reyes

Los niños de madera

Ilustración: Deaf-Machbot

Hace mucho, mucho tiempo, cuando reyes y reinas gobernaban los pueblos, vivieron en una pequeña aldea tres hermanas pastoras. Un día estaban hablando las tres y dijo la mayor:

—Si yo me casara con el rey, tendría una hija y le haría un vestidito con una cáscara de almendra.

Y dijo la segunda hermana:

—Pues si yo me casara con el rey, tendría un hijo y le haría un vestidito con una cáscara de avellana.

Y la pequeña dijo:

—Si yo me casara con el rey, tendría una hija y un hijo mellizos. Los dos serían hermoso, sabios y justos y en sus frentes brillaría una estrella.

Antiguamente, tanto reyes como reinas tenían por costumbre mandar espías por todo su reino para que escucharan tras las puertas lo que decían sus súbditos. Uno de estos espías escuchó lo que las muchachas habían dicho y lo comunicó al rey. Este mandó llamar a la hermana pequeña y le preguntó:

—¿Es cierto lo que me han dicho?, que si nos casáramos tendrías dos niños mellizos hermosos, sabios y justos con una estrella en la frente?

La muchacha respondió:

—Sí, majestad, es cierto.

—¿Te quieres casar conmigo?

—Sí.

Se celebraron las bodas con gran pompa y esplendor.

Poco después de casarse, una terrible guerra asoló la región y el rey tuvo que ir a luchar, la muchacha se quedó sola y triste y pidió a sus dos hermanas que se fueran a vivir con ella a palacio.

Al cabo de nueve meses de haber partido su marido, tuvo un niño y una niña, ambos preciosos y ambos con una estrella en la frente.

Las dos hermanas, muertas de envidia, decidieron mandar una carta al rey en la que le anunciaban que su hermana pequeña lo había engañado y que en lugar de tener dos hijos sabios y justos, con una estrella en la frente, había dado a luz a dos niños de madera y después, a causa de la pena por no haber podido cumplir su promesa, había muerto.

Las dos hermanas metieron a los dos recién nacidos en una caja y tiraron la caja al mar. A la madre la encerraron en una oscura y lúgubre mazmorra en lo más profundo del castillo.

Muy cerca del palacio vivía una viejecita que todas las mañanas se acercaba a la playa a recoger los objetos que las olas arrastraban hasta la orilla. Aquella mañana, como siempre, la viejecita se dirigió a la costa y a poca distancia, flotando en el agua, vio la caja; la abrió con mucho cuidado y descubrió a los dos niños con la estrellita en la frente. La mujer se los llevó a su casa y les puso un sombrerito para que nadie viera las estrellitas.

Pasó el tiempo, los niños crecieron y la anciana les fabricó unos caballitos de madera para que jugaran. Sembró hierba en el jardín de la casa y les dijo a los niños que era para que se alimentaran los caballitos. Desde el balcón de palacio se veía el jardín de la casa de la anciana.

El rey regresó de la guerra y todos los días se asomaba triste al balcón para ver jugar a los niños. Aquellos podían haber sido sus hijitos. Los miraba y le parecía muy extraño que siempre llevaran aquel sombrerito que tapaba su frente.

Un día, los niños jugaban a darles de comer hierba a sus caballitos de madera y al verlo, el rey les gritó desde el balcón:

—Niños tontos, ¿los caballitos de madera comen hierba?

Y los niños le contestaron:

—Rey tonto, ¿las reinas de carne y hueso tienen hijos de madera?

Al escuchar esto, el rey les preguntó:

—¿Por qué decís eso?

—A ti le dijeron que nuestra madre había tenido hijos de madera y que después había muerto, pero no es verdad. Nosotros somos tus hijos de carne y hueso y nuestra madre está viva, encerrada en una oscura mazmorra de palacio.

Al oír aquello, el rey recuperó a sus hijos y rescató a la madre.

En cuanto a las dos hermanas, fueron desterradas para siempre del reino que, desde aquel día, fue el más dichoso del mundo.

FIN

Las tres princesitas delicadas

Ilustración: Arbetta

En vete a saber tú dónde y en tiempos de no sé quién, vivieron, una vez, una reina y un rey que tenía tres hijas. Las tres eran inteligentes, hermosas, simpáticas, listas… En fin, que tenían todos aquellos dones que la naturaleza suele conceder a las princesas de un cuento. Pero ¡ay!, las tres tenían el mismo problema: eran en extremo delicadas.

La mayor se llamaba Dina y era delicada como una azucena. La segunda llevaba por nombre Nina y era delicada como un clavel. Y la más pequeña, llamada Tina, era tan delicada como una rosa.

Vivían todos felices en su castillo hasta que una mañana de otoño decidieron salir a pasear por los jardines que rodeaban el palacio.

