Rudyard Kipling

Así fue como al rinoceronte se le arrugó la piel

Ilustración: hellcorpceo

Había una vez, en una isla deshabitada frente a las costas del mar Rojo, un parsi cuyo sombrero reflejaba los rayos del sol con un resplandor-más-que-oriental. Vivía aquel parsi junto al mar Rojo sin más bienes que su sombrero, su cuchillo y un hornillo de esos a los que tú, por nada del mundo, debes acercarte.

Un buen día, tomó harina, agua, pasas, ciruelas, azúcar y esas cosas y se preparó un pastel de medio metro de ancho y un metro de alto. Aquel era un «Comestible Superior» (eso es mágico), y lo puso sobre su hornillo —porque el parsi sí tenía permiso para acercarse a él— y lo coció y lo coció, hasta que estuvo todo dorado y olía que daba gusto. Pero justo cuando se disponía a comérselo, apareció en la playa, procedente del Interior Totalmente Deshabitado, un rinoceronte con un cuerno en el hocico, unos ojitos de puerco y muy pocos modales.

En aquellos tiempos, el rinoceronte tenía la piel muy estirada, se le ajustaba muy bien, sin arrugas por ninguna parte. Era exactamente igual a los rinocerontes de un Arca de Noé de juguete, aunque mucho más grande, por supuesto. De todas formas, no tenía modales en aquella época, tampoco los tiene ahora y no los tendrá nunca.

Dijo: «¡Auummm!» y el parsi soltó el pastel y trepó a lo más alto de una palmera, sin llevarse con él más que su sombrero, que reflejaba los rayos del sol con un resplandor-más-que-oriental.

El rinoceronte derribó con el hocico el hornillo de aceite y el pastel rodó por la arena, lo ensartó con su cuerno y lo devoró en un periquete, tras lo cual se marchó tranquilamente, meneando la cola, al desolado Interior Totalmente Deshabitado, que linda con las islas de Mazanderan, Socotra y los Promontorios del Equinoccio.

Entonces, el parsi bajó de la palmera, puso en pie el hornillo y recitó un sloka que, como tú no lo sabes, te recito a continuación:

Aquel que el pastel comió,

el que el parsi cocinó,

un grave error cometió.

 

Y estos versos tenían mucha más miga de lo que tú puedas imaginar.

Cinco semanas después de este suceso, una gran ola de calor azotó las costas del mar Rojo y todo el mundo se quitó la ropa que llevaba. El parsi se quitó el sombrero y el rinoceronte se quitó la piel, se la echó al hombro y se acercó a la playa para bañarse. En aquellos tiempos, la piel del rinoceronte era de quita y pon, se abrochaba con tres botones por debajo y parecía un impermeable. Del pastel que se había comido no dijo nada. Ya sabemos que no tenía modales en aquella época, tampoco los tiene ahora y no los tendrá nunca. Dejó la piel en la playa, se metió en el agua y empezó a hacer burbujas soplando por la nariz.

Entonces, el parsi, que pasaba por allí, se encontró la piel del rinoceronte y sonrió con una sonrisa que le dio la vuelta a la cara dos veces. Luego, bailó dando tres vueltas alrededor de la piel y frotándose las manos. Corrió a su tienda y llenó su sombrero con migajas de pastel, pues hay que tener en cuenta que aquel parsi solo comía pasteles y nunca barría la tienda. Tomó la piel, la restregó, la sacudió la frotó y la llenó a más no poder de migajas de pastel, viejas, duras y punzantes y también metió algunas pasas chamuscadas. Después, se subió a lo más alto de una palmera y esperó a que el rinoceronte saliera del agua y se pusiera la piel.

Y el rinoceronte así lo hizo. Abrochó los tres botones y notó que la piel le picaba, como cuando la cama está llena de migas. Entonces quiso rascarse, pero eso fue peor; se tumbó sobre la arena, y empezó a revolcarse y a revolcarse, pero con cada revolcón, las migajas le picaban más y más. Entonces corrió hacia la palmera y se restregó y se restregó y se restregó contra el tronco varias veces. Tanto y tan fuerte se restregó que, al final, se le hizo una tremenda arruga en la espalda y otra debajo, donde solían estar los botones (que perdió de tanto restregar) y también aparecieron pliegues en sus patas. Todo esto le agrió el carácter, pero para nada solucionó las molestias que le producían las migajas del pastel que le picaban dentro de la piel. Se marchó a su casa de muy mal humor, con aquella terrible comezón y lleno de rasguños. Y desde entonces hasta hoy, todos los rinocerontes tienen grandes arrugas en la piel y un humor de mil diablos, todo por culpa de las migajas del pastel que llevan dentro.

