeo lanza una piedra y erige una torre inexpugnable, y Ceccone dispara tan bien con la ballesta, que desde diez millas de distancia atina a una gallina en el ojo derecho. Pues bien, con su ayuda, haré lo que esté en mis manos para arrancarte de las garras de este ogro. Esta noche no puede ser porque vivo un poco lejos, pero mañana por la mañana te libraremos de tus sufrimientos.

Efectivamente, apenas los pájaros se pusieron a gritar «¡Viva el Sol!», cuando llegó la vieja con sus siete hijos a casa del ogro y con Porziella en medio de ellos, se encaminaron hacia la ciudad.

No se habían alejado ni una milla cuando Mase, pegando el oído al suelo, gritó:

—¡Alerta, que viene el ogro! Acaba de volver a su casa y al no encontrar a Porziella, se ha lanzado en nuestra persecución.

Al oír esto, Nardo escupió y formó un mar de jabón. El ogro, al ver tamaña jabonada, no tuvo más remedio que regresar a su casa y coger un saco de serrín y no sin enorme esfuerzo, salvó el primer obstáculo.

Mase pegó otra vez el oído al suelo y dijo:

—iVuelve!

Cola arrojó un clavo e hizo brotar un campo de navajas. Pero el ogro, viendo que otra vez se le cerraba el paso, volvió a casa corriendo, se puso una armadura y salvó el obstáculo.

Pegando una vez más el oído al suelo, Mase gritó:

—¡El ogro se nos echa encima!

Y Micco hizo surgir un bosque terrible, muy difícil de atravesar. Pero el ogro, no bien llegó a la barrera, echó el bosque abajo de cuatro machetazos.

Mase, volvió a gritar:

—El ogro nos pisa los talones.

Al oír esto, Petrullo bebió un sorbo de agua y, nada más escupirla, empezó a correr un caudaloso río. El ogro, al ver este nuevo obstáculo, cruzó a nado hasta la otra orilla.

Mase oyó de nuevo las pisadas y dijo:

—El ogro se aproxima con tan grandes zancadas que mejor ni lo cuento.

—No temáis —dijo Ascadeo— que ahora me ocupo yo de ese bicharraco.

Y lanzó una piedra de la que surgió una torre en la que se recluyeron todos. Mas el ogro, que al llegar vio que se habían puesto a salvo, fue a su casa, cogió una escalera, se la echó a la espalda y volvió corriendo.

Mase oyó desde lejos los pasos del ogro y dijo:

—¡Se acabó!, el ogro vuelve con furia inmensa. ¡Tengo el corazón en un puño y ya veo nuestra ruina!

—¡Qué cagueta eres!  —respondió Ceccone, el más joven –  ¡Aún estoy yo! Espera un poco y verás volar mis saetas.

Mientras así hablaban, el ogro apoyó la escalera y empezó a trepar; pero Ceccone, apuntó y lo hizo caer al suelo cuan largo era. Después, bajó por la escalera y con el propio machete del ogro, le cortó el cuello como si fuese requesón.

Rebosantes de alegría, se marcharon a la ciudad y el rey, feliz por haber recuperado a su hija y cien veces arrepentido de haberla entregado a un ogro, abdicó y se auto exilió en Pernambuco.

Porziella, ya reina, nombró consejera a la viejecita y a sus siete hijos guardaespaldas. Gobernó durante mucho tiempo, siempre con prudencia, pues nunca olvidó que la ventolera de su padre fue causa del terrible peligro que corrió, por ser un rey caprichoso que buscó leche de gallinas y sesos de mosquito.

FIN

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El mal aliento

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Ilustración: CrazyCrocuta

Hace mucho tiempo, en el África subsahariana, reinó un león que tenía un carácter terrible. Todos sus súbditos lo temían y nadie se atrevía a abrir la boca en su presencia porque la fiera, a la más mínima, los hacía callar de un zarpazo.

Después de una larga enfermedad que lo mantuvo postrado en su cueva durante semanas, volvió el rey a ocupar su trono y convocó a sus principales ministros: un dromedario, un asno y una hiena.

—Como ya sabéis —les dijo malhumorado—, he estado muy enfermo y con fiebres muy altas. Lo último que me dijo el licaón médico, antes de que le cerrara la boca de un zarpazo a causa de sus impertinencias, fue que sabría que estoy completamente curado cuando mi aliento dejara de oler mal. Así que tengo que comprobarlo. Me han dicho que vosotros tres tenéis un olfato excelente.

