sabiduría

El árbol que hablaba

Ilustración: AlectorFencer

En una espesa selva vivía un lobo feroz. Un día, mientras intentaba cazar algo para comer, topó con un árbol de cuyas extrañas hojas rojas se desprendía un tenue resplandor. Curioso, se acercó más a él para observarlo mejor y fue entonces cuando oyó que el árbol hablaba.

El lobo se asustó y exclamó:

—Hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol parlante.

Tan pronto hubo pronunciado esas palabras, alguna cosa que no pudo ver lo golpeó y lo dejó inconsciente. No supo cuánto tiempo permaneció tendido a los pies del misterioso árbol, pero al despertar estaba demasiado asustado para pensar en otra cosa que en huir, así que se levantó de inmediato y no paró de correr hasta llegar a su casa.

El lobo estuvo meditando largo rato acerca de lo que le había ocurrido y se dio cuenta de que podría usar el árbol en beneficio propio. Volvió a salir de casa y fue paseando en busca de su vecino el antílope. Cuando dio con él, le contó la historia del árbol que hablaba, pero el antílope no creyó nada de lo que le contaba.

—Si no me crees, ven y tú mismo podrás verlo —propuso el lobo—, pero debes tener cuidado. Cuando estés delante del árbol asegúrate de decir estas palabras: «Hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol parlante». Si cuando estés ante él no pronuncias esta frase, morirás.

El lobo y el antílope se dirigieron hacia el lugar en el que estaba el árbol que hablaba y una vez ante él, el antílope dijo:

—Has dicho la verdad, lobo, hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol parlante.

Tan pronto dijo esto, alguna cosa lo golpeó y lo dejó inconsciente. El lobo cargó con él a su espalda y se lo llevó a su casa para comérselo. «Este árbol que habla solucionará todos mis problemas —pensó el lobo—. Si soy listo, nunca más volveré a pasar hambre».

Al día siguiente, el lobo paseaba como de costumbre cuando topó de frente con una tortuga. Le contó la misma historia que le había contado al antílope y la llevó hasta el lugar en el que estaba el árbol parlante. La tortuga se sorprendió mucho al oírlo hablar:

—No creí que esto fuera posible —dijo—, hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol parlante.

Inmediatamente fue golpeada por algo que no pudo ver y se desvaneció. El lobo la arrastró hasta su casa y la puso en una olla para hacer con ella una deliciosa sopa.

El lobo estaba orgulloso de sí mismo. Después del antílope y la tortuga dio cuenta de un cuervo, de un jabalí, y de un ciervo. ¡En su vida había comido mejor! Ahora usaba siempre la misma estrategia: contaba a sus presas la misma historia y les decía que debían pronunciar ante el árbol la fatídica frase y que si no la decían, morirían. Todos hacían lo que el lobo les decía y todos quedaban inconscientes. Luego el lobo cargaba con ellos hasta su casa. ¡Era un plan perfecto!, era simple e infalible, y él agradecía a los dioses de la selva haber puesto en su camino aquel árbol. Esperaba seguir comiendo como un rey el resto de su vida.

Un día, que se sentía hambriento salió a pasear en busca de una nueva víctima. Esta vez se tropezó con una liebre y el lobo le dijo:

—Hermana liebre, tengo un secreto que es probable que no lo conocieran ni tus antepasados.

—¿Y cuál es ese secreto, hermano lobo? —preguntó curiosa la liebre.

—En esta selva hay un árbol que habla —susurró el lobo.

Y, acto seguido, le contó a la liebre la misma historia de siempre y se ofreció a acompañarla a ver el árbol parlante. La liebre aceptó y fueron juntos hasta el lugar. Cuando ya estaban cerca del árbol el lobo le recordó:

—No olvides decirle al árbol lo que te he dicho.

—¿Qué debo decirle? —preguntó la liebre.

—La frase que debes pronunciar cuando estés en su presencia si no quiere morir —contestó el lobo.

—¡Ah!, sí —dijo la liebre.

Y empezó a hablar con el árbol.

—¡Oh!, gran árbol, ¡oh!, gran árbol —recitó—. ¡Oh! árbol majestuoso y…

—No, eso no es lo que has de decir —la cortó el lobo.

—Perdona —se excusó la liebre. Y volvió a recitar—. Árbol, ¡oh!, árbol, hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol raro.

—¡No, no y no! —se impacientó el lobo— no «un árbol raro», sino «un árbol parlante». Lo que tienes que decir es: «Hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol parlante».