El parsi bajó de la palmera llevando puesto el sombrero, que reflejaba los rayos del sol con un resplandor-más-que-oriental, empaquetó su hornillo y se marchó en dirección a Orotavo, Amígdala, las Praderas Altas del Anantarivo y las Marismas de Sonaput.

FIN

Cómo a la ballena se le formó la garganta

Ilustración: martabeceiro

Me informaron de que hace mucho tiempo, mis queridos niños, vivió una ballena en el mar que comía peces. Comía lubinas y pescadillas, salmones y esturiones, cangrejos y abadejos, a los meros y a sus compañeros, comía jureles y verdeles y hasta a la retorcida y escurridiza anguila en verdad se comía. A todos los peces que en el mar podía encontrar se los zampaba de un solo bocado: ¡así! Hasta que al fin solo quedó en el mar un pececillo. Era un pececillo astuto, que nadaba un poco por detrás de la oreja derecha de la ballena para no correr peligro.

Cuando ya no quedaba pez que comer, la ballena se irguió sobre su cola y dijo:

—¡Tengo hambre!

El astuto pececillo, con su débil y astuta vocecilla, le contestó:

—Noble y generoso cetáceo, ¿has comido hombre alguna vez?

—No —respondió la ballena—. ¿A qué sabe?

—Está rico —dijo el pececito astuto—, aunque es algo correoso.

—Entonces tráeme algunos —dijo la ballena, mientras daba coletazos que levantaban montañas de espuma.

—Con uno en cada comida es suficiente —-dijo el pez astuto—. Si nadas hasta la latitud cincuenta norte y la longitud cuarenta oeste (esa es una coordenada mágica) encontrarás, sentado sobre una balsa, en medio del mar, vistiendo solo unos pantalones de lona azul, unos tirantes (debéis recordar especialmente los tirantes) y una navaja, a un marinero náufrago. Pero es de justicia que te prevenga: es hombre de sagacidad y recursos infinitos.

La ballena nadó y nadó, tan deprisa como pudo, hasta la latitud cincuenta norte y longitud cuarenta oeste, y sobre una balsa, en medio del mar, vistiendo solo unos pantalones de lona azul, unos tirantes (debéis recordar especialmente los tirantes) y una navaja, vio a un marinero solo, náufrago y solitario que, con los dedos de los pies, iba haciendo surcos en el agua. (Su madre le había dado permiso para ir a remar, de otro modo, no lo habría hecho jamás, porque era un hombre de sagacidad y recursos infinitos).

Entonces la ballena abrió su enorme boca más y más, hasta casi tocar con ella la cola, y se tragó al marinero náufrago, y la balsa sobre la que estaba sentado, los pantalones de lona azul, los tirantes (que no debéis olvidar) y la navaja. Se lo tragó todo y lo guardó en su despensa interior, cálida y oscura, luego se relamió los labios: así, y dio tres vueltas sobre la cola.

Pero en cuanto el marinero, que era hombre de sagacidad y recursos infinitos, se encontró en la despensa interior, cálida y oscura, de la ballena, pisoteó y saltó, aporreó y taconeó, brincó y danzó, golpeó y retumbó, topó y mordisqueó, saltó y se arrastró, merodeó y aulló, saltó a la pata coja y se cayó y gateó y suspiró y bailó danzas marineras donde no debía, y la ballena se sintió muy mal de verdad (¿habéis olvidado los tirantes?).

Así pues, la ballena preguntó al pez astuto:

—Este hombre es muy correoso y además me está dando hipo. ¿Qué hago?

—Dile que salga —contestó el pez astuto.

Entonces la ballena, habló al marinero náufrago dirigiendo la voz garganta abajo hacia sus entrañas:

—Sal de ahí y compórtate. Tengo hipo.

