risa

Unas rimas que se arriman

Ilustración: Cryptid-Creations

Todos andaban mal por la zona del Yacuarebí. Y dicen que lo que pasó fue más o menos así.

Un día el zorro se levantó de mal humor. Tal vez porque sí nomás, tal vez porque hacía calor. Iba pateando la tierra y por dentro se sentía en pie de guerra.

Estaba en eso cuando vio pasar a un perro mascando un hueso. Sin darle tiempo de saludar le gritó:

—¡Eh, perro! ¡Sos el más tonto del mundo!

Sin esperar ni un segundo se le tiró encima para descargar sobre él su mal humor y le dio una patada que por poco lo desmaya del dolor.

Cuando el perro se repuso, se sintió dominado por el enojo y con ganas de pelear con el primero que se le pusiera ante los ojos.

Justo en ese momento vio pasar a una liebre y la miró tan mal, que a la pobre casi le da fiebre.

—¡Eh, liebre! —le gritó—. ¡Sos la más idiota! —y le dio un golpe que estuvo cerca de dejarle la cabeza rota.

Cuando la liebre se recuperó, se sintió llena de furor. En ese momento vio pasar a un ratón.

—¡Eh, ratón! —exclamó—. ¡Sos tan tonto que más que tonto sos un tontón! —Y sin darle tiempo de contestar, se le tiró encima y le dio un mordisco que estuvo a punto de dejarlo bizco.

Cuando el ratón se dio cuenta de lo sucedido, sintió una tremenda furia y un impulso ciego de descargarse con el primero al que le viera el pelo. El primero que pasó fue un cuis. Y sin pensarlo dos veces, le gritó:

—¡Eh cuis, sos el más estúpido de todo el país!

Después, el ratón le estampó un golpazo con la cola que lo dejó sin sentido por más de una hora.

En cuanto el cuis se pudo levantar se sintió de un humor terrible y con ganas de descargarse con cualquiera lo más pronto posible. Sucedió que pasó por allí una rana. Apenas la vio, el cuis le dijo:

—¡Eh, rana saltarina, sos lo más imbécil que vi en mi vida!

En un segundo se abalanzó sobre ella y le dio una paliza que le hizo ver las estrellas.

No bien la rana pudo volver a ponerse de pie estaba tan furibunda que al primero que viera lo iba a dejar más chato que una funda.

Entonces pasó por allí el zorro, que ya no tenía tanto mal humor aunque seguía haciendo bastante calor.

En cuanto la rana vio al zorro, sintió que sus fuerzas se multiplicaban por millones y le dio unos tremendos coscorrones.

Al zorro le volvió enseguida el mal humor, y un rato después volvió a patear al perro que se retorció de dolor. Más tarde el perro atacó a la liebre; la liebre, al ratón; el ratón, al cuis y el cuis a la rana.

Así se pasaron toda la mañana. Después, también la tarde. Mientras tanto el ánimo se les encendía cada vez más, como una fogata que arde y arde y arde.

Por la noche durmieron inquietos y nerviosos. Para cada uno los demás eran su enemigo, y les resultaba imposible descansar tranquilos.

Así estuvieron un tiempo. En sus cabezas había lugar para una sola idea: cómo estar siempre preparados para la pelea. No podían pensar en otra cosa, y ni hablar de disfrutar de alguna experiencia hermosa. Todos se insultaban, se pateaban, se golpeaban y se mordían donde se encontraran y a cualquier hora del día.

Fue entonces que una mañana sopló una brisa refrescante y llegó al lugar un mono que nadie había visto antes. Apareció frente al zorro justo cuando este andaba con ganas de descargar sobre alguien un fuerte mamporro.

Pero cuando el mono lo vio, no le dio tiempo de que lo atacara. Lo saludó con una sonrisa que le recorría toda la cara. El zorro se sintió paralizado por un gran desconcierto. Una sonrisa era algo que no veía hacía tiempo. Y en menos de lo que se tarda en decir «abracadabra» el mono empezó a soltar estas palabras:

—Justo en el medio del campo

suspiraban dos tomates,

y en el suspiro decían:

¡hoy queremos tomar mate!

El zorro pasó del desconcierto al asombro y del asombro a la carcajada. Se reía tanto que tenía la expresión desencajada. Se imaginaba a los tomates con una bombilla y se reía como si alguien le hiciera cosquillas. Entonces el mono siguió:

—Por el río Paraná

va nadando un surubí,

y mientras nada, comenta:

¡qué picante está el ají!