Tan pronto como hubo dicho estas palabras, el lobo cayó inconsciente. La liebre se alejó despacio, girándose, de cuando en cuando, para observar aquel extraño árbol rojo y al lobo tendido bajo él. Luego sonrió:

—Así que este era su plan, señor lobo. Usted se pensó que esta liebre era boba y que hoy sería su comida.

La liebre puso tierra por medio y en su camino fue contando a todos los animales de la selva el secreto del árbol rojo que hablaba. El plan del lobo quedó al descubierto, y el árbol, sin poder herir a nadie más, continuó hablando solo.

FIN

La campesina y los tres consejeros del rey

Ilustración: cosmococo

El sol se ponía y una vieja campesina terminaba sus labores agrícolas diarias. En la distancia oyó el eco de unos cantos que llegaban desde las montañas. Se giró en dirección al lugar del que provenía el sonido y vio una gran comitiva de gente a caballo que salía del bosque y se dirigía, por la carretera, hacia la ciudad. Era el rey y sus caballeros, que volvían de caza. El monarca cabalgaba el primero y lo seguían, a poca distancia, los grandes del reino y los ministros, luciendo sus mejores galas. Cerraba aquel séquito la banda real, que tocaba sus instrumentos y cantaba canciones.

El espectáculo era magnífico. En cuanto la anciana vio a los caballeros con sus relucientes ropajes y escudos, no pudo despegar los ojos de ellos. Mientras miraba embelesada, observó cómo el rey detenía la marcha de su cortejo con una señal de su mano y, campo a través, se dirigía, seguido de tres de sus consejeros, hasta donde ella estaba. La vieja campesina sacudió el polvo de su ropa lo mejor que pudo, se atusó el pelo con los dedos y esperó, humilde y expectante, la llegada del rey.

El rey se acercó a la campesina y después de saludarla amablemente le dijo:

—Buena mujer, ¿te levantaste temprano para llevar a cabo tus tareas?

La anciana respondió:

–Así es; me levanté pronto para cultivar mis campos y estos me dieron abundantes frutos.

El rey le preguntó entonces:

—Sin embargo, no veo esos frutos que mencionas… Dime, ¿cuánto tiempo hace que ese huerto en flor se secó y la cima de las montañas se cubrió de nieve?

—Veinte años hace ya, majestad —contestó la campesina con tristeza.

El rey, haciendo con su cabeza una señal de comprensión, le preguntó a continuación:

—¿Y durante todo ese tiempo han estado fluyendo caudalosos ríos desde el fondo de la montaña?

—Y siguen fluyendo, majestad. Fluyen y fluyen, desde entonces, sin parar.

—Hasta ahora, todo bien —dijo el rey—. Pero dime, ¿serás capaz de esquilar tres gansos tontos cuando lleguen del oeste?

—Seré capaz, sabio monarca, seré capaz. Lo prometo —contestó sin demora la viejecita.

El rey dio por finalizada la conversación, pero antes de marcharse, le regaló a la anciana un cinturón de oro y partió, junto a sus tres consejeros, para unirse de nuevo al séquito real, que lo aguardaba en el camino. Entre la nube de polvo que levantaban los caballos al galopar, la mujer los perdió de vista en el horizonte, camino de palacio.

Al llegar a su destino, el rey, los consejeros y el resto de la corte celebraron un gran banquete. Al terminar, el rey pidió a los consejeros que lo habían acompañado a ver a la campesina que le explicaran el significado de las preguntas que le había hecho a la anciana y qué querían decir las respuestas que esta le había dado.

Los consejeros pensaron y pensaron durante horas, tratando de desentrañar los acertijos, pero ninguna de las explicaciones fue del agrado del rey. Por último, el soberano les concedió treinta días para que encontraran las respuestas correctas y advirtió a los tres de que en caso de que fracasaran, elegiría nuevos consejeros para reemplazarlos.

Durante veintiocho noches los consejeros meditaron y discutieron, pero fueron incapaces de descifrar los enigmas. Vencidos, decidieron ir a ver a la anciana campesina para que los ayudara.

La mujer los recibió en el umbral de su cabaña, con una reverencia los invitó a pasar, pero se negó a aclarar el misterio que encerraban las preguntas formuladas por el monarca y las respuestas que ella le había dado. Por más que los consejeros rogaron, suplicaron y, finalmente, amenazaron, no consiguieron una respuesta de la campesina. Solo cuando pusieron sobre la mesa cien monedas de oro cada uno, la anciana dio su brazo a torcer. Se guardó el dinero en el bolsillo, y dijo que les revelaría el misterio que tanto los preocupaba.

