rico

El alfarero

En aquel remoto tiempo en el que pocas calles estaban empedradas y el único medio de transporte eran los burros y alguna que otra carroza, vivió un rico mercader que gracias al duro trabajo y a una afortunada venta de seda china, se construyó una gran mansión en la capital, a orillas del río.

En su nueva casa era feliz. Cada mañana se asomaba a la ventana para ver pasar las grandes barcazas, que transportaban sus mercancías rumbo a los más importantes puertos del mundo, y cada vez que lo hacía, escuchaba la triste tonada de un alfarero que, bajo su ventana, giraba su torno para hacer vasijas con el barro que extraía de la cercana ribera:

—Yo la tapeeeee. La tapeeeeeeee yoooooo. Yo la tapeeeeee…

Después de un mes entero escuchando la misma cantinela, su curiosidad pudo más y el comerciante decidió descubrir por qué aquel hombre la entonaba sin cesar.

Se disfrazó con prendas humildes y esperó hasta que el alfarero recogió sus enseres y se marchó. Entonces, lo siguió por un laberinto de calles, callejas y callejuelas hasta llegar a un alejado barrio en el que a cada paso que daba, las casas se hacían más pobres y miserables. Finalmente, descubrió que en el último rincón, en la chabola más paupérrima y mísera, el alfarero y su familia malvivían en la inopia más absoluta.

El mercader, sin haber descubierto nada más, regreso a su hogar.

Pasaron los días, y el comerciante estaba cada vez más obsesionado con el sonsonete del alfarero:

—Yo la tapeeeee. La tapeeeeeeee yoooooo. Yo la tapeeeeee…

Indagó en el barrio, pero nadie supo darle cuenta, así que, un buen día, bajó a la calle y le preguntó al alfarero directamente:

—¡Dime!, ¿qué fue lo que tapaste?

—Yo la tapeeeee. La tapeeeeeeee yoooooo. Yo la tapeeeeee… Nunca se lo he contado a nadie, si te lo cuento, debes jurarme que guardarás el secreto…

—¡Te lo juro por mi vida!

Y, bajando la voz, el alfarero empezó a hablar:

—Yo la tape… y ahora no tengo más remedio que trabajar las veinticuatro horas del día e incluso todas las noches, porque tengo trece hijos a los que alimentar. ¡Imagínate, trece! Sin olvidar, claro, a la madre que los trajo al mundo. ¡Quince bocas a las que dar de comer contando la mía! Y todo porque yo la tape. ¡La tape yo!

Desconcertado, el mercader le rogó que siguiera con su historia. El alfarero miró a derecha e izquierda para comprobar que nadie escuchaba, y siguió contado:

—Todo empezó por un sueño. En él, yo la tapé, ¡la tapé yo! Me soñé a mí mismo en un verde prado, a mi alrededor había infinidad de fuentes: unas lanzaban el agua muy alto; otras a media altura; y otras eran muy chiquitas y casi no lanzaban agua. Entre las fuentes, paseaba un hombre muy viejo, con una larguísima barba blanca que le llegaba al suelo. Se apoyaba en un bastón. En mi sueño, yo sabía que era el guardián de las fuentes y le pregunté qué significado tenían. Me contestó que esas fuentes representaban a las personas, que las fuentes altas eran las de los ricos riquísimos; las fuentes medianas eran las de los que se ganaban el pan trabajando duro; y las fuentes chiquitas eran las de los que se deslomaban trabajando de sol a sol y casi no tenían ni para comer. Yo, necio de mí, le pregunté cuál era la mía y él me señaló una fuente diminuta, una nadita de fuente que apenas se elevaba del suelo y que no tenía ni fuerza para brotar.

El alfarero se detuvo, de pronto, y gimoteando repitió:

—Yo la tapeeeee. La tapeeeeeeee yoooooo. Yo la tapeeeeee…

Pero enseguida se repuso y continuó:

—Cuando el viejo no miraba, agarré un palo y traté de ensanchar mi fuente para que pudiera elevarse alta y abundante, pero en lugar de ensancharla, el palo se quedó atorado y la fuente dejó de brotar. Y ya no pude hacer nada porque, justo en ese instante, me desperté. Desde entonces, canto todo el tiempo: «yo la tapeeeee. La tapeeeeeeee yoooooo. Yo la tapeeeeee…», para que el viejo sepa que no es que mi fuente se haya secado, sino que fui yo el que la tapó. Para que entienda que necesito alimentar a mis trece hijos, a la madre que los trajo al mundo y a mí mismo  Yo la tapeeeee. La tapeeeeeeee yoooooo. Yo la tapeeeeee…

En silencio, el mercader se alejó. En la distancia seguía escuchándose la desentonada y triste cancioncilla del alfarero:

—Yo la tapeeeee. La tapeeeeeeee yoooooo. Yo la tapeeeeee…

De regreso a su casa, deseoso de ayudar a aquel infeliz, se dirigió a la cocina y ordenó que prepararan un pollo relleno, el más grande que encontraran, y que pusieran en su interior, además de ciruelas, orejones y pasas, esmeraldas y diamantes, y que se lo entregaran al alfarero sin desvelar la procedencia.