—Cierto, muy cierto, majestad.  Sobre todo, yo —se apresuró a decir el asno.

—Entonces acércate a mí el primero y dime cómo huele mi aliento —ordenó el rey de los animales.

Abrió su gran bocaza y esperó. El asno olfateó y cuando llegó hasta sus narices el fétido aliento del león, echó la cabeza hacia atrás apresuradamente.

—¡Pero qué ascooooo! ¡Tu aliento apesta! ¡Un poco más, y me ahogo!

El rugido del león se oyó en varios kilómetros a la redonda:

—¡Insolente! ¿Cómo te atreves a insultarme de ese modo? —Y de un zarpazo lo hizo callar.

Muy enfadado, se giró hacia el dromedario y le hizo señas para que se acercara. Cuando lo tuvo a menos de un palmo le mandó:

—¡Tú!, dime si tengo buen aliento.

Y echo su hálito hediondo en la mismísima cara del dromedario, que disimuló una mueca de disgusto, pero no pudo contener las náuseas.

—¡Huag!.. Esto… Gran rey… Tu aliento… ¡Tu aliento huele de maravilla! Yo diría que es como una mezcla de almizcle y tripas podridas, con un toque de ámbar y un rastro de jazmín.

—¡Pero, ¿¡qué te has creído!? ¿Acaso quieres burlarte de mí! ¡Desvergonzado! —respondió el león.

—¡No, majestad! Por nada del mundo me burlaría yo de t…

Pero no pudo acabar la frase, porque el rey no lo creyó y, de un solo zarpazo, lo hizo callar.

La hiena estaba muerta de miedo; temblaba de pies a cabeza. Llegaba ya su turno y el león estaba cada vez más y más furioso.

—Ahora te toca a ti decir lo que piensas —ordenó el león—. ¡Ven aquí y huele mi aliento! Hay de ti, hiena, si no me conviene lo que me dices.

La hiena se acercó inquieta y, con el alma en un hilo, husmeó el pútrido aliento del león y fingió estornudar.

—¡Atchíssssssssssssssss! Berdona, bero no huelo nada de nada ¡Cof, cof, cof! ¡Mil berdones de nuevo! Estoy algo gostibada desde hace unos días —dijo, fingiendo tener la voz tomada.

El león comprendió lo que ocurría, pero lejos de enfadarse soltó una gran carcajada y añadió:

—Muy bien, hiena, tu astucia te ha salvado —dijo el rey de los animales—. Por ser tan lista, esta vez te perdono. Ya te puedes marchar.

Y la hiena, muy feliz, pudo volver tranquilamente a su madriguera.

Dicen que ese día las hienas aprendieron a reír.

FIN

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Los dos reyes de Gondar

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Ilustración: Blasterkid

Era un día como los de antaño… y un pobre campesino, tan pobre, que no tenía más que la piel sobre los huesos y tres gallinas que picoteaban algún grano de teff que hallaban en el polvoriento suelo, estaba sentado a la entrada de su vieja cabaña como cada atardecer. De súbito, en la lejanía divisó a un cazador montado sobre su caballo que se acercaba galopando.

Al llegar frente a su casa, el forastero refrenó la montura, se acercó a él, desmontó y le dijo:

—Paz para ti en esta tarde, me he perdido en la montaña y estoy buscando el camino que conduce a la ciudad de Gondar.

—¿Gondar? Gondar está a dos días de camino de aquí —le contestó el campesino—. Pero el sol ya se está poniendo y sería más sensato que pasaras aquí la noche y te marcharas bien temprano mañana por la mañana.

El cazador aceptó la oferta y el campesino eligió la más hermosa de sus tres gallinas y con ella preparó un guiso para agasajar a su invitado.

Después de cenar juntos, pero sin apenas hablar, el campesino le cedió su cama al cazador para que pudiera descansar y él se acostó en el suelo, junto al fuego.

Al día siguiente, poco antes de amanecer, cuando el cazador se hubo levantado, el campesino le explicó cómo llegar hasta Gondar:

—Debes adentrarte en el bosque hasta dar con un río, que deberás cruzar montado en tu caballo, pero con mucho cuidado de no desviarte hacia la parte más profunda, la cual reconocerás porque en ella hay unas rocas muy grandes; acto seguido, toma el camino de la izquierda, el que bordea el precipicio y sigue hasta desembocar en una carretera muy ancha y después…

El cazador, que escuchaba con atención, repuso:

—Creo que volveré a perderme. No conozco esta región… ¿Tú podrías acompañarme hasta Gondar? Podrías montar tras de mí en el caballo…

—De acuerdo —dijo el campesino—, pero con una condición: cuando lleguemos allí, me dirás adónde debo dirigirme para poder conocer al rey. ¡Me haría tanta ilusión verlo! ¡Aunque fuera desde lejos!