—La primera pregunta del rey se refería a mi familia y mi respuesta fue que me casé joven y tuve hijos, pero que pasado el tiempo me quedé sola. Después el rey me preguntó cuánto tiempo hacía de eso y desde cuándo peinaba yo canas, a lo que yo respondí que hace ya veinte años que la soledad y la pena cubrió de nieve mi cabeza. Finalmente, el rey quiso saber si he llorado mucho y yo le dije que desde entonces no he dejado de llorar. Por último, con los tres gansos tontos del oeste el rey aludía a vosotros y vaticinó que vendríais a pagarme para que resolviera el significado de la conversación que mantuvimos él y yo. Y tal y como le prometí, ¡os he esquilado!

FIN

La sabiduría encerrada

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Ilustración: eddaviel

 

En el corazón de África, tan lejos que se ignora el lugar exacto, por lo que supondremos que fue en la remota Taubilandia, y hace tanto tiempo, que los relojes de sol ni siquiera se habían inventado, vivió una mujer muy sabia. Tan sabia era, que poseía toda la sabiduría del mundo.

Aquella mujer silenciosa y paciente había pasado la vida entera observando y estudiando todo lo que la rodeaba.

Conocía a la perfección el territorio que habitaba y conocía el nombre de todos los árboles, plantas y animales que vivían en él.

Observaba el curso de los ríos, la dirección de los vientos, los eclipses de sol y de luna y la órbita de planetas y estrellas.

Sabía cuándo las lluvias serían abundantes y cuándo habría sequía y, por tanto, sabía cuál sería el momento idóneo para sembrar o cosechar.

Dominaba el arte de la medicina y aplicaba los remedios más efectivos para curar las enfermedades, ya fueran las del cuerpo o las del alma…

En fin, que como no se cansaba de aprender, llegó un momento en el acumuló toda la sabiduría del mundo.

Esta mujer se llamaba Madre Hekima y la fama de sus conocimientos pronto se fue extendiendo hasta llegar a los más recónditos rincones, desde los que acudían gentes de toda clase: pobres y ricas; jóvenes y viejas; altas y bajas… para escuchar sus enseñanzas o pedirle consejo.

Pero, he aquí, que las personas se cansaban rápido de escuchar y en cuanto aprendían un poco, consideraban que ya eran suficientemente listas y entonces utilizaban la sabiduría que Madre Hekima les regalaba para sus fines malvados. En lugar de aplicar los nuevos conocimientos para mejorar las cosas, los usaban para engañar a sus semejantes, someter a los débiles o lucrarse a costa de los bienes ajenos. Tanto cambiaron los habitantes de Taubulandia, que se terminó la paz.

Al comprobar que los taubulandeses no sabían cómo utilizar el valioso don que les ofrecía, Madre Hekima se enojó tanto, que decidió castigarlos.

Tras largas y profundas meditaciones, llegó a la conclusión de que lo mejor que podía hacer era privar a las personas de la sabiduría que les había concedido y esconderla en un lugar tan remoto e ignoto que nadie, jamás, pudiera volver a encontrarla. Sin embargo, había dado tantos y tan buenos consejos y enseñanzas, que lo primero que tuvo que hacer fue recuperar todo lo que había entregado.

Sin perder ni un instante, se puso manos a la obra hasta que lo consiguió  —o eso pensó ella— y una vez tuvo toda la sabiduría de nuevo en sus manos, la encerró en una vasija dorada.

Con la vasija llena en su poder, ahora, debía pensar en un lugar idóneo para esconderla y enseguida supo cuál sería ese lugar —o eso creyó ella—, y se acostó pensando en dirigirse allí en cuanto tuviera ocasión.

Antes de proseguir esta historia, debo apuntar que la mujer tenía una hija, casi tan sabia como ella, llamada Niara —la de los grandes propósitos—, que hacía días que observaba en silencio el extraño comportamiento de su madre y conocía la existencia de la misteriosa vasija:

—¡Muy importante será lo que ocurre y muy valioso debe ser lo que esconde mi madre en ese jarrón!

Por lo que decidió vigilar muy de cerca los movimientos de Madre Hekima.

Tal y como había supuesto Niara, no pasaron muchos días cuando una mañana, aún de madrugada, oyó a su madre levantarse con sigilo, vio cómo cogía el recipiente dorado y cómo abría despacio la puerta, intentando no hacer ruido.