Un mensajero partió con su encargo y después de recorrer un laberinto de calles, callejas y callejuelas encontró la paupérrima y mísera casa del alfarero y le entregó el regalo.

Al día siguiente, el mercader abrió la ventana, y cuál no sería sorpresa al escuchar:

—Yo la tapeeeee. La tapeeeeeeee yoooooo. Yo la tapeeeeee…

Bajo corriendo a la calle:

—¿Por casualidad no recibiste anoche un regalo?

—¿Un regalo? Sí, un regalo envenenado. ¡Imagínate que a alguien se le ocurrió enviarme un pollo relleno! ¿Cómo voy a comer pollo? ¿Cómo les voy a dar pollo a mis trece hijos y a mi mujer? ¿Qué pasa si se acostumbran? ¿Qué hago yo después? ¿Dónde consigo otro pollo? ¡Menudo aprieto! No sé quién ha sido el malintencionado que me mandó ese regalo, pero si me entero…

«He sido un iluso —se dijo a sí mismo el mercader—, ese hombre es muy humilde y un pollo relleno no va a solucionar sus problemas».

Volvió a su casa y después de dar vueltas al asunto, trazó un plan «perfecto». Sabía que cada domingo, el alfarero cruzaba el río de madrugada para ir al mercado a vender sus cacharros, así que el siguiente domingo esperó tras una columna del puente y cuando vio que se acercaba, colocó una bolsa llena de monedas de oro en medio del paso. Con lo que contenía, la vida del hombre quedaría solucionada. ¡Qué digo!, en aquella bolsa había suficiente dinero para solucionar la vida a cuatro alfareros y a todos sus hijos.

El alfarero, cargado con sus ollas y su tristeza, esquivó la bolsa sin detenerse a mirarla siquiera y siguió su camino entonando su canción:

—Yo la tapeeeee. La tapeeeeeeee yoooooo. Yo la tapeeeeee…

El mercader, salió de detrás de la columna, recogió la bolsa y regresó a su casa cabizbajo y meditabundo: «he aprendido que no soy el único responsable de la dicha de los demás, ni tampoco de su desgracia. Cada ser humano debe ser el principal responsable de su vida y ser responsable de su vida significa aprender a leer las señales que esta nos pone delante».

FIN

La montaña de oro

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Ilustración: Pencil-guy

Hace mucho tiempo, vivía en un aldea un muchacho labrador. Era tan pobre, que casi ni podía comer, así que no tuvo más remedio que buscar trabajo como jornalero y se dirigió a la ciudad.

Cuando llegó allí, esperó en la plaza del mercado, junto a otros, a que alguien lo contratara y he aquí que un terrateniente único entre setecientos, porque era setecientas veces más rico que los demás terratenientes de aquella tierra, acertó a pasar por allí en su coche de oro.

Apenas los jornaleros lo vieron, corrieron en todas direcciones a esconderse y solo quedó, en medio de la plaza, el joven labrador.

—¡Chico!, ¿quieres trabajar? —preguntó el terrateniente único entre setecientos.

—¡Claro! Por eso estoy aquí.

—¿Qué sueldo pides?

—Cien monedas de oro al día.

—¡Eso es demasiado!

—Pues si te parece demasiado, busca a otro que cobre menos. Aunque me parece a mí que te será difícil, porque en cuanto has llegado, todos han desaparecido.

—De acuerdo, te daré cien monedas. Mañana al alba te espero en el puerto. ¡Sé puntual!

A la mañana siguiente, el joven se dirigió al puerto, donde ya lo estaba esperando el terrateniente único entre setecientos. Embarcaron en un velero de oro y navega que navegarás, llegaron a una isla solitaria en medio del océano. Era una isla de altísimas montañas, y en la costa algo resplandecía como el fuego.

—¿Qué es ese fuego? —preguntó el labrador.

—No es fuego; es mi castillo de oro.

Arribaron a la isla y amarraron el barco. Las puertas del castillo se abrieron y la mujer y la hija del terrateniente único entre setecientos salieron a recibirlos y, todos juntos, entraron al castillo, se sentaron a la mesa y empezaron a comer, a beber y a divertirse.

—Regocijémonos hoy —dijo el dueño del palacio—, que mañana ya trabajaremos.

Durante la cena, el joven labrador y la hija del terrateniente no hacían más que mirarse y al retirarse a sus habitaciones a dormir, la muchacha visitó al joven en secreto y le entregó un pedernal y un eslabón:

—Toma, no me preguntes, pero utiliza esto cuando estés desesperado.

Al día siguiente, el terrateniente único entre setecientos cogió un azadón, montó un borrico y se dirigió con el labrador a la montaña de oro que había en el centro de la isla. Sube que subirás, trepa que treparás, no llegaban nunca a la cumbre.