Mientras deambulaban entre los parterres, de un árbol se desprendió una hoja y quiso la mala suerte que aterrizara justo en medio de la cocorota de la princesa Dina, la mayor, la cual, al sentir el golpe, exclamó:

—¡Ay, mi cabecita!

No pudo decir más. Dina cayó al suelo desmayada.

Fue atendida enseguida por los más eminentes médicos de la corte, que le aplicaron hielo y le pusieron una tirita en el enorme chichón que le había salido por culpa de aquella hoja, pero desde entonces, la pobre Dina ya siempre tuvo fuertes jaquecas.

Pasó el tiempo, y hete aquí que, una mañana, Nina, la segunda princesita, se despertó llorando desconsoladamente:

—¡Ay, mi espaldita!

Se quejaba Nina mientras sollozaba e hipaba sin parar.

Al examinar su espalda, las criadas descubrieron en ella un enorme cardenal. Intentaron darle friegas con alcanfor para calmar el dolor, pero cada vez que acercaban la mano, los desgarradores gritos de la princesa retumbaban por todo el palacio.

Acudieron los médicos sin perder ni un segundo y después de estudiar la situación, concluyeron que la culpable del mal que aquejaba a la princesa era una arruga que había en sus sábanas de seda.

Con sumo cuidado, le pusieron emplastos y le vendaron el morado, pero a la pobre Nina, desde aquel día, su espalda no dejó de darle problemas.

Los reyes, abatidos, se lamentaban:

—¡Qué pena más grande! De nuestras tres hijas, dos están muy delicadas, ¿qué podemos hacer para que no le ocurra nada a la tercera?

Después de dar vueltas al problema y después de mucho pensar, los reyes decidieron poner a salvo a la más pequeña de sus hijas, la única que hasta ese día no había sufrido percance alguno.

Resolvieron que lo mejor, para no correr riesgos, sería encerrarla en una urna de cristal. Creyeron que si la mantenían aislada la princesita Tina estaría segura. Así que ordenaron a los mejores arquitectos del reino que construyeran para ella una habitación del vidrio más puro y transparente.

Pasó el tiempo y la princesita vivía al amparo de su refugio transparente alejada de cualquier peligro. Pero un día, al abrir la puerta para darle la comida, se coló dentro una mosca, la cual, al verse encerrada, se puso nerviosa y empezó a volar sin parar alrededor de la princesa, que con la corriente de aire que producían las alas del insecto, se constipó:

—¡Achís, achís, achís!

Los reyes no se han repuesto jamás del disgusto.

Todavía hoy, en aquel reino, se discute sobre cuál de las princesas es la más delicada de las tres, pero siguen sin ponerse de acuerdo.

FIN

La comida real

reis

Ilustración: Emma Pumarola

 Este cuento y esta ilustración han sido posibles gracias a: 

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Para los hermanos Sentido, asesores reales en varios mundos, que responden a los nombres de Oído, Olfato, Vista, Tacto y Gusto, cada vez es más complicado encontrar un lugar en la Tierra en el que celebrar la gran comida que disfrutan los Reyes Magos al terminar su reparto.

En esa reunión anual, además de comer y reponer fuerzas después de su agotadora jornada de trabajo, sus Majestades hablan de cómo les ha ido el día y planifican, con todo lujo de detalles, las tareas del año que tienen por delante, para que al llegar de nuevo el 6 de enero todo salga a la perfección. No pueden permitirse ni el más mínimo desliz, ya que en una sola noche se debe efectuar la entrega y cualquier error de cálculo supone un desastre difícilmente reparable.

La misión de los hermanos Sentido es buscar un lugar especial de reunión para Melchor, Gaspar y Baltasar, a los que es casi imposible sorprender, porque en sus más de 2.000 años de profesión han visto, oído, olido, tocado y gustado todo aquello que se puede ver, oír, oler, tocar o gustar. Así que, como podéis imaginar, es muy difícil impresionarlos con algo.

Por eso, cada uno de septiembre, los cinco hermanos se ponen en marcha y recorren juntos el mundo.

Este año, sin embargo, después de discutirlo largamente, decidieron tomar distintos caminos para ampliar la cada vez más complicada búsqueda.

Olfato se fue a Asia, porque había oído que allí, el aroma de la cúrcuma, el cardamomo, la cayena, el cilantro y la canela cosquillea en la nariz cuando el aire esparce en los coloridos mercados de especias su dulce y suave perfume.

Siete días después de su partida, propuso a sus hermanos celebrar la reunión en Estambul, contemplando el mar de Mármara.

La propuesta se rechazó, porque en 1453 ya se celebró allí la comida.

Oído puso rumbo a Oceanía, donde hay quien dice que, si se escucha con atención, se oye hablar al silencio, que se refugia a menudo en aquellas vacías inmensidades para poder meditar.