Las carcajadas del zorro eran tan grandes que resonaban por todas partes. En pocos minutos llegaron el perro, la liebre, el ratón, el cuis y la rana, atraídos por el sonido de la risa, que hacía tanto tiempo no escuchaban. El mono siguió:

—De las aves que bailan

me gusta el sapo,

porque deja la alfombra

toda hecha un trapo.

Entonces todos se largaron a reír, y rieron juntos durante todo un día hasta soltar toda la risa que hacía tiempo no reían. Estaban de tan buen humor, que a nadie le importaba si hacía frío o hacía calor. Después inventaron entre todos muchas rimas del estilo de las que había dicho el mono. Y se les ocurrían tantas y tantas ideas, que no les quedó lugar para volver a imaginar una pelea.

Una noche sopló una brisa que venía de las estrellas, y el mono desapareció sin dejar huellas.

FIN

¡Atrápalo, cisne!

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Ilustración: Adrian Ludwig Richter

Jacobo, Federico y Godofredo eran hermanos; los dos primeros eran fuertes y robustos, pero el tercero era más bien paliducho y enclenque. Los dos mayores, en lugar de ser amables con el más débil, se aprovechaban de su poder y siempre le dejaban al pequeño los trabajos más agotadores y aburridos, como si creyeran que la debilidad era un delito que se debía pagar. El pobre Godofredo se entristecía por ello, pero no tenía valor para rebelarse, así que lo único que hacía era llorar cuando nadie podía verlo.

Un día que estaba recogiendo leña en el bosque, vio salir de detrás de un arbusto a una viejecita que le dijo:

—Hijo mío, ¿a qué viene ese llanto? A tu edad, lo que deberías hacer es reír. ¿Por qué no te marchas de aquí? El mundo es muy grande y la felicidad puede estar en cualquier otro lugar.

Godofredo, en aquel momento, no supo qué contestar, pero de regreso a su casa iba dando vueltas a las palabras de la extraña anciana y, finalmente, se dijo «Ciertamente esa viejecita tiene razón. Aquí nunca conseguiré ser feliz. ¿Qué me retiene?». Y como nada dejaba atrás que de verdad le importara, aquella misma noche puso sus pocas cosas en un hatillo y partió.

Desde la cima de la colina, se giró para ver, por última vez, la aldea en la que había vivido hasta ese día. En ese momento, para su sorpresa, la misma viejecita, que estaba tras él, le dio un golpecito en la espalda:

—No sientas nostalgia, ¡has hecho lo correcto! Quiero ayudarte y espero que te acuerdes de mí cuando las cosas te vayan bien. En el siguiente cruce encontrarás un árbol muy grande y a sus pies un hombre dormido, junto a él, atado al tronco del árbol, verás un cisne blanco. Desátalo sin hacer ruido y llévatelo. Luego, camina en línea recta, hacia la capital. Durante el camino, te encontrarás a gente que te preguntará si puede arrancar una pluma al cisne, o tocarlo. Tú diles que sí y cuando lo toquen, grita: «¡Atrápalo, cisne!» Quedarán pegados al blanco plumaje y no tendrán más remedio que seguirte a todas partes.

Dicho esto, la anciana desapareció.

Caía la tarde cuando Godofredo llegó al cruce. Vio el árbol, a sus pies estaba el hombre dormido y, junto a él, el cisne atado al tronco. Sin hacer ruido, lo desató, se lo llevó y empezó a caminar en línea recta.

Poco después, atravesó un pueblo. Un niño que jugaba en la calle le preguntó:

—¿Puedo arrancar una pluma al cisne?

—Claro.

Y cuando el niño tocó el plumaje, Godofredo gritó: «¡Atrápalo, cisne!» y el pequeño, por mucho que se esforzó, fue incapaz de separar su mano del blanco plumaje. No tuvo más remedio que ir tras Godofredo, que siguió adelante sin detenerse.

Al girar la esquina, ambos se encontraron con una criada que salía de una tienda:

—¡Pequeño!, ¿qué haces yendo tras ese cisne?

—¡Ay, ay!, no puedo soltarme ¡Ayúdame! —sollozó el chiquillo.

Cuando la criada intentó soltar al niño, Godofredo gritó: «¡Atrápala, cisne». Y la criada se quedó pegada.