—¡Nanay! —replicó el marinero—. De eso nada, sino todo lo contrario. Llévame a mi tierra natal, a los blancos acantilados de Albión, y luego me lo pensaré.

Dicho esto, empezó a bailar más que antes.

—Harías bien en llevarlo a casa —le dijo el pez astuto a la ballena—. Ya te advertí de que es hombre de sagacidad y recursos infinitos.

Así que la ballena nadó, nadó y nadó, con las dos aletas y la cola, con toda la fuerza que le permitía el hipo y, al fin, avistó los blancos acantilados de Albión y la tierra natal del marinero. Se lanzó en medio de la playa, abrió, abrió y abrió la boca y dijo:

—Transbordo para Winchester, Ashuelot, Nashua, Keene y estaciones de Fitchburg Road.

En cuanto dijo «Fitch», el marinero salió andando de su boca. Pero mientras la ballena había estado nadando, el marinero, que era, en verdad, una persona de sagacidad y recursos infinitos, había cogido la navaja y había cortado la balsa, convirtiéndola en una reja cuadrada y la había atado firmemente con los tirantes (¡ahora ya sabéis por qué no teníais que olvidaros de los tirantes!) y la arrastró y la empotró con firmeza en la garganta de la ballena y ¡allí la dejó! Entonces le recitó un sloka, que, como seguramente no sabes, te lo escribo a continuación:

Por medio de un enrejado,

tu voracidad he limitado.

Salió, pisó los guijarros de la playa y se fue a casa con su madre, que le había dado permiso para meter las puntas de los pies en el agua y hacer surcos en ella, luego se casó y vivió feliz desde entonces. Lo mismo le sucedió a la ballena. Pero, desde aquel día, el enrejado de la garganta, que no pudo expulsar tosiendo ni tragar, solo le permitió comer peces pequeñísimos, y ese es el motivo por el cual hoy en día las ballenas no comen niños ni niñas, ni hombres ni mujeres.

El pequeño pez astuto, que tenía miedo de que l ballena estuviera enfada con él, fue a esconderse en el barro del fondo del ecuador.

El marinero se llevó a casa la navaja. Cuando salió y se puso a caminar por los guijarros de la playa, llevaba puestos los pantalones de lona azul. Los tirantes, como sabéis, los dejó sujetando la reja. Y este es el fin de esta historia.

FIN

¡No me jorobes!

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Ilustración: stefanogesh

Al principio del mundo, cuando todo era joven y nuevo y los animales empezaban a repartirse los trabajos para ayudar al hombre, había un dromedario muy holgazán, habitante del desierto Bramante, en el que siempre bramaba el viento, que se negaba a trabajar. Se pasaba el día tendido en la arena, tomando el sol y masticando palitos. Cada vez que alguien le dirigía la palabra, contestaba invariablemente:

—¡No me jorobes!

Solo contestaba eso, «¡No me jorobes!». Nada más. Después, seguía durmiendo o masticando ramitas, sin hacer caso de nada ni de nadie.

Un lunes por la mañana llegó hasta el desierto en el que habitaba el dromedario un caballo. Llevaba una silla de montar y un freno en la boca.

—Dromedario, dromedario ya tengo trabajo. Ven a trotar conmigo.

—¡No me jorobes!

El caballo se alejó de allí y fue a contarle al hombre lo que le había dicho el dromedario.

Después, recibió la visita de un perro con un palo en la boca que le dijo:

—Dromedario, dromedario ven a atrapar cosas con la boca para devolvérselas al hombre.

—¡No me jorobes!

El perro se marchó y fue a contarle al hombre lo que había dicho el dromedario.

Tras el perro, llegó un buey con su yugo al cuello:

—Dromedario, dromedario ven conmigo a arar los campos.

—¡No me jorobes!

El buey se marchó y le contó al hombre lo que había dicho el dromedario.

Aquella misma noche, el hombre convocó al caballo, al perro y al buey y les comunicó lo siguiente:

—¡Ay!, amigos míos, lo siento muchísimo, pero está visto que ese jorobador del desierto Bramante no sirve para nada, de lo contrario, ya estaría aquí colaborando con nosotros. Es terriblemente perezoso y no puedo hacer otra cosa que dejarlo en paz; pero entended que alguien tendrá que hacer su trabajo, así, que lo repartiré entre vosotros tres para compensar. A partir de mañana, tendréis que trabajar el doble.