Al quedarse sola, se levantó de un salto de la cama y, tomando todas las precauciones posibles, marchó tras los pasos de Madre Hekima, sin que esta sospechara nada, por el camino que conducía al bosque.

Anduvieron ambas, una detrás de la otra, un largo trecho y al llegar Madre Hekima a un macizo de palmeras, tan altas que parecía que rozaban el cielo, se detuvo, localizó la más esbelta de todas y empezó a trepar por ella con la jarra de la sabiduría pendiendo de un cordel, a modo de colgante, sobre el pecho. Su intención era esconder la vasija que contenía la sabiduría en lo más alto de aquel árbol, donde sabía que nadie iría a buscarla.

Sube que sube que sube, trepa que trepa que trepa y aunque la ascensión era difícil y pesada, ella seguía encaramándose por el tronco sin mirar abajo y sin sentir miedo, todo y que a cada paso que daba, la altura era más vertiginosa.

El jarro que contenía toda la sabiduría del mundo oscilaba, como si se tratara de un péndulo de oro, de un lado a otro, haciendo todavía más penosa aquella subida. Primero se movía de derecha a izquierda, amenazando con enredarse en los brazos de la mujer y hacerla caer. Después, golpeaba ora su pecho, ora la dura madera de la palmera, con el consiguiente peligro de que la jarra se hiciera trizas. Sin duda, se trataba de un arduo recorrido, pero Madre Hekima era pertinaz.

Seguía subiendo, subiendo y subiendo y Niara, sin poder contenerse más y cuando ya estaba a punto de perderla de vista, le lanzó un largo grito para llamar su atención:

—Madreeeeeeeeeeeeeeeee, escuchaaaaaaaaaa, ¿por qué no cuelgas tu preciado jarrón en la espalda? ¡Tal y como lo llevas ahora, la tarea que llevas a cabo es mucho más difícil y arriesgada!

Al oír las palabras de su hija, Madre Hekima se detuvo y mirando hacia la lejana tierra, contestó también a pleno pulmón:

—¡Vayaaaaaaaa! Y yo que estaba convencida de que había conseguido encerrar toda la sabiduría, descubro, de repente, que mi propia hija es más sabia que yo al mostrarme una forma mejor de trepar hasta la copa del árbol llevando esta vasija.

Al darse cuenta de lo inútil de su labor, descolgó de su cuello la vasija dorada que encerraba casi toda la sabiduría del mundo y la lanzó tan lejos como pudo. El jarrón fue a estrellarse contra una piedra y se rompió en mil pedazos.

Ya habréis supuesto que al hacerse añicos el recipiente que la contenía, la sabiduría se desparramó y lo salpicó todo. Y es, por ese motivo, que las personas debemos estar muy atentas si queremos encontrar un poco.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La sabiduría encerrada» con la voz de Angie Bello Albelda

La sabiduría de las urracas

En la vida de todo ser, llega un día en el cual finaliza la infancia. Los juegos quedan atrás y se pasa a formar parte de la comunidad de adultos. Cuando llega ese momento, te dejan de cuidar y entonces eres tú el que cuida de otros y toma decisiones.

Pues bien, en esto, las urracas no son una excepción, aunque en su caso, además, deben someterse a una serie de pruebas para determinar si de verdad pueden dar el importante paso de la niñez a la madurez y si son capaces de superar en sabiduría al líder para ocupar su lugar.

Esta es la historia del día en el que tres jóvenes urracas se debían examinar para comprobar si ya estaban preparadas para volar junto a las adultas y si alguna era más sabia que la que dirigía la comunidad.

Una urraca muy docta, la más veterana y la que hasta entonces había sido líder de la bandada y que tal vez ahora debería ceder su puesto a alguien más capaz, llamó a la primera urraca candidata y le preguntó:

—Veamos, ¿cuál crees tú que es la cosa de este mundo a la que más deberían temer las urracas?

El pájaro cerró los ojos, reflexionó un buen rato y luego respondió:

—Yo creo, que la cosa más terrible de este mundo para una urraca es la flecha, que puede matar de golpe a una de nosotras, así que debemos huir de ella.

Al escuchar esto, las aves mayores pensaron que era una respuesta muy inteligente. Agitaron sus alas y graznaron contentas:

—Has hablado con acierto y sensatez. Dices verdad —alabó la que le había dirigido la pregunta—. Te damos la bienvenida a la comunidad de urracas adultas.