—Bueno —dijo el terrateniente—, ya es hora de que echemos un trago.

El terrateniente le ofreció una bebida mezclada con un narcótico y después de comprobar que su jornalero se había quedado completamente dormido, sacó su cuchillo, mató al burro que iba con ellos, le arrancó las entrañas, puso en el vientre al joven con el azadón, y después de coser la herida, fue a esconderse entre las malezas.

Inmediatamente bajó volando una bandada de cuervos de acerados picos, que cogió el cadáver del animal y se lo llevó a la cumbre para cebarse con él. Allí las aves empezaron a mondarlo, hartándose de carne, hasta que hundieron los picos en el muchacho, que al sentir los picotazos se despertó, ahuyentó a los negros pájaros, miró a su alrededor y preguntó:

—¿Dónde estoy?

—En la montaña de oro —le contestó el amo gritando desde abajo—.  ¡Ea! ¡Coge tu azada y cava oro!

El chico se puso a cavar y a tirar oro montaña abajo. El terrateniente lo cogía y lo cargaba en los carros. Por la tarde había llenado nueve enteros.

—Ya me bastará —gritó el terrateniente único entre setecientos—. Gracias por tu trabajo. ¡Adiós!

—¿Y yo qué hago?

—Arréglate como puedas. Noventa y nueve como tú han perecido en esta montaña. ¡Contigo serán cien! —Y dicho esto, se alejó.

—No sé qué hacer —pensó el muchacho—. Bajar de esta montaña es imposible. Seguramente moriré de hambre.

No podía bajar de la montaña y sobre su cabeza se cernía la bandada de cuervos de acerados picos, oliendo su presa. Reflexionando estaba en su desventura, cuando recordó que la hermosa muchacha le había dado, en secreto, un eslabón y un pedernal, aconsejándole que los utilizase cuando estuviese desesperado. «Tal vez no me lo dijo en vano. —pensó— Probaré». Sacó el eslabón y el pedernal y al primer golpe que dio se le aparecieron dos mancebos.

—¿Qué deseas? —le preguntaron.

—Que me saquéis de esta montaña y me llevéis de regreso a la ciudad.

No había terminado de hablar, cuando lo tomaron uno por cada brazo y cumplieron su deseo.

Tiempo después, el chico se dirigió nuevamente al mercado a ver si alguien lo contrataba y, de nuevo, volvió a pasar el terrateniente único entre setecientos en su coche de oro. Apenas lo vieron los jornaleros, corrieron en todas direcciones a esconderse y solo quedó en la plaza el muchacho.

—¿Quieres trabajar para mí? —le preguntó el rico terrateniente sin reconocerlo.

—Con mucho gusto, si me das doscientas monedas de oro al día.

—¿No es demasiado?

—Si lo encuentras caro, busca a otro jornalero más barato. Pero ya has visto cómo echan a correr al verte.

—Bueno, no se hable más. Mañana al alba te espero en el puerto.

Al día siguiente se encontraron en el puerto, subieron a la embarcación y se hicieron a la mar. Pasaron aquel día comiendo y bebiendo y al día siguiente se dirigieron a la montaña de oro. Al llegar allí, el rico terrateniente sacó una botella y dijo:

—Ya es hora de que bebamos.

—Espera —advirtió el criado—, deja que te obsequie con mi vino, porque quiero celebrar que tengo trabajo.

Y el joven, que había tenido la precaución de desleír un potente narcótico en la bebida, llenó un vaso y se lo ofreció al terrateniente único entre setecientos. Este, sin sospechar nada, se lo bebió de un trago y se quedó dormido. El muchacho mató el caballo más viejo, lo destripó, metió a su amo dentro con la azada, cosió la herida y se ocultó entre la maleza. Inmediatamente bajaron los cuervos de acerado pico, cogieron el cadáver, se lo llevaron a lo alto de la montaña y empezaron a comer. El terrateniente que era único entre setecientos, despertó y miró a todas partes.

—¿Dónde estoy? —preguntó.

—En la montaña de oro —gritó el chico—. Coge la azada y cava oro; si arrancas mucho, te diré cómo bajar.

El terrateniente único entre setecientos, cogió la azada y se puso a cavar y a cavar hasta que se llenaron de oro veinte carros.

—Descansa, ya tengo bastante —gritó el muchacho—. ¡Gracias por tu trabajo y adiós!

—Y yo, ¿cómo bajo? Me dijiste que me dirías cómo hacerlo.

—Es fácil, baja como bajaron noventa y nueve antes que tú.

Y dicho esto, el chico se dirigió al castillo con los veinte carros de oro, se casó con la hija del terrateniente único entre setecientos, y ambos se quedaron como dueños de todas las riquezas que el avaro había acumulado a lo largo de toda su vida. Eran tantas, que nunca jamás necesitaron volver a cavar oro.

FIN