—No hay problema en eso. Lo verás. ¡Te lo prometo!

El campesino cerró la puerta de su cabaña, montó en el caballo detrás del cazador y emprendieron la marcha.

Pasaron horas y horas atravesando montañas y montañas y bosques y ríos… y, después, pasó otra noche entera más.

Si atravesaban caminos sin sombra, el campesino abría su sombrilla negra y los dos se protegían del sol. Si pasaban por lugares fríos, se cubrían los dos con la misma manta vieja que el campesino había tenido la precaución de llevar consigo.

Cuando al fin divisaron la ciudad de Gondar recortada sobre el horizonte, el campesino le preguntó al cazador:

—¿Cómo se reconoce a un rey?

—No te preocupes, es muy fácil: cuando todo el mundo hace lo mismo, el rey es aquel que hace las cosas de forma diferente. Solo tienes que observar qué hace la gente que te rodea y lo reconocerás de inmediato.

Poco después, los dos hombres llegaron a la ciudad y el cazador enfiló el camino hacia palacio.

Al llegar a la entrada, se encontraron con muchísima gente que hablaba y se contaba historias, hasta que vieron a los dos jinetes sobre el caballo; entonces todos guardaron silencio, se apartaron para dejarles el paso libre y se fueron arrodillando a medida que pasaban ante ellos.

El campesino no entendía nada. Todo el mundo estaba arrodillado, excepto el cazador y él, que montaban el corcel.

—¿Dónde estará el rey? —preguntó el campesino— Mira a la gente… Debe andar cerca, pero yo no lo veo.

—Ahora entraremos en el palacio y lo verás. ¡Te lo aseguro!

Y los dos hombres entraron en el recinto del palacio montados en el caballo.

El campesino estaba inquieto. Veía de lejos una larga fila de gente y de guardias montados a caballo que los esperaban ante las puertas de entrada.

Al pasar delante de ellos, los guardias desmontaron y solo ellos dos siguieron sobre el caballo.

El campesino se empezó a poner nervioso:

—Me dijiste que cuando todo el mundo hiciera lo mismo… Pero sigo sin saber quién es el rey…

—Paciencia. Ya lo reconocerás. Tu solo recuerda que cuando todo el mundo hace exactamente lo mismo, el rey es el que actúa diferente al resto.

Los dos hombres desmontaron y entraron juntos a una inmensa sala del palacio. Nobles, cortesanos y consejeros reales, todos a una, se sacaron sus sombreros e hicieron una genuflexión cuando los vieron. Todos se quedaron con el sombrero en la mano, excepto el cazador y el campesino.

El campesino, entonces, se acercó al cazador y murmuró en su oído:

—Aún no sé quién es el rey…

—No seas impaciente —lo interrumpió el cazador—, acabarás por reconocerlo. Ven, siéntate conmigo.

Y ambos se instalaron en un amplio y cómodo sillón mientras toda la gente que había allí seguía de pie.

El campesino, cada vez más inquieto, empezó a observar con atención todo lo que lo rodeaba. Se giró hacía el cazador y le preguntó:

—Vamos a ver… ¿Quién es el rey?, ¿eres tú o lo soy yo?

El cazador se echó a reír y contestó:

—El rey soy yo, pero tú también eres un gran rey porque supiste acoger en tu casa a un extranjero que necesitaba ayuda y lo trataste bien.

Y desde entonces, el campesino y el cazador conservaron su amistad durante toda su vida.

FIN

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La princesa y el guisante

Érase una vez un Príncipe que quería casarse con una Princesa, pero tenía que ser una princesa de verdad. Recorrió el mundo entero en su busca, pero allá adonde se dirigiera, todas las que encontraba tenían algún «pero». Cierto es que se topó con muchas princesas, ¡a montones! Altas y bajas. Listas y tontas. Feas y guapas. Simpáticas y antipáticas. De hecho encontró princesas para dar y tomar. Mas nunca lograba tener la completa seguridad de que fueran auténticas aristócratas, ya que siempre encontraba alguna cosilla que le parecía sospechosa.

Al fin, un poco decepcionado a causa de su infructuosa búsqueda, regresó a su casa triste y cabizbajo, pues había partido con la esperanza de hallar una auténtica princesa que algún día reinara junto a él.