Volvió al cabo de un mes convencido de que el punto idóneo de reunión era el desierto Pintado de Australia, que en inmemoriales tiempos sirvió de paleta para ensayar combinaciones de colores a las cuatro estaciones cuando aún vivían juntas.

La propuesta se desestimó, porque se esperan vientos racheados a principios de enero en aquella zona y es un poco molesto encontrar arena en la comida.

Tacto tomó la dirección de África, para poder acariciar la piel de los animales en libertad, porque cuentan, los que la han tocado, que es la más suave del mundo, muy distinta a la de los animales cautivos, cuya piel se vuelve rugosa a causa de la pena.

Al volver a finales de octubre, propuso a sus hermanos ir a Tanzania, a la inmensa sabana del Serengeti, donde los animales corren sin barreras.

Se desechó la propuesta a causa de que en enero, precisamente, comienzan las grandes migraciones en la región de Ndutu y se prevé que más de un millón de ñus, trescientas cincuenta mil gacelas y unas cincuenta mil cebras se reúnan allí para emprender su periplo anual.

Vista se marchó hacia América, donde selvas, cordilleras, pampas, mares, ciudades y desiertos desprenden una luz tan especial que, mires hacia donde mires, te explota en mil colores dentro de la retina.

A mediados de noviembre regresó con su propuesta: irían a Guatemala, al lago Atitlán, que en idioma náhuatl significa «en el agua».

La idea quedó inmediatamente descartada, porque Melchor sufre de reuma y en el agua lo pasaría fatal.

Gusto, el último de los hermanos Sentido, optó por explorar Europa.

No se ha sabido nada de él hasta hace dos días, cuando sus hermanos, muy nerviosos, reclamaron su presencia con urgencia.

Regresó de su viaje muy feliz, rebosante de salud. Propuso ir a Capmany, un precioso pueblecito al sur del viejo continente donde, según dijo, todo es maravilloso. Allí lo habían tratado tan bien, ¡que se había olvidado por completo de su misión!

Emocionado, Gusto relataba a sus hermanos:

—¡Ay, hermanos!… Después de recorrer Europa entera, después de degustar las más exclusivas exquisiteces, descubrí un restaurante tan, tan, pero tan especial que decidí quedarme a vivir en él. ¡Y no me equivoqué! Allí he visto, olido, saboreado y tocado cosas que vosotros no creeríais. Juntas, viandas y trufas, me contaron que…

—¡¡¿¿Trufas??!! —exclamaron a la vez Oído, Olfato, Vista y Tacto.

Porque a los hermanos Sentido, si hay una cosa en el mundo capaz de volverlos locos es, precisamente, una trufa, el hongo mágico cuyo cuento empieza, justo, donde acaban otros.

«Érase una vez una trufa que se enamoró de un árbol y abrazada a sus raíces esperó paciente, a oscuras y en silencio, el momento preciso para entregar al mundo el fruto de ese amor».

Y es que cada año, en los espesos bosques de castaños, nogales, encinas y robles se viven fascinantes aventuras bajo la tierra. Algunas las conocemos porque, al llegar enero, quieren ser contadas y entonces desprenden un suave aroma que solo el fino olfato de jabalíes y perros puede percibir. Las trufas, cargadas de cuentos, son desenterradas y en ese momento hay que ir con muchísimo cuidado, porque solo un experto, con delicadeza, ternura y mimo, puede desprenderlos, muy despacio y sin dañarlos, de entre la tierra adherida en la rugosa superficie de las trufas. Si no se hace correctamente, finales o principios de esos cuentos pueden perderse irremediablemente.

Después, las historias desprendidas de las trufas deben mezclase cuidadosamente con los más deliciosos manjares para que juntos compongan relatos llenos de sabores, colores, olores y texturas que, al comerlos, estallan en el paladar. ¡Y no cualquiera puede hacer esto!

Pero precisamente, en Capmany, Gusto descubrió a uno de los mejores artistas desprende cuentos del mundo. Se llama Toni, y los hermanos Sentido decidieron que este año fuera él el encargado de cocinar la comida real.

Ha preparado un banquete muy, muy especial a base de trufas y, ¡por fin!, después de muchos siglos, los cinco hermanos han conseguido sorprender a los tres Magos de Oriente, que a estas horas aún siguen allí, saboreando historias.

Y aunque hoy el restaurante de Toni está reservado para Melchor, Gaspar, Baltasar, todos sus ayudantes y, naturalmente, para los cinco hermanos Sentido, podéis encargarle mesa para otro día y disfrutar de todo lo que nos cuentan sus platos.

Porque nosotros, que sabemos mucho de cuentos, os aseguramos que viviréis una experiencia…

 

¡…mágica en…!

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FIN