Aquello enfureció mucho al trío, que celebraron enseguida, al borde del desierto, una larga reunión, un panchayat. un powwow y una indaba.

El dromedario, que merodeaba por allí cerca masticando hierbajos, se acercó con parsimonia hasta donde estaban y dijo indolente:

—¡No me jorobes!

Y dicho esto, se marchó por donde había venido.

Así estaban las cosas, cuando apareció un genio rodando en una nube de polvo (los genios del desierto se trasladan de este modo) y se detuvo ante los tres que celebraban la tediosa conferencia.

—Genio del desierto, ¿te parece justo que en un mundo tan nuevo habite un ocioso?

—¡Claro que no! —respondió el genio.

—Pues bien —prosiguió el caballo—, que sepas que en medio de tu desierto vive alguien de largas patas y cuello largo que desde el lunes no ha hecho nada de nada. Ni siquiera quiere trotar.

—¡Fiuuuuuuuu! —Silbó el genio a modo de respuesta—. Seguro que te refieres al dromedario. ¿Y él qué dice?

—Dice «¡No me jorobes!» —contestó el perro— Y tampoco quiere recoger un palo y llevarlo de vuelta al hombre.

—¿Dice alguna otra cosa?

—Solo «¡No me jorobes!», y tampoco quiere arar —añadió el buey.

—Bien —afirmó el genio—, esperad un minuto y veréis cómo lo jorobo yo a él.

El genio, en su polvoriento transporte, se fue a buscar al dromedario y le dijo:

—Larguirucho y haragán amigo, ¿es cierto que te niegas a entrar en el reparto de tareas de este mundo nuevo?

—¡No me jorobes! —respondió el dromedario.

El genio se sentó frente a él con la barbilla apoyada en su mano y empezó a pensar en un poderoso encantamiento. Mientras tanto, el dromedario admiraba su estilizado reflejo en un charco de agua.

Por fin, habló el genio:

—Desde el lunes no trabajas y, por tu culpa, hay tres que han de repartirse tu trabajo.

—¡No me jorobes! —exclamó el dromedario.

—Yo, de ti, no volvería a decir eso —le advirtió el genio— y me pondría a trabajar ahora mismo.

Y entonces, el dromedario repitió:

—¡No me jorobes!

Nada más pronunciarlo, su recta espalda, de la que estaba tan orgulloso, se hinchó y se hinchó, hasta que se formó sobre ella una enorme joroba.

—¿Te das cuenta? —dijo el genio— Tú mismo te has jorobado por haragán. Hoy es jueves, y desde el lunes, cuando se empezaron a repartir los trabajos, tú has estado ocioso. Ahora vas a tener que hacer algo.

—¡No me jorobes!, ¿cómo pretendes que haga algo con esta joroba en la espalda? —replicó el dromedario.

—Esa joroba tiene un propósito: con ella podrás vivir tres días sin comer ni beber, los mismos días que no has trabajado. No podrás decir que no he hecho nada por ti. ¡Joróbate! Y ahora únete al trío y cumple con tu parte.

Desde aquel día y hasta hoy, el dromedario, cargado con su joroba —aunque es mejor decir «giba», para no herir sus sentimientos—, trabaja, aunque nunca ha podido recuperar los tres días que perdió al principio del mundo ni tampoco, según cuentan caballo, perro y buey, ha aprendido a comportarse.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «De cómo al dromedario le salió su joroba».

El elefante curioso

Ilustración: hollietree

En tiempos remotos, los elefantes no tenían trompa, solo una nariz negra y redonda, grande como una bota, que movían de un lado a otro, pero con la que no podían agarrar nada.

En ese tiempo, vivía en África un elefantito curioso que quería saberlo todo y nunca se cansaba de preguntar a todo el mundo.

Una vez, preguntó a su tía el avestruz por qué tenía plumas en la cola, pero su tía le dio un coscorrón con su larga pata.