Ya hacía más de un mes que el príncipe había regresado a casa, cuando una noche estalló una terrible tormenta. Rayos y truenos se sucedían sin interrupción, el viento huracanado aullaba como un lobo y una lluvia torrencial azotaba sin piedad los cristales de las ventanas, ¡era terrible!; hacía un tiempo espantoso. De pronto, alguien llamó a la puerta del palacio y el anciano Rey acudió a abrir.

Parada ante la puerta había una muchacha; pero ¡cielos!, ¡Tenía una facha horrible! Empapada y con los vestidos chorreando. ¡Cómo se había quedado por culpa de aquella lluvia y el mal tiempo! El agua que caía sobre ella se metía dentro de sus zapatos; le entraba por la punta y le salía por el talón. Pero aun así, ella no dejaba de afirmar que era una auténtica princesa y que había perdido a su séquito en medio de aquella tempestad.

«Pronto lo sabremos», pensó para sí la anciana Reina y sin pronunciar ni una sola palabra, se dirigió al dormitorio de los invitados, puso un guisante en la cama y amontonó encima veinte colchones, y encima de estos, puso otros tantos edredones.

Acto seguido, condujeron allí a la recién llegada y le dijeron que en esa cama debía dormir.

Al día siguiente, cuando la princesa se levantó, le preguntaron qué tal había dormido.

—¡Oh, mal! ¡Muy mal!  —exclamó—. Casi no he podido pegar ojo en toda la noche. ¡A saber qué habría en esa cama! ¡Pase la noche acostada sobre algo tan duro, que me he levantado esta mañana llena de cardenales! ¡Ha sido algo ciertamente espantoso!

Así fue cómo supieron que se trataba de una princesa de verdad, porque a pesar de dormir sobre veinte colchones y otros tantos edredones, su sangre era tan azul que había notado el bulto del guisante en su espalda. Nadie, a no ser que se trate de una princesa de las de verdad, puede ser tan sensible.

El príncipe, entonces, le pidió matrimonio, pues ahora ya estaba completamente convencido de que aquella joven era una auténtica princesa.

El guisante fue traslado al Museo Real, donde aún sigue, si es que nadie se lo ha llevado.

Como habréis podido comprobar al leerla, ¡esta sí que es una historia verdadera!

FIN

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El pollito que llegó a rey

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Ilustración: snake-silent

Érase una vez un pollito muy chiquitín, muy chiquitín que vino al mundo siendo ya huérfano, y lo primero que dijo al romper el cascarón fue:

—¡Qué injusticia! ¡Mis papás han tenido que morir de hambre y el rey les debía un grano de maíz!

Estaba muy triste, pero el valeroso pollito se enjugó las lágrimas, descolgó el zurrón de su difunto padre, se puso la bufanda de su difunta madre  y, anda que te anda, se dirigió hacia la capital decidido a cobrar la deuda.

Apenas había andado media docena de pasos, cuando en medio del camino encontró un palo que lo hizo tropezar y caer.

El pollito se levantó se sacudió el polvo y dijo:

—¡Hola, Palo!, he tropezado contigo. No te había visto.

—¿Adónde vas? —le preguntó el palo.

—A la ciudad, a cobrar un crédito de mis difuntos padres —contestó.

—Vamos juntos —dijo el palo.

El pollito cogió el palo y lo metió en el zurrón.

Anda que te anda, topó con un gato que, al verlo, exclamó:

—¡Oh!, un dulce pollito ¡Qué bocado más tierno!

—No valgo la pena —replicó el pollito—,  tengo poca carne.

—¿Adónde vas? —preguntó el gato.

—Voy a cobrar un crédito de mis padres.

—Pues voy contigo —dijo el gato—. Tal vez encuentre por el camino algo bueno para comer.

El pollito cogió al gato y lo metió en el zurrón.

Poco después, encontró a una hiena que le preguntó:

—¿Adónde vas con ese zurrón?

—Voy a ver al rey para cobrar un crédito de mis padres —explicó el pollito.

—Me gustaría conocer la ciudad. ¡Vayamos juntos! —dijo la hiena.

El pollito cogió a la hiena y la metió en el zurrón.

Anda que te anda, topó con un fiero león.

—¿Adónde vas pequeño pollito? —rugió la fiera.

—A cobrar un crédito de mis difuntos padres.

—Vamos allá juntos —dijo el león.

El pollito cogió al rey de la selva y lo metió en el zurrón.