Después, llamaron a la segunda y repitieron la pregunta:

—¿Cuál crees tú que es la cosa de este mundo a la que más deberían temer las urracas?

El ave permaneció en silencio; reflexionó mucho antes de responder. Transcurrieron varios minutos antes de que sentenciara con un profundo graznido:

—Yo creo, que lo más terrible de este mundo para una urraca es un buen tirador. Hay que temerlo mucho más que a su flecha —afirmó con convencimiento—. Porque de flechas hay muchas, pero solo un buen tirador puede apuntarla hacia alguien y dispararla sin errar. Sin el tirador, una flecha es un simple pedazo de madera. Es tan peligrosa como esta rama en la que me he posado.

Quedaron las aves ancianas muy satisfechas con la respuesta y después de deliberar, consideraron que aquel razonamiento era aún más inteligente que el anterior. Es más, pensaron que aquella era la respuesta más inteligente que habían escuchado en mucho tiempo, así que dijeron:

—Has hablado muy sabiamente. Es un gran honor acoger a alguien tan sagaz como tú en nuestra comunidad. Es posible que incluso te elijamos como nuevo líder. Te auguramos un brillante futuro.

Los padres de la segunda urraca graznaban llenos de gozo y se atusaban las plumas con orgullo.

Llegó el turno de la tercera urraca.

Una de las aves adultas, convencida de que nadie podría superar la respuesta de la segunda, le habló con escepticismo:

—Llevo mucho tiempo escuchando lo que decís las aves jóvenes y estoy convencida de que no podrás superar la sabia respuesta de quien te ha precedido. Sin embargo, dinos, ¿cuál crees tú que es la cosa de este mundo a la que más debería temer una urraca?

La más joven, lo pensó solo un instante y respondió con seguridad:

—Lo que más debería temer en este mundo una urraca es a un tirador novato.

Se oyeron graznidos por doquier:

—¡Qué respuesta más rara!

—¡No sabe qué dice!

—¡Esto es muy extraño!

—¡Un tirador novato, dice!

Las urracas estaban confusas y sentían vergüenza ajena. Se miraban unas a otras, pensando que aquella joven ave aún no era lo suficientemente madura. ¡Seguro que no había comprendido la pregunta!

—A ver, joven, ¿qué quieres decir? ¿Es que tal vez no has entendido lo que te hemos preguntado? Lo que queremos saber es cuál crees tú que es la cosa de este mundo a la que más debería temer una urraca.

—He entendido muy bien la pregunta y aunque lo primero que he pensado es que lo más peligroso de este mundo para una urraca es una flecha, luego he comprendido que sin un buen tirador, una flecha no es más que un simple trozo de madera y no hay motivo para temerla. Pero no es menos cierto que la flecha de un buen tirador siempre va adonde debe ir. O sea, que si una urraca oye el ruido que hace el arco de un buen tirador al tensarse, lo único que debe hacer es volar a izquierda o derecha para evitar la flecha. Sin embargo, si el que tensa el arco es un tirador novato, será imposible saber hacía donde se dirigirá su saeta, así que no importa hacia qué lugar vuele la urraca, las posibilidades de que esa flecha le alcance son las mismas vaya hacia donde vaya. Simplemente no sabrá hacia dónde volar, ni tampoco si sería mejor quedarse inmóvil.

Al escuchar su razonamiento, todas las urracas entendieron que aquella ave poseía verdadera sabiduría e iba más allá de las simples apariencias. Con gran respeto y admiración, la comunidad al completo estuvo de acuerdo en nombrar a la tercera urraca nueva líder del grupo.

FIN

El caracol y el rosal

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Ilustración: Sanaa Legdani

Rodeaba aquel jardín un bosquecillo de avellanos, y más allá se veían campos y prados con vacas y ovejas. Justo en el centro del jardín, crecía un rosal cargado de rosas y bajo él habitaba un caracol que tenía mucho en su interior, pues se llevaba a sí mismo.

—¡Esperad a que llegue mi momento! —decía—. ¡Haré algo más grande que dar rosas o avellanas o que proveer leche, como las vacas y las ovejas!

—¡Mucho espero yo de usted, caracol! —respondió el rosal—. ¿Pero se puede saber cuándo va a llegar ese momento?

—Me tomo mi tiempo —dijo el caracol—. Así que no tenga usted tanta prisa, que le quita la emoción.