Siguieron andando. Un deshollinador que conocía a la criada exclamó con asombro:

—Pero muchacha, ¿qué haces? ¿No ves que ya eres muy mayor para jugar al trenecito en medio del pueblo?

—¡Ay, ay, ayúdame! ¡No estoy jugando, me he quedado enganchada! —dijo alargando la mano que tenía libre.

Y el deshollinador, que se apresuró a tomar su mano, fue apresado a su vez.

Pasaron por otro pueblo y un payaso tambié fue capturado. Incluso el alcalde del lugar, quedó enganchado en la cola del cisne cuando quiso dispersar aquella extraña multitud:

—¿Qué estáis haciendo, bribones? —gritó—. ¿Quién es el instigador de esta revuelta? ¡Soltaos ahora mismo! —Y al estirar la chaqueta del payaso, ya no se pudo soltar.

Al salir del pueblo, la anciana salió de entre unos arbustos y le dijo a Godofredo:

—¡Bravo! Veo que me has hecho caso. Cuando quieras liberar a toda esta gente, solo tienes que tocarlos con esta varita —le dijo alargando la mano, y después desapareció.

El muchacho siguió andando hacia la capital y durante el recorrido se fue alargando aquella variopinta comitiva, cada vez más ruidosa y ridícula, puesto que las muecas, exclamaciones y gestos de los que se iban uniendo eran de lo más extraños que uno se pueda imaginar.

Entraron en la capital y el grotesco cortejo se cruzó con un carruaje dorado en el interior del cual viajaba una joven pálida y triste. Era la heredera de aquel reino, una muchacha siempre melancólica a la que nadie jamás había logrado ni tan solo hacer sonreír.

Cuando la princesa miró por la ventana de su carroza y vio aquel cómico grupo que saltaba tras un cisne conducido por un chico guapo y alegre que iba silbando, no pudo contenerse y estalló en carcajadas.

—¡¡¡La princesa se ha reído!!! —gritaron los lacayos.

Sin parar de reír, la princesa Calixta bajó del coche para ver mejor aquel revoltijo de gente tan ruidosa y ridícula.

Cuando al fin pudo controlar la risa, le dijo a Godofredo:

—Ven, te llevaré a ver a mi padre. Quiero que se ría tanto como yo. ¡Síguenos!

La buena nueva precedió a la comitiva y llegó antes que ellos a palacio.

—¡Majestad, majestad! ¡La princesa se está riendo!

El rey, llenó de felicidad, salió a recibir a su hija y no pudo menos que ponerse también a reír al ver aquel extraño espectáculo.

—¡Ja ja ja ja!, eres el mejor cómico del mundo —le dijo a Godofredo—. Mereces el premio que prometí a aquel que consiguiera hacer reír a mi hija. ¿Qué prefieres, mil monedas de oro o una hermosa finca? ¡Elige!

En realidad, lo que Godofredo quería era casarse con Calixta, de la que se había enamorado en el mismo instante en el que oyó su risa. Pero como no se atrevió a decirlo, respondió:

—Me quedaré con la finca, Majestad.

Después, con la varita que había recibido de la anciana, fue tocando a los que estaban enganchados a la cola del cisne, los cuales, a medida que quedaban libres, desaparecían tan rápidamente que de ellos solo se veía el polvo que levantaban al huir.

Godofredo se disponía ya a marchar hacia su nueva finca, cuando la princesa acarició las blancas plumas del cisne. Estaba triste por la marcha de Godofredo, del que se había enamorado porque la había hecho reír, y temía caer de nuevo en su antigua melancolía. Al ver su gesto, Godofredo no pudo evitar gritar: «¡Atrápala, cisne!» y Calixta quedó enganchada al plumaje.

Godofredo, no obstante, enseguida tocó a la princesa con su varita, porque entendió que nadie debe retener a otra persona a la fuerza.

La princesa, sin moverse de donde estaba y libre ya para elegir, preguntó:

—Godofredo, ¿te quieres casar conmigo?

—¡¡Por supuesto!! ¡Nada en el mundo podría hacerme más feliz, Calixta!

Y al oír pronunciar estas palabras, el cisne blanco extendió sus alas y se elevó hacia el cielo, perdiéndose de vista confundido entre las blancas nubes.

Godofredo y Calixta se casaron y fueron felices para siempre.

¿Y la anciana? ¿Os habíais olvidado de ella? Ellos no. La buscaron y la nombraron Jefa de Palacio y siguió trabajando allí hasta el día en que se jubiló.

FIN