Preguntó a su otra tía, la jirafa, cómo le habían salido las manchas en la piel, pero su tía le dio un coscorrón con su pezuña.

También preguntó a su rechoncho tío el hipopótamo por qué tenía los ojos tan rojos, pero su tío le dio un coscorrón con su enorme pata.

Preguntó igualmente a su peludo tío el babuino por qué los melones eran dulces, pero su tío le dio un coscorrón con su mano peluda.

Aun así, el elefantito seguía sintiendo una curiosidad insaciable y hacía preguntas sobre todo aquello que veía, oía, olía o tocaba.

Una espléndida mañana de verano, el elefantito hizo una pregunta que hasta entonces nunca había formulado:

—¿Qué come el cocodrilo?

Pero dándole un coscorrón, le gritaron todos a la vez:

—¡Cállate!

Se marchó, muy triste, en busca de su amigo el pájaro Kolokolo.

—Mi padre me ha dado un coscorrón, mi madre me ha dado un coscorrón, y todos mis tíos y tías me han dado un coscorrón —se quejó el pobre elefantito—. Y todo por preguntar. Pero a pesar de los coscorrones, yo quiero saber qué come el cocodrilo.

El pájaro Kolokolo le contestó con su triste voz:

—Ve a orillas del río Limpopo, el de aguas verdosas y grises, y allí descubrirás lo que quieres saber.

A la mañana siguiente, el elefantito cargó cincuenta kilos de plátanos y diecisiete melones para el viaje y se despidió de toda su familia.

—Adiós —les dijo—. Me voy al río Limpopo, el de aguas verdosas y grises, para averiguar qué come el cocodrilo.

Todos le dieron un coscorrón para desearle buena suerte, y él se puso en marcha.

El camino era largo. Subió montañas, atravesó valles y dirigiéndose siempre hacia la salida del sol llegó, por fin, a la orilla del río Limpopo, el de aguas verdosas y grises, tal y como el pájaro Kolokolo le había dicho.

Debéis comprender que hasta esa misma semana, día, hora y minuto, el elefantito nunca había visto un cocodrilo y no tenía ni idea de cómo era.

A la primera que encontró fue a una serpiente boa bicolor enroscada sobre una roca, y le preguntó:

—Hola, ¿has visto un cocodrilo por aquí?

—¿Qué si he visto un cocodrilo? —preguntó a su vez, la serpiente boa bicolor—¿Y qué querrás saber luego?

—Luego quiero saber qué come.

La serpiente boa de dos colores se desenroscó rápidamente y le dio al elefante un coscorrón con la punta de la cola.

—¡Ay!. mi padre, mi madre y mis tías y tíos siempre me dan coscorrones por preguntar demasiado, y tú haces lo mismo.

El elefantito se despidió de la serpiente y prosiguió su camino.

Por fin, llegó al río Limpopo, el de aguas verdosas y grises, y en la orilla tropezó con lo que le pareció un tronco caído. Pero aquello era, nada más y nada menos, que el cocodrilo, y el cocodrilo guiñó un ojo.

—Hola —le dijo el elefante cortésmente—, ¿has visto por aquí un cocodrilo?

El cocodrilo, entonces, guiñó el otro ojo y levantó media cola del barro. Al ver lo que hacía, el elefantito dio un salto atrás, pues no quería recibir otro coscorrón.

—¿Por qué te alejas? —preguntó el cocodrilo.

—Disculpa, pero es que todo el mundo me da coscorrones cuando pregunto y no quiero recibir otro.

—Pues no preguntes más —dijo el cocodrilo—, porque el cocodrilo soy yo.

Y se puso a llorar lágrimas de cocodrilo para demostrar que era cierto.

—¡Por fin! Te he estado buscando durante muchos días. ¿Me puede decir qué comes?

—Claro, chiquitín. Acércate, te lo susurraré al oído.

El pequeño elefante acercó la cabeza a la boca dentuda del cocodrilo y el cocodrilo lo agarró por la nariz, que hasta ese misma semana, día, hora y minuto no había sido más grande que una bota, aunque mucho más útil.

—Creo —dijo el cocodrilo entre dientes—, que hoy empezaré… ¡comiendo un elefante!