Al año siguiente, el caracol estaba, exactamente, en el mismo lugar: bajo el mismo rosal, lleno de brotes y cargado de rosas frescas y nuevas. El caracol se asomó, sacó sus cuernos y los volvió a recoger.

—¡Todo exactamente igual que el año pasado! No ha habido progreso alguno. El rosal sigue floreciendo, ¡no irá más allá!

Pasó el verano y pasó el otoño. El rosal siguió dando flores y echando brotes hasta que cayeron las primeras nevadas y el intenso frío. Entonces, se inclinó hacia la tierra y el caracol se arrastró bajo él.

—¡Ya es usted un rosal viejo! —le dijo—. Pronto tendrá que ir pensando en dejarnos. Ya le ha dado al mundo todo lo que llevaba dentro y si hacer eso ha servido de algo, es una cuestión en la que yo no tengo tiempo para pensar. Pero es evidente que no ha hecho usted nada para evolucionar interiormente, de lo contrario las cosas no le habrían ido de este modo ¿Cómo lo justifica? ¡En poco tiempo se quedará como un palo! ¿Entiende lo que le estoy diciendo?

—¡Me asusta usted! —exclamó el rosal—. ¡No había pensado en ello!

—No, ¡está claro que nunca se ha tomado la molestia de pensar! ¿Alguna vez se ha preguntado por qué florecía usted y cómo florecía? ¿Y por qué florecía de ese modo y no de otro cualquiera?

—¡No! -dijo el rosal—. Yo florecía de dicha, otra cosa no podía hacer. El sol tan cálido, el aire tan puro, bebía el refrescante rocío y la fuerte lluvia. ¡Respiraba, vivía! De la tierra me llegaba energía, y también me llegaba energía desde arriba, sentía una felicidad siempre nueva, siempre grande. Por eso debía florecer, ¡era mi vida, no podía hacer otra cosa!

—¡Ha llevado usted una vida muy cómoda! —dijo el caracol.

—¡Sin duda! ¡Todo se me dio! —se avino el rosal—. Pero, ¿Y a usted? ¡Se le dio aún más! Usted es una de esas naturalezas pensantes y profundas, ¡uno de esos seres de grandes luces que algún día asombrará al mundo!

—No tengo la menor intención de hacer tal cosa —dijo el caracol—. El mundo no me interesa. ¿Qué tengo yo que ver con el mundo? ¡Tengo más que suficiente conmigo mismo y en mí!

—¡Pero en este mundo todos debemos ofrecer lo mejor de nosotros a los demás! ¡Aportar lo que podamos! Es verdad que yo solo he dado rosas, pero… ¿y usted? Usted, que tanto recibió, ¿qué es lo que le ha dado al mundo? ¿Qué piensa darle?

—¿Que qué le he dado al mundo? ¿Que qué le daré? ¡Yo escupo al mundo! ¡No sirve para nada! No me interesa. ¡Usted eche rosas, porque no sirve para más! ¡Deje que los avellanos produzcan avellanas! ¡Que las vacas y las ovejas provean de leche! Cada uno tiene su público, pero yo… ¡Yo me sobro y me basto a mí mismo! Voy a encerrarme dentro de mí y allí me quedaré. ¡A mí el mundo no me interesa!

Y dicho esto, el caracol se encerró dentro de su caparazón a cal y canto.

—¡Qué triste! —Se apenó el rosal—. Yo no sería capaz de encerrarme así ni con la mejor voluntad. Siempre tengo que abrirme, echar rosas. Es verdad que mis pétalos caen y se los lleva el viento, pero una vez vi cómo guardaban una de mis rosas dentro de un libro; cómo una de mis flores encontró un lugar prendida en el pelo de una muchacha; y otra recibió el beso de un niño, al que hice feliz. Ver todo eso me hizo mucho bien; fue una auténtica bendición. ¡Todos esos son mis recuerdos! ¡Esa es mi vida!

Y el rosal siguió floreciendo y el caracol siguió encerrado en su casa, pues el mundo no le interesaba.

Y pasaron muchos años.

El caracol se había convertido en polvo, el rosal se había convertido en polvo; también aquella rosa guardada en el libro se la había llevado el tiempo… Pero en el jardín otros rosales florecían y en el jardín otros caracoles seguían encerrándose en su casa y escupiendo al mundo, porque el mundo no les interesaba…

¿Queréis que volvamos a leer la historia otra vez desde el principio? Aunque eso no la hará distinta.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “El caracol y el rosal” con la voz de Angie Bello Albelda

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