Riquete

Riquete el del copete

riquet-perrault-amour

Ilustración: Libou

Cierta reina tuvo un hijo tan feo y deforme que, al verlo, dudó de que fuera humano. Un hada que estaba presente consoló a la madre diciéndole que la inteligencia del pequeño sería aún más grande que su fealdad y, además, le concedió el don de poder convertir en inteligente a la persona a quien más amara.

Y ciertamente, cuando el niño empezó a hablar, era tanta su gracia que todo el mundo deseaba estar cerca de él para escucharlo. Olvidé decir que nació con un mechón en la cabeza, por lo que se lo conocía como Riquete el del copete, ya que era Riquete el apellido familiar.

En el reino vecino, al cabo de siete años, la reina dio a luz a dos hijas gemelas. La primera era preciosa, pero la misma hada que había asistido al nacimiento de Riquete el del copete, advirtió a la reina de que la princesa sería tan estúpida como bella. Esto dolió mucho a la madre, que poco después aún se entristeció más porque su segunda hija era fea como no es posible describir.

—No te aflijas —le dijo el hada— que, aunque no es bella, será tan inteligente que nadie advertirá su fealdad.

—Eso espero. Y dime, ¿no podrías hacer algo para que la mayor fuera menos guapa pero un poco inteligente?

—Nada puedo hacer con su inteligencia, pero sí con su belleza. Le concedo el don de transformar en hermosa a la persona que ame.

Las princesitas fueron creciendo y las perfecciones de ambas aumentaban y en todo el reino solo se hablaba de la belleza de la mayor y de la inteligencia de la pequeña. Pero, ciertamente, sus carencias también aumentaron y tomaron mayores proporciones, pues la fealdad de una era comparable a la estupidez de la otra, que era incapaz de contestar a lo que se le preguntaba o respondía una majadería.

Aunque la belleza es una cualidad muy apreciada, lo cierto es que la inteligencia la aventaja, y eso pasaba con las princesas. Primero, las personas se acercaban a la más guapa, pero después de un rato, se iban a charlar con la inteligente, porque su conversación era amena. Así que la mayor se quedaba sola porque todo el mundo prefería estar con la menor. La guapa, aunque era muy estúpida, entendía lo que ocurría y hubiera dado toda su belleza por tener un poquito del talento de su hermana.

Un día, se marchó al bosque a llorar su pena y mientras así estaba, se le acercó un joven muy feo. No era otro que Riquete el del copete, que se había enamorado de ella contemplando los retratos de la princesa que se encontraban por todas partes y había decidido ir a conocerla en persona. Muy contento al reconocerla, la saludó con respeto y finura y al ver que lloraba, le preguntó:

—¿Cómo es posible que alguien tan guapo pueda estar tan triste?

—Eso lo dices porque sí —contestó la princesa, sin añadir nada más.

—La belleza —continuó Riquete el del copete— es un don tan precioso que suple todos los demás, así que no entiendo que estés triste.

—Preferiría ser fea como tú y tener talento, a ser guapa y tonta.

—Una de las señales de tener inteligencia es creer que no se tiene. Y cuanto más tonto te crees, en realidad, más listo eres.

—Pues será así; pero soy muy tonta y por eso lloro.

—Si solo es eso, yo puedo solucionarlo.

—¿Cómo?

—Porque puedo conceder inteligencia a la persona que más ame; y como estoy enamorado de ti, te daré inteligencia si te casas conmigo.

La princesa no supo qué contestar.

—Veo que mi proposición te disgusta; normal, porque soy muy feo, así que puedes pensarlo durante un año antes de decidirte.

La princesa deseaba tanto dejar de ser tonta que aceptó la proposición y en cuanto le dijo a Riquete el del copete que se casaría con él al cabo de un año, se sintió completamente diferente y pudo expresar sus ideas con facilidad y acierto. Empezaron a conversar y Riquete el del copete pensó que le había concedido a la princesa un talento mayor que el que tenía él.

Cuando la princesa volvió al palacio, la corte entera quedó atónita. No sabía cómo explicarse aquel cambio tan repentino y extraordinario, pues tan grande como era antes su necedad, era ahora su sabiduría. Tal era su prudencia, que en los asuntos de estado se empezó a contar con su consejo.

La noticia de su transformación corrió como la pólvora y jóvenes príncipes de todos los reinos le pidieron matrimonio, pero no halló uno que tuviera suficiente talento y aunque habló con todos, con ninguno se comprometió. Necesitaba reflexionar.

Se fue a pasear al mismo bosque donde un año antes había encontrado a Riquete el del copete y mientras estaba sumida en sus pensamientos, oyó un ruido; como de personas moviéndose de un lado a otro y voces que decían:

—Trae la bandeja.

—Abrillanta las copas.

—Enciende el fuego.

La tierra se abrió y, a sus pies, vio una larga escalera que conducía a una cocina inmensa, en la que cocineros, pinches y lacayos preparaban un gran festín. Una larga fila de sirvientes subió fuentes con frutas y flores para colocarlas sobre una larguísima mesa colocada en un claro del bosque.

Asombrada, la princesa les preguntó para quién trabajaban:

—Para el príncipe Riquete el del copete, que mañana se casa.

Recordó, de pronto, su promesa de hacía un año y se quedó petrificada. Aún no se había recuperado, cuando se acercó a ella Riquete el del copete, vestido con sus mejores galas.

—Cumplo mi palabra y tengo la seguridad de que tú vienes a cumplir la tuya.

—Te seré sincera, creo que no podré cumplirla.

—Me sorprendes.

—Lo comprendo y si fueras mala persona estaría en un aprieto, porque las personas no deben faltar a su palabra, pero espero que me entiendas. Prometí casarme contigo cuando era estúpida, pero con la inteligencia que me diste, mi gusto también mejoró, así que si deseabas casarte conmigo, debiste dejarme tonta.

—Prescindiendo de mi fealdad, ¿hay algo en mí que te disguste?

—No, al contrario, el resto es perfecto.

—Entonces, si es así, está bien, porque tienes el poder de hacerme el más guapo de los hombres.

—¿Cómo?

—Quiéreme bastante para desear que lo sea, porque el hada que el día de mi nacimiento me concedió el don de poder convertir en persona inteligente a quien yo amara, te concedió a ti el poder de hacerla hermosa.

—Si es así, exclamó la princesa, deseo de todo corazón que te conviertas en el hombre más guapo del mundo. —Apenas lo hubo dicho, Riquete el del copete se trasformó en un agraciado príncipe.

Al día siguiente, se celebró la boda y los dos vivieron felices durante mucho tiempo.

Dicen que, en realidad, no fueron los dones del hada los que operaron la metamorfosis, sino que fue el cariño de ambos el que los cambió a los dos, porque el amor, cuando es verdadero, tiene el poder de transformar las cosas.

FIN