El elefantito, muy molesto, le dijo hablando con la nariz tapada:

—¡Suéltabbe, que be hace’ dallo!

La serpiente boa bicolor, que lo había visto todo, se acercó a la orilla:

—Amigo elefante, si no tiras hacia atrás enseguida con todas tus fuerzas, creo que ese pedazo de piel —Se refería al cocodrilo— se te llevará antes de que puedas decir esta nariz es mía.

El elefantito clavó sus patas traseras en el suelo y tiró y tiró y volvió a tirar con todas sus fuerzas, hasta que su nariz empezó a estirarse.

Mientras tanto, el cocodrilo daba coletazos en el agua haciendo espuma, y seguía tirando y tirando y la nariz del elefantito seguía alargándose más y más.

Poco a poco, el elefante empezó a resbalar y, entonces, la serpiente boa bicolor se acercó a él y se enroscó con doble vuelta en sus patas traseras y lo ayudó a tirar. Y como el elefantito y la serpiente juntos tiraban más fuerte, el cocodrilo, al fin, soltó la nariz del elefante.

El elefantito agradeció la ayuda a la boa bicolor y después envolvió la nariz en piel de plátano y la puso en remojo en las aguas del río.

—¿Qué haces? —le preguntó la boa.

—Quiero encoger mi nariz.

—Algunos no saben lo que les conviene… —suspiró la boa.

Tres días pasó el elefante con la trompa en remojo, pero la nariz no se le acortó ni un poquito, solo consiguió que se le arrugara.

Al tercer día, un tábano picó al elefantito en el hombro y, sin darse cuenta, levantó la trompa y lo espantó.

—¡Primera ventaja! —dijo la boa.

El elefantito sintió hambre, alargó la trompa, arrancó un buen manojo de hierbas y se lo llevó a la boca.

—¡Segunda ventaja! —dijo la boa.

El elefantito tenía calor, tomó agua del río Limpopo con su trompa y la derramó sobre su cabeza.

—¡Tercera ventaja! —dijo la boa— Y hay más. Piensa, que con la trompa podrás defenderte y ya nadie se atreverá a darte coscorrones…

—Gracias, lo recordaré. Ahora me vuelvo a casa.

Y regresó a su hogar balanceando feliz su trompa.

Cuando quería comer fruta, la arrancaba del árbol en vez de esperar a que se cayera. Si tenía calor, se daba una ducha. Y si se sentía solo, barritaba con su trompa y hacia más ruido que varias orquestas juntas.

En una noche oscura, llegó a casa con la trompa enrollada y saludó:

—¿Cómo estáis?

—¡Estábamos muy preocupados! Ven aquí, que te daremos un coscorrón por ser tan preguntón.

—¡Vosotros no sabéis nada de coscorrones!

Y desenroscando su trompa, fue él el que repartió coscorrones por doquier.

—¡Plátanos! ¿Quién te ha enseñado ese truco? ¿Cómo has conseguido esa nariz?

—Me la dio un cocodrilo que vive en el río Limpopo después de preguntarle qué comía.

—¡Qué fea! —dijo su tío el babuino.

—Será fea, pero es muy útil.

El resto de elefantes, al ver todo lo que podía hacer aquella trompa, se apresuraron a ir al río Limpopo para pedir una igual al cocodrilo.

Desde entonces, todos los elefantes —los que verás en tu vida y los que no verás— tienen una trompa exactamente igual a la de aquel elefantito curioso y con ella entonan esta canción:

Tengo seis ayudantes honestos

—me enseñaron cuanto sé—,

sus nombres son  Dónde, Cómo, Cuándo,

Qué, Quién y Por qué.

Los mando por tierra y mar;

los mando de este a oeste

y después de trabajar para mí,

los dejo descansar.

Los dejo descansar de nueve a cinco,

cuando estoy ocupado,

pero les doy desayuno, almuerzo y té,

porque siempre tienen hambre.

Aunque otra gente tiene puntos de vista distintos.

Conozco a una personita

que mantiene a diez millones de ayudantes,

¡y no descansan jamás!

Los envía a todas partes con asuntos personales

desde el momento en que abre los ojos.

¡Un millón de Cómos, dos millones de Dóndes,

y siete millones de Porqués!

FIN