Encontró después a un elefante que estaba hartándose de plátanos.

El elefante le preguntó alegremente:

—¿Adónde vas, chiquitín?

—A cobrar un crédito de mis difuntos padres.

—¡Pues vayamos juntos! —exclamó el paquidermo.

El pollito cogió al elefante y lo metió en el zurrón.

Anda que te anda, encontró a un guerrero, que le preguntó:

—¿Adónde vas con ese zurrón tan pesado?

—Voy a cobrar una deuda.

—¿A casa de quién? —preguntó el guerrero.

—Al palacio del rey —contestó el pollito.

—Pues iremos juntos —dijo el guerrero.

El pollito lo cogió y lo metió en el zurrón.

Por fin, cargado con su zurrón, llegó a la ciudad donde vivía el rey. La gente corrió a anunciar al soberano que el pollito había llegado y que pretendía cobrar el crédito de sus difuntos padres.

—Haced hervir un caldero de agua, que echaremos a ese insolente polluelo dentro y haremos un buen caldo con él, así no tendremos que pagar la deuda.

El hijo del monarca se puso a gritar:

—¡Yo haré el caldo! ¡Yo haré el caldo!

Cuando el pollito vio que se acercaba el príncipe, le dijo al palo:

—¡Palo, ahora es la tuya!

El palo hizo tropezar y caer al hijo del rey, que derramó el agua y quedó escaldado.

La gente de la ciudad dijo entonces:

—Hay que encerrarlo en el gallinero con las gallinas; ellas lo matarán a picotazos.

Pero el pollito sacó al gato del zurrón y le dijo:

—¡Te devuelvo la libertad!

El gato mató a todas las gallinas, cogió la más gorda y se escapó con su botín.

La gente dijo entonces:

—¡Que lo encierren en el establo con las cabras; allí lo pisotearán!

El pollito dijo entonces:

—¡Hiena, ya eres libre!

La hiena mató a todas las cabras, escogió la más gorda y con ella se escapó.

La gente dijo entonces:

—¡Que lo encierren en el establo de las vacas!

Y allí lo metieron, pero el pollito dijo:

—¡León, ahora es la tuya!

El león salió del zurrón y terminó con todas las vacas, escogió la más gorda y la devoró en un abrir y cerrar de ojos.

El pueblo entero estaba furioso y decía:

—¡Este polluelo es un desvergonzado y no quiere morir! ¡Lo encerraremos con los camellos! Ellos acabarán con él.

Lo encerraron allí, pero el pollito dijo:

—Elefante, buen amigo, ¡sálvame la vida! Ahora es la tuya.

Y sacó al paquidermo del zurrón.

El elefante miró desafiante a los camellos y los aplastó, del primero al último.

La gente del pueblo fue a ver al rey y le dijo:

—Aquí en la ciudad no podemos con este polluelo insolente; paguémosle lo que se les debía a sus padres y que se marche. Le daremos caza en el bosque y recuperaremos lo que le hemos dado.

El soberano ordenó abrir su real tesoro y entregarle al pollito el grano de maíz que se le debía.

Y el pollito, feliz y contento, abandonó el pueblo con su grano de maíz.

Cuando vieron que se alejaba camino adelante, montaron en sus caballos, incluido el mismísimo rey, y se lanzaron en pos del pollito. Pero el pollito, que se dio cuenta del peligro, sacó rápidamente al guerrero del zurrón y le pidió:

—¡Guerrero, por favor! ¡Ayúdame! ¡Demuéstrales que eres de armas tomar!

Y el guerrero, antes de lo que se tarda en contarlo, hizo trizas a todos.

El pollito volvió entonces a la ciudad del rey y se quedó con todas las riquezas del palacio y él mismo se proclamó rey de aquel pueblo al que había conseguido vencer con la ayuda de todos sus amigos.

FIN

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La oportunidad

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Ilustración: shinga

Un día de verano, harta de vivir en su aldea, Briseida decidió recorrer mundo para probar de cambiar su suerte.

Anduvo durante tres días y el anochecer del tercero la sorprendió mientras caminaba por un sendero que atravesaba un espeso bosque. Para no extraviarse, decidió encender una fogata y esperar a que amaneciera para reemprender su viaje.

No muy lejos de allí, tenía su guarida un ladrón que, al ver la hoguera, se acercó y le preguntó a la muchacha si estaba sola, de dónde venía y adónde se dirigía.

Contenta por la compañía y sin desconfiar de aquel desconocido, Briseida lo invitó a compartir cena y conversación pero, en un momento de descuido, el bandido le robó lo poco que poseía y aunque ella lo persiguió, no pudo darle alcance.

Se quedó Briseida perdida en la espesura, desorientada, sin pertenencias y, muy triste, decidió encaramarse a un árbol para pasar la noche alejada de más peligros.

Ya estaba a punto de quedarse dormida sobre una de las gruesas ramas, cuando un lobo, un león y un toro se reunieron al pie del añoso nogal en el que estaba Briseida y empezaron a hablar:

—¡Qué alegría reencontrarnos después de un año! ¡Contémonos nuestros secretos!

—Amigo lobo, ¿qué novedades hay? —preguntó el toro.

—Poca cosa. Este año he estado en el país en el que todos son ciegos, y un tuerto es el rey. Si supieran que solo con frotarse los ojos con las hojas de este árbol recobrarían la vista… ¡imaginad lo que darían por ello!

Después habló el león y le preguntó al toro:

—Y tú, ¿qué cuentas de nuevo?

—Pues yo he pasado el año en aquel país que sufre una terrible sequía desde hace décadas. Sus habitantes no saben que solo con hacer un corte en el tronco del árbol que hay en la plaza mayor, el agua brotaría a raudales.

—Y tú, león, ¿qué nos cuentas?

—Yo he pasado el año en mi país, y allí la hija del rey se muere, porque nadie sabe que se salvaría si la envolvieran con la manta que esconde dentro de un cofre un enano que vive en lo más profundo de la gruta de la montaña de las Precauciones, a la que solo se puede acceder diciendo tres veces en voz alta: “¡Abracadabra!”

Se despidieron, no sin antes acordar que justo al cabo de un año se volverían a reunir los tres en aquel mismo lugar.

Briseida, muy contenta con toda la información obtenida, bajó del árbol y después de llenarse los bolsillos de hojas de nogal, se encaminó hacia el país de los ciegos.

Al llegar allí, se puso a vender hojas para curar la ceguera y pronto reunió una gran cantidad de monedas de oro.

Después, se dirigió al país azotado por la sequía e hizo brotar agua del árbol que había en la plaza mayor haciendo un corte en su tronco. Los habitantes, muy agradecidos, la colmaron de piedras preciosas y perlas.

Con todas las riquezas obtenidas, viajó al país del león y allí ofreció al rey salvar la vida de la princesa. El monarca le prometió que la nombraría Consejera del reino y la colmaría de incontables bienes si tenía éxito en la empresa.

Briseida salvó a la princesa y el rey no solo cumplió su promesa, sino que, además, como las dos chicas se habían enamorado, ordenó celebrar una fastuosa boda que duró varios días, a la que fueron invitados los reyes y reinas de todos los países vecinos.

Un día, al salir del palacio real, Briseida vio a un mendigo y se acercó a él:

—¡Pero si tú eres el ladrón del bosque!, ¿no me reconoces? Soy yo, Briseida, aquella chica a la que robaste. Ven conmigo y te contaré lo que me ha ocurrido desde entonces, porque con tu mala acción cambiaste por completo mi suerte.

Briseida le refirió toda la historia y le dijo que, precisamente, aquel día hacía justo un año de su encuentro. Al despedirse, le regaló una bolsa llena de monedas de oro para que dejara de robar, pudiera establecerse en algún lugar y llevara una vida honrada. Pero el randa, envidioso de la suerte de la chica, se dirigió al bosque donde, un año antes, Briseida había vivido su aventura y se encaramó al mismo árbol.

No tardaron en llegar los tres animales.

El león dijo:

—Amigos, hoy hace justo un año alguien oyó nuestra conversación encaramado a este árbol. Comprobemos si ha vuelto para darle su merecido.

Al levantar los ojos, descubrieron al ladrón que, temblando y muy asustado, empezó a gritar:

—¡No fui yo, no fui yo! ¡Fue Briseida! ¡La encontraréis en el país del león, vive allí y se ha casado con la princesa!

Sin escuchar sus palabras, el toro embistió el árbol y el ladrón cayó de cabeza al suelo, donde lloró, pataleó y suplicó tanto que los animales, finalmente, hartos de oír sus gritos y lamentos, dejaron que se marchara.

Corriendo, muerto de miedo y arrepentido de todas sus fechorías, regresó a su pueblo y allí, con las monedas que le había regalado Briseida, abrió un taller y ahora es zapatero. Desde entonces, tanto Briseida como la princesa le encargan a él todos sus zapatos.

FIN

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